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Qué hacemos con la inmigración (3). Administrando el capital social. Miguel Ors Villarejo

En los años 90 el politólogo Robert Putnam denunció en el artículo “Bowling Alone” (“Solo en la bolera”) que los americanos habían ido reduciendo su participación en redes civiles (partidos, juntas vecinales, sindicatos, asociaciones de padres, incluso clubes de bolos) y que ello había socavado la confianza mutua (el “capital social”) y ponía en peligro la democracia.

Basaba su conjetura en dos décadas de estudio de la política italiana. Putnam había descubierto que no había grandes diferencias institucionales entre el norte y el sur, entre Milán y Sicilia. “Aunque todos esos Gobiernos regionales eran idénticos sobre el papel, sus niveles de eficiencia variaban drásticamente”, escribía. “La calidad […] venía determinada por las tradiciones de compromiso cívico (o su ausencia). La participación electoral, la lectura de prensa, la afiliación a coros y clubes de fútbol eran las señas de identidad de las comunidades ricas. De hecho […] lejos de ser un epifenómeno de la modernización socioeconómica, eran su condición previa”.

Posteriormente, en “E Pluribus Unum” Putnam alertó de que había detectado un fenómeno similar en las comunidades multiétnicas de Estados Unidos. La falta de trato directo, decía, impedía el desarrollo de capital social y comprometía, por tanto, su viabilidad. Es lo que ahora sostiene Paul Collier. Y lo que llevó el Imperio romano al colapso, según Niall Ferguson.

La socióloga Berta Álvarez-Miranda ha intentado evaluar hasta qué grado se ha reproducido este problema en las ciudades españolas que experimentaron una entrada explosiva de extranjeros. Sus conclusiones confirman que efectivamente “la diversidad étnica, a corto plazo, refuerza los procesos ya en marcha de pérdida de sociabilidad […] y contribuye a la desconfianza en los desconocidos”. En una investigación que dirigió entre 2000 y 2004, lo denunciaban tanto la población autóctona como la extranjera.

“Yo creo que la convivencia en general es nula”, se lamentaba un nativo. “Antes el barrio era un pueblo. Ahora vas del trabajo a casa y de casa al trabajo. No hablo ni con los vecinos ni con nadie, no hay relación”.

“Hay mucha prisa”, coincidía otro, “lo sé por la tienda. Antes la gente se paraba a hablar aunque no compraran, pero ahora va todo muy deprisa. Y no te digo ya si vas al Carrefour, ahí somos como robots”.

Un ecuatoriano era todavía más tajante: “Aquí nosotros no tenemos vida social, está aparcada hasta cuando regresemos a nuestro país”.

“Estas pinceladas de evidencia cualitativa”, escribe Álvarez-Miranda, “parecen dar la razón a la tesis de Putnam de que en las zonas étnicamente diversas […] los residentes […] pueden tender a aislarse”.

Ahora bien, ¿pone en peligro la convivencia esta ausencia de trato personal? En realidad, en las economías avanzadas el capital social emana sobre todo del correcto funcionamiento de las instituciones y del respeto de la legalidad. La gente participa en los juegos de cooperación no solo porque se fíe del vecino, sino porque su violación se castiga, y los primeros en reclamar que así suceda son los extranjeros, porque lo que vienen persiguiendo es ese orden. Álvarez-Miranda cuenta que, cuando le preguntas a un marroquí por qué emigra a Europa, la primera respuesta es “para buscarme la vida” y la segunda, “por los derechos”. Dos jóvenes que intentaron (sin éxito) cruzar el estrecho, la primera vez a nado y la segunda colgados de los bajos de un camión, justificaban los apuros padecidos alegando que “ahí tienen leyes”. Y añadían: “Te juro que si nuestro país reconociera nuestros derechos no nos iríamos jamás”.

A pesar de tensiones puntuales, la inmensa mayoría de la población (autóctona y foránea) no tiene ningún interés en que la cohabitación fracase y es improbable que asistamos a un nuevo derrumbe del Imperio de Occidente, como vaticina Ferguson. La diversidad tampoco ha socavado los pilares de la civilización, como afirma Collier. “Las encuestas no recogen una caída en los niveles de confianza en los países escandinavos, que son los que más inmigración han recibido”, confirma Juan Carlos Rodríguez.

Sin embargo, la radicalización de algunos musulmanes refleja una inquietante disfunción. El sociólogo Héctor Cebolla insiste en que “Europa nunca fue una Arcadia ideal”, “que ya generaba injusticias antes” y que simplemente “estamos reproduciendo los errores de siempre en personas con un trasfondo diferente”. Pero ni los terroristas de las Torres Gemelas ni los de Londres eran víctimas especiales de la exclusión. “No hay una vinculación obvia entre el estatus socioeconómico y ese tipo de violencia”, señala Juan Carlos Rodríguez.

¿Cuál es entonces la clave? ¿La religión? (Foto: Giulietta Riva, Flickr)

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Una cumbre, dos egos y un camino por recorrer. Nieves C. Pérez Rodríguez

El 12 de junio del 2018 pasará a la historia como el gran momento en que un presidente estadounidense se encontró con un líder norcoreano. Un éxito diplomático que, a priori, ha sido posible por el carácter irreverente e impredecible de Trump, así como por el hecho de que Pyongyang ha desarrollado su programa nuclear en un 95%, lo que le ha permitido sentarse a hablar prácticamente de tú a tú con la nación que a lo largo de estos tensos 70 años de aislamiento los ha tenido presionados.

Se ha pasado de una hostilidad nunca antes vista a una mesa de negociación que terminó con la firma de un acuerdo de desnuclearización. La Administración Trump ha concentrado todos sus esfuerzos en hacer historia como la única que realmente ha querido poner fin a este intrincado conflicto. El Secretario de Estado, Mike Pompeo, ha dedicado casi cada minuto de su tiempo a este esfuerzo y, lo prueban los viajes que ha hecho a Pyongyang y lo rápido que se produjo el encuentro.

Pompeo conoce en profundidad la situación norcoreana, como director de la CIA tuvo acceso a todo tipo de datos y el mismo ha dicho públicamente en varias ocasiones que Trump ha sido informado de cada detalle casi diariamente, desde que aquel tomó posesión del Departamento de Estado.

La imagen de Corea del Norte ha cambiado radicalmente. Hemos visto un líder paseando por Singapur, haciéndose selfies con el primer ministro de este país y visitando los sitios icónicos de esta ciudad Estado. Se ha humanizado su imagen, se ha convertido en un líder del mundo, en vez de ser el férreo dictador que lleva las riendas de una prisión abierta, tal y como ha sido denominada por las ONGs, por el nivel de represión al que se somete a la población.

La televisión pública norcoreana ha transmitido imágenes en tiempo real del gran apretón de manos de ambos líderes, conversando y firmando el documento, cosa que para occidente es parte fundamental del rol de los medios de comunicación, pero inédito en una sociedad tan hermética como la norcoreana. Es una gran excentricidad que el régimen esté usando todo esto como campaña de reafirmación de su liderazgo y fortalecimiento de su imagen.

Una gran curiosidad de la cumbre fue el vídeo que la Casa Blanca preparó para Kim Jong-un. Comenzando por el nombre de lo que se supone es la productora que lo hizo “Producciones imágenes del destino” (ó Destiny Pictures Production, titulaba en inglés) y que tuvo una duración de 4 minutos en las que se mostraban imágenes acompañadas por una voz que relataba el número de personas en el planeta y el pequeñísimo porcentaje de esa población que dejará un impacto en la tierra, y aquellos que tomarán decisiones que renovarán su nación. Todo ello mientras se explicaba que la Historia tiene la tendencia a repetirse, con imágenes de fondo desoladoras de los límites de Corea del Norte custodiados por militares y de los momentos de mayor tensión que se han vivido. Mostraban la imagen de Kim y de Trump como quienes podrían cambiar esta historia y hacer de Corea del Norte un lugar económicamente floreciente, donde llegue el desarrollo y la modernidad. Después de la oscuridad llega la luz, una historia de oportunidades, un nuevo comienzo, dos líderes y un nuevo destino. Al puro estilo hollywoodiense terminaba diciendo “la Historia espera para ser escrita”.

El mensaje no pudo ser más directo. Washington le dijo a Pyongyang si te subes a nuestro barco te lo damos todo: prosperidad, dinero, salud, desarrollo y, lo más importante, le garantizó la seguridad a Kim y su país.

Cada momento de la cumbre fue impactante. Las largas alfombras rojas por las que cada líder camino desde direcciones opuestas hasta llegar al centro, cuyo fondo lo decoraban las banderas estadounidenses y las norcoreanas. El punto exacto del encuentro fue el mismo centro para darse la mano cordialmente, mientras Trump ponía su mano izquierda en el brazo derecho de su homólogo, como un gesto de cercanía. Kim lo miró con una medio sonrisa y correspondiendo a las palabras de Trump, pero al momento de girar a las cámaras para la foto asume una seriedad arrogante, mientras que el estadounidense se dejaba ver cómodo y confiado de que era su gran momento y que conseguiría lo que había ido a buscar.

Las palabras del inquilino de la Casa Blanca fueron, tal y como se había pronosticado en ésta misma página, una clave para leer entre líneas junto con su lenguaje corporal. Dijo que fue un gran encuentro y Kim está dispuesto a desnuclearizar a Corea del Norte. Admitió que no es un proceso corto, ni fácil, pero que la disposición abre una nueva etapa.

No cabe duda que hay mucho por hacer, esto es sólo un primer paso, pero en diplomacia un primer paso es un gran paso. La situación en la que se ha estado durante más de 70 años no ha enderezado las cosas; por el contrario, ha hecho que Pyongyang cuente hoy con la capacidad de enviar misiles hasta el otro lado del planeta. Por lo que intentar otro camino podría ser positivo para la estabilidad mundial.

Corea del Norte podría repetir lo que ha hecho en otra ocasión, sin duda, pero al menos este intento podría servir para ayudar a muchos de los ciudadanos de a pie que luchan por sobrevivir en un país que apenas tiene alimentos y cuya economía está devastada.

Son muchas los puntos en la agenda que están pendientes. El más importante, los derechos humanos de los norcoreanos. Pero tal y como lo interpreta la Administración Trump, una vez conseguida esta primera etapa, que es la base en la que construirán la relación, podrán empezar a exigir o poner condiciones.

De momento, en EEUU se sienten complacidos porque saben que pasarán a la historia como la única Administración que fue capaz de arriesgarse y sentarse a conversar con un enemigo histórico a cambio de poder acabar con la gran amenaza nuclear que ha tenido al planeta en vilo.

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Brevísima digresión sobre los indicadores económicos alternativos. Miguel Ors Villarejo

Se estima que en el planeta habrá unos 44 millones de burros y que una cuarta parte están en China. Me imagino que esto no les dirá mucho, pero lo llamativo es que la población de pollinos siguió creciendo en las últimas décadas del siglo XX, pese al espectacular despegue que experimentó en ese mismo periodo el parque de vehículos de tracción mecánica. ¿Qué nos revela esta contradicción?

Tyler Cowen, catedrático de la Universidad George Mason y exitoso bloguero, enunció hace algún tiempo tres leyes económicas. La primera es que todas las teorías tienen algún fallo. La segunda, que se hacen estudios sobre cualquier cosa. Y la tercera, que todas las proposiciones sobre los tipos de interés reales están equivocadas.

Dejando a un lado la tercera ley, que es demasiado específica para los propósitos de este artículo, queda claro que el asunto de los burros cumple la segunda: hay estudios sobre cualquier cosa, aunque debo decirles que censar burros no es lo más excéntrico que he leído. “Cuando se trata de averiguar qué va a pasar con la economía”, dice Brad Hoppman, “no faltan métricas […] no tradicionales”. El motivo es que las tradicionales son lentas. El prestigioso National Bureau of Economic Research, que es el organismo encargado de certificar los cambios de ciclo en Estados Unidos, comunica el comienzo y el final de las recesiones con “varios meses” de retraso, lo que le resta utilidad. Igual sucede aquí con el Instituto Nacional de Estadística: para cuando anunció que España estaba en crisis no quedaba nadie que no se hubiera enterado.

Los inversores buscan, por ello, indicadores alternativos. Algunos son técnicos, como las licencias de obras, las horas trabajadas o los pedidos de los gestores de compra de las empresas. Pero hay otros más imaginativos. Trevor Davis observó que los zapatos de suela plana de los 90 dieron paso a los stilettos imposibles de Sexo en Nueva York a raíz del estallido de las puntocom, y teorizó que la longitud del tacón es inversamente proporcional a la actividad. Algo similar ocurre con las faldas: se acortan cuando las cosas van mal y se alargan cuando se recuperan. Tiene toda la lógica: la gente intenta compensar en el vestuario la alegría que falta en la economía.

El problema es que no son indicadores adelantados, igual que otras actividades que se generalizan con las vacas flacas, como ir al cine, un pasatiempo muy asequible; comprar la cerveza en el supermercado y beberla en casa en lugar de ir al bar, o no reclamar a la morgue los familiares muertos, para ahorrarse el entierro.

Mucho más práctico resulta fijarse en la altura de los edificios. La crónica de los pánicos financieros está jalonada de rascacielos: el Empire State Building (Crac del 29), las Petronas (Crisis Asiática), las torres de Florentino (Gran Recesión)… La razón es que el precio del suelo se dispara durante las burbujas y obliga a construir en altura. Es un indicador adelantado y fiable, pero tampoco funciona del todo porque las burbujas son muy divertidas, nadie quiere que acaben y, a los pocos que piden moderación, les tapan la boca y los llaman aguafiestas.

¿Y qué nos enseña la población de burros? Malcolm y Paul Starkey creen que en Europa la mejora del bienestar ha permitido a los agricultores comprarse coches, lo que ha sido letal para los medios de tracción animal. Pero en China los campesinos los siguen usando para desplazarse porque los beneficios del crecimiento todavía no les han alcanzado. La evolución de los pollinos revela un problema de desigualdad.

Dicho lo cual, no olvidemos la primera ley de Cowen: todas las teorías tienen algún fallo.

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En qué se parecen Trump y la prostituta de ‘Lo que el viento se llevó’. Miguel Ors Villarejo

El verano pasado, una profesora de Hangzhou le planteó a Hollis Robbins si le apetecía colaborar en un ensayo en el que se comparaba a la Scarlett O’Hara de Lo que el viento se llevó con la protagonista de Sueño en el pabellón rojo, un clásico de la literatura china del siglo XVIII. “La idea”, explica Robbins, “era escoger un personaje americano fuerte […] y otro chino durante un periodo […] de convulsión […] y observar sus estrategias de supervivencia”.

“Seguro”, repuso Robbins, aunque no estaba nada segura. No había terminado de leer Sueño en el pabellón rojo, pero conocía bien la obra de Margaret Mitchell y sentía curiosidad por ver qué opinaban de ella unos académicos libres de los prejuicios que dominan las universidades estadounidenses.

El resultado del experimento es curioso, no tanto por lo que los chinos dicen de la novela, como por lo que la novela dice de los chinos (y de rebote, de los americanos). Sucede a menudo que los comentarios de texto iluminan menos el texto comentado que al comentarista del texto. Ian MacEwan relataba hace poco al Telegraph que a su hijo le encargaron en clase un ensayo sobre su libro Amor perdurable. “Reconozco que le di un tutorial de qué debía tener en cuenta”, recuerda. “No leí el trabajo, pero su profesor no estuvo en absoluto de acuerdo. Creo que le puso una C+ [equivalente a un seis]”.

¿Y qué dicen los chinos de Lo que el viento se llevó? Li, la colega de Robbins, sostiene que Scarlett es una heroína valiente, que se adapta a la triunfante revolución industrial “y levanta una nueva vida sobre las viejas ruinas”. Ha entendido el “potencial que encierra el comercio con el Norte, aprovecha la oportunidad de hacer negocio con los yanquis y se enriquece”.

No es una lectura disparatada. Li no es la primera en advertir que la implacable frialdad con que Scarlett gestiona su aserradero encaja en el arquetipo del “impetuoso y rapaz CEO americano”. Lo que a Robbins le extraña es que Li no tenga más palabras de reproche para el tono nostálgico con que se retrata la sociedad sureña anterior a la Guerra de Secesión, Ku Klux Klan incluido. En Estados Unidos siempre se ha considerado deplorable, pero a Li le parece que tampoco es para tanto porque, al final, la historia acaba poniendo a cada uno en su sitio. ¿Quién sale adelante? Scarlett, que no pierde el tiempo en lamentaciones y mira al futuro.

Todo su entorno, por el contrario, se hunde lentamente, arrastrado por el empeño en revivir los buenos viejos tiempos. Recuperar la grandeza pasada se convierte en la única prioridad y a ella se supedita todo lo demás. Mitchell simboliza esta subversión de valores en la pleitesía que la aristocrática Melanie rinde a una próspera prostituta, con la que jamás se le hubiera ocurrido relacionarse en tiempos de paz, pero que ha donado 50 dólares de oro a la causa de la Confederación y, tras su derrota, está sufragando la erección de estatuas. Melanie “ha decidido que la política importa más que la moral”, dice Robbins, y por eso no duda en montarse al carruaje de aquella mujer “vulgar y chabacana”.

“Se me ocurre”, observa Robbins, “que mientras los expertos se rascan la cabeza tratando de desentrañar por qué tantos votantes de buen corazón de la Iglesia Evangélica han apoyado a un hombre con una ejecutoria tan descarada y sórdida como la del actual presidente, nuestra propia ficción nos cuenta todo lo que necesitamos saber”.

Al centrarse en el racismo de Lo que el viento se llevó, se ignora su enseñanza más provechosa: que los viejos tiempos no van a volver y que hay que dejarse de erigir estatuas y de reescribir el pasado y, como Scarlett, dedicarse a escribir lo único que está en blanco: el futuro.

Eso es al menos lo que opina la profesora de Hangzhou.

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¡No es la economía, estúpido! Miguel Ors

Con su demagógico anuncio de imponer aranceles al acero y el aluminio, Donald Trump pretende aplacar la indignación de sus votantes. Estos habrían sido víctimas de la dolosa capitulación comercial de sus predecesores, que entregaron la economía a los importadores mexicanos y asiáticos, sumiendo miles de empresas en la desesperación y la ruina y llevando el país al borde del estallido.

La idea tan querida por la izquierda de que el auge del populismo es el correlato político de la pobreza tiene una amplia tradición histórica y una reducida base empírica. Marx enseñaba que, cuando la revolución está madura, produce sus propios líderes, pero ni los bolcheviques se lo creían. “Ninguna ciudad se ha rebelado nunca solo porque estuviera hambrienta”, proclamaba uno de sus diarios durante la guerra civil rusa. Para que los parias de la tierra se agrupen en la lucha final tienen que pensar que les va a ser de alguna utilidad. De lo contrario, se quedan en casa agonizando de inanición, como aún sucede en Corea del Norte.

Dos sociólogos de la Universidad de Michigan, Charles Tilly y David Snyder, contrastaron esta hipótesis en un artículo de 1972. Analizaron los disturbios ocurridos en Francia entre 1830 y 1960 y no descubrieron ninguna relación con el malestar de la población. Tampoco los economistas Denise DiPasquale (Chicago) y Edward Glaeser (Harvard) hallaron evidencia de que la miseria desempeñara un papel relevante en los episodios de violencia social registrados en Estados Unidos entre 1960 y 1980. Estos brotes parecen más bien fruto de un cálculo racional de coste-beneficio: cuando la oportunidad de ganancia es alta y el riesgo de sanción bajo, la gente se va animando, se va animando… Y como esto es algo que se decide sobre la marcha, las revueltas no son fáciles de predecir y, una vez que han echado a andar, toman cursos insospechados. Alexis de Tocqueville cuenta en El antiguo régimen y la revolución que, en vísperas de la toma de la Bastilla, Luis XVI no tenía ni la menor idea de que fuera a perder el trono, y no digamos ya la cabeza. Y dos días antes de que los Romanov fueran depuestos, la zarina hizo este infeliz comentario: “Son solo unos gamberros. Jovencitos que corren y chillan que no hay pan para pasar el rato, y unos piquetes que impiden a los obreros trabajar. Si hiciera más frío, se habrían quedado probablemente en casa”.

Tampoco en el caso de Estados Unidos se aprecia hoy una relación entre el voto radical y el perjuicio material. “Sería osado, e incluso temerario”, escribe Javier García-Arenas en el Informe Mensual de Caixabank, “aseverar que la desigualdad es el factor principal del que se nutre el populismo”. Y razona que en los distritos electorales “más expuestos a la competencia comercial con China el apoyo al Partido Republicano en 2016 ha sido 2,2 puntos porcentuales mayor [que en aquellos que lo están menos]”, lo que no es una magnitud “especialmente elevada”.

Mucho más relevantes parecen otros aspectos, como el deseo de “preservar la homogeneidad cultural y ciertas actitudes sociales”, dice García-Arenas. En el Reino Unido, un estudio del think tank Nesta revela que ser partidario de la pena de muerte predice sensiblemente mejor que la renta o la extracción social la probabilidad de estar a favor del brexit.

Como tantos populistas, Trump justifica sus políticas con argumentos de justicia y económicos, pero su discurso apela a instintos más oscuros e inquietantes.

Acero

Trump abre otro frente

Alegre y combativo, Donald Trump se ha lanzado a la arena de la guerra comercial anunciando un rearme arancelario de las importaciones de acero y aluminio para, dice, proteger la industria de Estados Unidos, y amenazando a Europa con extender la medida al sector automovilista. Ha afirmado el atrabiliario presidente que las guerras comerciales son buenas y se ganan fácilmente, pero eso, como todos los procesos históricos, debe ser analizado a medio y largo plazo.

Aparte del hecho real de que recurriendo al nacionalismo económico el presidente Trump despierta a un monstruo apenas dormido, abre una carrera contra la globalización y la libertad de comercio, que nunca ha sido mucha, por otra parte, y penaliza a los países menos desarrollados que ya tienen políticas proteccionistas, políticamente es un mensaje nefasto que alimentará el populismo nacionalista y provocará a medio plazo dudosos beneficios a la política de Estados Unidos.

Políticamente, la medida anunciada provoca un terremoto que hará reconsiderar alianzas y estrategias. Hay que subrayar que los nuevos impuestos para el acero de fuera de Estados Unidos provocan una brecha entre Gran Bretaña y Estados Unidos que hace tambalear los planes de Londres para hacer frente al Brexit; abren un foso entre EEUU y la Unión Europea; crean problemas con Rusia y China y, lo que es más importante, con Corea del Sur, y en el caso del aluminio, penalizarán a países presentes ahora en el mercado norteamericano como Venezuela y Vietnam. Y, más, la medida ensancha la grieta en el Tratado de Libre Comercio entre EEUU, México y Canadá, que Trump quiere renegociar para, proclama, conseguir ventajas para su país.

No es fácil adelantar una posible evolución de este panorama dibujado “a grueso trazo” como lo ha definido el secretario de Comercio de EEUU en el que aún faltan los detalles. Pero parece otro paso más de Trump en una estrategia que huele a improvisación, que suena a vieja y gastada y que políticamente va a ser una fuente de inestabilidad difícil de gestionar. (Foto: Wajahat Mahmood, Flickr)

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¿Puede causar bitcóin otra Gran Recesión? (y III) Los enemigos del comercio. Miguel Ors.

“Lo que hemos visto estos años”, escribe en Quora el operador de divisas Federico Sellitti, “es cómo un increíblemente elevado número de fondos de cobertura se constituían con el exclusivo propósito de operar en criptodivisas. Crean carteras […] que permiten a gente de todo el planeta meter dinero en estos nuevos productos” y lo hacen “apalancándose”, es decir, no con fondos propios, sino prestados.

No resulta difícil reconocer en este patrón muchos elementos de la euforia de las subprime. Basta sustituir “criptodivisas” por “CDO”. Ahora como entonces, el objeto de especulación es un activo misterioso que la generalidad de los compradores no sabe en qué consiste. Ahora como entonces, el mundo sale de un largo periodo de tipos bajos, lo que incita a asumir más riesgos de los aconsejables para obtener una rentabilidad decente. Ahora como entonces, el mercado está poco o nada regulado. Y ahora como entonces, se juega a crédito, lo que significa que parte del sistema financiero se halla comprometido y no estamos ante una mera transacción libremente consentida entre dos adultos: si las cosas salen mal, las consecuencias podrían salpicarnos a todos.

Este último es, de lejos, el aspecto más inquietante. Los incrementos abruptos de precios no son en sí dañinos. De hecho, son relativamente habituales. A lo largo del último siglo, el investigador de Yale William Goetzmann ha contabilizado 72 casos en los que las principales bolsas del mundo se revalorizaron el 100% en un año y 460 casos en los que lo hicieron en tres años. Pocas de estas “aceleraciones extremas de precios” terminaron, sin embargo, con una caída igualmente abrupta, y menos aún se tradujeron en una recesión. ¿Por qué? Porque su estallido no inutilizó el mecanismo crediticio, como excepcionalmente sucedió en 1929 y 2008.

Las posibilidades de que una catástrofe similar se repita hoy son exiguas. “Los principales economistas europeos no creen que las criptodivisas representen una amenaza para la estabilidad del sistema financiero”, sentencia un informe del Center for Macroeconomics. Sus autores argumentan que se trata de una inversión “aislada” del resto de los mercados y, sobre todo, “muy pequeña”. Y añaden citando al Wall Street Journal: “Las 1.000 mayores criptodivisas valen 350.000 millones de dólares, menos que Facebook, y si mañana quedaran reducidas a cero los bancos apenas lo notarían”.

Si por burbuja entendemos una euforia que acaba desastrosamente, concluye Goetzmann, su “frecuencia es bastante pequeña”. Ni siquiera la tulipomanía lo fue, a pesar de lo que relata el artículo de la Wikipedia. “No se vio afectada mucha gente y las repercusiones para la economía general fueron modestas”, le dice la historiadora Anne Goldgar a Lorraine Boissoneault en Smithsonian.com. “No he sido capaz de documentar la quiebra de una sola persona”.

Pero si la tulipomanía no fue ninguna calamidad, ¿por qué ha pasado como tal a la posteridad? “La culpa es de los irascibles moralistas cristianos”, escribe Boissoneault. “Todas las extravagantes noticias de bancarrotas o la del marinero encarcelado por comerse un bulbo […] proceden de los panfletos de los calvinistas, a quienes inquietaba que el consumismo impulsado por el auge de los tulipanes condujera a la decadencia moral”.

Es una inquietud que no pierde vigor con los siglos. Pocas veces se ha revelado justificada, pero los enemigos del comercio, como los llama Antonio Escohotado, no descansan.

subprime

¿Puede causar bitcóin otra Gran Recesión? (II) El gran crac del crédito. Miguel Ors

(Foto: Michael Galpert, Flickr) La economía mundial navegaba apaciblemente en junio de 2007. El dinero fluía, las familias gastaban, las bolsas subían. El Nobel Robert Lucas consideraba “resuelto a efectos prácticos” el problema de la depresión y el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, hablaba de que se había inaugurado la Gran Moderación, una nueva era en la que los ciclos serían mucho menos pronunciados.

En aquel panorama idílico, la quiebra de dos fondos de Bear Sterns, un banco de inversión estadounidense, supuso un inoportuno nubarrón. Por primera vez muchos escuchábamos la palabra subprime, pero los expertos nos aclararon que se trataba de un nicho hipotecario muy reducido y la alarma se disipó.

Entonces los contratiempos se multiplicaron. En Londres se liquidó otro fondo. Bancos suizos, alemanes e incluso chinos reconocieron fuertes pérdidas. Largas colas de depositantes reclamaban airadamente sus ahorros a las puertas de Northern Rock, algo inédito en Occidente desde los años 30.

Los mercados se pusieron nerviosos y, a mediados de agosto, la Fed tuvo que bajar los tipos. El asunto desbordaba ya los estrechos límites del universo subprime. Se supo que muchas entidades tenían comprometidos miles de millones en abstrusos productos denominados CDO, pero ni ellos mismos sabían cuantificar el alcance de la avería. Citigroup efectuó una estimación inicial de 6.000 millones de dólares, luego la elevó a 11.000 millones y, finalmente, admitió que no sabía cuánto había perdido.

¿Cómo no se había dado cuenta nadie de que nos dirigíamos al abismo?

En The Trillion Dollar Meltdown (en España, El gran crac del crédito), Charles R. Morris explica que, como es habitual, el camino a la recesión estaba empedrado de buenas intenciones. Los CDO surgieron a instancias de Freddie Mac y Fannie Mae, dos agencias creadas tras la Gran Depresión para facilitar el acceso a la vivienda de las familias humildes. Igual que hacen las cajas con las cédulas, se financiaban mediante bonos respaldados por las hipotecas que concedían, pero se trataba de unos productos que ni eran tan seguros como la deuda pública (los prestatarios eran poco fiables) ni rentaban como la bolsa, de modo que casi nadie prestaba excesivo interés por ellos.

En 1983 Freddie Mac encargó a First Boston que mejorara el atractivo de estos títulos y el banco diseñó un ingenioso método. Estructuró las emisiones en tres tramos. El primero, que suponía el 70%, tenía preferencia a la hora de cobrar. Dado que jamás se habían registrado morosidades del 30%, obtuvo sin dificultad la triple A. Con los otros dos se formaron sendos paquetes que, en caso de impago, se encargarían de absorber las pérdidas. En consonancia con su mayor riesgo, la rentabilidad era también superior.

Estos bonos estructurados o CDO (collateralized debt obligation u obligaciones de deuda con un colateral o garantía) se adecuaban mejor a las exigencias de Wall Street y los inversores se abalanzaron sobre ellos, especialmente después de que el colapso de las puntocom y el 11S convirtieran la vivienda en la única apuesta sólida. Para atender la explosión de la demanda, el negocio hipotecario se industrializó. En un extremo de la cadena el broker localizaba al prestatario y lo conducía, a cambio de una comisión, a la entidad. Allí se formalizaban las operaciones y, cuando había acumulada una cantidad suficiente, se empaquetaban, se loncheaban en tres tramos y se revendían. En el extremo final de la cadena, ávidos ahorradores aguardaban un activo al que las agencias de rating habían asignado la máxima calificación.

La división del trabajo abarató las hipotecas. Un estudio de los años 90 calculaba que los compradores de vivienda se estaban ahorrando 17.000 millones al año. Pero, en un esquema en el que uno capta al cliente y otro soporta las pérdidas, es fácil que los criterios de concesión se relajen, sobre todo después de que, hacia 2003, los candidatos solventes empezaran a escasear y hubiera que echar mano de los ninja, personas que no tenían ni ingresos ni empleo ni patrimonio (No Income, No Job or Assets). Los modelos matemáticos sostenían que el riesgo era pequeño. Si uno de aquellos miserables dejaba de pagar, razonaban, el quebranto sería modesto, porque su crédito se había repartido convenientemente entre decenas de clientes de la banca de inversión, es decir, entre millonarios que podían encajar perfectamente el golpe.

Sin embargo, cuando la morosidad repuntó, estos millonarios huyeron de todo lo que oliera a hipoteca. Les daba lo mismo que fuera prime o subprime. Igual que tres siglos antes había ocurrido con los tulipanes, de repente nadie quería CDO y los fondos que los habían atesorado durante décadas debieron anotarse severas pérdidas, que en seguida se trasladaron al resto del sistema financiero.

La apoteosis llegaría en setiembre de 2008, cuando la Fed dejó caer a Lehman Brothers. Ante la imposibilidad de saber quién tenía CDO y quién no en su balance, los bancos dejaron de prestar. El crédito se desplomó y, con él, miles de empresas de todo el planeta, sumiendo el capitalismo en la peor crisis desde la Segunda Guerra Mundial.

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En el terreno que Kim quiere

La afirmación de Mike Pence de que Estados Unidos está dispuesto a negociar con Corea del Norte revela la falsedad de algunas afirmaciones que se hacen sobre la crisis y también cómo Kim Jong-un ha jugado hábilmente con los elementos sobre el terreno, es decir, sus propias amenazas, los temores de los aliados de Estados Unidos, el cálculo de China de hasta dónde debe llegar su intermediación y la opinión pública mundial que desconfía a veces más de Trump que de Corea del Norte, para colocar el balón donde quiere y jugar el partido en su terreno y con ventaja.
Corea del Norte lleva años utilizando su capacidad nuclear, o sus planes para desarrollarla, como instrumento de chantaje. Hasta la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, los episodios de crisis cuidadosamente creados por Pyongyang se traducían en concesiones de EEUU y medio mundo en forma de ayudas financieras, paliativos a las amenazas o facilidades para que no se derrumbara un sistema ruinoso que aplasta a sus ciudadanos.
Ha sido precisamente la negativa de Trump a seguir en ese juego lo que ha llevado la tensión más lejos, porque Kim conoce la debilidad internacional y cómo el miedo contamina las posibles soluciones. Trump, en su proverbial torpeza y prepotencia no ha entendido que la gente prefiere un mal acuerdo a sus pesadillas y, como ha demostrado la historia con frecuencia, los malos acuerdos han llevado a que las pesadillas se hagan realidad.
Pero así están las cosas. China sólo puede presionar hasta un punto que no haga caer el régimen; Japón juega al apaciguamiento mientras busca caminos para mejorar sus capacidades militares y Corea del Sur, el país más amenazado directamente, tiene ahora un gobierno que quiere buscar acuerdos. Es decir, que Donald Trump se ha quedado solo en su plan de llevar la presión hasta un punto de casi no retorno para que las negociaciones le fueran favorables. Ahora, aparentemente, va a tener que sentarse a hablar, cosa en principio positiva pero que hay que ver paso a paso, en un clima en el que cualquier desplante o presión añadida hará aparecer a EE.UU. como el malo de la película una vez más. (Foto: Michael Dusenne, Flickr)
Bitcoin

¿Puede causar bitcóin otra Gran Recesión? (I) La formación de una burbuja. Miguel Ors

La burbuja financiera más famosa de la historia es la de los tulipanes de 1636. De repente, los holandeses enloquecieron. “Se conservan registros de ventas absurdas”, se lee en Wikipedia. La variedad Semper Augustus, altamente estimada por el dibujo en forma de llamas de sus pétalos, llegó a valer tanto como una mansión en un buen barrio de Amsterdam, con su jardín y su coche de caballos. La histeria era absoluta. Un pobre marinero que confundió un bulbo con una cebolla y se lo zampó dentro de un bocadillo de arenque fue condenado a seis meses de cárcel.

Gente de toda condición se vio seducida por la facilidad con que se ganaba dinero y, cuando los precios se dieron inevitablemente la vuelta, las prisas por deshacer posiciones desataron una estampida que dejó tras de sí un reguero de sufrimiento. “Las bancarrotas se sucedieron y golpearon a todas las clases sociales”, recuerda Wikipedia. “La […] imposibilidad de hacer frente a los contratos y el pánico llevaron a la economía neerlandesa a la quiebra”.

Durante siglos, infinidad de economistas han visto en este episodio una prueba palmaria de los peligros del capitalismo desbocado, pero parece que no escarmentamos. A finales del año pasado, bitcóin superaba los 19.000 dólares. No está mal para una divisa que en 2009 se regalaba. Literalmente. “Luego”, dice en Actualidad Económica Alberto Gómez Toribio, responsable tecnológico de la consultora Nevtrace, “alguien [el programador Laszlo Hanyecz] ofreció 10.000 bitcoines por un par de pizzas y otro colega se las envió. Así se cerró la primera compra real”.

Aquel 22 de mayo de 2010 se celebra hoy como el Día de la Pizza Bitcóin. Si Hanyecz se hubiera tomado una barrita de Biomanán para matar el hambre y hubiera guardado las criptomonedas para mejor ocasión, se habría encontrado en diciembre de 2017 con 190 millones de dólares. ¿Cómo se justifica tamaña revaluación?

“La venta de la pizza demostró que [el dinero virtual] era viable”, sigue Gómez Toribio, “y MtGox, un bazar de armas para videojuegos [Abre un inciso: “Hay quien gana fortunas con eso”. Cierra el inciso], MtGox decidió meterse en la compraventa de bitcoines. Su ejemplo cundió, otras casas entraron y acabó fijándose un precio”.

A mediados de 2014 varias firmas se animaron a aceptarlos como medio de pago: Destinia, Agatha Ruiz de la Prada, Microsoft… Era puro marketing y “su uso no ha progresado mucho más”, reconoce Jorge Ordovás, otro socio de Nevtrace. “Pero la publicidad dio liquidez al mercado. El bitcóin se podía comprar y vender con facilidad, la gente se animó a invertir y su cotización se disparó”.

Este despegue es la segunda etapa de las cinco en que el economista Hyman Minsky y el historiador Charles Kindleberger dividieron las burbujas. La primera es la sustitución. Tiene lugar cuando un grupo significativo de especuladores abandona los criterios tradicionales de valoración de activos (en el caso de una empresa, que tenga beneficios) porque, argumentan, el mundo ha cambiado y las viejas reglas ya no sirven. Esta sustitución de paradigma coincide generalmente con la aparición de un producto exótico y seductor (los tulipanes eran un lujo asiático desconocido en Europa hasta mediados del XVI) o de una tecnología disruptiva (el ferrocarril, internet, blockchain) cuyo impacto es difícil de determinar.

Una vez que se consolida el relato del nuevo paradigma y que la prensa le dedica portadas y reportajes, hasta los inversores conservadores se ven presionados para no perderse lo que podría ser una gran oportunidad. Sus compras son limitadas, pero como estamos ante una oferta todavía más restringida, el activo (los tulipanes, Terra, bitcóin) inicia un vigoroso despegue que, si dura lo suficiente, acaba dando paso a la euforia.

En esta tercera fase, los precios alcanzan niveles disparatados. En el apogeo de la fiebre inmobiliaria japonesa, el solar en el que se levanta el Palacio Imperial de Tokio llegó a valer más que todo el estado de California. No hace falta tener un MBA para darse cuenta de que algo así carece de sentido, pero la única lógica financiera que rige a estas alturas es la de tonto el último: se compra porque se confía en vender y, aunque se trate una burbuja (como todos admiten abiertamente), solo pierde el idiota que se queda con el pastel en la mano (o con el bulbo o con el bitcóin) cuando la música se detiene.

La cuarta fase es la toma de beneficios y empieza cuando los inversores más cautos deciden que el último euro lo gane otro. Su salida provoca una desaceleración de los precios, lo que a su vez resta atractivo a quienes compran para vender, que son los siguientes en retirarse. En esos momentos de precario equilibrio, agotada ya la ascensión, basta una mala noticia para que toda la estructura se desmorone y la burbuja entre en su quinta y definitiva etapa: el pánico. En 1637 se desató ante la incapacidad de encontrar comprador para un lote de tulipanes. Lo mismo le ocurrió a Paribas en 2007, cuando intentó colocar sin éxito tres fondos atestados de hipotecas subprime. Ahora, el catalizador podría haber sido la noticia de que Corea del Norte ha creado una unidad especial para hackear las casas de cambio de criptodivisas.

“Aún no hemos entrado en la fase del estallido”, escribe The Economist, “pero podría estar cerca”. ¿Qué pasará cuando llegue? ¿Arrastrará al resto de la economía a la quiebra, como la tulipomanía? ¿Puede causar bitcóin otra Gran Recesión?

Lo veremos en las dos próximas entregas.