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Vietnam, la nueva China. Ángel Enríquez De Salamanca Ortiz

Durante las últimas décadas, China ha experimentado un crecimiento sin igual gracias a la apertura económica iniciada por Deng Xiaoping a finales de los años 70.

Unas reformas que abrieron la economía y permitieron la entrada de capital extranjero, dando lugar a un crecimiento sostenido en el tiempo hasta el día de hoy y que tuvo su explosión en el año 2001, cuando China pasó a formar parte de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Los bajos costes salariales atrajeron inversión del exterior, lo que permitió un rápido crecimiento a costa de los salarios y un auge de las exportaciones. China era la fábrica del mundo, donde las empresas se instalaban gracias, también, a los casi inexistentes derechos laborales de los trabajadores.

El incremento de los salarios y riqueza en China está haciendo que las empresas ya no vean tan atractivo establecerse en este país y busquen, por lo tanto, otros países donde establecerse, es el caso de Vietnam.

Vietnam se ha convertido en una copia de China, con una apertura económica hacia el liberalismo, mano de obra barata, estabilidad política (partido comunista como única fuerza política) pero con una población mucho más joven, que en tan solo unas décadas ha pasado de ser un país agrícola a ser un país industrializado, con unas tasas de crecimiento del PIB superiores al 6% anual, duplicándose este en poco más de una década, y con un incremento del consumo de sus habitantes y de los salarios exponencial en tan solo veinte años.

Tras décadas de pobreza, hambre y guerras (con EEUU o Laos), en 1986 empezaron las reformas económicas “Doi Moi” para liberalizar el país, y en 1987 se publicó la “Ley de Inversión Extranjera” que permitió la entrada de capital extranjero. Después de  más de 30 años de apertura, la pobreza se ha reducido más de un 10% y el país ha recibido más de 400.000 millones de dólares de IED (Inversión Extranjera Directa) provenientes de países asiáticos como Japón, Corea del Sur, Taiwán o China;  o Estados Unidos con proyectos de Apple, que ya fabrica sus Airpods en Vietnam, Microsoft o Coca-Cola, con el objetivo de crear infraestructuras, empleo o inversiones que suponen casi una cuarta parte del PIB del país. Estas reformas y apertura económica tuvieron sus consecuencias y, en el año 2007, el país pasó a formar parte de la Organización Mundial del Comercio (OMC).

Estas empresas han generado, no solo riqueza y empleo, sino que también han traído la tecnología y el “know-how” que tanto necesita el país para unirse al comercio global. En algo más de 10 años se ha pasado del “Made in China” al “Made in Vietnam”. La buena gestión del SARS CoronaVirus 2 y la guerra de aranceles entre China y Estados Unidos, no ha hecho más que hacer más atractivo a este país, ya que muchas empresas han dejado el gigante asiático para establecerse en Vietnam, por no hablar de las libertades de este país, donde plataformas como Google o Youtube están permitidas.

El decenio 2021-2030, aprobado en el XIII Congreso del Partido, aclara que es necesario seguir fomentando el sector privado y la creación de grandes empresas, con fuerte presencia nacional e internacional, y fomentar la inversión.

A pesar del rápido crecimiento, Vietnam aún es un país pobre, con una renta per cápita de apenas 4.000  dólares, donde aún existe pobreza, desigualdad, corrupción y unas infraestructuras débiles, pero cuenta con salarios competitivos, una economía de mercado y recursos naturales como el oro, petróleo o gas.

En los próximos años estos factores harán que Vietnam siga creciendo a ritmos elevados, gracias a su población joven y numerosa de casi 100 millones de habitantes, su productividad y su bajos salarios pero tiene que reforzar su sistema bancario, sanitario y educativo y sus infraestructuras para no caer en el olvido de los inversores, por no hablar del riesgo político de una dictadura.

Vietnam ha pasado a ser un miembro más de los CIVETS (Colombia, Indonesia, Vietnam, Egipto, Turquía, Sudáfrica), un grupo de países con rápido crecimiento, con una población joven que, en poco tiempo, relegará a los BRIC (Brasil, Rusia, India, China) como países emergentes. Un crecimiento que aumentará las tensiones con China, ya suficientemente tensas por el conflicto por el Mar de China Meridional, una región rica en recursos naturales y puente entre el Océano Indico y el Pacifico.

Por último, el “China Plus One”, una estrategia comercial que pretende diversificar las cadenas de suministro y no depender tanto del gigante asiático, es decir, diversificar en otros países como Vietnam o Bangladesh para que, en caso de pandemia u otro elemento, la economía mundial no dependa de China. Una estrategia comercial que, seguro, agravará las tensiones entre ambos países.

 

Ángel Enríquez De Salamanca Ortiz es Doctor en Economía por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Relaciones Internacionales en la Universidad San Pablo CEU de Madrid

 

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@angelenriquezs

 

 

INTERREGNUM: EE UU, China y el sureste asiático. Fernando Delage

Durante las últimas semanas, la administración Biden ha continuado reforzando sus contactos con los aliados y socios asiáticos. Si Japón y Corea del Sur fueron especial objeto de atención durante los primeros meses del año, el sureste asiático ha sido la pieza siguiente. Son elementos todos ellos de la estrategia en formación frente al desafío que representa una China en ascenso, país a donde también viajó en julio la vicesecretaria de Estado.

La primera visita de un alto cargo de la actual administración norteamericana al sureste asiático fue la realizada a finales de julio por el secretario de Defensa, Lloyd Austin, a Singapur, Filipinas y Vietnam. Ha sido una visita relevante no sólo porque Washington tiene que contrarrestar la creciente presencia económica y diplomática de Pekín en la subregión, sino también corregir el desinterés mostrado por el presidente Trump hacia los Estados miembros de la ASEAN. Tampoco ha sido tampoco un mero gesto, sino la ocasión para subrayar el renovado compromiso de Estados Unidos con sus socios locales.

El 27 de julio, en un foro organizado por el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos en Singapur, Austin indicó que las acciones chinas en el Indo-Pacífico no sólo son contrarias al Derecho internacional, sino que amenazan la soberanía de las naciones de la región. El secretario de Defensa añadió que la intransigencia de Pekín se extiende más allá del mar de China Meridional, mencionando expresamente la presión que ejerce contra India, Taiwán y la población musulmana de Xinjiang. Insistió, no obstante, en que Washington no busca la confrontación (aunque no cederá cuando sus intereses se vean amenazados), ni pide a los países del sureste asiático que elijan entre Estados Unidos y la República Popular.

Es evidente que, pese a la marcha de Trump, las relaciones entre Washington y Pekín no han mejorado. Mientras Austin se encontraba en Singapur—y  el secretario de Estado, Antony Blinken, llegaba a Delhi—, la número dos de este último, Wendy Sherman, se encontró en Tianjin con una nueva condena por parte de sus homólogos chinos a la “hipocresía” y la “irresponsabilidad” de Estados Unidos. Con un lenguaje y tono similares al que ya empleó en la reunión de Alaska en marzo, el ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, reiteró tres líneas rojas: “Estados Unidos no debe desafiar ni tratar de subvertir el modelo chino de gobierno; no debe interferir en el desarrollo de China; y no debe violar la soberanía china ni dañar su integridad territorial”.

Empeñada en no quedar fuera de juego en este rápido movimiento de fichas, Rusia también mandó a su ministro de Asuntos Exteriores a la región. Sergei Lavrov visitó Indonesia y Laos en julio, con el fin de demostrar su estatus global, dar credibilidad a su interés por la ASEAN, y ofrecerse como opción más allá de Estados Unidos y China. Moscú parece temer cada vez más que se le vea como un mero socio subordinado a Pekín en Asia. Pero no puede ofrecer lo mismo que los dos grandes ni económica ni militarmente, salvo con respecto a la venta de armamento. Y una nueva indicación de cómo los gobiernos de la zona valoran el actual estado de la cuestión ha sido la decisión de Filipinas, anunciada durante la visita de Austin a Manila, de dar marcha atrás en su declarada intención de no renovar el pacto de defensa con Washington. Duterte no ha conseguido las inversiones que esperaba de Pekín, mientras—en un contexto de elecciones el próximo año—es consciente de la percepción negativa que mantiene la sociedad filipina sobre las acciones chinas en su periferia marítima.

Austin no llegó a anunciar, como se esperaba, la nueva “US Pacific Defense Initiative (UPDI)”, destinada a mejorar el despliegue de los activos estratégicos, de logística e inteligencia del Pentágono frente al creciente poderío naval chino. Y tampoco se han confirmado los rumores de que la administración estaría dando forma a una iniciativa sobre comercio digital para Asia que excluiría a la República Popular. Sin perjuicio de las posibles declaraciones que pueda realizar la vicepresidenta Kamala Harris durante su viaje a Singapur y Vietnam a finales de agosto—una nueva indicación de las prioridades de Washington—, ambas propuestas se encuentran aún en estado de elaboración, aunque, sin duda, formarán parte de la primera Estrategia de Seguridad Nacional de Biden, esperada para el año próximo.