Desde su lanzamiento por Japón en 2007, el Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (QUAD) nació con la motivación por parte de las grandes democracias marítimas de contrarrestar la creciente influencia de China en Asia. Las reservas de India y Australia condujeron a su suspensión, hasta que, en 2017, en un contexto de mayor inquietud por las acciones de Pekín, el gobierno japonés relanzó el grupo, considerado igualmente por la primera administración Trump como instrumento preferente de su política asiática. Aunque la posterior presidencia de Biden elevó sus encuentros al nivel de jefes de Estado y de gobierno en 2021, las cosas han cambiado en el segundo mandato de Trump. El QUAD recibió una mera mención de pasada en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, y el año concluyó sin que se celebrara la prevista cumbre anual en India.
Quizá sea prematuro concluir que el desinterés de Trump ha neutralizado su valor estratégico como apuntan algunos analistas. Es cierto, no obstante, que los cambios en la diplomacia norteamericana han provocado el desconcierto de sus socios. Si, para la actual Casa Blanca, el hemisferio occidental y Oriente Próximo son sus prioridades y, en Asia, Trump busca un acercamiento a China en la búsqueda de pactos comerciales minimizando su preocupación por la seguridad regional, es comprensible que se extienda el escepticismo sobre el futuro del QUAD. ¿Cuál es el sentido de una plataforma creada para equilibrar a la República Popular si a lo que aspira su principal integrante es a un entendimiento con Pekín?
Para intentar corregir esas dudas, Trump envió a su secretario de Estado, Marco Rubio, a Nueva Delhi, donde los cuatro ministros de Asuntos Exteriores retomaron el contacto el 26 de mayo. Si Rubio convenció a sus homólogos sobre el interés de Washington en la estabilidad del Indo-Pacífico no quedó del todo claro. Según ha trascendido, su visita, más que en el QUAD, se centró en la agenda bilateral con el gobierno de Narendra Modi, con el fin de presionar a India a que compre petróleo venezolano y norteamericano en vez del ruso, aviones a Boeing, así como otros productos industriales y agrícolas de Estados Unidos.
Dicho, eso, no faltaron resultados concretos en la reunión. El comunicado conjunto reafirmó el compromiso de los miembros con un “Indo-Pacífico Libre y Abierto”; reiteró la importancia de asegurar la libertad de navegación –incluyendo los estrechos de Hormuz y el mar Rojo–; y expresó la inquietud por la situación en los mares de China Oriental y China Meridional, al criticar –sin nombrar a China– sus “acciones peligrosas y coercitivas”. Más destacables fueron las cuatro iniciativas acordadas: sobre seguridad energética; sobre las cadenas de valor y procesamiento de minerales críticos; sobre la puesta en marcha de un programa de Cooperación de Vigilancia Marítima en el Indo-Pacífico; y, por último, un plan de colaboración con el gobierno de Fiji para el desarrollo de sus infraestructuras portuarias. Acciones todas ellas, como se ve, articuladas en respuesta a las actividades chinas.
No parecen novedades suficientes, sin embargo, para eliminar el riesgo de irrelevancia del QUAD. La erosión de su cometido tras el regreso de Trump a la Casa Blanca, y las dudas sobre si habrá cumbre de líderes en 2026 –el encuentro de Delhi no se pronunció al respecto– son malas señales. Algunos medios especulan con que el grupo podría mantenerse a nivel ministerial, como fue hasta 2021; el problema es que no quedaría asegurada su credibilidad mientras Estados Unidos mantenga una diplomacia transaccional y no la defensa de la identidad normativa con la que nació el foro. En último término, más que desaparecer, el QUAD sería probablemente sustituido por nuevos mecanismos trilaterales de coordinación entre India, Japón y Australia. Mientras, la posición estratégica de Washington en el Indo-Pacífico seguiría debilitándose en beneficio de Pekín.




