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En qué se parecen Trump y la prostituta de ‘Lo que el viento se llevó’. Miguel Ors Villarejo

El verano pasado, una profesora de Hangzhou le planteó a Hollis Robbins si le apetecía colaborar en un ensayo en el que se comparaba a la Scarlett O’Hara de Lo que el viento se llevó con la protagonista de Sueño en el pabellón rojo, un clásico de la literatura china del siglo XVIII. “La idea”, explica Robbins, “era escoger un personaje americano fuerte […] y otro chino durante un periodo […] de convulsión […] y observar sus estrategias de supervivencia”.

“Seguro”, repuso Robbins, aunque no estaba nada segura. No había terminado de leer Sueño en el pabellón rojo, pero conocía bien la obra de Margaret Mitchell y sentía curiosidad por ver qué opinaban de ella unos académicos libres de los prejuicios que dominan las universidades estadounidenses.

El resultado del experimento es curioso, no tanto por lo que los chinos dicen de la novela, como por lo que la novela dice de los chinos (y de rebote, de los americanos). Sucede a menudo que los comentarios de texto iluminan menos el texto comentado que al comentarista del texto. Ian MacEwan relataba hace poco al Telegraph que a su hijo le encargaron en clase un ensayo sobre su libro Amor perdurable. “Reconozco que le di un tutorial de qué debía tener en cuenta”, recuerda. “No leí el trabajo, pero su profesor no estuvo en absoluto de acuerdo. Creo que le puso una C+ [equivalente a un seis]”.

¿Y qué dicen los chinos de Lo que el viento se llevó? Li, la colega de Robbins, sostiene que Scarlett es una heroína valiente, que se adapta a la triunfante revolución industrial “y levanta una nueva vida sobre las viejas ruinas”. Ha entendido el “potencial que encierra el comercio con el Norte, aprovecha la oportunidad de hacer negocio con los yanquis y se enriquece”.

No es una lectura disparatada. Li no es la primera en advertir que la implacable frialdad con que Scarlett gestiona su aserradero encaja en el arquetipo del “impetuoso y rapaz CEO americano”. Lo que a Robbins le extraña es que Li no tenga más palabras de reproche para el tono nostálgico con que se retrata la sociedad sureña anterior a la Guerra de Secesión, Ku Klux Klan incluido. En Estados Unidos siempre se ha considerado deplorable, pero a Li le parece que tampoco es para tanto porque, al final, la historia acaba poniendo a cada uno en su sitio. ¿Quién sale adelante? Scarlett, que no pierde el tiempo en lamentaciones y mira al futuro.

Todo su entorno, por el contrario, se hunde lentamente, arrastrado por el empeño en revivir los buenos viejos tiempos. Recuperar la grandeza pasada se convierte en la única prioridad y a ella se supedita todo lo demás. Mitchell simboliza esta subversión de valores en la pleitesía que la aristocrática Melanie rinde a una próspera prostituta, con la que jamás se le hubiera ocurrido relacionarse en tiempos de paz, pero que ha donado 50 dólares de oro a la causa de la Confederación y, tras su derrota, está sufragando la erección de estatuas. Melanie “ha decidido que la política importa más que la moral”, dice Robbins, y por eso no duda en montarse al carruaje de aquella mujer “vulgar y chabacana”.

“Se me ocurre”, observa Robbins, “que mientras los expertos se rascan la cabeza tratando de desentrañar por qué tantos votantes de buen corazón de la Iglesia Evangélica han apoyado a un hombre con una ejecutoria tan descarada y sórdida como la del actual presidente, nuestra propia ficción nos cuenta todo lo que necesitamos saber”.

Al centrarse en el racismo de Lo que el viento se llevó, se ignora su enseñanza más provechosa: que los viejos tiempos no van a volver y que hay que dejarse de erigir estatuas y de reescribir el pasado y, como Scarlett, dedicarse a escribir lo único que está en blanco: el futuro.

Eso es al menos lo que opina la profesora de Hangzhou.

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¡No es la economía, estúpido! Miguel Ors

Con su demagógico anuncio de imponer aranceles al acero y el aluminio, Donald Trump pretende aplacar la indignación de sus votantes. Estos habrían sido víctimas de la dolosa capitulación comercial de sus predecesores, que entregaron la economía a los importadores mexicanos y asiáticos, sumiendo miles de empresas en la desesperación y la ruina y llevando el país al borde del estallido.

La idea tan querida por la izquierda de que el auge del populismo es el correlato político de la pobreza tiene una amplia tradición histórica y una reducida base empírica. Marx enseñaba que, cuando la revolución está madura, produce sus propios líderes, pero ni los bolcheviques se lo creían. “Ninguna ciudad se ha rebelado nunca solo porque estuviera hambrienta”, proclamaba uno de sus diarios durante la guerra civil rusa. Para que los parias de la tierra se agrupen en la lucha final tienen que pensar que les va a ser de alguna utilidad. De lo contrario, se quedan en casa agonizando de inanición, como aún sucede en Corea del Norte.

Dos sociólogos de la Universidad de Michigan, Charles Tilly y David Snyder, contrastaron esta hipótesis en un artículo de 1972. Analizaron los disturbios ocurridos en Francia entre 1830 y 1960 y no descubrieron ninguna relación con el malestar de la población. Tampoco los economistas Denise DiPasquale (Chicago) y Edward Glaeser (Harvard) hallaron evidencia de que la miseria desempeñara un papel relevante en los episodios de violencia social registrados en Estados Unidos entre 1960 y 1980. Estos brotes parecen más bien fruto de un cálculo racional de coste-beneficio: cuando la oportunidad de ganancia es alta y el riesgo de sanción bajo, la gente se va animando, se va animando… Y como esto es algo que se decide sobre la marcha, las revueltas no son fáciles de predecir y, una vez que han echado a andar, toman cursos insospechados. Alexis de Tocqueville cuenta en El antiguo régimen y la revolución que, en vísperas de la toma de la Bastilla, Luis XVI no tenía ni la menor idea de que fuera a perder el trono, y no digamos ya la cabeza. Y dos días antes de que los Romanov fueran depuestos, la zarina hizo este infeliz comentario: “Son solo unos gamberros. Jovencitos que corren y chillan que no hay pan para pasar el rato, y unos piquetes que impiden a los obreros trabajar. Si hiciera más frío, se habrían quedado probablemente en casa”.

Tampoco en el caso de Estados Unidos se aprecia hoy una relación entre el voto radical y el perjuicio material. “Sería osado, e incluso temerario”, escribe Javier García-Arenas en el Informe Mensual de Caixabank, “aseverar que la desigualdad es el factor principal del que se nutre el populismo”. Y razona que en los distritos electorales “más expuestos a la competencia comercial con China el apoyo al Partido Republicano en 2016 ha sido 2,2 puntos porcentuales mayor [que en aquellos que lo están menos]”, lo que no es una magnitud “especialmente elevada”.

Mucho más relevantes parecen otros aspectos, como el deseo de “preservar la homogeneidad cultural y ciertas actitudes sociales”, dice García-Arenas. En el Reino Unido, un estudio del think tank Nesta revela que ser partidario de la pena de muerte predice sensiblemente mejor que la renta o la extracción social la probabilidad de estar a favor del brexit.

Como tantos populistas, Trump justifica sus políticas con argumentos de justicia y económicos, pero su discurso apela a instintos más oscuros e inquietantes.

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Trump abre otro frente

Alegre y combativo, Donald Trump se ha lanzado a la arena de la guerra comercial anunciando un rearme arancelario de las importaciones de acero y aluminio para, dice, proteger la industria de Estados Unidos, y amenazando a Europa con extender la medida al sector automovilista. Ha afirmado el atrabiliario presidente que las guerras comerciales son buenas y se ganan fácilmente, pero eso, como todos los procesos históricos, debe ser analizado a medio y largo plazo.

Aparte del hecho real de que recurriendo al nacionalismo económico el presidente Trump despierta a un monstruo apenas dormido, abre una carrera contra la globalización y la libertad de comercio, que nunca ha sido mucha, por otra parte, y penaliza a los países menos desarrollados que ya tienen políticas proteccionistas, políticamente es un mensaje nefasto que alimentará el populismo nacionalista y provocará a medio plazo dudosos beneficios a la política de Estados Unidos.

Políticamente, la medida anunciada provoca un terremoto que hará reconsiderar alianzas y estrategias. Hay que subrayar que los nuevos impuestos para el acero de fuera de Estados Unidos provocan una brecha entre Gran Bretaña y Estados Unidos que hace tambalear los planes de Londres para hacer frente al Brexit; abren un foso entre EEUU y la Unión Europea; crean problemas con Rusia y China y, lo que es más importante, con Corea del Sur, y en el caso del aluminio, penalizarán a países presentes ahora en el mercado norteamericano como Venezuela y Vietnam. Y, más, la medida ensancha la grieta en el Tratado de Libre Comercio entre EEUU, México y Canadá, que Trump quiere renegociar para, proclama, conseguir ventajas para su país.

No es fácil adelantar una posible evolución de este panorama dibujado “a grueso trazo” como lo ha definido el secretario de Comercio de EEUU en el que aún faltan los detalles. Pero parece otro paso más de Trump en una estrategia que huele a improvisación, que suena a vieja y gastada y que políticamente va a ser una fuente de inestabilidad difícil de gestionar. (Foto: Wajahat Mahmood, Flickr)

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¿Puede causar bitcóin otra Gran Recesión? (y III) Los enemigos del comercio. Miguel Ors.

“Lo que hemos visto estos años”, escribe en Quora el operador de divisas Federico Sellitti, “es cómo un increíblemente elevado número de fondos de cobertura se constituían con el exclusivo propósito de operar en criptodivisas. Crean carteras […] que permiten a gente de todo el planeta meter dinero en estos nuevos productos” y lo hacen “apalancándose”, es decir, no con fondos propios, sino prestados.

No resulta difícil reconocer en este patrón muchos elementos de la euforia de las subprime. Basta sustituir “criptodivisas” por “CDO”. Ahora como entonces, el objeto de especulación es un activo misterioso que la generalidad de los compradores no sabe en qué consiste. Ahora como entonces, el mundo sale de un largo periodo de tipos bajos, lo que incita a asumir más riesgos de los aconsejables para obtener una rentabilidad decente. Ahora como entonces, el mercado está poco o nada regulado. Y ahora como entonces, se juega a crédito, lo que significa que parte del sistema financiero se halla comprometido y no estamos ante una mera transacción libremente consentida entre dos adultos: si las cosas salen mal, las consecuencias podrían salpicarnos a todos.

Este último es, de lejos, el aspecto más inquietante. Los incrementos abruptos de precios no son en sí dañinos. De hecho, son relativamente habituales. A lo largo del último siglo, el investigador de Yale William Goetzmann ha contabilizado 72 casos en los que las principales bolsas del mundo se revalorizaron el 100% en un año y 460 casos en los que lo hicieron en tres años. Pocas de estas “aceleraciones extremas de precios” terminaron, sin embargo, con una caída igualmente abrupta, y menos aún se tradujeron en una recesión. ¿Por qué? Porque su estallido no inutilizó el mecanismo crediticio, como excepcionalmente sucedió en 1929 y 2008.

Las posibilidades de que una catástrofe similar se repita hoy son exiguas. “Los principales economistas europeos no creen que las criptodivisas representen una amenaza para la estabilidad del sistema financiero”, sentencia un informe del Center for Macroeconomics. Sus autores argumentan que se trata de una inversión “aislada” del resto de los mercados y, sobre todo, “muy pequeña”. Y añaden citando al Wall Street Journal: “Las 1.000 mayores criptodivisas valen 350.000 millones de dólares, menos que Facebook, y si mañana quedaran reducidas a cero los bancos apenas lo notarían”.

Si por burbuja entendemos una euforia que acaba desastrosamente, concluye Goetzmann, su “frecuencia es bastante pequeña”. Ni siquiera la tulipomanía lo fue, a pesar de lo que relata el artículo de la Wikipedia. “No se vio afectada mucha gente y las repercusiones para la economía general fueron modestas”, le dice la historiadora Anne Goldgar a Lorraine Boissoneault en Smithsonian.com. “No he sido capaz de documentar la quiebra de una sola persona”.

Pero si la tulipomanía no fue ninguna calamidad, ¿por qué ha pasado como tal a la posteridad? “La culpa es de los irascibles moralistas cristianos”, escribe Boissoneault. “Todas las extravagantes noticias de bancarrotas o la del marinero encarcelado por comerse un bulbo […] proceden de los panfletos de los calvinistas, a quienes inquietaba que el consumismo impulsado por el auge de los tulipanes condujera a la decadencia moral”.

Es una inquietud que no pierde vigor con los siglos. Pocas veces se ha revelado justificada, pero los enemigos del comercio, como los llama Antonio Escohotado, no descansan.

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¿Puede causar bitcóin otra Gran Recesión? (II) El gran crac del crédito. Miguel Ors

(Foto: Michael Galpert, Flickr) La economía mundial navegaba apaciblemente en junio de 2007. El dinero fluía, las familias gastaban, las bolsas subían. El Nobel Robert Lucas consideraba “resuelto a efectos prácticos” el problema de la depresión y el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, hablaba de que se había inaugurado la Gran Moderación, una nueva era en la que los ciclos serían mucho menos pronunciados.

En aquel panorama idílico, la quiebra de dos fondos de Bear Sterns, un banco de inversión estadounidense, supuso un inoportuno nubarrón. Por primera vez muchos escuchábamos la palabra subprime, pero los expertos nos aclararon que se trataba de un nicho hipotecario muy reducido y la alarma se disipó.

Entonces los contratiempos se multiplicaron. En Londres se liquidó otro fondo. Bancos suizos, alemanes e incluso chinos reconocieron fuertes pérdidas. Largas colas de depositantes reclamaban airadamente sus ahorros a las puertas de Northern Rock, algo inédito en Occidente desde los años 30.

Los mercados se pusieron nerviosos y, a mediados de agosto, la Fed tuvo que bajar los tipos. El asunto desbordaba ya los estrechos límites del universo subprime. Se supo que muchas entidades tenían comprometidos miles de millones en abstrusos productos denominados CDO, pero ni ellos mismos sabían cuantificar el alcance de la avería. Citigroup efectuó una estimación inicial de 6.000 millones de dólares, luego la elevó a 11.000 millones y, finalmente, admitió que no sabía cuánto había perdido.

¿Cómo no se había dado cuenta nadie de que nos dirigíamos al abismo?

En The Trillion Dollar Meltdown (en España, El gran crac del crédito), Charles R. Morris explica que, como es habitual, el camino a la recesión estaba empedrado de buenas intenciones. Los CDO surgieron a instancias de Freddie Mac y Fannie Mae, dos agencias creadas tras la Gran Depresión para facilitar el acceso a la vivienda de las familias humildes. Igual que hacen las cajas con las cédulas, se financiaban mediante bonos respaldados por las hipotecas que concedían, pero se trataba de unos productos que ni eran tan seguros como la deuda pública (los prestatarios eran poco fiables) ni rentaban como la bolsa, de modo que casi nadie prestaba excesivo interés por ellos.

En 1983 Freddie Mac encargó a First Boston que mejorara el atractivo de estos títulos y el banco diseñó un ingenioso método. Estructuró las emisiones en tres tramos. El primero, que suponía el 70%, tenía preferencia a la hora de cobrar. Dado que jamás se habían registrado morosidades del 30%, obtuvo sin dificultad la triple A. Con los otros dos se formaron sendos paquetes que, en caso de impago, se encargarían de absorber las pérdidas. En consonancia con su mayor riesgo, la rentabilidad era también superior.

Estos bonos estructurados o CDO (collateralized debt obligation u obligaciones de deuda con un colateral o garantía) se adecuaban mejor a las exigencias de Wall Street y los inversores se abalanzaron sobre ellos, especialmente después de que el colapso de las puntocom y el 11S convirtieran la vivienda en la única apuesta sólida. Para atender la explosión de la demanda, el negocio hipotecario se industrializó. En un extremo de la cadena el broker localizaba al prestatario y lo conducía, a cambio de una comisión, a la entidad. Allí se formalizaban las operaciones y, cuando había acumulada una cantidad suficiente, se empaquetaban, se loncheaban en tres tramos y se revendían. En el extremo final de la cadena, ávidos ahorradores aguardaban un activo al que las agencias de rating habían asignado la máxima calificación.

La división del trabajo abarató las hipotecas. Un estudio de los años 90 calculaba que los compradores de vivienda se estaban ahorrando 17.000 millones al año. Pero, en un esquema en el que uno capta al cliente y otro soporta las pérdidas, es fácil que los criterios de concesión se relajen, sobre todo después de que, hacia 2003, los candidatos solventes empezaran a escasear y hubiera que echar mano de los ninja, personas que no tenían ni ingresos ni empleo ni patrimonio (No Income, No Job or Assets). Los modelos matemáticos sostenían que el riesgo era pequeño. Si uno de aquellos miserables dejaba de pagar, razonaban, el quebranto sería modesto, porque su crédito se había repartido convenientemente entre decenas de clientes de la banca de inversión, es decir, entre millonarios que podían encajar perfectamente el golpe.

Sin embargo, cuando la morosidad repuntó, estos millonarios huyeron de todo lo que oliera a hipoteca. Les daba lo mismo que fuera prime o subprime. Igual que tres siglos antes había ocurrido con los tulipanes, de repente nadie quería CDO y los fondos que los habían atesorado durante décadas debieron anotarse severas pérdidas, que en seguida se trasladaron al resto del sistema financiero.

La apoteosis llegaría en setiembre de 2008, cuando la Fed dejó caer a Lehman Brothers. Ante la imposibilidad de saber quién tenía CDO y quién no en su balance, los bancos dejaron de prestar. El crédito se desplomó y, con él, miles de empresas de todo el planeta, sumiendo el capitalismo en la peor crisis desde la Segunda Guerra Mundial.

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En el terreno que Kim quiere

La afirmación de Mike Pence de que Estados Unidos está dispuesto a negociar con Corea del Norte revela la falsedad de algunas afirmaciones que se hacen sobre la crisis y también cómo Kim Jong-un ha jugado hábilmente con los elementos sobre el terreno, es decir, sus propias amenazas, los temores de los aliados de Estados Unidos, el cálculo de China de hasta dónde debe llegar su intermediación y la opinión pública mundial que desconfía a veces más de Trump que de Corea del Norte, para colocar el balón donde quiere y jugar el partido en su terreno y con ventaja.
Corea del Norte lleva años utilizando su capacidad nuclear, o sus planes para desarrollarla, como instrumento de chantaje. Hasta la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, los episodios de crisis cuidadosamente creados por Pyongyang se traducían en concesiones de EEUU y medio mundo en forma de ayudas financieras, paliativos a las amenazas o facilidades para que no se derrumbara un sistema ruinoso que aplasta a sus ciudadanos.
Ha sido precisamente la negativa de Trump a seguir en ese juego lo que ha llevado la tensión más lejos, porque Kim conoce la debilidad internacional y cómo el miedo contamina las posibles soluciones. Trump, en su proverbial torpeza y prepotencia no ha entendido que la gente prefiere un mal acuerdo a sus pesadillas y, como ha demostrado la historia con frecuencia, los malos acuerdos han llevado a que las pesadillas se hagan realidad.
Pero así están las cosas. China sólo puede presionar hasta un punto que no haga caer el régimen; Japón juega al apaciguamiento mientras busca caminos para mejorar sus capacidades militares y Corea del Sur, el país más amenazado directamente, tiene ahora un gobierno que quiere buscar acuerdos. Es decir, que Donald Trump se ha quedado solo en su plan de llevar la presión hasta un punto de casi no retorno para que las negociaciones le fueran favorables. Ahora, aparentemente, va a tener que sentarse a hablar, cosa en principio positiva pero que hay que ver paso a paso, en un clima en el que cualquier desplante o presión añadida hará aparecer a EE.UU. como el malo de la película una vez más. (Foto: Michael Dusenne, Flickr)
Bitcoin

¿Puede causar bitcóin otra Gran Recesión? (I) La formación de una burbuja. Miguel Ors

La burbuja financiera más famosa de la historia es la de los tulipanes de 1636. De repente, los holandeses enloquecieron. “Se conservan registros de ventas absurdas”, se lee en Wikipedia. La variedad Semper Augustus, altamente estimada por el dibujo en forma de llamas de sus pétalos, llegó a valer tanto como una mansión en un buen barrio de Amsterdam, con su jardín y su coche de caballos. La histeria era absoluta. Un pobre marinero que confundió un bulbo con una cebolla y se lo zampó dentro de un bocadillo de arenque fue condenado a seis meses de cárcel.

Gente de toda condición se vio seducida por la facilidad con que se ganaba dinero y, cuando los precios se dieron inevitablemente la vuelta, las prisas por deshacer posiciones desataron una estampida que dejó tras de sí un reguero de sufrimiento. “Las bancarrotas se sucedieron y golpearon a todas las clases sociales”, recuerda Wikipedia. “La […] imposibilidad de hacer frente a los contratos y el pánico llevaron a la economía neerlandesa a la quiebra”.

Durante siglos, infinidad de economistas han visto en este episodio una prueba palmaria de los peligros del capitalismo desbocado, pero parece que no escarmentamos. A finales del año pasado, bitcóin superaba los 19.000 dólares. No está mal para una divisa que en 2009 se regalaba. Literalmente. “Luego”, dice en Actualidad Económica Alberto Gómez Toribio, responsable tecnológico de la consultora Nevtrace, “alguien [el programador Laszlo Hanyecz] ofreció 10.000 bitcoines por un par de pizzas y otro colega se las envió. Así se cerró la primera compra real”.

Aquel 22 de mayo de 2010 se celebra hoy como el Día de la Pizza Bitcóin. Si Hanyecz se hubiera tomado una barrita de Biomanán para matar el hambre y hubiera guardado las criptomonedas para mejor ocasión, se habría encontrado en diciembre de 2017 con 190 millones de dólares. ¿Cómo se justifica tamaña revaluación?

“La venta de la pizza demostró que [el dinero virtual] era viable”, sigue Gómez Toribio, “y MtGox, un bazar de armas para videojuegos [Abre un inciso: “Hay quien gana fortunas con eso”. Cierra el inciso], MtGox decidió meterse en la compraventa de bitcoines. Su ejemplo cundió, otras casas entraron y acabó fijándose un precio”.

A mediados de 2014 varias firmas se animaron a aceptarlos como medio de pago: Destinia, Agatha Ruiz de la Prada, Microsoft… Era puro marketing y “su uso no ha progresado mucho más”, reconoce Jorge Ordovás, otro socio de Nevtrace. “Pero la publicidad dio liquidez al mercado. El bitcóin se podía comprar y vender con facilidad, la gente se animó a invertir y su cotización se disparó”.

Este despegue es la segunda etapa de las cinco en que el economista Hyman Minsky y el historiador Charles Kindleberger dividieron las burbujas. La primera es la sustitución. Tiene lugar cuando un grupo significativo de especuladores abandona los criterios tradicionales de valoración de activos (en el caso de una empresa, que tenga beneficios) porque, argumentan, el mundo ha cambiado y las viejas reglas ya no sirven. Esta sustitución de paradigma coincide generalmente con la aparición de un producto exótico y seductor (los tulipanes eran un lujo asiático desconocido en Europa hasta mediados del XVI) o de una tecnología disruptiva (el ferrocarril, internet, blockchain) cuyo impacto es difícil de determinar.

Una vez que se consolida el relato del nuevo paradigma y que la prensa le dedica portadas y reportajes, hasta los inversores conservadores se ven presionados para no perderse lo que podría ser una gran oportunidad. Sus compras son limitadas, pero como estamos ante una oferta todavía más restringida, el activo (los tulipanes, Terra, bitcóin) inicia un vigoroso despegue que, si dura lo suficiente, acaba dando paso a la euforia.

En esta tercera fase, los precios alcanzan niveles disparatados. En el apogeo de la fiebre inmobiliaria japonesa, el solar en el que se levanta el Palacio Imperial de Tokio llegó a valer más que todo el estado de California. No hace falta tener un MBA para darse cuenta de que algo así carece de sentido, pero la única lógica financiera que rige a estas alturas es la de tonto el último: se compra porque se confía en vender y, aunque se trate una burbuja (como todos admiten abiertamente), solo pierde el idiota que se queda con el pastel en la mano (o con el bulbo o con el bitcóin) cuando la música se detiene.

La cuarta fase es la toma de beneficios y empieza cuando los inversores más cautos deciden que el último euro lo gane otro. Su salida provoca una desaceleración de los precios, lo que a su vez resta atractivo a quienes compran para vender, que son los siguientes en retirarse. En esos momentos de precario equilibrio, agotada ya la ascensión, basta una mala noticia para que toda la estructura se desmorone y la burbuja entre en su quinta y definitiva etapa: el pánico. En 1637 se desató ante la incapacidad de encontrar comprador para un lote de tulipanes. Lo mismo le ocurrió a Paribas en 2007, cuando intentó colocar sin éxito tres fondos atestados de hipotecas subprime. Ahora, el catalizador podría haber sido la noticia de que Corea del Norte ha creado una unidad especial para hackear las casas de cambio de criptodivisas.

“Aún no hemos entrado en la fase del estallido”, escribe The Economist, “pero podría estar cerca”. ¿Qué pasará cuando llegue? ¿Arrastrará al resto de la economía a la quiebra, como la tulipomanía? ¿Puede causar bitcóin otra Gran Recesión?

Lo veremos en las dos próximas entregas.

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Vicente Garrido: “Creo que este año tendremos récord en ensayos de misiles”

Entrevista a Vicente Garrido, experto en el programa armamentístico y nuclear de Corea del Norte:

“CREO QUE ESTE AÑO TENDREMOS RÉCORD EN ENSAYOS DE MISILES”

4Asia entrevista a Vicente Garrido, Profesor de Relaciones Internacionales y Estudios de Seguridad en la Universidad Rey Juan Carlos, director del INCIPE (Instituto de Cuestiones Internacionales y Política Exterior) y miembro del Consejo Asesor sobre Asuntos de Desarme del Secretario General de las Naciones Unidas, así como del Board of Trustees del UNIDIR (United Nations Institute for Disarmament Research).

4Asia: La agenda internacional y, en especial la agenda asiática, están marcadas en los últimos meses por la escalada verbal y militar entre Estados Unidos y Corea del Norte. Se habla mucho de las capacidades nucleares del régimen norcoreano, ¿cuál es el estado actual del programa nuclear de Pyongyang?

VG: La mayoría de los analistas coincidimos en que, estos últimos años, los cálculos se han hecho mal. ¿Qué quiero decir con ello? Que la capacidad de misiles ha experimentado un avance muy importante y Corea del Norte ya tiene misiles de corto medio y largo alcance (ICBM), tiene más material fisible del que se pensaba, quizás para fabricar una horquilla de entre 30 y 60 armas nucleares, basado en reservas de plutonio y en uranio enriquecido, aunque no al 90% que es la concentración óptima. Con eso, probablemente no habrán podido ensamblar más de 12 armas, aunque muchos expertos hablan de 20. El proceso más complicado al que se enfrentan ahora es la miniaturización y ahí se enfrentan a dos problemas, conseguir un arma que quepa en la ojiva y tenga la potencia suficiente, y que no estalle el misil ni al salir ni al reentrar en la atmósfera. Por eso van a realizar cada vez más ensayos para perfeccionarlos. Corea del Norte habría recibido ayuda técnica de Pakistán, al menos desde los años 70.

4Asia: ¿Y necesitan realizar uno de estos lanzamientos de prueba con carga nuclear real?

VG: Probablemente sí, no queda otra. Al final, en la última fase necesitan comprobar el comportamiento de la carga nuclear con el misil, y solo lo pueden hacer así. Por eso estamos viendo cada vez más pruebas de misiles de largo alcance, porque probablemente ya tienen la capacidad de ensamblar esas ojivas nucleares en misiles de corto alcance, los Nodong, y están tratando también de hacerlo en los Rodong de alcance medio. No está claro si a día de hoy podría o no funcionarles, y no les está funcionando en los de largo alcance, en los Hwasong.

4Asia: Entonces, ¿podemos decir que el programa nuclear de Corea es autónomo?

VG: Desde luego. Probablemente antes ayudaron a muchos países a desarrollar sus capacidades de misiles, y a cambio han conseguido ayuda y financiación, especialmente de Pakistán, aunque este país siempre lo ha negado. Ahora tienen sus centrifugadoras, sus reactores, sus reservas de plutonio y uranio… las sanciones intentan evitar que sigan invirtiendo fondos en el programa armamentístico, pero no lo han conseguido y, de hecho, ahora mismo se cuestiona si la ayuda humanitaria y de alimentos se ha desviado para otros propósitos. Eso sí, al ser independientes en sus capacidades, al no tener ayuda, son más rudimentarios y por eso necesitan más ensayos, más pruebas, porque avanzan más lento.

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4Asia: ¿Cuál ha sido la estrategia que ha mantenido China en esta situación?

VG: China cada vez está presionando más a Corea del Norte. Durante muchos años, la estrategia ha sido: “esto es un asunto y un área de interés mía”, y dar a entender que ellos podrían arreglar el problema y liderar conversaciones. Pero Corea del Norte no se lo está poniendo fácil. Un negociador chino decía que la relación entre China y Corea del Norte es como la de los labios y los dientes, sólo que ahora los dientes han empezado a morder a los labios. China ya no se entera previamente de cuando Corea hace un ensayo; desde 2013 se entera por los medios, por eso a partir de 2016 Pekín empieza, en Naciones Unidas, a apoyar resoluciones sobre terrorismo, armas de destrucción masiva, etc., a aceptar reducir importaciones, personal diplomático… está apoyando y aplicando las resoluciones. Siempre se ha dicho que China necesita la estabilidad de Pyongyang, pero realmente en estos últimos meses estamos viendo a una China más decidida, de hecho, no veta las resoluciones en la ONU y eso ya es un gran avance, su reducción de comercio con Corea va a tener un gran impacto, pero tampoco nunca va a suprimir sus lazos comerciales con Pyongyang, no va a estrangular al régimen norcoreano.

4Asia: ¿Y la estrategia futura de negociación de Pyongyang cuál cree que va a ser? ¿Es un primer paso el diálogo que ha tenido lugar en Panmunjon en los primeros días de enero?

VG: Realmente en Panmunjon ha conseguido más el Norte que el Sur. El Norte sólo se ha comprometido a enviar a unos atletas y, a cambio, el Sur ha suspendido sus maniobras militares conjuntas con Estados Unidos. A largo plazo, Corea del Norte quiere el reconocimiento internacional como potencia nuclear. Ellos firmaron el TNP (Tratado de No Proliferación) en 1985, y acordaron que sus reactores iban a ser desmantelados tras inspeccionarlos, pero eso nunca sucedió y, en 1992, dicen que abandonan el TNP. Para que no lo hicieran, la Administración Clinton firmó con Corea del Norte el Acuerdo Marco en 1994 a través del cual les levanta las sanciones y les da ayuda a cambio de que desmantelen dos reactores plutonígenos de Yongbyon. Pero cuando llega George W. Bush suspende toda la colaboración y Pyongyang comienza su programa. Finalmente, abandonan el TNP en 2003.

Ahora, Pyongyang quiere que se les reconozca y están dispuestos a volver al TNP, pero a volver como potencia nuclear. Y esa es su estrategia, acelerar su programa y convertirse, si no de iure, sí de facto, como Pakistán e India, por ejemplo. Ellos piensan que a partir de ahí al resto no le va a quedar otra que negociar. Y es lo único que tienen, su fuerza nuclear, porque con su PIB, con su situación como país, ¿qué otra cosa tiene para negociar? No tiene nada. ¿Su estrategia para iniciar conversaciones? Muy fácil, tú me congelas las sanciones y yo me siento. ¿Y qué haces entonces? que las conversaciones duren eternamente. Son negociadores muy hábiles, solo van a hablar del tema nuclear, nunca del balístico, no van a dejar que eso se ponga sobre la mesa. Y hay otro tema que nunca se discute, que son las capacidades biológicas y químicas, que las tienen.

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4Asia: ¿Podríamos decir entonces que se vuelve a la mesa de negociación, que es la estrategia que siempre defendió China?

VG: Bueno es que, ¿qué puedes hacer si no? ¿Vas a realizar un ataque preventivo? Lo que China, y hasta cierto punto Obama, han defendido siempre es que hay que sentarse a la mesa y conversar para ver hasta dónde está dispuesto a llegar Corea del Norte. Pero claro, Corea cada vez llega más fuerte, cada vez va a exigir más y lo va a poner más difícil. Y las implicaciones de Corea del Sur y de Japón en el asunto cada vez son más grandes, Estados Unidos tiene que darles garantías de seguridad para evitar que se instale el debate de si tendrían que desarrollar su propio programa.

4Asia: El régimen de Kim Jong-un es un régimen muy jerarquizado, muy tendente al liderazgo de una sola persona y probablemente, muy corrupto también. ¿Cómo afecta esta estructura de Estado al programa nuclear?

VG: Hay mucha preocupación en torno a esto, en torno al robo de material para venderlo a grupos terroristas o un accidente, pero también hay preocupación en torno al sistema de custodia de instalaciones y del material. Además, de momento no se sabe nada sobre el sistema de control y mando; si alguien más que Kim Jong-un tiene el botón, ¿qué pasa con el botón si desaparece el líder? No se sabe, no hay doctrina nuclear, no hay un sistema de control y mando… ahora mismo es lo que diga el líder. Es su decisión personal.

Entrevista realizada por Gema Sánchez y David Montero

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La enigmática imperturbabilidad del índice del miedo. Miguel Ors Villarejo

(Foto: Dryhead, Flickr) Tras la caída del Muro de Berlín, los inversores dejaron de prestar atención a los debates electorales en los países ricos. Ese análisis se reservaba para el Tercer Mundo, donde sí te podía llegar al poder un partido que no reconocía los compromisos con el Fondo Monetario Internacional y sus lacayos imperialistas, y que te decretaba una moratoria unilateral o te nacionalizaba la banca de un día para otro.

En Occidente ese estadio parecía superado. Gobernara quien gobernara, se daba por supuesto que la gestión económica sería ortodoxa. Ahora no está claro. La Gran Recesión ha hecho verosímiles escenarios impensables. Si alguien le hubiera dicho hace solo un año que el Reino Unido iba a salirse de la Unión Europea o que el Parlamento catalán declararía la independencia, lo más probable es que se hubiera sonreído.

Pues ya ve.

Algunos bancos como Citigroup han incorporado a sus servicios de estudios a expertos en ciencias sociales para que les ayuden a prever estos cambios, pero no es fácil. Una de las herramientas de que disponen son los indicadores de riesgo geopolítico (GPR, por sus siglas en inglés), que rastrean los medios de comunicación en busca de informaciones sobre guerras, atentados, ensayos nucleares, etcétera. En principio, la abundancia de malas noticias encarece el coste del capital (los ahorradores exigen una rentabilidad superior cuando el peligro aumenta) y, por tanto, anticipa una ralentización del crecimiento. Por ello, la evolución de los GPR y la volatilidad suelen ir de la mano.

Esta correlación se ha roto, sin embargo, desde principios de 2017, lo que ha sumido “en la perplejidad a los observadores”, escriben en Vox los investigadores Lubos Pastor y Pietro Veronesi. Por una parte, el índice de Baker, Bloom y Davis “se halla muy por encima de su media de largo plazo. Esto no supone ninguna sorpresa, dada la incertidumbre que se cierne sobre las medidas de la Administración estadounidense. Pero, por otra parte, el […] índice VIX de volatilidad está en mínimos”.

Al VIX también se le conoce como “índice del miedo”, porque suele dispararse cuando la bolsa cae a plomo. Por ejemplo, el día siguiente al brexit el Ibex registró una pérdida del 12,5% y el VIX ganó un 49%. ¿No debería estar subiendo ahora, con media Europa en alerta terrorista, Kim Jong-un lanzando cohetes y Washington retirándose de tratados diplomáticos y comerciales? ¿Por qué no están nerviosos los inversores?

Pastor y Veronesi creen que no se fían de lo que leen. “Las señales que llegan de la nueva Administración [estadounidense] son difíciles de valorar. […] Un día la OTAN es obsoleta y al otro no. Un día Pekín se dedica a manipular las divisas y al otro no. Un día Donald Trump se lleva bien con Vladimir Putin y al otro no”.

El desconcierto ante estas idas y venidas se ha visto potenciado por los burdos intentos de manipulación, el más famoso de los cuales fue el empeño del presidente en que su toma de posesión había sido más multitudinaria que la de Barack Obama, cuando las fotografías de los dos actos mostraban claramente lo contrario. Como dice en Sopa de ganso Groucho Marx: “¿A quién va usted a creer? ¿A mí o a sus propios ojos?” Solo en los primeros 100 días, el Washington Post cogió a Trump en 492 tergiversaciones o mentiras. Ahora ya supera las 1.600.

La autoridad de un presidente de Estados Unidos no radica únicamente en las presiones que ejerce como general del mayor ejército del planeta o responsable de una gigantesca economía. Una declaración suya, incluso un gesto bastan a veces para mover voluntades en un sentido u otro. Este poder blando debe, sin embargo, emplearse con cautela, porque, como una moneda, se devalúa rápidamente si la emisión es excesiva.

Trump ha provocado una inflación de promesas y bravatas que se han revelado falsas o irrealizables y, ante la imposibilidad de interpretar sus señales, los inversores han dejado de tenerlas en cuenta. Por eso el VIX está plano. No es que todo vaya bien y no se vea ninguna amenaza por delante. Es que no se sabe lo que puede haber.

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El NAFTA, supervivencia en agonía. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El acuerdo de libre comercio de América del Norte (NAFTA por sus siglas en inglés) está en un proceso de deterioro de su estabilidad, a pesar de sus más de veinte años de exitoso funcionamiento. Tanto Canadá como México están apostando fuertemente por mantenerlo a flote, pero sus socios estadounidenses han repetido sin ningún tipo de dobleces que no continuarán con un acuerdo que perjudique la economía y los intereses de los Estados Unidos. La semana pasada, el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, en su visita a la Casa Blanca, apostó por impulsar el acuerdo mientras Donald Trump, en su básico vocabulario, dejaba claro que sus relaciones bilaterales con Canadá son muy buenas, pero que el NAFTA ya se verá.

Trump ha sido consistente es su oposición a este acuerdo como, en general, a casi cualquier acuerdo económico en donde los intereses de su “América First” o “Make America Great again” estén comprometidos: de acuerdo a su propia concepción, lógicamente. Ha asegurado que es el peor tratado económico nunca antes firmado y firmó una orden ejecutiva para renegociar NAFTA a muy pocos días de tomar posesión. Además de que sus asesores económicos han expresado su negativa a continuar adelante con este compromiso.

La semana pasada, en el marco de la cuarta ronda de negociaciones para intentar salvar NAFTA, el representante de intercambios estadounidense afirmó que la causa del déficit que sufre Estados Unidos es este acuerdo. Del mismo modo, alegó que es prioritario para su Administración disminuir el déficit en los intercambios entre México y Estados Unidos, que el año pasado ascendió a 36 billones de dólares, mientras con Canadá fue de 30 billones (según el Economic Complexity Index).

Chrystia Freeland, ministra de Exteriores de Canadá, por su parte aseguró que erradicar este acuerdo no será la solución al déficit estadounidense. Los números indican que en 2016 las exportaciones estadounidenses fueron de 1.42 trillones de dólares versus 2.21 trillones en importaciones globales, lo que arroja un balance negativo de 783 billones.

Los expertos no terminan de ponerse de acuerdo en cómo se podría acabar con el NAFTA. Técnicamente hay dos teorías que se manejan. La primera, que Trump puede anularlo basándose en el artículo 2205 del acuerdo, lo que le daría 90 días para la retirada total. La segunda teoría sostiene que, dado que este convenio fue aprobado por el Congreso de los Estados Unidos, es el Congreso el que tiene la autoridad legal de anularlo, lo que sería más complicado, pues de momento sigue contando con su apoyo.

El dinero es el elemento que tiene realmente en vilo este tratado; el reestablecer aranceles a los productos beneficiaría a las empresas petroleras estadounidenses, lo que se traduciría en mayor liquidez, dicen. Es también probable que se pudieran recuperar entre 500 a 700 mil empleos en empresas manufactureras en California, Michigan, New York y Texas que han sido trasladadas a México. Sin embargo, el precio de los productos agrícolas que se importan de México a Estados Unidos aumentaría instantáneamente, (vegetales, frutas, aceites comestibles, etc.) lo que terminaría teniendo un impacto inflacionario en la economía que tanto quiere proteger Donald Trump.

Los acuerdos económicos entre países, tal y como su nombre indica, son convenios en donde se gana y se sacrifican cosas para un bien común. Pretender establecer acuerdos donde sólo se benefician los intereses de una de las partes, es una gran presunción. Renegociar acuerdos existentes para poder ajustarlos a las nuevas necesidades, demandas e incluso a la nueva realidad, es políticamente correcto, pero siempre que se haga bajo el respeto hacia los otros socios.

El afán proteccionista de Trump está llevando a la nueva Administración a replantearse las normas del juego económico, y con ello tratar de imponerlas a sus aliados comerciales.

México ha ido abriendo progresivamente su mercado hacia el Pacífico. En el 2011 se creó una zona de libre comercio entre México, Colombia, Chile y Perú, que solo en el 2017, ha conseguido que el 94% de los intercambios hayan sido libres de impuestos. Además, China, Alemania y Japón (en ese orden) después de Estados Unidos y Canadá, son los países a los exportan sus productos. Y astutamente Japón está intentado hacerse con los espacios que podrían dejar las fábricas automovilísticas estadounidenses en México. En cuanto a Corea del Sur, la relación con México es bastante dinámica, tiene firmados 11 convenios de cooperación en diversas áreas (según cifras oficiales del gobierno azteca) y Seúl considera a México como el primer aliado comercial en América Latina, puente estratégico para entrar a este gran mercado. Canadá, por su parte, tiene menos riesgo, pues de momento parece que Washington apuesta por mantener las relaciones cercanas y apunta más a querer un convenio económico bilateral con ellos.

Finalmente, lo cierto es que, para Estados Unidos, ambos socios son fundamentales en su economía, y que a pesar de su tendencia súper proteccionista, a la administración Trump le tocará hacer un análisis pragmático de sus intereses frente a la realidad, pues Canadá es el primer país a donde envían sus productos, y el tercer país del que importan. Y en cuanto a México, es el segundo al que al que exportan productos, y el segundo también del que importan.

Imponer un cambio de las reglas de juego cambiará la realidad económica. La situación actual no es la misma de cuando la fuga de los empleos, lo que significa que aun intentando replicar esa pasada realidad no hay seguridad de que se podrán recuperar las manufactureras. Estamos inmersos en un proceso de cambio constante que exige adaptarse. Mirar atrás no es la clave, pues lo que dio resultado hace tres décadas no tiene garantía de ser exitoso en el mundo globalizado que vivimos hoy.