INTERREGNUM: China y el revisionismo ruso. Fernando Delage

Es más que probable que en torno a Ucrania se estén decidiendo las reglas del juego del próximo orden internacional. Salvo que se vea traicionado por su impaciencia y se implique militarmente (con consecuencias que pronto se volverían en su contra), la presión de Putin puede darle su principal objetivo: rehacer la arquitectura de seguridad del Viejo Continente establecida hace treinta años, mediante el reconocimiento—aunque sea de facto—de su esfera de influencia.

Es cierto: Moscú le está dando a la OTAN la justificación para seguir existiendo; pero este es un problema básicamente para los europeos, pues la Casa Blanca—como bien sabe Putin—no quiere distracciones en su competición con China (todavía menos en función del calendario electoral que se avecina en Estados Unidos). Seis meses después del abandono norteamericano de Afganistán, y cinco años después de que Angela Merkel advirtiera que Europa debía tomar las riendas de su destino, la UE sigue manteniendo un papel de mero espectador. De manera inevitable, tendrá que extraer nuevas lecciones acerca de la cada vez más clara interacción entre el escenario geopolítico europeo y el asiático. Pero también lo hará China, inquieta porque los afanes revisionistas del presidente ruso le compliquen sus planes estratégicos.

Los disturbios en Kazajstán ya han sido un serio aviso para Pekín. Aunque haya vuelto la calma al país, la crisis ha puesto de relieve las limitaciones de la diplomacia china en una región clave para sus intereses. Con una frontera compartida de casi 1.800 kilómetros de longitud, China no puede ignorar una situación de inestabilidad tan próxima a Xinjiang, provincia donde residen minorías de etnia kazaja. Además del temor a que radicales uigures puedan movilizarse como consecuencia de las manifestaciones en la república centroasiática, Kazajstán es el puente entre China y Europa: recuérdese que fue en Astana donde Xi anunció la Nueva Ruta de la Seda en 2013. Los objetivos chinos requieren la menor interferencia rusa posible, de ahí que la incursión militar de Moscú trastoque las intenciones de Pekín de consolidar su dominio del espacio euroasiático (una pretensión por otra parte nunca bienvenida por las autoridades rusas).

El mensaje transmitido por Putin en este sentido ha sido bien claro: con independencia de cuánto invierta la República Popular en Asia central (sus intercambios comerciales con Kazajstán duplican los de Moscú), la potencia dominante es Rusia. China se ve ahora obligada a rehacer su círculo de influencia (que lideraba el destituido jefe de la inteligencia kazaja, Karim Masimov, acusado de instigar un golpe), pero también a reconocer que su política de concentrarse en los asuntos económicos para dejar en manos de Rusia las cuestiones de seguridad quizá haya llegado al final de su recorrido. Las maniobras de Putin y su recurso a la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, marginando a la Organización de Cooperación de Shanghai (y por tanto a China), puede modificar la interacción entre ambas potencias.

Algunos observadores piensan, por el contrario, que la crisis de Ucrania puede conducir a formalizar una alianza entre Moscú y Pekín. Pero si, en Asia central, China quiere un espacio que Rusia le niega, sus perspectivas con respecto a Europa tampoco son del todo coincidentes. Putin y Xi comparten el objetivo de debilitar a Estados Unidos y, de estallar un conflicto, la República Popular podría contar con un mayor margen de maniobra en el Indo-Pacífico. No obstante, mientras el presidente ruso busca recuperar estatura internacional para Rusia alterando el statu quo, China prefiere la estabilidad al otro lado de la Ruta de la Seda, y no quiere una OTAN fortalecida que pueda extender sus misiones más allá de Europa. Por otro lado, la democracia liberal es una amenaza existencial para Putin, pero Pekín puede convivir con regímenes pluralistas, siempre que estos respeten sus preferencias.

El curso de los acontecimientos puede deshacer todo pronóstico, y—esperemos que no—causar una espiral incontrolable para la que no faltan antecedentes históricos. Lo único seguro es que la era de la post-Guerra Fría puede darse definitivamente por muerta.

 

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