Entradas

India y la UE con Rusia al fondo

En la reciente cumbre europea de ministros de Asuntos Exteriores de países integrantes de la UE se ha hablado mucho de Ucrania, pero también de India. El motivo: que empresas petroleras y refinadoras de aquel país están haciendo grandes negocios con países europeos revendiendo el petróleo y productos derivados y tratados en India que compran a Rusia a precios muy bajos (por las necesidades rusas de financiar una guerra frente a un bloqueo occidental, al menos oficial).

Obviamente, Europa no puede llevar este asunto a organismos jurídicos internacionales en lo que hace referencia a India, aunque sí tal vez en referencia a algunos países europeos que, habiéndose sumado, oficialmente, a las sanciones y a la decisión de no comprar recursos energéticos a Rusia, lo compran a través de países terceros y no siempre por canales legales . Como ha explicado el responsable de la política exterior de la Unión Europea, Josep Borrell, no hay nada reprochable desde el puto de vista legal a India y a sus empresas, “pero estamos estudiando cómo actuar teniendo en cuenta que, en todo caso, Rusia se ve obligada a vender más barato y obtener menos ingresos”.

Pero el asunto no es de legalidad ni económico, aunque también, sino esencialmente político. India siempre ha sido un aliado de Rusia desde los tiempos en que los imperios inglés y ruso se disputaban su influencia sobre la península del Indostán y toda la región. Mucha tecnología india y sus fuerzas armadas son de sello ruso. Y, aunque desde hace décadas hay un ligero giro indio hacia Occidente por las amenazas chinas y pakistaní y la pérdida de influencia rusa, los lazos co Moscú se mantienen. Por eso, EEUU y la UE quieren aprovechar la coyuntura y propiciar un mayor alejamiento indio respecto a Rusia y para que gane protagonismo frente a China.

En todo caso, India está en buena posición para empujar a Rusia hacia una aceptación de negociar la paz, aunque sea Turquía la que está consiguiendo algunos acuerdos parciales y China la gran propagandista de su papel de mediación aunque de momento sin grandes avances.

En ese entramado, la UE quiere jugar un papel sin alterar mucho el escenario. La UE no tiene, ni ha querido tener, durante decenios la fuerza ni la estrategia necesaria para jugar un papel propio y el aumento de la importancia de EEUU, de nuevo, en el escenario internacional, parece dar alergia a algunos países europeos instalados entre la soberbia y el desconocimiento, tal vez voluntario, de su propia historia.

Estos son los límites europeos que pivotan en la redefinición de las relaciones geoestratégicas con India, un país en crecimiento, en una posición geográfica muy importante frente al expansionismo de la influencia china, cn unas fuerzas armadas nada despreciables y en una región de creciente expansión.

INTERREGNUM: Europa choca con la muralla china. Fernando Delage

Lo que tres líderes europeos no habían conseguido hasta la fecha tampoco lo iban a obtener Macron y von der Leyen en su visita a Pekín de la semana pasada. Ni Olaf Scholz, ni Charles Michel ni Pedro Sánchez convencieron al presidente chino para presionar a Rusia a favor de la paz en Ucrania. Tampoco fue un resultado logrado por el presidente de Francia ni por la presidenta de la Comisión. Ha sido Xi Jinping, en cambio, quien sí ha avanzado en sus objetivos; en particular, en hacer evidente la división entre los gobiernos europeos y, por tanto, la debilidad estructural de la política china de la UE.

El contraste entre el tratamiento ofrecido a Macron en su visita de Estado (con un despliegue sin precedente en los medios chinos y una inusitada atención personal de Xi) y el dispensado a von der Leyen no ha podido ser más elocuente. Lejos de la supuesta unidad que pretendían transmitir en su viaje parcialmente conjunto, las autoridades chinas han marginado a quien definen como una subordinada de Washington (la presidenta de la Comisión), y cultivado de manera excepcional a quien cree disponer de una autonomía con respecto a Estados Unidos en su relación con la República Popular (el presidente francés).

Un portavoz del Elíseo indicó a la conclusión del viaje que Macron había cumplido con sus objetivos. En realidad, ni Xi hizo la menor concesión sobre Ucrania (ni siquiera se comprometió a hablar con Zelenski), ni Rusia apareció nombrada una sola vez en el comunicado de 51 puntos firmado por ambos presidentes. Si el funcionario se refería a los resultados económicos, sí es evidente entonces que se ha llegado a importantes acuerdos, incluyendo la venta de 120 aviones de Airbus.

El viaje de Macron coincide en numerosos aspectos por tanto con el realizado por el canciller alemán, Olaf Sholz, en noviembre pasado. Pese a las presiones de la administración Biden para constituir un frente común con los aliados en relación a China, los europeos no comparten la inclinación norteamericana a romper la interdependencia económica con Pekín. En el lenguaje más reciente de la Comisión Europea, se trata de defender una política no de “decoupling”, sino de mitigación de los riesgos de la dependencia de China (“de-risking”). Pero ni siquiera esto último resulta apreciable en los movimientos de Berlín o París pese a las lecciones ya aprendidas de la dependencia energética de Rusia mantenida durante décadas. Tanto Sholz como ahora Macron—los líderes de los dos Estados miembros que realmente importan en la relación con China—han demostrado la prioridad de sus intereses económicos nacionales sobre los intereses estratégicos europeos.

El presidente francés ha ido incluso más lejos, porque también aspira a un papel político protagonista pese al escaso realismo de sus pretensiones. Xi le ha dado a Macron la plataforma que éste buscaba. Los analistas chinos ya hablan del eje Francia-Alemania, no Alemania-Francia, en un gesto de reconocimiento al que también se refería un editorial del oficialista Global Times el pasado jueves: “Está claro para todos que ser un vasallo estratégico de Washington es un callejón sin salida. Hacer de la relación China-Francia un puente para la cooperación China-Europa es beneficioso para ambas partes y para el mundo”.

Los gobiernos europeos tratan de interpretar las intenciones chinas en el actual contexto de rivalidad entre Estados Unidos y la República Popular. El apoyo de Xi a Putin ha lanzado una señal muy clara, que la Comisión Europea ha entendido pero algunos líderes nacionales se empeñan en desoír. Macron, como antes Sholz, parece haber renunciado a la construcción de una posición común europea que Pekín sí se habría visto obligada a atender. Los vecinos de China habrán tomado nota del éxito de Xi en su estrategia de división del Viejo Continente, y sacado sus conclusiones sobre las pretensiones europeas de adquirir un papel independiente en Asia. También la Casa Blanca sabrá lo que cabe esperar de este incesante cortejo de visitantes europeos en China. Quedarse en tierra de nadie es una opción, aunque quizá no la más aconsejable en estos tiempos turbulentos.

China: el aspirante desairado

El gobierno de Xi está enfadado. Su plan de paz para Ucrania recibe más dudas y suspicacias que aplausos; Europa, a pesar de las presiones de Pekín, no renuncia a sus propósitos de restringir la presencia de empresas chinas susceptibles de ser un peligro para la seguridad ni exigir a China cumplir las leyes del mercado, y, para colmo, EEUU recibe con encuentros de alto rango (aunque no máximos) a la presidenta de Taiwán que, además, representa a una corriente que empieza a distanciarse del sueño de lograr una unidad china en clave de democracia y juega con la posibilidad de proclamar Taiwán como un país independiente y democrático más.

China ha reaccionado a la manera arrogante, autoritaria y provocadora que la caracteriza en momentos de debilidad. Ha desplegado un enorme potencial aeronaval en torno a la isla (enorme pero aún alejado de las capacidades de EEUU y aliados en la región) y ha exhibido su capacidad para invadir Taiwán y poner al mundo aún más patas arriba. China no sólo juega con fuego sino que enseña la mano con la mecha encendida lo suficientemente cerca del barril de pólvora.

Pero hay signos de incertidumbre. Mientras EEUU aguanta el pulso y refuerza sus alianzas en Asia Pacífico, en Europa aparecen dudas, y países como Alemania, oficialmente dispuesto a no aceptar desafíos de Pekín, juega a la ambigüedad en el terreno comercial y otros como España se muestran reacios a frenar actividades de empresas chinas problemáticas para la seguridad. Y esto, justamente, es lo que lleva a China a pensar que puede abrir brechas en la unidad occidental y combinar su cara amable y tramposa con una promesa de terror bélico en el Pacífico para tratar de conseguir ese objetivo. En el fondo es el mismo objetivo con el que sueña Rusia y en la que rusos y chinos asientan parte de su alianza estratégica, solo que Moscú está en situación de mayor debilidad.

Ese es el gran pulso actual en el planeta, en el que Europa, tan importante en la esfera económica y de valores, juega de invitada de piedra sin capacidad de protagonismo diplomático y mucho menos militar, aunque creciendo. Sin embargo, este es un reto del que a la UE y a Europa le va a ser muy difícil evadirse o ponerse de perfil, entre otras cosas porque la guerra está en sus fronteras orientales, escenario recurrente de los grandes conflictos bélicos de los dos últimos siglos. Y probablemente este debería ser un punto prioritario a tratar en las cancillerías europeas. De hecho lo es, aunque muchos países escondan sus intenciones reales y sus miedos paralizantes.

 

INTERREGNUM: Dos discursos. Fernando Delage

El apoyo transmitido por el presidente chino, Xi Jinping, a su homólogo ruso, Vladimir Putin, en su reciente visita a Moscú, ha marcado un punto de inflexión en la competición estratégica global, así como en los movimientos de Pekín. Si se ha hecho más evidente que nunca que en la batalla por Ucrania están en juego los principios que determinarán el futuro orden internacional, Xi ha dejado igualmente de camuflar sus intenciones para pasar a desafiar abiertamente el statu quo. Utilizar a una Rusia debilitada y aislada como instrumento de sus ambiciones multiplica, no obstante, los costes de su ofensiva diplomática. Así ha podido comprobarse durante los últimos días.

Mientras Xi visitaba a Putin en Moscú, el primer ministro japonés, Fumio Kishida, se encontraba en Kyiv con el presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, en una nueva indicación de las implicaciones de una guerra que ha roto las barreras entre la seguridad europea y la asiática. Los cambios en la política de seguridad japonesa incluyen entre sus causas la amenaza revisionista planteada por Rusia—país con el que Japón aún tiene pendiente la firma de un tratado de paz desde 1945—, aunque China sea el desafío mayor. Ambas potencias proporcionaron el contexto para la visita de Kishida a India, la segunda que realiza en dos años, y desde donde viajó a Ucrania.

El fortalecimiento de la asociación estratégica entre las dos grandes democracias asiáticas, ambas vecinas de China, no ha pasado inadvertido en Pekín. La coordinación de agendas entre los actuales presidentes del G20 (India) y del G7 (Japón) ha propiciado que Kishida acudiera a Delhi para relanzar la estrategia del Indo-Pacífico Libre y Abierto (FOIP en sus siglas en inglés). Debe recordarse que fue en la capital india donde, en 2007, su antecesor Shinzo Abe dio origen al concepto al hablar de la creciente interconexión entre el Índico y el Pacífico.

En un discurso pronunciado ante el Indian Council of World Affairs el 20 de marzo, Kishida actualizó la iniciativa que mejor expresa la idea de una estructura regional alternativa a la visión sinocéntrica de Pekín. El primer ministro japonés expuso un plan que extiende el FOIP a los países del Sur Global apoyado en cuatro grandes pilares: la promoción del Estado de Derecho y el rechazo al uso unilateral de la fuerza; fomentar la cooperación sobre problemas transnacionales (cambio climático, seguridad alimentaria, pandemias, desastres naturales y desinformación); apoyo a la interconectividad como motor del crecimiento económico; y refuerzo de las iniciativas de seguridad en el terreno naval y áreo. Kishida anunció asimismo un programa de apoyo a las infraestructuras y la seguridad de las naciones emergentes por valor de 75.000 millones de dólares.

El acercamiento entre Japón e India es uno de los principales ejes de la dinámica estratégica asiática, vinculado a su vez a la respectiva relación de cada uno de ellos con Estados Unidos, y a la pertenencia de los tres (junto a Australia) al Diálogo Cuadrilaterald e Seguridad (QUAD). Pero sin la relación Tokio-Delhi sencillamente no habría “Indo-Pacífico”. Japón e India han descubierto, por otra parte, el potencial papel que puede tener la UE como elemento de equilibrio frente a la bipolaridad Estados Unidos-China, y son dos socios, por tanto, a los que Bruselas debe prestar mayor atención si aspira a construir un perfil propio en Asia.

Esa dimensión regional se echó en falta en otro importante discurso enfocado en China: el pronunciado el jueves por la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, en vísperas de su viaje a Pekín con el presidente de Francia, Emmanuel Macron. En un acto organizado por el Mercator Institute of Chinese Studies (MERICS) y el European Policy Centre, von der Leyen declaró que Europa necesita ser más proactiva frente a una China que se ha vuelto “más represiva en casa y más asertiva en el exterior”. Refiriéndose a los intentos de mediación china en Ucrania, subrayó que el futuro de las relaciones de la UE con Pekín estará determinado en buena medida por cómo evolucione la interacción entre la  República Popular y Rusia. Y, en términos no empleados hasta la fecha por un líder europeo, describió la clara determinación de las autoridades comunistas de situarse en el centro de un reconfigurado orden internacional.

La presidenta de la Comisión indicó que los Estados miembros deberán reforzar sus instrumentos económicos frente a las medidas coercitivas chinas; definir la relación con Pekín en áreas tecnológicas sensibles (microelectrónica, computación cuántica, robótica, inteligencia artificial y biotecnología); a la vez que anunció la presentación antes de finales de año de una nueva estrategia de seguridad económica de la Unión.

Como se ve, no es China la única potencia activa en el frente diplomático. En Asia sus movimientos están motivando el acercamiento de sus principales rivales frente a sus aspiraciones hegemónicas. En Europa, pese a sus intentos por dividir a los Estados miembros y separarlos de su aliado norteamericano, se está encontrando con una UE cada vez más hostil. No son obstáculos menores a su objetivo de destronar a Estados Unidos.

 

INTERREGNUM: China, desafío europeo. Fernando Delage

Con la atención puesta en Ucrania, otros desafíos a la posición internacional de Europa parecen haber pasado a un lugar secundario. Algunos de ellos, sin embargo, adquieren una nueva relevancia precisamente por su relación con la guerra en el Viejo Continente. Ese es el caso de China: su apoyo a Rusia convierte a Pekín en un actor inesperado en la seguridad europea, haciendo de su ascenso un reto de naturaleza multidimensional. Además de tratarse de un rival tecnológico e industrial de primer orden, la UE ha tardado en reconocer que compite igualmente con China sobre el futuro del orden internacional. El aumento de sus capacidades económicas, diplomáticas y militares pone en riesgo intereses y valores europeos, pero también afecta a su entorno de seguridad.

La lejanía geográfica y el hecho de que Europa no sea un actor estratégico en Asia impedían percibir China de la misma manera que lo hace Estados Unidos. Pero la República Popular se acerca más que nunca a Europa a través de sus planes dirigidos a reconfigurar Eurasia. Su solidaridad con Moscú, sus operaciones de influencia y la promoción del autoritarismo en el mundo emergente subrayan la definición de China como “rival sistémico” hecha por la UE en 2019, y reiterada más recientemente por la brújula estratégica de la Unión.

La guerra de Ucrania ha obligado a Estados Unidos a reajustar su estrategia china, como hizo el secretario de Estado, Antony Blinken, el 26 de mayo, y reiteró la semana pasada el secretario de Defensa, Lloyd Austin, en su intervención en el foro de Shangri-la. También la OTAN, en su próxima cumbre de Madrid, incorporará el desafío chino a su nuevo concepto estratégico. La Unión Europea ha dado forma por su parte a nuevos instrumentos orientados igualmente a responder a los movimientos de Pekín. Pero se echaba en falta una concepción integral y sistemática que, además de identificar las implicaciones para Europa de las ambiciones de Xi Jinping, recogiese las medidas que conviene adoptar en los diversos frentes.

Ese vacío es el que ha intentado cubrir un reciente informe realizado de manera conjunta por tres prestigiosos think tanks: el Instituto Alemán de Asuntos Internacionales y de Seguridad, el Instituto Montaigne de París y el Centre for European Reform de Londres. Según el informe (“Rebooting Europe’s China Strategy”), la UE debe perseguir tres objetivos estratégicos fundamentales en sus relaciones exteriores: proteger y promover los pilares de la identidad europea—democracia, Estado de Derecho, multilateralismo y desarrollo sostenible—; fortalecer la relación con los socios y aliados democráticos; y mantener un orden internacional basado en reglas.

De conformidad con esos fines, el informe recomienda actuar simultáneamente en cinco direcciones. En primer lugar, Europa necesita minimizar y gestionar sus vulnerabilidades frente a China. Debe, para ello, protegerse de las operaciones de influencia y de los ciberataques; competir con la influencia económica china, tanto en su territorio como en terceros países; impulsar una estrategia de diversificación que reduzca la dependencia de los suministradores chinos; y supervisar de manera más estricta las inversiones chinas.

Europa necesita, en segundo lugar, maximizar su margen de maniobra con respecto a China sacando un mayor partido a las capacidades con que ya cuenta. Además de recurrir a su poder regulatorio, la UE debería evitar el bloqueo de las decisiones de política exterior por la exigencia de unanimidad; demostrar que su modelo de gobierno democrático y de libre mercado produce mejores resultados que el sistema autoritario chino; y asegurar que propuestas como la Global Gateway se convierta en una alternativa atractiva a la Nueva Ruta de la Seda de Pekín.

En tercer lugar, Europa debe fortalecer asimismo las Naciones Unidas y otras organizaciones internacionales frente a los esfuerzos chinos por reconfigurar su misión. En el terreno multilateral, la UE debe prestar atención asimismo a las acciones de Pekín destinadas a promover la adopción de sus estándares técnicos por parte de las agencias especializadas, como la Unión Internacional de Telecomunicaciones.

La cooperación con la República Popular, en cuarto lugar, debe estar sujeta a una exigencia de reciprocidad y de respeto de las normas internacionales. Y, finalmente, la UE y los Estados miembros necesitan profundizar en el conocimiento de China y de su presencia en el territorio, en las motivaciones que guían a sus dirigentes y a los vínculos entre las empresas chinas y el Partido Comunista.

Son recomendaciones muy completas, muchas de las cuales la UE ya estaba en realidad siguiendo, pero que sirven sobre todo para evitar el riesgo de que la urgencia de hacer frente al ataque de Putin a la estabilidad europea se traduzca en una menor atención al creciente peso del gigante asiático.

INTERREGNUM: China en África. Fernando Delage

Ninguna gran potencia presta a África la atención que China le dedica desde hace años. La República Popular es el primer socio comercial del continente, su principal acreedor y el primer inversor en el desarrollo de sus infraestructuras, tanto físicas como digitales. China se ha convertido en una variable decisiva del futuro de África, a la vez que ésta ilustra las ambiciones globales de Xi Jinping.

Así lo pone de relieve el extraordinario cambio producido en las relaciones China-África en los últimos veinte años. La lógica de su presencia respondía desde finales de los años noventa a las necesidades de desarrollo de la República Popular, es decir, el acceso a recursos y materias primas y la adquisición de mercados para la exportación de sus productos manufacturados. Los resultados hablan por sí solos: el comercio en ambas direcciones aumentó de apenas 10.000 millones de dólares en el año 2000 a 254.000 millones de dólares en 2021, una cifra más de cuatro veces mayor que los intercambios entre Estados Unidos y África. Para China, África representa sólo el cuatro por cien de su comercio exterior (menos que Alemania), pero de ser el primer socio comercial de sólo cuatro países africanos hace dos décadas, hoy lo es de los 54 Estados del continente.

En la primera década del siglo XXI, China aumentó asimismo su participación en la financiación de infraestructuras, y no—como lo han hecho los países occidentales—a través de su política de ayuda al desarrollo, sino en forma de préstamos. Entre el año 2000 y 2020, la banca pública china ha concedido créditos por valor de 160.000 millones de dólares a los gobiernos africanos. No es cierto, sin embargo, como se mantiene con frecuencia, que la República Popular sea la principal causa de la deuda de estos países. En 2020—último año con datos disponibles—los créditos chinos equivalían al 17 por cien de la deuda pública del África subsahariana, menos que el Banco Mundial (19 por cien) o la banca comercial internacional (30 por cien). Es significativo asimismo que los préstamos chinos se hayan reducido notablemente desde 2016: en 2020 sumaron 1.900 millones de dólares, la cifra más baja desde 2004.

Pese a su indudable relevancia, los intereses económicos de Pekín van acompañados de objetivos políticos cada vez más evidentes. Desde el establecimiento de la República Popular en 1949, un hecho que coincidió con el comienzo del proceso de descolonización, Pekín hizo de África un espacio para la proyección del maoísmo—hasta los años setenta—y para la consecución de apoyo en los foros multilaterales a sus grandes prioridades diplomáticas (Taiwán en particular). Hoy, una China camino de convertirse en la primera economía del planeta, recurre al continente en su estrategia de proyección global y de contraequilibrio de la influencia occidental.

África, en efecto, forma parte junto a América Latina y Oriente Próximo—y el mundo islámico en general—de ese Sur Global cuyo liderazgo Pekín asume de manera no oficial. El enfrentamiento con Estados Unidos y con la Unión Europea de nuestros días redobla la importancia de este espacio para intentar reconfigurar las bases del orden internacional de manera favorable a los intereses y valores chinos. Es una estrategia no sólo orientada a influir en la política exterior de los países africanos: Pekín promueve igualmente de manera activa su modelo económico y político como alternativa al libre mercado y la democracia liberal.

Norteamericanos y europeos—el “Global Gateway” de la UE es la más reciente prueba—han reaccionado gradualmente a esta presencia china en África. No obstante, como indican varios estudios recientes, existe el riesgo de sobrevalorar la influencia china y no tener en cuenta los obstáculos que también afronta Pekín (de la corrupción a los daños al medio ambiente, de la complicidad con las elites políticas a las condiciones laborales de los trabajadores locales). La dinámica actual en el continente no es, por resumir, un simple juego de suma cero, pero sí un terreno complementario de la competición geopolítica entre las grandes potencias.

INTERREGNUM: Japón, India y Europa. Fernando Delage

Aunque la guerra de Ucrania conducirá a una reorganización de la arquitectura de seguridad europea, con la incertidumbre de cómo saldrá Rusia del conflicto, es evidente que sus implicaciones van más allá del Viejo Continente. No sólo porque está en juego el mantenimiento de un orden internacional basado en reglas, sino también porque la ausencia de condena por parte de China a la agresión de Putin ha puesto de manifiesto la realidad de un desafío autoritario a la estabilidad global.

A la advertencia por la ministra británica de Asuntos Exteriores hace unos días de que también China debe cumplir las reglas, Pekín no tardó en responder con el argumento de que la OTAN y los europeos tratan de agitar conflictos en Asia. Es toda una novedad que China haya comenzado a referirse a la Alianza Atlántica, ajena desde su nacimiento a la seguridad asiática, anticipando quizá la próxima mención que hará a la República Popular en la actualización de su concepto estratégico. Pero Pekín no tendrá más remedio que adaptarse a las nuevas circunstancias provocadas por su socio en el Kremlin. Y, en ese contexto, adquieren especial significado los movimientos de sus dos principales vecinos: Japón e India.

Desde que Rusia invadió Ucrania, la diplomacia japonesa no sólo se ha alineado estrechamente con el G-7, sumándose a cuantas sanciones se han acordado, sino que ha reforzado la coordinación con la OTAN y los Estados europeos. El ministro de Asuntos Exteriores, Yoshimasa Hayashi, participó por primera vez como “socio” en la reunión con sus homólogos de la OTAN el pasado 7 de abril, y el primer ministro, Fumio Kishida, ha sido invitado igualmente a la cumbre que los líderes de la Alianza Atlántica celebrarán en Madrid en junio. Se ha dado así un considerable avance desde que, en abril de 2013, la OTAN y Japón concluyeran un acuerdo para profundizar en su asociación estratégica, centrada desde entonces en cuestiones como la seguridad marítima, la ciberseguridad y la no proliferación, entre otras. Japón ha sido uno de los países que de manera más explícita han subrayado la vinculación entre Ucrania y la seguridad en el Indo-Pacífico. Del mismo modo que Tokio apoya los esfuerzos contra Moscú en Europa, está sentando las bases para la solidaridad del Viejo Continente—y de la Alianza Atlántica—en el caso de que se produzca un conflicto en Asia.

La posición de India ha sido, como se sabe, muy diferente. Pero su dependencia militar y energética de Rusia no modifica, sin embargo, su percepción del desafío chino. Y es el comportamiento de la República Popular el que ha dado un motivo para reactivar el acercamiento mutuo de Delhi y la Unión Europea. Aunque fue en el año 2000 cuando se celebró la primera cumbre bilateral, y en 2004 cuando se estableció una “asociación estratégica”, hubo que esperar a 2020 para que ambas partes acordaran una agenda orientada a la búsqueda de resultados tangibles. Entre ellos, en 2021 se reanudaron las negociaciones—bloqueadas desde 2013—sobre un acuerdo de libre comercio, y se puso en marcha un diálogo sobre seguridad marítima. La UE lanzó asimismo una iniciativa de interconectividad—similar a la lanzada con Japón en 2019—para impulsar las inversiones en energía, transporte, e infraestructuras digitales.

Tras la visita a Delhi la semana pasada de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, se espera que tanto el acuerdo de libre comercio como un acuerdo bilateral de inversiones estén concluidos antes de 2024. India y la UE anunciaron, además, la creación de una Comisión sobre Comercio y Tecnología—similar a la que ya mantiene Bruselas con Estados Unidos—con el fin de coordinar posiciones al más alto nivel. Este salto cualitativo en las relaciones bilaterales muestra un potencial que va más allá de la dimensión económica, y hace hincapié en los objetivos de cooperación estratégica de ambas partes con respecto a un transformado escenario asiático.

Europa y China hablan con Ucrania en la mente

La reciente cumbre UE-China, celebrada online en medio de las incertidumbres de la guerra en Ucrania, no ha arrojado resultados claros aunque sí ha certificado que los puentes no están rotos y que los intereses económicos que unen a ambas potencias están sobreviviendo, pese a todo, a la convulsión provocada por Putin.

Ni Bruselas ni Pekín pueden prescindir de sus intercambios económicos que implican las inversiones en ambas direcciones y cierta colaboración en el desarrollo de proyectos tecnológicos avanzados, aunque esta colaboración no exime a Europa de observar la influencia china en las sociedades europeas y sus pasos tendentes a consolidar sus intereses nacionales y estratégicos que, obvio es decirlo, no se asientan ni sobre las normas europeas ni sobre valores democráticos.

La situación en Ucrania ha marcado las conversaciones. La UE ha trasladado a China que la evolución y el impulso de los negocios mutuos necesitan una mayor implicación china, entendida como un distanciamiento político de Moscú y acciones para hacer desistir a Putin de sus acciones criminales. China, por su parte, insiste en que sigue su propia vía que consiste, básicamente, en mantenerse de perfil, no romper con Moscú aunque tampoco volcarse en su apoyo y sostener un discurso hacia el exterior de que  hay que negociar la paz sobre la base de la soberanía y la integridad territorial de cada nación. Con eso Pekín espera a recoger los frutos que caigan del árbol sea cual sea el desenlace de la agresión rusa.

Durante décadas, la UE ha sido moderada con China, como lo fue con Rusia hasta la invasión y aún hay voces proclives a “entender” a Putin y tal vez la experiencia ucraniana ejerza de despertador. Hay indicios de un cambio hacia una postura menos ingenua, con más ambición y con mayor disposición a desarrollar una oolítica propia, con más medios y sin poner en cuestión los lazos trasatlánticos que, una vez más, se han revelado esenciales para reforzar la defensa europea, la resistencia ucraniana y las medidas para tratar de contener  el expansionismo soviético.

 

Ucrania: Putin amenaza, China observa y la UE sugiere concesiones

La crisis de Ucrania está sirviendo a China de laboratorio para medir la reacción occidental ante retos serios y su capacidad para gestionar amenazas complejas. China necesita ajustar sus previsiones para avanzar en sus intentos de extender la soberanía de Pekín a Taiwán y, eventualmente, realizar operaciones militares y de presión en áreas de interés estratégico situadas fuera de su territorio nacional. Ya en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno que están en marcha en China fue protagonista especial, junto a los jerarcas del régimen chino, Vladimir Putin, junto al cual el gobierno chino calificó de agresiva a la OTAN y justificó las amenazas chinas sobre Europa oriental, lo cual no quiere decir necesariamente que China apoyaría militarmente las apetencias rusas si no obtiene con ello ventajas claras en inmediatas.

Pero Rusia no es China. Rusia es una amenaza militar presente situada a la espalda (o al frente según se mire) de Europa y sus movimientos remueven la memoria histórica, especialmente la de Europa central, escenario principal de las dos últimas guerras mundiales, en las que Rusia ha sido agredido y agresor y que, en la II, no tuvo la menor duda en aliarse con Hitler para repartirse Polonia antes de intentar despedazarse mutuamente y, tras la derrota alemana extender la dictadura de Moscú a media Europa. Pero, junto a esa capacidad militar, Rusia tiene un PIB apenas superior al de España, tiene una economía en dificultades y hoy, para su pesar, existe la OTAN, que a pesar de sus dificultades está en situación de frenar a Moscú.

China aún no es una amenaza militar a la altura de Rusia pero su situación económica es inmensamente mejor. Además, en su teórico teatro de operaciones posibles, la oposición de otros países es inferior a la de la OTAN, aunque los aliados están intentando mejorar eso con rapidez.

Pero políticamente Putin está ganando espacio ya con la amenaza: Ucrania hace tiempo que ha renunciado a forzar los intentos de recuperar los territorios perdidos en los últimos años por la intervención directa o indirecta de Rusia, y la Unión Europea y Estados Unidos, al margen de sus rotundas negativas, están admitiendo la posibilidad de pactar un reparto de esferas de influencia que sea asumible por Rusia. Esto es lo que está planteando Macron a Moscú y Putin pone cara de distanciamiento para ver hasta dónde puede arrancar concesiones antes de retirar algunas tropas.

Esa es una lección que China está estudiando aplicadamente mientras aumenta día a día la presión sobre Taiwán y va observando la evolución de la crisis en la frontera ucraniana.

 

INTERREGNUM: China y la relación transatlántica en 2022. Fernando Delage

Las tensiones entre Estados Unidos y China no desaparecerán en 2022. Si en algo coinciden demócratas y republicanos, aún más en un año de elecciones parciales al Congreso, es en que sólo cabe mantener una posición de firmeza frente a la República Popular. En Pekín, el presidente Xi Jinping se prepara para consolidar su poder en el Congreso del Partido Comunista en otoño, con el apoyo del resto de dirigentes y de la sociedad china a su política nacionalista. La dinámica interna en ambos casos complica la posibilidad de un entendimiento, pero también permitirá prevenir un choque mayor. La rivalidad entre las dos potencias seguirá influyendo por otra parte en la estrategia china de la Unión Europea: si en 2021 se ha dado un giro cualitativo a este respecto, en los próximos meses podría perfilarse un enfoque más elaborado, incluyendo una más estrecha coordinación con Washington.

Aunque la administración Biden aún no ha hecho pública su estrategia hacia China, algunos de sus elementos han comenzado a tomar cuerpo, y entre ellos destaca la prioridad otorgada a las cuestiones económicas. Lo que coincide, como es lógico, con la necesidad de convencer a sus socios y aliados en la región de que cuenta con un plan económico en su política hacia el Indo-Pacífico. Ante los obstáculos internos que le impiden sumarse a un acuerdo de libre comercio como el CPTPP, la Casa Blanca tendrá que demostrar el nuevo año su compromiso con el que ha denominado “Indo-Pacific economic framework” (IPEF), un instrumento a través del cual quiere hacer hincapié en asuntos como la gobernanza digital, el fortalecimiento de las cadenas de valor o las energías limpias. Los planes norteamericanos no pueden hacerse esperar, sobre todo si China presiona en su objetivo de incorporarse al CPTPP.

El IPEF no puede separarse por lo demás del recientemente establecido Consejo Estados Unidos-Unión Europea en Comercio y Tecnología, una iniciativa orientada a reforzar la coordinación entre Washington y Bruselas, e ilustración de los cambios producidos en la política china de la UE a lo largo de los dos últimos años. Pese a la tardía respuesta comunitaria a los movimientos del gigante asiático, Bruselas ha ido adoptando medidas concretas en coherencia con la definición que hizo de la República Popular en 2019: un socio con el que cooperar sobre los asuntos globales, un competidor económico, y un rival sistémico.

El instrumento anti-coerción puesto anunciado hace unas semanas es otro ejemplo del endurecimiento de la posición europea, aunque mayor relevancia puede tener a largo plazo el plan de desarrollo de infraestructuras. En septiembre de 2018, la Comisión publicó su estrategia de interconectividad Europa-Asia, una respuesta a la Ruta de la Seda china que se marcaba ambiciosos objetivos pero carecía de aportación presupuestaria. De ahí la especial relevancia de la nueva estrategia “Global Gateway”, una propuesta global de inversiones en infraestructuras de calidad que movilizará un total de 340.000 millones de euros entre 2021 y 2027.

El trabajo no ha terminado, pero la presidencia francesa de la UE y el nuevo gobierno alemán avanzarán durante 2022 en la formulación de una posición más sistemática al reto que representa China, en el marco a su vez de una actualizada estrategia hacia Asia, cuyos principios también se dieron a conocer el pasado año. La opción por los instrumentos geoecónomicos no debe ocultar las implicaciones geopolíticas del esfuerzo, que pone en valor los principales recursos con que cuenta la UE, al tiempo que facilita la reanudación de la coordinación transatlántica.