INTERREGNUM: Moon visita a Biden. Fernando Delage

El presidente surcoreano, Moon Jae-in, ha sido el segundo líder extranjero recibido por el presidente Joe Biden en Washington desde su toma de posesión. Su visita de la semana pasada, después de la realizada en abril por el primer ministro japonés, Yoshihide Suga, confirma la prioridad dada por la Casa Blanca a su estrategia hacia el Indo-Pacífico. Además de engrasar una de sus alianzas bilaterales más importantes—desatendida por Trump durante su mandato—, Estados Unidos no puede prescindir de Corea del Sur para todo lo relacionado con China y con Corea del Norte.

Por lo que se refiere a esta última, Moon, creyente en la posibilidad de un arreglo diplomático con Pyongyang,  ha intentado conseguir una mayor flexibilidad por parte de Biden. La Casa Blanca insiste, no obstante, en que las sanciones no pueden relajarse mientras Corea del Norte continúe violando las resoluciones de la ONU. Su posición sobre este asunto quedó clara el 30 de abril, al anunciarse que ni se perseguirá un “gran acuerdo”—como pretendió Trump—ni mantendrá la política de “paciencia estratégica” preferida por Obama. Aun intentando distinguirse de sus antecesores mediante una especia de “tercera vía”, Biden mantiene como objetivo básico la completa desnuclearización de la península, pero sin especificar cómo hacerlo.

Consciente el presidente norteamericano de que ninguna administración anterior ha conseguido avanzar en el mismo propósito, quizá sólo posible mediante un cambio de régimen en el Norte, y de que a Moon sólo le queda un año de mandato por delante, lo lógico resultaba que ambos aliados hicieran hincapié en su compromiso con una posición coordinada con respecto a Corea del Norte. Como quería Seúl, el comunicado conjunto incluye una referencia a los principios de la Declaración de Singapur firmada por Trump y Kim Jong-un en 2018. Y, en contra de lo esperado por numerosos analistas, Washington ha nombrado finalmente un enviado especial para la cuestión norcoreana.

En cuanto a China, siguiendo el guión previsto, Biden no ha hecho una invitación formal a Moon para la incorporación de Corea del Sur al Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (Quad), asunto sobre el que tampoco existe consenso entre los restantes miembros (Japón, India y Australia). La Casa Blanca comprende el limitado margen de maniobra de Seúl: China es unos de sus socios económicos más relevantes , del que tampoco puede prescindir en su política de acercamiento a Pyongyang. Pero Washington ha ampliado la agenda del grupo de tal manera—para incluir temas como vacunas, energías renovables, cambio climático o producción de semiconductores—, que Corea del Sur puede alinearse con el Quad sin necesidad de integrarse, y sin provocar por tanto la hostilidad explícita de China.

Pekín observa, con todo, que este primer encuentro de Moon con Biden ha servido para reforzar de manera significativa la alianza (debilitarla, como el resto de las asociaciones de Washington, es una de sus prioridades). La renovación de los acuerdos sobre la presencia militar norteamericana—que Trump bloqueó al exigir una mayor contribución financiera por parte de Seúl—ha facilitado ese resultado, visible en otras decisiones, como la reanudación de los canales bilaterales de diálogo, el suministro norteamericano de medio millón de vacunas a Corea del Sur, o la anunciada inversión de empresas de este último país, con Samsung a la cabeza, por más de 25.000 millones de dólares en Estados Unidos. También en la reafirmación por ambos líderes de los valores democráticos como eje de su cooperación.

Pese a sus diferencias,  cada uno de ellos ha conseguido buena parte de lo que quería. Debilitado por la derrota de su partido en las últimas elecciones parciales, Moon no ha vuelto a casa de vacío, mientras que Biden consolida otro pilar de su política asiática, en vísperas del anuncio, en junio, de su esperada estrategia con la que afrontar una China más poderosa.

Corea del Norte y la pandemia

Corea del Norte es el lugar más enigmático del planeta. La información que de allí sale es minuciosamente filtrada por el régimen de Pyongyang, pero, de manera extraoficial, casi toda lo que se conoce ha sido reportado por los desertores norcoreanos que, en un intento desesperado de sobrevivir a pobreza, hambrunas y persecuciones, arriesgan su vida y traspasan los rigurosamente vigilados pasos fronterizos en condiciones extremas como fríos invernales, ríos congelados y temperaturas por debajo de los cero grados.

El ministerio de reunificación de Corea del Sur anunció que el número de refugiados provenientes del norte había caído drásticamente en el 2020, ya que sólo unos 229 norcoreanos solicitaron entrada frente a los 1.047 llegados en el 2019 o los 1137 que fueron reportados en 2018.

Robert R. King publicaba el 27 de enero un informe sobre la caída de los desertores norcoreano en CSIS, en el que hace una comparación detallada de las deserciones por años, y en el que se puede observar cómo el número anual de refugiados en las últimas dos décadas superaba los mil norcoreanos por año a Corea del Sur.

En cuanto se dio a conocer el brote de Wuhan, Pyongyang reaccionó abruptamente con el cierre total de los pasos fronterizos hacia el sur y hacia China, prohibiendo el tránsito de turistas e incluso la repatriación de nacionales que habían cruzado ilegalmente y que los chinos rutinariamente devolvían a las autoridades de Corea del Norte.

King explica en su informe que el cierre de Corea del Norte ha sido tan hermético desde enero del 2020 que, hasta los intercambios comerciales con China se han visto drásticamente afectados. En los dos primeros meses del 2020 las importaciones de China declinaron el 71.9%. Pero para mayo 2020 las importaciones habían sufrido una caída del 91%. Y para octubre de acuerdo con data oficial china la caída de las exportaciones llegó al 99%, por lo que Beijing solo exportó a Corea del Note un total de 250.000 dólares.

China ha sido el mayor exportador y proveedor de alimentos, combustible y materias primas de Corea del Norte en las últimas décadas. Lo que significa que ante la ausencia de esas exportaciones la situación en Corea del Norte tiene que ser extremadamente difícil para su población.

La razón del abrupto cierre de las fronteras se atribuye al temor del régimen norcoreano de importar el virus a su territorio y luego no ser capaz de controlar la infección, pues su sistema sanitario es paupérrimo y la salubridad pública -con sus niveles de pobreza tan elevados y carencias- es muy cuestionable, en un país en donde hasta el agua corriente es un lujo para sus ciudadanos, pues no hay un sistema de distribución de esta en condiciones.

Kim Jong-un pudo ser astuto al entender desde el principio de la pandemia la gravedad de la situación y haber reaccionado cerrando todo para evitar un brote a pesar del precio que debe estar pagando la población y la economía norcoreana. O más bien la razón para un cierre tan salvaje es que el virus haya llegado a Corea del Norte al principio del año pasado y padecieron un brote y por tanto pudieron entender la amenaza del mismo. En efecto, a principio del año pasado hubo rumores no confirmados de que habían incinerado a un grupo de enfermos que habían fallecido, y eso levantó sospechas pues la cremación no es una práctica común en Corea del Norte.

La frontera entre Corea del Norte y China es de 1400 kilómetros y hasta el momento del cierre eran muy transitadas en ambas direcciones. Además de ser el principal socio comercial de Kim, China ha sido su protector, su proveedor durante las peores sanciones internacionales impuestas y hasta su empleador de mano de obra, pues muchas fabricas chinas usan mano de obra norcoreana por lo barata que es.

En el medio de este hermetismo y la crisis, Kim decidió llevar a cabo el Octavo Congreso del Partido de Trabajadores de Corea del Norte, un evento con un gran simbolismo doméstico y que no se celebra con frecuencia, en efecto desde que los Kims se hicieron con el poder del país sólo se han hecho siete previamente, aunque el anterior fue en el 2016.

Es posible que Kim decidiera hacer su gran parada militar y su espectáculo mediático para subir el orgullo nacionalista a sus ciudadanos y mandar un mensaje internacional unos días antes de la toma de poder de Biden. Además de mostrar su equipo y armamento militar, sus tropas rendían honores al gran líder, como suele ser costumbre. Aprovechó la ocasión para decir que su país continuará aumentando su capacidad militar para contener la amenaza estadounidense y lograr la paz y prosperidad en la península coreana. Así como afirmó la necesidad de continuar desarrollando tecnología nuclear a un nivel más exacto para mejorar la precisión de misiles de largo alcance hasta 15.000 km., lo que es más la distancia entre Washington y Pyongyang.

Kim también aprovechó bien la ocasión para celebrar su relación con Beijing y explicó como recién se había abierto un nuevo capítulo en las relaciones de amistad entre ambos países teniendo el socialismo como núcleo. Así también mencionó a Rusia y como su Partido de trabajadores ha trabajado en desarrollar una relación amistosa y de cooperación con Moscú.

El dictador norcoreano también usó el momento para presentar un nuevo plan económico para los próximos cinco años. Y reconoció que el gobierno fracasó en llevar a con éxito el plan anterior. Lo que es un mensaje de esperanza a los ciudadanos que se encuentran en una situación muy precaria y de acuerdo con los expertos coreanos como Sue Mi Terry o Victor Cha creen que un nuevo plan económico es un intento por incorporar nuevos ajustes e incluso podría ser hasta la excusa para implementar una nueva moneda que deprecie la actual. Lo que no será bien recibido por los norcoreanos.

La pandemia le ha servido a Pyongyang para cerrarse aún más al mundo de lo que ya estaba, pero en esta ocasión teniendo razones que lo justifiquen. Y mientras tanto el resto del mundo sigue sin saber casi nada de lo que allí adentro ocurre.

INTERREGNUM: Corea en el Indo-Pacífico. Fernando Delage

Las declaraciones del presidente electo de Estados Unidos, Joe Biden, a favor de una mayor coordinación de las democracias como eje de la política norteamericana frente a China, permite concluir que el Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (Quad) seguirá consolidándose durante los próximos años. Formado por Estados Unidos, India, Japón y Australia, este grupo informal que constituye uno de los instrumentos de la estrategia a favor de un Indo-Pacífico Libre y Abierto, nunca ha incluido a una de las democracias más sólidas de Asia, y que es al mismo uno de los principales aliados de Washington en la región: Corea del Sur. Aunque durante los últimos meses, el secretario de Estado, Mike Pompeo, ha sugerido la constitución de un Quad Plus, con la participación añadida de Corea del Sur, Vietnam y Nueva Zelanda, lo cierto es que Seúl tiene sus propios motivos para mantenerse al margen.

El gobierno surcoreano, en efecto, ha mostrado escasa inclinación para sumarse al grupo, al que tampoco ha sido nunca invitado formalmente. Recibir esa invitación le colocaría ante un grave dilema, dada la prioridad de Seúl de evitar un enfrentamiento con China, y mantener su autonomía estratégica entre Washington y Pekín. En este punto coincide con los Estados-miembros de la ASEAN, igualmente contrarios a la idea de alinearse con uno de los dos gigantes frente al otro. Pero entre las razones surcoreanas hay que añadir asimismo su oposición a un concepto, el del Indo-Pacífico, cuya paternidad corresponde a Japón.

Aunque las tensiones entre Seúl y Tokio obstaculizan la cooperación en el noreste asiático, Corea del Sur carece sin embargo de ese tipo de problemas en su relación con el sureste asiático y con el subcontinente indio, las dos subregiones que constituyen precisamente el objeto de la denominada “Nueva Política hacia el Sur” del gobierno de Moon Jae-in. Y, en el marco de este acercamiento a sus vecinos, en particular a India y Australia, Corea del Sur está actuando de manera que complementa la misión del Quad.

Con India, las relaciones en el terreno de la defensa se han estrechado durante los últimos años, como ilustró la constitución de una “relación estratégica especial” en 2015. Desde que—en 2005—Delhi y Seúl firmaran un acuerdo de cooperación en industria de defensa, se han sumado otros sobre intercambio en tecnología y formación, sobre protección de información militar clasificada, o sobre apoyo logístico naval en 2019 (pacto este último, que Corea del Sur sólo mantiene también con Estados Unidos).

La relación con Australia tuvo escasa prioridad hasta 2009, fecha en la que ambos gobiernos adoptaron una declaración conjunta de cooperación en materia de seguridad, seguida por dos sucesivos acuerdos de colaboración en inteligencia (2010) y en defensa (2011). En 2013 los dos países establecieron un diálogo anual 2+2, es decir, con la participación conjunta de los ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa; fórmula que Corea del Sur sólo mantenía hasta entonces con Estados Unidos. En 2015 firmaron un pacto más ambicioso de cooperación en defensa, que les compromete a la formación de oficiales, a prestarse apoyo logístico, y a una mayor coordinación en asuntos como operaciones para mantenimiento de la paz, asistencia humanitaria, o seguridad marítima.

La conclusión es que los acuerdos bilaterales de seguridad de Seúl con tres de los miembros del Quad—Estados Unidos, India y Australia—contribuyen de manera directa a los objetivos multilaterales del grupo. La prioridad de los asuntos de la península coreana para Seúl relativiza para sus intereses los problemas del Indo-Pacífico en su conjunto, del mismo modo que su difícil relación con Japón condiciona sus movimientos. En cualquier caso, pese a su aparente ausencia de los debates sobre la dinámica estratégica regional, Corea del Sur no ha dejado de construir su papel mediante su asociación con otros socios.

INTERREGNUM: Baile de alianzas. Fernando Delage

En su encuentro en Mamallapuram, al sur de India, en octubre de 2019, el presidente chino, Xi Jinping, y el primer ministro indio, Narendra Modi, declararon su intención de elevar las relaciones mutuas a un nuevo nivel en 2020, año en que se conmemoran 70 años de establecimiento de relaciones diplomáticas. Lejos de reforzarse la cooperación entre ambos, las últimas semanas han puesto de relieve, por el contrario, una creciente rivalidad entre China e India. Las tensiones que se han producido en la frontera desde el mes de mayo condujeron al choque del 15 de junio en el valle de Galwan, en el que murieron al menos 20 soldados indios, junto a un número aún desconocido de militares chinos. Aunque cada uno culpa al otro de los hechos, lo relevante es que se acentúa la competición entre los dos Estados vecinos, con innegables implicaciones para la geopolítica regional.

Durante las dos últimas décadas, Pekín y Delhi se han esforzado por estrechar sus relaciones. Los intercambios económicos han crecido de manera notable (China es el segundo mayor socio comercial de India, país en el que ha invertido más de 26.000 millones de dólares), y los dos gobiernos han colaborado en la creación de instituciones multilaterales como los BRICS o el Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras. Nada de ello ha servido, sin embargo, para minimizar las disputas fronterizas, el problema de Tíbet, o la percepción de vulnerabilidad de Delhi, que ha visto en los últimos años cómo Pekín ha profundizado en su relación con Pakistán y aumentado su presencia en otras naciones de Asia meridional. Por su parte, Pekín no ha logrado evitar un mayor acercamiento de India a Estados Unidos, así como a Japón, Australia y distintos países del sureste asiático, en lo que interpreta como una potencial alianza formada para equilibrar a la República Popular.

Los incidentes del 15 de junio pueden suponer por todo ello un punto de inflexión en la relación bilateral, al crear un consenso—tanto entre las autoridades como en la sociedad indias—a favor de una posición más firme con respecto a China. Si por un lado resulta previsible que Delhi opte por una mejora de sus capacidades militares y por el desarrollo de infraestructuras en su frontera septentrional, por otro se alineará con Estados Unidos en mayor grado a como lo ha hecho hasta ahora, y mostrará menos reservas a su participación en el Diálogo Cuatrilateral de Seguridad (Quad), con Tokio y Canberra, además de Washington. Por resumir, Estados Unidos logrará el objetivo perseguido desde la administración Bush en 2005 de hacer de India el socio continental de referencia en Asia frente al ascenso de China. Aunque no llegue a convertirse en una alianza formal, ni desaparezcan del todo las dudas en la comunidad estratégica india al respecto, Washington adquirirá una mayor proyección en una subregión asiática en la que tenía menor peso pero que ha adquirido creciente relevancia como consecuencia de los intereses geopolíticos y geoeconómicos en juego en las líneas marítimas que cruzan el océano Índico.

La paradoja es que si China está causando un resultado contrario a sus objetivos—el fortalecimiento de la asociación estratégica entre Estados Unidos e India—en el subcontinente, en el noreste asiático está logrando—con la ayuda de Pyongyang—lo que persigue desde hace años: el debilitamiento de las alianzas de Washington. No está en riesgo la relación con Japón, pese a la incertidumbre de este último sobre la política de Trump, pero—según parece—sí los vínculos con Corea del Sur.

Es sabido que, en sus intentos de conseguir un acuerdo con el líder norcoreano, Kim Jong-un, Trump ha hecho un considerable daño a las relaciones con Seúl.  Mientras Corea del Norte no sólo no ha renunciado a su programa nuclear y de misiles, sino que lo continúa desarrollando, la alianza con el Sur—uno de los pilares de la estrategia norteamericana en Asia desde la década de los cincuenta—podría desaparecer si Trump ganara las elecciones presidenciales de noviembre. Así parece desprenderse de las revelaciones hechas por el ex asesor de seguridad nacional, John Bolton, en sus recién publicadas memorias sobre su etapa en la Casa Blanca. Según revela Bolton, Trump no cree en esta alianza aun cuando desconoce su historia y las razones de la presencia norteamericana en la península.

No debe sorprender que los surcoreanos se cuestionen el mantenimiento de este pacto, justamente cuando las relaciones con el Norte se acercan a una nueva crisis, después de que Pyongyang destruyera el mes pasado la sede de la oficina de asuntos intercoreanos en Kaesong.  Las provocaciones de Kim van en buena parte dirigidas a que Seúl rompa con Washington y conseguir de esa manera aliviar las sanciones. Aunque lo previsible es que la alianza se mantenga, la confianza se ha roto y, con ella, uno de los elementos tradicionales de la estabilidad asiática.

La alianza Washington –Seúl. Nieves C. Pérez Rodríguez

La marca de los setenta años de la guerra de Corea y la separación de la península en dos estados también incluye la conmemoración de la alianza de Seúl y Washington que, así como nació con un propósito en su momento, ha conseguido mantenerse viva y muy activa a pesar del tiempo que ha pasado.  

Para analizar la situación actual de esta alianza se celebró el “Fórum estratégico de la República de Corea y Estados Unidos” que anualmente organiza la Fundación de Corea en Seúl y el think thank CSIS en Washington. En esta ocasión, debido al COVID-19, se hizo en dos días de manera digital, en la que participaron panelistas y autoridades de ambos lados del Pacífico.

La ex embajadora estadounidense Kathleen Stephens remarcó que en la primera etapa de la alianza no había muchos puntos comunes entre ambos países, pero que según esa alianza fue creciendo, también fueron creciendo las semejanzas, y, por ejemplo, los valores democráticos fueron adquiriendo cada vez más importancia en Corea del Sur, por lo que la alianza pudo cómodamente seguir fortaleciéndose.

El Dr. Intaek Han, del Instituto Jeju para la paz, acotó que la alianza proporciona más que seguridad y la garantía de esa seguridad. Desde el momento que los estadounidenses llegaron para rescatar a los surcoreanos durante la guerra, Corea del sur sufrió una gran transformación y pasó de ser uno de los países más pobres en el mundo a uno de los más prósperos económicamente con una democracia vibrante. Por lo que es claro que la alianza ha sido muy beneficiosa, pero también lo ha sido para Estados Unidos “porque ahora compartimos los mismos valores y visiones”. Pero es el momento en los que hay que comenzar a hacer cambios del futuro de alianza, frente a un riesgo nuclear en Corea del Norte.

La Dr. Sue Mi Terry, ex miembro CIA y ex consejera de seguridad nacional, explicaba la complejidad del caso de Corea para las administraciones estadounidenses. “Han pasado 4 presidentes por la Casa Blanca, y transcurrido 3 décadas en las que la Corea del Norte ha ido desarrollando su carrera nuclear a pesar de la gran presión, lo que prueba lo difícil de la situación”. La última provocación, hacer estallar la oficina de asuntos coreanos es la muestra de la insatisfacción de Pyongyang con el presidente Moon. Esto es parte de una gran estrategia; Corea del Norte está presionando a Seúl para que rompa su acuerdo con Washington, por lo que el gobierno de Moon podría hacer concesiones o mediar para el levantamiento de algunas sanciones.

Kim Jong-un lo dijo en Hanoi claro, su objetivo es el levantamiento de sanciones, lo necesitan. Pero ahora más que antes debido a la pandemia, ya que su situación económica tiene que ser mucho peor que antes.

Oportunamente, el régimen norcoreano anunciaba la semana pasada que suspendían las acciones militares, lo que es un movimiento táctico fríamente estudiado. Ahora Kim Jong-un es el moderado y más diplomático, mientras su hermana Kim Yo-jong es quien hace los anuncios como los de la explosión de la oficina, o usa los adjetivos ofensivos típicos de la propaganda norcoreana.

Una vez más, el régimen está jugando su juego, presionando pero sin señalar a ningún líder directamente, porque en el fondo seguro que Pyongyang guarda la esperanza de que Trump tenga alguna concesión en los últimos meses antes de las elecciones. Pero en medio de su necesidad interna muestra su rabia a Corea del Sur, que son lo que más han apostado por esa relación.

David Helvey, asistente del Secretario de Defensa estadounidense para los asuntos de seguridad nacional del indo-pacífico, acotó que si algo han enseñado estos 70 años de relación es que Corea del Norte es un adversario adaptable a las circunstancias y que debido a esa adaptabilidad es clave que la alianza entre Seúl y Washington sea también adaptable no sólo para que pueda continuar, sino que pueda adelantarse a predecir los riesgos que presenta Corea del Norte. Aprovechó el momento para reafirmar el compromiso de Washington con Seúl más allá de lo militar mientras remarcó la necesidad de que Seúl y Tokio se acerquen, pues es clave para la estabilidad de la región.

Globos versus explosivos. Nieves C. Pérez Rodríguez

El COVID-19 sigue generando estragos en el mundo y el número de infecciones sigue subiendo, incluso en medio de los tremendos esfuerzos que muchas naciones hacen para reabrir sus economías. Entretanto, todas las actividades escolares y académicas se reactivaron en Corea del Sur y desde guarderías hasta las universidades reabrían sus puertas la semana pasada, en medio de unas medidas extremas. Mientras, China admitía que tenía un nuevo brote del virus en Beijing y declaraba la ciudad en cuarentena.

Mientras tanto, la pandemia ha dejado a Corea del Norte más aislada que nunca debido a las propias medidas que Kim Jon-un impuso en los primeros días de haberse declarado el estado de alarma en la provincia de Wuhan.  El régimen cerró sus fronteras herméticamente, por lo que la carencia de productos no ha hecho más que incrementarse al extremo, junto con la larga lista de sanciones que pesan sobre el régimen, lo que en conjunto está estrangulando la ya precaria economía norcoreana.

La acción del régimen norcoreano el 16 de junio de destruir la oficina de enlace conjunto de las Coreas, es una respuesta a la desesperación en la que se encuentran. En otras palabras, volar por los aires el edificio de 4 pisos de hormigón y acero, construido íntegramente por Corea del Sur para Corea del Norte, es una muestra de la frustración de Kim con el presidente Moon, por no haber conseguido ningún avance en los últimos años.

El edificio, -ubicado muy cerca del paralelo 58, en la ciudad de Kaesong- representaba un gran símbolo para la paz en la península, así como lo era para el presidente Moon, quien ha hecho esfuerzos tremendos por acercarse al régimen norcoreano, y quien cree en una integración eventual de ambos países.

Construido en el 2018, el inmueble fue levantado como resultado de las históricas conversaciones intercoreanas. La fecha escogida para la extinción del mismo también tiene simbolismo, pues la semana pasada se celebró el vigésimo aniversario de las primeras conversaciones en las que se asumió el compromiso de cooperación y diálogo entre ambas coreas.

La acción fue anunciada por Kim Yo-jong, la hermana del líder, quién ha ido asumiendo un rol cada día más visible e importante en Pyongyang. Y en el comunicado -publicado por la agencia oficial norcoreana- exigía que el gobierno de Seúl castigara los desertores, a quien además llamó traidores, escoria humana e indeseables por atreverse a dañar el prestigio de su líder. Refiriéndose a los líderes de las ONGs que enviaron alimentos, panfletos, biblias, etc., por globos y unas botellas.

Esta acción, que es la primera de un grupo de acciones que sólo buscan el comienzo de una escalada de tensiones, es una excusa para provocar y comenzar una pelea y con ello ganar la atención de nuevo.

Muy oportunamente, el controvertido libro de John Bolton, el ex asesor de seguridad nacional de Trump, cuenta detalles sobre cómo desde Washington se manejó todo lo que tiene que ver con las relaciones coreanas. Y en sus propias palabras “todo el fandango diplomático fue creado por Corea del Sur, y su propio presidente y su idea de reunificación”. Moon según Bolton, generó expectativas tanto en Trump, lo que lo llevaba a organizar las cumbres para encontrarse con Kim Jong-un, como en Kim, quien accedía a los encuentros. Mientras, afirma también la necesidad de Trump de aprovechar el encuentro para hacer un show, y la prueba son las infinitas preguntas que hacía el presidente estadounidense sobre el número de asistentes y medios a las cumbres.

Este momento es realmente complicado para Pyongyang, pues Trump está a tan sólo 3 meses de elecciones presidenciales, con una situación doméstica muy enardecida entre el covid-19 y las protestas en contra del racismo. Sabe que podría sacar poco, y de perder Trump las elecciones, cualquier avance podría ser retroceso en unos meses.

Y a nivel doméstico, el escenario también es complicado para Kim, pues se sospecha que la situación norcoreana debe haberse agravado mucho desde el principio de año. Y, como si fuera poco, sus escasas apariciones, tan solo tres veces desde el 11 de abril, dejan muchas interrogantes en el aire.

INTERREGNUM: Trump, Kim y los aliados. Fernando Delage

A finales de este mes, posiblemente en Vietnam, el presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump, y el líder norcoreano, Kim Jong-un, celebrarán un segundo encuentro. Una nueva reunión a este nivel puede servir, como la reunión de junio en Singapur, para crear una aparente dinámica de estabilidad entre ambas naciones, y por tanto en la región. Sin embargo, ni resolverá el problema de fondo—Kim no va a renunciar a sus capacidades nucleares—ni tranquilizará a los aliados de Estados Unidos, con cuyos intereses Washington no parece contar.

Así ocurre con Corea del Sur estos últimos días. El 31 de diciembre venció el acuerdo entre ambos socios sobre la financiación de la alianza; unas condiciones que se han actualizado cada cinco años desde 1991. Según diversas fuentes, la Casa Blanca exige a Seúl un aumento de su contribución del orden del 50 por cien, una demanda que ningún gobierno surcoreano—menos aún uno de izquierdas como el actual—podría aceptar. A medida que pasen las semanas sin un entendimiento, aumentan las posibilidades—se temen numerosos analistas—de que Trump pueda ofrecer a Kim alguna concesión con respecto a la alianza. Quizá no fue casualidad que la dimisión de James Mattis como secretario de Defensa se anunciara tras concluir la última ronda de conversaciones con Corea del Sur, como tampoco lo es que Trump haya vuelto al ataque en Twitter sobre cómo la seguridad de sus prósperos aliados está subvencionada por los contribuyentes norteamericanos. La retirada de Siria y Afganistán indica que la hostilidad del presidente hacia las alianzas no es mera retórica.

Dividir a Estados Unidos y Corea del Sur es por supuesto un elemento central de la estrategia de Pyongyang. Y es un objetivo detrás del precio que Kim puede pedir—en forma de retirada de los soldados norteamericanos del Sur de la península—para ofrecer a la Casa Blanca no el abandono de sus instalaciones nucleares, pero sí el fin del desarrollo de misiles intercontinentales, la prioridad más inmediata para la administración Trump. Las recientes declaraciones del secretario de Estado, Mike Pompeo, a Fox News, en el sentido de que lo primero es la seguridad del territorio de Estados Unidos han sido por ello un jarro de agua fría para Seúl, y un motivo de satisfacción para Corea del Norte.

Es mucho en consecuencia lo que está en juego en este segundo encuentro. Trump busca el mayor triunfo en política exterior de su presidencia, para poder utilizarlo de cara a su reelección. Pero puede poner también en marcha un desastre estratégico a largo plazo para la seguridad de Corea del Sur, para la de otros aliados—como Japón—y en realidad para los propios Estados Unidos. Si Washington pierde Seúl, perderá la península y el noreste asiático en su conjunto. Kim habrá ganado una partida, pero no final: quizá Corea del Sur tendrá que plantearse su nuclearización, aunque el juego quedará en buena medida en manos de China, que observa con deleite cómo esta Casa Blanca deshace sistemáticamente los pilares del poder norteamericano en Asia. (Foto: Matt Brown)

Un ejemplo para no imitar. Miguel Ors Villarejo

“Mientras Trump lidera la estrategia de desregulación y rebajas fiscales”, escribe Michael Schuman en el New York Times, “otra gran economía ha adoptado un enfoque diferente”. Su nuevo presidente ha decidido poner coto a la desigualdad y al deterioro del bienestar que, en su opinión, ha provocado el recetario neoliberal. Los anteriores Gobiernos, argumenta, únicamente se preocuparon por dar facilidades a los inversores y cree que ha llegado el momento de impulsar la actividad desde el lado de la demanda, mejorando los salarios, acabando con los abusos en materia de horarios y potenciando el gasto social. ¿Y cómo pretende financiar este programa? Subiendo los impuestos a los más ricos y a las grandes empresas.

Les suena, ¿verdad? Pero no, no hablo de Pedro Sánchez. Me refiero a Moon Jae-In, el mandatario surcoreano que desbancó en mayo de 2017 al conservador Partido Libertad, asediado por los casos de corrupción (hasta ahí llega el parecido razonable). Corea del Sur tiene una renta per cápita “aproximadamente equivalente a las de Italia y España”, explica Schuman, “y sus 51 millones de habitantes se enfrentan a los desafíos propios de las naciones desarrolladas, como la desaceleración, una población envejecida [por la caída de la natalidad] y la pujante competencia de China”. Moon lleva ya algún tiempo al frente del país y se dan, por tanto, las condiciones de espacio y tiempo para que, desde este rincón de Europa, saquemos conclusiones sobre la viabilidad del nuevo evangelio de la izquierda internacional. ¿Cuál está siendo el resultado?

No muy halagüeño. Schuman cuenta que “el crecimiento se ha ralentizado, el paro ha aumentado y los gerentes de pymes como Moon Seung no dejan de lamentarse”. Moon Seung es el fundador de Dasung, una fábrica de componentes para automóviles de las afueras de Seúl, cuyos costes laborales se incrementaron un 3% el año pasado, después de que entrara en vigor el nuevo salario mínimo (SMI). Este se ha encarecido el 11%, que no es ni la mitad de lo que ha anunciado aquí Sánchez, pero ha bastado para comerse los estrechos márgenes de Dasung y frenar en seco cualquier contratación. “Los perjuicios no los están sufriendo solo los empleadores”, advierte Moon Seung.

“El principal problema”, prosigue Schumann, “es la presión [competitiva] sobre los negocios pequeños, que son a menudo incapaces de trasladar los mayores costes a sus clientes. Una encuesta realizada por la patronal de las pymes Kbiz en 2017 revelaba que el 42% de sus asociados se verían forzados a destruir empleo por culpa del alza del SMI.

Song Minji, la fundadora de una modesta compañía de publicidad, también cuenta al diario que no ha podido sustituir a dos trabajadores cuyos contratos expiraban y que sus tareas las ha repartido entre el resto de la plantilla.

Menos actividad, más paro y mayor carga laboral para quienes tienen la fortuna de conservar el puesto: no parece un balance brillante y, de hecho, la popularidad de Moon se ha desplomado desde el 84% de mediados de 2017 al 45% del último sondeo. Algunos economistas creen que es pronto para extraer enseñanzas. “Necesita tiempo”, dice el decano de una escuela de negocios de Seúl. Y el responsable del servicio de estudios de HSBC atribuye la falta de vigor de Corea del Sur no tanto a las medidas de Moon como a la desaceleración mundial.

Sea como fuere, el presidente no tiene intención de enmendar el rumbo y para 2019 ha presentado los presupuestos más expansivos de la última década y una subida del SMI de otro 11%. Está convencido de que su remedio es acertado y que lo que falla es la dosis.

Mientras, en la otra orilla del Pacífico, Estados Unidos creció el 3,4% en el tercer trimestre, el paro se encuentra en los niveles más bajos desde 1969 y los salarios se recuperan a ritmos superiores al 4% sin que se aprecien signos de recalentamiento. (Foto: Robert Borden)

El presidente surcoreano gana protagonismo. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Analizando los hechos de la tercera cumbre entre los líderes coreanos, hay que subrayar que el presidente Moon Jae-in llegó acompañado con una delegación sustanciosa de 110 miembros, entre los que se encontraron la primera dama, 14 miembros del gobierno de alto nivel -la ministra de Exteriores, el titular de Defensa y el de la Unificación- y representantes empresariales surcoreanos, lo que es una indicación de cómo Moon visualiza las relaciones bilaterales.

Unas relaciones que trascienden lo estrictamente diplomático a una potencial cooperación económica que valga señalar entra en conflicto con las sanciones impuestas al régimen de Pyongyang. Pero todos estos esfuerzos parecen justificados en la imperiosa necesidad de que Kim Jon-un acepte desnuclearizarse.

La visita histórica que ha tenido lugar en Pyongyang es la prueba de que nos encontramos en otro momento de las relaciones coreanas.  El dictador que apenas se dejaba ver ha cambiado radicalmente su estrategia, con una aparente apertura que no deja de ser escrupulosamente medida y valorada, a cambio de conseguir más concesiones.

Moon por su parte sigue intensamente centrado en ser el mediador de la paz en la Península, por lo que entiende que su rol es el de servir de punto de equilibrio entre Pyongyang y Washington. De momento lo ha ido consiguiendo al menos en el plano diplomático. Y Trump ha expresado su confianza en él, lo que lo legitima frente a Kim y el mundo.

En palabras del propio presidente surcoreano, “encontrar un punto de coincidencia entre las exigencias de la Administración Trump sobre la desnuclearización y la exigencia de Kim que demanda una declaración de Paz, que a su vez garantice su seguridad y ponga fin a la hostil relación” es de lo que se trata.

Pero la dificultad está en que Pyongyang quiere la declaración de paz antes de llevar a cabo el proceso de desnuclearización. Y es ahí donde los surcoreanos están haciendo juegos malabares para equilibrar el deseo de Kim contra la necesidad de un avance objetiva, en la que ambas acciones se den simultáneamente.

Desde Washington se valora positivamente el encuentro. El departamento de Estado declaró que todo lo que avance la desnuclearización de Corea del Norte es positivo. Mientras, reconocían el trabajo del presidente Moon. El mismo Trump twitteó al respecto que, “Kim Jon-un acordó permitir inspectores nucleares, así como el desmantelamiento definitivo de un sitio de pruebas y lanzamientos de misiles en presencia de expertos internacionales. Y mientras todo eso sucede no habrá cohetes volando ni ensayos”. Expresó su complacencia con los resultados del tercer encuentro entre líderes coreanos, mientras enfatizaba también (en otro tweet) el hecho de que las Coreas acordaron presentarse juntas para ser sede de las Olimpiadas de 2032.

Moon Jae-in también avanzó la idea de un segundo encuentro entre Trump y Kim. Y a pesar de que no ha habido declaraciones expresas sobre ello desde Washington, sabemos que Trump aceptaría a cambio del protagonismo mediático y la posibilidad de que sea él quién se quede con los méritos de la renuncia al programa nuclear norcoreano y la estabilidad en la región.

No hay duda que la lectura hecha desde Estados Unidos es muy positiva, pues el secretario de Estado, por su parte, publicó una felicitación a ambos líderes coreanos por el exitoso encuentro, mientras que informaba de que había extendido una invitación a su homólogo norcoreano -Ri Jong Ho- para un encuentro en New York esta semana, en el marco de la Asamblea General de Naciones Unidas.

A pesar del escepticismo de algunos expertos, quienes citan las ocasiones en las que el abuelo o el padre de Kim no respetaron los acuerdos, reconocen que está vez al menos, los hechos parecen estar tomando una dirección distinta, lo que responde a un cambio de estrategia del régimen de Kim.

La visita de un líder surcoreano a Pyongyang es un gran cambio a priori, sumado a que desfiló junto al supremo líder de Corea del Norte por las calles de Pyongyang. Así como el encuentro entre las primeras damas -otro hecho llamativo- pues el régimen norcoreano no la deja figurar apenas en público, y casi todos los aspectos de su vida son desconocidos, incluido su edad, o número de hijos.

La firma del acuerdo entre Moon y Kim, que consta de la paralización de ejercicios militares a lo largo de la línea de demarcación de las Coreas, la creación de enlaces ferroviarios entre el norte y el sur, junto con el acuerdo de 17 páginas firmado por los titulares de Defensa de ambas naciones y que busca “el cese de todos los actos hostiles entre sí”, son otra prueba de ese cambio de estrategia.

“El mundo verá como esta nación dividida va a generar un nuevo futuro para sí misma” fueron las palabras de Kim Jon-un durante la cumbre y en las que se deposita esperanza, pues está comprobado que la diplomacia es siempre la mejor fórmula.

INTERREGNUM: Three summits, three questions. Fernando Delage

In less than a week, three different meetings have shown the end of an era in Asia (and in Europe). The G-7 meeting in Canada, the summit between the president of the United States and the North Korean leader in Singapore, and the annual forum of the Shanghai Cooperation Organization (SCO) in Qingdao (China), reveal the accelerated transition towards a new regional and global order.

In Charlevoix, by refusing to sign the joint statement with its G-7 partners, Trump explicitly rejected the basic pillars of the post-war international order. Moreover, he has not hesitated to challenge his partners by imposing new trade tariffs. The question was imposed: can we continue talking about a Western political community?

The contrast with the treatment given by Trump to Kim Jong-un only two days later could not be greater. “We have an extraordinary relationship ahead of us”, American president said about Kim, with whom he hopes to establish formal diplomatic relations soon. His avowed intention to abandon the US military presence in South Korea ended up aggravating the concern of his Asian allies, already surprised by what happened in Canada.

Trump’s words mark the effective end of a war that began just 68 years ago – on June 25, 1950, when North Korea invaded the South – and that has been the determining factor of Asia’s strategic balance. It is important to keep in mind that the Korean War was the decisive turning point in beginning of the Cold War, and -through the famous document NSC68- the start of the implementation of the policy of American containment. The support of Beijing and Moscow to Pyongyang made the conflict a central front against communism. The implosion of the Soviet Union several decades later solved the ideological competition, but the Western structures designed to compete with the rival powers did not disappear: NATO, far from dissolving, expanded, as the West also increased its economic relations with China, facilitating its ascent.

A second question is therefore inevitable: what will happen with the order of the Cold War in Asia when its last vestige -the Korean War- definitely passes into History? When the president of the United States seems to feel more comfortable with the North Korean dictator than with his European allies, can his Asian partners continue believing in the guarantee of security that Washington has offered them since the end of the Second World War?

China and Russia attend with undisguised satisfaction to this rapid disintegration of the liberal order. While the West loses strength as a bloc, Eurasia consolidates as a strategic space. This has been highlighted by the first summit of the SCO in which India and Pakistan have participated as new partners, and to which Iran was invited as the next candidate for accession. The cohesion of the group should not be overestimated, but the contrast is significant, especially when China replaces the United States as the main defender of a multilateral system. Self-absorbed in their unilateralist preferences, Washington does not propose an alternative order to the dismantling of the post-war order, but what about Europe? This is the third question incited by the events of the week: what will the European Union do when the transatlantic relationship loses steam and its interests are directly affected by the geopolitical reconfiguration of Eurasia? (Traducción: Isabel Gacho Carmona)