Irán: cinismo y propaganda.

Las peripecias del acuerdo sobre el desarrollo del acuerdo con Irán para contener sus proyectos de rearme nuclear, la salida de EEUU de ese acuerdo y las reacciones subsiguientes resumen y visualizan la historia occidental de los últimos cien años. La tendencia europea al apaciguamiento y al mal menor, que tan nefastos resultados dio con Hitler y con Stalin sin que parezca que esté realmente asumido, siguen impregnando casi cualquier medida. Hace tiempo que se ha hecho dogma una máxima que, como todas, puede ser una expresión de sabiduría o de inmensa cobardía según los casos. Se trata de esa que dice “vale más un mal acuerdo que una buena guerra”. Y es que demasiadas veces un mal acuerdo, lejos de evitarla, ha conducido a una buena guerra.

El acuerdo con Irán es incompleto y mejorable. Así lo han admitido todos los firmantes salvo Irán, aunque todos consideraban tras la firma que era el acuerdo posible. En función de él, Irán se comprometía a no desarrollar su programa nuclear y de enriquecimiento de uranio durante diez años. Pero quedaba fuera el control y la limitación de su programa de misiles, los vectores justamente necesarios para, en diez años, propulsar las cargas nucleares que ya entonces estarán en situación de desarrollar. Porque durante estos diez años nada impedía que la tecnología iraní creciera en conocimiento con la experiencia que ya tenía, y el acuerdo admitía que no habría inspecciones independientes y por sorpresa de los centros clave del desarrollo nuclear iraní.

A cambio de estas “cesiones” de Teherán, Occidente levantó las sanciones, dio un balón de oxígeno a la tambaleante economía iraní y alivió un horizonte de tensiones sociales. Y esto, a la vez, supuso la vuelta del petróleo iraní al mercado con la consiguiente caída de los precios y la llegada de empresas occidentales a hacer negocio.

Lo fundamental para la teocracia iraní fue que ganó tiempo, ingresó dinero, siguió con sus desarrollo de misiles de medio y largo alcance (hay que recordar que en estos momentos Irán puede alcanzar objetivos en Grecia, por poner un ejemplo) y al calor de las tensiones regionales inició una política exterior con presencia militar en toda la región, notoriamente en Yemen y Siria. Este escenario, que fue previsto y anunciado por Israel y Arabia Saudí desde la misma firma del acuerdo, no debe ser olvidado.

En ese contexto, Trump gana las elecciones anunciando que romperá el acuerdo para renegociar otro más completo tras un Obama en retirada. Ahora, con Arabia Saudí y Egipto en guerra en Yemen para contener a Irán y unidades militares iraníes de la Brigada Al Quds en la frontera oriental de Israel y Hizbullah, rearmada por Irán y con asesores de este país en la frontera norte, la situación es de emergencia. Israel vuelve a estar en riesgo de supervivencia y, con la complicidad rusa, puede perder Occidente un sitio en aquella zona.

En ese marco, todos han estado de acuerdo en que hay que hacer otro acuerdo. La diferencia está en que Europa quiere hacerlo sin romperlo, para preservar sus negocios, y EEUU sostiene que la mano dura que funcionó con Corea del Norte puede funcionar con Irán. Esa es la discusión.

A partir de ahí, sostener que Trump, por maleducado e impresentable que sea, aumenta la inestabilidad es puro cinismo. La inestabilidad en la zona la viene aumentando Irán con la ayuda de ese acuerdo y no Trump con su decisión.

Cómo atar más a Irán y como defender a Israel, la única democracia de la zona y la primera línea de defensa de las libertades que son cotidianas en Occidente, debería ser el debate. Lo demás es humo y propaganda.

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