El exdictador venezolano Nicolás Maduro era el más importante socio de China en América Latina. Casualmente, sólo horas antes de su captura Maduro recibió en Caracas al enviado especial de la República Popular para la región, Qiu Xiaoqi. Pekín, que de inmediato denunció “el uso flagrante de la fuerza contra un Estado soberano”, debe ahora medir el impacto para sus intereses de la intervención norteamericana y ajustar su posición en tres distintos frentes: en el venezolano, en el subcontinente, y en la relación con Estados Unidos.
La creciente presencia china en América Latina ha sido sin duda una de las motivaciones detrás del “corolario Trump” a la doctrina Monroe, que declara como objetivo “restaurar la preeminencia de Estados Unidos en el hemisferio occidental” y mantenerlo a salvo de “incursiones hostiles extranjeras”. Si el futuro de Venezuela pondrá a prueba por tanto la estrategia internacional de la Casa Blanca, también determinará la evolución de la influencia regional del gigante asiático.
Washington pretende ser el protagonista único en la reconstrucción y la gestión de los recursos energéticos del país, para lo que espera contar con las inversiones de empresas norteamericanas. Aumentará asimismo la presión sobre otros regímenes latinoamericanos que apoya Pekín —Cuba y Nicaragua en particular—, para los que ha sido decisivo el petróleo venezolano que han recibido a precio de descuento. De manera simultánea, la Casa Blanca intentará convencer a gobiernos amigos (Argentina, Ecuador, El Salvador, Guatemala) para que frenen el comercio y las inversiones chinas, con especial atención a las infraestructuras y servicios digitales. En último término, sobresale la prioridad de Trump por el acceso a los minerales críticos de América Latina con el fin de reducir su dependencia en este terreno de China.
Aunque la demanda hecha por Washington a la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, para que interrumpa los intercambios económicos con China (así como con Rusia, Irán y Cuba) tiene un alcance real discutible, lo cierto es que la República Popular podría dejar de recibir —según se estima— unos 40 millones de barriles de crudo que ya estaban comprometidos por Caracas. En torno al 80% de las ventas de petróleo de Venezuela el pasado año se dirigió a China, pero no representan más del 4% del total de las importaciones de hidrocarburos de este último país. Mayores riesgos se plantean quizá con respecto a las grandes empresas con presencia en el sector energético, CNPC y Sinopec, cuya nacionalización podría exigir Estados Unidos. Mientras la deuda venezolana con Pekín es más que considerable, es también probable, por otro lado, que Washington imponga que las exportaciones de petróleo vuelvan a realizarse en dólares, abandonando la práctica establecida en 2017 —tras el establecimiento de sanciones— de hacerlo en yuanes, complicando en consecuencia las ambiciones chinas de avanzar en la internacionalización de su moneda.
Pekín desea evitar un retroceso en una región cuyos recursos y materias primas le son fundamentales, pero tampoco quiere poner en peligro la tregua firmada por el presidente Xi Jinping con Trump a finales de octubre. Desde esta perspectiva se abre una oportunidad de negociación. A cambio de un giro norteamericano sobre Taiwán y sobre las restricciones a la venta de tecnologías avanzadas, China podría minimizar la competición en algunos puntos. Un claro ejemplo puede ser el canal de Panamá, cuyo control es una tradicional pretensión de Trump: es posible que Pekín deje de impedir, como intentaba desde junio, la venta de los intereses portuarios de CK Hutchison, firma con sede en Hong Kong, a la norteamericana Black Rock.
Las opciones de la República Popular siguen abiertas en cualquier caso. Las autoridades chinas consideran que el impulso hegemónico de Trump en el hemisferio occidental puede tanto fortalecer como debilitar la posición global de Estados Unidos. ¿Quién puede descartar un escenario de inestabilidad en Venezuela? También en Irak Estados Unidos iba a recurrir a sus reservas de petróleo para la reconstrucción de la economía, pero el primer comprador de crudo del país es hoy China. Cierta deferencia hacia las prioridades norteamericanas otorga tiempo a Pekín y no tiene por qué ser un obstáculo para sus planes a largo plazo.




