El nacionalismo económico de la primera administración Trump —puesta de manifiesto en el abandono del Acuerdo Trans-Pacífico (TPP)—, y las ambiciones geoeconómicas de la República Popular China —reveladas por la Iniciativa de la Ruta de la Seda—, condujeron a la Unión Europea y a Japón, tras largos años de negociaciones, a concluir un doble acuerdo de asociación económica y estratégica, en vigor desde 2019. Estados Unidos y China han sido igualmente las dos principales causas que, en un proceso que ha durado casi dos décadas, han llevado a la UE y a India a cerrar, el 27 de enero, un acuerdo de libre comercio, también acompañado por un pacto en asuntos de seguridad y defensa.
En su segundo mandato, el presidente Trump ha redoblado su hostilidad hacia socios y aliados, mientras que en este tiempo el desafío exportador, industrial y tecnológico de Pekín no ha hecho sino agravarse. Frente a las acciones de ambos gigantes, e inquietos por la creciente incertidumbre global, Europa e India han concluido que se necesitan mutuamente. Los dos actores encaran similares retos estructurales y comparten un mismo imperativo de diversificación. El resultado ha sido un acuerdo (“la madre de todos los acuerdos” según se ha denominado), que representa el 20 por cien del PIB global, y les abre un mercado de dos mil millones de personas.
Con alguna rara excepción, como Francia, los gobiernos europeos y la propia UE han tardado en reconocer la importancia de India, a la que siempre situaban por detrás de otros socios asiáticos. Fue quizá el giro en la percepción del problema chino a partir de 2019 el que permitió impulsar una nueva aproximación hacia Delhi. India, que se convertirá en la tercera economía del planeta antes de que termine la década, quiere —como los europeos— reducir su dependencia de la República Popular, a la vez que desempeña un relevante papel entre las naciones del Sur Global. La ruptura en las relaciones transatlánticas y la necesidad de ampliar su espacio en la región del Indo-Pacífico, centro de gravedad de la economía mundial, han acelerado el acercamiento por parte de Bruselas.
El interés de India responde a motivaciones del mismo orden. Frente a la asertividad económica china, Delhi ha hecho hincapié en el desarrollo de sus capacidades, ampliando al mismo tiempo sus opciones internacionales. En esa dirección, desde la llegada al poder de Narendra Modi en 2014 se han incrementado las visitas y los mecanismos de diálogo con la UE, especialmente en áreas relacionadas con la tecnología, el comercio y las inversiones. India buscaba en Europa lo mismo que podía aportarle Estados Unidos, pero el trato que ha recibido de Washington —que ha impuesto aranceles del 50 por cien a sus importaciones— ha aumentado de golpe el valor del Viejo Continente para sus intereses.
La oportunidad que se presenta para ambos no elimina, sin embargo, las dificultades. Parte de los productos agrícolas han quedado fuera del acuerdo de libre comercio (cuyos términos aún no se conocen en su totalidad), y tampoco se ha hecho público el texto del acuerdo de seguridad, que tiene por objeto la seguridad marítima, la ciberseguridad, la no proliferación y la lucha contra el terrorismo. El mayor obstáculo para el desarrollo de la relación estratégica entre Europa e India es, con todo, Rusia. Si bien Moscú se ha convertido en el mayor enemigo de los Estados miembros de la UE, Putin sigue siendo un socio cercano de Modi, como quedó patente en su visita oficial a Delhi el pasado año.
Como es sabido, India no condenó la invasión de Ucrania y se ha convertido en uno de los mayores importadores de petróleo ruso (principal motivo de los aranceles norteamericanos). Moscú continúa siendo, por otro lado, uno de sus principales suministradores de armamento, y Delhi participa ocasionalmente en maniobras militares conjuntas. Así como desde Europa no se entiende bien esa relación —aunque sea de una importancia decreciente para los indios tras la profundización de la asociación estratégica Rusia-China—, tampoco India comprende la rigidez normativa y la identidad universalista de los valores de la UE. Lo relevante, en cualquier caso, es que ambas partes han decidido minimizar sus divergencias para lanzar con su reencuentro una clara señal geopolítica al resto del mundo: las potencias medias comienzan a reorganizarse en la era Trump.




