INTERREGNUM: Tras la cumbre Estados Unidos-China. Fernando Delage

La cumbre celebrada la semana pasada en Washington entre los presidentes de Estados Unidos y China no desbloqueó ninguno de los tres grandes asuntos en disputa: el desequilibrio comercial, la inteligencia artificial y las restricciones tecnológicas, y Taiwán. Era lo que cabía esperar de un encuentro en el que no se pretendía anunciar acuerdos concretos, sino transmitir una nueva señal de distensión entre las dos principales economías del planeta. Ambas comparten un mismo interés por dotar de estabilidad a las relaciones bilaterales y reducir su vulnerabilidad mutua, aunque sus efectos sean desiguales para cada una a largo plazo.

La cuestión de mayor urgencia sigue siendo la guerra comercial. La tregua de un año que acordaron Donald Trump y Xi Jinping en Corea del Sur el pasado octubre se ha extendido, si bien sólo hasta el 10 de enero. Pekín deseaba una prórroga mayor (de al menos otro año), pero la Casa Blanca prefiere mantener la presión para intentar conseguir un mejor acuerdo cuando vuelvan a reunirse en suelo norteamericano en diciembre, en la cumbre del G20 en Miami (a la que acudirá Xi siempre que Trump asista primero a la cumbre de APEC en China en noviembre). Con la tregua, los dos gobiernos ganan tiempo, pero resulta difícil imaginar que Pekín vaya a modificar su política industrial y comercial para satisfacer las demandas de Trump. Le quedan dos años de mandato y puede dudarse de que su sucesor –sea republicano o demócrata– vaya a mantener una misma aproximación hacia la República Popular.

Con respecto a la inteligencia artificial, China y Estados Unidos deberían competir sanamente, y no involucrarse en “una lucha en la que uno o gana o pierde”, dijo Xi. Como principales potencias tecnológicas, ambas comparten –insistió– la responsabilidad en el desarrollo de la IA, para asegurarse de que permanezca bajo supervisión humana y sirva al bien común. Aunque con anterioridad a la cumbre se había anunciado el establecimiento de un diálogo formal sobre IA, se desconoce cómo se va a poner en marcha cuando las partes valoran de distinto modo los riesgos que plantea y mantienen ideas opuestas sobre la necesidad de regulación.

El presidente chino declaró asimismo que espera que Estados Unidos se adhiera a “la posición correcta de oponerse a la independencia de Taiwán”. Advirtió a Washington sobre la necesidad de “abordar la cuestión con prudencia para poder sentar unas bases sólidas para la cooperación bilateral”. Pese al temor de que Trump decidiese asumir los términos chinos, la administración norteamericana no ha abandonado la fórmula menos explícita de que “no apoya” la independencia. La Casa Blanca sigue retrasando, no obstante, la firma del suministro de armamento a Taipei por valor de 14.000 millones de dólares aprobado por el Congreso en enero, y Xi no cesará en sus esfuerzos para convencer a Trump de que la anexión de la isla será inevitable.

El problema de fondo es si Washington y Pekín pueden ajustarse a sus respectivas ambiciones sin que su rivalidad estructural se traduzca en una abierta confrontación. “Lograr el rejuvenecimiento de la gran nación china y hacer que América vuelva a ser grande de nuevo pueden ir de la mano”, pues –según indicó– “debemos coexistir en paz”. Con sus palabras, reafirmó el estatus de igualdad de China con Estados Unidos (es el aspecto que más han destacado los medios de comunicación de la República Popular), y –al igual que en la cumbre anterior de mayo– demostró llevar la iniciativa con respecto a la estructura que debe guiar las relaciones entre ambas potencias. El mantenimiento de la estabilidad entre ellas, vino a decir implícitamente, depende de que Trump respete las posiciones de Pekín, un desafío que se pondrá a prueba durante los próximos meses.

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