La intervención norteamericana en Venezuela y las presiones de la Casa Blanca sobre Groenlandia han hecho aún más evidente a los europeos que Estados Unidos ha dejado de ser un socio leal para convertirse en un nuevo desafío a sus intereses y principios. Por si la amenaza militar rusa y la presión industrial china no fueran suficientes, el Viejo Continente observa con incredulidad y preocupación el desmantelamiento por parte de Washington del orden creado por él mismo después de 1945. La cuestión es si sabrá hacer de este momento de transición una oportunidad para evitar que su destino quede en manos de terceros.
El último sondeo anual realizado por el European Council of Foreign Relations y la Universidad de Oxford, hecho público la semana pasada, confirma esa creciente desconfianza en Estados Unidos. Sólo un 16 por cien de los europeos siguen considerando a Estados Unidos como aliado, mientras que una media del 20 por cien lo perciben como adversario (el porcentaje se acerca al 30 por cien en Alemania, Francia y España, y al 39 por cien en Suiza). Más allá de Europa, la encuesta revela, por otra parte, cómo en no pocos países emergentes es China a quien se ve con cada vez mayor simpatía.
Frente a la redistribución de poder en curso, también la opinión externa sobre Europa está cambiando. Así, por ejemplo, mientras el 61 por cien de los chinos describen a Estados Unidos como una amenaza, sólo el 19 por cien piensa lo mismo de la Unión Europea. En términos generales, los datos sugieren que, en distintas partes del mundo, se aprecia el potencial del Viejo Continente como uno de los polos de un sistema multipolar que sustituya al que ha estado dominado por Estados Unidos. Los europeos son, sin embargo, los más pesimistas sobre sus posibilidades: la mayoría no comparte la idea de que puedan competir sobre bases iguales con Estados Unidos y con China.
¿Cómo formular entonces una estrategia coherente? Reconocida la urgencia de la amenaza que representa la evolución de la dinámica geopolítica para su posición internacional, y dados los nulos resultados de las sucesivas cesiones hechas a la administración Trump, no se pueden seguir retrasando las reformas a favor de la competitividad económica y la autonomía tecnológica europea, ni la adopción de un salto cualitativo en defensa. El problema es la ausencia de una verdadera voluntad política para hacerlo, y de un liderazgo a la altura del actual momento histórico. La inercia institucional y las divergencias entre los Estados miembros son una receta para el fracaso.
En un contexto en el que distintas naciones del Sur Global se alejan de Estados Unidos para acercarse a China y Europa se aísla de Washington, las reglas de interacción deben ser otras. El acuerdo de la UE con Mercosur, firmado casi un cuarto de siglo después del comienzo de las negociaciones, es una señal positiva, aunque insuficiente. Un nuevo “Occidente” quizá pueda reconstituirse con Canadá, Japón, Corea del Sur y Australia, a la vez que la relación con India se eleva a un nuevo nivel, como apunta el viaje que acaba de realizar a Delhi el canciller alemán, Friedrich Merz.
Lo que está en juego en último término para Europa es cómo evitar verse sometida a esferas de influencia ajenas. Sirva de reflexión con tal motivo el mensaje lanzado por un artículo publicado por el South China Morning Post el pasado 15 de enero sobre las relaciones con Asia. La dualidad con la que el Viejo Continente se presenta ante el mundo, una Europa de subordinación estratégica y de superioridad normativa, crea un déficit de credibilidad —indica el texto— que debe superar si aspira a contar con un peso mayor. La tendencia a dar lecciones sobre la universalidad de sus valores mientras depende de otros para su seguridad limita su influencia y condiciona su futuro como actor global.




