Tras sucesivos procesos electorales que le dejaron sin mayoría en ambas cámaras de la Dieta, el Partido Liberal Democrático (hegemónico en Japón desde 1955 salvo dos breves periodos), eligió el pasado septiembre a Sanae Takaichi como líder. Tras conseguir los votos necesarios de otros grupos, Takaichi se convirtió unas semanas más tarde en la nueva primera ministra. Menos de cuatro meses después, Takaichi ha disuelto la Cámara Baja con la esperanza de que su popularidad permita revitalizar al PLD y proporcionarle un escenario de estabilidad política durante los próximos cuatro años. ¿Tendrá más suerte que Suga, Kishida e Ishiba, sus antecesores en el cargo desde 2020?
La alta aceptación de Takaichi, en torno al 70 por cien, es sólo comparable a la que consiguieron en distintos momentos de sus mandatos Junichiro Koizumi (2001-2006) y Shinzo Abe (2006-2007 y 2012-2020). Esa popularidad responde en parte a la novedad de ser la primera mujer al frente del gobierno y a un estilo de fuerte liderazgo, inspirado según confiesa ella misma en la exprimera ministra británica Margaret Thatcher. El principal motivo de su elección fue, no obstante, el de dar un giro hacia la derecha que permita recuperar las políticas de su mentor, Shinzo Abe, y corregir el abandono de antiguos votantes hacia las nuevas fuerzas populistas, cuyo ascenso se confirmó en las elecciones a la Cámara Alta el pasado verano.
El malestar social por el aumento del coste de la vida y la incertidumbre del contexto geopolítico son los principales desafíos que debía afrontar Takaichi, sin que tampoco lograra cerrar las divisiones internas en el partido. La minoría en la Dieta del PLD condicionaba en gran medida su margen de maniobra, lo que explica su apuesta por convocar comicios anticipados el 8 de febrero, antes del comienzo —en abril— de un nuevo año fiscal. El riesgo es, con todo, considerable: Shigeru Ishiba hizo lo mismo en octubre de 2024, nada más ser nombrado primer ministro, y el resultado fue la pérdida para el partido de su mayoría parlamentaria por primera vez en quince años.
Su incapacidad para retener a Komeito como socio de coalición —lo fue durante 26 años— supuso el primer fracaso de Takaichi. Pese a su innegable popularidad personal, los sondeos de opinión registran un apoyo al PLD en torno al 30 por cien, una cifra que apenas se ha movido desde las anteriores legislativas. Los votantes favorables a la primera ministra, pero no a su partido, pueden inclinarse en consecuencia por otros grupos de perfil conservador, como el Partido Democrático Popular o Sanseito. Por otra parte, Yoshihiko Noda, exprimer ministro y líder del Partido Democrático Constitucional, principal partido de la oposición, y Tetsuo Saito, líder de Komeito, han unido sus fuerzas para presentarse conjuntamente a los comicios al frente de la Alianza de Reforma Centrista, una alternativa adicional que puede atraer a aquellos antiguos simpatizantes de los liberales que prefieren una línea más moderada que la de Takaichi.
Si el PLD logra sumar la mayoría en la Cámara Baja con el Partido de la Innovación, socio en la coalición formada un día antes de la elección de Takaichi, ésta seguirá siendo primera ministra y obtendrá una mayor libertad de movimiento. Un mal resultado agravará, por el contrario, el vacío de liderazgo que arrastra el país desde hace unos años. El imperativo de las reformas económicas, la actualización de la estrategia de seguridad (comprometida para finales de año), la duplicación del gasto en defensa, y el temor a un acuerdo del presidente Trump con China a espaldas de Japón, revelan lo mucho que está en juego en estas elecciones.




