Perdiendo también se gana. Nieves C. Pérez Rodríguez

El pasado viernes se reunieron virtualmente Xi Jinping y Biden durante casi dos horas en busca de encontrar una salida a la crisis de Ucrania. Partiendo de dos perspectivas distintas se llevaba a cabo el encuentro. Previo a la cumbre, Washington advertía a China de consecuencias si decidieran apoyar a Rusia, mientras que Beijing sigue sin tan siquiera condenar la invasión rusa.

Ni la fuerte presión internacional que esta crisis ha conseguido, ni el gran repudio a los hechos que se ha traducido en una gran condena a la situación, sumando a la presión que la propia Administración Biden está ejerciendo sobre China, ha tenido algún resultado.

Es más, hay quienes piensan que el efecto de la cumbre fue opuesto. Phelim Kine escribía en Político (un medio impreso y virtual de Washington con mucho peso en el mundo político y en las esferas de poder de los Estados Unidos)  que Biden no logró que Xi se comprometiera a hacer un uso de la influencia que China tiene sobre Rusia para poner fin a la agresión a Ucrania; es más, afirmaba que no pudo ni siquiera conseguir que Xi empleara el término “invasión”. Por el contrario, explica Kine, “Biden lograba el efecto opuesto y Xi criticaba implícitamente a Washington por su papel en la intromisión de Estados Unidos en la crisis.

China siempre ha abogado públicamente por la no intromisión en asuntos internos de las naciones y en esta ocasión está usando la misma técnica para justificar su supuesta neutralidad. De hecho, cada vez que el mundo ha intentado cuestionar su comportamiento, bien sea por los derechos humanos de los uigures o los tibetanos o por la restricción de la libertad de opinión en China, su argumento es que esos son asuntos internos y el resto del mundo debe mantenerse al margen mientras lo desmiente.

En medio de esta crisis internacional, los chinos han buscado diferentes vías para hacer llegar su mensaje. Por un lado, han recordado que las relaciones entre Washington y Beijing siguen estando fracturadas desde la era Trump, y el ministro chino de Exteriores, el portavoz de Exteriores o algún otro alto funcionario, desde el comienzo de la invasión hace afirmaciones casi diarias en las que mandan mensajes directos de su incomodidad con la Administración Biden, de que las sanciones son excesivas, de que los rusos y los ucranianos deben resolver solos su crisis, etc.

La semana pasada, otra prominente figura política china decía a un medio que “las sanciones occidentales impuestas por occidente son escandalosas”. Beijing no solo no ha condenado la invasión per se sino que no ha condenado aún ninguna acción, ni de bombardeo a hospitales, o refugios de civiles atacados; ni siquiera los ataques a las plantas nucleares, aún cuando un mal cálculo o un pequeño accidente originado en alguna planta podría tener repercusiones globales.

Además, este año es importante para el Partido Comunista chino pues tendrá lugar su decimo segundo congreso, lugar para investir a Xi para un tercer mandato de 5 años más, aun cuando ya en el 2018 fueron eliminados el máximo de los términos presidenciales a través de una reforma constitucional que le permite mantenerse en el poder por tiempo indefinido. Sin embargo, la inestabilidad es algo de lo que huyen los líderes chinos, porque saben que se traduce en problemas de orden público. Y ya la situación es compleja debido a que estamos comenzando el tercer año de pandemia, su crecimiento económico se ha visto afectado por el Covid y gracias en parte a las desmesuradas medidas de control que imponen en China. Que valga decir están generando un gran rechazo social en los últimos días por la ferocidad con la que siguen imponiendo cuarentenas y encierran a ciudades enteras de cientos de miles de ciudadanos.

La guerra rusa en Ucrania no le conviene a China, naturalmente, sobre todo porque su objetivo principal es seguir creciendo su economía y su plan de expansión de la nueva Ruta de la Seda junto con el rejuvenecimiento de China se puede dilatar considerablemente. Sin embargo, ya le ha dado beneficios a corto plazo al menos. Le ha puesto en el centro de las conversaciones diplomáticas, le ha subido el estatus a mediador, puede además tener cierto control sobre Putin y por tanto ser el único capaz de potencialmente conseguir un alto al fuego de parte de Rusia. Además de que tiene a la Administración Biden detrás intentando conseguir más de su parte, lo que le da más poder de negociación incluso en otros ámbitos.

Por lo tanto, Xi, aunque perdiendo en crecimiento económico doméstico por las implicaciones indirectas de la guerra en Ucrania y las sanciones a Rusia, está ganando a nivel global. Perdiendo también se gana.

 

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