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INTERREGNUM: Los taiwaneses desafían a Pekín. Fernando Delage

La reunificación de Taiwán es una “inevitabilidad histórica”, dijo en su mensaje de año nuevo, y en vísperas de las elecciones del 13 de enero en la isla, el presidente chino, Xi Jinping. La impaciencia de Xi, para quien la reunificación es un elemento central de su legado futuro, no es la única circunstancia que pone a prueba el sostenimiento del statu quo en el estrecho. Una identidad taiwanesa cada vez más consolidada (vinculada a los valores democráticos), y las dudas sobre la eficacia de  la política de ambigüedad estratégica mantenida por Estados Unidos durante décadas, son otras dos variables que han transformado el contexto del problema. Pekín ve cómo se aleja la posibilidad de una reunificación pacífica, mientras su estrategia de intimidación produce el resultado opuesto del que desea.

Ni el aumento sin precedente de incursiones navales y áreas en la proximidad de la isla, ni las medidas de coerción económica, ni las tácticas de desinformación—ya utilizadas igualmente en las elecciones de 2020 y en las municipales de 2018—han conducido a la victoria del candidato del Kuomintang, el preferido por Xi al defender la restauración del diálogo con el continente. El ganador, con el 40 por cien de los votos, ha sido William Lai, del Partido Democrático Progresista (PDP) y considerado como archienemigo por Pekín. El PDP ha obtenido así un tercer mandato consecutivo, primera vez que ocurre desde el establecimiento de elecciones presidenciales directas en 1996.

El apoyo a Lai, aunque inferior al logrado por la presidenta saliente Tsai Ing-wen en su segunda victoria en 2020 (y que, en parte, fue una respuesta a la intervención china en Hong Kong), confirma la resistencia de la sociedad taiwanesa a las presiones y su nulo interés por convertirse en parte de China. Lai, a quien Pekín no dejará de denunciar como secesionista, ha prometido continuidad con la política de su antecesora (Tsai evitó toda provocación hacia Pekín a la vez que reforzó las relaciones con Washington), y ha declarado que no proclamará la independencia: su posición es que no es necesario hacerlo al considerar la autonomía de Taiwán como “un hecho”. La República Popular debe ser consciente, por otra parte, de que un triunfo del Kuomintang tampoco hubiera supuesto un giro radical. De manera significativa, cuando el expresidente Ma Ying-jeou (2008-2016) dijo que “había que confiar en Xi”, su propia organización lo mantuvo alejado de la campaña electoral: el Partido Nacionalista no puede oponerse a lo que piensa la mayoría de la opinión pública taiwanesa.

Tampoco la irrupción de una nueva fuerza política, el Partido Popular de Taiwán (PPT), ha servido a los intentos chinos de diluir las posibilidades del PDP dividiendo el voto. El PPT ha contado con el veinte por cien de los electores, atrayendo en particular a los más jóvenes y a los desencantados con el tradicional sistema bipartidista. La reunificación tampoco ha sido defendida por su candidato. Los tres partidos coinciden en gran medida pues en la dirección general de la política exterior, en la necesidad de continuar modernizando las capacidades militares como instrumento de disuasión, sin oponerse  ninguno a los contactos con Pekín para reducir las tensiones. Las decisiones del gobierno se verán condicionadas, sin embargo, por los posibles acuerdos entre Kuomintang y PPT, al no haber obtenido el PDP la mayoría en el Parlamento (el Yuan Legislativo).

Este resultado puede ser una relativa ventaja para China, cuya reacción es la gran preocupación de los gobiernos y lo que atrae la atención de los analistas. La victoria de Lai podría traducirse en unos movimientos aún más agresivos por parte de Pekín, aunque éste también afronta sus propios obstáculos, incluyendo la desaceleración de la economía y el imperativo de reducir la tensión con Estados Unidos. Mientras no se produzcan incidentes inesperados, cabe pensar que el gobierno chino, sin abandonar por supuesto las amenazas militares y las medidas de presión, optará de momento por una relativa calma. Después de todo, Lai no tomará posesión como nuevo presidente hasta el 20 de mayo y, hasta noviembre, no se conocerá quién será el próximo ocupante de la Casa Blanca.

Taiwán, un test para EEUU y China

La victoria del candidato del PDP, Lai Ching-te (William Lai), en las elecciones taiwanesas va a plantear un test para China, para EEUU y para las relaciones entre ambos países que, desde hace unos meses han entrado en un proceso de relativa distensión.

El PDP taiwanés, que ya estaba al frente del gobierno de la isla, se caracteriza por definir su estrategia para el futuro y su gestión del presente sin que la reunificación con la China continental se plantee como un objetivo esencial. Plantea un fortalecimiento de la soberanía de la isla, su crecimiento como una nación democrática más y sin romper relaciones con China establecer con ésta unos lazos de igual a igual desde el que construir el futuro.

Esto choca con la aceleración de las pretensiones anexionistas de Pekín y sus crecientes provocaciones militares, ineficaces por otra parte como presión a los habitantes de la isla como explica en esta página el profesor Fernando Delage, y con la promesa de Xi Jinping de lograr la absorción de la isla en su mandato.

A la vez, para Estados Unidos la situación también es delicada. Ante la presión China, EEUU ha multiplicado sus promesas de apoyo a la isla y sus compromisos con la defensa de su territorio ante una eventual agresión desde el continente. Pero Washington subraya que no apoya avances hacia una independencia de iure de la isla y se muestra más partidario de un acuerdo negociado entre las dos Chinas.

La situación no es sencilla. Los habitantes de Taiwán no parecen querer vivir mirando de reojo a la China continental y quieren mantener su nivel de vida y libertades democráticas sin interferencias exteriores, al menos mientras en el continente perviva un régimen autoritaria y expansivo donde el Estado y el Partido Comunista (valga la redundancia) lo deciden todo.

A todo esto se une la incertidumbre sobre la próxima presidencia de los EEUU donde una eventual vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca inquieta a las cancillerías de todo el mundo y no sólo por las posiciones defendidas por el ahora candidato sino, sobre todo, por sus iniciativas erráticas, sus cambios imprevisibles su inacción en algunos momentos críticos y su empatía con personajes tan peligrosos con Vladimir Putín.

Taiwán. Esa isla de la que usted me habla. David Montero

Las elecciones que se avecinan en Taiwán el próximo 13 de enero representan un momento crítico en la historia reciente de la isla, con repercusiones que se extienden mucho más allá de sus costas y playas y no solo influirán en su futuro inmediato, sino también en su posición en el escenario internacional.

La inédita campaña electoral a tres bandas entre el favorito Partido Demócrático del Progreso, el Kuomintang y el Partido Popular de Taiwán se ha centrado en una variedad de temas cruciales, reflejando tanto las preocupaciones internas de Taiwán como las presiones y desafíos globales, siempre con la sombra inmensa del continente detrás. Económicamente, la isla ha mostrado una resiliencia notable, pero las incertidumbres derivadas de las tensiones con China y los desafíos de la pandemia global han puesto a prueba esta fortaleza. Los candidatos han debatido estrategias para mantener el crecimiento económico, mientras abordan problemas sociales internos, incluyendo la vivienda, la educación y la reforma sanitaria.

Sin embargo, esa clave interna, como siempre, queda en un segundo plano ante la relación de la isla con China. Las políticas hacia Beijing varían significativamente entre los partidos, desde la búsqueda de una mayor integración económica y diálogo hasta una firme defensa de la soberanía taiwanesa y una mayor distancia política bordeante con la peligrosa línea roja del independentismo. En función del resultado, estas elecciones podrían marcar un cambio significativo en la forma en que Taiwán interactúa con su poderoso vecino.

La política exterior de Taiwán, especialmente en lo que respecta a sus relaciones con Estados Unidos y otras democracias, también ha sido un punto focal. Los lazos con Estados Unidos, en particular, han alcanzado nuevos niveles de cooperación bajo la administración actual, y el resultado de las elecciones podría influir en la continuidad de este fortalecimiento de relaciones.

Los derechos humanos y las libertades civiles, siempre en el centro de la política taiwanesa, continúan siendo temas de debate. Taiwán ha sido elogiado por su progresismo en áreas como los derechos LGBTQ+ y la libertad de prensa, y estas elecciones podrían consolidar aún más estos avances, avances que, en el fondo, ahpndan la brecha de la sociedad de la antigua Formosa con la del otro lado del estrecho. Es difícil plantear la reunificación de dos sociedades cuando, cada año, estás son un poco más diferentes. El ejemplo de Hong Kong tampoco ayuda.

La pandemia de COVID-19 y la respuesta de Taiwán también han sido destacadas durante la campaña. La isla ha sido reconocida internacionalmente por su manejo exitoso del virus, lo que ha fortalecido el orgullo nacional y la confianza en el gobierno. Sin embargo, la recuperación económica y la apertura al turismo internacional siguen siendo temas de interés para los votantes.

Los partidos políticos y sus candidatos han presentado una gama de visiones para el futuro de Taiwán. El partido gobernante, el Partido Democrático Progresista (PDP), con Lai Ching-te al frente, ha enfatizado la defensa de la soberanía taiwanesa y la profundización de las relaciones con países democráticos. Por otro lado, el Kuomintang (KMT), el principal partido de la oposición, ha abogado por una aproximación más pragmática con China, enfatizando la necesidad de estabilidad económica y política.

El resultado de las elecciones del 13 de enero tendrá un impacto significativo en la dirección futura de Taiwán. No solo decidirá las políticas internas para los próximos años, sino que también determinará cómo Taiwán se posiciona a sí misma en la arena mundial, en medio de tensiones geopolíticas crecientes y una economía global en constante cambio. Una previsible victoria del gobernante PDP cerraría la puerta, al menos durante cuatro años más, a una reunificación pacífica con la República Popular, e impulsaría la estrategia de defensa y resiliencia económica de Taipei frente a Pekín, y una mayor colaboración con Estados Unidos, y en menor medida, Japón y Australia.

De fondo, habrá que ver cómo gestiona China la frustración, y hasta dónde llega la paciencia de Xi Jinping con esa isla tan pequeña, tan molesta, tan clave.

 

La hora de Taiwán

La campaña electoral en Taiwán para las elecciones del próximo 13 de enero está subiendo el nivel de tensión entre China y la isla con un régimen democrático. Mientras, en su discurso de fin de año, el líder chino, Xi Jinping, insistía en calificar a Taiwán como una provincia china separatista y que la “reintegración” (anexión) futura es inevitable, desde la isla se replicaba que las relaciones de Taiwán con Pekín serán las que quieran los taiwaneses “en la competencia de su soberanía”.

En la isla, como ya hemos explicado desde esta página, el electorado está dividido casi al 50 por ciento entre los que apoyan al viejo partido fundador del régimen taiwanés, que formalmente no aspira a la independencia oficial de la isla sino a un futuro democrático con una China continental donde los comunistas no dominen y el actual partido gobernante, que aspira a un futuro taiwanés sin mirar a Pekín y a construir unas relacion4s con la China continental a partir de la soberanía de cada parte. Esta última opción, que puede renovar su mandato tras el 13 de enero, pone muy nervioso al gobierno chino, su propaganda y su discurso falso sobre el origen del conflicto y los crímenes del gobierno autoritario que impuso la revolución china.

La tensión preelectoral está condicionando el cauto proceso de distensión iniciado entre China y Estados Unidos y que fue oficializado por el encuentro entre Xi y Biden en California.

En todo caso, ambos partidos taiwaneses necesitan la consolidación y profundización de ese proceso de distensión porque les proporciona un mayor margen de maniobra a sus respectivos planes estratégicos a medio y largo plazo. De ahí que algunas voces oficiales de Taiwán hayan sugerido la posibilidad de establecer conversaciones abiertas con Pekín para “instaurar un clima de coexistencia pacífica” que frene las cotidiana provocaciones militares chinas en el estrecho que los separa y que se ensanche la colaboración, que ya existe, entre ambos regímenes y empresas de ambos lados.

Estados Unidos también quiere bajar el nivel de tensión que preside la campaña electoral aunque sabe que bajará tras el proceso y quiere inducir a mejorar las relaciones chino taiwanesas aunque insista en su voluntad de defender militarmente la isla si China la ataca y en seguir el proceso de rearme regional de los aliados occidentales frente a los planes expansionistas chinos.

Este proceso, con sus contradicciones y sus riesgos, va a ser un elemento determinante en Asia Pacífico en este año que empieza y, a su vez, será una pieza esencial en el reordenamiento de la geoestrategia que se está dibujando junto a Ucrania, Gaza y los seísmos políticos africanos.

INTERREGNUM: Taiwán: las elecciones que vienen. Fernando Delage

Las elecciones del próximo 13 de enero, en las que se decidirá el sucesor de la presidenta Tsai Ing-wen, serán las más competitivas en la historia de Taiwán. Aunque dos formaciones han dominado el sistema político desde su democratización—el Partido Nacionalista (Kuomintang) y el Partido Democrático Progresista (PDP)—, sus respectivos candidatos (el alcalde de Taipei, Hou Yu-yi, y el actual vicepresidente, Lai Ching-te), compiten en esta ocasión con otro aspirante a la presidencia: Ko Wen-je, del centrista Partido Popular de Taiwán (PPT). (Un cuarto candidato independiente, el fundador de la empresa tecnológica Foxcon, Terry Gou, se acaba de retirar de la campaña). En sólo unos días el escenario preelectoral ha dado un doble vuelco.

El 15 de noviembre, el Kuomintang y el PPT unieron sus fuerzas con la esperanza de derrotar al PDP, el partido que logró dos mayorías absolutas en los comicios anteriores, y va por delante en los sondeos. Ambas organizaciones defienden la restauración del diálogo con la República Popular, interrumpido por Pekín desde la primera victoria de Tsai en 2016. Desde entonces, China incrementó la presión económica, militar y política sobre la isla. Lai ha sido denunciado como un separatista por el gobierno chino, que ha descrito la carrera presidencial como una elección entre estabilidad o conflicto.

Los dos principales grupos de la oposición presentaron su acuerdo como un hito en la vida política taiwanesa. Tres días más tarde, sin embargo, se deshizo la coalición. Al parecer, no se superaron las discrepancias sobre cuál de sus líderes, Hou o Ko, contaba con mayores posibilidades de éxito y debía ser por tanto el cabeza de cartel. La división del voto de la oposición garantiza en principio la victoria de Lai (cuenta con más del 30 por cien de apoyo popular), aunque es innegable la preocupación de la mayoría de los taiwaneses por la creciente amenaza china: el 83 por cien, según un reciente informe de la Academia Sinica de Taipei. Sólo un nueve por cien dice confiar en la República Popular. El mismo estudio confirma por lo demás la tendencia consolidada durante los últimos años: el 63 por cien de la población se consideran taiwaneses, un 32 por cien taiwaneses y chinos, y sólo el dos por cien chinos. Una notable transformación desde 1992, cuando sólo el 18 por cien se identificaban como taiwaneses, y el 26 por cien como chinos.

Pekín ve en consecuencia cómo se aleja la posibilidad de una reunificación pacífica, mientras cunde el temor en la isla a su reacción a los resultados de las elecciones; un hecho que puede alterar las expectativas reflejadas por los sondeos de opinión. Una victoria del Kuomintang se traducirá en una relajación de las tensiones en el estrecho, mientras que la victoria de Lai conducirá, por el contrario, a un endurecimiento de la presión china, incluyendo las advertencias sobre el riesgo de guerra. También puede ocurrir que el PDP obtenga la presidencia pero no la mayoría en la asamblea legislativa, lo que complicará el margen de maniobra del gobierno, pero facilitará los esfuerzos chinos dirigidos a desestabilizar la dinámica política taiwanesa.

La posición de los candidatos con respecto al continente dominará en cualquier caso las elecciones. La mayoría de los votantes quieren un presidente que, durante los próximos cuatro años, sepa evitar un conflicto y mantenga al mismo tiempo la autonomía de Taiwán en un contexto de competición estratégica entre Washington y Pekín. No está sólo en juego por tanto el futuro político de la isla, sino también la seguridad regional.