Réquiem por el TPP

Aunque el golpe de gracia se lo ha asestado Donald Trump, el Acuerdo Transpacífico (TPP) ha muerto de una enfermedad que viene incubándose en Occidente desde que la izquierda reagrupó a sus huestes en torno a una nueva bandera: la lucha contra la globalización. En principio, es otra causa perdida. Los datos son tercos. En las cuatro últimas décadas la pobreza severa en el Tercer Mundo ha pasado del 42% al 14%. “La existencia es hoy mejor que en prácticamente cualquier otro momento de la historia”, escribe el nobel Angus Deaton en La Gran Evasión.

Tampoco a los países ricos nos ha ido mal. Desde que Estados Unidos empezó a abrir sus fronteras en los años 80, sus tiendas se han visto inundadas por un tsunami de artículos baratos. “La ropa cuesta hoy lo mismo que en 1986”, explica The Economist. “Amueblar un hogar es tan barato como hace 35 años”. Los investigadores del Instituto Peterson, Robert Lawrence y Lawrence Edwards, calculan que solo los intercambios con China le han metido 250 dólares anuales a cada ciudadano en el bolsillo.

¿Por qué tiene, entonces, tan mala prensa la globalización? Hay tres argumentos fundamentales. Los dos primeros son políticos. Otro nobel, George Stiglitz, los resumía en The Guardian en enero: “las reglas del comercio mundial”, decía, “son inaceptables para cualquier persona comprometida con los principios democráticos” y “favorecen al poderoso y castigan al débil”. Ninguna de estas acusaciones se tiene en pie. ¿Cómo pueden ser antidemocráticos unos tratados que elaboran representantes legítimos y que se ratifican en el Parlamento? En cuanto a la injusticia de las reglas, el análisis de los dictámenes del Órgano de Solución de Diferencias de la OMC revela que “la tasa de éxito (medida por la proporción de reclamaciones victoriosas) es aproximadamente la misma entre los países en desarrollo y los ricos”. Ecuador y Costa Rica le han ganado pleitos a Estados Unidos. No hay muchos otros ámbitos en los que esto suceda.

El tercer argumento es económico y tiene más sustancia. Mientras las ventajas del comercio se difuminan entre millones de beneficiarios anónimos, sus perjuicios se concentran en colectivos concretos. Si las sucesivas rondas de la OMC golpearon a la industria, las últimas negociaciones apuntan a los servicios. El TPP, por ejemplo, contemplaba liberalizar la sanidad. Técnicamente nada impide hoy que la radiografía de un texano la evalúe un traumatólogo indio y, habida cuenta de los sueldos disparatados que cobran los médicos americanos, sería una gran noticia para sus pacientes.

¿Cómo conciliar estos intereses contrapuestos? Lo razonable sería que los ganadores de la globalización compensasen a los perdedores y es, de hecho, lo que se ha venido haciendo, aunque no con la debida generosidad. Los fondos que Estados Unidos destina a los damnificados por el comercio exterior suponen un 1% de los 131.000 millones que algunos estudios creen que el TPP habría añadido a la renta nacional.

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