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Kamala Harris en Asia. Nieves C. Pérez Rodríguez

A finales de la semana pasada, la Casa Blanca anunciaba la asistencia de la vicepresidenta Harris al funeral del primer ministro Abe. En el marco de la visita se va a aprovechar para cubrir temas críticos para las alianzas estadounidenses. Tal y como hemos venido afirmando, la región del Indo Pacífico es la columna vertebral en materia de política exterior y China la mayor preocupación de Washington.

Este es el segundo viaje de Harris a Asia. El primero fue el verano pasado cuando hizo una gira por dos países del sureste asiático, con la intención de generar un acercamiento después de que los primeros meses de la Administración Biden fueron distantes, a pesar de que Washington ha sostenido consistentemente su compromiso de larga data tanto con Vietnam y con Singapur.

ublicó en su momento la oficina de la vicepresidenta “estamos de regreso en una región de importancia crítica en el mundo”. Ese ha sido el mensaje a través de todos los encuentros, visitas e incluso afirmaciones tanto del secretario de Estado como del de Defensa o el mismo Biden.

Este viaje debe servir para robustecer el fuerte compromiso tanto económico como de seguridad que Estados Unidos tiene con el otro lado del Pacifico. En este sentido, el portavoz de la Casa Blanca señaló que esta gira tiene un triple propósito, primero honrar la memoria y el legado de Abe. En segundo lugar, reafirmar el compromiso de Estados Unidos con los aliados en un entorno de seguridad cada vez más complejo. Y el tercero, profundizar el compromiso de Washington con la región del Indo-Pacífico.

La Casa Blanca adelantaba que se aprovecharía para llevar a cabo reuniones estratégicas para discutir temas como la fortaleza de la alianza bilateral con Japón. Una cooperación entre ambos que incluye materia espacial, temas regionales y globales, incluida la estabilidad del Estrecho de Taiwán, la importancia de promover un Indo-Pacifico libre y abierto y la preservación de la paz.

Entre los puntos más destacados de la agenda está la reunión con el primer ministro australiano, Anthony Albanese, que es clave para la discusión del estatus de la región y las actividades del Quad, o alianza cuadrilateral en materia de seguridad entre India, Australia, Japón y EE. UU.

Así mismo, Harry tiene previsto reunirse con el primer ministro surcoreano Han, quien también se encuentra en Tokio, para discutir el eje de seguridad y prosperidad en el Indo-Pacífico.  En la visión de la Administración Biden Corea del Sur es prioritario para atender los desafíos globales empezando por los de la propia península de Corea.

En la visión de la Administración Biden, Corea del Sur es prioritario para atender los desafíos globales empezando por los de la propia península de Corea.

También se prevé encuentros con ejecutivos de empresas japonesas de la industria de semiconductores para debatir sobre los chips y el proyecto de ley en ciencia recién convertido en ley en Washington e intentar persuadir de que tener un marco legal como ese brinda muchos beneficios no solo a los Estados Unidos sino también a sus aliados y socios.

En este sentido, las inversiones en manufacturas en territorio estadounidense ocupan una prioridad muy alta, junto con la elasticidad y diversificación de la cadena de suministros, en pro de prevenir cualquier disrupción sobre todo después de los grandes problemas vistos durante la pandemia. Washington ve en Tokio un aliado estratégico no solo en cuanto a la seguridad y defensa de la región sino también como socio vital en todos los frentes en los que China representa un problema.

En efecto, después de la primera reunión entre Harris y el primer ministro japonés Kishida, la vicepresidenta tuiteó que la alianza entre ambas naciones es más fuerte que nunca. Y ratificó el compromiso de seguir fortaleciendo la alianza, ya que es fundamental para la prosperidad y la seguridad del pueblo estadounidense.

Con la compleja situación internacional, la caída de la economía como consecuencia de la pandemia en todos los países, los altos precios del petróleo, la inseguridad alimentaria producto de la invasión rusa a Ucrania y lo escasa o ninguna transparencia china en el origen de la pandemia y las extremas medidas de contención del virus, ha habido una especie de despertar en muchas naciones. Países que eran aliados como Japón y Estados Unidos, tienen interés en mostrar más sus vínculos, o como la UE y Washington, que han cerrado fila en contra del agresor, sin medias tintas.

Y países que han venido siendo presionados por Beijing para aceptar sus condiciones, empiezan a ver las consecuencias de los estrangulamientos de los créditos chinos, como ha sucedido en Zambia o Sri Lanka, por nombrar casos emblemáticos.

Sobre todo, los países cuyas fronteras están cerca de las chinas o comparten mares con Beijing temen perder la libertad de los mismos, la capacidad soberana de tomar decisiones porque el gigante asiático se imponga por la ley del más fuerte.

Son esos temores los que están acercando viejas alianzas, fortaleciendo acuerdos y recordarles a los mismos estadounidenses que la presencia es insustituible y necesaria. Esperemos pues que la vicepresidenta desenvuelva un buen papel, contenga sus comentarios defensivos frente a la prensa, y el centro de atención lo ocupe los temas en materia de seguridad de la región y desarrollo de alianzas económicas.

 

Para Beijing, la reunificación de Taiwán es incuestionable. Nieves C. Pérez Rodríguez

En medio del mayor número de maniobras militares realizadas por el Ejército Popular de Liberación de China en los alrededores de Taiwán como una contundente muestra de rechazo a la visita de Nancy Pelosi, la presidenta de la Cámara de Representantes del Congreso estadounidense, Beijing publicó el nuevo Libro Blanco sobre Taiwán titulado “La cuestión de Taiwán y la reunificación de China en la nueva era”.

El documento se hacía público justo cuando se cumplía una semana de la visita de Pelosi a la isla como otra muestra de su rechazo y a su vez por la necesidad de ratificar que Taiwán es territorio chino. El preámbulo reza:

… “Resolver la cuestión de Taiwán y realizar la reunificación completa de China es una aspiración compartida por todos los hijos e hijas de la nación china. Es indispensable para la realización del rejuvenecimiento de China. También es una misión histórica del PC chino”.

En esos tres puntos se resume la importancia política de la reunificación como ellos la llaman. Es una aspiración de los ciudadanos porque estos han sido ideologizados bajo el esquema de una China con dos modelos o lo que es lo mismo un país dos modelos, pero siempre enfatizando la idea de que es una solo nación.  Xi Jinping recuperó varios términos desde que se hizo con el poder, como es el sueño chino o el rejuvenecimiento de China, que a diferencia del sueño americano donde un individuo con su trabajo puede conseguir lo que se proponga, el chino es la subordinación de los sueños individuales en pro del sueño colectivo. Y definitivamente, el PC chino lo ha promocionado desde que tomó el poder una misión histórica porque desde su creación han insistido en que Taiwán es parte del territorio de China.

Claramente, el rejuvenecimiento del que tanto habla Xi es una necesidad y una oferta política de carácter nacionalista que, en el fondo, busca el impulso económico de China y a su vez la consolidación y liderazgo internacional chino en el mundo. Y en el plano doméstico se traduce como el retorno o vuelta de los territorios desperdigados, cuya lista hasta hace poco incluía a Macao y Hong Kong, pero que en el documento afirma que una vez que han regresaron se restauró el orden y la prosperidad en esos territorios.  Aun cuando reconocen que en Hong Kong hubo un periodo de agitación que fue superado gracias a la represión de las fuerzas de seguridad china.

En el libro Blanco de Taiwán se recrea la historia que ha vinculado a China y a Taiwán desde la antigüedad, basado en descubrimientos arqueológicos en ambos lados del estrecho, pasando por distintas dinastías, documentos y hechos históricos. Todo para justificar que son parte de China porque así lo han sido desde tiempos remotos. Y de hecho literalmente dice: “Después de un siglo de sufrimiento y privación, la nación ha superado humillación, emergió del atraso y abrazó oportunidades ilimitadas de desarrollo. Ahora China se dirige hacia el rejuvenecimiento”.  Dejando por sentado que a pesar del tiempo que Taiwán ha sido independiente, que es más de un siglo, están cada vez más cerca de la reunificación.

Sin embargo, el sentimiento ciudadano en Taiwán es otro. Hoy en día sólo el 2% de los taiwaneses se identifican exclusivamente como chinos lo que se traduce en una caída del 25% en las últimas tres décadas, según la Universidad Nacional de Chengchi, que es uno de los centros de estudios más prestigiosos de Taiwán. Curiosamente Beijing, a pesar de su crecimiento indiscutible en los últimos años, ha conseguido más distanciamiento de esos territorios y rechazo social de esos ciudadanos.

El documento asevera en múltiples ocasiones que la reunificación es un proceso que no puede ser detenido porque es crítico para el rejuvenecimiento de la nación, así como que el progreso de China es la prueba que marcará el bienestar en ambos lados del estrecho, “desarrollo que se ha alcanzado gracias al socialismo con características chinas y al alto precio del mismo.  Cualquier intento de fuerzas separatistas para prevenir la reunificación está destinado al fracaso”. Y por último sostienen que si fuerzas externas obstruyen la reunificación de China serán vencidas.

Aunque asegura el texto que trabajarán para una reunificación pacífica, afirman que no renunciarán al uso de la fuerza, así como se reservan la opción de tomar las medidas necesarias para cumplir el objetivo. Si bien a lo largo del documento invitan a los taiwaneses a trabajar de la mano como “patriotas”, el desacato es considerado como un crimen que será penado.

Aunque este es el tercer Libro Blanco sobre Taiwán (el primero fue en 1993 y el segundo en 2000) el momento en que ha sido publicado es sin duda decisivo para Beijing, que aprovecha otro medio para manifestar su posición en medio de la crisis. En las primeras versiones se dejaba abierta la opción de que Taiwán mantuviera su sistema de semi autonomía, político, judicial y financiero, pero está última versión sólo describe que puedan mantener su sistema social y manera de vivir, que la misma ambigüedad genera inquietud e incógnitas.

El PC chino ha montado toda su estrategia basada en el control social y la manipulación individual, donde el ciudadano tiene que plegarse a lo que desde el partido / Estado se dicta. No existe una diferencia entre ambos, el partido usa la figura del Estado para imponer sus lineamientos, como lo hemos visto repetidamente en el Tibet, en Xinjiang, o en políticas como la de un solo hijo, que se impone sin importar la crueldad o el daño psicológico se coacciona a su cumplimiento.

THE ASIAN DOOR: Taiwán en el eje del epicentro de la geopolítica. Águeda Parra

Ante la invasión de Ucrania, China no se ha salido de su propio guión. China ha seguido su máxima de no injerencia en los asuntos internos de otros países, y no ha buscado ni influir ni mediar en el conflicto, pero tampoco está prestando apoyo militar a Rusia.

No obstante, ni los retos militares ni económicos que tenga que afrontar Rusia en su invasión de Ucrania van a influir en sus intenciones futuras respecto a Taiwán.  Un conflicto que, de producirse, plantea un escenario de guerra asimétrica por la diferencia de poderío militar entre ambos países. En este sentido, las lecciones aprendidas que está aportando la invasión de Ucrania están permitiendo remodelar la estrategia de las fuerzas defensivas de Taiwán.

En este contexto, las tácticas militares están muy ligadas al tipo de tecnología militar disponible en cada momento, y la modernización de las capacidades de China están incorporando un uso intensivo de la inteligencia artificial (IA), además de desarrollar su propia capacidad de defensa de antimisiles. De hecho, la aplicación de la IA que utiliza China en sus capacidades militares marcaría una diferencia importante respecto al escenario militar que se está desarrollando en Ucrania.

De ahí, que la invasión de Ucrania esté aflorando la necesidad de disponer de armamento más moderno. El asesoramiento de Estados Unidos en este sentido estaría dirigido a que Taiwán realizara compra de equipamiento militar que le permita reforzar los sistemas de defensa de la isla. La venta de armas por parte de Estados Unidos hacia la isla ya se incrementó en tiempo de la administración Trump, y se ha seguido reforzando durante la presidencia de Biden. De hecho, el ritmo de compra de armamento que Taiwán ha venido realizando a Estados Unidos se ha intensificado en la última década, alcanzando los 23.000 millones de dólares desde 2010, de los que 5.000 millones de dólares corresponderían sólo a 2020, según un informe del Pentágono.

Respecto a las capacidades de China, el gigante asiático se encuentra actualmente inmerso en un proceso intensivo de modernización de su poderío militar y de una mayor capacitación del su ejército, un proceso de reforma que comenzó en 2015, poco tiempo después de que Xi Jinping asumiera el cargo en 2013. Con esta modernización, China aspira a garantizar que sus capacidades militares sean las necesarias para disponer de una ventaja decisiva en todos los escenarios que se puedan plantear en un conflicto con Taiwán donde también intervenga Estados Unidos. Asimismo, el objetivo es poder “luchar y ganar” guerras modernas e “informatizadas”, según figura en las fuentes oficiales, es decir, aquéllas que hagan un amplio uso de las nuevas tecnologías.

El plan de modernización planteado hace más de un lustro estaba previsto que culminara para 2035, pero China recientemente ha adelantado esa fecha a 2027. Con este adelanto del proceso de modernización militar, el gigante asiático acelera su agenda asertiva respecto a sus objetivos de reunificación de la isla en un entorno de creciente tensión por la coyuntura internacional que ha planteado la guerra de Ucrania.

Al permanente estado de alerta en el que se mantiene el estrecho por las continuas incursiones en la zona de defensa área de Taiwán por parte de aviones chinos, se ha sumado recientemente la tensión generada por la visita de un senador estadounidense a la isla, provocando el malestar propio que este tipo de visitas suele producir en China. No obstante, el anuncio de la presidenta de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, Nancy Pelosi, de su intención de visitar la isla, intensificaría más de lo esperado la tensión, ya de por sí muy elevada. De hecho, sería la primera vez en 25 años que un presidente de la Cámara visita la isla.

¿Qué nos dejó la Cumbre de la OTAN? Nieves C. Pérez Rodríguez

La asamblea de la OTAN de Madrid nos ha dejado la imagen de la marca España renovada. Una España que queda bien parada, se ha vendido como un país mediano que sabe manejar un evento de envergadura y que puede proporcionar seguridad doméstica al nivel de cualquier otra potencia. Los que nos encontrábamos en Madrid para la Cumbre pudimos ser testigos del mayor despliegue de agentes de seguridad a todo lo largo y ancho de la capital.

La capital del mundo por un poco más de un par de días, como los medios locales la llamaron una y otra vez, exaltaba la belleza de una  icónica Castellana, su Palacio Real o su Museo del Prado junto con los hoteles de lujo que acogieron a los líderes de Estado que se acudían a la gran cita y que obligaron a cerrar momentáneamente el tránsito de los ciudadanos de norte a sur o viceversa cuando las delegaciones y sus jefes de Estado y de gobierno se transportaban de sus hoteles a IFEMA o a donde tuviera lugar convocatoria.

Dentro de este caos, como lo describieron muchos madrileños, fuimos testigos de cómo Turquía levantaba el veto a Finlandia y a Suecia para que así éstas pudieran comenzar su proceso de adhesión a la Organización del Atlántico Norte. Lo más significativo que tuvo lugar en la cumbre.

Otro gran avance es el cambio de estrategia de los últimos doce años al reconocer a Rusia como un país con el que no se puede tener una relación de colaboración.

Y el tercer gran elemento de cambio que además refleja un avance es que por primera vez los países europeos han reconocido públicamente que China representa una amenaza estructural que engloba muchos aspectos: tecnología, economía, seguridad alimentaria, seguridad geográfica y retos a los valores que profesa occidente.

Biden podrá presumir de estos cambios porque no cabe duda de que fueron impulsados y promovidos desde su Administración. Aunque no puede menospreciarse es que estos cambios son reflejo de una nueva realidad geopolítica internacional que obedece a la manera de proceder sobre todo rusa, aunque también china.

En nuestras conversaciones con expertos durante estos días pudimos extraer opiniones diversas, aunque todos coincidían en que el cambio de estas políticas es un hecho irreversible, como lo es la posición hacia China. Nos decía un coronel español retirado que la OTAN a lo largo de los años ha creado un equilibrio de treinta miembros que ha costado mucho alcanzar y mantener. Pero que ahora a Europa le había llegado el momento de dar lo que tiene. Y que los cambios eran parte de ese momento y proceso.

La OTAN ahora si está en otra situación y le ha llegado el momento de la verdad. Aunque admitía que el apoyo diplomático tiene que acompañar en todo momento el proceso pues debe estar presente para evitar que se desencadene una guerra nuclear.   Es decir, siempre con las formas diplomáticas rodeando la conversación.

En cuanto a China, que es una economía profundamente metida en el entramado global y representa un gran riesgo, la OTAN tiene que fortalecer el marco natural de cómo relacionarse con un país tan poderoso. Tiene que definir una estrategia clara que pueda llevarse a cabo.

Así mismo un general español con el que conversamos nos decía que llegar a declarar a Rusia como un desafío sistémico en el 2022 después de que tan sólo en el 2010 fuera definida como un socio estratégico, es un cambio radical de postura.

Ahora todo este proceso debe ir acompañado de educación. Se debe educar a la población europea que no tiene memoria de guerras sobre la importancia de tener una política fuerza de seguridad tanto doméstica como desde la alianza. El costo y sacrifico que eso lleva consigo, pero también se debe educar de los enormes beneficios de tenerlo.

Hablar sobre la libertad de la que gozamos los europeos, aun cuando fue muy duro llegar aquí por lo que el único camino es el mantenimiento.

 

China, ¿la mano que mueve las crisis?

La inestabilidad se extiende por el centro y el sur de Asia, en escenarios diferentes, y en cada caso está China presente, directa o indirectamente. El desafío separatista de Karakalpakistán al gobierno de Uzbekistán se suma al sur de la India, en Sri Lanka una cris económica marcada por la corrupción y la insensatez del gobierno que ha culminado con una enorme movilización social que ha expulsado al presidente con la aparente complicidad del ejército y los poderes económicos del país amenazados por verse arrastrados a una ola de desórdenes.

En el primer escenario, Uzbekistán, sin que aparezcan  públicamente los intereses chinos. Pekín sigue los acontecimientos muy de cerca en una coyuntura en la que las dificultades rusas le limitan su capacidad de intervención y de influencia en una región en la que han sido amos y hacedores de gobiernos desde la época de la Unión Soviética. Y ante ese vacío China lleva meses moviendo piezas discretamente para sustituir a Rusia como gran padrino fortalecer así la zona estratégica por la que quieren que discurra su gran proyecto de renovada Ruta de la Seda terrestre desde el Pacífico al corazón de Europa.

En el segundo caso, la mano china es más visible. Pekín ha venido suministrando a Sri Lanka la cuerda financiera que finalmente ha ahogado al país con créditos enormes para infraestructuras megalómanas que no han servido para estimular la economía del país y creando una deuda impagable que China se cobrará intentado convertir los puertos ceilandeses en piezas clave de su Ruta de la Seda marítima. De hecho, en plena crisis, Pekín ha ofrecido más créditos y apoyo a las actuales instituciones ceilandesas “para salir de la crisis”.

China ha apoyado al gobierno corrupto depuesto, tiene lazos con sectores izquierdistas tamiles, la minoría ceilandesa de origen indio, y alimenta financieramente a las élites del país. No quiere perder esa influencia y necesita consolidar su presencia económica y militar si puede en sus rutas hacia occidente, Esos son sus planes a medio y largo plazo, y no sólo en Asia, como vienen demostrando sus intereses africanos.

El G7 le planta cara a Beijing. Nieves C. Pérez Rodríguez

Los últimos días del mes de junio nos han dejado una fotografía distinta del mundo de la que teníamos hace tan sólo 6 meses atrás. Comenzando con la cumbre del G7 en Baviera y continuado con la Cumbre de la OTAN en Madrid. Las naciones poderosas que comparten valores democráticos comunes están mostrado músculo e intentando fortalecer el frente contra Putin pero también contra cualquier amenaza a los valores y las libertades que se establecieron después de la II guerra mundial.

La agenda del G7 tuvo como centro los temas más preocupantes del momento: la economía mundial (que se encuentra muy afectada por la pandemia), la seguridad alimentaria (que a razón de la guerra de Ucrania ha entrado en una situación de incierto e inseguro abastecimiento), la política exterior y de seguridad (y la necesidad de que se respete la soberanía de las naciones y los principios establecidos en la Carta de Naciones Unidas), el multilateralismo y la sostenibilidad así como la necesaria e inminente transformación digital del mundo.

Así mismo Alemania, Canadá, Francia, Italia, Japón, Reino Unido y los Estados Unidos discutieron un tema clave sobre cómo mantener sancionado el petróleo ruso pero que, sin que con ello se mantenga disparado y descontrolado el valor del petróleo en el mercado internacional, con el efecto negativo que eso tiene sobre la ya golpeada economía post pandemia.

Sin embargo, la respuesta más contundente del G7 es la propuesta para contrarrestar la iniciativa de la nueva ruta de la Seda presentada por Xi Jinping en el 2013 y cuyo objetivo es la movilización de 600 mil millones de dólares en fondos para el mundo en desarrollo en un movimiento visto como contraataque al plan “Belt and Road Iniciative” por su nombre en inglés.

La gran novedad aquí es que por primera vez se hace un reconocimiento desde los miembros de las economías más fuertes del planeta acerca del peligro que representa China como competidor. Y no porque Beijing no tenga el derecho a competir en el mercado internacional sino por el uso de las prácticas malignas del partido comunista chino que acaban teniendo un efecto devastador en economías dependientes, como es el caso de muchos países africanos, latinoamericanos e incluso asiáticos.

Fernando Delage afirmaba en un artículo publicado el 8 de junio de este año por 4Asia que China es el primer socio comercial del continente africano, su principal acreedor y el primer inversor en el desarrollo de sus infraestructuras, tanto físicas como digitales. Y continúa aportando data comercial entre ambas, de un comercio de apenas unos 10.000 millones de dólares en el año 2000 se multiplicaba a 254.000 millones de dólares al 2021.

La financiación de infraestructuras chinas a priori parece ser parte de una política al desarrollo al estilo de las que ha concedido occidente, pero en el caso chino los préstamos castigan a las economías receptoras con altísimos intereses, el desarrollo de los proyectos chinos no se tiene en cuenta el medio ambiente ni el beneficio para la nación receptora. Además, los créditos concedidos por Beijing llevan consigo unos objetivos políticos claros y una estrategia de proyección global para hacer frente a la influencia de occidente, que valga decir ha venido en declive.

Razón por la cual, Ursula Von Der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, dijo en la cumbre que el objetivo del G7 con “la propuesta era presentar un impulso de inversión positivo y poderoso al mundo para mostrar a los países que tienen una opción distinta”, básicamente distinta a China y sus conocidos “créditos trampa”.

La bipolaridad se ha restablecido y las opciones sobre la mesa están sustentadas básicamente en los valores que ofrece cada contrincante. Por un lado, está occidente intentando apoyar medianamente a Kiev que está sirviendo como escudo al resto de Europa, en mantener a flote los valores democráticos en la región y por tanto en el mundo. Mientras que por el otro lado está Moscú apostando por una guerra inútil que los puede arruinar y un Beijing que no ha hecho más que mostrar su esencia durante los años de pandemia, imponiendo formidables restricciones en cada fase y que, en efecto, parece que continuarán en los siguientes cinco años, tomando Hong Kong y con la mira puesta en Taiwán que, a pesar de las advertencias no hacen más que continuar violando su espacio aéreo y marítimo.

La OTAN, por su parte, también muestra avances en esa alineación en cada bando, con el levantamiento del veto de Turquía a Finlandia y Suecia para entrar en la organización que, a finales del 2021, fue tildada de agónica pero que hoy renace con más fuerza su razón y sentido.

El precio de vivir en libertad hay que pagarlo y de no hacerlo toca pagar el de vivir bajo regímenes autoritarios que oprimen, controlan y no dejan progresar a sus ciudadanos bajo el libre albedrio…

INTERREGNUM: China, desafío europeo. Fernando Delage

Con la atención puesta en Ucrania, otros desafíos a la posición internacional de Europa parecen haber pasado a un lugar secundario. Algunos de ellos, sin embargo, adquieren una nueva relevancia precisamente por su relación con la guerra en el Viejo Continente. Ese es el caso de China: su apoyo a Rusia convierte a Pekín en un actor inesperado en la seguridad europea, haciendo de su ascenso un reto de naturaleza multidimensional. Además de tratarse de un rival tecnológico e industrial de primer orden, la UE ha tardado en reconocer que compite igualmente con China sobre el futuro del orden internacional. El aumento de sus capacidades económicas, diplomáticas y militares pone en riesgo intereses y valores europeos, pero también afecta a su entorno de seguridad.

La lejanía geográfica y el hecho de que Europa no sea un actor estratégico en Asia impedían percibir China de la misma manera que lo hace Estados Unidos. Pero la República Popular se acerca más que nunca a Europa a través de sus planes dirigidos a reconfigurar Eurasia. Su solidaridad con Moscú, sus operaciones de influencia y la promoción del autoritarismo en el mundo emergente subrayan la definición de China como “rival sistémico” hecha por la UE en 2019, y reiterada más recientemente por la brújula estratégica de la Unión.

La guerra de Ucrania ha obligado a Estados Unidos a reajustar su estrategia china, como hizo el secretario de Estado, Antony Blinken, el 26 de mayo, y reiteró la semana pasada el secretario de Defensa, Lloyd Austin, en su intervención en el foro de Shangri-la. También la OTAN, en su próxima cumbre de Madrid, incorporará el desafío chino a su nuevo concepto estratégico. La Unión Europea ha dado forma por su parte a nuevos instrumentos orientados igualmente a responder a los movimientos de Pekín. Pero se echaba en falta una concepción integral y sistemática que, además de identificar las implicaciones para Europa de las ambiciones de Xi Jinping, recogiese las medidas que conviene adoptar en los diversos frentes.

Ese vacío es el que ha intentado cubrir un reciente informe realizado de manera conjunta por tres prestigiosos think tanks: el Instituto Alemán de Asuntos Internacionales y de Seguridad, el Instituto Montaigne de París y el Centre for European Reform de Londres. Según el informe (“Rebooting Europe’s China Strategy”), la UE debe perseguir tres objetivos estratégicos fundamentales en sus relaciones exteriores: proteger y promover los pilares de la identidad europea—democracia, Estado de Derecho, multilateralismo y desarrollo sostenible—; fortalecer la relación con los socios y aliados democráticos; y mantener un orden internacional basado en reglas.

De conformidad con esos fines, el informe recomienda actuar simultáneamente en cinco direcciones. En primer lugar, Europa necesita minimizar y gestionar sus vulnerabilidades frente a China. Debe, para ello, protegerse de las operaciones de influencia y de los ciberataques; competir con la influencia económica china, tanto en su territorio como en terceros países; impulsar una estrategia de diversificación que reduzca la dependencia de los suministradores chinos; y supervisar de manera más estricta las inversiones chinas.

Europa necesita, en segundo lugar, maximizar su margen de maniobra con respecto a China sacando un mayor partido a las capacidades con que ya cuenta. Además de recurrir a su poder regulatorio, la UE debería evitar el bloqueo de las decisiones de política exterior por la exigencia de unanimidad; demostrar que su modelo de gobierno democrático y de libre mercado produce mejores resultados que el sistema autoritario chino; y asegurar que propuestas como la Global Gateway se convierta en una alternativa atractiva a la Nueva Ruta de la Seda de Pekín.

En tercer lugar, Europa debe fortalecer asimismo las Naciones Unidas y otras organizaciones internacionales frente a los esfuerzos chinos por reconfigurar su misión. En el terreno multilateral, la UE debe prestar atención asimismo a las acciones de Pekín destinadas a promover la adopción de sus estándares técnicos por parte de las agencias especializadas, como la Unión Internacional de Telecomunicaciones.

La cooperación con la República Popular, en cuarto lugar, debe estar sujeta a una exigencia de reciprocidad y de respeto de las normas internacionales. Y, finalmente, la UE y los Estados miembros necesitan profundizar en el conocimiento de China y de su presencia en el territorio, en las motivaciones que guían a sus dirigentes y a los vínculos entre las empresas chinas y el Partido Comunista.

Son recomendaciones muy completas, muchas de las cuales la UE ya estaba en realidad siguiendo, pero que sirven sobre todo para evitar el riesgo de que la urgencia de hacer frente al ataque de Putin a la estabilidad europea se traduzca en una menor atención al creciente peso del gigante asiático.

Washington avanza en robustecer la seguridad de Taiwán. Nieves C. Pérez Rodríguez

En el Senado de los Estados Unidos se acaba de presentar un proyecto de ley sobre el fortalecimiento de asistencia y apoyo en materia de seguridad a Taiwán con el propósito de revisar la legislación actual existente en los Estados Unidos hacia Taiwán y ampliar la colaboración que se estableció en 1979 y que se ha mantenido hasta el momento.

El proyecto de ley, promovido por el senador demócrata Bob Menéndez y presentado con Lindsey Graham (senador republicano), se introduce en un momento de gran tensión en las relaciones entre Estados Unidos y China. Tan sólo una semana atrás el ministro de defensa chino Wei Fenghe hizo unas fuertes declaraciones en las que afirmó “China no dudará en comenzar una guerra y aplastar en pedazos a Taiwán”.

En tal sentido, el senador Menéndez afirmó que “este proyecto de ley enviará un mensaje claro a China: China no deberían cometer el mismo error de Rusia al invadir a Ucrania”. La ley en cuestión busca ampliar los esfuerzos estadounidenses para promover la seguridad de Taiwán, garantizar la estabilidad regional, así como intenta disuadir a China de agredir a Taiwán. Para ello contempla un presupuesto de 4.5 mil millones de dólares en asistencia en seguridad en los próximos cuatro años.

La ambiciosa ley buscaría también servir de puente entre Taiwán y organizaciones internacionales en la arquitectura comercial multilateral. Asimismo, define a Taiwán como un importante aliado “no miembro” de la OTAN (de acuerdo con la ley estadounidense, supone la designación de estatus de “aliado principal no-OTAN”) un poderoso estatus que brinda a los socios un beneficio adicional en áreas de comercio de defensa y cooperación en seguridad.

 

En el contexto actual, ese estatus tiene un efecto más enérgico e incluso debería ser disuasorio frente a las pretensiones del PC chino. Y, a su vez, fortalece la imagen de Taiwán con el posible apoyo de instituciones multilaterales tanto económicas como de defensa.

Casi simultáneamente Beijing anunciaba el lanzamiento de su portaaviones más largo, que analistas expertos en la materia consideran que es un rival de los portaaviones más grandes estadounidenses, en dimensiones, y que fue bautizado con el nombre de Fujian que es el nombre de la provincia china que bordea el frente de Taiwán. La provincia de Fujian geográficamente se encuentra justo enfrente del estrecho de Taiwán en el mar de meridional de China, que valga recordar que Beijing ha venido insistiendo en que las aguas de ese estrecho no son aguas internacionales sino chinas, y en efecto los chinos desarrollan constantemente maniobras militares en la zona que se han venido incrementando en frecuencia en los últimos años.

En la presentación del texto, el senador Graham afirmó que el proyecto de ley es la mayor expansión de la relación militar y económica entre ambos países en décadas. Además, dijo, “cuando se trata de Taiwán nuestra respuesta debería ser que estamos a favor de la democracia y en contra de las agresiones comunistas. Vivimos tiempos peligrosos. China está evaluando a Estados Unidos y nuestro compromiso es Taiwán. El peligro solo empeorará si mostramos debilidad frente a las amenazas y las agresiones chinas hacia Taiwán”.

Las palabras pronunciadas por ambos senadores en el momento de la presentación del proyecto de ley tienen una gran validez hoy y deberían ser puestas en práctica por muchas naciones libres, en un momento en que Occidente parece sentir miedo por la soberanía y las posibles agresiones contra los valores democráticos después de la invasión de Ucrania, al igual que el manejo de la pandemia en China desde el mismo comienzo de esta, desde el secretismo inicial hasta los severos confinamientos que hemos visto hasta hace solo días atrás.

Vivimos tiempos peligros y hay que enviar un mensaje contundente a China: Occidente no va a tolerar que Beijing decida acabar con una democracia y hacerse con Taiwán, eso sería mucho más que hacerse con el control de una isla con profundos valores democráticos; eso significaría hacerse con el control de mares internacionales junto con la anulación de la libertad de navegación en los mismos, el control regional y poco a poco la dominación, imposición y normalización de sus valores en el mundo.

 

China-Taiwán, provocación permanente

China ha vuelto a anunciar formalmente, por enésima vez, que si Taiwán decide convertir su actual estatus político en una situación de independencia oficial, no dudará en intervenir militarmente en la isla para “garantizar la unidad nacional”.

Taiwán y su actual realidad política nacieron de la guerra civil china de la posguerra mundial que concluyó con la victoria de los comunistas de Mao Zedong y el refugio en la isla de los restos del régimen, que pasó de democrático a autoritario, de Chian Kai Shek. Desde entonces, ambos gobiernos han insistido en presentarse como representantes del pueblo chino y aspirantes a la unidad nacional desde sus respetivos valores. Andando el tiempo, Taiwán se ha convertido es una democracia  ejemplar mientras la China continental ha vivido el terror y la criminalidad revolucionaria y también un progreso material sin derechos humanos ni sociales.

Es verdad que en Taiwán han aparecido fuerzas que creen que es el momento de abandonar la idea de unificar China en un sistema democrático y convertirse en una república oficialmente independiente que han llegado al gobierno pero no hay indicios de que estén avanzando hacia una situación de independencia más allá de algunas manifestaciones verbales.

Entonces, ¿a qué se debe la reiteración de la amenaza china ahora, unida a la presión desde hace meses de las fuerzas aeronavales chinas del espacio aéreo taiwanés?

Esto puede deberse a varios factores. Uno es una cierta ralentización del crecimiento económico chino que trata de envolverse en un discurso nacionalista. Otro es que China ve en el conflicto de Europa una brecha en Occidente y, a la vez, que se refuerzan los lazos entre Reino Unido, EEUU y Australia para hacer frente a la amenaza china. China quiere recordar que la región del Indo Pacífico es su prioridad estratégica aunque no la única, y cree que Occidente es meno sólido en su cohesión interna de lo que parece, y un tercero es que EEUU ha subrayado su decisión de defender Taiwán ante cualquier amenaza china.

China sigue haciendo de su política exterior un ejemplo de ambigüedad calculada y peligrosa. Amenazante en su entorno y comprensiva de causa rusa en Ucrania mientas clama por un acuerdo que no aumente la inestabilidad en Europa y estropee los intereses comerciales chinos.

A la vez, Estados Unidos no se ha visto tan distraído por la invasión rusa de Ucrania como para no aumentar la alarma en el Pacífico, el rearme y la creciente amenaza china, un escenario en el que la Unión Europea va a tener que pensar aunque ahora no sea el mejor momento.

 

INTERREGNUM: Iniciativas en competencia. Fernando Delage

Durante los últimos días se ha puesto una vez más de relieve cómo Estados Unidos y China están definiéndose con respecto al otro, y cómo cada uno está construyendo su respectiva coalición en torno a concepciones alternativas del orden internacional.

Tras la presentación, en semanas anteriores, de las orientaciones estratégicas y económicas sobre el Indo-Pacífico, faltaba la anunciada revisión de la política hacia China, finalmente objeto de una intervención del secretario de Estado, Antony Blinken, el 26 de mayo en la Universidad George Washington. Tras definir a la República Popular como “el más grave desafío a largo plazo al orden internacional”, Blinken indicó que “China es el único país que cuenta tanto con la intención de reconfigurar el orden internacional como, cada vez más, con el poder económico, diplomático, militar y tecnológico para hacerlo”. China “se ha vuelto más represiva en el interior y más agresiva en el exterior”, dijo el secretario de Estado, quien también reconoció que poco puede hacer Estados Unidos de manera directa para corregir su comportamiento.

La solución que propone la administración Biden se concentra en esta frase: “Configuraremos el entorno estratégico de Pekín para hacer avanzar nuestra visión de un sistema internacional abierto e inclusivo”. Pero se trata de una fórmula muy parecida a la empleada en su día por el presidente Obama o, antes incluso, por los asesores de George W. Bush antes de su toma de posesión (y, por tanto, antes de que el 11-S aparcara a China como prioridad). Si hay un cambio significativo es, sobre todo, con respecto a Taiwán, como anticipó el propio Biden—supuestamente en forma de error—sólo un par de días antes.

En respuesta a una pregunta que se le hizo durante la conferencia de prensa con la que concluyó su viaje oficial a Japón, el presidente vino a decir que, en el caso de una invasión china de Taiwán, Estados Unidos recurriría a la fuerza militar. Con sus palabras, Biden parecía abandonar la política de “ambigüedad estratégica”—recogida en la Ley de Relaciones con Taiwán de 1979—, conforme a la cual Washington está obligado a proporcionar a la isla las capacidades para defenderse, pero en ningún caso existe un compromiso explícito de intervención militar.

Era la tercera vez que Biden decía algo así, y por tercera vez su administración desmintió que se tratara de un cambio de posición. Blinken tuvo que reiterar que Estados Unidos “se opone a cualquier cambio unilateral del statu quo por cualquiera de las partes”. “No apoyamos la independencia de Taiwán, añadió, y esperamos que las diferencias a través del estrecho se resuelvan de manera pacífica”.  Aunque es cierto que se mantienen los mismos principios, no cabe duda, sin embargo, de que el comentario de Biden es significativo y representa un reajuste de la posición norteamericana. Cuando menos implica el reconocimiento de que, después de 40 años, la “ambigüedad estratégica” puede no ser suficiente como elemento de disuasión para evitar que China invada Taiwán, un dilema que se ha visto agudizado por la agresión rusa contra Ucrania.

La reacción de Pekín no se hizo esperar. Pero su rechazo al “uso de la carta de Taiwán para contener a China” va acompañado de una estrategia de mayor alcance. De hecho, justo antes de que Biden comenzara su primer viaje a Asia, comenzó a promover la “Iniciativa de Seguridad Global”, una propuesta de orden de seguridad alternativo al liderado por las democracias occidentales. Lanzada por el presidente Xi en su intervención ante el Boao Forum el pasado mes de abril, la propuesta, que tiene como fin “promover la seguridad común del mundo” (y viene a ser una especie de hermana gemela de la Nueva Ruta de la Seda), constituye —oculto bajo esa retórica global—un plan para deslegitimar el papel internacional de Estados Unidos.

El presidente Xi expuso las virtudes de su iniciativa a los ministros de Asuntos Exteriores de los BRICS el 19 de mayo. Según indicó a los representantes de Brasil, Rusia, India y Suráfrica, se trata de “fortalecer la confianza política mutua y la cooperación en materia de seguridad”; de “respetar la soberanía, la seguridad y los intereses de desarrollo de cada uno, oponerse al hegemonismo y las políticas de poder, rechazar la mentalidad de guerra fría y la confrontación de bloques, y trabajar juntos para construir una comunidad mundial de seguridad para todos”. Posteriormente, ha sido el ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, quien la ha promovido en dos viajes sucesivos a América Latina y a una decena de Estados del Pacífico Sur.

La iniciativa es doblemente significativa. China ha decidido implicarse de manera directa en la seguridad global, cuando hasta ahora su terreno de preferencia era el económico. En segundo lugar, el mal estado de sus relaciones con Estados Unidos y la Unión Europea le obliga a consolidar y extender su presencia entre sus socios en el mundo emergente, un espacio al que—por esta misma razón—Occidente tendrá que prestar mayor atención en el futuro.