INTERREGNUM: De Pakistán a Indonesia. Fernando Delage

El proceso de regresión democrática global continúa su curso. Según indica el último Democracy Index del Economist Intelligence Unit, publicado hace sólo unos días, menos del ocho por cien de la población mundial vive en democracias liberales completas, mientras que el porcentaje de quienes están sujetos a un gobierno autoritario ha aumentado del 46 por cien de hace una década al 72 por cien en 2023. El continente asiático no es naturalmente ajeno a estas circunstancias, como ha podido observarse en los dos comicios más recientes, los celebrados el 8 de febrero en Pakistán y el 14 de febrero en Indonesia. Sin pretender establecer ninguna similitud entre ambos procesos electorales (las diferencias culturales y políticas de las dos naciones son evidentes), reflejan, no obstante, una trayectoria poco esperanzadora para el futuro del pluralismo en la región.

Las elecciones de Pakistán fueron probablemente las menos limpias desde los años ochenta. Con el exprimer ministro Imran Khan (el político más popular del país) en prisión por maniobras de las fuerzas armadas, ningún partido político obtuvo la mayoría. Aunque los candidatos independientes vinculados a Khan lograron el 35 por cien de los escaños, un resultado notable y representativo del hartazgo popular con los generales, resultó insuficiente para gobernar. Una vez más fueron las dos tradicionales dinastías, los Sharif y los Bhutto, las que pactaron una coalición de gobierno.

El nuevo primer ministro, Shehbaz Sharif, prometió “salvar al país de la inestabilidad política”, un compromiso de nula credibilidad en un contexto marcado por una gravísima crisis financiera, una escalada terrorista y un complicado entorno regional. Sin perspectivas de cambio a la vista, Pakistán sigue avanzando en su inexorable declive. Además del aumento de la violencia, el panorama económico es desolador: hace 20 años, la economía de Pakistán era cerca del 20 por cien de la de India; hoy es apenas el nueve por cien de la su vecino.

Sin llegar al nivel de Pakistán, también en Indonesia mantiene el ejército una significativa influencia. El nuevo presidente, Prabowo Subianto, fue general y ministro de Defensa (además de yerno de Suharto, líder del archipiélago desde el golpe de Estado de 1965 hasta 1999). Su controvertido pasado y las reiteradas acusaciones de violación de derechos humanos en distintas etapas de su vida política no han impedido su elección con el 60 por cien de los votos. A pesar de diversos episodios de intimidación por parte de las autoridades durante la campaña, el proceso fue limpio en sí mismo; cuestión distinta es el gradual retroceso democrático que puede observarse en el país que parecía una excepción entre sus vecinos del sureste asiático.

Si la intolerancia hacia las minorías no musulmanas se incrementó en los últimos años, las elecciones han hecho evidente los esfuerzos del presidente saliente, Joko Widodo (Jokowi), por mantener su influencia. Prabowo fue el candidato derrotado por Jokowi en 2014 y en 2019, que este último neutralizó como oponente al ofrecerle la cartera de Defensa. Su victoria en las recientes elecciones es resultado en parte del apoyo no oficial que le ha ofrecido Jokowi, quien no podía presentarse a un tercer mandato pero cuya popularidad sigue siendo enorme. A cambio, Prabowo eligió al hijo de Jokowi como candidato a la vicepresidencia y se comprometió a mantener su misma estrategia de industrialización y atracción de inversión extranjera, orientada a  reducir la dependencia estructural de la economía indonesia de la exportación de materias primas. Lo más probable, sin embargo, es que una vez que tome posesión en octubre, Prabowo gobierne libre de toda atadura.

Como cuarta nación más poblada del planeta, la evolución de la democracia indonesia no es un asunto menor. Su posición estratégica entre el Índico y el Pacífico, su papel como actor central de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN), y el crecimiento de su economía (que la situará entre las cinco primeras del planeta a mediados de siglo) le darán una proyección de la que ha carecido desde su independencia.

INTERREGNUM: La amenaza norcoreana. Fernando Delage

La situación de seguridad en la península coreana ha empeorado a gran velocidad durante los últimos meses. Cada una de las dos Coreas ha descrito a la otra como su “principal enemigo”, en una escalada retórica que ha ido acompañada de acciones poco tranquilizadoras. Mientras Pyongyang continúa desarrollando sus capacidades nucleares y de misiles, Kim Jong-un se refirió el pasado 30 de diciembre a la posibilidad de una guerra “como una realidad, no como un concepto abstracto”. Seúl ha respondido por su parte mediante el reforzamiento de sus medios militares y aumentando la intensidad y frecuencia de los ejercicios militares que realiza con Estados Unidos.

En este contexto, dos conocidos expertos en Corea del Norte afirmaron recientemente en 38 North, una fuente de referencia sobre asuntos coreanos, que Kim habría tomado la decisión estratégica de ir a la guerra; una opinión con la que no coinciden todos los analistas, no por ello menos preocupados por la creciente amenaza norcoreana. Haya o no un plan bélico inminente, lo cierto es que el programa militar de Pyongyang le permite ampliar las opciones de un ataque limitado a Corea del Sur (la última incorporación a su arsenal son drones submarinos), por no mencionar los riesgos de un choque accidental. Su alineamiento con China y Rusia amplifica asimismo el peligro: ambos gobiernos protegen a Pyongyang de las sanciones de la ONU, mientras que Moscú le proporciona materiales y tecnologías avanzadas (y pone a prueba en Ucrania la eficacia de los misiles norcoreanos).

En último término, este conjunto de circunstancias revela un cambio estructural en el entorno estratégico. Desde el armisticio de 1953, Corea del Norte mantuvo la esperanza de la reunificación de la península bajo su liderazgo, ya fuera por medios políticos o mediante el recurso a la fuerza. Al describir a su vecino—que posee el doble de población y una economía 50 veces mayor—como adversario permanente y abandonar dicho objetivo (lo que hizo ante la Asamblea Popular el 15 de enero), Kim no hace más que asumir la realidad: la supervivencia de su régimen exige aislar a su país de la influencia política y cultural de los surcoreanos. La misma lógica habría llevado al líder norcoreano a abandonar la idea—mantenida por su padre y abuelo—de que un cambio en las relaciones con Estados Unidos era posible.

La renuncia a hacerse con el Sur (acompañada de la abolición de los mecanismos intercoreanos de gestión de conflictos), y la imposibilidad de un entendimiento con Washington son motivos que, según diversos observadores, justificarían una provocación militar que serviría a Corea del Norte para demostrar sus capacidades, y erosionar al mismo tiempo la confianza de los surcoreanos en la alianza con Estados Unidos como elemento de disuasión de Pyongyang. El riesgo de una escalada es por tanto real, como lo es igualmente la posibilidad de que un conflicto entre Washington y Pekín—sobre Taiwán o las islas del mar de China Meridional—se extienda a la península. Corea del Norte no es sólo por tanto una amenaza limitada, sino elemento potencial de una ecuación mayor.

Con todo, aun desconociendo las intenciones de Kim, tampoco sería conveniente prescindir de cierta perspectiva histórica. En distintas etapas de su trayectoria, Pyongyang ha recurrido a una retórica beligerante como reflejo de su debilidad interna más que de sus ambiciones internacionales. Sus provocaciones coincidían normalmente con aquellas ocasiones en que el régimen afrontaba dificultades económicas o políticas, y servían para fortalecer la legitimidad del sistema. Sin que puedan negarse los evidentes factores de inestabilidad regional, la amenaza de guerra podría ser también por tanto una estrategia de Kim para asegurar su absoluta prioridad, que no es otra que su control personal del poder.

INTERREGNUM: China: los límites al crecimiento. Fernando Delage

Según los datos anunciados hace unos días, el PIB chino creció un 5,2 por cien en 2023; una cifra ligeramente por encima del objetivo oficial del cinco por cien, y que superó con creces el tres por cien del año anterior, cuando la economía estaba aún sujeta a las duras restricciones de la política de covid-cero. Ese resultado no significa, sin embargo, que se hayan corregido los problemas estructurales de fondo, como las dificultades del sector inmobiliario (que representa más del veinte por cien de la economía, y en el que la inversión cayó cerca de un diez por cien con respecto a 2022), las presiones deflacionistas, o las variables demográficas, factores todos ellos que reducen en gran medida el potencial de crecimiento a largo plazo.

Como también se anunció, en efecto, la población se redujo por segundo año consecutivo: la caída en 2023 fue de más de dos millones de personas, confirmándose una tendencia imparable que obliga a preguntarse por la continuidad del ascenso chino. Como consecuencia de la menor natalidad y de un acelerado envejecimiento, la población activa china ha pasado del 24 por cien al 19 por cien del total mundial (y se estima que se reducirá hasta el 10 por cien en los próximos 35 años). También disminuirá por tanto el porcentaje de la economía mundial representado por la República Popular, como ya está ocurriendo desde 2022.

Otras variables a incluir entre los obstáculos presentes son la enorme deuda china y un lento aumento de la productividad, así como el incremento del volumen de capital que sale al exterior a la vez que cae de manera notable la inversión extranjera directa en el país. Son circunstancias que se complican aún más en un contexto caracterizado por un deteriorado escenario internacional—quizá el peor al que ha hecho frente la República Popular desde los tiempos de Mao—, y por un gobierno que, pese a la necesidad de las reformas, no renuncia al control político de la vida nacional en su conjunto.

La confirmación de que el abandono de las restricciones de la pandemia no ha traducido en la restauración de la “normalidad”, condujo a finales de año a la adopción de un conjunto de medidas de estímulo. Con el objetivo concreto de apoyar al sector privado, en particular a las pymes, el 27 de noviembre se dieron a conocer hasta 25 propuestas—con la innovación tecnológica y las energías renovables como prioridades—orientadas a facilitarles al acceso a los créditos bancarios y a otros instrumentos de financiación. Aparentemente se trataba de una marcha atrás con respecto al protagonismo otorgado por el gobierno a las empresas estatales, pero los expertos dudan de que estas medidas sirvan para estimular la demanda interna cuando ya han fallado otros intentos similares. Bajo el liderazgo de Xi Jinping, la política económica china avanza en una dirección para luego retroceder y posteriormente volver a cambiar de orientación, lo que provoca la desconfianza de empresas, inversores y analistas. Resulta difícil pensar en una nueva senda de crecimiento mientras las autoridades mantengan su enfoque intervencionista.

China seguirá siendo la segunda economía del planeta, y un actor decisivo en la agenda global. Pero este complicado escenario económico tiene visos de convertirse en el principal desafío interno al poder de Xi, afectará a la evolución de las relaciones con Estados Unidos, y dañará la ambición de convertirse en un modelo para las naciones del Sur Global. Las fortalezas y capacidades del país son innegables, como lo es también su determinación de situarse en el centro de la economía mundial. La expectativa de que el siglo XXI sea el siglo de China, empieza no obstante a difuminarse.

Economía infantil. David Montero.

En las últimas décadas, China ha experimentado un cambio demográfico sin precedentes, marcado por un notable descenso de su población. Este fenómeno, resultado en parte de la histórica política del hijo único y de los cambios en las tendencias de natalidad, plantea serias preguntas sobre el futuro económico del gigante asiático. ¿Cómo afectará este declive poblacional a la segunda economía más grande del mundo?

Implementada en 1979, la política del hijo único buscaba controlar el crecimiento explosivo de la población en China. Si bien fue efectiva en su objetivo, ha dejado un legado de desequilibrios demográficos. Hoy, China se enfrenta a una población que envejece rápidamente, con una tasa de natalidad que continúa disminuyendo pese a los esfuerzos del gobierno central. Según el último censo, el país está viendo el crecimiento más lento de su población desde que comenzó a recopilar datos, en la década de 1950.

El envejecimiento y la reducción de la población en edad de trabajar plantean desafíos significativos para la economía china, ya que la disminución de la fuerza laboral afectará al crecimiento económico y la competitividad de China en el mercado global. Además, el aumento de la población de edad avanzada está ejerciendo presión sobre el precario sistema de seguridad social, aumentando la demanda de pensiones y atención médica. Este cambio demográfico también está alterando los patrones de consumo, con posibles repercusiones en la demanda interna, uno de los principales pilares para el dinamismo económico del país.

Frente a estos desafíos, el gobierno chino ha tomado medidas, incluyendo la relajación de la política del hijo único en 2015 y la promoción de políticas para incentivar la natalidad. Además, se están realizando inversiones significativas en tecnología y automatización para mitigar los efectos de la escasez de mano de obra. Estas estrategias buscan no solo abordar los problemas demográficos actuales, sino también preparar a China para un futuro económico sostenible. Sin embargo, diferentes estudios afirman que pese a esto, China enfrentará desafíos continuos relacionados con su población en las próximas décadas. El equilibrio entre mantener un crecimiento económico robusto y gestionar las necesidades de una población envejecida y menguante será clave. A pesar de estos retos, el país tiene oportunidades significativas para adaptarse y prosperar en este nuevo contexto demográfico.

Como se ha podido comprobar en mercados como el europeo, el envejecimiento de la población crea una demanda creciente de productos y servicios adaptados a las necesidades de los adultos mayores. Esto incluye atención médica especializada, productos farmacéuticos, dispositivos de asistencia, viviendas adaptadas y servicios de ocio. Las empresas que se especializan en estos sectores pueden encontrar un mercado en expansión. Además, la disminución de la fuerza laboral puede acelerar la adopción de la automatización y la inteligencia artificial en la industria. Esto puede conducir a un aumento de la productividad y eficiencia, impulsando la innovación tecnológica. Las empresas que lideran en tecnologías de automatización y AI, en las que China es una potencia puntera, pueden beneficiarse significativamente. Es previsible, además, que la disminución de la población interna pueda llevar a las empresas chinas a buscar oportunidades de crecimiento en mercados exteriores. Probablemente, en los próximos años asistiremos a un refuerzo de la expansión internacional de las empresas chinas, en busca de sustitución de la demanda interna. Sectores como el vehículo eléctrico ya son ejemplo de esto.

En definitiva, China tiene un problema y tiene oportunidades. Pero sobre todo, no tiene (suficientes) niños. De la gestión que haga de esto dependerá en gran medida su crecimiento económico futuro y la posibilidad de, de verdad, convertirse en una alternativa real a Estados Unidos.

¿Y si gana Trump? David Montero

La victoria inapelable de Donald Trump en el caucus de Iowa esta misma madrugada acerca la posibilidad de un nuevo mandato presidencial a partir de enero de 2025. Entre las múltiples lecturas, análisis y teorías que se pueden establecer de este hecho, la relación de Estados Unidos con China estaría, indudablemente, en el centro de la mayoría de ellas.

Durante su primer presidencia (2017-2021), Trump adoptó una postura confrontativa hacia China, marcada por una guerra comercial, tensiones sobre Hong Kong y Taiwán, y desafíos en los ámbitos de tecnología y seguridad. En contraste, la administración de Joe Biden ha buscado un enfoque más diplomático, aunque manteniendo una postura firme en temas clave como derechos humanos y comercio. Sin duda, un segundo mandato de Trump podría significar un retorno a políticas más agresivas hacia China. Esto podría reavivar la guerra comercial, aumentar la presión sobre temas de Derechos Humanos y libertades en Hong Kong y Taiwán, y profundizar las disputas en seguridad y tecnología. Por su parte, China podría adoptar una postura más defensiva o incluso confrontativa, lo que intensificaría las tensiones bilaterales, y las posibilidades de desestabilización del ya complejo equilibrio global. La reciente victoria de Lai Ching-te y su PDP en Taiwán no van a colaborar precisamente a que Pekín esté más tranquilo, y podría provocar un esfuerzo renovado por parte de China para fortalecer alianzas en Asia y Europa, anticipando un enfoque más unilateral y sobre todo más confrontativo de EE. UU.

La victoria de Trump es, sobre todo, un aviso de lo que puede venir a un año vista. Seguro que en Pekín habrán tomado nota y estarán pensando en que, tal vez, deberían acelerar los posibles pasos que quieran dar hacia Biden antes de que sea demasiado tarde. Probablemente la reunión de hace unos meses en San Francisco tenga que ser interpretada ya en esos términos, y desde luego, todos los pasos que se den a partir de ahora en la relación bilateral estarán marcados por la sombra creciente de un Trump que se aproxima y, veremos, si termina llegando.

 

INTERREGNUM: Los taiwaneses desafían a Pekín. Fernando Delage

La reunificación de Taiwán es una “inevitabilidad histórica”, dijo en su mensaje de año nuevo, y en vísperas de las elecciones del 13 de enero en la isla, el presidente chino, Xi Jinping. La impaciencia de Xi, para quien la reunificación es un elemento central de su legado futuro, no es la única circunstancia que pone a prueba el sostenimiento del statu quo en el estrecho. Una identidad taiwanesa cada vez más consolidada (vinculada a los valores democráticos), y las dudas sobre la eficacia de  la política de ambigüedad estratégica mantenida por Estados Unidos durante décadas, son otras dos variables que han transformado el contexto del problema. Pekín ve cómo se aleja la posibilidad de una reunificación pacífica, mientras su estrategia de intimidación produce el resultado opuesto del que desea.

Ni el aumento sin precedente de incursiones navales y áreas en la proximidad de la isla, ni las medidas de coerción económica, ni las tácticas de desinformación—ya utilizadas igualmente en las elecciones de 2020 y en las municipales de 2018—han conducido a la victoria del candidato del Kuomintang, el preferido por Xi al defender la restauración del diálogo con el continente. El ganador, con el 40 por cien de los votos, ha sido William Lai, del Partido Democrático Progresista (PDP) y considerado como archienemigo por Pekín. El PDP ha obtenido así un tercer mandato consecutivo, primera vez que ocurre desde el establecimiento de elecciones presidenciales directas en 1996.

El apoyo a Lai, aunque inferior al logrado por la presidenta saliente Tsai Ing-wen en su segunda victoria en 2020 (y que, en parte, fue una respuesta a la intervención china en Hong Kong), confirma la resistencia de la sociedad taiwanesa a las presiones y su nulo interés por convertirse en parte de China. Lai, a quien Pekín no dejará de denunciar como secesionista, ha prometido continuidad con la política de su antecesora (Tsai evitó toda provocación hacia Pekín a la vez que reforzó las relaciones con Washington), y ha declarado que no proclamará la independencia: su posición es que no es necesario hacerlo al considerar la autonomía de Taiwán como “un hecho”. La República Popular debe ser consciente, por otra parte, de que un triunfo del Kuomintang tampoco hubiera supuesto un giro radical. De manera significativa, cuando el expresidente Ma Ying-jeou (2008-2016) dijo que “había que confiar en Xi”, su propia organización lo mantuvo alejado de la campaña electoral: el Partido Nacionalista no puede oponerse a lo que piensa la mayoría de la opinión pública taiwanesa.

Tampoco la irrupción de una nueva fuerza política, el Partido Popular de Taiwán (PPT), ha servido a los intentos chinos de diluir las posibilidades del PDP dividiendo el voto. El PPT ha contado con el veinte por cien de los electores, atrayendo en particular a los más jóvenes y a los desencantados con el tradicional sistema bipartidista. La reunificación tampoco ha sido defendida por su candidato. Los tres partidos coinciden en gran medida pues en la dirección general de la política exterior, en la necesidad de continuar modernizando las capacidades militares como instrumento de disuasión, sin oponerse  ninguno a los contactos con Pekín para reducir las tensiones. Las decisiones del gobierno se verán condicionadas, sin embargo, por los posibles acuerdos entre Kuomintang y PPT, al no haber obtenido el PDP la mayoría en el Parlamento (el Yuan Legislativo).

Este resultado puede ser una relativa ventaja para China, cuya reacción es la gran preocupación de los gobiernos y lo que atrae la atención de los analistas. La victoria de Lai podría traducirse en unos movimientos aún más agresivos por parte de Pekín, aunque éste también afronta sus propios obstáculos, incluyendo la desaceleración de la economía y el imperativo de reducir la tensión con Estados Unidos. Mientras no se produzcan incidentes inesperados, cabe pensar que el gobierno chino, sin abandonar por supuesto las amenazas militares y las medidas de presión, optará de momento por una relativa calma. Después de todo, Lai no tomará posesión como nuevo presidente hasta el 20 de mayo y, hasta noviembre, no se conocerá quién será el próximo ocupante de la Casa Blanca.

Taiwán. Esa isla de la que usted me habla. David Montero

Las elecciones que se avecinan en Taiwán el próximo 13 de enero representan un momento crítico en la historia reciente de la isla, con repercusiones que se extienden mucho más allá de sus costas y playas y no solo influirán en su futuro inmediato, sino también en su posición en el escenario internacional.

La inédita campaña electoral a tres bandas entre el favorito Partido Demócrático del Progreso, el Kuomintang y el Partido Popular de Taiwán se ha centrado en una variedad de temas cruciales, reflejando tanto las preocupaciones internas de Taiwán como las presiones y desafíos globales, siempre con la sombra inmensa del continente detrás. Económicamente, la isla ha mostrado una resiliencia notable, pero las incertidumbres derivadas de las tensiones con China y los desafíos de la pandemia global han puesto a prueba esta fortaleza. Los candidatos han debatido estrategias para mantener el crecimiento económico, mientras abordan problemas sociales internos, incluyendo la vivienda, la educación y la reforma sanitaria.

Sin embargo, esa clave interna, como siempre, queda en un segundo plano ante la relación de la isla con China. Las políticas hacia Beijing varían significativamente entre los partidos, desde la búsqueda de una mayor integración económica y diálogo hasta una firme defensa de la soberanía taiwanesa y una mayor distancia política bordeante con la peligrosa línea roja del independentismo. En función del resultado, estas elecciones podrían marcar un cambio significativo en la forma en que Taiwán interactúa con su poderoso vecino.

La política exterior de Taiwán, especialmente en lo que respecta a sus relaciones con Estados Unidos y otras democracias, también ha sido un punto focal. Los lazos con Estados Unidos, en particular, han alcanzado nuevos niveles de cooperación bajo la administración actual, y el resultado de las elecciones podría influir en la continuidad de este fortalecimiento de relaciones.

Los derechos humanos y las libertades civiles, siempre en el centro de la política taiwanesa, continúan siendo temas de debate. Taiwán ha sido elogiado por su progresismo en áreas como los derechos LGBTQ+ y la libertad de prensa, y estas elecciones podrían consolidar aún más estos avances, avances que, en el fondo, ahpndan la brecha de la sociedad de la antigua Formosa con la del otro lado del estrecho. Es difícil plantear la reunificación de dos sociedades cuando, cada año, estás son un poco más diferentes. El ejemplo de Hong Kong tampoco ayuda.

La pandemia de COVID-19 y la respuesta de Taiwán también han sido destacadas durante la campaña. La isla ha sido reconocida internacionalmente por su manejo exitoso del virus, lo que ha fortalecido el orgullo nacional y la confianza en el gobierno. Sin embargo, la recuperación económica y la apertura al turismo internacional siguen siendo temas de interés para los votantes.

Los partidos políticos y sus candidatos han presentado una gama de visiones para el futuro de Taiwán. El partido gobernante, el Partido Democrático Progresista (PDP), con Lai Ching-te al frente, ha enfatizado la defensa de la soberanía taiwanesa y la profundización de las relaciones con países democráticos. Por otro lado, el Kuomintang (KMT), el principal partido de la oposición, ha abogado por una aproximación más pragmática con China, enfatizando la necesidad de estabilidad económica y política.

El resultado de las elecciones del 13 de enero tendrá un impacto significativo en la dirección futura de Taiwán. No solo decidirá las políticas internas para los próximos años, sino que también determinará cómo Taiwán se posiciona a sí misma en la arena mundial, en medio de tensiones geopolíticas crecientes y una economía global en constante cambio. Una previsible victoria del gobernante PDP cerraría la puerta, al menos durante cuatro años más, a una reunificación pacífica con la República Popular, e impulsaría la estrategia de defensa y resiliencia económica de Taipei frente a Pekín, y una mayor colaboración con Estados Unidos, y en menor medida, Japón y Australia.

De fondo, habrá que ver cómo gestiona China la frustración, y hasta dónde llega la paciencia de Xi Jinping con esa isla tan pequeña, tan molesta, tan clave.

 

Dong Jun. China mueve ficha en el tablero geopolítico. David Montero

China ha anunciado el nombramiento de Dong Jun como su nuevo Ministro de Defensa. Este cambio en la jerarquía militar del gigante asiático llega en un momento crítico de las relaciones entre China y Estados Unidos, y plantea preguntas importantes sobre el futuro de la estabilidad regional y la seguridad global.Dong Jun, conocido por su destacada carrera en las Fuerzas Armadas chinas, representa una figura clave en la modernización militar del país. Su experiencia en estrategia de defensa y tecnología avanzada sugiere, para empezar, que China seguirá con el foco puesto en fortalecer sus capacidades militares, un aspecto que no habrá pasado desapercibido en Washington, que fácilmente podría interpretar el nombramiento no ya como un aviso de que China busca competir, sino posiblemente superar a las potencias occidentales en términos militares. Sin embargo, la carrera previa de Jun podría presentarlo como un halcón o una paloma, atendiendo a políticas y declaraciones previas. Habrá por tanto que estar atentos al estilo y enfoque en sus primeras apariciones y declaraciones en público para determinar si su nombramiento representa una postura de firmeza o una apertura hacia el diálogo con Estados Unidos.

El nombramiento de Dong Jun como Ministro de Defensa de China no es simplemente un cambio en el gabinete de un país; es un evento que podría redefinir el equilibrio de poder global. Este cambio, visto a través del lente de la intensa rivalidad entre China y Estados Unidos, señala potencialmente una nueva era en la política de defensa y las relaciones internacionales.

El liderazgo de Jun podría marcar un punto de inflexión en cómo China se presenta en el escenario mundial. Su enfoque en la modernización militar no solo es un mensaje a sus propios ciudadanos sobre la fortaleza y la autosuficiencia de China, sino también una declaración a la comunidad internacional sobre su disposición a ser un actor dominante, especialmente frente a potencias occidentales. La presencia de Jun plantea la hipótesis de si China quiere impulsar una nueva carrera armamentística, especialmente en áreas como la ciberseguridad, el espacio y la guerra electrónica. La respuesta de Estados Unidos a estas iniciativas será crucial. ¿Veremos una escalada en la inversión militar y tecnológica, o se buscarán caminos diplomáticos para asegurar un equilibrio de poder?

Además, esta estrategia no solo afectará a Estados Unidos. Los aliados de ambos países, en regiones como Europa, Asia-Pacífico y el Medio Oriente, tendrán que navegar en este cambiante paisaje geopolítico. En una era donde la tecnología y la defensa están inextricablemente vinculadas, una redefinición de la política de seguridad china podría tener profundas implicaciones en el comercio y la innovación tecnológica. ¿Veremos una nueva ola de restricciones y controles en las exportaciones tecnológicas? ¿Cómo equilibrarán las naciones la necesidad de seguridad con el deseo de libre comercio y cooperación tecnológica?

Por ello, en última instancia, el nombramiento de Dong Jun como Ministro de Defensa de China podría ser más que un cambio de liderazgo; dependiendo de su enfoque, será un catalizador que podría tener un impacto significativo en el panorama geopolítico del siglo XXI. Mientras el mundo observa, las decisiones y políticas de Jun (que, en última instancia, son las de Xi Jinping) no solo definirán el futuro de las relaciones sino-americanas, sino que también tendrán un impacto duradero en la estabilidad global, la diplomacia, y la seguridad internacional.

INTERREGNUM: Año de elecciones. Fernando Delage

La evolución de las relaciones entre China y Estados Unidos continuará siendo en 2024 la principal variable determinante de la dinámica asiática, sin que tampoco deba minusvalorarse el impacto de distintos procesos electorales que se celebrarán a lo largo del año. La voluntad de distensión expresada por los presidentes Biden y Xi en su encuentro de noviembre en San Francisco permitió corregir la espiral de enfrentamiento de los meses anteriores, pero no resolver las divergencias estructurales entre ambos países, algunas de las cuales pueden resurgir en función del resultado de las próximas elecciones en Taiwán. Otros comicios revelarán por su parte el delicado estado de la democracia en Asia.

Los primeros del año serán los de Bangladesh el 7 de enero. Las elecciones se celebrarán en un contexto de movilizaciones contra el gobierno, impulsadas por el principal grupo de la oposición, el Partido Nacionalista. Sus líderes, en su mayor parte exiliados o en prisión, han amenazado con boicotear el proceso si la primera ministra, Sheikh Hasina—en el cargo desde hace 15 años—, no renuncia y cede el poder a un gabinete interino que supervise la convocatoria electoral.

Un mes más tarde—el 8 y el 14 de febrero, respectivamente—serán los dos países con mayor población musulmana, Pakistán e Indonesia, los que celebrarán elecciones. En el caso de Pakistán, se tratará de las primeras convocadas desde la destitución por corrupción del primer ministro Imran Khan en abril de 2022. Aunque en prisión, Khan sigue controlando su partido (el PTI). Su destacada popularidad y el deterioro de la seguridad nacional como consecuencia de diversos ataques de grupos separatistas y radicales en las últimas semanas han llevado a especular, no obstante, sobre un posible retraso de la votación. Este escenario de incertidumbre política, el mayor en décadas, agrava a su vez el riesgo de que el Fondo Monetario Internacional retrase la entrega de su segundo paquete de rescate financiero, previsto para mediados de enero.

En Indonesia, la tercera mayor democracia del mundo, más de 200 millones de votantes elegirán un nuevo Parlamento y un nuevo presidente. Aunque Joko Widodo fracasó en su intento de reformar la Constitución para poder presentarse a un tercer mandato presidencial, declaró su intención de seguir interviniendo en la vida política sobre la base de su extraordinaria popularidad y de su influencia en las instituciones. Widodo aspira por ello a conseguir la elección de un sucesor afín y consolidarse como miembro de la oligarquía indonesia, de la elite política, militar y empresarial que, desde la era Suharto (el yerno de este último, Prabodo Subianto, vicepresidente durante los últimos años, va en cabeza en los sondeos), ha controlado la nación.

En abril y mayo (por el número de votantes, más de 900 millones, la votación se celebra durante varias semanas) será el turno de India. En 2014 el Janata Party liderado por Narendra Modi obtuvo la primera mayoría absoluta en el Parlamento indio en tres décadas; una victoria que revalidó en 2019 y previsiblemente repetirá este año. En sus dos primeros mandatos al frente del gobierno, una diplomacia proactiva dio un mayor estatus internacional a India (su papel como elemento de equilibrio de China es cada vez más importante para Occidente), pero al mismo tiempo Modi promovió un nacionalismo hindú que, además de marginar a 200 millones de musulmanes y 28 millones de cristianos, ha erosionado el sistema democrático. Un nuevo triunfo le permitiría completar la que define como su misión personal.

Con todo, las elecciones que en mayor medida definirán la trayectoria de Asia en2024 serán las de Taiwán dentro de unos días, y las de Estados Unidos en noviembre. A partir del 13 de enero, el nuevo presidente taiwanés se situará en el centro de las tensiones entre China y Estados Unidos. El candidato del Partido Democrático Progresista (PDP), Lai Ching-te, defensor de la autonomía de la isla, es anatema para Pekín, mientras que el líder del Kuomintang, Hou Yu-Ih—sólo ligeramente por detrás de Lai en los sondeos—, propugna la restauración del diálogo con la República Popular. Los taiwaneses, ha advertido China, afrontan “una elección entre la guerra y la paz”. Biden puede encontrarse de este modo ante una grave crisis militar a principios de año; un escenario que—sumado a los conflictos en Ucrania y Oriente Próximo—influirá a su vez en la elección, el 4 de noviembre, del próximo presidente norteamericano.

INTERREGNUM: Rusia pierde fuelle en Asia. Fernando Delage

Aunque Rusia aspira a la consolidación de un bloque no occidental contra el liderazgo norteamericano del orden internacional, uno de los pilares de su estrategia—la diversificación de su influencia en Asia—ha resultado en un claro fracaso. El impacto de la guerra de Ucrania se ha traducido en unas sanciones comerciales y financieras sin precedente, en un notable aislamiento político internacional, y en una huida de capital y talento, que han dañado extraordinariamente una economía, la rusa, cuyas limitaciones ya complicaban la posibilidad de tener un papel de peso en el continente. La ruptura con Japón y Corea del Sur, su apoyo a Corea del Norte y, sobre todo, su creciente subordinación a China, son otros elementos de esa derrota diplomática, visible de manera destacada en la relación con India, uno de sus socios tradicionales.

Aunque el Kremlin critica la consolidación del Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (QUAD), el foro informal que agrupa a las principales democracias del Indo-Pacífico (India incluida) frente a las potencias autoritarias revisionistas, por razones históricas y geopolíticas no puede enfrentarse a Delhi, ni tampoco inmiscuirse en la política india de Pekín. Es evidente, sin embargo, que las tensiones entre India y China son la razón fundamental de que Delhi se aleje cada vez más de Moscú para acercarse a Washington como socio más fiable. Sin sacrificar su autonomía, la presión estratégica china le conduce a coordinar su posición con la de los países de Occidente, especialmente con aquellos que más pueden contribuir a su defensa, desarrollo tecnológico y crecimiento económico.

Rusia, en efecto, ya no puede defender de manera eficaz los intereses indios con respecto a la República Popular, como tampoco puede hacerlo en Asia central, otro espacio que justificaba para Delhi los vínculos con Moscú. Es también hacia Pekín donde miran las repúblicas centroasiáticas, con las consiguientes consecuencias para el deterioro de la credibilidad rusa así como para las ambiciones  indias. Sin India, Rusia no podrá por su parte equilibrar a los dos gigantes asiáticos como esperaba para construir una estructura de seguridad regional alternativa a la red de alianzas de Estados Unidos. Su dependencia de China hace de Moscú un socio que ya no puede responder a las necesidades de Delhi.

Rusia no parece reconocer las implicaciones que su enfrentamiento con Occidente, con la guerra de Ucrania como primera causa, están teniendo para su proyección en Asia. Su “pivot” hacia este continente lo es en realidad hacia China, lo que a su vez le creará nuevos dilemas: mientras la política exterior rusa está cada vez más sujeta a Pekín, éste no dudará en subordinar los intereses de Moscú a los suyos cada vez que lo considere necesario. La coincidencia en el objetivo global de erosionar el orden internacional liberal choca con sus respectivas prioridades regionales: Rusia quiere una Asia multipolar; China, un orden sinocéntrico. Las preferencias chinas reducirán, si es que no pondrán fin, a las esperanzas del Kremlin de desempeñar una función significativa. Aislada de Occidente y sin un papel mayor en Asia, ¿dónde quedará el estatus de Rusia como gran potencia?