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INTERREGNUM: China: los límites al crecimiento. Fernando Delage

Según los datos anunciados hace unos días, el PIB chino creció un 5,2 por cien en 2023; una cifra ligeramente por encima del objetivo oficial del cinco por cien, y que superó con creces el tres por cien del año anterior, cuando la economía estaba aún sujeta a las duras restricciones de la política de covid-cero. Ese resultado no significa, sin embargo, que se hayan corregido los problemas estructurales de fondo, como las dificultades del sector inmobiliario (que representa más del veinte por cien de la economía, y en el que la inversión cayó cerca de un diez por cien con respecto a 2022), las presiones deflacionistas, o las variables demográficas, factores todos ellos que reducen en gran medida el potencial de crecimiento a largo plazo.

Como también se anunció, en efecto, la población se redujo por segundo año consecutivo: la caída en 2023 fue de más de dos millones de personas, confirmándose una tendencia imparable que obliga a preguntarse por la continuidad del ascenso chino. Como consecuencia de la menor natalidad y de un acelerado envejecimiento, la población activa china ha pasado del 24 por cien al 19 por cien del total mundial (y se estima que se reducirá hasta el 10 por cien en los próximos 35 años). También disminuirá por tanto el porcentaje de la economía mundial representado por la República Popular, como ya está ocurriendo desde 2022.

Otras variables a incluir entre los obstáculos presentes son la enorme deuda china y un lento aumento de la productividad, así como el incremento del volumen de capital que sale al exterior a la vez que cae de manera notable la inversión extranjera directa en el país. Son circunstancias que se complican aún más en un contexto caracterizado por un deteriorado escenario internacional—quizá el peor al que ha hecho frente la República Popular desde los tiempos de Mao—, y por un gobierno que, pese a la necesidad de las reformas, no renuncia al control político de la vida nacional en su conjunto.

La confirmación de que el abandono de las restricciones de la pandemia no ha traducido en la restauración de la “normalidad”, condujo a finales de año a la adopción de un conjunto de medidas de estímulo. Con el objetivo concreto de apoyar al sector privado, en particular a las pymes, el 27 de noviembre se dieron a conocer hasta 25 propuestas—con la innovación tecnológica y las energías renovables como prioridades—orientadas a facilitarles al acceso a los créditos bancarios y a otros instrumentos de financiación. Aparentemente se trataba de una marcha atrás con respecto al protagonismo otorgado por el gobierno a las empresas estatales, pero los expertos dudan de que estas medidas sirvan para estimular la demanda interna cuando ya han fallado otros intentos similares. Bajo el liderazgo de Xi Jinping, la política económica china avanza en una dirección para luego retroceder y posteriormente volver a cambiar de orientación, lo que provoca la desconfianza de empresas, inversores y analistas. Resulta difícil pensar en una nueva senda de crecimiento mientras las autoridades mantengan su enfoque intervencionista.

China seguirá siendo la segunda economía del planeta, y un actor decisivo en la agenda global. Pero este complicado escenario económico tiene visos de convertirse en el principal desafío interno al poder de Xi, afectará a la evolución de las relaciones con Estados Unidos, y dañará la ambición de convertirse en un modelo para las naciones del Sur Global. Las fortalezas y capacidades del país son innegables, como lo es también su determinación de situarse en el centro de la economía mundial. La expectativa de que el siglo XXI sea el siglo de China, empieza no obstante a difuminarse.

China: crisis económica en varios frentes

China se enfrenta a una tormenta casi perfecta en el plano económico. Junto a sus problemas estructurales: demográficos, energéticos y de falta de libertades, se han unido dos problemas nuevos aunque no totalmente inesperados. El primero, la decisión del más alto tribunal de Hong Kong de ordenar la liquidación del gigante inmobiliario chino Evergrande, al no haber logrado la compañía presentar una propuesta de reestructuración de su deuda estimada en 2,39 billones de yuanes (333,000 millones de dólares.

Esta decisión arrastrar al sistema financiero chino, fuertemente estatalizado y con poco margen de maniobra en un momento en que la coyuntura internacional está creando problemas a las inversiones chinas. De hecho, China está retirando capital del exterior y paralizando algunos proyectos en África y América Latina para intentar atender a problemas internos.

Y, en conexión con esta situación está el segundo elemento, el bloqueo por parte de Irán y sus aliados hutíes de la ruta del Mar Rojo y el Canal de Suez alargando dos semanas el traslado de productos chinos a los mercados occidentales. Esto ha provocado un choque, discreto pero intenso, entre Pekín y Teherán que tiene una mayor significación si consideramos los acuerdos chino-iraníes para inversiones chinas en infraestructuras a cambio de facilitar a Pekín instalaciones navales militares en la costa de Irán en conexiones con las que ya tiene China en Pakistán.

A la vez, está presión China para que Irán frene a las milicias chiitas en Yemen se produce en el marco de un deshielo en las relaciones entre China y Estados Unidos que han felicitado a Pekín por su presión sobre Irán, lo que ha hecho torcer el gesto a la teocracia de Teherán.

Esta situación en el Mar Rojo está agravando la tensión internacional porque, de mantenerse, la subida de costes en el transporte y en las rutas del petróleo se trasladará a las economías más sólidas pero que vienen padeciendo problemas desde hace varios años como consecuencia de otros conflictos como el de Ucrania. En este escenario, China y Estados Unidos tienen los mismos intereses y van a verse obligados a pactar acciones que favorezcan los deseos de ambos en cuando a rutas comerciales y eso va a matizar al menos coyunturalmente los planes estratégicos chinos de extender su influencia hacia Oriente Medio o al menos de recalcular algunas alianzas. Son datos a tener en cuenta.

Economía infantil. David Montero.

En las últimas décadas, China ha experimentado un cambio demográfico sin precedentes, marcado por un notable descenso de su población. Este fenómeno, resultado en parte de la histórica política del hijo único y de los cambios en las tendencias de natalidad, plantea serias preguntas sobre el futuro económico del gigante asiático. ¿Cómo afectará este declive poblacional a la segunda economía más grande del mundo?

Implementada en 1979, la política del hijo único buscaba controlar el crecimiento explosivo de la población en China. Si bien fue efectiva en su objetivo, ha dejado un legado de desequilibrios demográficos. Hoy, China se enfrenta a una población que envejece rápidamente, con una tasa de natalidad que continúa disminuyendo pese a los esfuerzos del gobierno central. Según el último censo, el país está viendo el crecimiento más lento de su población desde que comenzó a recopilar datos, en la década de 1950.

El envejecimiento y la reducción de la población en edad de trabajar plantean desafíos significativos para la economía china, ya que la disminución de la fuerza laboral afectará al crecimiento económico y la competitividad de China en el mercado global. Además, el aumento de la población de edad avanzada está ejerciendo presión sobre el precario sistema de seguridad social, aumentando la demanda de pensiones y atención médica. Este cambio demográfico también está alterando los patrones de consumo, con posibles repercusiones en la demanda interna, uno de los principales pilares para el dinamismo económico del país.

Frente a estos desafíos, el gobierno chino ha tomado medidas, incluyendo la relajación de la política del hijo único en 2015 y la promoción de políticas para incentivar la natalidad. Además, se están realizando inversiones significativas en tecnología y automatización para mitigar los efectos de la escasez de mano de obra. Estas estrategias buscan no solo abordar los problemas demográficos actuales, sino también preparar a China para un futuro económico sostenible. Sin embargo, diferentes estudios afirman que pese a esto, China enfrentará desafíos continuos relacionados con su población en las próximas décadas. El equilibrio entre mantener un crecimiento económico robusto y gestionar las necesidades de una población envejecida y menguante será clave. A pesar de estos retos, el país tiene oportunidades significativas para adaptarse y prosperar en este nuevo contexto demográfico.

Como se ha podido comprobar en mercados como el europeo, el envejecimiento de la población crea una demanda creciente de productos y servicios adaptados a las necesidades de los adultos mayores. Esto incluye atención médica especializada, productos farmacéuticos, dispositivos de asistencia, viviendas adaptadas y servicios de ocio. Las empresas que se especializan en estos sectores pueden encontrar un mercado en expansión. Además, la disminución de la fuerza laboral puede acelerar la adopción de la automatización y la inteligencia artificial en la industria. Esto puede conducir a un aumento de la productividad y eficiencia, impulsando la innovación tecnológica. Las empresas que lideran en tecnologías de automatización y AI, en las que China es una potencia puntera, pueden beneficiarse significativamente. Es previsible, además, que la disminución de la población interna pueda llevar a las empresas chinas a buscar oportunidades de crecimiento en mercados exteriores. Probablemente, en los próximos años asistiremos a un refuerzo de la expansión internacional de las empresas chinas, en busca de sustitución de la demanda interna. Sectores como el vehículo eléctrico ya son ejemplo de esto.

En definitiva, China tiene un problema y tiene oportunidades. Pero sobre todo, no tiene (suficientes) niños. De la gestión que haga de esto dependerá en gran medida su crecimiento económico futuro y la posibilidad de, de verdad, convertirse en una alternativa real a Estados Unidos.

INTERREGNUM: Xi: ¿un camino sin salida? Fernando Delage

La agencia oficial de estadísticas confirmó la semana pasada que la economía china ha entrado en un período de deflación, lo que se suma a otros indicadores en descenso. Por sexto mes consecutivo, las exportaciones cayeron en octubre un 6,4 por cien, a la vez que se contrajo la producción industrial. La inversión extranjera ha registrado por su parte—en el tercer trimestre del año—el primer saldo negativo en décadas: 11.800 millones de dólares. El desempleo juvenil alcanzó el 21,3 por cien en junio, fecha desde la que el gobierno ha dejado de dar cifras actualizadas. La deuda total del país se estima en el 281,5 por cien del PIB. En un contexto aún marcado por los efectos de la pandemia, además de por la crisis del sector inmobiliario y las tensiones geopolíticas, los esfuerzos de las autoridades no logran estimular la demanda.

Pero las causas del deterioro de las perspectivas económicas quizá tengan más que ver con la política, como parecen confirmar una desconfianza cada vez mayor en la estrategia seguida por el presidente Xi Jinping y, por extensión, en su liderazgo. Aunque los desafíos estructurales que afronta la economía china son bien conocidos desde hace más de una década (en particular, el recurso a la deuda para invertir en infraestructuras y viviendas, y el reducido porcentaje que representa el consumo en el PIB), la obsesión por el control ha bloqueado los ajustes necesarios.

Justamente se cumplen ahora diez años de la Tercera Sesión Plenaria del XVIII Comité Central, en la que, con sólo unos meses en el poder, Xi presentó un ambicioso plan de reformas que tenía como motivación extender el papel del mercado en la economía como base de un nuevo modelo de crecimiento. Es posible, piensan algunos, que fuera un plan al que Xi se comprometió para lograr su elección al frente del Partido Comunista. Su opción personal—reiterada en el XX Congreso hace un año—pasa en realidad por incrementar, no por reducir, el intervencionismo estatal. Las consecuencias de su aproximación están a la vista. Datos macroeconómicos negativos; una Ruta de la Seda cuyos objetivos hay que recortar en su décimo aniversario; y un notable fracaso en su doble propuesta de “circulación dual” y “prosperidad común”: la prioridad por la seguridad se ha impuesto sobre el desarrollo y ha hecho caer la inversión extranjera, mientras que los índices de desigualdad, lejos de menguar, se agrandan.

El país, dijo recientemente Xi, avanza hacia el “rejuvenecimiento nacional” y el “desarrollo de alta calidad”. No parece ser esa la opinión de los observadores; tampoco de muchos miembros del Partido. La idea de que el proceso político chino pueda estar a la deriva ha cobrado nueva fuerza tras el reciente fallecimiento del exprimer ministro Li Keqiang. El contraste entre su talante e inclinación reformista y la manera de gobernar de Xi ha resultado evidente para numerosos ciudadanos, cada vez más inquietos sobre su futuro. Al margen de las teorías conspirativas que rodean la inesperada muerte de Li, con su desaparición han trascendido los enfrentamientos en la cúpula del Partido, algunos de los cuales pudieron estallar en el cónclave del pasado verano en la playa de Beidaihe, según informó hace un par de semanas el diario Nikkei Asia.

El dogmatismo y arrogancia de Xi no sólo se ha traducido en una errónea política económica. El cese, aún no explicado, de los ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa—ambos hombres de su confianza—, así como de altos cargos del ejército, por no hablar de la humillación de la que fue objeto su antecesor, Hu Jintao, en el último Congreso, podrían haber conducido a la imposición por parte de las “viejas glorias” de la organización de ciertos límites a su poder. Por no hablar, claro está, de una política exterior que ha complicado enormemente el entorno geopolítico chino al consolidar la coalición de socios y amigos de Estados Unidos. Mientras Xi insiste en la imprescindible misión del Partido Comunista como escudo contra el caos, más de uno empieza a preguntarse si no será él la causa de los problemas. Las llamadas internas de atención quizá expliquen que haya aceptado la invitación hecha por el presidente Biden para verse esta semana en San Francisco.

INTERREGNUM: ¿Fin de ciclo económico? Fernando Delage

En un informe publicado hace unos días, el Banco Mundial ha recortado sus estimaciones de crecimiento de la economía china para el próximo año, al tiempo que ha advertido sobre la mayor caída del crecimiento de las naciones emergentes de Asia en cinco décadas. El Banco subraya así el impacto que la desaceleración china está teniendo para el continente en su conjunto.

El incremento tanto del PIB chino como de las economías en desarrollo de la región—categoría que incluye a la República Popular—será en 2024 de un 4,4 por cien (y no el 4,8 por cien estimado en abril por la misma institución). Los indicadores muestran que la recuperación esperada por Pekín tras la pandemia no se ha producido, mientras que el proteccionismo norteamericano y un notable aumento de la deuda global se han convertido en obstáculos añadidos. La caída de la demanda es un hecho: las exportaciones se han reducido en un 20 por cien en Indonesia y Malasia, por ejemplo, y más de un 10 por cien en China y Vietnam, con respecto a 2022. Los cambios en la política comercial e industrial de Estados Unidos—representados por la ley para la reducción de la inflación (IRA) y la ley de prohibición de exportación de semiconductores (la “Chips and Science Act”)—se concibieron como instrumentos dirigidos contra China, pero el sureste asiático no se ha visto a salvo de sus consecuencias.

Las estimaciones del Banco Mundial se han dado a conocer en un contexto de discusión sobre el futuro económico de China, una variable decisiva a su vez del futuro de la economía—y la geopolítica—global. ¿Logrará el objetivo de superar el PIB de Estados Unidos o bien se encontrará atrapada en la “trampa de los ingresos medios”? Entre 1980 y 2022, el PIB per capita chino pasó del dos por cien al 28 por cien del nivel de Estados Unidos. “¿Es imposible que vuelva a duplicarlo en los próximos años?”, se preguntaba recientemente Martin Wolf en su columna del Financial Times.

Unos analistas concentran su atención en una desaceleración que vinculan en particular a la crisis inmobiliaria y a la fragilidad financiera del país. Otros diagnostican problemas sistémicos de aún más difícil solución, como hace el presidente del Institute for Internacional Economics, Adam Posen, en el último número de Foreign Affairs. Tampoco faltan, sin embargo, quienes relativizan esas dificultades para hacer hincapié en las innegables fortalezas de un gigante demográfico decidido a situarse en el centro de las nuevas fronteras tecnológicas.

En último término, la clave es política. En un régimen que ha hecho de la sostenibilidad del crecimiento una variable central de su legitimidad no puede descartarse que—pese a un discurso que subraya la prioridad de las cuestiones de “seguridad” en el sentido más amplio—, se tomen no obstante las medidas necesarias para afrontar problemas estructurales como el exceso de ahorro o corregir el desproporcionado peso del sector inmobiliario, a la vez que se permita un mayor margen de maniobra a las empresas privadas mitigando el obsesivo control estatal.

Reducir las tensiones con el exterior sería otra orientación que mejoraría la situación, facilitando el acceso chino a los mercados y la tecnología de los países occidentales, inclinados hoy a lo contrario. Obligaría, eso sí, a un cambio de rumbo en la estrategia de los líderes chinos, incluyendo su beligerante discurso nacionalista. Es  cierto que un giro de esas características parece incompatible con la actual dinámica interna, pero también lo es que, si se detiene el crecimiento, las ambiciones globales chinas se alejarán igualmente de su realización.

 

 

Latinoamérica; China da un pequeño paso atrás y Europa entra en juego

El parón de la economía china y la repatriación de capitales en el exterior para atender demandas internas y neutralizar algunos conatos de crisis están produciendo algunos efectos económicos secundarios y curiosos, Por ejemplo en América Latina donde empresas europeas han comenzado a ocupar espacios dejados por empresas chinas.

China tiene actualmente acuerdos de libre comercio con Chile, Costa Rica, Ecuador y Perú, aunque las inversiones y los acuerdos más importantes por su volumen y la importancia de la economía de esos países los tienen las empresas chinas en Argentina y Brasil.

La entrada de más empresas europeas en los mercados latinoamericanos altera, a la vez, la estrategia de Estados Unidos, que mantiene un discurso contra las inversiones china en el que se mezcla la competitividad empresarial con l riesgo de la creciente influencia china en los planos político y estratégico. La potenciación de la presencia de un tercer actor en la escena económica latinoamericana puede comenzar a cambiar la relación de fuerzas y en EEUU se ve con preocupación como, ante la nueva situación el populismo izquierdista alienta un discurso más proclive a socios europeos debido a que Bruselas y sus socios son más tolerantes con sus proyectos políticos como demuestran las relaciones con Venezuela y Cuba.

El nuevo escenario constituye, sin duda, una oportunidad para empresas europeas y sobre todo españolas dadas las conexiones culturales e históricas y la ya fuerte presencia en el continente de bancos y empresas de comunicación con presencia en infraestructuras estratégicas. Grandes bancos como el BBVA y el Santander, empresas energéticas como Iberdrola y Repsol y el gigante español que representa Telefónica van a conocer nuevos retos que, a la vez, no les llegan en las mejores condiciones por la incertidumbre política en España.

Pero la competencia con EEUU va a traer algunos roces y controversias inevitables y propios de las economías abiertas que, en cualquier caso, van a originar discursos anti EEUU tan rancios como manipuladores.

¿Guerras para desviar la atención? Nieves C. Pérez

La caída del crecimiento económico chino es una realidad que ha sido motivo de discusiones en todos círculos financieros internacionales, así como en los de toma de decisiones políticas globales. La razón de la crisis algunos la atribuyen en parte a las estrictas medias de la política de “Cero Covid” impuestas por el Estado chino que priorizó prevenir contagios por sobre todo lo demás.  Aunque hay otros analistas que sostienen que es ilógico creer que China pudiera mantener el ritmo de creciendo que había venido sosteniendo en la última década.

Un escenario económico complejo con grandes problemas, tanto de orden político dentro del Partido Comunista chino con la desaparición de destacadas personalidades, como de orden económico con la fuga de capital extranjero o la crisis inmobiliaria, deja como resultado un escenario muy poco alentador que podría de hecho ser el propicio para darle más fuerza al uso del recurso de “guerras de desvío de la atención”.

El término de distracción o desvió de la atención lo retoma  M. Taylor Fravel, analista internacional experto en estrategia y doctrina militar, armas nucleares y disputas marítimas con foco en China y el este de Asia. Taylor publicó un artículo en Foreign Affairs el 15 de septiembre en el que cita a varios académicos que proponen que la crisis interna china puede abrir una escalada de ataques externos para desviar la atención de sus problemas domésticos.

En el artículo cita a Richard Hasss, un respetado intelectual que fue asesor de Colin Powell en la Administración de Bush, y que ha afirmado que China fomentará un mayor nacionalismo que les ayude a legitimar la invasión de Taiwán. O Michael Beckley y Hal Brands, conocidos académicos que han asegurado creer que frente a la caída del crecimiento chino Beijing buscará expandir su territorio como algo positivo en que centrar la atención.

Por lo tanto, la teoría de la guerra de distracción se lleva a la práctica principalmente para defender los intereses de los líderes que buscan permanecer en el poder. Frente a la amenaza externa los ciudadanos suelen unirse alrededor de la bandera y aumentar el apoyo a su gobierno en tiempos de conflicto con potencias extranjeras. Los líderes unifican apoyos internos pareciendo más competitivos al proteger el territorio y por tanto ganando fortaleza instantánea en un momento débil.

Taylor reconoce que los líderes chinos no suelen ser los que históricamente han propiciado un conflicto, aunque afirma que quizás si los líderes se sintieran débiles se volverán más sensibles a los desafíos externos y potencialmente atacaran para mostrar fuerza y disuadir a otros países de aprovechar su debilidad e inseguridad.

Relata cómo, en 1958, Mao Zedong provocó un desastre económico al industrializar el país con “el gran salto adelante” y cómo sometió a los ciudadanos y propició decenas de millones de muertes por hambruna. De manera casi simultáneas se llevaron a cabo las revueltas en el Tíbet y fue también el momento en el que el Dalai Lama huyó a la India. Ante esta situación, la respuesta del PC chino fue poner el foco en la necesidad de estabilizar sus relaciones con países vecinos firmando acuerdos de no agresión entre los que estuvo la India, aunque un par de años más tarde los chinos la atacaron.

De acuerdo con la opinión expresada en el momento por un oficial chino, la razón por la que China decidió atacar fue demostrarle a Delhi que a pesar de tener problemas domésticos no eran débiles y como respuesta al reforzamiento militar hecho por India en la zona limítrofe con el Tíbet después de las revueltas. Mao decidió reforzar la imagen china proyectando fuerza de cara al exterior.

En la década de los 60, los estragos de la Revolución Cultural de Mao se empezaban a acentuar por lo que el gobierno buscó formas de distraer al público del caos. En 1965 China envió tropas para ayudar a Vietnam del Norte contra Estados Unidos, aunque habían venido apoyando a Hanoi desde 1950, pero su apoyo militar se produjo en el momento en que tenían más problemas internos.

Taylor concluye desmitificando la teoría de las guerras para desviar la atención. Afirma que si los problemas económicos de China empeoran, sus líderes se volverán más sensibles a los desafíos externos como Taiwán. Presionar más a China podría ser contraproducente y motivar a Beijing a volverse más agresivo para demostrar su determinación. En un momento de crisis interna China podría arremeter, pero eso responde a la lógica de la disuasión y no de la distracción, en su opinión.

Sin embargo, se podría argumentar que el Estado chino ha venido insistiendo directa e indirectamente, internamente y al exterior que no tolerarán abusos mientras sigue insistiendo en que recuperaran a Taiwán o publicando mapas en los que se hacen con territorios en disputas.

De acuerdo con Jeniffer Zeng, una periodista china disidente, fuentes militares chinas afirman que, si Japón interviene en el plan del PC chino de liberación de Taiwán, el PC chino abandonará su compromiso previo de no usar armas nucleares y por el contrario lanzarán ataques sobre las islas niponas incondicionalmente.

Y aunque está amenaza pueda ser una forma de presión para conseguir disuadir a Tokio de intervenir en el asunto de Taiwán, es un mensaje que difunden en China y que va generando rechazo de la población hacia Japón y justificando posibles acciones del PC chino ante la población mientras que efectivamente consigue desviar la atención de la problemática doméstica. Y en esa compleja coyuntura, un mal cálculo, el ego de un dirigente o incluso un malentendido podrían desencadenar fácilmente una terrible guerra…

 

Las tres “D” que definen la política exterior de EEUU hacia China: Decoupling, De-risking & Diversifed. Nieves C. Pérez

La tensión entre Washington y Beijing ha pasado por casi todas las etapas posibles, desde la aceptación mutua como competidores, la cordialidad, la normalización, fricciones entre ambos, la subida de tensión, por el no dialogo o la confrontación, y, sobre todo, en los últimos años en cada momento la dependencia mutua ha conducido a la necesidad de que se busquen fórmulas de entendimiento.

La fuerte interconexión de las dos economías más grandes del planeta hace que, con frecuencia, el pragmatismo se imponga y que en el pasado Washington fuera permisivo con el gobierno chino en aspectos hoy impensable como la construcción de las islas artificiales. Construidas por el gobierno chino entre el 2013 y el 2015, ocupan una superficie de 3000 acres en el mar del sur de China meridional que reclaman como territorio propio.  Además de las implicaciones medio ambientales que ocasionó la obra sobre siete arrecifes de coral y obviamente la violación de las leyes internacionales.

Aun cuando las notas de protestas diplomáticas han sido el recurso habitualmente utilizado, está claro que Beijing ha ignorado muchos de estas llamadas de atención o en su defecto los tergiversa. La Administración Trump, en su momento, cambió el mecanismo y usó la queja verbal y la amenaza una vez que comprobó que los halagos no funcionaron. Hasta que decidió imponer controles como prohibir a empresas o individuos invertir en valores que cotizan en la bolsa en empresas que están en la lista de empresas militares chinas con el propósito de que el capital estadounidense no financie la modernización militar china.

A raíz de los problemas en la cadena de suministros, durante la pandemia se comenzó a popularizar él término “decoupling” en inglés o desacoplamiento de las economías, que es sin duda una postura radical y en este momento imposible de ejecutar, inclusive actualmente sigue siendo muy difícil de llevarla a la práctica, aunque para muchos es la única vía para neutralizar las pretensiones chinas.

El termino desacoplamiento abrió un gran debate incluso en el Congreso estadounidense que, en un principio, en un intento por aprobar legislación que condujera a desconectar las dos economías, comprendió que no podía hacerse un corte de raíz, por lo que comenzaron entonces a plantear un “desacoplamiento selectivo” que, consiste en poner el foco en áreas claves y especialmente vulnerables para su seguridad nacional e intentar de esa formar romper con la dependencia china esas áreas.

Dada la dureza del vocablo desacoplamiento, las continuas protestas chinas e incluso la presión a Washington por algunos de sus propios aliados, sumado a la dificultad de poder ejecutar tal desconexión, fue entonces que el cambio de léxico comenzó y los legisladores y expertos en Washington comenzaron a emplear el término “de-risking” o eliminación o reducción de riesgos, como una vía que se apega mucho más a la realidad puesto que es mucho más objetivo de plantear y /o ejecutar.

Beijing mientras tanto siempre opta por hacerse el ofendido y víctima de ser hostigado por su principal socio y competidor, presionando a todos los niveles internacionales. Y en efecto, esta primavera vimos que uno de los aportes del G7 en Hiroshima precisamente fue el cambio semántico de la definición de la política exterior hacia China. Los líderes europeos no se sienten cómodos con él término desacoplamiento y aparentemente tampoco con el de reducción de riesgos por lo que propusieron él uso de “diversificación de las economías” que no deja ser retórico y que deja mucho más amplio lo que en el fondo se está buscando.

El comité de Política Exterior del Congreso de los Estados Unidos está siguiendo rigurosamente cada rendija donde pueda colarse China y haber algún riesgo. El Departamento del Tesoro vigila las operaciones de empresas y ciudadanos chinos en su territorio para asegurarse de que no cometan algún tipo de infracción o atente contra la legislación. El escrutinio a los CEOs de empresas del orden de TikTok se han normalizado, en la búsqueda por mandar un mensaje claro de cero tolerancia a los abusos, robo de datos o intento de burlar la legislación nacional como la que protege a los menores.

El encuentro de Camp David con Japón y Corea del Sur fue la prueba del esfuerzo que la Administración Biden está haciendo para sellar alianzas estratégicas contra China. De blindarse contra el frente anti-Occidente que parece que Rusia y China han venido fortaleciendo desde la invasión de Ucrania y que incluye mucho más que solo a los Estados Unidos, es un frente en contra de los valores occidentales y la democracia.

Desde el Congreso estadounidense el consenso es bipartidista para poner freno a los abusos y pretensiones de China. Las tres “D” decoupling, de-risking & diversifed, definen por si solas como Washington percibe a Beijing y lo dispuestos que están de confrontarlos. Este debate no es semántico, las palabras solo intentan definir él mayor riesgo que enfrenta la potencia que ha venido liderando el mundo en las últimas décadas… y por tanto a cualquier otra nación que profese los mismos valores.

 

China se para

La nueva crisis inmobiliaria, que no es más que una reactivación de la vieja y latente, está impactando duramente en la economía china que viene frenándose durante todo este año. Como hemos explicado en varias ocasiones, las empresas chinas viven crisis cíclicas al verse obligadas a desenvolverse con reglas de aparienia capitalismo con intervencionismo gubernamental y reglas de mercados trampeadas por el gobierno. Y esa es una contracción insalvable en la esturtura del gobirno chino y su dictadura maquillada.

En el plano interno, esta situación aviva las contradicciones en una sociedad que incorpora, en sus amplias zonas urbanas unos comportamientos de consumo y vida de apariencia occidental pero en un marco dirigido por las decisiones de gobierno y en ausencia de libertades, garantías jurídicas y normas de mercado tradicional.

En el plano exterior, la crisis llega en un momento inoportuno ya que China necesitaría exhibir estabilidad y poder para apuntalar el disfraz de mediador en los conflictos, socio fiable para países recelosos de Occidente y capacidad militar suficiente para amenazar y pretender dominar lo que entiende que es su área geoestratégica. China ha firmado un pacto con Irán que implica la trasferencia de miles de millones con rentabilidad política pero dudosamente económica, está adelantando dinero a Rusia para la financiación de guerra de agresión en Ucrania y mantiene dudosas inversiones en África y América. El nuevo escenario va a a afectar a estos planes así como a varios programas militares chinos.

Esta situación va acondicionar la posición china y va a reflejarse en los próximos pasos y conversaciones, discretas o públicas, que llevan desarrollándose hace semanas para encontrar soluciones o al menos exlorar bajas de la tensión en Ucrania y en el Pacífico.

China sigue con problemas económicos

China no acaba de volver a la senda de recuperación económica tras el desastre que supuso la gestión de la política Covid cero y que suponen las deficiencias estructurales de su sistema planificado, autoritario y corrupto. Es verdad que, necesidad obliga, la venta de recursos energéticos rusos a menor precio y la repatriación de capitales chinos del exterior han significado un alivio, pero no suficiente.

Así, La producción industrial china aceleró hasta alcanzar un crecimiento de un 5,6% interanual en abril, lo que supone un avance frente al dato de marzo (3,9%), pero muy por debajo de los pronósticos de los analistas, que esperaban un alza cercana al 10%, según datos oficiales de la Oficina Nacional de Estadística de China.

Según los expertos, La tasa oficial de desempleo en zonas urbanas se situó en el 5,2% a finales de abril, 0,1 puntos por debajo de la registrada en el mes anterior y dentro del límite máximo que se impusieron las autoridades para este año, del 5,5%.

Por su parte, la inversión en activos fijos aumentó un 4,7% interanual en los cuatro primeros meses del año tras haberlo hecho en un 5,1% hasta marzo, lo que se traduce en un descenso en marzo que la ONE prefirió expresar en términos intermensuales (-0,64%). Los analistas habían vaticinado que dicho indicador crecería hasta el 5,5%.

En este contexto, China, más allá de su propia propaganda, tiene que priorizar su atención a su propia situación interna para evitar fracturas sociales y atender a las crecientes demandas de su propia sociedad, cada vez más interesadas en el tipo de bienestar occidental que el sistema chino no puede satisfacer. Puede crear millonarios y clases pudientes, sobre todo si se está en el partido gobernante o en buena relación con su aparato, pero no llega a un estado del bienestar amplio.

Por eso, entre otras cosas, incluyen en sus amenazas a Taiwán, además del consabido y tramposo mensaje de la unidad nacional, el mensaje de la necesidad reposición demográfica y tecnológica aspirando a incorporar a su sistema económico anquilosado a una sociedad más joven y demográficamente dinámica como la taiwanesa y con una importante proporción de cuadros tecnológicamente avanzados que han hecho a algunos sectores industriales de la isla estar a la vanguardia mundial.

Estos datos deben formar parte de los análisis sobre el papel de China en el mundo, sus límites y sus necesidades y, por eso, Occidente lleva meses presionando a Pekín para que frene a su aliado ruso y no emprenda aventuras, ya que el país asiático, de momento, necesita más los mercados fuertes y abiertos, de los que no respeta sus reglas, que estos mercados a China, aunque sí los deseen.