Aniversario china

INTERREGNUM: Cumpleaños en Pekín. Fernando Delage

El 1 de octubre la República Popular China cumple 70 años. “China se ha puesto de pie”, dijo Mao asomado a la plaza de Tiananmen en 1949, después de quince años de guerra y de décadas de anarquía territorial. El paréntesis abierto por la caída de la última dinastía imperial en 1911 lo cerraron así un Partido comunista y un líder, Mao Tse-tung, que aseguraron la unificación nacional. Pero el imperativo de la reconstrucción interna y el contexto de la Guerra Fría se tradujeron en el aislamiento internacional del nuevo Estado. Incluso la relación de Mao con Stalin, en teoría su gran aliado, no pudo ser más gélida.

Las sucesivas campañas revolucionarias de Mao durante las décadas siguientes situaron al país ante el riesgo de una nueva fragmentación. Hubo que esperar a la muerte del Gran Timonel en 1976 para que otro líder, Deng Xiaoping, restaurara la estabilidad mediante una estrategia de desarrollo económico apoyada en la apertura al mundo exterior. Cuarenta años después, los resultados son bien conocidos: lejos de estar aislada, es la economía mundial la que ha pasado a depender en no pequeña medida de China. No es casual por tanto que, coincidiendo con el aniversario, Pekín hiciera público el viernes pasado un Libro Blanco titulado “China y el mundo en la nueva era”.

Mao no reconocería el contenido de este texto, elaborado por el Partido del que fue uno de los fundadores, como tampoco podría creerse el estatus global adquirido por la República Popular. La paradoja, con todo, es esa contradicción no resuelta entre el mundo abierto y basado en reglas liberales que ha permitido el crecimiento chino, y la rigidez política interna. Es la naturaleza del régimen lo que también explica no pocas de las dificultades que acompañan la celebración.

En su cumpleaños, la República Popular se encuentra cerca de superar los 74 años que duró la Unión Soviética, el más prolongado sistema autoritario hasta la fecha. El secretario general del Partido Comunista, Xi Jinping, en el poder desde finales de 2012, tiene sobrados motivos para presumir de sus éxitos. Sin embargo, tiene que gestionar una agenda cada vez más compleja, incluyendo asuntos no previstos como la guerra comercial y tecnológica con Estados Unidos o las revueltas en Hong Kong, y el impacto de estas últimas sobre la aún pendiente reunificación de Taiwán. Si otra larga lista de problemas—como las consecuencias del envejecimiento de la población, la sostenibilidad del crecimiento, el medio ambiente o la corrupción—puede haber llevado a una recentralización del poder como instrumento para su resolución, el personalismo del liderazgo de Xi, quien ha suprimido los mecanismos diseñados en su día por Deng para evitar la irrupción de un nuevo Mao, está creando otros nuevos.

Un Partido Comunista defensor de la globalización y de un libre mercado mundial, ha conducido a China a una prosperidad sin precedente que le ha permitido recuperar su posición histórica como principal potencia asiática. Sin que su legitimidad esté en discusión, las circunstancias vuelven a poner encima de la mesa la siempre aplazada reforma política. Los dirigentes chinos que sucedieron a Mao entendieron que las reformas económicas resultaban indispensables para la estabilidad social. Aunque hoy resulta inimaginable, ¿optarán por la modernización política antes de celebrar el centenario de la República en 2049? (Foto: Karen Horton)

Leave a Reply

Be the First to Comment!

Notify of
avatar
wpDiscuz