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INTERREGNUM: China, desafío europeo. Fernando Delage

Con la atención puesta en Ucrania, otros desafíos a la posición internacional de Europa parecen haber pasado a un lugar secundario. Algunos de ellos, sin embargo, adquieren una nueva relevancia precisamente por su relación con la guerra en el Viejo Continente. Ese es el caso de China: su apoyo a Rusia convierte a Pekín en un actor inesperado en la seguridad europea, haciendo de su ascenso un reto de naturaleza multidimensional. Además de tratarse de un rival tecnológico e industrial de primer orden, la UE ha tardado en reconocer que compite igualmente con China sobre el futuro del orden internacional. El aumento de sus capacidades económicas, diplomáticas y militares pone en riesgo intereses y valores europeos, pero también afecta a su entorno de seguridad.

La lejanía geográfica y el hecho de que Europa no sea un actor estratégico en Asia impedían percibir China de la misma manera que lo hace Estados Unidos. Pero la República Popular se acerca más que nunca a Europa a través de sus planes dirigidos a reconfigurar Eurasia. Su solidaridad con Moscú, sus operaciones de influencia y la promoción del autoritarismo en el mundo emergente subrayan la definición de China como “rival sistémico” hecha por la UE en 2019, y reiterada más recientemente por la brújula estratégica de la Unión.

La guerra de Ucrania ha obligado a Estados Unidos a reajustar su estrategia china, como hizo el secretario de Estado, Antony Blinken, el 26 de mayo, y reiteró la semana pasada el secretario de Defensa, Lloyd Austin, en su intervención en el foro de Shangri-la. También la OTAN, en su próxima cumbre de Madrid, incorporará el desafío chino a su nuevo concepto estratégico. La Unión Europea ha dado forma por su parte a nuevos instrumentos orientados igualmente a responder a los movimientos de Pekín. Pero se echaba en falta una concepción integral y sistemática que, además de identificar las implicaciones para Europa de las ambiciones de Xi Jinping, recogiese las medidas que conviene adoptar en los diversos frentes.

Ese vacío es el que ha intentado cubrir un reciente informe realizado de manera conjunta por tres prestigiosos think tanks: el Instituto Alemán de Asuntos Internacionales y de Seguridad, el Instituto Montaigne de París y el Centre for European Reform de Londres. Según el informe (“Rebooting Europe’s China Strategy”), la UE debe perseguir tres objetivos estratégicos fundamentales en sus relaciones exteriores: proteger y promover los pilares de la identidad europea—democracia, Estado de Derecho, multilateralismo y desarrollo sostenible—; fortalecer la relación con los socios y aliados democráticos; y mantener un orden internacional basado en reglas.

De conformidad con esos fines, el informe recomienda actuar simultáneamente en cinco direcciones. En primer lugar, Europa necesita minimizar y gestionar sus vulnerabilidades frente a China. Debe, para ello, protegerse de las operaciones de influencia y de los ciberataques; competir con la influencia económica china, tanto en su territorio como en terceros países; impulsar una estrategia de diversificación que reduzca la dependencia de los suministradores chinos; y supervisar de manera más estricta las inversiones chinas.

Europa necesita, en segundo lugar, maximizar su margen de maniobra con respecto a China sacando un mayor partido a las capacidades con que ya cuenta. Además de recurrir a su poder regulatorio, la UE debería evitar el bloqueo de las decisiones de política exterior por la exigencia de unanimidad; demostrar que su modelo de gobierno democrático y de libre mercado produce mejores resultados que el sistema autoritario chino; y asegurar que propuestas como la Global Gateway se convierta en una alternativa atractiva a la Nueva Ruta de la Seda de Pekín.

En tercer lugar, Europa debe fortalecer asimismo las Naciones Unidas y otras organizaciones internacionales frente a los esfuerzos chinos por reconfigurar su misión. En el terreno multilateral, la UE debe prestar atención asimismo a las acciones de Pekín destinadas a promover la adopción de sus estándares técnicos por parte de las agencias especializadas, como la Unión Internacional de Telecomunicaciones.

La cooperación con la República Popular, en cuarto lugar, debe estar sujeta a una exigencia de reciprocidad y de respeto de las normas internacionales. Y, finalmente, la UE y los Estados miembros necesitan profundizar en el conocimiento de China y de su presencia en el territorio, en las motivaciones que guían a sus dirigentes y a los vínculos entre las empresas chinas y el Partido Comunista.

Son recomendaciones muy completas, muchas de las cuales la UE ya estaba en realidad siguiendo, pero que sirven sobre todo para evitar el riesgo de que la urgencia de hacer frente al ataque de Putin a la estabilidad europea se traduzca en una menor atención al creciente peso del gigante asiático.

INTERREGNUM: China en África. Fernando Delage

Ninguna gran potencia presta a África la atención que China le dedica desde hace años. La República Popular es el primer socio comercial del continente, su principal acreedor y el primer inversor en el desarrollo de sus infraestructuras, tanto físicas como digitales. China se ha convertido en una variable decisiva del futuro de África, a la vez que ésta ilustra las ambiciones globales de Xi Jinping.

Así lo pone de relieve el extraordinario cambio producido en las relaciones China-África en los últimos veinte años. La lógica de su presencia respondía desde finales de los años noventa a las necesidades de desarrollo de la República Popular, es decir, el acceso a recursos y materias primas y la adquisición de mercados para la exportación de sus productos manufacturados. Los resultados hablan por sí solos: el comercio en ambas direcciones aumentó de apenas 10.000 millones de dólares en el año 2000 a 254.000 millones de dólares en 2021, una cifra más de cuatro veces mayor que los intercambios entre Estados Unidos y África. Para China, África representa sólo el cuatro por cien de su comercio exterior (menos que Alemania), pero de ser el primer socio comercial de sólo cuatro países africanos hace dos décadas, hoy lo es de los 54 Estados del continente.

En la primera década del siglo XXI, China aumentó asimismo su participación en la financiación de infraestructuras, y no—como lo han hecho los países occidentales—a través de su política de ayuda al desarrollo, sino en forma de préstamos. Entre el año 2000 y 2020, la banca pública china ha concedido créditos por valor de 160.000 millones de dólares a los gobiernos africanos. No es cierto, sin embargo, como se mantiene con frecuencia, que la República Popular sea la principal causa de la deuda de estos países. En 2020—último año con datos disponibles—los créditos chinos equivalían al 17 por cien de la deuda pública del África subsahariana, menos que el Banco Mundial (19 por cien) o la banca comercial internacional (30 por cien). Es significativo asimismo que los préstamos chinos se hayan reducido notablemente desde 2016: en 2020 sumaron 1.900 millones de dólares, la cifra más baja desde 2004.

Pese a su indudable relevancia, los intereses económicos de Pekín van acompañados de objetivos políticos cada vez más evidentes. Desde el establecimiento de la República Popular en 1949, un hecho que coincidió con el comienzo del proceso de descolonización, Pekín hizo de África un espacio para la proyección del maoísmo—hasta los años setenta—y para la consecución de apoyo en los foros multilaterales a sus grandes prioridades diplomáticas (Taiwán en particular). Hoy, una China camino de convertirse en la primera economía del planeta, recurre al continente en su estrategia de proyección global y de contraequilibrio de la influencia occidental.

África, en efecto, forma parte junto a América Latina y Oriente Próximo—y el mundo islámico en general—de ese Sur Global cuyo liderazgo Pekín asume de manera no oficial. El enfrentamiento con Estados Unidos y con la Unión Europea de nuestros días redobla la importancia de este espacio para intentar reconfigurar las bases del orden internacional de manera favorable a los intereses y valores chinos. Es una estrategia no sólo orientada a influir en la política exterior de los países africanos: Pekín promueve igualmente de manera activa su modelo económico y político como alternativa al libre mercado y la democracia liberal.

Norteamericanos y europeos—el “Global Gateway” de la UE es la más reciente prueba—han reaccionado gradualmente a esta presencia china en África. No obstante, como indican varios estudios recientes, existe el riesgo de sobrevalorar la influencia china y no tener en cuenta los obstáculos que también afronta Pekín (de la corrupción a los daños al medio ambiente, de la complicidad con las elites políticas a las condiciones laborales de los trabajadores locales). La dinámica actual en el continente no es, por resumir, un simple juego de suma cero, pero sí un terreno complementario de la competición geopolítica entre las grandes potencias.

INTERREGNUM: Japón, India y Europa. Fernando Delage

Aunque la guerra de Ucrania conducirá a una reorganización de la arquitectura de seguridad europea, con la incertidumbre de cómo saldrá Rusia del conflicto, es evidente que sus implicaciones van más allá del Viejo Continente. No sólo porque está en juego el mantenimiento de un orden internacional basado en reglas, sino también porque la ausencia de condena por parte de China a la agresión de Putin ha puesto de manifiesto la realidad de un desafío autoritario a la estabilidad global.

A la advertencia por la ministra británica de Asuntos Exteriores hace unos días de que también China debe cumplir las reglas, Pekín no tardó en responder con el argumento de que la OTAN y los europeos tratan de agitar conflictos en Asia. Es toda una novedad que China haya comenzado a referirse a la Alianza Atlántica, ajena desde su nacimiento a la seguridad asiática, anticipando quizá la próxima mención que hará a la República Popular en la actualización de su concepto estratégico. Pero Pekín no tendrá más remedio que adaptarse a las nuevas circunstancias provocadas por su socio en el Kremlin. Y, en ese contexto, adquieren especial significado los movimientos de sus dos principales vecinos: Japón e India.

Desde que Rusia invadió Ucrania, la diplomacia japonesa no sólo se ha alineado estrechamente con el G-7, sumándose a cuantas sanciones se han acordado, sino que ha reforzado la coordinación con la OTAN y los Estados europeos. El ministro de Asuntos Exteriores, Yoshimasa Hayashi, participó por primera vez como “socio” en la reunión con sus homólogos de la OTAN el pasado 7 de abril, y el primer ministro, Fumio Kishida, ha sido invitado igualmente a la cumbre que los líderes de la Alianza Atlántica celebrarán en Madrid en junio. Se ha dado así un considerable avance desde que, en abril de 2013, la OTAN y Japón concluyeran un acuerdo para profundizar en su asociación estratégica, centrada desde entonces en cuestiones como la seguridad marítima, la ciberseguridad y la no proliferación, entre otras. Japón ha sido uno de los países que de manera más explícita han subrayado la vinculación entre Ucrania y la seguridad en el Indo-Pacífico. Del mismo modo que Tokio apoya los esfuerzos contra Moscú en Europa, está sentando las bases para la solidaridad del Viejo Continente—y de la Alianza Atlántica—en el caso de que se produzca un conflicto en Asia.

La posición de India ha sido, como se sabe, muy diferente. Pero su dependencia militar y energética de Rusia no modifica, sin embargo, su percepción del desafío chino. Y es el comportamiento de la República Popular el que ha dado un motivo para reactivar el acercamiento mutuo de Delhi y la Unión Europea. Aunque fue en el año 2000 cuando se celebró la primera cumbre bilateral, y en 2004 cuando se estableció una “asociación estratégica”, hubo que esperar a 2020 para que ambas partes acordaran una agenda orientada a la búsqueda de resultados tangibles. Entre ellos, en 2021 se reanudaron las negociaciones—bloqueadas desde 2013—sobre un acuerdo de libre comercio, y se puso en marcha un diálogo sobre seguridad marítima. La UE lanzó asimismo una iniciativa de interconectividad—similar a la lanzada con Japón en 2019—para impulsar las inversiones en energía, transporte, e infraestructuras digitales.

Tras la visita a Delhi la semana pasada de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, se espera que tanto el acuerdo de libre comercio como un acuerdo bilateral de inversiones estén concluidos antes de 2024. India y la UE anunciaron, además, la creación de una Comisión sobre Comercio y Tecnología—similar a la que ya mantiene Bruselas con Estados Unidos—con el fin de coordinar posiciones al más alto nivel. Este salto cualitativo en las relaciones bilaterales muestra un potencial que va más allá de la dimensión económica, y hace hincapié en los objetivos de cooperación estratégica de ambas partes con respecto a un transformado escenario asiático.

Europa y China hablan con Ucrania en la mente

La reciente cumbre UE-China, celebrada online en medio de las incertidumbres de la guerra en Ucrania, no ha arrojado resultados claros aunque sí ha certificado que los puentes no están rotos y que los intereses económicos que unen a ambas potencias están sobreviviendo, pese a todo, a la convulsión provocada por Putin.

Ni Bruselas ni Pekín pueden prescindir de sus intercambios económicos que implican las inversiones en ambas direcciones y cierta colaboración en el desarrollo de proyectos tecnológicos avanzados, aunque esta colaboración no exime a Europa de observar la influencia china en las sociedades europeas y sus pasos tendentes a consolidar sus intereses nacionales y estratégicos que, obvio es decirlo, no se asientan ni sobre las normas europeas ni sobre valores democráticos.

La situación en Ucrania ha marcado las conversaciones. La UE ha trasladado a China que la evolución y el impulso de los negocios mutuos necesitan una mayor implicación china, entendida como un distanciamiento político de Moscú y acciones para hacer desistir a Putin de sus acciones criminales. China, por su parte, insiste en que sigue su propia vía que consiste, básicamente, en mantenerse de perfil, no romper con Moscú aunque tampoco volcarse en su apoyo y sostener un discurso hacia el exterior de que  hay que negociar la paz sobre la base de la soberanía y la integridad territorial de cada nación. Con eso Pekín espera a recoger los frutos que caigan del árbol sea cual sea el desenlace de la agresión rusa.

Durante décadas, la UE ha sido moderada con China, como lo fue con Rusia hasta la invasión y aún hay voces proclives a “entender” a Putin y tal vez la experiencia ucraniana ejerza de despertador. Hay indicios de un cambio hacia una postura menos ingenua, con más ambición y con mayor disposición a desarrollar una oolítica propia, con más medios y sin poner en cuestión los lazos trasatlánticos que, una vez más, se han revelado esenciales para reforzar la defensa europea, la resistencia ucraniana y las medidas para tratar de contener  el expansionismo soviético.

 

Ucrania: Putin amenaza, China observa y la UE sugiere concesiones

La crisis de Ucrania está sirviendo a China de laboratorio para medir la reacción occidental ante retos serios y su capacidad para gestionar amenazas complejas. China necesita ajustar sus previsiones para avanzar en sus intentos de extender la soberanía de Pekín a Taiwán y, eventualmente, realizar operaciones militares y de presión en áreas de interés estratégico situadas fuera de su territorio nacional. Ya en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno que están en marcha en China fue protagonista especial, junto a los jerarcas del régimen chino, Vladimir Putin, junto al cual el gobierno chino calificó de agresiva a la OTAN y justificó las amenazas chinas sobre Europa oriental, lo cual no quiere decir necesariamente que China apoyaría militarmente las apetencias rusas si no obtiene con ello ventajas claras en inmediatas.

Pero Rusia no es China. Rusia es una amenaza militar presente situada a la espalda (o al frente según se mire) de Europa y sus movimientos remueven la memoria histórica, especialmente la de Europa central, escenario principal de las dos últimas guerras mundiales, en las que Rusia ha sido agredido y agresor y que, en la II, no tuvo la menor duda en aliarse con Hitler para repartirse Polonia antes de intentar despedazarse mutuamente y, tras la derrota alemana extender la dictadura de Moscú a media Europa. Pero, junto a esa capacidad militar, Rusia tiene un PIB apenas superior al de España, tiene una economía en dificultades y hoy, para su pesar, existe la OTAN, que a pesar de sus dificultades está en situación de frenar a Moscú.

China aún no es una amenaza militar a la altura de Rusia pero su situación económica es inmensamente mejor. Además, en su teórico teatro de operaciones posibles, la oposición de otros países es inferior a la de la OTAN, aunque los aliados están intentando mejorar eso con rapidez.

Pero políticamente Putin está ganando espacio ya con la amenaza: Ucrania hace tiempo que ha renunciado a forzar los intentos de recuperar los territorios perdidos en los últimos años por la intervención directa o indirecta de Rusia, y la Unión Europea y Estados Unidos, al margen de sus rotundas negativas, están admitiendo la posibilidad de pactar un reparto de esferas de influencia que sea asumible por Rusia. Esto es lo que está planteando Macron a Moscú y Putin pone cara de distanciamiento para ver hasta dónde puede arrancar concesiones antes de retirar algunas tropas.

Esa es una lección que China está estudiando aplicadamente mientras aumenta día a día la presión sobre Taiwán y va observando la evolución de la crisis en la frontera ucraniana.

 

INTERREGNUM: China y la relación transatlántica en 2022. Fernando Delage

Las tensiones entre Estados Unidos y China no desaparecerán en 2022. Si en algo coinciden demócratas y republicanos, aún más en un año de elecciones parciales al Congreso, es en que sólo cabe mantener una posición de firmeza frente a la República Popular. En Pekín, el presidente Xi Jinping se prepara para consolidar su poder en el Congreso del Partido Comunista en otoño, con el apoyo del resto de dirigentes y de la sociedad china a su política nacionalista. La dinámica interna en ambos casos complica la posibilidad de un entendimiento, pero también permitirá prevenir un choque mayor. La rivalidad entre las dos potencias seguirá influyendo por otra parte en la estrategia china de la Unión Europea: si en 2021 se ha dado un giro cualitativo a este respecto, en los próximos meses podría perfilarse un enfoque más elaborado, incluyendo una más estrecha coordinación con Washington.

Aunque la administración Biden aún no ha hecho pública su estrategia hacia China, algunos de sus elementos han comenzado a tomar cuerpo, y entre ellos destaca la prioridad otorgada a las cuestiones económicas. Lo que coincide, como es lógico, con la necesidad de convencer a sus socios y aliados en la región de que cuenta con un plan económico en su política hacia el Indo-Pacífico. Ante los obstáculos internos que le impiden sumarse a un acuerdo de libre comercio como el CPTPP, la Casa Blanca tendrá que demostrar el nuevo año su compromiso con el que ha denominado “Indo-Pacific economic framework” (IPEF), un instrumento a través del cual quiere hacer hincapié en asuntos como la gobernanza digital, el fortalecimiento de las cadenas de valor o las energías limpias. Los planes norteamericanos no pueden hacerse esperar, sobre todo si China presiona en su objetivo de incorporarse al CPTPP.

El IPEF no puede separarse por lo demás del recientemente establecido Consejo Estados Unidos-Unión Europea en Comercio y Tecnología, una iniciativa orientada a reforzar la coordinación entre Washington y Bruselas, e ilustración de los cambios producidos en la política china de la UE a lo largo de los dos últimos años. Pese a la tardía respuesta comunitaria a los movimientos del gigante asiático, Bruselas ha ido adoptando medidas concretas en coherencia con la definición que hizo de la República Popular en 2019: un socio con el que cooperar sobre los asuntos globales, un competidor económico, y un rival sistémico.

El instrumento anti-coerción puesto anunciado hace unas semanas es otro ejemplo del endurecimiento de la posición europea, aunque mayor relevancia puede tener a largo plazo el plan de desarrollo de infraestructuras. En septiembre de 2018, la Comisión publicó su estrategia de interconectividad Europa-Asia, una respuesta a la Ruta de la Seda china que se marcaba ambiciosos objetivos pero carecía de aportación presupuestaria. De ahí la especial relevancia de la nueva estrategia “Global Gateway”, una propuesta global de inversiones en infraestructuras de calidad que movilizará un total de 340.000 millones de euros entre 2021 y 2027.

El trabajo no ha terminado, pero la presidencia francesa de la UE y el nuevo gobierno alemán avanzarán durante 2022 en la formulación de una posición más sistemática al reto que representa China, en el marco a su vez de una actualizada estrategia hacia Asia, cuyos principios también se dieron a conocer el pasado año. La opción por los instrumentos geoecónomicos no debe ocultar las implicaciones geopolíticas del esfuerzo, que pone en valor los principales recursos con que cuenta la UE, al tiempo que facilita la reanudación de la coordinación transatlántica.

 

INTERREGNUM: Europa y la interconectividad global. Fernando Delage

Como se recordará, los líderes del G7 lanzaron el pasado 12 de junio una iniciativa (denominada B3W: “Build Back Better World”) destinada a canalizar inversiones en países en desarrollo, sobre la base de unos valores de transparencia y sostenibilidad. No era necesario explicitar que se trataba de ofrecer una alternativa por parte de las principales democracias a la Nueva Ruta de la Seda china, uno de los principales instrumentos de Pekín para extender su influencia política.

La Unión Europea no ha tardado en ponerse manos a la obra. Justo un mes después, el 12 de julio, el Consejo de Ministros anunció un plan global de infraestructuras destinado a ampliar y mejorar la interconectividad del Viejo Continente con el resto del mundo, mediante una combinación de recursos financieros públicos (aún por precisar) y privados (si se consigue movilizar a las empresas). En un breve documento de ocho páginas, el Consejo instó a la Comisión a preparar durante los próximos meses una lista de “proyectos de alto impacto”, sin que en ningún momento se nombrara tampoco a China. Sin perjuicio del interés europeo por asegurar el acceso al mercado de la República Popular, y de la evidente necesidad de cooperar con Pekín con respecto a diversas cuestiones transnacionales (como el cambio climático), en Bruselas—y en los Estados miembros—se ha redoblado la inquietud por el creciente control chino de instalaciones estratégicas del Viejo Continente, como los puertos del Mediterráneo.

La UE confía en que, mediante el desarrollo de una más extensa red de infraestructuras, podrá diversificar las cadenas de valor y reducir el riesgo de una excesiva dependencia de China. Por ello, lo más relevante es quizá que la UE ha decidido ir más allá de la “estrategia de interconectividad Asia-Europa” de 2018, para construir una Unión “conectada globalmente” al dirigir su atención a África y América Latina, continentes preferentes ambos para las inversiones chinas. Debe destacarse al mismo tiempo la intención de coordinar estos esfuerzos con Estados Unidos, así como con Japón, India, la ASEAN, y las instituciones multilaterales de desarrollo.

No pocos analistas han mostrado cierto escepticismo ante la relativa vaguedad del proyecto. Existe el temor, por otra parte, de que las diferentes prioridades geográficas y económicas de los Estados miembros lo terminen diluyendo o conduzcan al enfrentamiento entre Berlín y París sobre qué países, qué iniciativas concretas y qué presupuesto apoyar. Esa indefinición debería estar aclarada cuando la presidenta de la Comisión pronuncie su próximo discurso sobre el estado de la Unión el año próximo, pero no deja de ser una orientación que puede afectar a otro objetivo preeminente, como es el de continuar impulsando los vínculos económicos con China y con Asia.

Debe reconocerse, sin embargo, que el plan no es una simple estrategia económica, sino que responde a la intención de construir gradualmente el papel de Europa como actor geopolítico. Así lo ha puesto de relieve el Alto Representante, Josep Borrell, durante su reciente participación en una Conferencia sobre Conectividad entre Asia central y Asia meridional, celebrada en Uzbekistán. Sólo cuatro días después de que el Consejo de Ministros aprobara la mencionada estrategia, Borrell—además de hacer presente el papel de la UE como socio comercial e inversor de Asia central, y pronunciarse sobre la situación en Afganistán—hizo hincapié en la ambición de situar la conectividad en el centro de la política exterior europea. Subrayó los acuerdos ya firmados en este terreno con Japón, India y China, y anunció el lanzamiento de un estudio conjunto sobre corredores de transporte ferroviarios entre Europa y Asia por parte del Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo y el Banco Asiático de Desarrollo. De momento, Pekín ha optado por reservarse su opinión oficial hasta que Bruselas presente de forma completa su plan el próximo año. (Foto: Flickr, Jason Tong)

INTERREGNUM: Europa se sube al Indo-Pacífico. Fernando Delage

Aunque ya no sea miembro de la Unión Europea, Reino Unido se ha sumado a Francia, Alemania y Países Bajos en el reconocimiento del Indo-Pacífico como nuevo eje central de la geopolítica y la economía global. La separación institucional del Viejo Continente, y la imposibilidad de mantener una “relación especial” con Washington como durante la guerra fría, obliga a diversificar sus opciones, y así aparece recogido en la revisión de su política exterior y de seguridad. En el documento que identifica las líneas generales de la diplomacia británica post-Brexit, hecho público la semana pasada, el término “Indo-Pacífico” es mencionado hasta 32 veces. Y algunas de sus conclusiones se asemejan al informe publicado el pasado mes de noviembre por Policy Exchange, un influyente think tank (“A Very British Tilt: Towards a new UK strategy in the Indo-Pacific Region”).

Downing Street pretende que, hacia 2030, Reino Unido sea “el socio europeo con la presencia más amplia e integrada en el Indo-Pacífico”. Con tal fin, Londres pretense adherirse al CPTTP, es decir, el antiguo Acuerdo Transpacífico que, bajo el liderazgo de Japón, se renegoció tras el abandono por parte de Estados Unidos al comienzo de la administración Trump; convertirse en socio estratégico de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN); y maximizar su relación con las naciones de la región que pertenecen a la Commonwealth. (Algunos analistas han sugerido, incluso, que Londres debería formar una confederación geopolítica informal con Canadá, Australia y Nueva Zelanda). No son objetivos que asuma sin más la opinión pública británica, ajena en su mayor parte a la relevancia de Asia para sus intereses, pero algunos elementos son ciertamente coincidentes con los mantenidos por los Estados miembros de la UE.

Londres y Bruselas comparten, en efecto, una misma inquietud por el desafío que representa China (el documento británico utiliza términos similares a los empleados por la última estrategia de la Unión: “competidor sistémico” vs. “rival sistémico”), al tiempo que desean, sin embargo, estrechar las relaciones económicas. Reino Unido ha quedado fuera, no obstante, del acuerdo de inversiones concluido por Pekín y la UE en diciembre, y carece del peso negociador que le permitiría recibir un trato similar. Por otra parte, ambas capitales consideran igualmente a Japón e India como socios prioritarios en distintas áreas de cooperación.

Sólo unos días antes de darse a conocer el plan británico, Josep Borrell anunció en su blog la próxima adopción de un concepto Indo-Pacífico de la Unión Europea, después de que París, Berlín y La Haya hayan elaborado sus propias estrategias. Según escribe el Alto Representante de la UE para Asuntos Exteriores, la política asiática de la Unión se apoya en dos pilares: el reajuste de la relación con China, y el reforzamiento de las relaciones con el resto de Asia. Sobre China, Borrell presentará un informe al próximo Consejo Europeo. Sobre la región en su conjunto, Bruselas trabaja en una triple dirección.

La primera de ellas consiste en dar forma a un enfoque europeo sobre el Indo-Pacífico que—en coherencia con la naturaleza de la UE como actor internacional—hará especial hincapié en un orden basado en reglas y en el multilateralismo. La segunda tiene como objetivo desarrollar el potencial de la relación con India, ahora que Delhi no puede considerar a Reino Unido como su principal vía de acceso al Viejo Continente. La primera cumbre UE-India con presencia de los jefes de Estado y de gobierno de los 27, en mayo, será la oportunidad para abrir esta nueva etapa entre ambos actores. Una tercera orientación busca maximizar la conectividad entre Europa y Asia, implicando también al sector privado. El lanzamiento de una iniciativa en este terreno con India en la cumbre de mayo se sumará a los planes de Japón en el marco de su visión de un “Indo-Pacífico Libre y Abierto”, de la ASEAN y su “Masterplan sobre conectividad”, y a la propia estrategia de interconectividad en Eurasia adoptada por Bruselas en 2018.

China no ha tardado en reaccionar. Una columna de opinión en el diario Global Times dudaba de la capacidad europea para desarrollar una presencia estratégica en el Indo-Pacífico. Además de subrayar la falta de cohesión entre los Estados miembros, el autor destacaba las diferentes perspectivas mantenidas por Alemania y Francia y el interés preferente por China como oportunidad económica. ¿Desmentirá Bruselas el escepticismo chino?

Primeros roces Biden-UE

La UE está a punto de cerrar el gran acuerdo sobre inversiones con China acordado en la cumbre europea de abril. Se trata de un proyecto de convenio que pretende establecer un protocolo de garantías jurídicas a cada parte en el territorio de la otra parte, Alemania es el principal gran impulsor de este acuerdo y quiere cerrar con él la presidencia alemana de la UE antes del 1 de enero, aunque probablemente es imposible a estas alturas. Se aprobará pero probablemente no antes del 1 de enero.

Pero este proyecto ha provocado los primeros roces entre el equipo del presidente electo de Estados Unidos, Joseph Biden, y Bruselas. Y no se trata tanto del contenido del acuerdo, que en todo caso se analizará cuando esté aprobado, dicen desde EEUU, sino de que la aceleración de las negociaciones no ha sido ni comunicada ni coordinada con EEUU, ni siquiera con el equio de Biden.  Trump ya no es una coartada.

Las tensas relaciones entre Whashington y Bruselas de los últimos cuatro años no han estado motivadas solamente por el proteccionismo y la unilateralidad de Trump sino también por el crecimiento de los prejuicios anti EEUU de Europa y que, bajo la coartada de ganar autonomía política sin asumir más protagonismo ni en Defensa ni en una política exterior sólida, han debilitado la posición occidental en varios frentes y cedido espacio político a Moscú y a Pekín.

Detrás de la política exterior de un país o una alianza están siempre, obviamente, intereses nacionales esenciales y permanentes, y Estados Unidos tiene los suyos, independientemente de quién sea el presidente, que no puede cambiarlos sino gestionarlos a su manera. Los países de la UE tienen los suyos, claro y además de coordinarse entre sí, como el mundo es complejo, no puede jugar a la equidistancia entre EEUU y las otras potencias porque la Europa actual comparte muchos más intereses con EEUU país a cuya fuerza militar debe su existencia y la solidez de sus instituciones. Mejorar y fortalecer las relaciones trasatlánticas pasa por analizar y sopesar sus intereses y abandonar el discurso infantil de las caricaturas de Trump para avalar inacciones y una falta de energía notable para asumir retos y riesgos.

INTERREGNUM: Eurasia marítima. Fernando Delage

En la era de la geoeconomía, el poder marítimo ha adquirido una nueva relevancia, como demuestran los movimientos de las grandes potencias asiáticas. Poco más de un siglo después de que el almirante Alfred Mahan, uno de los padres fundadores de la geopolítica, escribiera El problema de Asia (1900), tanto China como India siguen sus lecciones y dedican una especial atención a la dimensión naval de su ascenso. No se trata tan sólo de contar con la armada que requieren sus ambiciones de proyección de poder: su comercio e inversiones, la logística y cadenas de distribución de sus empresas, el imperativo del acceso a recursos naturales y la protección de las líneas de comunicación, son elementos indispensables de su seguridad marítima.

Ese esfuerzo de ambas, como de Rusia, es el objeto de un libro de reciente publicación del profesor de la Universidad Nacional de Defensa de Estados Unidos, Geoffrey F. Gresh (To Rule Eurasia’s Waves: The New Great Power Competition at Sea, Yale University Press, 2020). Cada una de estas potencias, escribe Gresh, aspira a lograr un mayor estatus internacional y a expandir su influencia más allá de su periferia marítima. Es una competición que desafía el orden liderado por Estados Unidos desde la segunda postguerra mundial, y que marca el comienzo de la era de las potencias marítimas euroasiáticas.

De manera detallada, el libro examina el aumento de capacidades navales de cada una de estas potencias, así como sus movimientos en sus respectivos mares locales (del Báltico al mar de China Meridional, del Mediterráneo al Índico). Gresh identifica por otra parte las características esenciales de las aguas que rodean Eurasia, incluidos los cuellos de botella estratégicos y las líneas de navegación. Sus fuentes confirman la determinación de estos gobiernos de adquirir un mayor protagonismo global mediante el juego económico que despliegan en el terreno marítimo. El autor identifica el particular el océano Ártico como la próxima frontera de esa competición global. Como consecuencia del deshielo del Ártico, Eurasia ha dejado de ser rehén de la geografía y, aquí, es Rusia quien tiene ventaja.

No obstante, desde una perspectiva más amplia, es China quien parece haber desarrollado la estrategia mejor adaptada a la nueva rivalidad. Mediante la iniciativa de la Ruta de la Seda, Pekín ha utilizado su poder económico y financiero para invertir en puertos e infraestructuras marítimas, desde el Mediterráneo hasta Asia oriental. Rusia—además del Ártico, concentrada en el mar Negro y en el Báltico—es para la República Popular un socio más que un competidor, lo que representa un nuevo bloque que debe afrontar Estados Unidos como ya hizo en la década de los cincuenta y sesenta del siglo pasado. En cuanto a India, su tardío reconocimiento de la presencia china en el océano Índico le ha obligado a reforzar su estrategia naval y a acercarse tanto a Estados Unidos como a Japón.

La preocupación del autor es que esta competición marítima en torno a Eurasia conduzca a posibles choques accidentales. Frente a la “retirada” relativa de Estados Unidos, Rusia y China se encuentran cada vez mejor situadas para unificar y controlar las líneas marítimas estratégicas que rodean Eurasia. Para evitarlo, recomienda a la administración norteamericana competir con las inversiones chinas en el exterior, desplegar mayores recursos navales en el Indo-Pacífico, prestar mayor atención a la apertura del Ártico y, sobre todo, no desatender a sus aliados, especialmente a Japón, India y Australia. Buena parte de sus sugerencias han sido seguidas tanto por la administración Obama como por la de Trump. Pero en el enfoque de este último se han echado en falta tanto las prioridades económicas como el acercamiento a socios y aliados. Si algo ha enseñado la historia de Eurasia ha sido la imposibilidad de su control por una única potencia. Puede que Rusia y China no mantengan eternamente su actual proximidad, ni resulta plausible que Estados Unidos ceda a medio plazo su estatus de principal actor naval. Pero, por primera vez en la historia del continente, las fuerzas continentales y marítimas coinciden en una misma dinámica de transformación, como resultado de que una misma nación—China—intenta centralizar ese doble orden, continental y marítimo. Washington ya está respondiendo a esta nueva realidad; la Unión Europea aún debe incorporar a sus planes estratégicos la dimensión marítima. (Foto: Flickr, Rojs Rozentâls)