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INTERREGNUM: Malas noticias para Pekín. Fernando Delage

Las últimas semanas no han sido fáciles para los dirigentes chinos. Los problemas parecen acumularse en un año en el que Xi Jinping quería verse libre de obstáculos de cara a la confirmación de su tercer mandato en el XX Congreso del Partido Comunista en otoño. El escenario económico empeora, mientras la primera visita de Biden a Asia ha servido para demostrar que, pese a la guerra de Ucrania, China no ha dejado de ser la prioridad central de la política exterior de Estados Unidos.

Los datos dados a conocer el 16 de mayo han revelado el impacto negativo que la política de covid-cero (con decenas de millones de personas confinadas), además de los efectos indirectos del conflicto en Ucrania, están teniendo sobre la economía: en abril se registraron los peores indicadores de los dos últimos años. Sin embargo, lejos de dar marcha atrás en la posición adoptada con respecto a la pandemia, el Comité Permanente del Politburó ha publicado duras advertencias contra quienes la cuestionen. Con independencia de las dudas sobre su eficacia desde una perspectiva sanitaria, su coste económico impedirá en cualquier caso que pueda lograrse el objetivo de un crecimiento del 5,5 por cien del PIB en 2022 (se aspiraba a conseguir una cifra superior a la de Estados Unidos).

Xi piensa que el liderazgo del Partido Comunista y “las ventajas del sistema socialista” bastan para resolver los problemas que afronta la nación. Así lo afirmó en el discurso que pronunció en la conferencia interna sobre economía celebrada el pasado mes de diciembre, y que ha publicado recientemente Qiushi, la revista teórica del Partido. Las dificultades existentes, dijo el presidente, tienen como principal causa la expansión sin freno del capital y del sector privado, un proceso que debe limitarse devolviendo un mayor control al gobierno. Esa ha sido en realidad su posición de siempre, lo que no ha evitado, sin embargo, la aparición de rumores sobre posibles enfrentamientos entre distintas facciones políticas.

La economía no es la única preocupación de Pekín. El viaje de Biden a Corea del Sur y Japón ha servido para reafirmar el compromiso estratégico norteamericano con la contención de la República Popular. Y da idea de la percepción de alarma de Pekín la activa campaña realizada en días previos por los responsables de su diplomacia con el fin de advertir a los socios de Washington del riesgo de una nueva guerra fría entre dos bloques.

En su visita a Corea del Sur, Biden confiaba encontrar en el nuevo gobierno del conservador Yoon Suk-yeol una mayor disposición a cooperar de lo que fue posible con su antecesor, el liberal Moon Jae-in. Washington quiere ampliar el enfoque regional de la alianza con Seúl y hacer que ésta se aproxime gradualmente al QUAD (el grupo formado por Estados Unidos, Japón, India y Australia). Un primer paso consiste en ayudar a mejorar las deterioradas relaciones entre Corea del Sur y Japón. Con el problema nuclear norcoreano por medio, siempre resultará difícil, no obstante, que Seúl se sume de manera explícita a una política de enfrentamiento con Pekín.

En Japón Biden dio un nuevo impulso a la alianza con su principal socio asiático, coincidiendo con el proceso de actualización por el gobierno de Fumio Kishida de la Estrategia Nacional de Seguridad, a la vez que se sondea la posibilidad de la incorporación japonesa a AUKUS. Pero la estancia en Tokio del presidente norteamericano no respondía sólo a motivaciones bilaterales; fue también la ocasión para anunciar formalmente el plan económico de la Casa Blanca para la región (el “Indo-Pacific Economic Framework, IPEF”), y asistir a la segunda cumbre presencial a nivel de jefes de Estado y de gobierno del QUAD. El IPEF se presentó con algunos cambios tras las reservas mostradas por los líderes de la ASEAN en la cumbre celebrada en Washington la semana anterior. En cuanto al QUAD, éste ha adquirido una creciente relevancia a la luz de la agresión rusa en Ucrania, si bien se plantean nuevas dudas sobre India, país que, como es sabido, no puede prescindir de Moscú en su política de contraequilibrio de China.

Biden regresa a la Casa Blanca después de transmitir un claro mensaje de compromiso con la estabilidad asiática pese a la guerra en curso en Europa, y haber reforzado la cooperación con sus aliados frente a las ambiciones revisionistas chinas. La retórica y las advertencias de Pekín parecen confirmar que ha logrado su principal objetivo.

 

Xi, fútbol y Covid-19. Nieves C. Pérez Rodríguez  

La China del 2022 no es la misma de hace una década atrás. El Covid-19 ha alterado la dinámica y reorganizado prioridades del Estado. Lo vimos en 2020 y la rápida reacción de Beijing en tratar de contener los contagios en Wuhan, así como sucesivamente ha sucedido a lo ancho del territorio con instalaciones de centros masivos, centros de pruebas Covid, confinamientos estrictos, e incluso centros de cuarentena para los infectados, aún en aquellos casos en los que el virus es leve.

Se puede establecer un paralelismo con la situación del fútbol en China. Los chinos nunca han sido especialmente conocidos por sus equipos de fútbol ni su ranking internacional. En efecto, la única vez que se clasificaron a la copa mundial fue en el 2002 y su desempeño en los tres partidos fue bastante pobre, pues no consiguieron hacer ni un solo gol. Sin embargo, desde 2010 se observa cómo este deporte comienza a tomar más importancia cuando Evergrande, la inmobiliaria que ha sido noticia en los últimos meses por tener una deuda que supera los 250 mil millones de dólares, compró el equipo de la provincia de Guangzhou y en tan solo un año más tarde se hicieron con el título de la Superliga china por primera vez, y más adelante otros dos campeonatos asiáticos.

En el año 2016, el gobierno chino presentó un plan en el que estimaban que para 2020 unos 50 millones de niños y adultos estarían jugando al fútbol en el gigante asiática, por lo que invirtieron en construir 20.000 centros de entrenamientos y 70.000 estadios, de acuerdo al Organismo Superior de Planificación Económica de Beijing.

Esta enorme inversión tenía un doble objetivo: por un lado, incorporar a China a una de las aficiones más grandes en el mundo y de esa manera complacer al aficionado número uno en el país, el propio Xi Jinping, y en segundo lugar se buscaba que el deporte contribuyera al PIB de la nación. Para intentar conseguirlo se hizo un esfuerzo mancomunado entre el sector público y privado, concretamente las 2017 grandes empresas chinas como Alibaba, Wanda y Suning habían invertido en el sector futbolístico.

El plan, aunque algo delirante, pudo haber dado buenos resultados a largo plazo, pero muchos de los inversores chinos entendieron que tenían que invertir en grande para complacer al Politburó, por lo que empezaron a pagar fichas de jugadores internacionales y entrenadores por cantidades extraordinariamente altas, en algunos casos excediendo el valor real de los mismos. Lo que a su vez ha generado una presión y especie de burbuja que ha tenido un impacto hasta en la dinámica de los clubes europeos.

La Asociación China de Fútbol había anunciado que China sería una superpotencia futbolística de primera línea para 2050 así como también anunciaron que querían ser anfitriones de la Copa Mundial en el 2030, lo que hizo que se invirtieran 1.8 mil millones de dólares en la construcción del estadio de Lotus en la Provincia de Guangzhou, que contará con capacidad para 100.000 personas sentadas y que de acuerdo con fuentes oficiales será más grande que Camp Nou del Barcelona, considerado el más grande de Europa.

Sin embargo, todos esos esfuerzos e inversiones están quedándose a un lado desde que la pandemia ha impactado a China. El 14 de mayo el gobierno chino a través de un comunicado oficial informaba que no podrán albergar la Copa Asia en 2023, que está prevista su celebración entre el 16 de junio al 16 de julio del próximo año. Y en pleno anuncio, corresponsales internacionales remarcaban que el Estadio de los Trabajadores está bajo trabajos de remodelación día y noche, probablemente para convertirlo en centro de cuarentena.

El Estadio de los Trabajadores está ubicado al noreste de Beijing y, aunque fue construido en 1959, fue remodelado en 2004 para los Juegos Olímpicos de Beijing, aunque habitualmente se usa para celebrar partidos de fútbol. Pero hoy la obsesión o necesidad del Partido Comunista de mantener la política “Cero casos de Covid” ha llevado a situaciones realmente extremas, como los dos meses de confinamientos que se han llevado cabo en Shanghái y en las en las últimas semanas se imponían los mismos tipos de confinamientos en Beijing.

El anuncio de que no serán los anfitriones de un evento de ese calibre en Asia, donde los chinos siempre quieren ser los pioneros, y que está pautado para dentro de más de 12 meses, significa que el Partido Comunista chino sabe que no podrá controlar los casos de transmisión de Covid-19 en los siguientes meses. Además de que sus vacunas son ineficientes y no podrán desarrollar un plan de contingencia distinto al de su política de cero casos, a pesar del coste económico que esa política está teniendo en la economía china, que de acuerdo con las estimaciones de Goldman Sachs de crecimiento el mes pasado pronosticaban que ronda el 4,5% pero dejaban abierta la posibilidad de que ese porcentaje fuera menor de continuarse con tantos confinamientos. Mientras que las estimaciones oficiales del gobierno chino hechas a principios de año fueron 5,5%.

La historia del futbol en china, así como la de la pandemia, es otra demostración más de como los sistemas comunistas tienen la capacidad de controlar absolutamente todo en el Estado. Hasta la promoción de una afición deportiva la financian, la convierten en política de Estado, presionan a los inversores que se deben al partido, pues de eso depende que no caigan en desgracia, y estos terminan haciendo inversiones que en algunos casos son absurdas para mantenerse congraciados con el líder y el partido. Pero de la misma manera cambian de dirección si consideran que deben hacerlo.

La obsesión china por desarrollar su economía hizo que crecieran espectacularmente en tiempo récord, aun cuando la población ha pagado un alto precio por conseguirlo. Hoy la obsesión es erradicar el Covid-19 por lo que han dejado a un lado el crecimiento económico y de la misma manera le ha pasado al fútbol que, aunque obviamente es un hobby, demuestra claramente cómo el Partido Comunista lleva a la nación hacia la dirección que decida. Y una vez más los ciudadanos son los soldados que no les queda más que acatar y callar.

 

Ucrania: ¿brecha entre Rusia y China?

En la desesperación de las familias de los resistentes ucranianos rodeados en Azovstal, en Mariupol, sus integrantes, apoyados en el gobierno ucraniano, han hecho un llamamiento a Pekín para que medie ante Moscú y permitan la evacuación de los soldados de la acería cercana al puerto de la ciudad.

Pero, aunque estos soldados están siendo evacuados muy lentamente, no parece que China esté teniendo influencia alguna sobre Moscú y las tropas que han invadido Ucrania y que rodean el reducto donde aún resisten soldados ucranianos.

La calculada ambigüedad china puede darle a Pekín ventajas a medio plazo, pero los intentos del gobierno chino de presentarse como intermediario de un acuerdo de paz sin romper sus mensajes de comprensión a la política agresiva de Vladimir Putin no han aportado nada hasta el momento a pesar de la ilusión que despiertan en algunos ambientes políticos y financieros.

Para Pekín, el principal obstáculo para sus gestiones es el empecinamiento de Putin en no reconocer que sus tropas estás atascadas en Ucrania y que corren riesgos de sufrir una derrota histórica. A este respecto, William Burns, director de la CIA, una agencia que ha demostrado estar muy bien informada de los planes y la evolución interna del gobierno ruso, ha explicado que el conflicto ucraniano ha abierto una brecha entre Pekín y Moscú que puede tener importancia a medio plazo. Burns subraya que Pekín sostiene que el conflicto desatado por Putin daña la reputación internacional de China y, a la vez, introduce el factor que China considera más peligroso para sus intereses estratégicos y que es la incertidumbre y la inestabilidad que arrastra.

La guerra de Ucrania provoca tensiones en todo el planeta y algunas de sus ondas pueden profundizar la transformación de las relaciones estratégicas mas allá de lo previsible.

INTERREGNUM: El mundo según Xi. Fernando Delage

Diplomático de carrera, exministro de Asuntos Exteriores y exprimer ministro de Australia, Kevin Rudd es uno de los mejores conocedores de la China de Xi Jinping, el actual presidente al que conoció cuando era vicealcalde de Xiamen a mediados de los años ochenta. En la actualidad presidente de la Asia Society en Nueva York, Rudd decidió al cumplir 60 años matricularse en el programa de doctorado de la universidad de Oxford para escribir precisamente una tesis sobre la visión del mundo de Xi, líder al que siguió tratando en distintas capacidades en las décadas siguientes.

En distintos artículos e intervenciones públicas, Rudd lleva un tiempo advirtiendo sobre el riesgo de un choque entre Estados Unidos y China y proponiendo algunas soluciones para evitarlo. A sus reflexiones ha dado forma en un libro de reciente publicación, probable anticipo de su tesis doctoral: The Avoidable War: The Dangers of a Catastrophic Conflict Between the US and Xi Jinping’s China (Public Affairs, 2022). El punto de partida para evitar una guerra, escribe Rudd, es el hacer un mayor esfuerzo por comprender el pensamiento estratégico de la otra parte. De conformidad con esa idea, la descripción de las premisas que guían la acción de los dirigentes chinos y su política hacia las distintas regiones del mundo constituye la mayor parte de su trabajo, aunque pocas novedades encontrará el especialista. Viene a ser un resumen tipo informe, muy denso y, curiosamente, sin ninguna nota al pie ni una sola referencia bibliográfica. Los datos se acumulan sin que apenas aparezcan detalles sobre la experiencia personal de Rudd en sus intercambios con los líderes chinos.

El análisis se vuelve más concreto en el último tercio del libro, sobre todo en relación con la cuestión de Taiwán. Según Rudd, Xi es “un hombre con prisas” con respecto a este asunto, vital para la legitimidad del Partido Comunista, al creer que el enfoque de sus antecesores ha fracasado. Xi podría recurrir al uso de medios militares para recuperar la isla, un objetivo que querría conseguir mientras sea presidente, pero sólo cuando esté convencido de que el equilibrio militar en Asia oriental se ha inclinado a favor de China y cuando ésta cuente con la fortaleza suficiente para resistir las posibles sanciones internacionales. Esto significa que esas condiciones no se darían hasta finales de esta década o principios de la siguiente.

Con el fin de preservar la paz en esta década incierta e inestable, en la que China está convencida de que el viento de la Historia sopla a su favor y está decidida a reconfigurar el orden internacional, Rudd sugiere unas mínimas normas de interacción entre los dos gigantes. La primera de ellas consistiría en dejar claro al otro sus respectivas líneas rojas para evitar malentendidos y sorpresas. La segunda, en canalizar su rivalidad hacia el desarrollo individual de sus capacidades militares, económicas y tecnológicas más que en intentar imponerse como resultado de un conflicto, siempre impredecible en sus consecuencias.

Una estructura de estas características crearía, en tercer lugar, el espacio político necesario para que ambas partes puedan mantener una relación de cooperación en aquellas áreas (como el cambio climático, la pandemia o la estabilidad financiera global) en las que coinciden sus intereses globales y nacionales. Finalmente, para que la gestión de este marco de interacción pueda funcionar con éxito sería necesario el nombramiento de un responsable por cada parte: el asesor de seguridad nacional o el secretario de Estado en el caso de Estados Unidos, y el director de la oficina de asuntos exteriores del Comité Central del Partido Comunista o el vicepresidente de la Comisión Central Militar por parte china.

El propio Rudd reconoce que ninguna estructura de este tipo por sí sola puede prevenir un conflicto. Pero sus elementos de claridad y transparencia pueden al menos reducir el riesgo. Si la rivalidad entre China y Estados Unidos es inevitable, se trata de conceptualizar cómo pueden coexistir de manera competitiva, reforzando los mecanismos mutuos de disuasión.

Perdiendo también se gana. Nieves C. Pérez Rodríguez

El pasado viernes se reunieron virtualmente Xi Jinping y Biden durante casi dos horas en busca de encontrar una salida a la crisis de Ucrania. Partiendo de dos perspectivas distintas se llevaba a cabo el encuentro. Previo a la cumbre, Washington advertía a China de consecuencias si decidieran apoyar a Rusia, mientras que Beijing sigue sin tan siquiera condenar la invasión rusa.

Ni la fuerte presión internacional que esta crisis ha conseguido, ni el gran repudio a los hechos que se ha traducido en una gran condena a la situación, sumando a la presión que la propia Administración Biden está ejerciendo sobre China, ha tenido algún resultado.

Es más, hay quienes piensan que el efecto de la cumbre fue opuesto. Phelim Kine escribía en Político (un medio impreso y virtual de Washington con mucho peso en el mundo político y en las esferas de poder de los Estados Unidos)  que Biden no logró que Xi se comprometiera a hacer un uso de la influencia que China tiene sobre Rusia para poner fin a la agresión a Ucrania; es más, afirmaba que no pudo ni siquiera conseguir que Xi empleara el término “invasión”. Por el contrario, explica Kine, “Biden lograba el efecto opuesto y Xi criticaba implícitamente a Washington por su papel en la intromisión de Estados Unidos en la crisis.

China siempre ha abogado públicamente por la no intromisión en asuntos internos de las naciones y en esta ocasión está usando la misma técnica para justificar su supuesta neutralidad. De hecho, cada vez que el mundo ha intentado cuestionar su comportamiento, bien sea por los derechos humanos de los uigures o los tibetanos o por la restricción de la libertad de opinión en China, su argumento es que esos son asuntos internos y el resto del mundo debe mantenerse al margen mientras lo desmiente.

En medio de esta crisis internacional, los chinos han buscado diferentes vías para hacer llegar su mensaje. Por un lado, han recordado que las relaciones entre Washington y Beijing siguen estando fracturadas desde la era Trump, y el ministro chino de Exteriores, el portavoz de Exteriores o algún otro alto funcionario, desde el comienzo de la invasión hace afirmaciones casi diarias en las que mandan mensajes directos de su incomodidad con la Administración Biden, de que las sanciones son excesivas, de que los rusos y los ucranianos deben resolver solos su crisis, etc.

La semana pasada, otra prominente figura política china decía a un medio que “las sanciones occidentales impuestas por occidente son escandalosas”. Beijing no solo no ha condenado la invasión per se sino que no ha condenado aún ninguna acción, ni de bombardeo a hospitales, o refugios de civiles atacados; ni siquiera los ataques a las plantas nucleares, aún cuando un mal cálculo o un pequeño accidente originado en alguna planta podría tener repercusiones globales.

Además, este año es importante para el Partido Comunista chino pues tendrá lugar su decimo segundo congreso, lugar para investir a Xi para un tercer mandato de 5 años más, aun cuando ya en el 2018 fueron eliminados el máximo de los términos presidenciales a través de una reforma constitucional que le permite mantenerse en el poder por tiempo indefinido. Sin embargo, la inestabilidad es algo de lo que huyen los líderes chinos, porque saben que se traduce en problemas de orden público. Y ya la situación es compleja debido a que estamos comenzando el tercer año de pandemia, su crecimiento económico se ha visto afectado por el Covid y gracias en parte a las desmesuradas medidas de control que imponen en China. Que valga decir están generando un gran rechazo social en los últimos días por la ferocidad con la que siguen imponiendo cuarentenas y encierran a ciudades enteras de cientos de miles de ciudadanos.

La guerra rusa en Ucrania no le conviene a China, naturalmente, sobre todo porque su objetivo principal es seguir creciendo su economía y su plan de expansión de la nueva Ruta de la Seda junto con el rejuvenecimiento de China se puede dilatar considerablemente. Sin embargo, ya le ha dado beneficios a corto plazo al menos. Le ha puesto en el centro de las conversaciones diplomáticas, le ha subido el estatus a mediador, puede además tener cierto control sobre Putin y por tanto ser el único capaz de potencialmente conseguir un alto al fuego de parte de Rusia. Además de que tiene a la Administración Biden detrás intentando conseguir más de su parte, lo que le da más poder de negociación incluso en otros ámbitos.

Por lo tanto, Xi, aunque perdiendo en crecimiento económico doméstico por las implicaciones indirectas de la guerra en Ucrania y las sanciones a Rusia, está ganando a nivel global. Perdiendo también se gana.

 

INTERREGNUM: Triángulo invertido. Fernando Delage

En febrero de 1972, la visita a China del presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, puso en marcha un acercamiento entre ambos países contra la Unión Soviética que transformó el equilibrio de poder global y abrió una nueva etapa en la dinámica de la Guerra Fría. Cuando se cumplen cincuenta años de “la semana que cambió el mundo”, ha sido el presidente ruso, Vladimir Putin, quien ha viajado a Pekín para anunciar con su homólogo chino, Xi Jinping, una nueva era en el orden internacional. China y Rusia, enemigos hace medio siglo, se alinean hoy con la pretensión de certificar el fin del “siglo americano”.

El triángulo estratégico diseñado por Nixon y Kissinger para quebrar el bloque comunista y buscar una salida a la guerra de Vietnam, se ha invertido cinco décadas después mediante la formación de un eje autoritario que aspira a reconfigurar el statu quo resultante del fin de la Guerra Fría. En un texto redactado en inglés que hicieron público el 4 de febrero, Xi y Putin describieron “la tendencia hacia la redistribución de poder en el mundo” que puede observarse en la actualidad, y declararon que la amistad entre sus dos naciones “carece de límites, y no hay áreas que queden al margen de su cooperación”.

El documento ha sido interpretado por numerosos analistas como un punto de inflexión, la señal de una nueva división del sistema internacional en dos bloques rivales. Pekín y Moscú han profundizado en su relación estratégica en unas circunstancias de debilidad de las democracias liberales y de polarización política en Estados Unidos. Tras un proceso sostenido de acumulación de capacidades militares (en el caso de Rusia), económicas y militares (en el de China), los dos países—potencias nucleares en sus respectivas regiones, Europa y Asia—, cuentan con un margen de maniobra impensable hace veinte años.

Sería un error, no obstante, pensar que han desaparecido los límites a su colaboración. Aun ofreciendo a Putin cierto apoyo—en el rechazo a la ampliación de la OTAN, por ejemplo—, Xi no tiene ningún interés alguno en empeorar sus ya tensas relaciones con Europa, ni en hacer que ésta refuerce su relación con Washington, especialmente en un contexto de desaceleración económica y de presiones políticas para corregir la dependencia de las cadenas de valor chinas. Las exportaciones de China a la UE multiplican por diez las dirigidas a Rusia, y Pekín no quiere ser objeto de sanciones en el caso de sumarse a las pretensiones rupturistas de Moscú (no es casualidad que Ucrania no apareciera nombrada en la declaración conjunta). Es China quien lleva hoy la iniciativa: Moscú—con diferencia el más débil de los tres—, es ante todo un peón útil para desviar la atención norteamericana del Indo-Pacífico. Los dirigentes chinos no van a poner sus intereses económicos en riesgo por Rusia.

La principal característica de la relación entre China y Rusia es la enorme asimetría de poder entre ambas naciones. La economía rusa es apenas la mitad de la de California, mientras China tendrá el mayor PIB del planeta antes de 2030. Pekín no puede mantenerse al margen de la economía global y necesita un escenario de estabilidad internacional, mientras que Moscú sólo cuenta con la provocación militar para conseguir sus objetivos. Aun compartiendo una misma ambición (mayor influencia internacional) y un mismo obstáculo (Estados Unidos), Xi no se dejará arrastrar por Putin a un conflicto contrario a sus intereses. Ambos líderes, eso sí, saben aprovechar cuantas oportunidades encuentran para inquietar a un Occidente todavía rehén de un mundo que dejó de existir.

Un año nuevo y la vieja incógnita de Biden

Un comienzo de año es siempre una ocasión para hacer balance del pasado y previsiones de futuro y en estos análisis, para 2022, se mantiene sobre todo la incógnita Biden, que permanece y se esfuerza por encontrar un sitio entre la incertidumbre de los suyos, las expectativas de sus contrarios y los retos de un dinámico escenario internacional donde las iniciativas de Rusia y China, por separado unas veces y conjuntamente otras, van planteando a Estados Unidos.

La incógnita Biden es múltiple. Por un lado está la incógnita biológica, marcada por la avanzada edad del mandatario sobre cuya salud real se conoce poco, combinada con la carencia de alternativas de liderazgo potente en el Partido Demócrata; por otro lado está la incógnita de las decisiones presidenciales, que  no se distancian mucho del abandonismo o la displicencia de Trump respecto a algunos escenarios, y la persistencia de elementos proteccionistas y de repliegue; y, al mismo tiempo, como hemos comentado, se visualiza una aparente falta de liderazgo frente a los retos rusos en Europa y a la defensiva sobre las iniciativas chinas a escala global.

En ese panorama crecen las dudas de los aliados y la audacia de personajes como Putin que está consiguiendo, a base de bravuconería y de presión en lo que lo militar forma parte esencial, convertir sus debilidades en instrumentos de ventaja.

EEUU sigue aparentando pérdida de liderazgo y dudas estratégicas y eso no es bueno para nadie. Ese vacío está siendo llenado por candidatos con modelos que cuestionan las democracias occidentales y líderes que, sin cuestionarla, tienen una agenda propia que no puede aspirar a ser referencia mundial y en la que hacen gala de criticar precisamente a Estados Unidos. La debilidad europea, en este contexto, está haciendo potenciar políticas exteriores nacionales, como en los casos claros de Reino Unido y Francia, pero crecientes en todos los socios de la Unión Europea, aunque las presenten con la etiqueta del multilateralismo.

Este panorama parece que va a marcar 2022 y en él, el factor Biden, sus dudas y las iniciativas o la ausencia de ellas de un país que ha sido clave para el  mundo occidental en los últimos cien años, es dramáticamente clave.

INTERREGNUM: Democracia y estrategia china. Fernando Delage

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, ha caracterizado la rivalidad entre Estados Unidos y China como una batalla entre democracia y autoritarismo. Aunque se trata, sin duda, de uno de los elementos que definen la confrontación entre ambas potencias, la realidad es sin embargo mucho más compleja. No sólo se parece poco esta competición ideológica a la que enfrentó a Washington y Moscú durante la guerra fría, sino que elevar la retórica de hostilidad a este terreno obstaculiza las posibilidades de cooperación frente a los grandes problemas globales, como el cambio climático o las pandemias. Lo que es más grave, complica la propia estrategia china de la Casa Blanca. La razón es que la erosión de la democracia y el ascenso de China no son dos asuntos que vayan siempre por vías paralelas.

La ambición de Biden de promover el fortalecimiento de las democracias no sólo es admirable, sino necesaria. Pero el mayor desafío a los regímenes liberales no proviene de China (o de Rusia), sino que tiene un origen interno: las amenazas a la separación de poderes, las violaciones del Estado de Derecho, los populismos identitarios y el abandono de la deliberación racional, así como la polarización política que alimentan los medios digitales. El reto, como el propio Biden ha señalado, consiste en corregir las fuerzas autocráticas demostrando la eficacia de las democracias a la hora de hacer frente a los problemas que han causado la creciente desconfianza popular en instituciones y partidos políticos tradicionales.

La injerencia externa y las estrategias de desinformación de actores internacionales es un peligro contra el que las democracias deben actuar de manera conjunta. Esa cooperación debe consistir, no obstante, en dar forma a instrumentos e iniciativas concretas que mitiguen esos riesgos, más que en un discurso genérico de denuncia de un fenómeno, el autoritarismo, que quizá no sea la clave fundamental de lo que está en juego. En el caso de China, la competición es ante todo geopolítica, económica y tecnológica, y no desaparecería si la República Popular se convirtiera en una democracia. El aumento de su poder y el nacionalismo son, en este caso, factores más decisivos que la naturaleza de su régimen político.

Al contrario que la Unión Soviética, China no pretende ni derrotar a Estados Unidos ni exportar su ideología por el planeta. No hay, tampoco, un choque de sistemas incompatibles entre sí; por el contrario, se trata de una competición entre diferentes modelos económicos en un mismo sistema capitalista global. El autoritarismo chino requiere por supuesto la debida vigilancia con respecto a su proyección exterior, pero sería un error pensar que el apoyo de Pekín a Estados iliberales refleja la intención de construir una coalición contra el mundo democrático. No son valores políticos, sino intereses estratégicos los que llevan a China a acercarse a Rusia y a otros actores.

Variables del mismo tipo son las que explican que Biden haya invitado a unos países y no a otros a la cumbre de la semana pasada. Aun siendo la defensa del liberalismo un objetivo irrenunciable, ¿es realmente la democracia la que guía su estrategia asiática? Si la prioridad es la estrategia hacia China, no parece importar entonces contar con una India cada vez menos pluralista, con un sistema de partido único como Vietnam, o con determinadas juntas militares. Otros, como Indonesia, Singapur, Corea del Sur incluso, mantienen sus reservas sobre una iniciativa que puede provocar nuevas divisiones.

En último término, en lo que representa un debate de más largo alcance, China obliga a Occidente a realizar un ejercicio de introspección. Por primera vez en generaciones, las democracias se encuentran frente a rivales ideológicos, pero también capitalistas, que pueden demostrar eficacia de gestión, armonía social y visión estratégica a largo plazo. Para prevalecer sobre ellos, la democracia liberal debe renovarse. La cuestión es cómo hacerlo cuando en las sociedades occidentales prima la fragmentación y la defensa de las causas de las minorías sobre los intereses comunes y compartidos. Los países asiáticos en su conjunto—los democráticos y los que no—han sabido articular mejor la relación entre individuo y comunidad, una cuestión quizá más relevante que el tipo de sistema político para asegurar a largo plazo la estabilidad, la prosperidad, y también la libertad. Como escribe Jean-Marie Guéhenno en su último libro (Le premier XXIe siècle, Flammarion, 2021), para que haya una democracia primero tiene que haber una sociedad.

 

INTERREGNUM: Después de la cumbre Xi-Biden. Fernando Delage

La cumbre virtual mantenida por los presidentes de Estados Unidos y la República Popular China, Joe Biden y Xi Jinping, respectivamente, el 15 de noviembre puso de manifiesto la intención de ambas partes de cambiar el tono de la relación bilateral. Como señaló tras la reunión el asesor de seguridad nacional de Biden, Jake Sullivan, una “competición intensa” requiere una “diplomacia intensa”. El deseo de ambos presidentes de evitar una nueva guerra fría y prevenir un conflicto debería conducir, en efecto, al establecimiento de unas reglas que estructuren la interacción entre ambas grandes potencias.

Este encuentro ha supuesto un importante paso en dicha dirección, y corrige en buena medida el áspero intercambio mantenido por los representantes diplomáticos de los dos países en su reunión de marzo en Alaska. La declaración conjunta de Washington y Pekín sobre cambio climático acordada poco antes de concluir la COP26 en Glasgow es otra indicación del reconocimiento de las posibilidades de cooperación con respecto a sus intereses compartidos. Es innegable, sin embargo, que ni China va a dar marcha atrás en sus ambiciones, ni Estados Unidos está dispuesto a perder terreno. Las respectivas necesidades políticas internas de Biden y Xi tampoco aparecen especialmente sincronizadas.

Sólo dos días después de que ambos líderes mantuvieran su primera conversación cara a cara, la Comisión encargada por el Congreso de Estados Unidos de realizar un seguimiento de las relaciones con China publicó su informe anual. Entre otros asuntos, el texto, de más de 500 páginas, coincide con las estimaciones del Pentágono de hace unas semanas sobre el rápido crecimiento del arsenal nuclear chino, y el temor de que Pekín haya decidido abandonar su posición minimalista en este terreno. El documento identifica por otra parte la creciente presencia china en América Latina como un nuevo punto de fricción, y subraya en particular la construcción de una estación de seguimiento especial en Argentina bajo la supervisión del Ejército de Liberación Popular, el apoyo al régimen de Maduro en Venezuela, y el uso de la vacuna contra el covid para persuadir a algunos Estados a que abandonen su reconocimiento diplomático de Taiwán.

La intimidación de Taipei también irá a más, indica el estudio, cuyas conclusiones apuntan a que el gobierno chino “mantendrá con toda probabilidad su enfoque combativo”, y “cada vez está menos interesado en el compromiso, e inclinado a asumir acciones agresivas que conducirán a la inestabilidad”. Por lo que se refiere a Taiwán, fue el propio Xi quien advirtió a Biden del riesgo de “jugar con fuego”. Como es sabido, en el Congreso norteamericano se extiende la idea de que Washington debería abandonar la tradicional política de “ambigüedad estratégica” con respecto a la isla, para ofrecer una garantía de seguridad clara y explícita.

Ninguno de los dos líderes puede permitirse una percepción de debilidad. Xi, para evitar mayores obstáculos de cara al XX Congreso del Partido Comunista, en el otoño del próximo año, cuando será ratificado para un tercer mandato. Biden, porque en un contexto de notable caída de su popularidad, afronta elecciones parciales al Congreso en 2022, y unas presidenciales en 2024, bajo la sombra de Trump. Medios republicanos no han dejado de acusar a Biden de “rendición” por el mero hecho de reunirse con el presidente chino. El escenario político norteamericano obliga por tanto a la Casa Blanca a una posición de firmeza frente a Pekín, a la que China—por razones similares—no podrá dejar de responder. Mantener una diplomacia productiva en estas circunstancias va a ser un desafío constante, pero si en los próximos dos años no se alcanza algún tipo de modus vivendi entre ambos gigantes, esa posibilidad puede desaparecer por completo en el caso de una victoria republicana.

 

INTERREGNUM: Xi en el Panteón. Fernando Delage

El Pleno del Comité Central del Partido Comunista Chino celebrado la semana pasada, el último previsto antes del XX Congreso (octubre de 2022), elevó a Xi Jinping a una posición sólo mantenida con anterioridad por Mao Tse-tung y Deng Xiaoping. Al mismo tiempo, aprobó una resolución sobre la historia del Partido en la que se definió al pensamiento de Xi como “marxismo del siglo XXI” y “esencia de la cultura y el espíritu chinos”.

Como han subrayado los medios, esta resolución se suma a las adoptadas en 1945 y 1981, en lo que supone la definición oficial de una tercera etapa en la evolución del Partido y de la República Popular. La primera de ellas confirmó a Mao como líder de la organización frente a sus rivales, cuatro años antes de su victoria sobre las tropas nacionalistas. La de 1981 pretendió dejar atrás los excesos ideológicos del maoísmo mediante una confusa disculpa por el trauma de la Revolución Cultural. La nueva resolución sirve igualmente a un fin político, en el año en que se conmemora el centenario de la fundación del Partido.

Esta vez no hay ningún tipo de autocrítica (el “nihilismo histórico” ya fue prohibido por el Comité Central en 2013), sino un insistente elogio compartido a Xi, Mao y Deng Xiaoping como responsables de “la extraordinaria transformación derivada de la unificación y la prosperidad que han permitido hacer fuerte” a China. Si Mao fue el fundador de la República Popular y Deng el artífice del crecimiento, en la “nueva era” de Xi China se ha convertido en una nación moderna con influencia global.

La última sesión plenaria del Comité Central previa a un Congreso sirve para que los dirigentes del Partido limen sus diferencias y den forma a un consenso que permita evitar las sorpresas. Pese a la aparente fortaleza que transmite al exterior la figura de Xi, tampoco han faltado esta vez indicios de luchas y maniobras internas. Para algunos observadores resulta significativo en este sentido que Xi no haya realizado ningún viaje al extranjero durante los dos últimos años. Otros analistas hacen hincapié en el hecho de que la resolución mencionara de manera explícita aunque concisa (al parecer no lo hacía un borrador anterior) a los antecesores de Xi, Jiang Zemin y Hu Jintao. La causa podría ser que cuadros vinculados a ambos exdirigentes ocupan aún puestos de relevancia en la estructura del Partido, y no ven con buenos ojos la excesiva acumulación de poder por parte del actual presidente.

Nadie duda, sin embargo, de que, al contrario que Jiang y Hu, que dejaron el poder tras dos mandatos sucesivos, Xi será nombrado para un tercer período en 2022 e, incluso, para un cuarto en 2027. Llegaría así al XXII Congreso en 2032, con 20 años en el poder a sus espaldas. Sus cálculos parecen coincidir con sus objetivos marcados para 2035—año en que cumplirá 82 años, la edad a la que murió Mao—para hacer de China un país de clases medias.

La próxima década estará marcada, no obstante, por diversos problemas. La modernización económica no podrá avanzar eternamente sin cambios políticos, pues la sociedad china terminará exigiendo algún tipo de participación en la vida pública y de control del poder. Las divergencias internas en el Partido pueden anticiparse, incluso, a las exigencias populares. Y si las actitudes de la opinión pública y de las elites pueden cambiar, uno de sus principales motivos será probablemente el cambio del entorno económico y el curso de la rivalidad con Estados Unidos.

Como no podía ser de otro modo, el ritmo de crecimiento de la economía china se está frenando. Pese a los esfuerzos de Xi por corregir los desequilibrios sociales (bajo el lema de “prosperidad común”) y reducir la dependencia del exterior (conforme a la estrategia de “circulación dual”), los desafíos que plantean la situación del medio ambiente y, sobre todo, el rápido envejecimiento de la población, pueden torcer las expectativas de Xi. Es lógico, por tanto, que haya llegado a un acuerdo con Washington en la cumbre de Glasgow sobre cambio climático, como lo es también que quiera reducir la hostilidad con Estados Unidos a partir de su primer encuentro (virtual) con Biden esta misma semana. Adquirir un estatus similar al de Mao y Deng no garantiza a Xi la capacidad de gestionar fuerzas estructurales que escapan al control de cualquier líder político.