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INTERREGNUM: China y el mundo árabe. Fernando Delage

La rivalidad entre China y Estados Unidos no se limita a la región del Indo-Pacífico. La proyección de la República Popular se extiende hoy por todas las regiones del planeta, y es en particular en el mundo emergente donde intenta liderar un bloque alternativo a las democracias occidentales. El mundo árabe es uno de esos espacios donde ve una oportunidad para incrementar su influencia, como ha puesto de relieve el viaje realizado por el presidente Xi Jinping a Arabia Saudí la semana pasada.

La visita de Xi, la segunda en seis años (y la quinta de un presidente chino desde 1999), es un reflejo de la evolución natural de las relaciones bilaterales, pero adquiere un especial significado en el actual contexto geopolítico global. Por una parte, en efecto, una relación limitada durante años a los recursos energéticos se ha ampliado a otros terrenos. Por otro lado, Xi busca impulsar la vinculación con los países del Golfo (además de sus encuentros bilaterales en Riad, también asistió en la capital saudí a una cumbre del Foro de Cooperación China-Estados Árabes, y a una reunión con los miembros del Consejo de Cooperación del Golfo Pérsico), apenas unos meses después de que Estados Unidos advirtiera que no está dispuesto a ceder su papel en la región a ninguna otra potencia. El problema es que las monarquías del Golfo observan un creciente distanciamiento norteamericano, mientras que China les demuestra un claro interés por estrechar relaciones.

Pekín describió la visita de su presidente como “el más relevante acontecimiento diplomático en la historia de las relaciones entre China y el mundo árabe”. Excesos retóricos aparte, lo que resulta innegable es la relevancia de la relación entre el mayor exportador mundial de petróleo (Arabia Saudí) y el mayor importador (China).  Riad es el primer suministrador de la República Popular, a la que dirigió el 18 por cien de sus ventas de petróleo en 2021 (por valor de 43.900 millones de dólares). Pese a las disrupciones provocadas por la pandemia, los intercambios comerciales bilaterales superaron el pasado año los 87.300 millones de dólares, un incremento del 30 por cien con respecto a 2020. Arabia Saudí representa por otra parte más del 20 por cien de las inversiones chinas en el mundo árabe entre 2005 y 2020, y debe recordarse que—además de la mayor economía de la región (supone el 27 por cien del PIB de todos los Estados miembros de la Liga Árabe)—es el único país de la zona perteneciente al G20.

Hasta el 51 por cien de las importaciones chinas de petróleo procede de los países árabes—las cuatro quintas partes de las seis monarquías del Consejo de Cooperación del Golfo—, por lo que la primera prioridad de Pekín consiste en asegurarse un acceso estable y sin alteraciones en los precios a dichos recursos. Su intención de aumentar su consumo de gas también se vio reflejado en el acuerdo firmado en noviembre por Sinopec con Qatar para el suministro de gas licuado durante 27 años, un pacto sin precedente.

China quiere con todo diversificar sus inversiones y, durante su visita, Xi y el gobierno saudí firmaron más de 30 contratos (por un valor cercano a los 30.000 millones de dólares), entre los que se incluirán la construcción de una fábrica de vehículos eléctricos y el suministro de baterías de hidrógeno. Las inversiones y tecnologías chinas resultan indispensables para avanzar en el proyecto Vision 2030 del príncipe heredero, Mohamed bin Salman.

El contraste no puede ser mayor con la visita realizada a Riad por el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, en julio. Las relaciones entre las dos naciones no pasan por su mejor momento. Poco ayudó a la recuperación de la confianza que Arabia Saudí liderara la decisión de la OPEC de no aumentar la producción de petróleo mientras Occidente sancionaba a Rusia. Tampoco que, frente a la campaña norteamericana contra Huawei, Arabia Saudí—como la mayoría de los países del Golfo—se hayan puesto en manos de la empresa china para la construcción de sus redes de telecomunicaciones de quinta generación y otros proyectos digitales. La preocupación de Washington se agrava, por último, ante el hecho de que China se haya convertido asimismo en un suministrador de armamento: en marzo, una compañía saudí firmó un contrato con una empresa estatal china para la fabricación de drones, y se especula sobre la participación china en la fabricación de misiles balísticos en el reino.

La consolidación de China como socio de la región en tantos frentes es, por resumir, una nueva indicación de los cambios en los equilibrios globales de poder. Aun siendo prematura la conclusión de una pérdida de influencia norteamericana, la República Popular es una variable que obligará a Occidente a recalibrar su estrategia hacia esta parte del mundo.

Pakistán, el gran padrino emergente

El nuevo Afganistán está siendo el catalizador de una reordenación geopolítica y geoestratégica de la vasta región que va desde el Índico al Mediterráneo y desde Asia Central al golfo de Bengala. La existencia previa de alianzas regionales, la victoria talibán y el acercamiento entre China y Rusia para gestionar la crisis, marcan un nuevo mapa de fuerzas, como explica y analiza esta semana en 4Asia nuestro colaborador Fernando Delage.

 

En este nuevo escenario, Pakistán se ha convertido en país clave que va a intentar, está de hecho intentándolo desde hace años, convertir la situación creada por el resurgimiento talibán en el gran momento o para fortalecer su protagonismo nacional, vertebrar más su dividida sociedad, hacer imprescindible su mediación a ojos occidentales, mantener y robustecer sus relaciones con China con sus grandes inversiones y mejorar sus relaciones con Moscú. Todo esto a cambio de mediar en Kabul. Con todo ello, Pakistán, trata de mejorar su propia posición estratégica sobre su adversario tradicional, India, y blanquear y hacerse perdonar con promesas de impulsar una moderación sus oscuras relaciones con Al Qaeda y los talibán.

 

Para afinar está puesta en escena y esta estrategia, el superpoderoso jefe de los servicios secretos paquistaníes (ISI), Faiz Hameed, ha visitado Kabul acompañado de una delegación de altos cargos donde tratará de arrancar al nuevo gobierno islamista, en el que hasta quince de sus miembros están reclamados por diversos tribunales internacionales por indicios de  delitos de terrorismo, mensajes que pueden ser presentados en el exterior como ejemplos de una mayor moderación. Les une el odio a la forma de vida y las libertades occidentales (como a casi tos los vecinos regionales) y, a la vez, la necesidad de ganar tiempo para acumular fuerzas.

 

En realidad, la capital pakistaní, Islamabad, se ha convertido en una nueva meca política y desde allí muchos países europeos, entre ellos España, van a gestionar sus relaciones con Kabul. El propio ministro español de Exteriores, José Manuel Albares, ha visitado Pakistán para impulsar la nueva etapa como han hecho muchos representantes de EEUU y la Unión Europea. Pero van a ser Pakistán y Qatar, que ha venido propiciando encuentros entre EEUU y los talibán desde hace años, los grandes mediadores, aunque hay que subrayar que ha aumentando su papel sobre el terreno Irán, ahora enfriando a toda velocidad su tensión tradicional con los nuevos dueños de Kabul y asociándose, de la mano de Rusia, al nuevo mapa de poderes en Asia Central.

 

Y todo eso, como señalan los expertos, con EEUU trasladando su principal atención al Pacífico y a los movimientos de China y una Unión Europea clamorosamente ausente en capacidad y voluntad.