THE ASIAN DOOR: Europa, ¿potencia tecnológica? Águeda Parra

A medida que crece la rivalidad tecnológica entre Estados Unidos y China, aflora con mayor intensidad la creciente dependencia tecnológica que ha desarrollado Europa en las últimas décadas tanto de Estados Unidos, meca de la innovación, como de China, protagonista de un floreciente ecosistema digital que se está consolidado como segundo polo tecnológico mundial. En este contexto, protagonizado por la geopolítica de la tecnológica, es donde Europa debe priorizar sus estrategias de inversión en innovación para asegurar sus ventajas competitivas ante el reto tecnológico que presenta la nueva era digital y conseguir atraer talento digital.

En cuestión de innovación, China ha conseguido elevar su perfil como país innovador registrando un crecimiento del gasto en I+D del 13% anual desde el año 2000, frente al 3% alcanzado por Estados Unidos y casi el 2% de la Unión Europa. Esta senda de compromiso con la innovación le ha permitido al gigante asiático generar un modelo de emprendimiento capaz de desarrollar titanes tecnológicos que compiten con Silicon Valley, siendo además potentes inversores mundiales en startups.

En el entorno empresarial, el Fortune Global 500 es ahora más chino que americano, reduciéndose casi a la mitad la participación de las campeonas europeas en la última década, ocupando ese espacio las compañías chinas y estadounidenses. Mientras las promotoras del modelo Designed China representan el 20% de las empresas tecnológicas más valoradas, ningún país europeo es origen de las 20 plataformas digitales más importantes del mundo. Asimismo, en este contexto de rivalidad tecnológica, Europa apenas concentra el 10% de los unicornios mundiales, frente al 70% que aglutinan conjuntamente Estados Unidos y China.

Ante este panorama tecnológico mundial, parece necesario que Europa alcance un modelo de mayor autonomía tecnológica, fijándose una hoja de ruta mucho más ambiciosa en innovación. Sin generar campeonas nacionales que compitan en los mercados internacionales, y sin que haya representación europea entre los grandes inversores mundiales, ¿es posible que Europa pueda esquivar la dependencia tecnológica?

Existen ciertos ámbitos, como las patentes 5G, donde Europa está aportando una destacada capacidad de innovación, posicionando a dos campeonas europeas como la principal competencia del liderazgo que ostenta China, que concentra el 87% de las conexiones 5G mundiales. Sin embargo, frente al buen posicionamiento en 5G, el complejo escenario del abastecimiento de chips sitúa a Europa en una posición de mayor desventaja. En este capítulo de rivalidad tecnológica, Estados Unidos se beneficia de su liderazgo en innovación, mientras China genera semiconductores de gama media, lejos todavía de una producción puntera. En este caso, los costes de entrada extremadamente altos y el tiempo necesario para la construcción de fábricas no juegan a favor de Europa, que reconoce la importancia estratégica de los chips en la era digital y la necesidad de alcanzar cierta autonomía, pero todavía no ha concretado un plan que refuerce su posición en el diseño y la manufactura.

En el marco de la transición energética, el cuadro de fortalezas europeas es más notorio, principalmente en las áreas de fabricación e innovación de productos de tecnología climática. Estados Unidos destaca por su fortaleza en la capacidad de innovación, única categoría que China no lidera, mientras el gigante asiático es el gran actor dominante en las cadenas de suministro global de los minerales que son críticos en la era digital y en la manufactura de bienes de energía limpia.

Un panorama tecnológico mundial que presenta enormes desafíos ante la definición de la Cuarta Revolución Industrial de la que China participa por primera vez en su historia. Un mayor ritmo de digitalización plantea el reto de que Europa alcance un modelo de mayor autonomía tecnológica, fijándose una hoja de ruta mucho más ambiciosa capaz de generar disrupción tecnológica como pionera que ha sido de un proceso de transformación económico, social y tecnológico que ha marcado la historia de la humanidad.

Como potencia industrial de alto valor añadido, la reflexión sobre el modelo de ambición tecnológica al que aspira Europa debe contemplar la inversión en innovación como clave prioritaria para las próximas décadas, así como la generación de capital humano digital capaz de satisfacer las necesidades que va a generar la futura era digital.

 

 

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