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INTERREGNUM: China: los límites al crecimiento. Fernando Delage

Según los datos anunciados hace unos días, el PIB chino creció un 5,2 por cien en 2023; una cifra ligeramente por encima del objetivo oficial del cinco por cien, y que superó con creces el tres por cien del año anterior, cuando la economía estaba aún sujeta a las duras restricciones de la política de covid-cero. Ese resultado no significa, sin embargo, que se hayan corregido los problemas estructurales de fondo, como las dificultades del sector inmobiliario (que representa más del veinte por cien de la economía, y en el que la inversión cayó cerca de un diez por cien con respecto a 2022), las presiones deflacionistas, o las variables demográficas, factores todos ellos que reducen en gran medida el potencial de crecimiento a largo plazo.

Como también se anunció, en efecto, la población se redujo por segundo año consecutivo: la caída en 2023 fue de más de dos millones de personas, confirmándose una tendencia imparable que obliga a preguntarse por la continuidad del ascenso chino. Como consecuencia de la menor natalidad y de un acelerado envejecimiento, la población activa china ha pasado del 24 por cien al 19 por cien del total mundial (y se estima que se reducirá hasta el 10 por cien en los próximos 35 años). También disminuirá por tanto el porcentaje de la economía mundial representado por la República Popular, como ya está ocurriendo desde 2022.

Otras variables a incluir entre los obstáculos presentes son la enorme deuda china y un lento aumento de la productividad, así como el incremento del volumen de capital que sale al exterior a la vez que cae de manera notable la inversión extranjera directa en el país. Son circunstancias que se complican aún más en un contexto caracterizado por un deteriorado escenario internacional—quizá el peor al que ha hecho frente la República Popular desde los tiempos de Mao—, y por un gobierno que, pese a la necesidad de las reformas, no renuncia al control político de la vida nacional en su conjunto.

La confirmación de que el abandono de las restricciones de la pandemia no ha traducido en la restauración de la “normalidad”, condujo a finales de año a la adopción de un conjunto de medidas de estímulo. Con el objetivo concreto de apoyar al sector privado, en particular a las pymes, el 27 de noviembre se dieron a conocer hasta 25 propuestas—con la innovación tecnológica y las energías renovables como prioridades—orientadas a facilitarles al acceso a los créditos bancarios y a otros instrumentos de financiación. Aparentemente se trataba de una marcha atrás con respecto al protagonismo otorgado por el gobierno a las empresas estatales, pero los expertos dudan de que estas medidas sirvan para estimular la demanda interna cuando ya han fallado otros intentos similares. Bajo el liderazgo de Xi Jinping, la política económica china avanza en una dirección para luego retroceder y posteriormente volver a cambiar de orientación, lo que provoca la desconfianza de empresas, inversores y analistas. Resulta difícil pensar en una nueva senda de crecimiento mientras las autoridades mantengan su enfoque intervencionista.

China seguirá siendo la segunda economía del planeta, y un actor decisivo en la agenda global. Pero este complicado escenario económico tiene visos de convertirse en el principal desafío interno al poder de Xi, afectará a la evolución de las relaciones con Estados Unidos, y dañará la ambición de convertirse en un modelo para las naciones del Sur Global. Las fortalezas y capacidades del país son innegables, como lo es también su determinación de situarse en el centro de la economía mundial. La expectativa de que el siglo XXI sea el siglo de China, empieza no obstante a difuminarse.

Corea del Norte, el vecino amigo, e incómodo, de China

Los últimos incidentes entre las dos Coreas no por habituales cada vez que Corea del Sur despliega maniobras militares con Estados Unidos son menos preocupantes. En el actual escenario internacional, que Corea del Norte haya disparado obuses sobre zonas terrestres y marítimas adyacentes a las líneas de demarcación de ambos países parece un intento deliberado de subir varios grados la tensión internacional, precisamente en un momento en que la dictadura norcoreana ha perdido capacidad desestabilizadora desplazada por los dos grandes conflictos internacionales actuales: Ucrania y Gaza.

La notoriedad alcanzada por el régimen norcoreano con su exhibición amenazante de varios meses seguida por los encuentros del dictador Kim Jon un con el entonces presidente estadunidense Donald Trump ha perdido valor el mercado de la amenaza de apocalipsis para conseguir ventajas. De ahí los gestos de exhibir una estrecha alianza con Moscú, a donde Corea del Norte podría haber enviado unos cientos de misiles (por otra parte de tecnología básica rusa) para el frente ucraniano y la actual respuesta provocadora ante las maniobras militares entre EEUU y Corea del Sur.

Una vez más, China no parece cómoda con esta situación. Aunque Pekín aparece como amigo de los coreanos del norte por su enemistad común con EEUU y Occidente, algunas iniciativas de la dictadura coreada han creado problemas a China por poner sobre la mesa situación precipitadas respecto a los planes chinos.

Porque Pekín tiene su propia agenda y sus propios planes estratégicos para intentar dominar la región y estos planes pasan actualmente por mantener una gran presión sobre Taiwán en víspera de las elecciones en la isla a la vez que explorar una distensión general con Estados Unidos y ganar tiempo. En ese contexto, la subida de la tensión en la península coreaba añade elementos que no favorecen esta estrategia china.

A la vez, China, aliado oficial de Rusia no quiere que este país gane protagonismo en el Pacífico si no es Pekín quien marca la hoja de ruta y las actuales dificultades rusas abonan esta hoja de ruta. Y es el caso que en ella irrumpe Corea del Norte como elefante en cacharrería pidiendo más protagonismo.

Xi Jinping en la APEC, en San Francisco. Nieves C. Pérez R.

El foro de Cooperación Económica Asia-Pacifico (APEC por sus siglas en inglés) que se lleva a cabo esta semana en San Francisco ha traído de regreso a Xi por está parte del mundo. El líder chino decidió finalmente participar en la cumbre y reunirse con destacadas personalidades y lideres internacionales entre los que figura el presidente Biden, después de tantas tensiones y tantos encuentros pospuestos.

Las relaciones entre Washington y Beijing llegaron a su punto más bajo a principios de este año con la aparición del globo espía en Montana que sobrevoló el país. después de años de fricciones y desencuentros. La Administración Biden, a pesar del globo y la larga lista de confrontaciones diplomáticas, ha venido haciendo esfuerzos a través de diálogos y reuniones, y enviando a China altos funcionarios pasando por los secretarios de Estado, Tesoro y Clima, entre otros.

Beijing, en un intento por abrir canales, envió a Washington unas semanas atrás a Wang Yi, el excanciller de relaciones exteriores de China y alto rango en las filas del Partido Comunista chino y quien ahora es director de la Oficina de Relaciones Exteriores del partido quien se reunió con el secretario de Estado, Antony Blinken, y el asesor de seguridad nacional de la Casa Blanca, Jake Sullivan, e incluso con el mismo Biden.

Fue precisamente la reunión entre Wang y Biden lo que pavimentó el camino a que se acordara el encuentro entre los dos líderes de las económicas más poderosa a mediados de esta semana en las adyacencias del foro del APEC.

El APEC es un foro al que pertenecen veintiún países, constituido en 1989, y es la principal plataforma para que Washington avance políticas económicas en la región, para promover el comercio libre y abierto y el crecimiento económico sostenible e inclusivo, de acuerdo con la web oficial del foro.

La región del Asia Pacifico es el hogar de 4.3 mil millones de personas, siendo el área más poblada del planeta por lo que el slogan del foro que es “la construcción de una región más interconectada, innovadora e inclusiva”, adquiere tanto sentido.

China no quiere perder ni presencia ni protagonismo en una región que por su propia cercanía es clave para su crecimiento, por lo que decide asistir a la cumbre.  Debido do a que el foro es en San Francisco, la presencia de Xi no tiene status de una visita de Estado, lo que disminuye su nivel protocolario a pesar de que esté previsto un encuentro con Biden.

La última vez que Xi estuvo en los Estados Unidos fue en el 2017, cuando fue recibido por el expresidente Trump en Mar-a-Lago, en Florida, hace seis años atrás. Otra visita que a pesar de haber estado rodeada de atenciones y lujos careció de los protocolos de Estado.

Xi también está aprovechando el viaje para sentarse a cenar con un grupo de millonarios estadounidenses, quienes seguramente están buscando opciones de inversiones con garantías en China. Cada comensal debe pagar 2000 dólares por la oportunidad de pasar una velada con el nuevo emperador chino.

Mientras tanto, la Administración Biden ha dado clarísimas señales de apertura diplomática mientras aprueban leyes anti-espionaje y de protección de los intereses nacionales estadounidenses, vetando materias primas cuyos orígenes se producen con mano de obra esclava como el algodón de Xinjiang, para proteger los derechos humanos de aquellos que la producen. O bloquean el acceso a China de los semiconductores o la penetración de empresas como Huawei.

En cualquier caso, el encuentro entre Biden y Xi se interpreta como un intento para aliviar tensiones e intentar escribir un nuevo capítulo en las relaciones bilaterales.

China, por su parte, está en una compleja situación interna de incertidumbre y una crisis económica que no tiene fácil salida, necesita estabilidad internacional para exportar sus productos, continuar sus planes de expansión del BRI o la nueva Ruta de la Seda e intentar consolidarse internacionalmente. A mayor inestabilidad mayor dificultad para lograr sus objetivos y más dificultad para navegar la crisis.

 

INTERREGNUM: Xi: ¿un camino sin salida? Fernando Delage

La agencia oficial de estadísticas confirmó la semana pasada que la economía china ha entrado en un período de deflación, lo que se suma a otros indicadores en descenso. Por sexto mes consecutivo, las exportaciones cayeron en octubre un 6,4 por cien, a la vez que se contrajo la producción industrial. La inversión extranjera ha registrado por su parte—en el tercer trimestre del año—el primer saldo negativo en décadas: 11.800 millones de dólares. El desempleo juvenil alcanzó el 21,3 por cien en junio, fecha desde la que el gobierno ha dejado de dar cifras actualizadas. La deuda total del país se estima en el 281,5 por cien del PIB. En un contexto aún marcado por los efectos de la pandemia, además de por la crisis del sector inmobiliario y las tensiones geopolíticas, los esfuerzos de las autoridades no logran estimular la demanda.

Pero las causas del deterioro de las perspectivas económicas quizá tengan más que ver con la política, como parecen confirmar una desconfianza cada vez mayor en la estrategia seguida por el presidente Xi Jinping y, por extensión, en su liderazgo. Aunque los desafíos estructurales que afronta la economía china son bien conocidos desde hace más de una década (en particular, el recurso a la deuda para invertir en infraestructuras y viviendas, y el reducido porcentaje que representa el consumo en el PIB), la obsesión por el control ha bloqueado los ajustes necesarios.

Justamente se cumplen ahora diez años de la Tercera Sesión Plenaria del XVIII Comité Central, en la que, con sólo unos meses en el poder, Xi presentó un ambicioso plan de reformas que tenía como motivación extender el papel del mercado en la economía como base de un nuevo modelo de crecimiento. Es posible, piensan algunos, que fuera un plan al que Xi se comprometió para lograr su elección al frente del Partido Comunista. Su opción personal—reiterada en el XX Congreso hace un año—pasa en realidad por incrementar, no por reducir, el intervencionismo estatal. Las consecuencias de su aproximación están a la vista. Datos macroeconómicos negativos; una Ruta de la Seda cuyos objetivos hay que recortar en su décimo aniversario; y un notable fracaso en su doble propuesta de “circulación dual” y “prosperidad común”: la prioridad por la seguridad se ha impuesto sobre el desarrollo y ha hecho caer la inversión extranjera, mientras que los índices de desigualdad, lejos de menguar, se agrandan.

El país, dijo recientemente Xi, avanza hacia el “rejuvenecimiento nacional” y el “desarrollo de alta calidad”. No parece ser esa la opinión de los observadores; tampoco de muchos miembros del Partido. La idea de que el proceso político chino pueda estar a la deriva ha cobrado nueva fuerza tras el reciente fallecimiento del exprimer ministro Li Keqiang. El contraste entre su talante e inclinación reformista y la manera de gobernar de Xi ha resultado evidente para numerosos ciudadanos, cada vez más inquietos sobre su futuro. Al margen de las teorías conspirativas que rodean la inesperada muerte de Li, con su desaparición han trascendido los enfrentamientos en la cúpula del Partido, algunos de los cuales pudieron estallar en el cónclave del pasado verano en la playa de Beidaihe, según informó hace un par de semanas el diario Nikkei Asia.

El dogmatismo y arrogancia de Xi no sólo se ha traducido en una errónea política económica. El cese, aún no explicado, de los ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa—ambos hombres de su confianza—, así como de altos cargos del ejército, por no hablar de la humillación de la que fue objeto su antecesor, Hu Jintao, en el último Congreso, podrían haber conducido a la imposición por parte de las “viejas glorias” de la organización de ciertos límites a su poder. Por no hablar, claro está, de una política exterior que ha complicado enormemente el entorno geopolítico chino al consolidar la coalición de socios y amigos de Estados Unidos. Mientras Xi insiste en la imprescindible misión del Partido Comunista como escudo contra el caos, más de uno empieza a preguntarse si no será él la causa de los problemas. Las llamadas internas de atención quizá expliquen que haya aceptado la invitación hecha por el presidente Biden para verse esta semana en San Francisco.

Xi y Biden, al sol de California

Los dos mandatarios más influyentes del planeta hablan, en California, de la agenda bilateral entre ambas naciones que es la agenda de un mundo sometido a una inquietante incertidumbre en el escenario internacional, y lo primero que salta a la vista es la urgente necesidad, más allá del griterío, los gestos y las exhibiciones de fuerza, de China y EEUU de hacer un alto en la escalada de tensión y reevaluar las capacidades propias.

China, desde su veteranísimo sistema autoritario y su filosofía de la paciencia, la vista larga y la aplicación implacable y rígida de medidas cuando así lo estima, probablemente está encontrando mayores resistencias internas, y desde luego externa, ante sus modelos despóticos de gestión de crisis. Es un tópico decir que ya no son los tiempos de los emperadores taimados y despiadados ni de Mao y sus cómplices, corruptos mesiánicos y criminales. Es verdad que China sigue sin garantías judiciales ante el poder ejecutivo ni una sociedad demandante de las libertades al estilo occidental, pero no es menos cierto que las viejas instituciones se van resquebrajando en un mundo cada vez más abierto e interconectado a pesar de los esfuerzos del PC chino y su gerontocracia autoritaria.

Las capas empresariales chinas, aunque apéndices de un sistema intervencionista, ven como el sistema lastra sus resultados  con decisiones más políticas que comerciales y como desaprovechan inversiones más pensadas para influir que para crecer económicamente. Esto, sumado a la dependencia china de recursos energéticos externos y al crecimiento de focos de desestabilización en zonas estratégicas desde el punto de vista energético, está obligando a Pekín a una reflexión de sus pasos a medio plazo.

Pero EEUU también tiene necesidades. La debilidad del liderazgo interno de Biden y la creciente demanda de liderazgo externo de EEUU en el plano internacional están generando contradicciones. La creciente preocupación ante el coste del apoyo a Ucrania, el debilitamiento del tradicional apoyo s Israel a manos de sectores que compran la hipocresía europea y la propaganda islamista y, no perdamos de vista esto, las renovadas tensiones en el patio trasero de EEUU, la América que habla español y portugués (y donde también juegan las inversiones chinas), obligan al país a repensar su situación.

Este es el contexto en el que se mueven los últimos pasos en la relación entre China y Estados Unidos y sus intereses nacionales que, para bien y para mal, impactan en los intereses de todos.

Una estrategia clara

En el tercer Foro de la Franja y la Ruta para la Cooperación Internacional celebrado en Pekín hace unos días, una de los retos personales del presidente chino, Xi Jinping, éste subrayó que “China solo puede ir bien cuando el mundo va bien. Cuando China va bien, el mundo va mejor”. Esto resume con toda claridad el eje central de la estrategia china de expansión (económica y política) lenta, paciente y sin suscitar mas roces que los imprescindibles.

Este es el escenario en el que ha movido la visita a EEUU del ministro chino de Exteriores en un intento de trasladar el mensaje de que, a pasar de las diferencias, los enfrentamientos verbales y comerciales y las distintas concepciones del mundo, debe quedar permanentemente abierto un canal de diálogo entre las dos grandes potencias mundiales. Sólo cuando se produzca una gran crisis que China pueda gestionar sola y aprovecharla o cuando afecte gravemente a la supervivencia de su régimen se embarcará Pekín en una aventura de gran riesgo.

En este contexto, para China es especialmente importante la estabilidad en el Asia central ex soviética donde la actual debilidad de Rusia, gran gendarme tradicional en la zona, el surgimiento de viejas disputas territoriales y el auge del islamismo suponen un catálogo de inquietudes. Y por eso, entre otras cosas, China ha anunciado la inversión en la región de 80.000 millones de yuanes adicionales al Fondo de la Ruta de la Seda y ha subrayado que apoyará proyectos de la iniciativa de la Ruta de la Seda, “con base al mercado y a las operaciones de negocio”.

Pero, como hemos subrayado desde esta página, China no tiene fácil navegar en sus contradicciones, sus dependencias ideológicas, demandas crecientes de la sociedad china y los conflictos exteriores que en su calidad de aspirante a segunda gran potencia exigen a Pekín decisiones y posicionamientos que a veces van más allá de lo que gustaría a los dirigente chinos.

China 2060. Ángel Enríquez de Salamanca Ortíz

La lucha contra el cambio climático se ha convertido en uno de los desafíos más grandes para la humanidad en el siglo XXI. La rápida acumulación de gases de efecto invernadero (GEI) en la atmósfera ha generado graves consecuencias para el planeta y sus habitantes. En este contexto, China, como la nación más poblada y uno de los principales actores mundiales, ha asumido un papel fundamental en la búsqueda de soluciones para mitigar el cambio climático. Su compromiso es alcanzar la neutralidad de carbono para el año 2060 y el techo de emisiones de gases de efecto invernadero para el año 2030.

China, en la actualidad, ostenta el título del país con las mayores emisiones de dióxido de carbono (CO2) en el mundo, liberando aproximadamente 10.000 millones de toneladas de CO2 a la atmósfera. Esto representa más de un 30% del total mundial. A lo largo de las últimas décadas, al igual que Europa y Estados Unidos lo hicieron en el siglo XVIII, China ha experimentado un rápido crecimiento económico, impulsado en gran medida por industrias altamente contaminantes, como el carbón y el petróleo. Esta tendencia ha dejado una profunda huella de carbono en su trayectoria. El incremento de la urbanización y la industrialización han generado una mayor dependencia de fuentes de energía fósil en el país, lo que ha agravado significativamente el problema del cambio climático.

[Fuente: Statista.com]

Sin embargo, en los últimos años, China ha tomado medidas enérgicas para abordar el cambio climático y ha logrado avances significativos en la adopción de energías limpias y renovables. Ha realizado inversiones masivas en energía eólica y solar, y ha implementado políticas para reducir la intensidad energética de su economía. Estos esfuerzos han llevado a una disminución relativa de la intensidad de carbono del país, pero aún enfrenta enormes desafíos para alcanzar la neutralidad de carbono.

En septiembre del año 2020, el presidente chino, Xi Jinping, sorprendió al mundo al anunciar el compromiso de China de alcanzar la neutralidad de carbono para el año 2060. Esto implica que las emisiones de carbono del país se reducirán a “net zero” para ese año, compensando las emisiones restantes con acciones de mitigación y absorción de carbono.

El anuncio fue bien recibido internacionalmente y se consideró un hito significativo en la lucha global contra el cambio climático. Dado que China es el mayor emisor mundial de carbono, su compromiso es fundamental para alcanzar los objetivos del Acuerdo de París y proteger el medio ambiente para las generaciones futuras, logrando el objetivo de cero emisiones para el año 2060.

Para lograr este objetivo, China está poniendo todos sus esfuerzos para lograr la neutralidad en menos de 40 años.

China se ha convertido en líder en energías renovables y verdes, ha realizado enormes inversiones en turbinas eólicas, paneles solares o baterías para poder almacenar la energía y hacerla accesible a todo el mundo y, sobre todo, más asequible.

El gigante asiático cuenta con más de 300 millones de vehículos y, aunque la relación vehículos/habitante es relativamente baja debido a su enorme población, el gobierno del Partido Comunista Chino está proporcionando incentivos para la compra de vehículos eléctricos (EV) y mejorando y ampliando los puntos de carga. De hecho, ha regulado la normativa de contaminación para limitar las emisiones de gases de efecto invernadero del sector de la industria y de los automóviles, con el fin de promover el uso de energías menos contaminantes y más verdes.

Además de reducir la contaminación y producir con energías más verdes, China también está reforestando sus bosques tan dañados, como el de Saihanba, un bosque artificial capaz de purificar 137 millones de metros cúbicos al año de agua y que puede absorber 860.000 toneladas de dióxido de carbono de la atmósfera y emitir otras 600.000 al año. Un área de más de 20.000 hectáreas que ha llevado más de 3 generaciones poder reforestar y que en 2017 recibió el premio de las Naciones Unidas al ser el bosque artificial más grande del mundo.

El compromiso de China con la neutralidad de carbono no está exento de grandes desafíos. China es un país que todavía depende mucho de las energías fósiles; su industria y sus transportes son totalmente dependientes de estas energías, como el carbón o el petróleo, necesarios para satisfacer las necesidades energéticas de una población de más de 1.300 millones de habitantes. El cambio de su industria y transporte a energías más verdes y limpias requerirá por parte del gigante asiático inversiones masivas en nuevas infraestructuras, vehículos públicos eléctricos, nuevas tecnologías, inversiones en I+D+I y, como no, un nuevo sistema educativo para dar formación a su inmensa población en estas nuevas áreas y, sobre todo, el acceso a regiones menos desarrolladas o más aisladas o con niveles educativos más pobres. Si el acceso a estas energías es limitado, podrían promoverse migraciones masivas de estas áreas más pobres a las áreas más desarrolladas.

La coordinación a nivel internacional en temas como la transferencia de tecnología requerirá una diplomacia a la altura y la colaboración a escala mundial.

El compromiso de China con la neutralidad de carbono para el año 2060 representa un paso decidido hacia un futuro sostenible y la lucha contra el cambio climático. Si se logra, tendrá un impacto significativo en la mitigación de las emisiones de carbono a nivel mundial y sentará las bases para una economía más verde y resiliente. Sin embargo, enfrenta desafíos complejos y requerirá una colaboración activa entre el gobierno, la industria y la sociedad para superarlos. La implementación exitosa de este compromiso no solo beneficiará a China, sino que también contribuirá a proteger el planeta para las generaciones futuras.

Como una potencia global, las acciones de China para combatir el cambio climático influirán significativamente en la trayectoria del mundo hacia la sostenibilidad. La comunidad internacional debe apoyar los esfuerzos de China mientras continúa cooperando a escala global para abordar el desafío compartido del cambio climático. A través de acciones colectivas y compromiso global, se podrá avanzar hacia un futuro más verde y próspero para las generaciones futuras.

 

Ángel Enríquez de Salamanca es Profesor de economía y relaciones internacionales, y columnista en 4asia.es

www.linkedin.com/in/angelenriquezdesalamancaortiz

@angelenriquezs

 

 

Putin ensalza a Xi. Nieves C. Pérez Rodríguez

El Estado ruso hizo público la creación de un “Centro sobre la Ideologia de Xi Jinping” en Moscú, convirtiéndose así en el primer instituto que se dedicará al estudio del pensamiento del líder chino fuera del gigante rojo.

La Academia Rusa de Ciencias es la responsable de la creación del llamado laboratorio de investigación de la ideología moderna china. En este sentido, el director del área de estudios contemporáneo en Asia, Kiril Babaev, dijo que el centro de investigación tiene como propósito realizar un análisis objetivo y profundo de las ideas y conceptos que constituyen la base del Estado chino moderno.

Así mismo, Babaev aseguró que “este instituto permitirá al gobierno ruso, las empresas y la comunidad científica del país comprender la China moderna para así formular estrategias y pronósticos más acertados en el curso de las relaciones bilaterales”.  Lo que se ha convertido en una clara prioridad para los rusos en los años recientes.

El centro de estudio ideológico de Xi además se centrará en cinco áreas de investigación que pasan por la economía política, política doméstica y legislación, política exterior y relaciones internacionales, defensa y seguridad y ecología y sociedad de acuerdo con la agencia oficial china Xinhua.

En el anuncio inicial también dieron a conocer que tienen previsto comenzar en 2025 con una serie de publicaciones explicativas sobre las ideas de Xi y su importancia en el desarrollo de China y las relaciones entre Rusia y China para poder ir familiarizando a los lectores rusos con esa realidad.

Babaev afirmó también que Rusia necesita conocer y analizar el pensamiento ideológico de Xi porque China es hoy el principal socio estratégico y socioeconómico de Moscó. Especialmente después de que Rusia invadió a Ucrania y el rechazo que esa guerra a causando en Occidente y la dura respuesta que ha propiciado las sanciones que han aislado a Putin de la esfera global y bloqueado los productos rusos al mercado internacional.

La creación y lanzamiento de este instituto es un claro guiño de Putin a Xi, él cuasi emperador chino, un gesto de autócrata a autócrata, una reafirmación entre ellos sobre la importancia y reconocimiento de Xi como él gran líder chino o él nuevo Mao.

Además de ser un valioso movimiento estratégico ruso para elogiar al dirigente chino es una manera también de reconocer la importancia que tiene para Moscú su principal socio económico y prácticamente único aliado poderoso en este momento que podría eventualmente financiarlos, apoyar con material bélico para la guerra y servir hasta de lobby internacional a Rusia.

 

INTERREGNUM: China y el motín de Prigozhin. Fernando Delage

Aunque neutralizada, la rebelión contra el presidente Vladimir Putin por parte del líder del grupo de mercenarios Wagner, Yevgeny Prigozhin, vaticina un incierto futuro para Rusia. También alimentará las dudas de Pekín sobre la supervivencia de un régimen con el que contaba para construir un orden internacional postoccidental. Una Rusia inestable complicará el entorno de seguridad chino y reducirá las posibilidades de que el Kremlin apoye a la República Popular en el caso de un conflicto con Estados Unidos si intentara hacerse con Taiwán por la fuerza.

China se mantuvo en silencio hasta que concluyó la crisis, momento en el que  calificó el incidente como “un asunto interno de Rusia”. Tras volar a Pekín ese mismo día, el viceministro ruso de Asuntos Exteriores, Andrei Rudenko, recibió de sus anfitriones un mensaje de confianza en las relaciones bilaterales. Los medios chinos han ocultado por su parte cualquier atisbo de preocupación oficial sobre el impacto de los hechos. Resulta innegable, no obstante, que los problemas de Putin también suponen nuevos problemas para el presidente chino, Xi Jinping.

El dilema más urgente que afronta Xi es cómo continuar apoyando a Putin mientras se prepara para la eventualidad de que deje de estar en el poder. El acercamiento  de Pekín a Moscú responde a unas premisas ideológicas compartidas, pero también a unos imperativos estratégicos propios que pueden verse debilitados tras la rebelión de Prighozin. La dependencia energética china y su vulnerabilidad marítima hacen de Rusia un suministrador de gas y petróleo a salvo de las acciones de terceros (por ejemplo, de las sanciones que pudieran imponer las democracias occidentales a la República Popular como respuesta a una acción unilateral de Pekín). Es una ventaja que puede verse en riesgo en un contexto de inestabilidad política en el Kremlin. Como miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, Moscú tiene por otra parte la capacidad de bloquear toda resolución contra China; una posibilidad también sujeta, en principio, a la permanencia de Putin en el poder.

La evolución de los acontecimientos, marcada por una dinámica bélica que desde la misma invasión ha puesto en evidencia las erróneas expectativas del presidente ruso, y por la rebelión interna de un grupo que él mismo apadrinó, revela a ojos de los dirigentes chinos un creciente descontento social, un agravamiento de la rivalidad entre las elites rusas, y una notable incompetencia estrátegica. Sobre esas bases, la pretensión de Xi de que él y Putin podrían reconfigurar el orden internacional, según le dijo a las puertas del Kremlin hace sólo tres meses, parece cada vez más alejada de la realidad. El debilitamiento del socio imprescindible en su enfrentamiento con Occidente obliga a Pekín a asumir una posición mucho más prudente. La opción pragmática consistiría en intentar reducir las tensiones con Washington y la Unión Europea, pero las convicciones ideológicas de Xi y los tiempos que se ha marcado para avanzar en sus objetivos, pueden conducir en realidad a una desconfianza aún mayor en las democracias liberales.

La vinculación con Moscú no va a desaparecer. Cualquier otro dictador ruso seguirá necesitando a Pekín. Eso sí, ni podrá tener el tipo de relación que Xi ha mantenido con Putin—al que llamó su “mejor y más íntimo amigo”—, ni estará dispuesto a depender en tan alto grado de la República Popular como precio para continuar la guerra en Ucrania. Y China, que ya tiene suficientes problemas en su periferia marítima, tendrá que volver a prestar atención a un espacio que había desaparecido como preocupación de seguridad tras su normalización y desmilitarización a finales de los años noventa—los 4.200 kilómetros de frontera continental con Rusia—, por no hablar del control del arsenal nuclear ruso.

INTERREGNUM: Blinken en Pekín, Modi en Washington. Fernando Delage

Llamar dictador a Xi Jinping como hizo el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, sólo un día después de que el secretario de Estado, Antony Blinken, se reuniera con el presidente chino, no parece la mejor manera de encauzar las relaciones bilaterales. Quizá Biden sólo tenía in mente a los votantes y legisladores republicanos, y no esperaba mayores consecuencias de sus palabras: sabe—como le transmitiría Blinken—que también Pekín necesita un cierto grado de estabilidad en las relaciones con Washington. La reciente visita del primer ministro indio, Narendra Modi, a Estados Unidos ha sido la indicación más reciente de los límites a la capacidad de maniobra de la República Popular.

El ministro de Asuntos Exteriores, Qin Gang, el jefe de la diplomacia china, Wang Yi, y el presidente Xi atendieron sucesivamente a Blinken. Pese al reparto de tareas y de tiempo (un importante número de horas los dos primeros y apenas 30 minutos Xi), los líderes chinos mostraron su disposición a restaurar la normalidad en los contactos. Una voluntad que podría parecer contradictoria, sin embargo, con el repetido mensaje de que ha sido Estados Unidos el culpable del deterioro en las relaciones al rechazar una “actitud racional y pragmática” hacia China. Las dos partes acordaron “continuar las discusiones acerca de los principios que deben guiar la relación”, si bien Pekín rechazó la posibilidad de un diálogo entre las fuerzas armadas de ambos países.

Si no hubo resultados sustanciales de la visita de Blinken, quedó claro al menos el interés compartido en prevenir un conflicto. Los dos gobiernos son conscientes de la naturaleza estructural de sus divergencias, por lo que se trata de minimizar riesgos y evitar choques accidentales. Si Xi asiste en noviembre a la cumbre de APEC en San Francisco, habrá una oportunidad para seguir avanzando en esta dirección, aunque la proximidad de las elecciones presidenciales de 2024 no propiciarán una posición menos polarizada por parte norteamericana hacia China.

La reanudación de los contactos diplomáticos al más alto nivel no implica por lo demás un cambio de estrategia. Justo antes del viaje de Blinken a Pekín, el asesor de seguridad nacional, Jake Sullivan, visitó Japón e India con el fin de coordinar posiciones con respecto al “desafío chino”, mientras que la visita de Estado de Modi a Washington confirma la consolidación de una asociación estratégica que inquieta a la República Popular y será una de las variables clave en la reconfiguración del orden asiático y global.

Aunque hace ya dos décadas que comenzó el acercamiento entre Estados Unidos e India, en los últimos años ha adquirido un impulso sin precedente. Si cuatro sucesivos presidentes norteamericanos han visto el valor de India como socio económico y estratégico, dos gobiernos de distintos partidos en Delhi han concluido igualmente que Washington es un factor imprescindible para su prosperidad y seguridad. Las dos mayores democracias del planeta deberían ser socios “naturales”, pero en realidad es la coincidencia de sus intereses más que sus valores lo que orienta su aproximación. La administración Biden prefiere, de hecho, ignorar el deterioro de la democracia india bajo Modi ante las ventajas que puede ofrecerle en su estrategia hacia China.

Frente al imperativo de corregir la dependencia de las cadenas de valor chinas, India puede convertirse no en un sustituto pero sí en una de las principales alternativas, por lo que Washington le ofrecerá capital y tecnología, además de coordinar sus políticas industriales (de manera destacada en la producción de semiconductores). Especial atención se prestará al terreno militar, lo que permitirá a India minimizar a su vez su dependencia del armamento ruso. Mientras Estados Unidos avanza en su política de diversificación con respecto a China y de aislamiento de Rusia, India podrá desarrollar su sector tecnológico y competir globalmente con la República Popular, además de jugar sus propias cartas ante el eje Pekín-Moscú.

Afrontar el desafío geopolítico chino y garantizar la estabilidad del Indo-Pacífico es, en efecto, la segunda motivación por la que Delhi y Washington se complementan. Sin tener que convertirse en su aliado (posibilidad que sería contraria a su cultura estratégica), India verá reforzada su autonomía mientras continúa construyendo su ascenso como gran potencia económica (tendrá el tercer mayor PIB del planeta antes de que termine está década) y diplomática (compitiendo con Pekín por el liderazgo de los países del Sur Global).