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Centenario del Partido Comunista Chino

El Partido Comunista Chino se creó en la clandestinidad en Shanghái en 1921 de la mano de trece fundadores entre los que se encontraba Mao Zedong, aunque en poco tiempo se multiplicaron por 50 de acuerdo a Xi Jinping en el discurso que dio en la conmemoración del centenario del partido el pasado 1 de julio.

En sus orígenes fueron perseguidos, por lo que huyeron a zonas rurales para poder crecer e incorporar a sus filas a los pobladores y campesinos sin el seguimiento de las autoridades. En sus primeros años, para la afiliación era indispensable ser profundamente creyente de la teoría marxista, pero eso ha cambiado más recientemente por lo que se permite el acceso a estudiantes destacados, profesionales competentes o aquel que pueda aportar algo al partido y/o al Estado.

Su estructura sigue siendo piramidal como en sus orígenes. En la cúspide de la pirámide se encuentran los 7 miembros más exclusivos del club, los políticos que toman todas las decisiones sobre el destino de la nación, este órgano es el comité permanente. Lo encabeza Xi Jinping quien es el secretario general del Comité Central del PC chino, jefe de las fuerzas armadas y además es el actual presidente de la República Popular China desde 2013 y en su afán de continuar con el legado de Mao ha conseguido que su ideología sobre “el socialismo con características chinas o el socialismo para una nueva era” como también lo ha definido en algún discurso, sea la columna del vertebral que dirige al país desde 2013.

El segundo nivel en la pirámide lo constituye el politburó del comité central, aquí hay 25 miembros. Seguido por el Comité Central que concentra unos 350 miembros que son elegidos por la base de la pirámide, los delegados del congreso del partido que son unos 2.200 delegados en total. Estos números varían de acuerdo al momento.

A día de hoy el PC chino cuenta con 91 millones de miembros, lo que se traduce en que 1 de cada 15 ciudadanos chinos es miembro activo del partido. Aunque parezca escandalosa la cifra, responde a la necesidad que tiene el partido de mantener control y lealtad de la población en la militancia política e ideológica desde que se hicieron con el poder en 1949. Desde entonces se han convertido en una fusión de partido y Estado que controla todos los aspectos de la vida de sus ciudadanos.

Por esa misma necesidad de presunción el centenario del PC chino tenía que ser celebrado a lo grande, sin escatimar en pompa y atractivo. A nivel doméstico el partido tenía que exhibir todo lo que han conseguido a lo largo de estos años, demostrar que son una nación próspera desde que está en manos del PC chino y que sus promesas iniciales han ido cumpliéndose, esa es parte de la propaganda que imperiosamente tienen que alimentar para mantener a la población moderadamente contenta.

A nivel internacional este era el momento de mostrar la gran nación que han llegado a ser. El lugar de la celebración también tiene un gran simbolismo, la plaza de Tiananmen, la perfección de las líneas de las imágenes, la alineación de las 100 banderas rojas que representaban cada año de vida del partido, la imponente alfombra roja que atravesaba la plaza, los 70 mil invitados milimétricamente ubicados y, por supuesto, la salida de las altas autoridades chinas, en cuyo centro del grupo se encontraba Xi Jinping saliendo por el mismo sitio por el que salió Mao cuando proclamó la república en 1949.

Llegó también el momento de exhibir los helicópteros de última generación que sobrevolaron la plaza con pancartas de celebración y luego en formación en el cielo dejaron leer el gran número que se estaba celebrando el número 100. Y los aviones de caza formaron a su vez el 7 del mes de julio y el 1 del día de la conmemoración.

El gran discurso de Xi, vestido con un traje tipo Mao pero de corte más sofisticado que dejó ver que el es un líder de nueva generación, que él es el nuevo Mao de la China que hoy es la segunda economía del mundo, pero que sigue oprimiendo y controlando a sus etnias minoritarias por profesar una fe diferente a la comunista.

El discurso enfatizó que “la gran lucha que se habían fijado para el primer centenario fue conseguida, una sociedad modestamente acomodada en el extenso territorio chino y con la pobreza absoluta e históricamente resuelta”. Como era de esperar, se rindió homenaje a sus seis predecesores haciendo especial énfasis en Mao como los grandes héroes de la historia, sin pararse a considerar que durante su era tuvo lugar la mayor hambruna que ha conocido la humanidad y que se calcula que mató entre 15 a 55 millones de chinos.

Así mismo afirmó Xi que se debe continuar trabajando en el liderazgo integral del Partido con sólida conciencia de los intereses fundamentales del Estado. Además, dijo “debemos adherirnos al marxismo-leninismo, el pensamiento de Mao Zedong, la teoría de Deng Xiaoping. Integrar persistentemente los fundamentos del marxismo con la realidad concreta de China”.

En cuento a Taiwán dijo que la materialización de la reunificación completa de la patria constituye una tarea histórica inalterable del PC chino y un anhelo compartido por todos los hijos de la nación china. “hay que persistir en el principio de una sola China y en impulsar la reunificación pacífica de la patria”.

Mandó un mensaje al mundo: “China será defendida por una muralla de acero de 1.400 millones de personas”. En cuanto al poderío militar dijo que un país fuerte debe tener fuerzas militares fuertes que garanticen la seguridad nacional”. Mientras insistía en que la necesidad de seguir creciendo es imperiosa.

Ciertamente China ha salido de un hueco profundo en un tiempo récord y eso hay que reconocerlo. Pero también hay que reconocer el precio que ha pagado su población para poder conseguirlo. Es posible sí, pero sacrificando la libertad social, imponiendo formas de vida, erradicando las prácticas religiosas porque las consideran el opio del pueblo, acabando con culturas y usos que choquen con el comunista, imponiendo políticas como la de un solo hijo a las familias y más recientemente usando la tecnología de última generación para vigilar y controlar el comportamiento ciudadano, a través de millones de cámaras y de dispositivos digitales. De esa forma China podrá tener 50 años más de comunismo sin oposición social…

INTERRENGUM: ¿Xi pliega velas? Fernando Delage

El pasado 31 de mayo, el Politburó del Partido Comunista Chino, integrado por su máximos 25 dirigentes, celebró una inusual sesión de estudio sobre cómo reforzar “la capacidad de comunicación internacional” del país. En dicho encuentro, el secretario general, Xi Jinping, pidió a los cuadros de la organización un esfuerzo dirigido a “construir una imagen creíble, adorable y respetable de China”. “Debemos prestar atención a cómo emplear el tono correcto, ser abiertos, confiados y humildes”, añadió Xi, según la información proporcionada por Xinhua, la agencia oficial de noticias.

Sus palabras han provocado un considerable revuelo entre los observadores, dada la especial agresividad que ha caracterizado los mensajes de Pekín hacia otras naciones durante los últimos años (la conocida como “diplomacia del lobo guerrero”, en alusión a una popular película china). ¿Va el gobierno chino entonces a suavizar su aproximación hacia el exterior? Aunque las interpretaciones se inclinan hacia el escepticismo, habría que analizar las posibles motivaciones de este cambio de discurso.

Algunos expertos consideran que se trata de un mero ajuste en la estrategia de comunicación. Los excesos en la propaganda practicada hasta la fecha justificarían el final de su recorrido ante la proliferación de críticas en las redes sociales que subrayan las contradicciones entre la retórica oficial y los hechos concretos. No sería éste por tanto el camino para extender una imagen positiva de China en el mundo. Otras fuentes hacen hincapié en el tipo de medidas—advertencias, sanciones, prohibición de visados, etc—a través de las cuales Pekín ha reaccionado contra aquellos países que—en su opinión—han actuado en contra de sus “intereses fundamentales”. El resultado ha sido una situación de enfrentamiento que ha resultado contraproducente para sus objetivos. Su esperado acuerdo sobre inversiones con la Unión Europea, por ejemplo, ha sido rechazado por el Parlamento Europeo. El drástico empeoramiento de sus relaciones con Australia e India, entre otros, afecta igualmente a su imagen internacional, justamente cuando Estados Unidos cuenta con un presidente volcado en recuperar las relaciones con sus socios y aliados tras la perjudicial etapa de su antecesor.

La represión de los uigures en Xinjiang, la supresión de la autonomía de Hong Kong, la creciente presión sobre Taiwán, o la gestión de la pandemia no han multiplicado ciertamente los amigos de China. Un sondeo del Pew Research Center realizado el pasado mes de octubre en 14 países, reflejaba una visión mayoritariamente negativa de China, incluyendo en 9 de ellos las cifras más altas en décadas. Mientras, continúan los llamamientos a boicotear la participación de los Juegos Olímpicos de Invierno de 2022 en Pekín, y a investigar el origen del Covid-19.

Resulta lógico pues que China intente moderar su actitud ante el rápido deterioro de su percepción internacional. Si el mundo no acepta su ascenso, Pekín no contará con el margen de maniobra que espera conseguir hacia mediados de siglo. Y ésta puede ser en último término la clave más relevante del anunciado giro diplomático. Más que por un problema de comunicación, los dirigentes chinos se han dejado llevar por un excesivo celo nacionalista que les hizo abandonar el anterior enfoque pragmático que les permitía, paso a paso, ir consolidando una nueva posición de influencia. Si se convierten en rehenes de una retórica beligerante, seguirán una deriva que les alejará de sus grandes planes estratégicos.

¿Es cierto que China erradicó la pobreza? Nieves C. Pérez Rodríguez

No todo lo que brilla es oro, así como no todo lo que se dice siempre es literalmente cierto. El año pasado, Xi Jinping anunciaba el fin de la pobreza en China como la proeza del Partido comunista chino. Y, aunque es verdad que China ha crecido espectacularmente y que ha disminuido su pobreza, no es cierto que la haya podido erradicar del todo.

El gobierno chino considera de pobreza extrema a las familias que viven con un ingreso inferior a los 2,30 dólares diarios y afirma haber sacado a 800 millones de personas de esa situación con un plan de reformas económicas lanzado en 1970. Tan sólo entre 2012 al 2020 China invirtió 246 mil millones de dólares en la lucha contra la pobreza en distintos planes, de acuerdo con cifras oficiales.

Para ello, el gobierno chino movilizó unos 10 millones de ciudadanos de zonas remotas a ciudades improvisadas que fueron planificadas con la visión de ubicarlas cerca de fábricas manufactureras que a su vez pudieran emplear a gran parte de esa población.

NPR, la radio pública en los Estados Unidos, hizo un reportaje sobre la veracidad de la erradicación de la pobreza china y Emily Feng, su corresponsal en Beijing, visitó el distrito de Bijie en la provincia de Guizhou, una de las que fueran las zonas más pobres en el país, donde el Partido Comunista chino fabricó una ciudad que levantó de la nada entre montañas.

Unos 32.000 residentes de áreas rurales y remotas de esta provincia, que básicamente sobrevivían del auto sustento, fueron movilizados a Qinxingguan en 2018. La comunidad de Qinxingguan fue diseñada para parecer “un paraíso socialista”, filas de docenas de bloques de edificios idénticos en los que se pueden leer slogans de agradecimiento al PC chino por dar alojamiento gratuito a personas de aldeas remotas situadas en el medio de las montañas, de acuerdo a palabras de Feng.

Algunos de los residentes entrevistados muestran su descontento con el plan que describen: “oficiales del gobierno prometieron darnos un subsidio mensual de 45 dólares, servicios gratis (luz, agua), viviendas gratis y acceso a trabajos que vendrían de fábricas de ropa que se instalarían en los aledaños de la comunidad con el propósito de crear fuentes de empleo. Pero que esos empleos nunca llegaron. Además, explican que ahora se encuentran en una especie de limbo en el que están atrapado sin trabajo, y aunque quisieran regresar a sus aldeas, éstas ya no existen y donde están ahora todo cuesta dinero obtenerlo, comparando con la vida sostenible que tenían antes.

La transformación de la montañosa Guizhou era una gran prioridad para el PC chino puesto que era la provincia consistentemente más pobre por ingreso per cápita y,  según el reportaje, se han intentado distintos programas de desarrollo económico de la provincia sin mucho éxito, como construcción de granjas, producción de licor de arroz hasta el aumento de los salarios de los residentes de esa provincia.

Feng explica que una gran cantidad de ciudadanos chinos han sido beneficiarios de un enorme proyecto de ingeniería social diseñado para atacar la pobreza rural de larga duración. Desde el 2015, explica, los gobiernos locales han construido más de un millón de kilómetros de carreteras que conectan comunidades que antes estaban totalmente aisladas para convertirlos en centros económicos prósperos.

El gobierno chino expandió su sistema de bienestar para dar pagos directos en efectivo a los jubilados rurales y aquellos que vivían por debajo del umbral de la pobreza con el propósito de impulsar el ingreso medio del país y por tanto maquillar una realidad.

Es realmente extraordinario el salto que ha dado China en tan pocas décadas: conseguir levantar el país más poblado del planeta y convertirse en la segunda economía del mundo y con ello sacar de la pobreza extrema a casi toda su población es sin lugar a duda una asombrosa hazaña. Pero el cómo se ha hecho no suele conllevar tanto escrutinio, el costo emocional de forzar a los ciudadanos a cambiar el estilo de vida que han conocido como sucedió a los habitantes de Qinxingguan no es ni tan siquiera cuestionado por el PC chino, puesto que ese es el medio de conseguir su objetivo.

China tendrá el segundo PIB más grande del planeta, pero sus ciudadanos no poseen libertad ni para decidir si prefieren vivir en su pequeña aldea o mudarse a los centros urbanos creados para tal fin. La meritocracia está intrínsicamente relacionada con la fidelidad que cada ciudadano muestre hacia el partido y su líder supremo. El libre albedrio en China no es individual como tenemos el gran lujo los ciudadanos de países occidentales de disfrutar, sino que es absolutamente ideológico y lo dicta el partido de acuerdo a sus intereses circunstanciales.

INTERREGNUM: Xi el multilateralista. Fernando Delage

INTERREGNUM: Xi el multilateralista. Fernando Delage

INTERREGNUM: Xi el multilateralista. Fernando Delage

Mientras la administración Biden continúa dando forma a su estrategia china, impulsando una coalición de democracias que condicione el comportamiento internacional de la República Popular, los líderes en Pekín tampoco cejan en sus movimientos de contracontención. Lo han hecho en el terreno diplomático, en primer lugar, mediante la coordinación de posiciones con Rusia y los sucesivos viajes realizados por el ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, a Oriente Próximo y al sureste asiático tras el encuentro mantenido en Alaska el 18-19 de marzo con el secretario de Estado y el asesor de seguridad nacional de Estados Unidos. En relación con el sistema monetario internacional, en segundo lugar, lanzando el yuan digital, un instrumento que, sin necesidad de sustituir al dólar como divisa de referencia, puede dar paso a un nuevo esquema de pagos en el que Pekín partirá con notable ventaja. También han promovido, por último, un discurso sobre el orden multilateral en el que se desafía abiertamente el papel de Washington en la definición de las reglas globales.

Así lo hizo el presidente Xi Jinping en su intervención ante el Boao Forum (el conocido como “Davos asiático”) la semana pasada, al describir su visión de un sistema mundial sin una potencia dominante, centrado en las Naciones Unidas y otras instituciones globales. Aunque reiterando ideas ya ofrecidas en discursos anteriores—como los pronunciados en la Asamblea General de la ONU en Nueva York en 2015, o en el foro de Davos (en 2017 y este mismo año)—, la crisis del multilateralismo que se ha agravado en el contexto de la pandemia y del diluido liderazgo norteamericano, le ha ofrecido una nueva oportunidad para reforzar las credenciales de China como potencia responsable y transmitir la percepción de que juega en el mismo plano que Washington. De esa manera, continúa reorientando el orden internacional a su favor, sin tener que abandonar las estructuras existentes.

Xi criticó los esfuerzos de algunos países dirigidos a “construir barreras” y “erosionar la interdependencia”. “Los asuntos internacionales, dijo, deben gestionarse mediante el diálogo, y el futuro del mundo decidirse mediante el trabajo conjunto de todos los países”. Sin mencionar en ningún momento a Estados Unidos, añadió: “No debemos permitir que las reglas establecidas por uno o por pocos países se impongan a los demás, ni que el unilateralismo de ciertas naciones determinen la dirección del resto”. “Lo que necesitamos en el mundo de hoy, concluyó, es justicia, no hegemonía”.

No menos relevante es el compromiso de Pekín con las instituciones establecidas: “Necesitamos salvaguardar el sistema internacional construido en torno a la ONU, preservar el orden internacional sustentado en el Derecho internacional, y defender el sistema multilateral de comercio con la Organización Mundial de Comercio en su centro”. Frente al hueco dejado por Washington en años recientes, China aparece como el gran guardián del orden creado en 1945, el mismo que Pekín rechazó durante el maoísmo. Se busca de este modo minimizar la influencia norteamericana, al tiempo que se hace hincapié en el principio de soberanía absoluta recogido por la Carta de las Naciones Unidas como medio de defensa frente a toda injerencia exterior.

Al subrayar que la mayoría de los países no reconocen los valores de Estados Unidos como valores universales—como señalaron en Alaska los diplomáticos chinos—, y que las relaciones internacionales deben basarse en un principio de “igualdad, respeto mutuo y confianza”, y en “los intercambios y aprendizaje mutuo entre civilizaciones”, Xi envía el mensaje que buena parte del mundo en desarrollo quiere oír. Y al no proponer una nueva arquitectura institucional, aparece como un reformista y no como un revolucionario. El líder chino defiende así las reglas y estructuras que le convienen para sus prioridades políticas y económicas, mientras reorienta la agenda del sistema multilateral en una dirección alternativa al modelo liberal y de libre mercado de las democracias occidentales.

Cinco puntos claves de la Asamblea Popular China. Nieves C. Pérez Rodríguez

Cada año el partido Comunista chino celebra su Asamblea Popular Nacional en la que importantes figuras políticas y altos cargos del partido se reúnen en un evento protocolar rigurosamente organizado para anunciar los planes nacionales y hacer una valoración de la situación nacional.

La inauguración de la edición del 2021 fue el 4 de marzo y lo que ahí se dijo nos da las claves de lo que serán las líneas estratégicas que configurarán las próximas décadas chinas. Coincidía oportunamente con el momento de dar a conocer el próximo plan quinquenal y también este año se cumple el centenario del Partido Comunista chino. Todo esto en medio de una inusual situación tanto interna como externa debido a la pandemia, tal y como el primer ministro, Li Keqiang, dijo en sus palabras de apertura del evento: “China sigue teniendo una serie de retos por delante. Debido a la pandemia ha habido problemas de crecimiento”, por lo que prometió impulsar el crecimiento con especial foco en la innovación y los recortes de impuestos.

  1. Se anunció el aumento del presupuesto militar chino al 6,8%. Lo que se traduce en el tercer aumento anual durante la última década. La tasa de crecimiento del presupuesto de defensa chino está estrechamente relacionada con su desarrollo económico y las demandas de seguridad que el Estado chino distingue.
  2. Hong Kong y Macao. El PC chino se asegurará de la implementación correcta de lo que para ellos es “un país dos sistemas”, mientras apoyará el crecimiento regional y mantendrá protegida la región de la injerencia de fuerzas externas.
  3. Prioridad medioambiental. El congreso comenzó en medio de una nube gris de contaminación ambiental lo que hizo oportuno tocar este punto. El planteamiento es que en los próximos cinco años el aire tóxico y las aguas contaminadas serán erradicadas, lo que significa que tienen que reducir el uso del carbón cuantiosamente. También se prioriza un plan de mejora de la calidad de las tierras, que se encuentran en seria amenaza.
  4. Desarrollo, tecnología e innovación. El planteamiento en esta área es un plan a 10 años que comenzará con un aumento del presupuesto del 10,6% del presupuesto para el 2021. Y a partir de ahí un 7% anual en los siguientes 5 años. Este es un punto crítico porque Beijing entiende que conseguir la independencia lo pondría en un lugar preferencial.  Incluso se mostraron abiertos a importar científicos extranjeros para trabajar en instituciones chinas lo que demuestra la relevancia del asunto.
  5. La ruta de la Seda. Seguirán promocionando esta iniciativa como centro de su política de desarrollo de intercambios globales y crecimiento económico.  El PC chino entendió desde el principio que industrializar su economía era el comienzo de un largo camino al éxito.

Los planes de desarrollo económico chinos empezaron a ponerse en marcha en 1950 cuando China comenzaba a emerger después de la guerra coreana. El primer plan económico se inspiró en el modelo soviético y en efecto fue el mismo Stalin quien lo asesoró personalmente y la Unión Soviética financió el arranque de esa nueva era china de la mano de Mao Zedong.

Setenta años más tarde son un ejemplo extraordinario de crecimiento, pero a un altísimo coste social, en el que en una primera etapa se obligó a los campesinos a abandonar los campos para trabajar en industrias, lo que produjo un gran desabastecimiento de cereales que acabó en una terrible hambruna que terminó con la vida de miles de ciudadanos. Dos décadas más tarde el PC chino imponía la ley de un solo hijo para controlar el crecimiento de la población lo que produjo abortos forzosos a millones de mujeres, la preferencia del género masculino sobre el femenino en los infantes, y/o la desaparición de un incontable número de niños que fueron arrebatados de sus familias y que en el mejor de los casos fueron dados en adopción a extranjeros.

En la última década la vigilancia social a través de cámaras de seguridad instaladas en cada esquina, el uso de dispositivos tecnológicos, el internet y las redes sociales, en muchos casos hasta pruebas de ADN no autorizadas por el ciudadano, se han convertido en el “gran hermano” del PC chino. Con estos niveles de control y sofisticación tecnológica el gobierno chino fiscaliza, regula y censura el comportamiento de sus ciudadanos para poder mantener control absoluto. Y en efecto, es una de las principales razones de su éxito puesto que de esa forma no hay mucha oposición y si surgiera alguna sería neutralizada y erradicada desde su origen.

El gran éxito del PC chino ha sido la lealtad y la estabilidad como dos elementos claves para mantener el control del país, a pesar de su extenso territorio y enorme población. El PC chino podrá celebrar sus 100 años con el éxito de haber sacado de la pobreza al país tal y como estaba planteado. Oficialmente todas las municipalidades chinas afirman haber sacado a sus ciudadanos de la pobreza extrema. Aunque sigue habiendo mucho trabajo por hacer y el objetivo ahora es más complejo, es elevarlos en nivel de vida y con ello generar más consumo interno.

¿Y después de las elecciones estadounidenses qué? Nieves C. Pérez Rodríguez

La silla del hombre más poderoso del mundo se debate entre la continuidad de la Administración Trump y un cambio partidista y de valores encabezado por Joe Biden. La división del país, y por tanto de los votantes, es profunda y muchos analistas están previendo un escenario post electoral incierto e incluso violento.

Cómo todo lo ocurrido este año, el proceso del ejercicio del voto ha sido distinto. Para evitar grupos masivos de electores practicando su derecho electoral, cada Estado ha determinado cuándo comenzar un proceso adelantado al día oficialmente previsto. Los primeros en la lista fueron Wyoming y Dakota del Sur que comenzaron el 18 de septiembre y consecutivamente cada Estado ha ido estipulando qué día abrirían el proceso de votación. En busca de flexibilidad se ha permitido votar en persona en los lugares previstos para ello desde el día que se ha habilitado hasta el mismo 3 de noviembre día oficial de las elecciones. También se ha permito a un grupo de mayor riesgo a votar por correo. 

Precisamente el voto por correo ha sido objeto de mucha controversia. Por una parte, el llenado incorrecto de las papeletas electorales que acaba siendo computado como un voto nulo. Pero también ha habido mucha desinformación auspiciada por el mismo presidente Trump. Desde agosto Trump ha insistido constantemente en que el voto por correo puede ser manipulado y que las papeletas podrían ser enviadas a áreas demócratas y no republicanas. Una afirmación sin ningún fundamento debido a que la distribución del material electoral está en manos de funcionarios del estado e instituciones públicas, quienes han asegurado que se ha hecho siguiendo rigurosamente los protocolos.

En una primera etapa Trump aseguraba que las oficinas postales no contaban con capacidad para manejar esos volúmenes de votos. Lo que es también falso, pues Estados Unidos es de los pocos países en el mundo en el que las oficinas de correos se utilizan a diario por millones de ciudadanos y el envío de correspondencia en este país es extraordinariamente grande. Trump ha cuestionado por años la legitimidad de las elecciones en Estados Unidos. Incluso cuando él mismo ganó en el 2016 aseguró que lo había hecho porque millones y millones votaron por él pero lo cierto fue que perdió el voto popular aunque ganó el voto de los colegios electorales.

La desinformación generada por el mismo presidente, junto con las manifestaciones de diversos grupos que han acabado en muchos casos con violencia en diferentes ciudades del país, son un reflejo de la complicada situación domestica que vive Estados Unidos, y que fácilmente se pueden convertir en el caldo de cultivo para una posible situación de violencia después del anuncio de los resultados electorales.

En una sociedad tan dividida las ganas de votar son más fuertes. Por lo tanto, desde septiembre hasta el pasado viernes 22 de septiembre, millones de ciudadanos ya han emitido su voto a lo largo del país. La mayoría de esos votantes son demócratas. De momento una encuesta de CNN hecha el pasado viernes ubica a Biden como ganador con el 53%  y a Trump en un 42%. Sin embargo, se prevé que la gran mayoría que votará republicano lo hará el mismo 3 de noviembre, lo que podría cambiar la situación para el final del día electoral y los exit polls del día electoral podrían dar como gran ganador a Trump y en el recuento final arrojar números distintos, es decir, que el ganador sea Biden.

En ese escenario los analistas están temiendo que los grupos armados – como las milicias- salgan a defender el voto a favor de Trump. Y en el extremo opuesto saldrían los grupos de extrema izquierda a defender a Biden.  En efecto, el Departamento de Seguridad Nacional a finales de septiembre advertía en un informe que los blancos supremacistas violentos era la amenaza más persistente y letal en el país y que, posibles complots de esos grupos con esquemas como los secuestros de los gobernadores de Michigan y Virginia frustrados por el F.B.I. podrían estar fraguándose.

Ambos grupos radicales se encuentran en extremos ideológicos opuestos y la motivación de defender el voto de su preferencia se convierte en un motivo de lucha.  A pesar de que se está temiendo violencia, estamos hablando de violencia controlada en ciudades o puntos determinados de la nación, no del desencadenamiento de movimientos en todo el país que pueda acabar en una especie de enfrentamiento a gran escala nacional.

Sea como sea, a pequeña o a mediana escala, lo cierto es que tan solo suponer que pueda haber algo de violencia es un golpe a la imagen de la nación con la mayor trayectoria democrática del mundo. Como líder y ejemplo internacional es una estocada al retrato de unión doméstica y a imagen de fuerza que le ha permitido imponer respeto y exportar su modelo por el mundo en los últimos 70 años.

Pero peor aún en la situación actual en la que se está debatiendo el liderazgo internacional entre Washington y Beijing, una situación violenta post electoral debilitaría la imagen de Estados Unidos en el exterior facilitándole el camino al PC chino en sus ambiciones internacionales, de manera especial en Asia, en donde los aliados de occidente quedarían en una posición precaria y de alto riesgo.

INTERREGNUM: La nueva guerra fría se calienta. Fernando Delage

Si la rivalidad entre Estados Unidos y China ya era causa de alarma desde 2018, sus respectivas circunstancias internas están conduciendo a un rápido deterioro de la relación. El presidente norteamericano, Donald Trump, está recurriendo a China como chivo expiatorio de su fracaso de gestión, además de instrumento para su reelección. Su homólogo chino, Xi Jinping, intenta por su parte desviar el descontento social sobre la pandemia enfrentándose a Estados Unidos en clave nacionalista, y haciendo hincapié en la fallida respuesta de Washington en contraposición a la “superioridad” de su sistema político. Esta hostilidad mutua sitúa a la relación bilateral más importante del mundo ante su más grave crisis desde la normalización de relaciones diplomáticas en 1979.

Durante 40 años, Estados Unidos mantuvo una política orientada a facilitar la integración de China en la economía global y proporcionarle un espacio en el sistema internacional. Trump ha optado en cambio por la confrontación, al considerar que esa estrategia ha convertido a China en una amenaza para el estatus internacional de Estados Unidos. Mientras, con la confianza que le proporciona su creciente poder, la República Popular no ve razones por las que tenga que aceptar las reglas escritas por otros, y asumir una posición subordinada a las naciones occidentales. El recurso de culpar al otro para salvar cada uno su reputación no sólo complica la cooperación internacional necesaria para combatir la pandemia: esta retórica de guerra fría entre las dos mayores economías del planeta maximiza el riesgo de un choque militar. La semana pasada se confirmó la escalada de tensión.

Trump y su secretario de Estado, Mike Pompeo, continúan afirmando—sin pruebas—que el coronavirus se creó en un laboratorio de Wuhan. Son declaraciones que, a algunos expertos de la comunidad de inteligencia, hacen recordar las falsas acusaciones de la administración Bush sobre las armas de destrucción masiva que, se decía, tenía Sadam Hussein y sirvieron de justificación para la invasión de Irak. Nada parecido podría hacer Estados Unidos con respecto a la República Popular. Sin embargo, la Casa Blanca piensa que quizá pueda movilizar a la sociedad china contra sus autoridades. Tal es el mensaje implícito del discurso pronunciado por el viceconsejero de seguridad nacional, Matthew Pottinger, el pasado lunes. Pottinger, antiguo corresponsal del Wall Street Journal en Pekín, se dirigió en mandarín a la opinión pública china recordándoles el legado del movimiento del Cuatro de Mayo, el histórico levantamiento de los estudiantes e intelectuales chinos en 1919 contra su gobierno (por su incapacidad para defender los intereses nacionales en la Conferencia de Paz de París), que también sirvió de inspiración a la concentración de Tiananmen en 1989. Sin mencionar al Partido Comunista, el asesor de Trump quiso trasladar a las elites chinas el mensaje de que “necesitan el consenso de la mayoría para gobernar”.

Son unas palabras sin precedente, que no hacen sino confirmar a los dirigentes en Pekín su percepción sobre las intenciones norteamericanas. También la semana pasada, Reuters dio a conocer un informe secreto discutido por los líderes chinos en abril. El informe, elaborado por un think tank del ministerio del Interior, indicaba que nunca desde Tiananmen ha sido más negativa la opinión internacional sobre el país. “Como resultado, señala el documento, Pekín se enfrenta a una oleada de sentimiento contra China liderado por Estados Unidos en el contexto de la pandemia, y necesita prepararse como peor escenario posible para una confrontación armada entre las dos potencias globales”.

Para China, el “periodo de oportunidad estratégica” para construir indirecta y gradualmente su poder puede darse por concluido.  Si esta va a ser la política de Estados Unidos, lo previsible es que Pekín acelere sus planes dirigidos a consolidar su estatus mundial.  La Historia tiene multitud de ejemplos de lo que ocurre cuando se trata a alguien como enemigo. Por eso, antes de utilizar la pandemia para demonizar al otro, no estaría de más que se estudie de nuevo el comportamiento de los líderes europeos entre 1907 y 1914.

El Coronavirus y la erosión del liderazgo chino. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El coronavirus se ha convertido en la crisis sanitaria más seria de los últimos años, en la que las medidas, por extremas que han sido, no han conseguido detener el número de infectados y desafortunadamente tampoco de fallecidos (a pesar de que esta última cifra es baja comparativamente con la demografía de la Provincia de Hubei, y aún más baja si se compara con la población de China).

A siete semanas de que el gobierno chino hiciera pública la emergencia, y construyeran hospitales en tiempo récord, todo indica que el manejo de la crisis no fue exitoso en las primeras horas en el epicentro del brote. Y que en las primeras semanas se cometieron errores graves de diagnósticos que han contribuido a una mayor propagación del virus.

Algunas fuentes locales sostienen que la cuarentena fue declarada tarde considerando el momento del año en que sucedió el brote, justo antes de la celebración del año nuevo chino, fiesta que moviliza más ciudadanos que ninguna otra festividad en el mundo, por lo que Beijín debió actuar con más prontitud.

Aunque, ciertamente, las declaratorias de cuarentenas siempre abren un dilema. Por un lado, pueden ser pronunciadas muy pronto, con lo cual se contiene la epidemia, pero la percepción pública podría ser negativa ante los inconvenientes y la sensación de que fue una medida exagerada. O, por el contrario, se declara tarde -como parece haber sucedido en Wuhan- por lo que los casos de contagios se multiplican rápidamente.

Otro problema es el sistema sanitario chino, que en plena crisis ha dejado ver su debilidad y precariedad. El número de personal sanitario parece no ser insuficiente para dar abasto a la crisis, así como los estándares usados no parecen estar al nivel de los estándares de occidente. Y la prueba es que a finales de la semana se incorporaron a las estadísticas un gran número de contagiados y decesos, que inicialmente no fueron contabilizados ni diagnosticados como contagiados del coronavirus. Algo que parece haber previsto la comunidad internacional, debido a las tempranas medidas extremas que se tomaron de evacuación de la zona afectada, seguido por la paralización de vuelos a muchos destinos chinos.

Lo que deriva en otro gran problema que es la falta de confianza que genera China en la comunidad Internacional. Thomas Bossert (ex asesor de seguridad nacional de Trump y de Bush) afirmó la semana en un evento sobre la crisis del coronavirus en el Atlantic Council en Washington, que “el problema en el que nos encontramos ahora es de confianza pública que a su vez circunscribe la seguridad sanitaria pública, lo que es también un asunto de Seguridad Nacional. Esto parece haberse fracturado en China y empieza a haber una tensión que no habíamos visto antes en la sociedad civil china ni en el liderazgo chino”.

Así mismo, Bossert apuntó que cuando tuvo lugar la crisis del SARS la economía china representaba tan sólo el 5% del Producto Interior Bruto mundial, y esa crisis generó el pánico de las empresas y cadenas de distribución en su momento. Por lo que fue muy irresponsable que occidente dejará en las manos de China la mayor producción de suministros y productos de uso diario después de haber tenido esa experiencia. Hoy la economía china representa el 16% de la economía mundial y las manufacturas de gran parte de esos productos sigue estando en el continente chino.

Rebecca Gustafson (portavoz de la ONG Project Hope, cuyo foco es la atención sanitaria y que opera en China hace más de veinte años) afirmó que ellos han formado personal médico en la región afectada, y ni siguiera por eso tienen acceso a cifras claras. Saben que los síntomas que presentan los pacientes pueden variar de unos a otros, por lo que no hay un patrón que sigue la enfermedad, lo que es mucho más difícil para su diagnóstico.

Gustafson afirma también que la información es confusa, la gente cree más lo que dice un vecino o un familiar que lo que se dice oficialmente. Se han borrado las plataformas de WeChat con la idea de acabar con rumores. Los precios de suministros médicos se han disparado a un 20% por encima de su valor. Y ahora hasta se está cuestionando si la transmisión pudiera ocurrir por los sistemas de conductos de aire y calefacción de viviendas de edificios enormes en los que habitan cientos de familias.

Es prematuro poder hacer cálculos del impacto del coronavirus, en cuanto al número de víctimas mortales en China, es muy poco probable que nunca lleguemos a conocer las cifras reales, si consideramos que hay varios periodistas desaparecidos que se dedicaron a subir información de hospitales, publicar fotos, y alertar de la gravedad de la situación en las redes sociales chinas. Claramente han sido neutralizados por el gobierno chino, en consonancia con sus métodos. En cuanto al impacto económico, Beijín parece estar intentando un plan de restablecimiento de los empleos para evitar más freno económico. Sin embargo, al final del primer trimestre veremos una parada importante en el crecimiento económico chino. Incluso en el sector de turismo global, The Economist calculaba que el impacto del virus será de unos 80.000 millones de dólares, debido a que la salida de viajeros chinos no se recupera hasta el próximo año.

La aparición de Xi Jinping en público la semana pasada, visitando enfermos en un hospital, demuestra que la propaganda del partido comunista chino está activa en acercar el líder al pueblo, y difuminar la negativa imagen que el manejo de ésta crisis ha dejado.

Y sin mucho temor a equivocación se puede afirmar que los casos de transmisiones no sintomáticas seguirán siendo un problema para China y por lo tanto para el mundo, hasta que Beijing finalmente ponga en marcha un plan de acción o un método de diagnostico más eficaz. Quizá siendo más abiertos y permitiendo la entrada de personal especializado internacional la situación se podría serenar.

INTERREGNUM: De cisnes y rinocerontes. Fernando Delage

Hace un año, en una reunión interna con altos cargos del Partido Comunista, el presidente chino, Xi Jinping, advirtió sobre la necesidad de estar en guardia contra los “cisnes negros” y los “rinocerontes grises” que, en un contexto de menor crecimiento de la economía, podrían afectar a la estabilidad social y política. Por “cisnes negros” se entienden aquellos hechos imposibles de predecir. Los “rinocerontes grises” son aquellos riesgos conocidos, y con el potencial de causar graves perjuicios, que se opta por ignorar. Aunque aún no está claro a cuál de las dos categorías pertenece la epidemia del coronavirus, las metáforas de Xi no sólo han resultado proféticas, sino que le han colocado ante la crisis más grave de su mandato.

Contener la expansión del coronavirus es la mayor prioridad del gobierno. Lo es ante todo como problema de salud pública, con un considerable coste humano. Pero al mismo tiempo está afectando a la economía—y en consecuencia a la economía mundial en su conjunto: China ha sido por sí sola responsable de más del 25% del crecimiento global los últimos años—, así como a la confianza ciudadana en sus autoridades. La crisis ha puesto a prueba la capacidad de gestión de estas últimas, como se reconoció en un comunicado publicado por Xinhua—la agencia oficial de noticias—, tras la reunión celebrada la semana pasada por el Comité Permanente del Politburó, el órgano que reúne a los siete máximos dirigentes chinos.

Durante las tres primeras semanas de enero se intentó minimizar la importancia del problema. Posteriormente los medios oficiales pasaron a hacer hincapié en el liderazgo de Xi contra la crisis, y en una sucesión de reuniones convocadas por el gobierno y el Partido. El 26 de enero se anunció, incluso, la constitución de una nueva comisión de alto nivel sobre el coronavirus, aunque presidida por el primer ministro, Li Keqiang, y no—como suele ser lo habitual en comités de esta naturaleza—por el propio presidente. La ausencia de este último de los medios es, de hecho, uno de los aspectos más llamativos de la crisis. Desde el 21 de enero sólo ha aparecido en público en dos ocasiones, ambas en Pekín, para recibir a dos visitantes extranjeros.

Mientras los observadores especulan sobre las posibles razones de la “invisibilidad” de Xi, los responsables de propaganda se han visto superados por el duelo masivo expresado en las redes sociales por la muerte de Li Wenliang, el joven oftalmólogo que lanzó los primeros avisos sobre la epidemia, para ser detenido por la policía de Wuhan por “crear alarma” entre la población. El hashtag “el gobierno de Wuhan debe una disculpa al Dr. Li” fue visto en Weibo—el twitter chino—hasta 180 millones de veces antes de que fuera suprimido por las autoridades. La expresión de empatía por la muerte de Li se ha transformado en una muestra de frustración popular al ver cómo, una vez más, los dirigentes tratan de minimizar u ocultar las crisis y harán cualquier cosa para restaurar una apariencia de normalidad, aun en contra de la realidad.

Como ha señalado en un artículo publicado en Internet el profesor Xu Zhangrun, un prestigioso catedrático de la universidad de Tsinghua—donde se forma la elite del Partido—la crisis en Wuhan “es sólo la punta del iceberg”, y una consecuencia del giro autoritario impuesto por Xi a la República Popular. Aunque resulta imposible prever las consecuencias políticas de la epidemia, lo único cierto es que, si “cisne” o “rinoceronte” no importa: la concentración de poder no garantiza el control de fenómenos imprevistos; ni centralización y opacidad pueden ganar siempre a la verdad.

INTERREGNUM: Xi en Birmania. Fernando Delage

Después de dos años de guerra comercial, Estados Unidos y China acordaron una tregua la semana pasada. Ambas partes la necesitaban: Trump aspira a su reelección, mientras que la economía china ha registrado el menor crecimiento en casi 30 años, un resultado en parte consecuencia de las sanciones norteamericanas. El acuerdo es parcial (no incluye por ejemplo los subsidios a las empresas estatales chinas, una de las principales exigencias de Washington), y no servirá para superar las causas estructurales de la rivalidad entre las dos potencias. Pero se abre un periodo de (relativa) calma en las relaciones bilaterales y, por tanto, una oportunidad para ajustar, o consolidar, posiciones.

En el caso de Estados Unidos, la retórica de hostilidad hacia Pekín oculta una indefinición de objetivos a largo plazo, pues frenar el ascenso de la República Popular es del todo irrealista. Por su parte China, que no quiere un conflicto con Washington, lo desafía de manera inevitable al ambicionar un papel como potencia central en Asia. El viaje del presidente Xi Jinping a Birmania el 17 y 18 de enero es la más reciente demostración de cómo continúa avanzando en su estrategia dirigida a reconfigurar los equilibrios estratégicos de la región.

La primera visita de Estado de un presidente chino a este país en 19 años, motivado por la conmemoración de siete décadas de relaciones diplomáticas, tiene por objeto impulsar el Corredor Económico China-Myanmar (CECM), acordado por ambos gobiernos en septiembre de 2018. La visita se produce cuando el corredor paralelo que junto a este último enlazan los dos ejes—continental y marítimo—de la Ruta de la Seda, el Corredor China-Pakistán, ha sido por primera vez denunciado de manera expresa por Estados Unidos, situando a Islamabad ante un complejo dilema de equilibrios políticos entre Washington y Pekín. Tal problema no existe en Birmania, Estado con el que la República Popular comparte una frontera de 2.200 kilómetros—la tercera más extensa después de la que le separa de Rusia y Mongolia—, y donde es el mayor inversor extranjero y representa un tercio de su comercio exterior. China cuenta con proyectos en marcha por valor de más de 20.000 millones de dólares (la mayor parte en el sector energético), y en los primeros nueve meses de 2019 el comercio bilateral aumentó cerca de un 20 por cien, hasta 13.540 millones de dólares.

El asunto central durante la visita de Xi ha sido el desarrollo del puerto de Kyaukphyu, punto de conexión de infraestructuras de transporte, gaseoductos y oleoductos con Kunming, en la provincia suroccidental china de Yunnan. Se trata de un proyecto de 1.500 millones de dólares, en el que junto a las instalaciones portuarias se construirá un gigantesco parque industrial. Una vez completado, Pekín contará con un acceso directo al océano Índico desde la bahía de Bengala, y un sistema de distribución de recursos energéticos que evita la vulnerabilidad de un posible bloqueo marítimo por Estados Unidos en el mar de China Meridional. Kyaukphyu forma así parte central de los planes de Pekín dirigidos a expandir su presencia en Asia meridional y en el Índico y es, en tal sentido, uno de los ramales clave de la Ruta de la Seda.

Pekín quiere asegurarse el apoyo del gobierno birmano, y de la consejera de Estado Aung San Suu Kyi en particular, antes de las elecciones parlamentarias de noviembre. Con sus acciones, hace ver al mismo tiempo a Washington el creciente margen de maniobra del que dispone en este espacio geopolítico en el que se solapan sureste asiático y Asia meridional.