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INTERREGNUM: Kishida y Marcos en Washington. Fernando Delage

por: Fernando Delage
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Con la atención puesta en Ucrania y Oriente Próximo, además de en las presidenciales de noviembre, la administración Biden tampoco olvida el frente asiático. La visita a Washington, esta semana, del primer ministro japonés, Fumio Kishida, y del presidente filipino, Ferdinand Marcos Jr., marcará un nuevo paso adelante en la reconfiguración de la arquitectura de seguridad regional. El 10 de abril, Biden y Kishida anunciarán el cambio de mayor calado en la alianza bilateral en seis décadas; un día más tarde, Biden, Kishida y Marcos propondrán nuevas acciones de cooperación trilateral.

Washington y Tokio se necesitan más que nunca. Las bases y la presencia militar norteamericana (con un total de 54.000 soldados) en Japón son fundamentales para la proyección del poder militar de Estados Unidos y como instrumento de disuasión de  China, país cuyas capacidades ofensivas preocupan igualmente al gobierno japonés: además de la presión constante de Pekín sobre las islas Senkaku, Taiwán se encuentra a sólo 100 kilómetros de distancia del archipiélago. La cooperación entre ambos aliados, siempre estrecha, se ha incrementado de manera paralela a los cambios que se han realizado en la política de seguridad japonesa. A finales de 2022, Kishida anunció que Japón duplicará el presupuesto de defensa hasta el dos por cien del PIB en cinco años, parte del cual se destinará a la compra a Estados Unidos de misiles crucero para poder responder a un eventual ataque a su territorio.

La nueva estrategia de defensa de Japón también contempla el establecimiento de un mando conjunto con Estados Unidos, con el fin de mejorar la operatividad y coordinación entre las fuerzas armadas de los dos países. Kishida quiere establecer dicho mando antes de finales de marzo de 2025, lo que previsiblemente exigirá que el responsable norteamericano sea un general de cuatro estrellas (rango similar al de la cabeza del mando Indo-Pacífico en Hawai). Se esperaba asimismo el anuncio de alguna iniciativa sobre desarrollo y producción conjunta de tecnología militar avanzada (en áreas como inteligencia artificial y misiles hipersónicos), lo que acercaría a Japón al denominado “pilar 2” de AUKUS, sin necesidad de integrarse formalmente al grupo constituido por Estados Unidos, Reino Unido y Australia.

En la reunión a tres, Biden, Kishida y Marcos discutirán sobre la situación en la región y la oportunidad de dar forma a una nueva asociación entre ellos. Sólo unas semanas antes, el secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, declaró en Manila (cuyo actual gobierno ha restaurado los vínculos con Washington deteriorados duranta la administración Duterte) que Washington considerará cualquier ataque a la armada filipina en el mar de China Meridional como un acto de agresión cubierto por el tratado de defensa mutua entre ambos países. Buques chinos han estado acosando a las unidades enviadas por Filipinas en defensa de sus islas. Durante el mismo viaje, Blinken ya apuntó la conveniencia de coordinar las relaciones entre Japón y Filipinas, y las alianzas de Estados Unidos con ambos, en una “entente triangular”.

No se trataría naturalmente de una alianza militar, sino de mantener una mayor cooperación sobre seguridad marítima, ejercicios conjuntos e intercambio de información. Sería de este modo un complemento natural en el sureste asiático del mecanismo triangular firmado en el noreste asiático por Japón, Corea del Sur y Estados Unidos el pasado año, así como del QUAD (integrado por Estados Unidos, Japón, India y Australia). Biden continúa pues avanzando en la construcción de una red de acuerdos de seguridad como elemento central de su estrategia hacia el Indo-Pacífico. La ausencia de una organización que desempeñe un papel similar al de la OTAN en Europa obliga a una estructura más fragmentada, que ofrece sin embargo un mayor margen de acción a las naciones de la región, al tiempo que les permite prepararse para la eventualidad de unos Estados Unidos menos comprometido. A nadie se le escapa que estos acuerdos nacen con una voluntad de permanencia, en previsión de un regreso de Trump a la Casa Blanca.

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