Entradas

INTERREGNUM: Reajustes indios. Fernando Delage

Con la atención puesta en la reunión en Bali entre el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, y su homólogo chino, Xi Jinping, pasó prácticamente inadvertida la ausencia de un encuentro bilateral entre Xi y el primer ministro indio, Narendra Modi, como había sido la norma en cumbres anteriores del G20. Ambos líderes se evitaron igualmente cuando coincidieron, en septiembre, en la cumbre anual de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS). Por otra parte, si en su día llamó la atención que India se abstuviera en la condena a la invasión rusa de Ucrania, Modi facilitó la adopción de la declaración conjunta que, al concluir la reunión del G20, denunció el comportamiento de Moscú. ¿Cabe concluir que India está recalibrando sus relaciones con ambas potencias?

El último encuentro bilateral entre Modi y Xi fue el celebrado en noviembre de 2019 en Brasil, durante la cumbre de los BRICS. Desde el enfrentamiento fronterizo en Ladakh, en junio de 2020, en el que murieron veinte soldados indios y un número desconocido de tropas chinas, la desconfianza se ha agravado entre los dos gobiernos. La falta de contactos al más alto nivel—repetida en otros foros—es una ilustración de que las relaciones sino-indias se encuentran en su peor momento desde la guerra de 1962. El choque de 2020 ha consolidado además la percepción de la comunidad estratégica india de que China es una grave amenaza para la seguridad nacional.

La política exterior india ha girado en consecuencia, y una restauración del statu quo anterior parece improbable. Delhi ha optado por aproximarse a aquellos países que pueden ayudarle a fortalecer su posición frente a la República Popular, tanto en el terreno económico como en el militar. Sin renunciar al discurso de autonomía estratégica—pilar central de su cultura de defensa—, India está hoy mucho más dispuesta a alinearse con otras naciones, Estados Unidos en particular, sin temer como en otras épocas la posible reacción de Pekín.

Si el comportamiento chino ha conducido a India a reconsiderar la siempre delicada cuestión de las alianzas, la guerra de Ucrania ha traído consigo complicaciones añadidas. Era también cuestión de tiempo que el conflicto se tradujera en una gradual separación india de Rusia, otro hecho que acerca igualmente a Delhi a Washington y sus aliados. La razón fundamental de sus divergencias estriba en la transformación del escenario geopolítico: los vínculos de Rusia con China se han estrechado justamente cuando la relación de India con la República Popular ha empeorado. La cercanía entre Pekín y Moscú hará tarde o temprano que el primero presione a la segunda para diluir su tradicional apoyo a Delhi, especialmente si ésta consolida su asociación con Washington. Por otra parte, desde la perspectiva india, tampoco representa una ventaja para sus intereses contar con una Rusia debilitada como contrapeso de una China más fortalecida (socia, además, de Pakistán y empeñada en proyectar su influencia en Asia meridional). La guerra de Ucrania ha precipitado así este proceso de reajuste, que obliga a abandonar la habitual inclinación india a mantenerse al margen de las maniobras geopolíticas globales.

En un mundo ideal, India querría tener de su lado a Occidente y a Rusia. Pero el desarrollo de los acontecimientos en Ucrania y la actitud de Pekín lo hacen imposible. Delhi tendrá que acostumbrarse a gestionar este tipo de contradicciones, especialmente al asumir durante un año la presidencia de la OCS (desde septiembre), y la del G20, desde esta misma semana.

Las mentiras tienen precio… a veces

En China están pasando cosas. El despotismo con que se están gestionando los rebotes sistemáticos de COVID en el país, que está afectando a la economía china y a los mercados internacionales por la distorsión en el transporte de mercancías, está encontrando una respuesta ciudadana sin precedentes en varias décadas que están desafiando el triunfalismo propagandístico del comunismo chino.

La prueba del desconcierto del gobierno ante la extensión de las propuestas y el papel en ella de las redes sociales a pesar del férreo control de la dictadura está en el recurso a inundar de pornografía a los que intentan acceder a determinadas web y la intensa campaña de para intervenir e inundar de virus las redes, seg-un expertos.

La población china comienza a expresar con mayor valentía su desprecio a unas autoridades que les mienten sistemáticamente en un momento en que la economía se está frenando lo que hace salir a flote des desigualdades de la sociedad. Las propuestas están siendo coreadas al grito de libertad y de reclamación de unos derechos políticos de los que China carece desde 1949. Corresponsales extranjeros y agencias internacionales señalan que según vídeos y testimonios que circulan en redes sociales, las muestras de indignación han inundado el fuertemente censurado internet. La prensa oficial, sin embargo, no ha dado cuenta de los incidentes.

No se tienen muchos datos pero todo parece indicar que los problemas económicos, moderados de momento pero significativos, la inestable situación internacional y la asfixiante propaganda interna del régimen están movilizando a sectores importantes de la sociedad china, a pesar de la represión y el control y eso frena la campaña internacional de Pekín para presentar su modelo como garante de estabilidad, crecimiento económico y solución pacífica de los conflictos. Parece un chiste, pero así lo afirman los propagandistas chinos y sus defensores. Las mentiras tienen precios aunque, desgraciadamente, no siempre.

INTERREGNUM: Xi el conciliador. Fernando Delage

Hace sólo un mes, mientras el XX Congreso del Partido Comunista le otorgaba todo el poder al frente de la organización, Xi Jinping describía un entorno estratégico hostil y reclamaba a sus ciudadanos un “espíritu de lucha” para hacer frente a las “peligrosas tormentas” que se avecinan. Un lenguaje muy diferente fue el empleado por el presidente chino en sus sucesivos encuentros y discursos de la semana pasada. ¿Ha cambiado en pocos días su percepción del mundo, o se trata más bien de un ajuste retórico en función de su audiencia?

Lo cierto es que, en su segundo viaje al extranjero desde la pandemia—tras el que realizó a Samarkanda para asistir a la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai en septiembre—Xi no podía permitirse aparecer con una actitud beligerante ante sus colegas. Sería contradictorio ante todo con la imagen de potencia responsable y pacífica que Pekín quiere transmitir. Tanto en el G20 como en el foro de Cooperación Económica del Asia-Pacífico (APEC)—las dos cumbres a las que asistió—el presidente chino iba a encontrarse con los representantes de naciones emergentes cuya cooperación necesita para hacer realidad sus ambiciones estratégicas. Pero también en su reunión con Biden el 14 de noviembre, Xi adoptó una posición pragmática.

“China, dijo, no busca transformar el orden internacional existente” ni “sustituir a Estados Unidos”. Rechazó incluso la idea de que las relaciones entre ambos países respondan a un esquema de competición (fórmula empleada por la reciente Estrategia de Seguridad Nacional norteamericana). Xi encontró una misma cordialidad por parte del presidente norteamericano—se conocen desde hace años—y los dos líderes acordaron gestionar de manera “responsable” sus inevitables divergencias, así como “mantener abiertas las líneas de comunicación”, con el fin de evitar tanto una escalada innecesaria como un choque accidental. Ambos dirigentes insistieron por lo demás en la necesidad de una resolución pacífica de la guerra de Ucrania y advirtieron a Rusia contra el uso de armamento nuclear.

Un día más tarde, en su intervención ante el plenario del G20, Xi reiteró su habitual discurso sobre “una comunidad de destino compartido para la humanidad” y a favor de la cooperación global frente a los juegos de suma cero. Un mensaje pragmático y conciliador, que dirigió de manera más directa a sus vecinos en la cumbre de APEC, el sábado 18. Asia no debe convertirse en “un escenario de competición entre las grandes potencias”, subrayó el presidente chino, si se quiere asegurar tanto la recuperación del crecimiento económico como un entorno de estabilidad geopolítica. La cumbre en Bangkok le permitió verse asimismo con el primer ministro japonés, Fumio Kishida, en el primer encuentro mantenido entre los líderes de ambos países en tres años.

Es evidente que los elementos de rivalidad entre China y Estados Unidos—así como entre China y Japón (e India)—no van a desaparecer. La recuperación del contacto presencial entre los mandatarios les ha ofrecido, no obstante, la ocasión para hacer hincapié en sus intereses compartidos más que en sus diferencias, lo que hizo posible la adopción de una serie de declaraciones conjuntas a favor de la cooperación y la integración regional. El compromiso de reactivar los contactos regulares entre altos funcionarios contribuirá igualmente a mitigar en cierto grado las tensiones. Pero no puede perderse de vista que, en último término, los foros multilaterales son un instrumento esencial de la estrategia de ascenso global de la República Popular. Recuperar la dañada imagen de su país es un imperativo de Xi, de la misma manera que es a través de sus discursos en cumbres como éstas como va ganándose la complicidad del mundo no occidental, ofreciendo un modelo económico y político alternativo al de las democracias liberales.

Pleitesías al emperador chino. Nieves C. Pérez Rodríguez

Xi Jinping reaparece en el escenario internacional de las tinieblas del Covid y de la prolongada y rígida política de “Cero-Covid” impuesto por el Partido Comunista chino para evitar contagios. Se dejó ver en reuniones entre grupos sin mascarillas y dando la mano a los líderes internacionales, después de un largo aislamiento y, en el marco de dos semanas intensas de encuentros y cumbres, retomaba su lugar como segunda nación más poderosa con fuerza y dando lecciones al resto del mundo con afirmaciones como que “los líderes deben intentar mantener relaciones cordiales con otros”.

Aprovechó bien el momento para hacerse sentir y sostuvo unas veinte de reuniones bilaterales, a las que se suma la participación a los foros de las cumbres y aseguró que “Asia Pacífico no es el patio trasero de nadie y no debería convertirse en un área para la competencia de las grandes potencias” respondiendo directamente a Washington que ha venido promoviendo por años la necesidad imperiosa de mantener la libertad de los mares y el respeto a la legislación internacional en el Pacífico.

Xi ha reaparecido con una prepotencia que más que de presidente chino parece la superioridad de un emperador. El incidente entre su persona y el primer ministro canadiense quedó registrado por las cámaras y muestra bien la arrogancia de Xi. Después de haber mantenido un encuentro bilateral la información fue publicada por los medios occidentales, en la que Xi increpa a Trudeau en los pasillos de la cumbre sobre el hecho de que fuera filtrada a los medios indicando que “esa no fue la manera en la que se llevó la conversación”, y a lo que Trudeau contestó “En Canadá creemos en el diálogo libre, abierto y franco, eso es lo que seguiremos teniendo. Continuaremos buscando trabajar juntos de manera constructiva, pero habrá cosas en las que no estaremos de acuerdo”.

Este incidente es un buen ejemplo de cómo se conducen los gobernantes chinos a diferencias de los líderes de naciones democráticas, quienes tienen un compromiso con la prensa de transparencia de información y a su vez los periodistas la libertad de investigar y publicar sus hallazgos.

En el marco de APEC, Kamala Harris, la vicepresidenta de Biden, representó a los Estados Unidos y el primer día de la cumbre la interrumpió para llamar a un encuentro urgente de los aliados de Washington (Australia, Canadá, Japón, Nueva Zelanda y Corea del Sur) por el lanzamiento de mísiles por parte de e Kim Jong-un que, de acuerdo con los expertos, mostraron que cuentan con capacidad de llegar a impactar territorio estadounidense.

El gran ausente de estos importantes encuentros fue Vladimir Putin, quien pasó de ser un respetado líder a un repudiado criminal que invadió una nación soberana, que ha destruido la mayor parte de sus infraestructuras, que ha asesinado civiles sin pudor y que ha puesto en jaque a Europa, que parecía haber olvidado del peligro soviético. Rusia es parte del G20 y también de la APEC. Sin embargo, ambos grupos han condenado su comportamiento, incluido el presidente de Indonesia, Joko Widodo, quien dijo que hay que poner fin a la guerra, a pesar de que Indonesia no había condenado la invasión antes.

Los líderes de la APEC en consonancia con la declaración que hizo el G20 tan solo unos días previos, apoyaron las resoluciones de la ONU que rechaza la invasión rusa a Ucrania y exigen la retirada completa de su territorio, por lo que se sumaban a la declaración. Los líderes entienden el daño que está haciendo la guerra tanto a la estabilidad como a la economía internacional.

Otro episodio curioso de estos días fue el protagonizado por el primer ministro de Vietnam en una trasmisión de la Voz de América, medio de comunicación financiado por los Estados Unidos, en el que un micrófono quedó abierto se le oye hacer comentarios despectivos del mismísimo Biden y su equipo. Esta Administración se ha venido haciendo con una reputación de blanditos dejando a los líderes autócratas el dominio del protagonismo.

Y en efecto, esa actitud blanda de los estadounidenses y en muchos casos tolerante ha exacerbado comportamientos de líderes como Xi quién hoy se permite hacer comentarios, exigencias y reproches a otros líderes incluso frente a cámaras. Tal y como cerraba esta columna la semana pasada, la confrontación entre democracia y autocracia parece estar perdiendo vigencia, a pesar de su titánica importancia, pues Estados Unidos está tan ensimismado que ha venido repetidamente olvidando que los valores democráticos son frágiles y que su cultivo es la clave de la supervivencia del sistema de las libertades en el planeta.

 

China: la ambigüedad calculada como arma diplomática

China está intentando recomponer sus relaciones con los países del Pacífico tratando de dar la sensación de que no es un enemigo ni un peligro sino un activo buscador de la distensión y la creación de un clima de paz en la región. Eso sí, sin aludir a las provocaciones de su aliado de Corea del Norte ni a sus reiteradas amenazas de destrucción de la única parte de territorio chino que vive en un régimen de libertades, garantías y libre comercio: Taiwán.

Hace unos días se encontraron los líderes de China y Japón y en el marco de este encuentro Japón expresó “serias preocupaciones” sobre cuestiones de seguridad regional a Xi Jinping, en Bangkok, donde el primer ministro Fumio Kishida y el presidente chino mantuvieron sus primeras conversaciones cara a cara.

Los dos países son socios comerciales pero las relaciones se han agriado en los últimos años a medida que el régimen chino refuerza su ejército y sus ambiciones en la región.

“Expresé mis serias preocupaciones por la situación en el mar de China Oriental, incluidas las islas Senkaku”, dijo Kishida a los periodistas, en referencia a unos islotes en disputa controlados por Japón que China denomina Diaoyutai. También indicó que le había planteado su preocupación por “las actividades militares de China, incluidos los lanzamientos de misiles balísticos” desde su territorio.En agosto varios misiles chinos disparados durante unas maniobras militares en torno a Taiwán habrían caído en la zona económica exclusiva de Japón.

No obstante, ambos países han acordado hacer un esfuerzo para mantener abiertas líneas permanentes de comunicación ante cualquier discrepancia y su disposición a avanzar por caminos de distensión. China, por su parte ha hecho una lectura más optimista aún al sostener que “China y Japón conmemoraron conjuntamente el 50° aniversario de la normalización de las relaciones bilaterales este año, Xi dijo que las dos partes han adoptado los cuatro documentos políticos China-Japón y han llegado a varios importantes entendimientos comunes.

Esto ha generado –ha añadido Pekín- importantes beneficios para los dos pueblos y ha contribuido a la paz, desarrollo y prosperidad regionales. Al indicar que China y Japón son vecinos cercanos, subrayó que la importancia de la relación China-Japón no ha cambiado y no cambiará. Xi hizo énfasis en que las dos partes tienen que tratarse con sinceridad y confianza y aprender las lecciones de la historia, y añadió que tienen que ver el desarrollo de ambos de forma objetiva y racional, y traducir en políticas el consenso político de que los dos países deben ser socios, no amenazas”.

Esta es la esencia de la política exterior china, el más desarado ejercicio de hipocresía política, cualidad abundante en el mundo pero que ejercida desde un Estado totalitario aparece en toda su desnudez. Pero con estas cartas hay que jugar la partida.

El apretón de mano de Biden y Xi en Bali. Nieves C. Pérez Rodríguez

El encuentro en persona de Biden y Xi finalmente tuvo lugar en el marco de la cumbre del G20 en Bali, Indonesia. Viejos conocidos que la política ha unido en varias ocasiones desde hace unos diez años. Los primeros encuentros fueron cuando ambos se desempañaban como vicepresidentes de sus respectivos países y este lunes ambos líderes se daban la mano como presidentes de ambas naciones que acaban de ser fortificados en sus posiciones.

Las relaciones entre ambos siempre han sido cordiales, la veteranía se nota y los intereses han sido el timón de esa cortesía. Quienes han tenido ocasión de compartir con Xi en el plano más personal lo describen como un líder encantador. En el caso de Biden es aún más evidente su cercanía y calidez. Con ver imágenes del encuentro vemos un Biden extraordinariamente sonriente que se acerca a Xi con seguridad, pero a su vez expresando complacencia.

Biden recibió las relaciones más deterioradas en la historia de los últimos 30 años entre Beijing y Washington y ha expresado desde que tomó posesión que China es la prioridad número uno de la agenda exterior estadounidense. La estrategia de Seguridad Nacional del 2022 de la Administración Biden tenía contemplaba como prioridad central a China, aunque la guerra de Ucrania produjo una alteración de las prioridades y se direccionaran masivamente recursos hacia Kiev para contener las ambiciones rusas y con ello enviar a Moscú un mensaje directo de no tolerancia a la violación de la soberanía de un Estado independiente. Mientras, China mantuvo un comportamiento de complacencia con Moscú y de no interferencia pública para prevenir un efecto boomerang, es decir que luego vengan a ellos terceros a darles lecciones.

Muchos analistas valoran como positivo el encuentro debido a que podría producir cambios positivos o al menos algún tipo de acercamiento. Sin embargo, si se analizan los puntos tratados en las tres horas de reunión no hubo ningún avance significativo en ninguno de ellos.

Se abordó la necesidad de contención de Corea del Norte, ya que el único que puede conseguir algo de moderación en la postura de Kim Jon-un es China, que es su vecino y principal proveedor y aliado. Y que desde que se ha dedicado a hacer pruebas misilísticas ha incrementado la inestabilidad de la región y con ello del resto del mundo.

La guerra de Ucrania fue otro punto neurálgico y, aunque se sabe que la economía china por primera vez en 20 años va a sufrir un crecimiento de casi la mitad de lo que estimaban, verán más de los efectos  de esa guerra afectando negocios, intercambios y la estabilidad y la economía internacional.

Se trató de los derechos humanos en China, algo de lo que se ha hablado tanto en Washington, y que cada principio de año sale recitado en el informe del Departamento de Estado sobre Derechos Humanos, que además, en el caso de las minorías musulmanas chinas en Xinjiang, se ha reportado con datos fiables y fotografías satelitales que existen violaciones consistentes y permanentes, así como centros de detención por los que se sabe que han pasado cientos de miles de uigures.

Y por supuesto, Taiwán, la joya del pacífico. Valga resaltar que el propio presidente Biden en cuatro ocasiones distintas ha afirmado literalmente: “Nosotros tenemos un compromiso con Taiwán” e incluso cuando ha sido cuestionado directamente sobre si defendería militarmente la isla ha dicho sí, sin titubeo alguno.

Xi, por su parte, dijo que la línea roja en Taiwán no debe ser traspasada. Haciendo una clara declaración de autodeterminación y llamando a la detención a cualquier aspiración contraria a su posición.

Por su parte, el equipo de la Casa Blanca salió del encuentro con la convicción de que Beijing no tiene planes apremiantes de invadir Taiwán, a pesar de que el mismo Xi no fuera tan explícito ni directo acerca del tema.

Las palabras de Biden de “yo creo absolutamente que no hay necesidad de una guerra fría” podrían interpretarse como blandas, porque aun cuando es cierto que la tensión de guerra fría no beneficia a ninguna de las partes, hay razones de peso para que las relaciones entre ambos se encuentren en el punto en el que están.

Tal y como afirmaba Katie Rogers y Chris Buckley en una columna del New York Times, “en lugar de que el encuentro fuera una especie de momento de confrontación entre democracia y autocracia, cada uno pareció estar más de acuerdo con en que sus intereses nacionales se habían vuelto vulnerables por la pandemia, el cambio climático, la guerra de Ucrania y la crisis económica”

Biden, en su discurso posterior al encuentro, fue diplomático y no mencionó puntos clave como el futuro de Taiwán, la rivalidad militar y tecnológica entre los dos países más poderosos del planeta o los mismos centros masivos de detenciones en Xinjiang. Por el contrario, como resultado del encuentro se acordó que el Secretario de Estado Anthony Blinken visitará China en el futuro…

China-Estados Unidos: perimetrar el conflicto

Se llama perimetrar un incendio al proceso de delimitar la zona del mismo, aislarlo de puntos de extensión, contenerlo dentro de esos límites y poner en marcha planes de extinción.

Algo parecido han ensayado Biden y Xi en Bali. Sin abandonar el lenguaje duro, sin ocultar las amenazas chinas sobre Taiwán, sin atenuar Biden las denuncias sobre las agresiones chinas a los derechos humanos y sin rebajar un punto el compromiso estadounidense con reforzar la defensa militar aliadas en el Pacífico, China y Estados Unidos han subrayado la necesidad de mantener abiertas vías de comunicación sobre cada conflicto, negociar los contenciosos comerciales y deplorar las amenazas de Putin, socio de China en muchos aspectos, de utilizar armas nucleares para endr3zar su fracaso en Ucrania.

Pero el encuentro entre los dos mandatarios proporciona beneficios an amas potencias. China gana tiempo en un escenario de menor crecimiento económico y proporciona tiempo a Estados Unidos al reducir teóricamente la amenaza de invasión (por el momento) a Taiwán; Biden tras su derrota limitada en las elecciones americanas gana imagen de liderazgo internacional y ofrece a China la imagen de segunda potencia mundial con Rusia contra las cuerdas.

Sin embargo apenas hay margen para acuerdos reales. Respecto a Taiwán y a la política china sobre los derechos humanos en su país no puede haber avances con la autocracia de Pekín y respecto a los contenciosos comerciales tampoco por cuanto China, cuya economía no existe sin una fuerte dosis de intervencionismo estatal hala cínicamente de respetar el libre comercio y las leyes que Pekín viola a diario. Sí hay margen, a pesar de todo, para acuerdos parciales sobre aspectos económicos en que ambos países jueguen al gato y al ratón conteniendo Estados Unidos algunas prácticas chinas y obteniendo China algunos compromisos de no interferir mucho sus negocios crecientes en África y América Latina.

Y el dossier Ucrania. Aunque se ha publicitado menos, una parte importante de las tres horas de reunión entre Biden y Xi se dedicaron a analizar las posibilidades de presionar o convencer a Putin de que acepte unas conversaciones de paz respetando la integridad territorial de Ucrania (así lo proclama China). Pero no ha habido avances. Ambas partes reconocen internamente que la arrogancia rusa le impide reconocer su derrota y abrir negociaciones y que Ucrania, en pleno avance militar cree que negociar ahora sin explotar su ventaja sería un favor a Rusia. Pero Estados Unidos y China han pactado seguir en contacto sobre este asunto buscando un clima de distensión que ambas economías necesitan-

Y en este contexto sorprende la arrogancia del presidente español, Pedro Sánchez, que antes de su propia entrevista con Xi para ofrecer oportunidades de inversión a empresas chinas ha anunciado pomposamente que insistirá a Pekín en la necesidad de convencer a Putin para ceder. Vivir para ver. Aunque, si se abre la vía chino estadounidense sobre Ucrania veremos repartir medallas en La Moncloa.

INTERREGNUM: Alemania y el desafío chino de la UE. Fernando Delage

Sólo días después de confirmarse su tercer mandato como secretario general del Partido Comunista Chino, Xi recibe esta semana en Pekín al canciller alemán, Olaf Scholz. Se trata de la primera visita de un líder del G7 a la República Popular desde el comienzo de la pandemia, y se produce en un momento de grave deterioro de las relaciones entre China y Occidente. Es un viaje polémico, que cuenta con la oposición de miembros de su propio gobierno, así como con el desconcierto de la Unión Europea cuando trata de actualizar su estrategia hacia el gigante asiático.

La propia posición de Scholz resulta confusa. Quiere mantener la misma política de su antecesora, Angela Markel, a favor de una relación económica más estrecha con Pekín, pero adoptando al mismo tiempo una posición más crítica por el apoyo chino a Rusia en la guerra de Ucrania y por la situación de los derechos humanos en el país. Dice estar en contra de los esfuerzos norteamericanos dirigidos a reducir los vínculos comerciales con China, pero advierte al mismo tiempo a las empresas alemanas que deberían evitar su dependencia de las cadenas de valor de un solo país.

Pese a reconocer Berlín el error de la política mantenida hacia Rusia durante más de cuarenta años, parece como si no quisiera aplicar sus lecciones a China. El reciente visto bueno por parte de Sholtz a la compra por la china COSCO del 25 por cien de una terminal en el puerto de Hamburgo, el más importante de Alemania y el tercero de Europa, ha causado sorpresa. Es sabido que la decisión del canciller no contaba con el acuerdo de los ministerios de Asuntos Exteriores y de Economía—ambos en manos de los Verdes—, ni tampoco respetaba las recomendaciones de la inteligencia nacional. La administración alemana se encuentra, además, dando forma final a una nueva estrategia de seguridad nacional, cuyo anuncio está previsto para comienzos de año, y en la que las relaciones con Pekín serán objeto de especial atención.

La visita de Sholtz a un Xi que, además de imponer a China una dirección cada vez más autoritaria, describe a las potencias occidentales como rivales, ha sido acogida con una nada disimulada reserva por parte de Washington. Pero también por Bruselas. En el último Consejo Europeo (20-21 octubre), los líderes de la Unión mantuvieron una discusión estratégica sobre China con el fin de renovar su posición. Aunque no hay un consenso al respecto, la triple definición de la República Popular hecha por los 27 en 2019—socio comercial con el que se coopera sobre asuntos globales, competidor económico y tecnológico, y rival sistémico—no parece ajustada después de la guerra de Ucrania: la balanza se inclina más hacia la competición y la rivalidad que hacia la cooperación. Los Estados bálticos defienden una actitud más beligerante, mientras que otros—como Hungría—quieren ante todo seguir beneficiándose de las inversiones chinas. Francia trata de navegar entre los dos extremos. Berlín dice querer compatibilizar ambas cosas, pero la realidad es que siguen primando los intereses económicos, quizá por la comprensible presión de sus empresarios: en veinte años, las ventas a China han pasado del uno por cien de las exportaciones alemanas a cerca del ocho por cien. Para fabricantes de automóviles como Volkswagen o BMW, el mercado chino representa la mitad de su facturación.

El problema es que, al jugar al solitario con Pekín, Berlín impide la adopción de una política europea como bloque. Desde Bruselas—que también se manifestó en contra de la venta de la terminal del puerto de Hamburgo—no se entiende una posición que no sólo no corregirá sino que incrementará por el contrario la dependencia alemana de China. Esta última podrá concluir al mismo tiempo que su política de presión funciona, al ver cómo consigue dividir a los Estados miembros. Y, aunque por sí sola represente cerca de la mitad de los intercambios entre China y el Viejo Continente, Alemania se encontrará aislada frente a sus socios en una etapa de redefinición del proyecto europeo.

China: programas y contradicciones

El recién celebrado congreso de los comunistas chinas y sus medidas de política económica han llevado incertidumbre a los mercados y a los socios de China en diversas partes del mundo. China va a seguir el camino de ir sustituyendo, poco a poco, como señala en estas páginas nuestra redactora Nieves C. Pérez Rodríguez, el pragmatismo autoritario que le proporcionó crecimiento económico por los viejos principios dictatoriales y una vuelta al intervencionismo duro. Pekín y Xi se están enrocando en un discurso antiguo, belicista y provocador que, al mismo tiempo intentan hacer compatible con una propuesta, derivada de la necesidad, de buscar un alto el fuego en Ucrania que alivie la tensión internacional de respiro a la economía europea y, con todo ello, deje espacio a los negocios de las empresas chinas.

La ventaja que proporcionó el pragmatismo chino y dio ventaja sobre países de rigidez ideológica intervencionista como Corea del Norte y Cuba (o la misma Rusia que pese a décadas de teórica liberalización nunca ha entrado en una fase económica expansiva) no va a ser capaz de enjugar la nueva aventura de China aunque probablemente el delirio neo maoísta tenga límites impuestos por la realidad de los mercados internacionales. Esta es una de las razones, según expertos financieros, por las que el yuan chino tocó mínimos en 14 años frente al dólar y las acciones de empresas chinas de la bolsa de Hong Kong cayeron tras el resultado del Congreso del Partido Comunista.

La economía planificada de los comunistas fue un fracaso desde el primer momento, a pesar de los esfuerzos ingentes que se hicieron (y aún se hacen) para abrillantarla y siempre vivieron mejor en occidente las capas más pobres que en las dictaduras comunistas como demostraron las cifras y los flujos migratorios, aunque prohibidos, en una sola dirección.

China tiene depositadas esperanzas en mantener sus negocios en África y  en América  Latina a través de sus empresas dopadas de capital estatal y estaba muy inquieta por el resultado de las elecciones en Brasil, una de las grandes economías del mundo y done China tiene inversiones e intereses desde hace años. Y desde Brasil, Pekín ha recibido con alivio la victoria de Lula (aunque hubieran hecho buenos negocios con Bolsonaro) porque esa victoria en la presidencia con un parlamento de mayoría conservadora es visto por los gobernantes chinos como una promesa de estabilidad favorable a sus inversiones en la zona. Pero tendrá que contar con aquel mercado para seguir haciendo negocios. La inestabilidad en una de las principales economías del mundo ha poblado de pesadillas los sueños chinos.

Esos pueden ser los límites al renovado intervencionismo chino y es que van a necesitar seguir obteniendo fondos para financiar sus planes estratégicos y en ese camino puede ser un obstáculo el discurso nacionalista y radical sobre el que se asientan precisamente esos planes estratégicos.

Xi el omnipotente. Nieves C. Pérez Rodríguez

Xi se consagra, tal y como se había anticipado, como el nuevo Mao, o más bien se corona como el nuevo emperador chino moderno que una vez que agotó los dos periodos establecidos para gobernar modificó la Constitución para poder continuar en el poder.

El XX Congreso del Partido Comunista que se llevó a cabo la semana pasada contó con 205 hombres que eligieron este domingo a los 24 miembros del Politburó, que representa el segundo escalafón jerárquico en la pirámide de mando, y a las siete distinguidas personalidades que componen el Comité Permanente, el órgano más poderoso que es presidido por Xi Jinping.

En medio de la confirmación de Xi, como es habitual, tocaba la reconfirmación de los líderes de mayor jerarquía del Partido Comunista y los que serán la mano derecha del presidente.  Los seis hombres aparecieron en cámaras caminando detrás de Xi en fila india y en absoluta prestancia cuasi militar, y permanecieron parados uno al lado del otro mientras el propio Xi los presentaba al público uno por uno y estos hacían una reverencia en agradecimiento, con la prestancia que caracteriza los eventos chinos.

El llamado Comité Permanente del Partido Comunista equivale a un gabinete presidencial y quedó compuesto por los siguientes personajes:

Li Qiang: es el secretario del partido de Shanghái y el segundo al mando justo detrás del presidente. Acumula una larga experiencia política en regiones económicamente fuertes en China, como la zona de libre comercio de Shanghái. Ayudó a imponer las estrictas medidas para contener el Covid-19 lo que significó rígidas restricciones y el cierre de Shanghái con costos altísimos económicos para el país, pero que a su vez muestra su devoción a la política “Cero Covid” de Xi.

Cai Qi: actualmente se desempeña como alcalde de Beijing y jefe del Partido en la capital china. Se cree que es la persona más cercana al presidente y que le ha sido especialmente leal. Como organizador de los Juegos Olímpicos de invierno, considerados por el gobierno como un éxito, afianzó su respeto y reputación, aunque había sido cuestionado por su campaña de “echar de la capital a la población de bajo nivel”, que consistió en movilizar a la fuerza a migrantes en 2017.

Ding Zuexiang: director de la oficina del secretario general y la oficina presidencial. Un personaje curioso, porque no viene de abolengo político, lo que es muy importante en China; sin embargo, se le conoce por sus habilidades para escribir y memorizar, lo que lo hace ser un muy buen jefe de gabinete. Se ha ganado profundamente la lealtad de Xi, probablemente porque le ha mostrado serle leal en cualquier circunstancia y algunos analistas consideran que él es la persona que pasa más tiempo al lado del presidente.

Li Xi: es el jefe del PC chino en la provincia de Guangdong, además de tener viejos vínculos personales con la familia de Xi. En efecto, trabajó con alguien muy cercano al padre de Xi Jinping, quién fue un respetado político en la provincia. Es también conocido por su capacidad de resolver crisis y sacar al partido de comprometidas situaciones políticas.

Wang Huning: con un perfil un poco más global dada su prominente educación internacional, se cree que es el teórico político del PC chino, pues ha dado forma a las teorías rectoras de los últimos tres líderes chinos y los expertos lo perciben como el creador de la filosofía y la política de Xi. Además de que ya había sido miembro del Comité Permanente del PC chino y se le atribuye la autoría del ambicioso proyecto del BRI o la franja y ruta de la seda.

Zhao Leji: también ex miembro del Comité Permanente y jefe de la Comisión Central de Control Disciplinario. Se le considera un político prominente cuyo origen es la provincia de Shaanxi, donde el propio Xi Jinping fue enviado durante la época de la Revolución Cultural, y de donde han surgido varias estrellas del partido.

Algunos de estos nombres como el de Li Qiang muestran como Xi valora sobre todo la lealtad por encima de la eficacia de las políticas públicas o resultados económicos. Algo que es muy propio de la cultura china y que una vez más evoca la era de Mao en la que primó la lealtad al líder sobre la capacidad de respuesta o acción. Li es acusado de maltratar a unos 10 millones de ciudadanos por mantener rigurosísimas medidas de control y confinamiento para evitar contagios en Shanghai, lo que ha tenido además un efecto devastador en la economía china y ocasionó huida de capitales extrajeron frente la agresividad de la medida. Sin embargo, hoy es el según por detrás del propio Xi..

Xi ha demostrado ser un líder sumamente astuto y calculador que ha cambiado a China. Ha convertido al gigante asiático en un Estado que vigila los pasos de sus ciudadanos a través del uso de tecnología punta, que le ha servido para que posea el mayor control que nunca un líder ha acumulado. El mejor ejemplo se ha visto durante la pandemia del Covid-19 en que los ciudadanos han tenido que pasar controles diarios para poder salir de sus viviendas, se han tenido que hacer cientos de pruebas para evitar contagios masivos, se les ha negado en casos extremos, atención médica porque no contaban con la capacidad de atender más o porque se decidió a quien priorizar. Además del encubrimiento de información que han padecido los ciudadanos junto con el resto del planeta sobre el origen del virus, el número real de muertes o contagios.

Además, con sus rígida política de Cero-Covid ha generado una desaceleración de la economía china en el último año, tiene una gravísima crisis inmobiliaria que además irrita a la población y anula sus posibilidades de adquirir una vivienda. Simultáneamente ha perseguido a las minorías del país sin piedad al punto que durante su gobierno ha establecido centros de reeducación, de acuerdo con la definición oficial, o centros de reclusión donde se ideologiza y tortura a uigures, así como otras minorías por ser musulmanes y querer seguir sus tradiciones.

Xi aprovechó la pandemia para consolidar el sistema de control social con dispositivos super modernos, aplicaciones novedosas que obligan al ciudadano a fichar diariamente su estado de salud, mientras hacen un seguimiento de cada movimiento del individuo.

EL Congreso del PC chino fue una muestra de ese cálculo diminuto con cada detalle, con el nombramiento de personajes íntimos de confianza de Xi, lo que refleja el inmenso poder que ha conseguido acumular. E incluso el altercado en el que Hu Jintao, respetada figura y exlíder que fue sacado del salón en vivo después de que se le vio intentar coger un documento mientras que Xi puso sus manos sobre el mismo como un intento de que no pudiera tenerlo.  Incidente que no se ha visto en China, ni se ha comentado en las redes chinas pues fue suprimido de la transmisión.

Se vea por el ángulo que se vea, el control acumulado por el Xi Jinping lo consagra más que como un presidente como un líder supremo de por vida que ha cambiado las reglas del juego, y que con la excusa del rejuvenecimiento de China se ha vuelto capaz de todo al precio que sea necesario.