INTERREGNUM: China: los límites al crecimiento. Fernando Delage

Según los datos anunciados hace unos días, el PIB chino creció un 5,2 por cien en 2023; una cifra ligeramente por encima del objetivo oficial del cinco por cien, y que superó con creces el tres por cien del año anterior, cuando la economía estaba aún sujeta a las duras restricciones de la política de covid-cero. Ese resultado no significa, sin embargo, que se hayan corregido los problemas estructurales de fondo, como las dificultades del sector inmobiliario (que representa más del veinte por cien de la economía, y en el que la inversión cayó cerca de un diez por cien con respecto a 2022), las presiones deflacionistas, o las variables demográficas, factores todos ellos que reducen en gran medida el potencial de crecimiento a largo plazo.

Como también se anunció, en efecto, la población se redujo por segundo año consecutivo: la caída en 2023 fue de más de dos millones de personas, confirmándose una tendencia imparable que obliga a preguntarse por la continuidad del ascenso chino. Como consecuencia de la menor natalidad y de un acelerado envejecimiento, la población activa china ha pasado del 24 por cien al 19 por cien del total mundial (y se estima que se reducirá hasta el 10 por cien en los próximos 35 años). También disminuirá por tanto el porcentaje de la economía mundial representado por la República Popular, como ya está ocurriendo desde 2022.

Otras variables a incluir entre los obstáculos presentes son la enorme deuda china y un lento aumento de la productividad, así como el incremento del volumen de capital que sale al exterior a la vez que cae de manera notable la inversión extranjera directa en el país. Son circunstancias que se complican aún más en un contexto caracterizado por un deteriorado escenario internacional—quizá el peor al que ha hecho frente la República Popular desde los tiempos de Mao—, y por un gobierno que, pese a la necesidad de las reformas, no renuncia al control político de la vida nacional en su conjunto.

La confirmación de que el abandono de las restricciones de la pandemia no ha traducido en la restauración de la “normalidad”, condujo a finales de año a la adopción de un conjunto de medidas de estímulo. Con el objetivo concreto de apoyar al sector privado, en particular a las pymes, el 27 de noviembre se dieron a conocer hasta 25 propuestas—con la innovación tecnológica y las energías renovables como prioridades—orientadas a facilitarles al acceso a los créditos bancarios y a otros instrumentos de financiación. Aparentemente se trataba de una marcha atrás con respecto al protagonismo otorgado por el gobierno a las empresas estatales, pero los expertos dudan de que estas medidas sirvan para estimular la demanda interna cuando ya han fallado otros intentos similares. Bajo el liderazgo de Xi Jinping, la política económica china avanza en una dirección para luego retroceder y posteriormente volver a cambiar de orientación, lo que provoca la desconfianza de empresas, inversores y analistas. Resulta difícil pensar en una nueva senda de crecimiento mientras las autoridades mantengan su enfoque intervencionista.

China seguirá siendo la segunda economía del planeta, y un actor decisivo en la agenda global. Pero este complicado escenario económico tiene visos de convertirse en el principal desafío interno al poder de Xi, afectará a la evolución de las relaciones con Estados Unidos, y dañará la ambición de convertirse en un modelo para las naciones del Sur Global. Las fortalezas y capacidades del país son innegables, como lo es también su determinación de situarse en el centro de la economía mundial. La expectativa de que el siglo XXI sea el siglo de China, empieza no obstante a difuminarse.

China: crisis económica en varios frentes

China se enfrenta a una tormenta casi perfecta en el plano económico. Junto a sus problemas estructurales: demográficos, energéticos y de falta de libertades, se han unido dos problemas nuevos aunque no totalmente inesperados. El primero, la decisión del más alto tribunal de Hong Kong de ordenar la liquidación del gigante inmobiliario chino Evergrande, al no haber logrado la compañía presentar una propuesta de reestructuración de su deuda estimada en 2,39 billones de yuanes (333,000 millones de dólares.

Esta decisión arrastrar al sistema financiero chino, fuertemente estatalizado y con poco margen de maniobra en un momento en que la coyuntura internacional está creando problemas a las inversiones chinas. De hecho, China está retirando capital del exterior y paralizando algunos proyectos en África y América Latina para intentar atender a problemas internos.

Y, en conexión con esta situación está el segundo elemento, el bloqueo por parte de Irán y sus aliados hutíes de la ruta del Mar Rojo y el Canal de Suez alargando dos semanas el traslado de productos chinos a los mercados occidentales. Esto ha provocado un choque, discreto pero intenso, entre Pekín y Teherán que tiene una mayor significación si consideramos los acuerdos chino-iraníes para inversiones chinas en infraestructuras a cambio de facilitar a Pekín instalaciones navales militares en la costa de Irán en conexiones con las que ya tiene China en Pakistán.

A la vez, está presión China para que Irán frene a las milicias chiitas en Yemen se produce en el marco de un deshielo en las relaciones entre China y Estados Unidos que han felicitado a Pekín por su presión sobre Irán, lo que ha hecho torcer el gesto a la teocracia de Teherán.

Esta situación en el Mar Rojo está agravando la tensión internacional porque, de mantenerse, la subida de costes en el transporte y en las rutas del petróleo se trasladará a las economías más sólidas pero que vienen padeciendo problemas desde hace varios años como consecuencia de otros conflictos como el de Ucrania. En este escenario, China y Estados Unidos tienen los mismos intereses y van a verse obligados a pactar acciones que favorezcan los deseos de ambos en cuando a rutas comerciales y eso va a matizar al menos coyunturalmente los planes estratégicos chinos de extender su influencia hacia Oriente Medio o al menos de recalcular algunas alianzas. Son datos a tener en cuenta.

Economía infantil. David Montero.

En las últimas décadas, China ha experimentado un cambio demográfico sin precedentes, marcado por un notable descenso de su población. Este fenómeno, resultado en parte de la histórica política del hijo único y de los cambios en las tendencias de natalidad, plantea serias preguntas sobre el futuro económico del gigante asiático. ¿Cómo afectará este declive poblacional a la segunda economía más grande del mundo?

Implementada en 1979, la política del hijo único buscaba controlar el crecimiento explosivo de la población en China. Si bien fue efectiva en su objetivo, ha dejado un legado de desequilibrios demográficos. Hoy, China se enfrenta a una población que envejece rápidamente, con una tasa de natalidad que continúa disminuyendo pese a los esfuerzos del gobierno central. Según el último censo, el país está viendo el crecimiento más lento de su población desde que comenzó a recopilar datos, en la década de 1950.

El envejecimiento y la reducción de la población en edad de trabajar plantean desafíos significativos para la economía china, ya que la disminución de la fuerza laboral afectará al crecimiento económico y la competitividad de China en el mercado global. Además, el aumento de la población de edad avanzada está ejerciendo presión sobre el precario sistema de seguridad social, aumentando la demanda de pensiones y atención médica. Este cambio demográfico también está alterando los patrones de consumo, con posibles repercusiones en la demanda interna, uno de los principales pilares para el dinamismo económico del país.

Frente a estos desafíos, el gobierno chino ha tomado medidas, incluyendo la relajación de la política del hijo único en 2015 y la promoción de políticas para incentivar la natalidad. Además, se están realizando inversiones significativas en tecnología y automatización para mitigar los efectos de la escasez de mano de obra. Estas estrategias buscan no solo abordar los problemas demográficos actuales, sino también preparar a China para un futuro económico sostenible. Sin embargo, diferentes estudios afirman que pese a esto, China enfrentará desafíos continuos relacionados con su población en las próximas décadas. El equilibrio entre mantener un crecimiento económico robusto y gestionar las necesidades de una población envejecida y menguante será clave. A pesar de estos retos, el país tiene oportunidades significativas para adaptarse y prosperar en este nuevo contexto demográfico.

Como se ha podido comprobar en mercados como el europeo, el envejecimiento de la población crea una demanda creciente de productos y servicios adaptados a las necesidades de los adultos mayores. Esto incluye atención médica especializada, productos farmacéuticos, dispositivos de asistencia, viviendas adaptadas y servicios de ocio. Las empresas que se especializan en estos sectores pueden encontrar un mercado en expansión. Además, la disminución de la fuerza laboral puede acelerar la adopción de la automatización y la inteligencia artificial en la industria. Esto puede conducir a un aumento de la productividad y eficiencia, impulsando la innovación tecnológica. Las empresas que lideran en tecnologías de automatización y AI, en las que China es una potencia puntera, pueden beneficiarse significativamente. Es previsible, además, que la disminución de la población interna pueda llevar a las empresas chinas a buscar oportunidades de crecimiento en mercados exteriores. Probablemente, en los próximos años asistiremos a un refuerzo de la expansión internacional de las empresas chinas, en busca de sustitución de la demanda interna. Sectores como el vehículo eléctrico ya son ejemplo de esto.

En definitiva, China tiene un problema y tiene oportunidades. Pero sobre todo, no tiene (suficientes) niños. De la gestión que haga de esto dependerá en gran medida su crecimiento económico futuro y la posibilidad de, de verdad, convertirse en una alternativa real a Estados Unidos.

Irán-Pakistán, ¿nuevo frente?

Los enfrentamientos entre Irán y Pakistán a lo largo de su frontera han puesto un punto más de alerta en la región situada entre Oriente Medio y la península india y entre Asia Central y el Índico. Y se trata de países oficialmente aliados, que se apoyan en la pretensión pakistaní de conseguir la soberanía sobre la región india de Cachemira y que son ambos socios de China de la que reciben apoyo e inversiones estratégicas. Aunque también hay que señalar que Pakistán, país islámico de mayoría sunní se siente muy cerca de Arabia Saudí, frente a la pretensión de Irán, país islámico de mayoría chií, de ampliar su infuencia regional. De hecho Pakistán, que tiene armas nucleares, ha ofrecido a los saudíes tecnología nuclear para equilibrar los planes de Irán en este campo.

De momento el conflicto es local y se produce en territorio de Baluchistán, una región hoy dividida entre Pakistán, Afganistán e Irán, con aspiraciones hace décadas a constituir una entidad estatal propia y que, como en tantos otros casos, ha sido víctima de los manejos y errores de colonialismo británico en la zona. Irán ha atacado las bases en Pakistán del grupo terrorista suní Jaish al Adl, enemigo de los chiies y partidario de la independencia de la región de Baluchistán y Pakistán ha atacado bases de separatistas baluchis que actúan desde Irán. Este es el laberinto.

Los británicos llegaron a Baluchistán en el siglo XIX y crearon cuatro  principados: Makrán, Jarán, Las Bela y Kalat prometiendo una futura amplia autonomía. Pero a mediados del siglo XX, cuando Gran Bretaña se ve obligada a abandonar India, y la brutal lucha interétnica lleva a la creación de un Estado para los musulmanes indostánicos que sería Pakistán, Londres acepta que el territorio baluchi sea dividido en varios países. Baluchistán, evidentemente, quiso el suyo, pero Pakistán exigió que la región estuviera dentro de sus fronteras y tomó militarmente su parte.

En la situación actual el país más alarmado es China, que está intercediendo para un acuerdo porque sus planes pasan por abrir una vía estable desde su territorio hasta el Índico, tanto por Irán como por Pakistán, y establecer bases militares en sus puertos.

Pero las claves del conflicto tiene muchos lazos emocionales, religiosos y políticos con Oriente Próximo lo que añade un elemento de incertidumbre que no parece controlable por Pekín y los futuros puestos chinos tienen ya un rival adelantado, los hutíes, en sus propósitos de controlar las vías hacia los mercados occidentales. Ese es el endiablado escenario.

¿Y si gana Trump? David Montero

La victoria inapelable de Donald Trump en el caucus de Iowa esta misma madrugada acerca la posibilidad de un nuevo mandato presidencial a partir de enero de 2025. Entre las múltiples lecturas, análisis y teorías que se pueden establecer de este hecho, la relación de Estados Unidos con China estaría, indudablemente, en el centro de la mayoría de ellas.

Durante su primer presidencia (2017-2021), Trump adoptó una postura confrontativa hacia China, marcada por una guerra comercial, tensiones sobre Hong Kong y Taiwán, y desafíos en los ámbitos de tecnología y seguridad. En contraste, la administración de Joe Biden ha buscado un enfoque más diplomático, aunque manteniendo una postura firme en temas clave como derechos humanos y comercio. Sin duda, un segundo mandato de Trump podría significar un retorno a políticas más agresivas hacia China. Esto podría reavivar la guerra comercial, aumentar la presión sobre temas de Derechos Humanos y libertades en Hong Kong y Taiwán, y profundizar las disputas en seguridad y tecnología. Por su parte, China podría adoptar una postura más defensiva o incluso confrontativa, lo que intensificaría las tensiones bilaterales, y las posibilidades de desestabilización del ya complejo equilibrio global. La reciente victoria de Lai Ching-te y su PDP en Taiwán no van a colaborar precisamente a que Pekín esté más tranquilo, y podría provocar un esfuerzo renovado por parte de China para fortalecer alianzas en Asia y Europa, anticipando un enfoque más unilateral y sobre todo más confrontativo de EE. UU.

La victoria de Trump es, sobre todo, un aviso de lo que puede venir a un año vista. Seguro que en Pekín habrán tomado nota y estarán pensando en que, tal vez, deberían acelerar los posibles pasos que quieran dar hacia Biden antes de que sea demasiado tarde. Probablemente la reunión de hace unos meses en San Francisco tenga que ser interpretada ya en esos términos, y desde luego, todos los pasos que se den a partir de ahora en la relación bilateral estarán marcados por la sombra creciente de un Trump que se aproxima y, veremos, si termina llegando.

 

INTERREGNUM: Los taiwaneses desafían a Pekín. Fernando Delage

La reunificación de Taiwán es una “inevitabilidad histórica”, dijo en su mensaje de año nuevo, y en vísperas de las elecciones del 13 de enero en la isla, el presidente chino, Xi Jinping. La impaciencia de Xi, para quien la reunificación es un elemento central de su legado futuro, no es la única circunstancia que pone a prueba el sostenimiento del statu quo en el estrecho. Una identidad taiwanesa cada vez más consolidada (vinculada a los valores democráticos), y las dudas sobre la eficacia de  la política de ambigüedad estratégica mantenida por Estados Unidos durante décadas, son otras dos variables que han transformado el contexto del problema. Pekín ve cómo se aleja la posibilidad de una reunificación pacífica, mientras su estrategia de intimidación produce el resultado opuesto del que desea.

Ni el aumento sin precedente de incursiones navales y áreas en la proximidad de la isla, ni las medidas de coerción económica, ni las tácticas de desinformación—ya utilizadas igualmente en las elecciones de 2020 y en las municipales de 2018—han conducido a la victoria del candidato del Kuomintang, el preferido por Xi al defender la restauración del diálogo con el continente. El ganador, con el 40 por cien de los votos, ha sido William Lai, del Partido Democrático Progresista (PDP) y considerado como archienemigo por Pekín. El PDP ha obtenido así un tercer mandato consecutivo, primera vez que ocurre desde el establecimiento de elecciones presidenciales directas en 1996.

El apoyo a Lai, aunque inferior al logrado por la presidenta saliente Tsai Ing-wen en su segunda victoria en 2020 (y que, en parte, fue una respuesta a la intervención china en Hong Kong), confirma la resistencia de la sociedad taiwanesa a las presiones y su nulo interés por convertirse en parte de China. Lai, a quien Pekín no dejará de denunciar como secesionista, ha prometido continuidad con la política de su antecesora (Tsai evitó toda provocación hacia Pekín a la vez que reforzó las relaciones con Washington), y ha declarado que no proclamará la independencia: su posición es que no es necesario hacerlo al considerar la autonomía de Taiwán como “un hecho”. La República Popular debe ser consciente, por otra parte, de que un triunfo del Kuomintang tampoco hubiera supuesto un giro radical. De manera significativa, cuando el expresidente Ma Ying-jeou (2008-2016) dijo que “había que confiar en Xi”, su propia organización lo mantuvo alejado de la campaña electoral: el Partido Nacionalista no puede oponerse a lo que piensa la mayoría de la opinión pública taiwanesa.

Tampoco la irrupción de una nueva fuerza política, el Partido Popular de Taiwán (PPT), ha servido a los intentos chinos de diluir las posibilidades del PDP dividiendo el voto. El PPT ha contado con el veinte por cien de los electores, atrayendo en particular a los más jóvenes y a los desencantados con el tradicional sistema bipartidista. La reunificación tampoco ha sido defendida por su candidato. Los tres partidos coinciden en gran medida pues en la dirección general de la política exterior, en la necesidad de continuar modernizando las capacidades militares como instrumento de disuasión, sin oponerse  ninguno a los contactos con Pekín para reducir las tensiones. Las decisiones del gobierno se verán condicionadas, sin embargo, por los posibles acuerdos entre Kuomintang y PPT, al no haber obtenido el PDP la mayoría en el Parlamento (el Yuan Legislativo).

Este resultado puede ser una relativa ventaja para China, cuya reacción es la gran preocupación de los gobiernos y lo que atrae la atención de los analistas. La victoria de Lai podría traducirse en unos movimientos aún más agresivos por parte de Pekín, aunque éste también afronta sus propios obstáculos, incluyendo la desaceleración de la economía y el imperativo de reducir la tensión con Estados Unidos. Mientras no se produzcan incidentes inesperados, cabe pensar que el gobierno chino, sin abandonar por supuesto las amenazas militares y las medidas de presión, optará de momento por una relativa calma. Después de todo, Lai no tomará posesión como nuevo presidente hasta el 20 de mayo y, hasta noviembre, no se conocerá quién será el próximo ocupante de la Casa Blanca.

Taiwán, un test para EEUU y China

La victoria del candidato del PDP, Lai Ching-te (William Lai), en las elecciones taiwanesas va a plantear un test para China, para EEUU y para las relaciones entre ambos países que, desde hace unos meses han entrado en un proceso de relativa distensión.

El PDP taiwanés, que ya estaba al frente del gobierno de la isla, se caracteriza por definir su estrategia para el futuro y su gestión del presente sin que la reunificación con la China continental se plantee como un objetivo esencial. Plantea un fortalecimiento de la soberanía de la isla, su crecimiento como una nación democrática más y sin romper relaciones con China establecer con ésta unos lazos de igual a igual desde el que construir el futuro.

Esto choca con la aceleración de las pretensiones anexionistas de Pekín y sus crecientes provocaciones militares, ineficaces por otra parte como presión a los habitantes de la isla como explica en esta página el profesor Fernando Delage, y con la promesa de Xi Jinping de lograr la absorción de la isla en su mandato.

A la vez, para Estados Unidos la situación también es delicada. Ante la presión China, EEUU ha multiplicado sus promesas de apoyo a la isla y sus compromisos con la defensa de su territorio ante una eventual agresión desde el continente. Pero Washington subraya que no apoya avances hacia una independencia de iure de la isla y se muestra más partidario de un acuerdo negociado entre las dos Chinas.

La situación no es sencilla. Los habitantes de Taiwán no parecen querer vivir mirando de reojo a la China continental y quieren mantener su nivel de vida y libertades democráticas sin interferencias exteriores, al menos mientras en el continente perviva un régimen autoritaria y expansivo donde el Estado y el Partido Comunista (valga la redundancia) lo deciden todo.

A todo esto se une la incertidumbre sobre la próxima presidencia de los EEUU donde una eventual vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca inquieta a las cancillerías de todo el mundo y no sólo por las posiciones defendidas por el ahora candidato sino, sobre todo, por sus iniciativas erráticas, sus cambios imprevisibles su inacción en algunos momentos críticos y su empatía con personajes tan peligrosos con Vladimir Putín.

Corea del Norte, el vecino amigo, e incómodo, de China

Los últimos incidentes entre las dos Coreas no por habituales cada vez que Corea del Sur despliega maniobras militares con Estados Unidos son menos preocupantes. En el actual escenario internacional, que Corea del Norte haya disparado obuses sobre zonas terrestres y marítimas adyacentes a las líneas de demarcación de ambos países parece un intento deliberado de subir varios grados la tensión internacional, precisamente en un momento en que la dictadura norcoreana ha perdido capacidad desestabilizadora desplazada por los dos grandes conflictos internacionales actuales: Ucrania y Gaza.

La notoriedad alcanzada por el régimen norcoreano con su exhibición amenazante de varios meses seguida por los encuentros del dictador Kim Jon un con el entonces presidente estadunidense Donald Trump ha perdido valor el mercado de la amenaza de apocalipsis para conseguir ventajas. De ahí los gestos de exhibir una estrecha alianza con Moscú, a donde Corea del Norte podría haber enviado unos cientos de misiles (por otra parte de tecnología básica rusa) para el frente ucraniano y la actual respuesta provocadora ante las maniobras militares entre EEUU y Corea del Sur.

Una vez más, China no parece cómoda con esta situación. Aunque Pekín aparece como amigo de los coreanos del norte por su enemistad común con EEUU y Occidente, algunas iniciativas de la dictadura coreada han creado problemas a China por poner sobre la mesa situación precipitadas respecto a los planes chinos.

Porque Pekín tiene su propia agenda y sus propios planes estratégicos para intentar dominar la región y estos planes pasan actualmente por mantener una gran presión sobre Taiwán en víspera de las elecciones en la isla a la vez que explorar una distensión general con Estados Unidos y ganar tiempo. En ese contexto, la subida de la tensión en la península coreaba añade elementos que no favorecen esta estrategia china.

A la vez, China, aliado oficial de Rusia no quiere que este país gane protagonismo en el Pacífico si no es Pekín quien marca la hoja de ruta y las actuales dificultades rusas abonan esta hoja de ruta. Y es el caso que en ella irrumpe Corea del Norte como elefante en cacharrería pidiendo más protagonismo.

Taiwán. Esa isla de la que usted me habla. David Montero

Las elecciones que se avecinan en Taiwán el próximo 13 de enero representan un momento crítico en la historia reciente de la isla, con repercusiones que se extienden mucho más allá de sus costas y playas y no solo influirán en su futuro inmediato, sino también en su posición en el escenario internacional.

La inédita campaña electoral a tres bandas entre el favorito Partido Demócrático del Progreso, el Kuomintang y el Partido Popular de Taiwán se ha centrado en una variedad de temas cruciales, reflejando tanto las preocupaciones internas de Taiwán como las presiones y desafíos globales, siempre con la sombra inmensa del continente detrás. Económicamente, la isla ha mostrado una resiliencia notable, pero las incertidumbres derivadas de las tensiones con China y los desafíos de la pandemia global han puesto a prueba esta fortaleza. Los candidatos han debatido estrategias para mantener el crecimiento económico, mientras abordan problemas sociales internos, incluyendo la vivienda, la educación y la reforma sanitaria.

Sin embargo, esa clave interna, como siempre, queda en un segundo plano ante la relación de la isla con China. Las políticas hacia Beijing varían significativamente entre los partidos, desde la búsqueda de una mayor integración económica y diálogo hasta una firme defensa de la soberanía taiwanesa y una mayor distancia política bordeante con la peligrosa línea roja del independentismo. En función del resultado, estas elecciones podrían marcar un cambio significativo en la forma en que Taiwán interactúa con su poderoso vecino.

La política exterior de Taiwán, especialmente en lo que respecta a sus relaciones con Estados Unidos y otras democracias, también ha sido un punto focal. Los lazos con Estados Unidos, en particular, han alcanzado nuevos niveles de cooperación bajo la administración actual, y el resultado de las elecciones podría influir en la continuidad de este fortalecimiento de relaciones.

Los derechos humanos y las libertades civiles, siempre en el centro de la política taiwanesa, continúan siendo temas de debate. Taiwán ha sido elogiado por su progresismo en áreas como los derechos LGBTQ+ y la libertad de prensa, y estas elecciones podrían consolidar aún más estos avances, avances que, en el fondo, ahpndan la brecha de la sociedad de la antigua Formosa con la del otro lado del estrecho. Es difícil plantear la reunificación de dos sociedades cuando, cada año, estás son un poco más diferentes. El ejemplo de Hong Kong tampoco ayuda.

La pandemia de COVID-19 y la respuesta de Taiwán también han sido destacadas durante la campaña. La isla ha sido reconocida internacionalmente por su manejo exitoso del virus, lo que ha fortalecido el orgullo nacional y la confianza en el gobierno. Sin embargo, la recuperación económica y la apertura al turismo internacional siguen siendo temas de interés para los votantes.

Los partidos políticos y sus candidatos han presentado una gama de visiones para el futuro de Taiwán. El partido gobernante, el Partido Democrático Progresista (PDP), con Lai Ching-te al frente, ha enfatizado la defensa de la soberanía taiwanesa y la profundización de las relaciones con países democráticos. Por otro lado, el Kuomintang (KMT), el principal partido de la oposición, ha abogado por una aproximación más pragmática con China, enfatizando la necesidad de estabilidad económica y política.

El resultado de las elecciones del 13 de enero tendrá un impacto significativo en la dirección futura de Taiwán. No solo decidirá las políticas internas para los próximos años, sino que también determinará cómo Taiwán se posiciona a sí misma en la arena mundial, en medio de tensiones geopolíticas crecientes y una economía global en constante cambio. Una previsible victoria del gobernante PDP cerraría la puerta, al menos durante cuatro años más, a una reunificación pacífica con la República Popular, e impulsaría la estrategia de defensa y resiliencia económica de Taipei frente a Pekín, y una mayor colaboración con Estados Unidos, y en menor medida, Japón y Australia.

De fondo, habrá que ver cómo gestiona China la frustración, y hasta dónde llega la paciencia de Xi Jinping con esa isla tan pequeña, tan molesta, tan clave.

 

Dong Jun. China mueve ficha en el tablero geopolítico. David Montero

China ha anunciado el nombramiento de Dong Jun como su nuevo Ministro de Defensa. Este cambio en la jerarquía militar del gigante asiático llega en un momento crítico de las relaciones entre China y Estados Unidos, y plantea preguntas importantes sobre el futuro de la estabilidad regional y la seguridad global.Dong Jun, conocido por su destacada carrera en las Fuerzas Armadas chinas, representa una figura clave en la modernización militar del país. Su experiencia en estrategia de defensa y tecnología avanzada sugiere, para empezar, que China seguirá con el foco puesto en fortalecer sus capacidades militares, un aspecto que no habrá pasado desapercibido en Washington, que fácilmente podría interpretar el nombramiento no ya como un aviso de que China busca competir, sino posiblemente superar a las potencias occidentales en términos militares. Sin embargo, la carrera previa de Jun podría presentarlo como un halcón o una paloma, atendiendo a políticas y declaraciones previas. Habrá por tanto que estar atentos al estilo y enfoque en sus primeras apariciones y declaraciones en público para determinar si su nombramiento representa una postura de firmeza o una apertura hacia el diálogo con Estados Unidos.

El nombramiento de Dong Jun como Ministro de Defensa de China no es simplemente un cambio en el gabinete de un país; es un evento que podría redefinir el equilibrio de poder global. Este cambio, visto a través del lente de la intensa rivalidad entre China y Estados Unidos, señala potencialmente una nueva era en la política de defensa y las relaciones internacionales.

El liderazgo de Jun podría marcar un punto de inflexión en cómo China se presenta en el escenario mundial. Su enfoque en la modernización militar no solo es un mensaje a sus propios ciudadanos sobre la fortaleza y la autosuficiencia de China, sino también una declaración a la comunidad internacional sobre su disposición a ser un actor dominante, especialmente frente a potencias occidentales. La presencia de Jun plantea la hipótesis de si China quiere impulsar una nueva carrera armamentística, especialmente en áreas como la ciberseguridad, el espacio y la guerra electrónica. La respuesta de Estados Unidos a estas iniciativas será crucial. ¿Veremos una escalada en la inversión militar y tecnológica, o se buscarán caminos diplomáticos para asegurar un equilibrio de poder?

Además, esta estrategia no solo afectará a Estados Unidos. Los aliados de ambos países, en regiones como Europa, Asia-Pacífico y el Medio Oriente, tendrán que navegar en este cambiante paisaje geopolítico. En una era donde la tecnología y la defensa están inextricablemente vinculadas, una redefinición de la política de seguridad china podría tener profundas implicaciones en el comercio y la innovación tecnológica. ¿Veremos una nueva ola de restricciones y controles en las exportaciones tecnológicas? ¿Cómo equilibrarán las naciones la necesidad de seguridad con el deseo de libre comercio y cooperación tecnológica?

Por ello, en última instancia, el nombramiento de Dong Jun como Ministro de Defensa de China podría ser más que un cambio de liderazgo; dependiendo de su enfoque, será un catalizador que podría tener un impacto significativo en el panorama geopolítico del siglo XXI. Mientras el mundo observa, las decisiones y políticas de Jun (que, en última instancia, son las de Xi Jinping) no solo definirán el futuro de las relaciones sino-americanas, sino que también tendrán un impacto duradero en la estabilidad global, la diplomacia, y la seguridad internacional.