Japón y Corea del Sur: la política de la familiaridad. Alejandro Hita

Viajes, cultura y contacto cotidiano están alterando una relación históricamente frágil. Las disputas siguen ahí; lo nuevo es que ya no ocupan todo el espacio.

Durante décadas, una de las pocas constantes de la relación entre Japón y Corea del Sur fue su capacidad para volver a deteriorarse. Una sentencia judicial, un libro de texto, una visita a un santuario, una declaración sobre el pasado colonial o una disputa territorial podían devolver rápidamente a los dos países a un terreno conocido: protestas diplomáticas, campañas de boicot y recriminaciones históricas.

En 2019 ocurrió de nuevo. La crisis abierta tras las sentencias surcoreanas sobre las compensaciones a víctimas del trabajo forzado durante el periodo colonial terminó combinándose con controles japoneses a determinadas exportaciones, respuestas comerciales surcoreanas, tensiones en materia de seguridad y un boicot a productos y viajes a Japón.

El impacto sobre la opinión pública fue considerable. Según la serie conjunta de encuestas del East Asia Institute (EAI) de Corea del Sur y el International House of Japan (IHJ), en 2020 solo el 12,3 % de los surcoreanos tenía una impresión positiva de Japón. La valoración negativa alcanzaba el 71,6 %.

Seis años después, esas cifras parecen pertenecer a otro momento.

La decimotercera encuesta conjunta EAI-IHJ, realizada en julio y publicada el 3 de agosto de 2026, sitúa en el 54,3 % la proporción de surcoreanos con una impresión favorable de Japón, el nivel más alto desde que comenzó la serie. La percepción negativa ha caído al 38,5 %. En apenas seis años, la valoración positiva ha aumentado 42 puntos porcentuales.

El cambio es demasiado grande para explicarlo únicamente por una mejora de las relaciones entre gobiernos.

Una parte importante está ocurriendo en aeropuertos, estaciones, restaurantes, tiendas, salas de cine y plataformas de entretenimiento.

Las cifras de la Japan National Tourism Organization (JNTO) ofrecen una medida de esa intensidad. En 2025 Japón recibió 9,46 millones de visitantes procedentes de Corea del Sur, un 7,3 % más que el año anterior. Corea del Sur fue el mayor mercado emisor hacia Japón, por delante de China, y representó algo más del 22 % de los 42,68 millones de visitantes internacionales que recibió el país durante el año.

El movimiento no se ha detenido. En enero de 2026, según la propia JNTO, llegaron a Japón 1,176 millones de visitantes surcoreanos. Fue la primera vez que un mercado emisor superó los 1,1 millones de llegadas a Japón en un solo mes.

Pero quizá el dato más revelador no sea cuántas personas viajaron el último año, sino cuántas han cruzado alguna vez la frontera.

En la encuesta EAI-IHJ de 2026, el 71,6 % de los surcoreanos declaró haber visitado Japón. Cuatro años antes eran el 38,7 %. Entre los japoneses, en cambio, la proporción que había estado en Corea del Sur pasó solo del 27,6 % en 2022 al 28,8 % en 2026.

La diferencia ayuda a entender otra característica del acercamiento: no es simétrico. La impresión favorable de Corea del Sur entre los japoneses también ha mejorado, hasta el 35,3 %, pero continúa muy por debajo de la valoración de Japón entre los surcoreanos. El 44,1 % de los japoneses sigue teniendo una percepción negativa de Corea del Sur.

Algo se está moviendo, por tanto, pero no de la misma manera ni a la misma velocidad a ambos lados del estrecho.

 

Más allá del soft power

Hablar simplemente de soft power quizá se queda corto.

El K-pop, las series, el cine, la belleza y la gastronomía surcoreanas han ganado un espacio considerable en Japón. Al mismo tiempo, el anime, el manga, la literatura, el J-pop, la gastronomía y el turismo japoneses forman parte cada vez más del paisaje cultural surcoreano.

Pero el efecto acumulativo de ese intercambio parece estar produciendo algo más importante que la popularidad de determinados productos culturales.

Está produciendo familiaridad.

El análisis publicado por el EAI junto con la encuesta de este año permite observar el fenómeno con algo más de precisión. Entre los surcoreanos, haber visitado Japón se asocia, en su modelo estadístico, con una probabilidad de tener una impresión positiva del país 23 puntos porcentuales mayor que entre quienes nunca lo han visitado. Entre los japoneses, haber viajado a Corea del Sur se asocia con una diferencia de 12 puntos. El consumo de cultura popular del otro país también mantiene una asociación estadísticamente significativa con una percepción más favorable en ambas sociedades.

Eso no demuestra por sí solo una relación causal. Quien ya siente interés por Japón o Corea del Sur probablemente tiene también más incentivos para viajar allí o consumir su cultura. Pero el mismo estudio ofrece otro indicio significativo: el 84,3 % de los surcoreanos que habían visitado Japón afirmó que su impresión había mejorado o continuaba siendo positiva después del viaje; entre los japoneses que habían estado en Corea del Sur, la proporción alcanzaba el 79,6 %.

La cultura produce un patrón parecido. En la encuesta, un 82,5 % de los surcoreanos y un 87,4 % de los japoneses consideraba que el consumo de cultura popular del otro país tenía un efecto positivo sobre su percepción. Los investigadores identifican además a las personas de entre veinte y treinta años como el principal grupo consumidor.

La transformación resulta especialmente llamativa en Corea del Sur. Durante décadas existieron restricciones a la importación y difusión de cultura popular japonesa. La apertura comenzó con la declaración conjunta de 1998 entre el presidente surcoreano Kim Dae-jung y el primer ministro japonés Keizo Obuchi y continuó progresivamente durante los años siguientes. El propio Ministerio de Cultura surcoreano conmemoraba en 2023 los 25 años de aquella decisión.

Menos de tres décadas después, consumir cultura japonesa o pasar unos días en Tokio, Osaka o Fukuoka puede formar parte de una experiencia completamente corriente para un joven surcoreano.

El flujo en sentido contrario es menor, pero también visible. El Gobierno Metropolitano de Seúl contabilizó en julio de 2025 alrededor de 240.000 visitantes japoneses en la ciudad, el segundo contingente internacional más numeroso aquel mes después del chino.

La importancia política de todo esto reside precisamente en su banalidad.

Las relaciones internacionales suelen observarse desde arriba: presidentes, tratados, disputas comerciales, alianzas militares. Pero una relación entre sociedades también se construye mediante millones de encuentros sin relevancia diplomática alguna. Volar a Osaka un fin de semana. Seguir a un grupo coreano. Leer a un novelista japonés. Aprender un idioma, entrar en un restaurante o descubrir que el país al otro lado del mar se parece menos a la imagen heredada de él.

Ninguna de esas experiencias resuelve una disputa histórica.

Pero todas añaden algo a la imagen del otro.

Normalización sin amnesia

Sería tentador interpretar estas cifras como la llegada de una generación «posthistórica» y concluir que japoneses y surcoreanos están dejando atrás definitivamente el pasado.

Sería también un error.

La colonización japonesa de la península entre 1910 y 1945, el trabajo forzado, las víctimas del sistema de «mujeres de consuelo» del Ejército imperial y las diferentes interpretaciones sobre el alcance del acuerdo que normalizó las relaciones diplomáticas en 1965 siguen formando parte de la política y la memoria colectiva surcoreanas.

Tampoco ha desaparecido la disputa territorial por los islotes administrados por Corea del Sur como Dokdo y reclamados por Japón como Takeshima.

La coincidencia temporal de este agosto es especialmente reveladora. El 3 de agosto, el EAI publicaba una encuesta que mostraba la mejor percepción surcoreana de Japón de toda su serie. El 4 de agosto, el Ministerio de Asuntos Exteriores surcoreano emitía una protesta formal contra el Libro Blanco de Defensa japonés de 2026 por reiterar la reivindicación de Japón sobre los islotes.

Las dos noticias no se contradicen.

Juntas describen mejor la relación actual.

Lo que está emergiendo entre Japón y Corea del Sur no es una sociedad sin memoria, sino una relación en la que la memoria empieza a convivir con muchas otras experiencias. Un surcoreano puede rechazar la posición japonesa sobre Dokdo y viajar regularmente a Tokio. Una japonesa puede mantener una visión crítica sobre determinados contenciosos bilaterales y consumir cultura coreana todos los días.

Las identidades colectivas no necesitan ser tan coherentes como a menudo presupone el debate político.

Y eso puede introducir una diferencia importante respecto a crisis anteriores. Cuando el conocimiento del vecino depende fundamentalmente de la historia, los medios y el discurso político, una crisis bilateral puede alterar con relativa facilidad la percepción del otro. Cuando esa percepción se alimenta también de millones de experiencias directas, relaciones personales y referencias culturales, cambiarla resulta más difícil.

No imposible.

Pero más difícil.

La prueba de la próxima crisis

Los gobiernos parecen haber comprendido el valor de esa infraestructura social.

Según el Ministerio de Asuntos Exteriores de Japón, en 2024 los desplazamientos entre los dos países superaron conjuntamente los 12 millones de personas, un máximo histórico. Al año siguiente, el propio ministerio señalaba una circunstancia difícil de imaginar durante algunos de los peores momentos de la relación bilateral: Japón y Corea del Sur se habían convertido, respectivamente, en el principal destino de viaje de los ciudadanos del otro país.

Durante el sexagésimo aniversario de la normalización diplomática en 2025, ambos gobiernos intentaron reforzar ese intercambio con actos culturales y ciudadanos y, durante el mes de junio, incluso habilitaron carriles migratorios prioritarios para determinados viajeros en dos aeropuertos de cada país.

La diplomacia formal también acompaña el movimiento. En mayo de 2026, la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, y el presidente surcoreano, Lee Jae-myung, se reunieron en Andong dentro de la denominada shuttle diplomacy y acordaron mantener y reforzar el clima positivo de las relaciones bilaterales, además de profundizar la coordinación económica, energética y de seguridad.

Existen razones estratégicas evidentes para ello. Corea del Norte, las tensiones con China, las dudas sobre la evolución de la política estadounidense y la reorganización de cadenas de suministro y seguridad económica en Asia proporcionan a Tokio y Seúl incentivos crecientes para cooperar.

Pero quizá lo más interesante de la relación actual sea precisamente que ya no depende únicamente de esos incentivos.

La encuesta de 2026 muestra, por ejemplo, que el 85 % de los surcoreanos cree que la cooperación económica con Japón debería mantenerse o reforzarse, mientras solo el 3,3 % considera que debería reducirse.

Es difícil separar por completo ese pragmatismo del mundo que se ha formado alrededor de la relación: turismo masivo, vuelos de corta distancia, industrias culturales que atraviesan el estrecho, cadenas de suministro compartidas y generaciones para las que el país vecino es cada vez menos una abstracción.

Nada de esto garantiza una reconciliación definitiva. Algunas heridas históricas permanecen abiertas, las percepciones siguen siendo claramente asimétricas y los incentivos políticos para movilizar el pasado no han desaparecido. Una nueva crisis podría revelar rápidamente cuánto de este cambio es estructural y cuánto depende de una coyuntura favorable.

Pero precisamente por eso la próxima crisis será más interesante que la próxima cumbre.

Durante años, cada deterioro bilateral parecía tener la capacidad de devolver la relación entre Japón y Corea del Sur a un punto de partida conocido. La cuestión ahora no es si habrá otra polémica histórica, otra declaración sobre Dokdo/Takeshima o algún nuevo choque político. Los habrá.

La cuestión es si ese punto de partida todavía existe.

Tal vez la mejor respuesta no llegue de los gobiernos ni de una encuesta.

Llegará al día siguiente, en los aeropuertos.

 

 

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