Xi, fútbol y Covid-19. Nieves C. Pérez Rodríguez  

La China del 2022 no es la misma de hace una década atrás. El Covid-19 ha alterado la dinámica y reorganizado prioridades del Estado. Lo vimos en 2020 y la rápida reacción de Beijing en tratar de contener los contagios en Wuhan, así como sucesivamente ha sucedido a lo ancho del territorio con instalaciones de centros masivos, centros de pruebas Covid, confinamientos estrictos, e incluso centros de cuarentena para los infectados, aún en aquellos casos en los que el virus es leve.

Se puede establecer un paralelismo con la situación del fútbol en China. Los chinos nunca han sido especialmente conocidos por sus equipos de fútbol ni su ranking internacional. En efecto, la única vez que se clasificaron a la copa mundial fue en el 2002 y su desempeño en los tres partidos fue bastante pobre, pues no consiguieron hacer ni un solo gol. Sin embargo, desde 2010 se observa cómo este deporte comienza a tomar más importancia cuando Evergrande, la inmobiliaria que ha sido noticia en los últimos meses por tener una deuda que supera los 250 mil millones de dólares, compró el equipo de la provincia de Guangzhou y en tan solo un año más tarde se hicieron con el título de la Superliga china por primera vez, y más adelante otros dos campeonatos asiáticos.

En el año 2016, el gobierno chino presentó un plan en el que estimaban que para 2020 unos 50 millones de niños y adultos estarían jugando al fútbol en el gigante asiática, por lo que invirtieron en construir 20.000 centros de entrenamientos y 70.000 estadios, de acuerdo al Organismo Superior de Planificación Económica de Beijing.

Esta enorme inversión tenía un doble objetivo: por un lado, incorporar a China a una de las aficiones más grandes en el mundo y de esa manera complacer al aficionado número uno en el país, el propio Xi Jinping, y en segundo lugar se buscaba que el deporte contribuyera al PIB de la nación. Para intentar conseguirlo se hizo un esfuerzo mancomunado entre el sector público y privado, concretamente las 2017 grandes empresas chinas como Alibaba, Wanda y Suning habían invertido en el sector futbolístico.

El plan, aunque algo delirante, pudo haber dado buenos resultados a largo plazo, pero muchos de los inversores chinos entendieron que tenían que invertir en grande para complacer al Politburó, por lo que empezaron a pagar fichas de jugadores internacionales y entrenadores por cantidades extraordinariamente altas, en algunos casos excediendo el valor real de los mismos. Lo que a su vez ha generado una presión y especie de burbuja que ha tenido un impacto hasta en la dinámica de los clubes europeos.

La Asociación China de Fútbol había anunciado que China sería una superpotencia futbolística de primera línea para 2050 así como también anunciaron que querían ser anfitriones de la Copa Mundial en el 2030, lo que hizo que se invirtieran 1.8 mil millones de dólares en la construcción del estadio de Lotus en la Provincia de Guangzhou, que contará con capacidad para 100.000 personas sentadas y que de acuerdo con fuentes oficiales será más grande que Camp Nou del Barcelona, considerado el más grande de Europa.

Sin embargo, todos esos esfuerzos e inversiones están quedándose a un lado desde que la pandemia ha impactado a China. El 14 de mayo el gobierno chino a través de un comunicado oficial informaba que no podrán albergar la Copa Asia en 2023, que está prevista su celebración entre el 16 de junio al 16 de julio del próximo año. Y en pleno anuncio, corresponsales internacionales remarcaban que el Estadio de los Trabajadores está bajo trabajos de remodelación día y noche, probablemente para convertirlo en centro de cuarentena.

El Estadio de los Trabajadores está ubicado al noreste de Beijing y, aunque fue construido en 1959, fue remodelado en 2004 para los Juegos Olímpicos de Beijing, aunque habitualmente se usa para celebrar partidos de fútbol. Pero hoy la obsesión o necesidad del Partido Comunista de mantener la política “Cero casos de Covid” ha llevado a situaciones realmente extremas, como los dos meses de confinamientos que se han llevado cabo en Shanghái y en las en las últimas semanas se imponían los mismos tipos de confinamientos en Beijing.

El anuncio de que no serán los anfitriones de un evento de ese calibre en Asia, donde los chinos siempre quieren ser los pioneros, y que está pautado para dentro de más de 12 meses, significa que el Partido Comunista chino sabe que no podrá controlar los casos de transmisión de Covid-19 en los siguientes meses. Además de que sus vacunas son ineficientes y no podrán desarrollar un plan de contingencia distinto al de su política de cero casos, a pesar del coste económico que esa política está teniendo en la economía china, que de acuerdo con las estimaciones de Goldman Sachs de crecimiento el mes pasado pronosticaban que ronda el 4,5% pero dejaban abierta la posibilidad de que ese porcentaje fuera menor de continuarse con tantos confinamientos. Mientras que las estimaciones oficiales del gobierno chino hechas a principios de año fueron 5,5%.

La historia del futbol en china, así como la de la pandemia, es otra demostración más de como los sistemas comunistas tienen la capacidad de controlar absolutamente todo en el Estado. Hasta la promoción de una afición deportiva la financian, la convierten en política de Estado, presionan a los inversores que se deben al partido, pues de eso depende que no caigan en desgracia, y estos terminan haciendo inversiones que en algunos casos son absurdas para mantenerse congraciados con el líder y el partido. Pero de la misma manera cambian de dirección si consideran que deben hacerlo.

La obsesión china por desarrollar su economía hizo que crecieran espectacularmente en tiempo récord, aun cuando la población ha pagado un alto precio por conseguirlo. Hoy la obsesión es erradicar el Covid-19 por lo que han dejado a un lado el crecimiento económico y de la misma manera le ha pasado al fútbol que, aunque obviamente es un hobby, demuestra claramente cómo el Partido Comunista lleva a la nación hacia la dirección que decida. Y una vez más los ciudadanos son los soldados que no les queda más que acatar y callar.

 

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