Taiwán. Esa isla de la que usted me habla. David Montero

Las elecciones que se avecinan en Taiwán el próximo 13 de enero representan un momento crítico en la historia reciente de la isla, con repercusiones que se extienden mucho más allá de sus costas y playas y no solo influirán en su futuro inmediato, sino también en su posición en el escenario internacional.

La inédita campaña electoral a tres bandas entre el favorito Partido Demócrático del Progreso, el Kuomintang y el Partido Popular de Taiwán se ha centrado en una variedad de temas cruciales, reflejando tanto las preocupaciones internas de Taiwán como las presiones y desafíos globales, siempre con la sombra inmensa del continente detrás. Económicamente, la isla ha mostrado una resiliencia notable, pero las incertidumbres derivadas de las tensiones con China y los desafíos de la pandemia global han puesto a prueba esta fortaleza. Los candidatos han debatido estrategias para mantener el crecimiento económico, mientras abordan problemas sociales internos, incluyendo la vivienda, la educación y la reforma sanitaria.

Sin embargo, esa clave interna, como siempre, queda en un segundo plano ante la relación de la isla con China. Las políticas hacia Beijing varían significativamente entre los partidos, desde la búsqueda de una mayor integración económica y diálogo hasta una firme defensa de la soberanía taiwanesa y una mayor distancia política bordeante con la peligrosa línea roja del independentismo. En función del resultado, estas elecciones podrían marcar un cambio significativo en la forma en que Taiwán interactúa con su poderoso vecino.

La política exterior de Taiwán, especialmente en lo que respecta a sus relaciones con Estados Unidos y otras democracias, también ha sido un punto focal. Los lazos con Estados Unidos, en particular, han alcanzado nuevos niveles de cooperación bajo la administración actual, y el resultado de las elecciones podría influir en la continuidad de este fortalecimiento de relaciones.

Los derechos humanos y las libertades civiles, siempre en el centro de la política taiwanesa, continúan siendo temas de debate. Taiwán ha sido elogiado por su progresismo en áreas como los derechos LGBTQ+ y la libertad de prensa, y estas elecciones podrían consolidar aún más estos avances, avances que, en el fondo, ahpndan la brecha de la sociedad de la antigua Formosa con la del otro lado del estrecho. Es difícil plantear la reunificación de dos sociedades cuando, cada año, estás son un poco más diferentes. El ejemplo de Hong Kong tampoco ayuda.

La pandemia de COVID-19 y la respuesta de Taiwán también han sido destacadas durante la campaña. La isla ha sido reconocida internacionalmente por su manejo exitoso del virus, lo que ha fortalecido el orgullo nacional y la confianza en el gobierno. Sin embargo, la recuperación económica y la apertura al turismo internacional siguen siendo temas de interés para los votantes.

Los partidos políticos y sus candidatos han presentado una gama de visiones para el futuro de Taiwán. El partido gobernante, el Partido Democrático Progresista (PDP), con Lai Ching-te al frente, ha enfatizado la defensa de la soberanía taiwanesa y la profundización de las relaciones con países democráticos. Por otro lado, el Kuomintang (KMT), el principal partido de la oposición, ha abogado por una aproximación más pragmática con China, enfatizando la necesidad de estabilidad económica y política.

El resultado de las elecciones del 13 de enero tendrá un impacto significativo en la dirección futura de Taiwán. No solo decidirá las políticas internas para los próximos años, sino que también determinará cómo Taiwán se posiciona a sí misma en la arena mundial, en medio de tensiones geopolíticas crecientes y una economía global en constante cambio. Una previsible victoria del gobernante PDP cerraría la puerta, al menos durante cuatro años más, a una reunificación pacífica con la República Popular, e impulsaría la estrategia de defensa y resiliencia económica de Taipei frente a Pekín, y una mayor colaboración con Estados Unidos, y en menor medida, Japón y Australia.

De fondo, habrá que ver cómo gestiona China la frustración, y hasta dónde llega la paciencia de Xi Jinping con esa isla tan pequeña, tan molesta, tan clave.

 

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