INTERREGNUM: La mediación de Pakistán. Fernando Delage

Considerado durante décadas como un Estado fallido, y en guerra con Afganistán desde principios de año, Pakistán ha irrumpido como mediador en las negociaciones entre Estados Unidos e Irán. Es una tarea que lleva a preguntarse por qué la ha asumido, y por qué Washington y Teherán la han aceptado. Sin olvidar, por otra parte, a qué puede deberse el aparente silencio de India.

Una primera respuesta no requiere mucha elaboración. Situado geográficamente entre Irán y el Golfo Pérsico, con relaciones formales con Teherán, acuerdos de defensa con Arabia Saudí y Qatar, cuasialiado de China, y con un renovado acercamiento a Estados Unidos, Pakistán es la sede natural para unas conversaciones que sería difícil tener en otro lugar. Islamabad ha aprovechado además la oportunidad para adquirir un cierto protagonismo diplomático, después de haber impulsado asimismo su aproximación a Turquía y a Egipto. Se habla, incluso, de un posible alineamiento cuadrilateral con estos dos últimos y Arabia Saudí.

Los intercambios con Washington han experimentado un cambio radical bajo la segunda administración Trump. No sólo el presidente norteamericano ha desarrollado una estrecha relación personal con el general Asim Munir, jefe de las fuerzas armadas, sino que Pakistán ha nominado a Trump para el premio Nobel de la Paz, se ha sumado a su Consejo para la Paz, e incluso colabora con su plataforma de criptomonedas. También ha firmado un acuerdo para la explotación de tierras raras con la Casa Blanca. Con Irán, una vez calmadas las tensiones entre los dos países por Baluchistán, provincia reclamada por Teherán, se ha recuperado una situación de normalidad.

Pakistán tiene por otra parte que proteger su economía. Su dependencia de los recursos energéticos de Arabia Saudí, de Emiratos Árabes y de Qatar está teniendo un grave impacto social y fiscal, al igual que el aumento del precio de los fertilizantes en una economía con un alto porcentaje de población activa en la agricultura. La prolongación del conflicto reducirá asimismo las remesas de los paquistaníes residentes en el Golfo, parte de los cuales podrían regresar al país, aumentando las cifras de desempleo.

En cuanto a las variables geopolíticas, la elección de Pakistán por Estados Unidos también puede deberse al empeoramiento de las relaciones con India. La afinidad que parecían tener Trump y el primer ministro, Narendra Modi, se ha deteriorado como consecuencia de los aranceles, la política norteamericana de visados, y la compra de petróleo a Rusia por parte de Delhi. Pero también por el rechazo indio a cultivar el ego de Trump como ha hecho Islamabad. Sería un error, no obstante, minusvalorar su posición.

Los vínculos con Estados Unidos en defensa, finanzas y tecnología son innegables, como son igualmente los que tiene por motivos energéticos y de conectividad con Irán (a través del puerto de Chabahar); con Israel en el terreno de defensa y armamento (Modi visitó Tel Aviv días antes del comienzo de la guerra); por no hablar de la interdependencia económica con las monarquías árabes del Golfo, donde residen millones de trabajadores indios. Son todos ellos factores que condicionan el margen de maniobra de Delhi. Apoyar a Teherán significa enfrentarse a Washington, a los Estados del Golfo y a Israel. Apoyar a este último y a Estados Unidos complicaría su acceso a Irán y arriesgaría las importaciones de petróleo a través del estrecho de Ormuz, además de dañar su reputación entre las naciones del Sur Global, bloque a cuyo liderazgo aspira.

Una política de distanciamiento puede ser en consecuencia la más ventajosa, aunque su continuidad dependerá de la duración del conflicto y del impacto sobre su economía. Si la guerra continúa, difícilmente podrá mantener su política de neutralidad.

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