China, de puerto en puerto

En las series de TV que ahora que están tan de moda se puede constatar el sostenido empeño de los guionistas en ligar las tramas a la actualidad más inmediata. Así, en The Good Fight puede seguirse en ficción las ultimas semanas de Trump en la Casa Blanca y las primeras, y grandes, tribulaciones de Biden, o el problema de los anti vacunas en varias otras. Y hay una teleserie, Stella Blomkvist, que se atreve con la estrategia china de expandir negocios e influencia poniendo dinero sobre la mesa, blanco o negro, y logrando posiciones estratégicas adelantadas en infraestructuras y negocios en países europeos. Esta, que es una constatación y una preocupación, se plantea en la serie con una crudeza que no se exhibe en Bruselas donde hay voces influyentes que defienden que China es, de momento, más una oportunidad de mercado que una amenaza.

 

Adelantemos que la serie no es buena pero parte de un supuesto que se repite en varios países: una empresa china, con paraguas estatal por supuesto, compra una isla en Islandia y quiere hacerse con la gestión de varios puertos. En el comité islandés de negociación el interés de Islandia aparece en todo caso como efecto secundario porque la clave es la pugna entre los negociadores por ver quien recibe más incentivos monetarios de China. En todo caso este no es el eje de la trama (si fuera así tal vez ganaría interés). La clave argumental es la investigación de una serie de crímenes que revela la relación de los negociadores con China con los bajos fondos islandeses relacionados con tráfico de jóvenes eslavas, drogas y actividades relacionas con esto.

 

El puerto griego del Pireo, considerado la gran puerta de entrada de los productos asiáticos a Europa, es uno de los ejemplos de la expansión de las empresas chinas en la red global de puertos.

Después de la Gran Crisis de 2008-2009, Grecia tuvo que llevar a cabo reformas y privatizaciones para pagar sus deudas tras el rescate financiero internacional.

El gigante estatal chino, Cosco, vio una oportunidad para entrar en la industria portuaria de un país en crisis. Fue así como adquirió el 51% del Pireo, bajo un acuerdo que le permitiría hacerse con el 67% cinco años después.

 

La misma compañía está en conversaciones para adquirir una participación en el puerto de Hamburgo, Alemania. Si llegara a concretarse, sería la octava mega inversión portuaria de Cosco en Europa.

Y otro de los gigantes chinos, Shanghai International Port Group, se ha hecho con el control del puerto israelí de Haifa.

Esos son algunos de los capítulos más recientes de una larga historia de expansión portuaria, que en los últimos años se ha dado en el contexto de la llamada Ruta Marítima de la Seda, iniciativa que forma parte de un plan más amplio de inversión de los capitales chinos en obras de infraestructura alrededor del mundo. Para conseguir ese objetivo, tener el control de las concesiones portuarias en puntos geoestratégicos es fundamental, señala un informe elaborado por la BBC que sostiene que distintas estimaciones apuntan a que empresas del gigante asiático controlan actualmente cerca de 100 puertos en más de 60 países.

 

Sin embargo, esta no es una historia de éxito completo. Un análisis del China Power Project, perteneciente al Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, por sus siglas en inglés), con sede en Washington D.C., titulado “¿Cómo influye China en la conectividad marítima global?” pone de relieve las dificultades. Así está el caso del puerto de Gwadar, un componente clave del Corredor Económico China-Pakistán, que pese a los anuncios, ha terminado estando “infrautilizado”.

“El gobierno paquistaní tuvo que tomar medidas desesperadas a principios de 2021 para reactivar el puerto”, señala el análisis del CSIS. También agrega que algunos proyectos importantes aún no se han materializado por completo, como el puerto de Bagamoyo en Tanzania.

Otro aspecto de las operaciones chinas en la industria portuaria, agrega el documento, tiene relación con los términos de las negociaciones que se llevan a cabo con países endeudados con Pekín.

 

Son algunos ejemplos de la puesta en marcha de una estrategia basada en la ausencia de límites y reglas a la hora de negociar por parte de un Estado totalitario, de las presiones sobre Estados vulnerables para conseguir ventajas y en la falta de garantías de cumplimiento y calidad en la ejecución de los acuerdos. No es eficiencia todo lo que reluce en la propaganda china.

Asia Central: crece el protagonismo de Irán

El viernes 17 de septiembre, en una reunión en Dusambé, Tayikistán, los países miembros de la Organización de Cooperación de Shanghái votaron aceptar el ingreso de Irán en la organización.

La OCS, establecida por China y Rusia en 2001, es una alianza económica, política y de seguridad. Actualmente incluye ocho estados: China, Rusia, Pakistán, India, Kazajstán, Kirguistán y Tayikistán. Juntos, estos estados representan el 20% del PIB mundial e incluyen al 40% de la población mundial.

Hasta ahora, Irán sólo contaba con el apoyo de Rusia, empeñada en asociar a la teocracia de Teherán a la estrategia de Moscú de amplar su influencia en la región, aliándose y, a la vez, neutralizando en lo que pueda la influencia china.

Este logro de la diplomacia iraní, apadrinada por Rusia, tiene especial importancia en estos momentos en que parece que EEUU se repliegue hacia el Indo Pacífico donde estarían sus prioridades frente a loe retos chinos. La OCS tiene pues la oportunidad de convertirse en un organismo clave en la región, llenar en vacío dejado por EEUU y sevir de decorado a una rordenación de poderes en la región pactada entre rusos y chinos.

“El equilibrio internacional a partir de ahora se inclina hacia el multilateralismo y la redistribución de poderes hacia los países independientes. Las sanciones unilaterales no se dirigen únicamente a un país. Se ha hecho evidente que, en los últimos años, afectan más a los países independientes, especialmente a los miembros de la OCS”, afirmó tras confirmarse la incorporación de Irán al organismo el presidente Ebrahim Raisi que está al frente del gobierno más duro desde hace décadas en Teherán.

Expertos occidentales consideran que, no obstante, La OCS aún no se parece en nada a una alianza estratégica liderada por China contra Occidente. Entre sus miembros se encuentra India, rival de China y aliado occidental. La OCS tampoco está alineada con Irán en su desafío al sistema internacional con respecto a su programa nuclear. Más bien, las sanciones fueron la preocupación principal que impidió que Teherán se adhiriera antes al grupo hasta ahora.

Incluso ahora, añaden, aún no se ha anunciado un cronograma para que Teherán se una a la organización. Sin duda, las grandes inversiones de Rusia, China e India en Irán se han visto disuadidas por la amenaza de sanciones estadounidenses.

También debe tenerse en cuenta que el patrón de inversión china en el Medio Oriente no se ajusta a una lealtad estricta con ningún bloque regional. Beijing es un importante comprador de petróleo saudí y mantiene amplios lazos comerciales tanto con Israel como con los Emiratos Árabes Unidos.

China, en plena escalada militar

Que el AUKUS era una necesidad estratégica plantea pocas dudas si se asume que China es una amenaza en la medida en que se trata de un Estado totalitario con ambición expansiva que potencia y controla su crecimiento económico y su desarrollo militar en la búsqueda de objetivos hegemónicos. Otra cosa es que se considere que China  (como sostienen algunos países y expertos europeos) es, en todo caso, una amenaza regional y que sólo representa un reto comercial por sus prácticas ventajistas derivadas de su sistema intervencionista y carente de garantías jurídicas. En este caso cabría defender respuestas suaves y gestión más relajada del conflicto.

El debate es oportuno y necesario. Pero urgente. Si la percepción de que la amenaza no es alta o ni siquiera es amenaza, habrá menos tensión. Pero esto tiene antecedentes históricos en Europa que hiela la sangre. Esa fue la perspectiva (ejemplo que ya es un tópico) que el primer ministro de Gran Bretaña, Neville Chamberlain, tenía de la exigencia de Hitler de ocupar los Sudetes en Checoslovaquia. Chamberlaín convenció al jefe del gobierno francés, Edouard Daladier, de que cediendo a la exigencia nazi se evitaba la guerra en Europa. No hace falta recordar cuál fue el resultado.

Para EEUU, Gran Bretaña y Australia creen es el momento de frenar a China y neutralizar sus inversiones en fuerza aeronaval para controlar las rutas comerciales de la región y los territorios en disputa con Japón, Filipinas y Vietnam entre otros. Y eso implica traducir su alianza en acuerdos militares que refuercen la vigilancia y las posibilidades de una respuesta efectiva si fuera necesaria. Y en eso están.

China, durante la celebración de su Día Nacional hace una semana protagonizó la mayor provocación militar sobre Taiwán de las últimas décadas, con una violación masiva del espacio aéreo taiwanés en dos operaciones sucesivas. Dichas incursiones sucedieron en dos oleadas: la primera, con 13 aviones de combate, sucedió de día y la segunda, con 25, tras la caída del sol.La fuerza aérea de la isla respondió con el envío de una patrulla para realizar un seguimiento de los aviones y ahuyentarlos, y puso en alerta a su sistema de misiles antiaéreos. Según el Ministerio de Defensa de Taiwan, ambas oleadas de aviones procedente del continente incluían aviones H-6, que son capaces de transportar bombas nucleares.

Hay que recordar que Taiwán como sujeto político nace de haberse refugiado en la isla en 1949 el gobierno chino derrotado por los comunistas y ambos reclaman su legitimidad y su aspiración a una unidad nacional, o democrática o comunista, aunque en la isla crece la opinión de debería constituirse como país oficialmente independiente y olvidarse de sus ambiciones continentales. La operación sobre Taiwán es no solo una intimidación a la isla sino una advertencia a todos los vecinos.

China está lejos de Europa y una posible guerra sería en el Pacífico desde el punto de vista geográfico, pero el tsunami sería planetario. Disimular los riesgos no ayuda a evitarlos y Europa ha caído muchas veces en esa ensoñación. Tal vez ha llegado el momento de despejar incógnitas.

 

Alemania y las relaciones de la UE con China     

Las relaciones entre la UE y China en los próximos años van a estar marcadas por el gobierno alemán que se constituya tras las elecciones recién celebradas, que previsiblemente tardará meses en negociarse y cuyo liderazgo final no está claro.

Alemania, como líder económico de la UE y, por lo tanto, el país con mayor influencia política en la Unión, ha mantenido posiciones ambiguas con respecto a China en las que, en todo caso, no se ha querido nunca molestar a Pekín lo suficiente como para perturbar los negocios de los empresarios alemanes. Pero los elementos del escenario han cambiado. Como era previsible, China, pacientemente ha pasado de atractivo socio comercial a inquietante competidor en todos los mercados, lo cual sería para aplaudir a su gobierno si no fuera porque juega desde un Estado autoritario que no respeta todas las leyes internacionales de comercio, ni la libertad de mercado en su territorio, ni los derechos humanos en general, ni los laborales en particular. Sin olvidar que en el país no existe un poder judicial independiente al que reclamar la necesaria seguridad jurídica.

Merkel timoneó esa situación con habilidad pero se resistió a considerar a China como una amenaza global y no sólo comercial y mantener junto a Estados Unidos una política de exigencia democrática y de mayor contención a sus amenazas territoriales en el Indo Pacífico.

Como señalan varios expertos, en los últimos años la relación entre Alemania y China ha sido cada vez más tensa. China es más agresiva en sus relaciones con Hong Kong y Xinjiang, y ha aumentado su presión económica y de amenazas territoriales en la región más allá de sus propias fronteras. Para ello, utiliza nuevas formas de coerción económica para perseguir sus intereses políticos.

El nuevo gobierno alemán, y la UE, tendrán que precisar sus relaciones con China más allá de la seducción de las inversiones chinas y previsiones a medio y largo plazo. El cortoplacismo amparado en los beneficios anuales y los votos de cada legislatura no sólo son un error sino que siembra las condiciones para la catástrofe frente a países para quienes el tiempo importa poco porque no se les exige cuentas, no celebran elecciones y estás instalados en una milenaria cultura de la paciencia.

Indo-Pacífico: Iniciativa de Estados Unidos, hipocresía francesa

La alianza estratégica recientemente anunciada por Australia, Reino Unido y Estados Unidos (AUKUS) supone un cambio de etapa en la región del Indo-Pacífico. Los tres aliados han decidido dar un paso adelante en la contención de China y su política expansiva respecto a Taiwán, el Mar de la China y países cercanos, y dotarse, con Australia como pieza central sobre el terreno, de mayores recursos navales y aéreos.

Esta iniciativa impulsada por Estados Unidos no debería sorprender. Los tres países, junto a Canadá y Nueva Zelanda, integran, desde los años 60, la alianza Five Eyes para el intercambio de inteligencia estratégica y monitorización de las comunicaciones del bloque soviético y aliados y que supuso la puesta en marcha del sistema de vigilancia Echelon, que supuestamente también se utilizó más tarde para controlar miles de millones de comunicaciones privadas en todo el mundo.

La nueva alianza estratégica significa la plasmación práctica y con nuevos medios de una coincidencia en la percepción de la amenaza china no sólo en términos comerciales ventajistas sino como amenaza a la integridad territorial y seguridad colectiva de varios países.

Y aquí entra la dificultad de sumar a la Unión Europea a esta iniciativa. Bruselas lleva años señalando que China es una amenaza comercial y de seguridad tecnológica pero no un riesgo en estos momentos a la seguridad colectiva. Francia y Alemania combinan las duras críticas a China con guiños para establecer acuerdos comerciales que permitan a sus empresas entrar en el goloso mercado chino con el menor control estatal posible por parte de Pekín. Cada cual defiende legítimamente sus intereses nacionales y, en la medida en que coincidan, son intereses europeos. Y esto está en la trastienda del asunto de los submarinos.

Australia lleva décadas modernizando sus fuerzas navales (y en algunos de sus programas mantiene con España convenios importantes), necesidad que ha venido aumentando en proporción al crecimiento chino en capacidad ofensiva aeronaval junto a su política en las aguas cercanas reprobada por tribunales internacionales. En este campo, es clave estratégicamente el arma submarina por su capacidad de llevar a cabo labores de vigilancia y de inteligencia.

El primer candidato para colaborar en la modernización de la flota submarina australiana fue Japón proyecto que Camberra abandonó para un acuerdo con Francia que ofreció a Australia ventajas comerciales y tecnológicas. Sin embargo, París no quiso transferir tecnología para la propulsión nuclear de los submarinos australianos para no entorpecer sus relaciones comerciales con China. Francia ofreció el último modelo de la clase Scorpene, modelo en el que han colaborado España y Francia, que vendieron varias unidades a Chile.

Pero ahora, en el marco del AUKUS, EEUU y Gran Bretaña han ofrecido a Australia la transferencia de la tecnología para dotar a sus nuevos submarinos de propulsión nuclear en situaciones ventajosas para los tres países. Los submarinos movidos por energía nuclear son más  rápidos, pueden alcanzar mayor profundidad, son más silenciosos, tienen más capacidad  de desplazamiento y pueden permanecer mucho más tiempo sumergidos mucho.

Es verdad que Francia ha perdido un contrato de casi 60.000 millones de euros con la repercusión que eso va a tener en el empleo, pero sin duda hay instancias jurídicas internacionales para sustanciar reclamaciones y eventuales compensaciones. Pero Francia no pude presentar este asunto como una “traición” o una “puñalada en la espalda” de Estados Unidos en un plan estratégico contra China en el que la Unión Europea nunca ha querido estar ni dotarse de medios para ponerlo en marcha. Retirar embajadores de Australia y Estados Unidos y escenificar como conflicto europeo un asunto esencialmente francés es pura hipocresía. Por otra parte, la unilateralidad de la acción francesa en África no es menor que aquella que París crítica a Estados Unidos, dicho sea de paso.

No se puede seguir esperando la comprensión de Estados Unidos, que también tiene legítimos intereses nacionales como Francia, y que desde el otro lado del Atlántico llegue la financiación vertebral de la OTAN y se envíen los soldados que en mayor número mueren en los conflictos, mientras se mira con supuesta superioridad ética a los aliados estadounidenses. No se pueden seguir equilibrando los presupuestos europeos gastando menos en defensa y que lo haga EEUU y, a la vez, esperar que EEUU lleve a la UE a rastras a  dónde la UE no ha demostrado querer asumir los riesgos de estar presente.

Pakistán, el gran padrino emergente

El nuevo Afganistán está siendo el catalizador de una reordenación geopolítica y geoestratégica de la vasta región que va desde el Índico al Mediterráneo y desde Asia Central al golfo de Bengala. La existencia previa de alianzas regionales, la victoria talibán y el acercamiento entre China y Rusia para gestionar la crisis, marcan un nuevo mapa de fuerzas, como explica y analiza esta semana en 4Asia nuestro colaborador Fernando Delage.

 

En este nuevo escenario, Pakistán se ha convertido en país clave que va a intentar, está de hecho intentándolo desde hace años, convertir la situación creada por el resurgimiento talibán en el gran momento o para fortalecer su protagonismo nacional, vertebrar más su dividida sociedad, hacer imprescindible su mediación a ojos occidentales, mantener y robustecer sus relaciones con China con sus grandes inversiones y mejorar sus relaciones con Moscú. Todo esto a cambio de mediar en Kabul. Con todo ello, Pakistán, trata de mejorar su propia posición estratégica sobre su adversario tradicional, India, y blanquear y hacerse perdonar con promesas de impulsar una moderación sus oscuras relaciones con Al Qaeda y los talibán.

 

Para afinar está puesta en escena y esta estrategia, el superpoderoso jefe de los servicios secretos paquistaníes (ISI), Faiz Hameed, ha visitado Kabul acompañado de una delegación de altos cargos donde tratará de arrancar al nuevo gobierno islamista, en el que hasta quince de sus miembros están reclamados por diversos tribunales internacionales por indicios de  delitos de terrorismo, mensajes que pueden ser presentados en el exterior como ejemplos de una mayor moderación. Les une el odio a la forma de vida y las libertades occidentales (como a casi tos los vecinos regionales) y, a la vez, la necesidad de ganar tiempo para acumular fuerzas.

 

En realidad, la capital pakistaní, Islamabad, se ha convertido en una nueva meca política y desde allí muchos países europeos, entre ellos España, van a gestionar sus relaciones con Kabul. El propio ministro español de Exteriores, José Manuel Albares, ha visitado Pakistán para impulsar la nueva etapa como han hecho muchos representantes de EEUU y la Unión Europea. Pero van a ser Pakistán y Qatar, que ha venido propiciando encuentros entre EEUU y los talibán desde hace años, los grandes mediadores, aunque hay que subrayar que ha aumentando su papel sobre el terreno Irán, ahora enfriando a toda velocidad su tensión tradicional con los nuevos dueños de Kabul y asociándose, de la mano de Rusia, al nuevo mapa de poderes en Asia Central.

 

Y todo eso, como señalan los expertos, con EEUU trasladando su principal atención al Pacífico y a los movimientos de China y una Unión Europea clamorosamente ausente en capacidad y voluntad.

 

Afganistán y los fantasmas de Europa

El impacto de la crisis afgana en la UE es una radiografía de la propia crisis europea. Las primeras reuniones para analizar consecuencias y explorar medidas han hecho resucitar la idea de una task force dependiente de la UE capaz de desplegar cinco mil soldados con sus respectivos medios de combate en cualquier crisis que requiera defender intereses europeos. Y esta misma propuesta ha revelado la disparidad y la ausencia de bases para definir ese propósito de una política común de seguridad.

Nos guste o no, los intereses nacionales, la historia y las condiciones geoestratégicas de cada país, marcan las decisiones y las aspiraciones de cada uno. Así, aquellos países que han liderado la historia de Europa en algún momento defienden la creación de esta unidad europea, aunque no parezcan muy dispuestos a aumentar los presupuestos para defensa que serían necesarios, mientras aquellos países, básicamente de Europa del Este, históricamente  amenazados por las ambiciones rusas y alemanas y los manejos británicos y franceses, prefieren mantener las iniciativas de defensa bajo el paraguas de la OTAN, básicamente porque no quieren un excesivo distanciamiento de Estados Unidos y se sienten más sensibles a las amenazas rusas. Unos y otros han financiado sus políticas de desarrollo y de bienestar durante décadas dejando a cargo de los EE.UU. la mayor parte del coste que ha exigido en la Europa democrática una defensa suficientemente disuasoria frente a las ambiciones de Moscú.

Europa tiene que clarificar qué relaciones quiere mantener con EE.UU. en la etapa que se avecina, lo que, a la vez, puede ayudar a EE.UU. a enmendar esa vieja tendencia al aislacionismo que, dicho sea de paso, ha quedado anulada cuando las crisis han amenazado la existencia misma de Europa, esa Europa de la que nació, cultural y políticamente, la idea fundacional de Estados Unidos. Lo que no puede seguirse manteniendo es la prepotencia al juzgar la política exterior de Estados Unidos, no asumir riesgos ni gastos propios y, a la vez, acusar a Washington de distanciamiento hacia Europa en algunos casos. Europa tiene que encerrar sus fantasmas y crear condiciones para que no vuelvan las pesadillas y para eso tiene que consolidar sus lazos con EEUU, asumir los riesgos imprescindibles y negociar las diferencias subrayando lo que une más de lo que separa.

El mayor riesgo mundial es la lenta pero persistente vuelta del autoritarismo, la extensión de los poderes estatales, el retroceso de las garantías jurídicas y el rearme de ideologías liberticidas que parecían en retroceso. Y Europa, y tampoco parte de EEUU, parecen estar  meditando suficientemente esa tendencia de fondo.

Afganistán: competencia entre totalitarios y desconcierto occidental

La irrupción sangrienta del Daesh, sección afgana, en el Kabul de la retirada occidental ha introducido algunos elementos nuevos que incomodan a todos, incluido el movimiento talibán. Por razones distintas, China, Rusia, EEUU, la UE, Pakistán e Irán, asumen que el gobierno talibán puede ser un mal menor que las nuevas autoridades de Kabul pueden aprovechar para ganar tiempo, estabilidad y futuro. Al margen de que esta conclusión provisional sea correcta o no la comunidad internacional está cómoda con ella mientas reflexiona sobre qué ha pasado y, sobre todo, sobre cuáles deben ser los siguientes pasos.

 

En realidad el movimiento talibán y el Daesh coinciden en la necesidad de derrotar a los infieles occidentales e imponer la ley coránica, sólo que mientras los nuevos gobernantes en Kabul sostienen que ahora es el momento de consolidar ese Estado y preparar la etapa siguiente, el Daesh cree que no hay que dar tregua ni la más mínima cesión a los infieles y entienden que es el momento de agudizar su derrota extendiendo al máximo el terror, el mismo terror que los talibán han aplicado, aplican y aplicarán cuando les sea favorable. Salvando las distancias (histórica, sociológicas e ideológicas, religiosas en el  caso afgano) el debate entre extremistas instalados en el crimen recuerda la polémica, igualmente entre proyectos criminales, sobre la revolución entre Stalin y Trotsky. El primero quería consolidar la URSS en la etapa de “construcción del socialismo en un país” mientras el segundo defendía concebir la revolución como un proceso universal aprovechando las oportunidades.

 

Pero entre los talibán y el Daesh hay más cosas: choques étnicos, resentimientos personales, lucha por el control del opio y delimitar un reparto de poder territorial. Los talibán son mayoritariamente de la etnia pastún, mayoritaria en Afganistán y muy extendida en Pakistán. Eso explica que durante los últimos veinte años el estado mayor talibán haya estado en la ciudad pakistaní de Quetta, con conocimiento y protección del gobierno y, desde luego, de EEUU que no ha querido romper con Pakistán, gobierno con el que mantiene relaciones difíciles y tormentosas pero sostenidas. Pakistán siempre ha querido influir en territorio afgano, no solo por simpatías étnicas sino porque Pakistán desea esta profundidad estratégica para contrarrestar la influencia india en esta área de importancia estratégica en la contienda en curso entre los dos países. La influencia o el control del gobierno de Kabul permitiría a Pakistán proyectar más lejos su influencia en el Asia Central. Por último, dados los problemas demográficos dentro de Pakistán, la alianza con los talibanes, que favorecen un «Emirato islámico», permite a Islamabad contrarrestar y combatir las tendencias separatistas o nacionalistas entre su propia población pastún. Desde 2014, un movimiento popular por los derechos pastunes, conocido como Tahafuz, ha estado activo en esta área.

 

En Daesh, los pastún son excepciones. Están establecidos en el norte afgano y hacen referencias en sus siglas al Jorasán, un  territorio que míticamente se extiende desde Irán a Tayikistán con clanes árabes (minoritarios), persas, uzbekos, tayikos y turcomános. Aunque hay que subrayar que dos comandantes talibán pastunes, resentidos con sus jefes se han pasado con sus tropas al Daesh. No es un dato militarmente relevante pero sí simbólico.

 

Este escenario anuncia una inestabilidad preocupante en un momento en que Occidente parece no entender qué ha pasado ni cómo actuar ahora y dónde no faltan juicios arrogantes sobre los “errores” de EEUU sin precisar que la UE ni ha sabido ni ha querido hacer nadas que supusiera riesgos de vidas y negocios por lo que han estado sólidamente atados a los “errores”  de EEUU. Parece haber llegado la hora de un mayor protagonismo regional, con Rusia y China de patrones, en un escenario que describe y analiza en esta página nuestro colaborador Fernando Delage

Muerte en Kabul

Con la victoria militar del movimiento talibán en Afganistán mueren muchas cosas, además de las personas que están en la agenda político terrorista de este grupo político-religioso. Muere un proyecto occidental nacido más de la improvisación que de la planificación; muere (aún más si cabe) la credibilidad de EEUU y de las democracias occidentales y muere, sobre todo, una gran dosis de esperanza-ingenuidad de las opiniones públicas europeas y norteamericanas. Kabul va a ser el símbolo de la muerte de muchas cosas.

 

Pero, detrás de esa aparente vuelta al punto cero de 2001, con los mullah integristas gobernando otra vez (más allá de esa simplista, reduccionista y absurda comparación con el Saigón de la huida norteamericana tras la derrota en Vietnam) hay muchos elementos nuevos que conviene analizar para intentar atisbar futuros escenarios.

 

En primer lugar los vencedores. El movimiento talibán ha cambiado profundamente durante las dos décadas de retroceso. Hoy está gobernado por una generación más radicalizada que antes en lo religioso y más capaz y pragmática en lo militar. Esta combinación le ha permitido una estrategia de aprovechar las debilidades de Estados Unidos, sus necesidades electorales de salir del atolladero y sus enormes gastos para aparentar una negociación en la que desde Washington se ha llegado a admitir (en el título del acuerdo, aunque para matizarlo a continuación) la expresión “Emirato” referido a los talibán; se ha aceptado una retirada, ejecutada con precipitación, que ha dejado terreno libre a los insurgentes y vendido al gobierno de Kabul, y, sin explicación suficiente, un abandono de medidas, ideas y estrategias pensadas, en principio, para dotar a aquel país, y con él a la región y al mundo, de mayor seguridad contra el terrorismo islamista. Mientras negociaban, los talibán lograron reforzarse militarmente sin dejar de realizar atentados terroristas, lo que explica su guerra relámpago de ahora frente a un ejército oficial desmoralizado que casi siempre huye antes de dar batalla.

 

Además, el movimiento, tradicionalmente apoyado en la etnia pastún y con grandes apoyos sociales, económicos y políticos en Pakistán, cuenta ahora con grupos significativos de hazaras (la etnia marginal, rebelde frente a todos los gobiernos de los últimos cincuenta años), uzbekos y tayikos. Hay que señalar que los hazaras son mayoritariamente chiíes, lo que supone un cambio  para el integrismo suní de los talibán, y cierto apoyo de uzbekos y tayikos permitirá penetrar en Uzbekistán y, más importante, en Tayikistán, con bases aliadas y rusas en su territorio y con frontera con China, justo en la región donde los uigures, musulmanes, están siendo reprimidos duramente por Pekín.  Este nuevo perfil talibán le proporciona una profundidad estratégica nada desdeñable.

 

En segundo lugar, el campo, difuso, contrario. Con la caída del gobierno apuntalado por EEUU en Kabul, cae la influencia de la vieja y apenas cosida alianza de los señores de la guerra apoyados en sus grupos étnicos respectivos y con enormes intereses, como el talibán, en la economía del opio, centenaria y enormemente productiva en Afganistán.

 

En tercer lugar los vecinos. Rusia fue vencida en Afganistán en los años ochenta tras una invasión desastrosa y ahora ve como un islamismo fanático y reforzado se sitúa a las puertas del Asia Central ex soviética donde Moscú se disputa su influencia con el nuevo expansionismo chino. China, por su parte, está encantada con la derrota de EEUU y quiere jugar papel de árbitro ahora, pero ve con preocupación la posible influencia de la victoria talibán entre los uigures. Hay que decir que en la dirección talibán hay dos corrientes respecto a China: una pragmática, que quiere llevarse bien con Pekín y establecer acuerdos de suministros militares a cambio de inversiones y extracción de tierras raras, de las que Afganistán tiene enormes reservas, y otra que defiende estrechar lazos con los uigures y extender el conflicto político religioso a toda la región.

 

Finalmente, no olvidemos que Pakistán, ambivalente en su política frente al talibán, sale reforzado, lo que hace enderezar las orejas de India en relación con Cachemira, y, en la frontera occidental, Irán observa como el fundamentalismo sunní se consolida y abre la puerta a influencias de sus enemigos religiosos como Pakistán y Arabia Saudí.

 

No son datos para la esperanza pero son los datos, necesariamente sumarios para este editorial, que dibujan un inquietante escenario.

Dudas españolas sobre China, dudas aliadas sobre España

El posicionamiento de España sobre la llegada y desarrollo de tecnología e inversiones chinas es notoriamente ambiguo. Frente a las drásticas decisiones de Gran Bretaña, Alemania y Francia de frenar y poner bajo vigilancia la tecnología china y alertar sobre la influencia que se genera, en los niveles políticos y económicos, en torno a las inversiones chinas, España se ha puesto de perfil.

Nada permite suponer que esta indecisión está relacionada con la existencia en Bruselas de una oficina de defensa de intereses chinos y más concretamente de Huawei, dirigida por quien fue ministro de Fomento con el presidente Rodríguez Zapatero, José Blanco.

La compañía de telecomunicaciones china, que cuenta en España con uno de los mercados del mundo en el que mejor acogida recibe, sufre desde hace años una fuerte presión de la administración estadounidense y también de otras potencias occidentales, acusada de espionaje y prácticas anticompetitivas. La consultora de José Blanco, creada en 2019, viene trabajando para el gigante chino en España desde prácticamente su fundación, pero la colaboración se ha ido ampliado hasta el punto de requerir presencia física en la capital europea.

Esta indefinición española, por otra parte, alejada del recibimiento de brazos abiertos que reciben los fondos y la tecnología china en la Europa ex comunista y especialmente en Hungría, está provocando algunos roces y aumentando los recelos de la Administración de Estados Unidos con el gobierno de Pedro Sánchez, lo que explica algunos desencuentros recientes. Aunque hay que señalar que en los asuntos estratégicos la relación sigue siendo sólida.

La gran baza china, a pesar de sus debilidades internas sigue siendo la vulnerabilidad económica e institucional por la que pasan países europeos. La llegada de capital chino resuelve la crisis de inversiones procedentes de otras latitudes preocupadas por la incertidumbre y la inestabilidad normativa. Y esta baza es un arma en manos de Pekín convertida en elemento de presión si se llegan a grandes enfrentamientos en cualquier parte del mundo. (Foto: Flickr, Kârlis Dâmbrans)