El pasado 1 de septiembre, el Kremlin confirmó que, durante el encuentro que mantuvieron con ocasión de la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS) celebrada en Bishkek, Vladimir Putin había hablado con su homólogo chino, Xi Jinping, de la posibilidad de mantener una reunión con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, cuando los tres líderes coincidieran en la cumbre del foro de Cooperación Económica del Asia-Pacífico (APEC) que este año organiza la República Popular en Shenzhen el 18 y 19 de noviembre. Según el Wall Street Journal, en una conversación telefónica posterior con Trump el 9 de octubre, Putin le propuso la misma idea, supuestamente para negociar el fin de la guerra de Ucrania. Aunque tanto Washington como Pekín se han mostrado abiertos a la iniciativa, su celebración no puede darse por segura.
Sin una agenda cerrada poco puede anticiparse sobre una sugerencia que ya ha provocado la alarma de Kyiv y de los gobiernos europeos (que estarían ausentes de esa eventual reunión), y que ha llevado a no pocos analistas a especular sobre un reparto del mundo en esferas de influencia como ocurrió en Yalta en 1945 (con China sustituyendo esta vez a Reino Unido). Aunque resulta difícil imaginar que pueda llegarse a un acuerdo de paz en Ucrania sin la participación del presidente Zelensky, la mera propuesta revela las sombras de un nuevo orden mundial.
La iniciativa es significativa ante todo por su origen: es del Kremlin, no de Pekín o de Washington, de donde ha partido la idea, lo que indica que Moscú quiere ser considerado como uno de los grandes en la arquitectura diplomática global. Putin trataría así de capitalizar la “afinidad” que le ha mostrado Trump para transformar una guerra que no ha conseguido ganar en victoria política, intentando corregir al mismo tiempo la percepción de que la invasión de Ucrania ha hecho de Rusia un actor subordinado a China. La exclusión de los europeos sería una señal añadida de que puede darse por concluido el aislamiento internacional de Moscú.
Es cierto que Putin nunca ha estado tan cerca de su objetivo de normalizar las relaciones con Washington sin tener que hacer concesiones sobre Ucrania. El problema es que Estados Unidos no tiene la autoridad –ni la capacidad– para tomar decisiones a espaldas de Kyiv, por lo que su posición al respecto puede resultar irrelevante a efectos prácticos. Por otra parte, ¿realmente va China a reconocer a Rusia como un igual?
Es China quien aparecería como mediador entre Estados Unidos y Rusia, y por tanto como la potencia central en Eurasia. La República Popular es el salvavidas económico de Moscú, su mayor socio comercial y el principal suministrador de los componentes que mantienen en funcionamiento la maquinaria de guerra rusa. Cualquier acuerdo viable necesitará la aquiescencia de Pekín. Su papel como anfitrión de la cumbre en Shenzhen representaría por lo demás otro símbolo de su creciente proyección global. Es Xi Jinping quien dispone de mayor influencia sobre el Kremlin y el líder cuya cooperación en mayor grado necesita la Casa Blanca. Trump participaría como poco más que un invitado a un juego sino-ruso.
La idea de un mundo de tres potencias es muy del presidente norteamericano. Es conocida su preferencia por el hemisferio occidental y su falta de interés por los socios y aliados en Europa occidental y en Asia, así como sobre el concepto de un orden basado en valores democráticos. Piensa que reuniéndose con otros dos líderes con los que mantiene buenas relaciones personales puede reducir las tensiones internacionales y decidir el destino del mundo. Pero no sólo ha hecho patente su incapacidad para poner fin a las guerras de Ucrania y de Irán, sino que ha dañado gravemente los intereses nacionales de Estados Unidos mediante una política errática que ha acelerado su pérdida de influencia.
Los aliados quedan entretanto en un limbo estratégico. Preocupa a los europeos que un entendimiento con Moscú se haga a su costa, en un contexto en el que también Pekín y Washington desean hacer del Viejo Continente un actor secundario. Los socios asiáticos temen que un pacto con China debilite el compromiso norteamericano con la seguridad regional, cediendo sobre Taiwán o sobre los controles a las exportaciones tecnológicas. De materializarse la cumbre trilateral, y si Rusia y China convencen a Estados Unidos para que reduzca su ayuda a Ucrania y su presencia militar en Europa y en el Pacífico occidental, se abrirá paso una nueva (e incierta) era geopolítica. Como Yalta, también Shenzhen pasará a los libros de historia.




