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China, las protestas cubanas y la demora de Biden. Nieves C. Pérez Rodríguez

Cuba parece haber despertado de un largo silencio al que ha sido sometido por el régimen castrista desde hace más de 6 décadas. Las protestas que de manera espontanea florecieron en 40 ciudades y poblados de la isla desconcertaron al mundo y claramente sorprendieron al régimen, precisamente por su carácter improvisado.

Cuba ha venido experimentando un progresivo deterioro económico como parte de una mala gestión de décadas que durante los primeros años de siglo XXI se vio aminorada debido a las generosas ayudas enviadas desde Venezuela con dinero petrolero. Chávez fue la chequera que llenó de liquidez a la isla en otro de sus duros momentos. Gracias a las generosas cifras, los programas de intercambios de ayudas, la exportación de combustible y de alimentos, entre muchas, la economía isleña pudo vivir una bonanza irreal que permitió por unos años a los ciudadanos a tener un poco de holgura.

Pero como todo lo fácil se acaba, la mala administración de los recursos petroleros de manos de Chávez acabó por ocasionar la caída de Venezuela en la mayor crisis de su historia, así como la mayor crisis migratoria que ha experimentado la región y por lo tanto para el régimen cubano el cierre de esos recursos fáciles que lo ayudaron a mantenerse a flote desde que perdieron las ayudas soviéticas.

La Administración Trump por su parte también impuso sanciones que habían sido relajadas o incluso eliminadas por la Administración Obama, quien equivocadamente intentó una estrategia de normalización de relaciones que claramente no hizo más que dar aire al régimen castrista. Trump quiso demostrar el error de la Administración previa y restableció muchas de las sanciones y al final de su legislatura impuso sanciones que acabó por afectar el envío de remesas desde los Estados Unidos a Cuba, lo que ocasionó que se agudizara la crisis de liquidez entre el ciudadano de a pie. De acuerdo con la Havana Consulting group, agencia que le hace el rastreo a las remesas cubanas, las remesas son la segunda fuente de ingreso de la isla y representan unos 3.700 millones de dólares al año.

A esa ya existente situación se le suma el Covid-19 que, a pesar de las estrictas medidas de control del régimen cubano, no ha podido controlarse como ha sucedido en casi todos los países del mundo. El aumento estrepitoso de casos, la falta de electricidad en los hospitales, de recursos y productos para mantener una higiene adecuada como jabones, detergentes, desinfectantes y un sistema sanitario, que a pesar de que siempre hicieron alarde de él mismo, no ha podido con la situación, han profundizado la crisis.

Un informe del 1 de febrero del 2021 del Instituto para la Guerra y la Paz señalaba el mal manejo de la pandemia en Cuba y la desinformación que rodeaba el virus. “El régimen promovió la homeopatía como protección ante el Covid-19 mientras promovían cifras falsas de víctimas fatales”. Todo esto propició las manifestaciones.

Como twitteó el reguetonero cubano Yamil “teníamos tanta hambre que nos comimos el miedo”, explicando que motivó la salida a la calle de la gente en un sistema tan controlado y reprimido como el cubano.

En medio de esta situación y ante el silencio de la Administración Trump en las primeras horas de las protestas, los aliados de la Habana se empezaban a manifestar.  Moscú aprovechó para decirle a Estados Unidos que ellos siguen firmes en su compromiso con la isla como en la época soviética. Así como Irán condenaba las sanciones americanas a Cuba, al igual que lo hacía Maduro desde Caracas mientras expresaba su ya conocido apoyo total al régimen cubano.

Por su parte, el portavoz del Ministerio de Exteriores chino, Zhao Lijian, culpaba a USA del problema eléctrico y la falta de medicinas en Cuba por el embargo económico, además de afirmar que “China se opone firmemente a la injerencia extranjera en los asuntos internos de Cuba, apoya firmemente lo que Cuba ha hecho en la lucha contra el Covid-19, y apoya firmemente a Cuba en la exploración de un camino de desarrollo adecuado a sus condiciones nacionales”.

La Administración Biden tardó mucho en comentar la situación de protestas sin precedentes. Lo que ha sido un grave error político tanto doméstico como internacional. A nivel internacional se muestra débil de liderazgo, a pesar del compromiso moral que tiene Washington con Cuba. Además, el tiempo que tardaron le sirvió al régimen castrista para apresar ciudadanos, reprimir manifestantes, confiscar móviles para intentar conseguir videos de los protestantes e identificarlos. El bloqueo de internet ha sido parte de la estrategia castrista para prevenir que se informen dentro de la isla y que envíen reportes afuera de lo que está sucediendo.

La valentía de los ciudadanos que como bien describió el músico cubano los llevó a sobreponerse al miedo a un régimen que tiene controlado cada aspecto de sus vidas, que hace uso de todo tipo de inteligencia para saber cómo siente y piensa cada individuo. Y que no tiene ningún recato en neutralizar a aquellos que disienten, aunque sea porque no pueden tener aspiraciones ni sueños.

Sri Lanka, una isla clave. Nieves C. Pérez Rodríguez

Anteriormente conocida bajo el nombre de Ceylán, la isla sureña de 65.610 km2 ubicada en el Océano Índico justo debajo de India cuenta con una ubicación estratégica. En efecto, lo que separa Sri Lanka de India es el Golfo de Mannar y el estrecho de Palk, que linda por el norte con el Estado Tamil Nadu y por el sur con el distrito Jaffna de la provincia norte de la isla. Por su forma se le ha llamado la lágrima de la India.

La capital de Sri Lanka es Sri Jayawardenepura aunque su centro financiero es Colombo y la ciudad más grande de la isla. Un territorio con una historia convulsa, pues los portugueses fueron los primeros en llegar y asentarse en el siglo XVI, aunque fueron desplazados por los holandeses quienes llegaron y tomaron sus posesiones un siglo más tarde hasta que los británicos se hicieron con el poder en 1803, y entre invasiones y disputas fueron haciéndose con el control del territorio hasta 1948 cuando la todavía llamada Ceylán conseguía finalmente la independencia de los europeos.

La tranquilidad no se instauró con la independencia, pues entre insurrecciones e intentos de golpe de Estado e incluso la institucionalización de políticas de corte socialista, debido a las cercanas relaciones que mantuvieron con la Unión Soviética y con China en la década de los sesenta, y los constantes agravios a las minorías, la nación ha sufrido una gran inestabilidad que acabó en el nacimiento de milicias en la década de los setenta. En 1972 se convirtió en república y cambió su nombre a Sri Lanka y continuó teniendo fuertes problemas étnicos.

Los ochenta transcurrieron con grandes dificultades para la población y una creciente situación de insurgencias que terminó con que muchos locales emigraran a otros lugares donde no se sintieran perseguidos. Las tensiones entre la comunidad cingalesa (mayoría de la población) y los tamiles, se agravó tanto debido en parte a que India proporcionaba armas y apoyo a la facción tamil.

Los Tigres de liberación de Ealam Tamil (LTTE) o tigres tamiles fue un grupo separatista que se fundó en 1976 y que luchó en contra del gobierno establecido en una guerra civil duró desde 1983 al 2009. Aunque en el 2001 se firmó un alto al fuego auspiciado por Noruega.

A pesar de las insurrecciones, durante los años de la historia más reciente Sri Lanka es considerado una nación democrática y cuenta con una economía prominente que exporta café, té, coco y canela entre otros productos. Tiene el ingreso per cápita más alto en el Asia meridional y un pujante sector turístico de fama mundial.

Su ubicación ha sido estratégica en las rutas marítimas a lo largo de la historia, pues es un paso naval entre Asia occidental y el sudeste asiático. Un buen ejemplo de la importancia de su ubicación fue que durante la Segunda Guerra Mundial Sri Lanka fue una base muy importante para las fuerzas aliadas en la lucha contra el Imperio Japonés.

Desde que Sri Lanka consiguió la independencia Estados Unidos ha asistido a la isla con más de 2 mil millones de dólares en ayudas de acuerdo con datos oficial del Departamento de Estado. Para Washington esta isla que fue paso de las antiguas rutas marítimas de la seda es clave en para mantener neutralidad en la región. Además, cuenta con 1340 km de línea de costa, lo que es un gran atractivo si fuera necesario neutralizar las pretensiones chinas en la región.

Estados Unidos tiene acuerdos con la Armada de Sri Lanka para establecer un cuerpo de marines, apoyos para crear un instituto de defensa para alto rangos militares y ejercicios con la armada para dar asistencia humanitaria en caso de desastres naturales en la región, como los tsunamis propios de la zona. Washington ha donado equipos de guardacostas a Sri Lanka para patrullaje de sus aguas territoriales para garantizarse que controlen sus aguas y garanticen estabilidad.

En cuanto a las relaciones económicas, Estados Unidos representa el mercado de exportaciones más grande puesto que casi 3 mil millones de los 11,7 mil millones de bienes que Sri Lanka exporta anualmente vienen a aquí.

Actualmente las ayudas estas concentrándose en material para la asistencia del Covid-19 y USAID, la agencia de ayuda del gobierno americano, ha venido coordinando envíos y se esperan más en las siguientes semanas.

La semana pasada la Administración Biden hacía el anuncio de un grupo de embajadores que habían sido designados entre el que se encontraba Julie Chang como la siguiente embajadora en Sri Lanka, una funcionaria de carrera con una larga trayectoria en el Departamento de Estado que ha servido en Japón, Vietnam, Tailandia, Camboya, Colombia e Irak, y que la prensa internacional no tardó en tildar de gran crítica de la maligna influencia china en la región y el mundo.

El hecho de que escogieran a Chang como embajadora allí refleja la importancia estratégica que tiene este país para Washington sobre todo conociendo que Sri Lanka debe a China unos 4.5 mil millones de dólares, tan sólo el pasado abril China extendía otro crédito complementando otro otorgado el año pasado por mil millones de dólares.

La diplomacia de créditos que ha venido usando Beijing le ha servido para ganar acceso y cercanía con todo tipo de naciones. Estados Unidos quiere neutralizar ese modus operandi que estiman que está haciendo daño a países pequeños alrededor del mundo.

Descodificando el diccionario chino. Nieves C. Pérez Rodríguez

A principios de marzo, Makub Oud, directora de la oficina del Instituto Raoul Wallenberg de Derechos Humanos de Estocolmo, junto con Katja Drinhausen publicó un trabajo titulado “Descodificando el diccionario chino”, un análisis minucioso de los términos de uso frecuente que define las prioridades y valores políticos que sustentan los sistemas políticos tanto para los miembros de la UE como para China, pero que cuentan interpretaciones muy diferentes en ambos lados.

Basándose en el cambio que ha experimentado China como actor internacional y en la gobernanza internacional, el documento oportunamente pone de manifiesto cómo Beijing ha cambiado su comportamiento internacional mientras desmenuza el lenguaje chino y la comprensión de su estrategia de cooperación diplomática e influencia.

El informe que puede ser consultado en Decoding China – Decoding China analiza quince conceptos claves en el mundo de hoy como son: sociedad civil, cooperación, cultura, democracia, desarrollo, libertad de expresión, derechos humanos, multilateralismo, paz, seguridad, soberanía, diplomacia, entre otros.

En cuanto al concepto de soberanía, el Partico Comunista China entiende este derecho como algo exclusivo del partido a la cabeza de una nación soberana para ejercer control sobre los problemas dentro de sus propias fronteras, como los aspectos económicos, políticos, culturales y tecnológicos. Pero cuando se analiza en profundidad la soberanía territorial que reclama el PCC sobre Taiwán -reza el documento- “se remonta a la época del Imperio Qing (1644-1911) pero curiosamente no reclama parte de la actual Mongolia que fue una vez gobernado por el Imperio Yuan (1271-1368 y más tarde el Imperio Qing). Mientras, argumenta que el Mar del sur de China estaba bajo jurisdicción china durante el mismo período por lo que debe ser reconocido como su territorio, a pesar de que en el 2016 se falló en contra de esa afirmación”. Por lo que los autores afirman que no hay consistencia en los reclamos de territorio, sino que son reclamos históricos selectivos.

La cultura es otro aspecto profundamente político para el PCC y uno de los frentes que usa en la lucha contra sus enemigos o críticos tanto nacionales como internacionales. “Mao Zedong dejó claro en el Foro Yan´an en 1942 que el arte y la literatura deben seguir a la política. Bajo el liderazgo de Xi Jinping desde 2012 la cultura se ha renovado como una prioridad política en torno a nociones como construir un poder cultural, garantizar la seguridad cultural y movilizarse contra la hegemonía cultural de los Estados Unidos y Occidente. Por lo tanto, la cultura acaba siendo un medio para promover la legitimidad del PCC y fortalecerlo contra las amenazas a su legitimidad a nivel mundial”.

El documento también remarca la importancia de que los países occidentales entiendan el discurso chino. Las naciones que establecen acuerdos con China tienen de entender lo que quieren decir cuando emplean el lenguaje de valores y estándares internacionales. “Las ideas chinas están cada día más presentes en los escenarios internacionales como documentos de Naciones Unidas, donde los valores democráticos y derechos humanos son el epicentro, pero los chinos han conseguido introducir y filtrar sus ideas con características chinas en estos documentos y foros”.

Cuando saltan las denuncias o las preocupaciones por los derechos humanos, China incrimina a sus críticos de politización y de tener mentalidad imperialista o de guerra fría. Mientras pide democracia en la ONU y respeto por los derechos que tiene China a desarrollarse y crecer.

Los autores explican que este diccionario fue creado para poder descodificar los términos claves empleados por China en su beneficio y fue hecho considerando quienes serían sus principales s usuarios, aquellos responsables de la formulación de políticas e instituciones en Europa que están comprometidas en el diálogo e intercambios con China.  

En mi opinión este tipo de estudios, que analizan etimológicamente cada término empleado por China en el mundo de hoy, debe ser considerado no solo por las instituciones de la UE, sino por todos aquellos receptores de ayudas chinas, suscritores de acuerdos con Beijín, analistas en el área, naciones por donde pasa la ruta de la seda, entre otros pues aportan un acercamiento más fiel sobre como el PCC  opera y como intenta imponer sus valores usando los conceptos occidentales que han definido los últimos 75 años de la historia de la humanidad.

ASIAN DOOR: La geopolítica del clima en marcha para liderar la COP26. Águeda Parra

Los efectos del creciente calentamiento global no pasan ya desapercibidos para ninguna de las grandes potencias mundiales, cada vez más conscientes de que es necesario acelerar el ritmo de implementación de medidas que conduzcan a una efectiva neutralidad del carbono. El medioambiente se resiente, y los efectos del cambio climático tienen implicación directa sobre el desarrollo de la economía y el mantenimiento de los estándares de salud.

De hecho, con todas las potencias mundiales implementando medidas más agresivas, la componente climática se va a convertir en una cuestión geopolítica de primer orden en las próximas décadas. Tanto la viabilidad económica del nuevo modelo energético, como el liderazgo tecnológico por las renovables, van a definir el escenario de rivalidad a nivel global en el que las grandes potencias van a competir. Pero no se trata solamente de alcanzar los ambiciosos objetivos de descarbonización, sino conseguir la victoria geopolítica sobre qué potencia liderará una respuesta global al cambio climático.

Conseguir este objetivo pasa por definir una respuesta al calentamiento global que incorpore a China como país más contaminante del mundo, de modo que haga más factible que otros países también se unan en una colaboración conjunta frente al cambio climático. Con esta perspectiva en mente, Estados Unidos ha buscado reforzar el diálogo y la cooperación con China antes de participar en la Cumbre Internacional del Clima el pasado mes de abril, organizada por Biden, a la que acudían virtualmente los líderes mundiales. El objetivo era dejar al margen los numerosos conflictos que han tensionado las relaciones entre ambos, tanto anteriormente con la administración Trump como ahora también con la administración Biden, de modo que no interfiriesen en establecer una cooperación conjunta ante la próxima Cumbre del Clima COP26 en Glasgow en el mes de noviembre con medidas para los próximos años que puedan salvar el planeta.

Sin comunicado de una cooperación conjunta, China busca alcanzar los objetivos de descarbonización anunciados con una transformación energética. Una hoja de ruta por la que ha apostado el gigante asiático para conseguir cambiar su mix energético y que le ha llevado a posicionarse como el mayor inversor en energías limpias de la última década, siendo líder mundial en la fabricación de paneles solares, turbinas eólicas y coches eléctricos, donde las marcas chinas como Nio y BYD ya comienzan a competir directamente con Tesla.

Con Estados Unidos de vuelta a la Cumbre de París, el objetivo es reducir el uso de los hidrofluorocarbonos hasta el 85% en los próximos 15 años, buscando limitar drásticamente los gases de efecto invernadero al ser estos productos químicos utilizados en aires acondicionados mil veces más potentes que el dióxido de carbono sobre el calentamiento global. Una primera medida tomada por la Agencia de Protección Ambiental bajo la administración Biden con la que Estados Unidos espera eliminar el equivalente a 3 años de emisiones del sector eléctrico entre 2022 y 2050.

Durante años, Europa también ha venido trabajando con China para abordar una acción global climática y, previo a la reunión virtual de líderes internacionales organizada por Biden, Francia, Alemania y China pusieron en común su disposición de colaborar para garantizar el éxito de la próxima COP26 en Glasgow, la cumbre más importante del clima desde el 2015 cuando se alcanzó el acuerdo histórico por parte de 196 países en el Acuerdo de París.

Sin que haya un único liderazgo mundial en cuestión del clima, la cooperación en procesos multilaterales de acción contra el cambio climático es un punto de encuentro coincidente para Estados Unidos, Europa y China. Sin embargo, si desde Washington o Bruselas se consiguiera que el gigante asiático adelantara su compromiso de alcanzar el pico de emisiones a una fecha anterior a 2030 sería considerado como una victoria diplomática, y lo que es más importante, una señal clara de mayor influencia geopolítica global.

Aceleración afgana

Los países empeñados en lograr un nuevo marco institucional en Afganistán, talibanes incluidos, que permita lograr un alto el fuego perdurable y con garantías, están acelerando sus contactos para anunciar resultados favorables, aunque no hay mucho optimismo a corto plazo.

Estados Unidos, Rusia, China y Pakistán se han reunido en Qatar, país que sigue estando en todas las salsas donde se esté cociendo acuerdos o compromisos de paz, intentando recuperar el terreno perdido tras el frustrado intento de cumbre del pasado 24 de abril en la que intentaban anunciar un gran acuerdo pero a la que los talibanes decidieron a última hora no acudir.

En Doha, Qatar, los reunidos pidieron a todas las partes involucradas en el conflicto en Afganistán que reduzcan el nivel de violencia en el país, e instaron a los talibanes a no proseguir con su ofensiva anual de primavera. Estados Unidos ha comenzado una retirada gradual de sus tropas en Afganistán, en medio de algunas críticas internas, perturbada por algunas acciones terroristas tanto de los talibanes como del Estado Islámico, a su vez enfrentados entre sí y, sin complejos, colaborando en algunas actividades.

“Hacemos hincapié en que, durante el período de retirada, el proceso de paz no debe interrumpirse, no se producirán peleas ni turbulencias en Afganistán y se debe garantizar la seguridad de las tropas internacionales”, manifestaron las naciones.

Al reconocer la “exigencia sincera del pueblo afgano de una paz justa y duradera y el fin de la guerra”, la ‘troika’ reiteró que no hay una solución militar en Afganistán y que un arreglo político negociado a través de un proceso dirigido por los afganos era el único camino a seguir. Es lo más cercano a un reconocimiento de fracaso e impotencia de una política errática respecto a Afganistán por parte de Estados Unidos, lo que habrá producido alguna sonrisa discreta a China (algo menos a Rusia, ya derrotada en aquel país) mientras firmaba el comunicado.

Tomando nota de la retirada propuesta de las tropas estadounidenses y de la OTAN a partir del 1 de mayo, y que concluirá el 11 de septiembre de 2021, los participantes del grupo indicaron que esperan que los talibanes “cumplan con los compromisos contraterroristas, incluida la prevención de que los grupos terroristas y las personas utilicen el suelo de Afganistán para amenazar la seguridad de cualquier otro país; no albergar a estos grupos y evitar que recluten, capaciten y recauden fondos”. Es una aspiración justa y un tanto utópica muy de estilo propagandista y abandonista de los conflictos de la era Obama. Da la sensación de que China es el único país que no pierde nada en este asunto, ocurra lo que ocurra en los próximos meses.

China desafía a occidente: guerra de sanciones. Nieves C. Pérez Rodríguez

La Unión Europea anunciaba sanciones el lunes pasado a 4 funcionarios chinos encargados de las operaciones de los “centros de reeducación” en Xinjiang. Estas sanciones vienen a complementar las impuestas por Washington en julio de 2020 a otros 4 funcionarios chinos claves, como el jefe regional del PC Chen Quanguo, quien es visto como el artífice de las políticas de Beijing contra las minorías musulmanas y que anteriormente estuvo a cargo de las acciones impuestas en el Tibet; el director de la oficina de seguridad de Xinjiang, un ex funcionario de seguridad, y una destacada figura del partido en Xinjiang. Estratégicamente los europeos sancionaban otras personalidades y no las que ya habían sido sancionadas por los Estados Unidos con la intención de neutralizar más piezas claves del PC chino.

Reino Unido se sumaba a las sanciones de la UE, y Beijing respondía con sanciones a sanciones a 7 parlamentarios y 2 académicos. “Es nuestro deber denunciar el abuso de los derechos humanos por parte del gobierno chino en Hong Kong y el genocidio de los uigures”, dijo Ducan Smith, académico y sancionado, quien afirmaba que “aquellos de nosotros que vivimos días libres bajo el imperio de la ley debemos hablar por aquellos que no tiene voz”.

Canadá también se sumaba a la acción coordinada de sancionar miembros del PC chino. Por lo que la respuesta de Beijing no se hizo esperar sancionando a 2 miembros de la comisión internacional de libertad religiosa (USCIRF) estadounidenses y a 9 parlamentarios canadienses. A lo que el primer ministro canadiense, Justin Trudeau aprovechó la oportunidad para manifestar: “Las sanciones chinas son un ataque a la transparencia y a la libertad de expresión y valores en el corazón de nuestra democracia. Apoyamos a los parlamentarios y nos manifestamos en contra de estas acciones inaceptables y continuaremos defendiendo los derechos humanos en todo el mundo con nuestros socios internacionales”.

China y Canadá llevan un par de años de fuerte tensiones desde que la policía canadiense prohibieran a la ejecutiva de Huawai, Meng Wanzhou, salir del país por solicitud de la Administración Trump, basándose en una orden de un tribunal de New York que emitió una mandato de arresto para Meng para que fuera juzgada en los Estados Unidos por violación a sanciones estadounidense en contra de irán y conspiración para robar secretos comerciales”.

Australia y Nueva Zelandia no han impuesto sanciones, pero sí han manifestado su apoya a las que otros países han puesto. Aunque Australia ha expuesto abiertamente que consideran que China debe responsabilizarse por el daño causado por la pandemia, lo que ha generado fricciones importantes entre ambos. En efecto, el Ministro de Comercio australiano amenazaba con llevar a China ante la OMC a finales de la semana por su decisión injustificable de aumentar los aranceles en las importaciones de vino australiana entre el 116.2% al 218.4% por cinco años, como otro de sus mecanismos de retaliación.

El secretario de Estado de EEUU publicaba una declaración el sábado por la noche sobre la respuesta de China: “Los intentos de Beijing de silenciar a quienes se pronuncian por los derechos humanos y las libertades fundamentales solo contribuyen al creciente escrutinio internacional del genocidio y los crímenes de lesa humanidad en curso en Xijiang. Nos solidarizamos con Canadá, el Reino Unido, La UE y otros socios y aliados del mundo para pedir a la República Popular China que ponga fin a las violaciones de derechos humanos y los abusos en contra de los uigures, así como hacia otras minorías étnicas y religiosas de Xinjiang y la liberación de los detenidos arbitrariamente…” 

La Administración Biden, con poco más de dos meses en el poder, no ha perdido tiempo en restablecer relaciones con los aliados tradicionales y consolidar acercamientos que en los últimos años habían sufrido un enfriamiento considerable. El tono de la Casa Blanca es mucho más reconciliador hacia sus aliados y las acciones del Departamento de Estado de Blinken parecen estar articulando un sólido frente internacional que, en primer lugar, alerte sobre el peligro de China y segundo lugar, parecen intentar poner fin a las prácticas e irregularidades chinas en el mundo.

Beijing por su parte se ha dedicado a responder como otra potencia fuerte que no está dispuesta a dejarse amedrentar,  por lo que se acerca a Rusia e Irán para levantar su propio frente de oposición mientras ha pasado la semana respondiendo con sanciones y tarifas para castigar a quienes los juzgan por lo que están haciéndole a los Uigures, que cada día el mundo ve más claro que es la erradicación de esa etnia a través de la eliminación de sus costumbres, religión, idioma, cultura y hasta nacimientos.

INTERREGNUM: QUAD: dudas despejadas. Fernando Delage

Una de las dudas sobre la política asiática de Joe Biden era si mantendría el mismo compromiso que su antecesor con el Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (QUAD), el foro informal que Estados Unidos comparte con Japón, India y Australia, o volvería, por el contrario, al desinterés que mostró por el grupo la administración Obama. A partir de 2019 la representación en el foro se elevó al nivel de ministros de Asuntos Exteriores y, en 2020, las maniobras navales organizadas por India bajo el nombre de Malabar con Washington y Tokio incluyeron por primera vez a Australia, sumando así a los cuatro socios.

La respuesta de la Casa Blanca no se ha hecho esperar. En su primera conversación telefónica con el primer ministro indio, Narendra Modi, el pasado 8 de febrero, el presidente norteamericano le propuso la promoción de “una arquitectura regional más sólida a través del QUAD”. Dos días más tarde, Biden transmitió a su homólogo chino, Xi Jinping, la intención de “preservar un Indo-Pacífico libre y abierto”, es decir, la definida como misión del QUAD. El 18 de febrero, los ministros de Asuntos Exteriores de los cuatro países miembros mantuvieron su primer encuentro. Y, en un nuevo e inesperado salto cualitativo, fueron los líderes de las cuatro democracias los que se reunieron (por videoconferencia) el 12 de marzo. Con la celebración de esta cumbre al máximo nivel, la administración norteamericana ha indicado con claridad su voluntad de reforzar el foro y hacer del mismo un instrumento central de su estrategia hacia el Indo-Pacífico.

Otros movimientos similares apuntan en la misma dirección. En un contexto en el que, según ha declarado el responsable del mando del Pentágono en la región, el almirante Philip Davidson, el equilibrio militar está dejando de estar a favor de Estados Unidos, dos portaaviones de este último país realizaron ejercicios conjuntos en el mar de China Meridional (lo que no había ocurrido desde 2012). Otros buques atravesaron asimismo el estrecho de Taiwán después de que unidades de la fuerza aérea china simularan un ataque a uno de los dos portaaviones. Por otra parte, los secretarios de Estado y de Defensa, Antony Blinken y Lloyd Austin, respectivamente, realizan su primer viaje oficial a Tokio y Seúl esta misma semana. Austin también visitará Delhi. Sólo después, Blinken y el asesor de seguridad nacional, Jake Sullivan, se reunirán—el día 18 en Alaska—con los dos principales responsables de la diplomacia china, Yang Jiechi y Wang Yi.

Las piezas se están desplegando sobre el tablero con inusitada rapidez. No debe concluirse, sin embargo, que este proceso vaya a conducir necesariamente a la institucionalización del QUAD como alianza militar formal. Los intereses de los cuatro miembros no son siempre coincidentes: su disposición a trabajar juntos como contrapeso de China no equivale a la intención de formar un bloque abiertamente hostil a Pekín. Entre otras razones porque la dinámica regional no se reduce a las cuestiones de defensa.

Atender esas otras prioridades, como parece ser una de las motivaciones norteamericanas, permitirá superar esas reservas. En su reunión de febrero, los ministros de Asuntos Exteriores subrayaron la necesidad de actuar conjuntamente contra la pandemia y el cambio diplomático, además de luchar contra la desinformación o restaurar la democracia en Birmania. La reunión de jefes de gobierno prestó especial atención por su parte a un esfuerzo dirigido a aumentar la producción de vacunas contra el Covid. Este tipo de acciones permite fortalecer la utilidad del grupo, al ampliar sus objetivos al conjunto de problemas compartidos por la región más que en centrarse como única función en contrarrestar el ascenso chino.

El test de Vietnam

Vietnam, el Partido Comunista gobernante en Hanoi, acaba de aprobar un nuevo Plan Quinquenal, la hoja de ruta de desarrollo económico para los próximos cinco años. A pesar del intervencionismo inherente al concepto de economía dirida y planificada, Vietnam sigue impulsando medidas de apertura de mercado y de garantías en un plan de lucha contra la corrupción. El país sigue en una estrategia de delicado equilibrio entre China y Estados Unidos, tratando de atraer inversiones de todas partes y de aprovechar el mercado internacional.

En este contexto, el golpe militar de Birmania avanza una desestabilización regional con protagonismo chino que puede alterar el crecimiento y los planes económicos además de poner más dificultades en las relaciones entre Washington y Pekín. Hanoi no mantiene buenas relaciones con China, por razones históricas y estratégicas. No debemos olvidar que tras la guerra de Vietnam contra Estados Unidos, el régimen vietnamita sostuvo enfrentamientos armados con Camboya y China, a pesar del comunismo compartido.

El padrinazgo chino no es bien tolerado en los países del sureste asiático, a pesar de la existencia de importantes colonias chinas en sus territorios y de las inversiones procedentes del gigante continental. Además, China y Vietnam mantiene una disputa sobre la soberanía de territorios insulares del Mar de la China. En una reciente gira política del ministro chino de Exteriores, Vietnam fue el único país de la región no visitado.

Así, Vietnam, con un nivel de crecimiento apreciable y no muy afectado por la pandemia, está ante una coyuntura tensa: atenuar la corrupción, abrirse más al libre mercado y mantener su etiqueta oficial de comunismo, reforzar sus sorprendentes buenas relaciones con Estados Unidos y no enojar demasiado a Pekín. Un test para Hanoi y para toda la región.

INTERREGNUM: Tras el golpe en Birmania. Fernando Delage

El golpe del 1 de febrero en Birmania, sólo horas antes de la prevista inauguración del Parlamento resultante de las elecciones del pasado noviembre, puso fin a un proceso de transición política que no ha superado su primera década. La pretensión de las fuerzas armadas de compartir el poder con un gobierno elegido en las urnas—y la disposición de este último a aceptarlo—difícilmente iba a resultar sostenible en el tiempo, como los hechos han confirmado. Con todo, más allá de las causas puntuales de la intervención directa del ejército, lo ocurrido no puede separarse del contexto de regresión democrática que atraviesa el sureste asiático, ni de los efectos del ascenso de China.

La mayor parte de los analistas coinciden en que los generales nunca esperaron que la Liga Nacional para la Democracia (NLD), el partido de Aung San Suu Kyi, pudiera obtener en las últimas elecciones una mayoría aún más rotunda que la lograda en 2015. Estar en el gobierno no sólo no le ha desgastado, sino que la NLD se hizo con 396 de los 476 escaños del Parlamento (el 83 por cien del total, por encima del 70 por cien de los comicios anteriores). El grupo apoyado por los militares sólo consiguió 33 diputados. A esta humillante derrota se sumaba el temor a que, con esa mayor representación, la Cámara se dispusiera a recortar los poderes de las fuerzas armadas. La perspectiva de una transición completa a la democracia era un escenario que nunca iban a permitir estas últimas.

La fragilidad del experimento birmano con la democracia no ha sido, sin embargo, una excepción. El golpe es, en efecto, un nuevo reflejo de la persistencia estructural del autoritarismo en la región. Pero como sus homólogos en Tailandia, por ejemplo, también los generales birmanos afrontan a partir de ahora el desafío de cómo redefinir su papel político. La promesa de convocar elecciones en un año es un recurso vacío frente a una sociedad que, al igual que la tailandesa, ha disfrutado pese a sus peores índices económicos de una libertad antes desconocida. Gracias en buena medida a la revolución digital y las redes sociales, los birmanos han adquirido una conciencia de sus derechos y una voluntad de participar en la vida pública que no va a desaparecer. El riesgo de una creciente inestabilidad—agravado por la extraordinaria polarización étnica y religiosa del país—es por tanto considerable.

El golpe, por otra parte, supone para el nuevo presidente de Estados Unidos, Joe Biden, la primera prueba a que se ve sometida su intención de defender los valores democráticos y contrarrestar el atractivo del modelo político chino entre los Estados de su vecindad. Una complicación para Biden es que fue una administración demócrata, la de Barack Obama, la que tuvo un papel no menor en el inicio de la transición birmana, que a su vez condujo al levantamiento por Washington de las sanciones anteriormente impuestas a las inversiones en el país. Restaurar las sanciones no resultará fácil cuando otros socios—como Japón, India o distintos países de la ASEAN—han sido tibios en la condena del golpe dados los intereses en juego. Entre ellos pocos son tan relevantes, también para Estados Unidos, como la variable china.

La República Popular es el segundo mayor inversor en Birmania después de Singapur, con unos 21.500 millones de dólares, y representa un tercio del total del comercio exterior del país (diez veces más que Estados Unidos). Hace justo un año que Xi Jinping realizó una visita oficial (la primera en dos décadas de un presidente chino), y apenas un mes de la efectuada por el ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, quien calificó a ambas naciones como “hermanas” y elogió la “revitalización nacional” emprendida por las fuerzas armadas. La reacción de Washington al golpe queda así sujeta, más que a factores internos, a la reformulación de laa estrategia integral hacia Pekín que debe acometer.

Fortaleciendo alianzas

En su primera conversación, telefónica, tras su proclamación como nuevo presidente de los Estados Unidos, Joe Biden prometió al primer ministro de Japón, Yoshihide Suga, que defenderá la soberanía nipona sobre las islas Senkaku, administradas por Tokio pero reclamadas desde hace medio siglo por China y Taiwán, y en cuya cercanía suelen patrullar unidades de la marina china de guerra.

Biden y Suga coincidieron en la necesidad de una “desnuclearización completa” de la península coreana y en la necesidad de avanzar en el asunto de los secuestros de japoneses hace décadas por parte de Corea del Norte, que constituye una de las prioridades para Tokio. Tanto Japón como Corea del Sur jugaron un papel central en las conversaciones con Corea del Norte que inició en 2018 el ya expresidente Donald Trump y que desembocó en dos cumbres con el líder norcoreano Kim Jong-un, que no dieron frutos en el tema de la desnuclearización.

 La elección de Biden, bien recibida en Japón, Taiwan y Corea del Sur, no ha podido ocultar la incertidumbre de estos tres países sobre cuál va a ser la política en hechos sobre el terreno de la Administración Biden. Trump, duro con Corea de Norte y China desplegando fuerzas en la zona en los momentos más calientes, abandonó el acuerdo sobre el libre comercio en el Pacífico, emitió señales de cierto distanciamiento con sus aliados más tradicionales y sembró dudas sobre la seguridad regional y la manera de fortalecerla y únicamente con Taiwán se estrecharon unos lazos ya fuertes.

Biden parece haber decidido otra estrategia. Sin abandonar el tono duro con China y Corea del Norte, quiere fortalecer la seguridad robusteciendo las alianzas en la región, defiendo más decididamente los intereses de sus aliados (cuidando no abrir brechas, ya que algunos de estos intereses enfrentan a algunos aliados entre sí). En ese juego de fuerzas van a ganar protagonismo regional Corea del Sur, Japón, Taiwan, Australia e India, sin olvidar a países como Thailandia y Vietnam, cercanos a Estados Unidos, y la incógnita de Filipinas que ha venido acercándose a Pekín los últimos años.  

Sin embargo, Biden, que fue vicepresidente con Obama, avaló entones una política de gestos suaves con China con el mismo discurso de alianzas y aquello fortaleció la expansión de la política de Pekín. De hecho, dirigentes chinos vaticinan que la nueva administración estadounidense  no pueden contener ya la expansión china y que deben sentarse a negociar una nueva relación sobre la base del reconocimiento de China como superpotencia y su derecho a intervenir de igual a igual en la escena internacional política y económica.