El memorándum de entendimiento firmado el 18 de junio por Donald Trump y el presidente iraní, Masoud Pezeshkian, certificó el fiasco de la agresión contra Teherán. Si al invadir Irak en 2003 George W. Bush comenzó el proceso de declive de Estados Unidos, provocando años de caos en Oriente Próximo y fortaleciendo a Irán, la guerra lanzada por Trump junto a Israel en febrero de 2026 ha acelerado esas fuerzas, tanto a escala local como global. Si la tregua se mantiene, el fin del conflicto marcará el comienzo de una nueva etapa en la región. Por otra parte, Irán ha sido objeto de una considerable destrucción militar y económica, pero estratégicamente puede salir reforzado. Ambas circunstancias favorecen a Pekín.
La víspera de la firma del memorándum, el ministro iraní de Asuntos Exteriores, Seyyed Abbas Araghchi, agradeció a su homólogo chino, Wang Yi, su papel en las negociaciones (recuérdese que Pekín no estaba al margen de la mediación paquistaní), y subrayó la naturaleza estratégica de las relaciones con la República Popular, con quien espera expandir la cooperación en todos los terrenos. Wang le trasladó por su parte la voluntad china de fortalecer la coordinación con Irán en lo que espera sea una nueva fase de paz y estabilidad. Quizá no casualmente, ese mismo día una delegación china fue recibida en Teherán por el presidente del Parlamento, Mohammad Baqer Qalibaf, número dos del régimen –por detrás del líder supremo, Mojtaba Jamenei– y designado recientemente como representante especial para las relaciones con Pekín.
China puede beneficiarse de la situación más que Estados Unidos y que Irán. En la esfera económica, la apertura del estrecho de Ormuz facilitará que la República Popular pueda importar gas y petróleo a precios más bajos, corrigiendo el impacto que estaba teniendo la crisis sobre su sector industrial y, por tanto también, sobre la caída de la demanda mundial de sus exportaciones de manufacturas. El hecho de que el acuerdo deje margen para que Irán cobre tasas de tránsito a los buques comerciales tras sesenta días podría traducirse en el establecimiento de un sistema de precios (una poderosa arma para Teherán), conforme al cual –nadie lo duda– a China se le ofrecerían unas tarifas más reducidas que las exigidas a otros países (como Estados Unidos). De igual forma, en el marco de las inversiones que recibirá Irán para su reconstrucción, las empresas chinas tendrán un papel protagonista.
Desde una perspectiva diplomática y de defensa, el conflicto ha hecho evidente para Pekín los límites del poder militar norteamericano. Estados Unidos ha gastado miles de millones de dólares en la guerra sin haber podido controlar el estrecho, y ha reducido en gran medida su arsenal de armamento, además de haber desviado recursos desde Asia, principal epicentro geopolítico del planeta. Los efectos sobre su posición en el orden regional también se dejarán sentir a largo plazo. Por un lado, la alianza de Estados Unidos con Israel atraviesa una tensión sin precedente. Lo que comenzó como la campaña militar más integrada entre Estados Unidos e Israel en la historia terminó con un presidente norteamericano reprendiendo al primer ministro Benjamin Netanyahu en los términos más duros. La propia opinión pública de Estados Unidos ha cambiado: el 60 por ciento tiene hoy una visión negativa de Israel, frente al 42 por ciento de 2022.
La guerra ha erosionado por otra parte la presencia militar norteamericana en el Golfo Pérsico. No sólo Irán ha dañado sus instalaciones en la zona, sino que los Estados del Golfo, expuestos a una guerra que no querían y sobre la que no se les consultó, intentarán reducir su dependencia de Washington, ensanchando así el espacio para una China que ya era uno de sus principales socios económicos y tecnológicos. Para los historiadores del futuro, el memorándum será quizá el momento en el que Oriente Próximo pasó de la era de la primacía norteamericana a la de un nuevo equilibrio multipolar.




