INTERREGNUM: La asociación UE-Australia. Fernando Delage

La doble presión que representan Estados Unidos (por sus aranceles punitivos y por su hostilidad hacia reglas e instituciones) y China (por el riesgo de dependencia de sus cadenas de valor y por su presión económica), se ha convertido en un poderoso acicate para el acercamiento entre los aliados europeos y asiáticos de Washington. La firma, el 24 de marzo, del doble acuerdo comercial y estratégico entre la Unión Europea y Australia, después de ocho años de negociaciones, es el último ejemplo de cómo cooperan las democracias liberales frente a un escenario de creciente incertidumbre global.

Cuando hace apenas un año la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, propuso a Australia una asociación en materia de defensa, Canberra ignoró su sugerencia. Es en Asia donde se concentran sus intereses de seguridad, y son su alianza con Estados Unidos y el AUKUS los elementos clave de su estrategia. El impacto de la segunda administración Trump sobre la estabilidad internacional durante los últimos meses le ha hecho ver, sin embargo, el potencial de la UE como socio político, más allá de su relevancia como mercado de exportación. Por su parte, tras concluir sendos acuerdos de libre comercio con Mercosur e India, Bruselas incorpora a un nuevo miembro al pequeño grupo de países del Indo-Pacífico con los que ha dado un salto cualitativo en la institucionalización de sus relaciones. El pacto que acaban de cerrar ilustra el reconocimiento por ambos actores de que los principales desafíos que afrontan —competición geopolítica, coerción económica y disrupción tecnológica— son compartidos y no se limitan a sus respectivas regiones.

Bruselas estima que las exportaciones de bienes y servicios de la UE a Australia aumentarán en un tercio a lo largo de la próxima década (en torno a unos 18.000 millones de dólares cada año). La eliminación de aranceles supondrá un ahorro de unos mil millones de dólares anuales para las firmas del Viejo Continente. Canberra facilitará asimismo las inversiones europeas en su territorio, especialmente en minería y en procesamiento de tierras raras (de las que Australia posee las terceras mayores reservas mundiales). Según indica Australia, el acuerdo le aportará por su parte unos 7.000 millones de dólares anuales a su economía, y sus empresas podrán participar en la modernización de capacidades militares europeas.

Aunque Australia es sólo el vigésimo socio comercial de la UE, su valor estratégico es innegable. Además de permitirle a la Unión reducir su dependencia de Estados Unidos y de China, el nuevo pacto supone un camino de entrada hacia el Acuerdo Integral y Progresivo para la Asociación Transpacífico (CPTPP en sus siglas en inglés), el mega acuerdo integrado por once economías asiáticas que representa el 15 por cien del comercio global.

La asociación en materia de seguridad no es, por supuesto, una alianza de defensa: carece de todo tipo de compromisos vinculantes. Su objetivo es el de proporcionar un marco formal de consultas y cooperación en áreas como ciberseguridad, política antiterrorista, desinformación y nuevas tecnologías, además de facilitar la formación de funcionarios y el intercambio de información clasificada.

En un mundo impredecible, los Estados miembros de la UE y Australia se unen, por resumir, para defender el libre comercio y las reglas internacionales, haciendo evidente la creciente interacción que existe entre Europa y Asia, y la indivisibilidad de su respectivo entorno estratégico. Tras haber firmado acuerdos similares con Corea del Sur, Japón e India, Bruselas cuenta en Canberra con otro socio con el que aumentar su presencia en Asia y que le ayudará a entender mejor la evolución geoeconómica y geopolítica del continente —en particular, las motivaciones y alcance de las acciones chinas—, mientras que Australia reconoce las ventajas diplomáticas que, pese a la lejanía geográfica, puede aportarle un actor afín como es la UE.

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