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INTERREGNUM: La India de Modi. Fernando Delage

por: Fernando Delage
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El 19 de abril se puso en marcha el mayor proceso electoral de la historia. A lo largo de seis semanas, casi mil millones de indios están convocados a las urnas para elegir al gobierno del país más poblado del planeta (y una de las economías de más rápido crecimiento). El resultado no está, sin embargo, en discusión: el primer ministro Narendra Modi conducirá al Bharatiya Janata Party (BJP) a su tercera victoria consecutiva.

Sondeos recientes daban a Modi un 78 por cien de popularidad y una clara ventaja a su organización, confirmándose por tanto la notable debilidad del Partido del Congreso, la que fue fuerza política dominante desde la independencia. Pero el BJP no sólo aspira a ganar las elecciones, sino a conseguir la mayoría que le permitiría avanzar en la transformación de India como Estado hinduista (abandonando el secularismo sobre el que se fundó), y en una recentralización del poder mediante la modificación de las circunscripciones electorales (lo que agravaría las divisiones entre el norte y el sur del país). El objetivo consiste en consecuencia en obtener los dos tercios necesarios en la Cámara Baja (en la actualidad controla, con sus aliados, 346 de un total de 543), y la mayoría en la Cámara Alta en los comicios parciales de 2025, para poder modificar la Constitución.

Para los líderes de la oposición, Modi representa una amenaza a la democracia. Ha quebrado la independencia de la Comisión Electoral y del Tribunal Supremo; ha perseguido a periodistas y medios de comunicación independientes; ha fomentado la discriminación de los musulmanes (que suman el 20 por cien de la población), convertidos hoy en ciudadanos de segunda clase; y ha recurrido a todo tipo de artimañas contra sus rivales políticos, incluyendo el arresto—antes de las elecciones—de los líderes de dos Estados. Pero nada de esto ha dañado la popularidad del primer ministro.

Esta dinámica interna coincide con la creciente proyección internacional del país. Con las actuales estimaciones de crecimiento (un 6,8 por cien en 2024-25 según el FMI), India pasará del quinto al tercer lugar entre las mayores economías del mundo en sólo cuatro años. La renta per cápita (2.389 dólares) la sitúa, no obstante, muy lejos de las economías más desarrolladas, y también muy por debajo de la de China. Pese al rápido incremento del PIB, India no logra crear suficiente empleo: la industria no representa más del 17 por cien de la economía, mientras el 45 por cien de la población activa continúa dedicada a la agricultura.

Pendiente de la revolución industrial que necesita, el estatus global adquirido por India en los últimos diez años es una de las razones del apoyo a Modi, a la vez que explica que la política exterior haya sido un asunto no menor en la campaña electoral. El éxito de la presidencia del G20 en 2023 y la atracción que despierta India tanto en Occidente como en el Sur Global—cuyo liderazgo disputa con Pekín—han familiarizado a los votantes con los asuntos internacionales, convencidos de que, desde 2014, su nación juega en la liga de los grandes. Uno de los responsables de ese resultado, el ministro de Relaciones Exteriores, S. Jaishankar, explica en un libro de reciente publicación (Why Bharat Matters, Rupa Publications, 2024), cómo India ha construido su nueva posición en un mundo multipolar.

Pese a las tendencias autoritarias de Modi, la simpatía que despiertan sus modestos orígenes; su capacidad para movilizar un nacionalismo hindú que—más allá de las claves identitarias e ideológicas—es también una revuelta contra las elites angloparlantes; la eficacia de su maquinaria electoral; y haber situado a India entre las grandes potencias, son los principales factores que le proporcionarán un tercer mandato, un logro que tiene como único precedente el de Jawaharlal Nehru, primer ministro entre 1947 y 1964. Será una nueva legislatura durante la cual continuará reduciéndose el espacio para el pluralismo, y ensanchándose las líneas divisorias en la vida política, económica y social. Aun así, la extraordinaria diversidad del país, y las etapas económicas y políticas que le quedan por recorrer, obligan a ser prudentes antes de dar a la democracia india por perdida.

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