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China 2060. Ángel Enríquez de Salamanca Ortíz

La lucha contra el cambio climático se ha convertido en uno de los desafíos más grandes para la humanidad en el siglo XXI. La rápida acumulación de gases de efecto invernadero (GEI) en la atmósfera ha generado graves consecuencias para el planeta y sus habitantes. En este contexto, China, como la nación más poblada y uno de los principales actores mundiales, ha asumido un papel fundamental en la búsqueda de soluciones para mitigar el cambio climático. Su compromiso es alcanzar la neutralidad de carbono para el año 2060 y el techo de emisiones de gases de efecto invernadero para el año 2030.

China, en la actualidad, ostenta el título del país con las mayores emisiones de dióxido de carbono (CO2) en el mundo, liberando aproximadamente 10.000 millones de toneladas de CO2 a la atmósfera. Esto representa más de un 30% del total mundial. A lo largo de las últimas décadas, al igual que Europa y Estados Unidos lo hicieron en el siglo XVIII, China ha experimentado un rápido crecimiento económico, impulsado en gran medida por industrias altamente contaminantes, como el carbón y el petróleo. Esta tendencia ha dejado una profunda huella de carbono en su trayectoria. El incremento de la urbanización y la industrialización han generado una mayor dependencia de fuentes de energía fósil en el país, lo que ha agravado significativamente el problema del cambio climático.

[Fuente: Statista.com]

Sin embargo, en los últimos años, China ha tomado medidas enérgicas para abordar el cambio climático y ha logrado avances significativos en la adopción de energías limpias y renovables. Ha realizado inversiones masivas en energía eólica y solar, y ha implementado políticas para reducir la intensidad energética de su economía. Estos esfuerzos han llevado a una disminución relativa de la intensidad de carbono del país, pero aún enfrenta enormes desafíos para alcanzar la neutralidad de carbono.

En septiembre del año 2020, el presidente chino, Xi Jinping, sorprendió al mundo al anunciar el compromiso de China de alcanzar la neutralidad de carbono para el año 2060. Esto implica que las emisiones de carbono del país se reducirán a “net zero” para ese año, compensando las emisiones restantes con acciones de mitigación y absorción de carbono.

El anuncio fue bien recibido internacionalmente y se consideró un hito significativo en la lucha global contra el cambio climático. Dado que China es el mayor emisor mundial de carbono, su compromiso es fundamental para alcanzar los objetivos del Acuerdo de París y proteger el medio ambiente para las generaciones futuras, logrando el objetivo de cero emisiones para el año 2060.

Para lograr este objetivo, China está poniendo todos sus esfuerzos para lograr la neutralidad en menos de 40 años.

China se ha convertido en líder en energías renovables y verdes, ha realizado enormes inversiones en turbinas eólicas, paneles solares o baterías para poder almacenar la energía y hacerla accesible a todo el mundo y, sobre todo, más asequible.

El gigante asiático cuenta con más de 300 millones de vehículos y, aunque la relación vehículos/habitante es relativamente baja debido a su enorme población, el gobierno del Partido Comunista Chino está proporcionando incentivos para la compra de vehículos eléctricos (EV) y mejorando y ampliando los puntos de carga. De hecho, ha regulado la normativa de contaminación para limitar las emisiones de gases de efecto invernadero del sector de la industria y de los automóviles, con el fin de promover el uso de energías menos contaminantes y más verdes.

Además de reducir la contaminación y producir con energías más verdes, China también está reforestando sus bosques tan dañados, como el de Saihanba, un bosque artificial capaz de purificar 137 millones de metros cúbicos al año de agua y que puede absorber 860.000 toneladas de dióxido de carbono de la atmósfera y emitir otras 600.000 al año. Un área de más de 20.000 hectáreas que ha llevado más de 3 generaciones poder reforestar y que en 2017 recibió el premio de las Naciones Unidas al ser el bosque artificial más grande del mundo.

El compromiso de China con la neutralidad de carbono no está exento de grandes desafíos. China es un país que todavía depende mucho de las energías fósiles; su industria y sus transportes son totalmente dependientes de estas energías, como el carbón o el petróleo, necesarios para satisfacer las necesidades energéticas de una población de más de 1.300 millones de habitantes. El cambio de su industria y transporte a energías más verdes y limpias requerirá por parte del gigante asiático inversiones masivas en nuevas infraestructuras, vehículos públicos eléctricos, nuevas tecnologías, inversiones en I+D+I y, como no, un nuevo sistema educativo para dar formación a su inmensa población en estas nuevas áreas y, sobre todo, el acceso a regiones menos desarrolladas o más aisladas o con niveles educativos más pobres. Si el acceso a estas energías es limitado, podrían promoverse migraciones masivas de estas áreas más pobres a las áreas más desarrolladas.

La coordinación a nivel internacional en temas como la transferencia de tecnología requerirá una diplomacia a la altura y la colaboración a escala mundial.

El compromiso de China con la neutralidad de carbono para el año 2060 representa un paso decidido hacia un futuro sostenible y la lucha contra el cambio climático. Si se logra, tendrá un impacto significativo en la mitigación de las emisiones de carbono a nivel mundial y sentará las bases para una economía más verde y resiliente. Sin embargo, enfrenta desafíos complejos y requerirá una colaboración activa entre el gobierno, la industria y la sociedad para superarlos. La implementación exitosa de este compromiso no solo beneficiará a China, sino que también contribuirá a proteger el planeta para las generaciones futuras.

Como una potencia global, las acciones de China para combatir el cambio climático influirán significativamente en la trayectoria del mundo hacia la sostenibilidad. La comunidad internacional debe apoyar los esfuerzos de China mientras continúa cooperando a escala global para abordar el desafío compartido del cambio climático. A través de acciones colectivas y compromiso global, se podrá avanzar hacia un futuro más verde y próspero para las generaciones futuras.

 

Ángel Enríquez de Salamanca es Profesor de economía y relaciones internacionales, y columnista en 4asia.es

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@angelenriquezs

 

 

Putin ensalza a Xi. Nieves C. Pérez Rodríguez

El Estado ruso hizo público la creación de un “Centro sobre la Ideologia de Xi Jinping” en Moscú, convirtiéndose así en el primer instituto que se dedicará al estudio del pensamiento del líder chino fuera del gigante rojo.

La Academia Rusa de Ciencias es la responsable de la creación del llamado laboratorio de investigación de la ideología moderna china. En este sentido, el director del área de estudios contemporáneo en Asia, Kiril Babaev, dijo que el centro de investigación tiene como propósito realizar un análisis objetivo y profundo de las ideas y conceptos que constituyen la base del Estado chino moderno.

Así mismo, Babaev aseguró que “este instituto permitirá al gobierno ruso, las empresas y la comunidad científica del país comprender la China moderna para así formular estrategias y pronósticos más acertados en el curso de las relaciones bilaterales”.  Lo que se ha convertido en una clara prioridad para los rusos en los años recientes.

El centro de estudio ideológico de Xi además se centrará en cinco áreas de investigación que pasan por la economía política, política doméstica y legislación, política exterior y relaciones internacionales, defensa y seguridad y ecología y sociedad de acuerdo con la agencia oficial china Xinhua.

En el anuncio inicial también dieron a conocer que tienen previsto comenzar en 2025 con una serie de publicaciones explicativas sobre las ideas de Xi y su importancia en el desarrollo de China y las relaciones entre Rusia y China para poder ir familiarizando a los lectores rusos con esa realidad.

Babaev afirmó también que Rusia necesita conocer y analizar el pensamiento ideológico de Xi porque China es hoy el principal socio estratégico y socioeconómico de Moscó. Especialmente después de que Rusia invadió a Ucrania y el rechazo que esa guerra a causando en Occidente y la dura respuesta que ha propiciado las sanciones que han aislado a Putin de la esfera global y bloqueado los productos rusos al mercado internacional.

La creación y lanzamiento de este instituto es un claro guiño de Putin a Xi, él cuasi emperador chino, un gesto de autócrata a autócrata, una reafirmación entre ellos sobre la importancia y reconocimiento de Xi como él gran líder chino o él nuevo Mao.

Además de ser un valioso movimiento estratégico ruso para elogiar al dirigente chino es una manera también de reconocer la importancia que tiene para Moscú su principal socio económico y prácticamente único aliado poderoso en este momento que podría eventualmente financiarlos, apoyar con material bélico para la guerra y servir hasta de lobby internacional a Rusia.

 

INTERREGNUM: China y el motín de Prigozhin. Fernando Delage

Aunque neutralizada, la rebelión contra el presidente Vladimir Putin por parte del líder del grupo de mercenarios Wagner, Yevgeny Prigozhin, vaticina un incierto futuro para Rusia. También alimentará las dudas de Pekín sobre la supervivencia de un régimen con el que contaba para construir un orden internacional postoccidental. Una Rusia inestable complicará el entorno de seguridad chino y reducirá las posibilidades de que el Kremlin apoye a la República Popular en el caso de un conflicto con Estados Unidos si intentara hacerse con Taiwán por la fuerza.

China se mantuvo en silencio hasta que concluyó la crisis, momento en el que  calificó el incidente como “un asunto interno de Rusia”. Tras volar a Pekín ese mismo día, el viceministro ruso de Asuntos Exteriores, Andrei Rudenko, recibió de sus anfitriones un mensaje de confianza en las relaciones bilaterales. Los medios chinos han ocultado por su parte cualquier atisbo de preocupación oficial sobre el impacto de los hechos. Resulta innegable, no obstante, que los problemas de Putin también suponen nuevos problemas para el presidente chino, Xi Jinping.

El dilema más urgente que afronta Xi es cómo continuar apoyando a Putin mientras se prepara para la eventualidad de que deje de estar en el poder. El acercamiento  de Pekín a Moscú responde a unas premisas ideológicas compartidas, pero también a unos imperativos estratégicos propios que pueden verse debilitados tras la rebelión de Prighozin. La dependencia energética china y su vulnerabilidad marítima hacen de Rusia un suministrador de gas y petróleo a salvo de las acciones de terceros (por ejemplo, de las sanciones que pudieran imponer las democracias occidentales a la República Popular como respuesta a una acción unilateral de Pekín). Es una ventaja que puede verse en riesgo en un contexto de inestabilidad política en el Kremlin. Como miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, Moscú tiene por otra parte la capacidad de bloquear toda resolución contra China; una posibilidad también sujeta, en principio, a la permanencia de Putin en el poder.

La evolución de los acontecimientos, marcada por una dinámica bélica que desde la misma invasión ha puesto en evidencia las erróneas expectativas del presidente ruso, y por la rebelión interna de un grupo que él mismo apadrinó, revela a ojos de los dirigentes chinos un creciente descontento social, un agravamiento de la rivalidad entre las elites rusas, y una notable incompetencia estrátegica. Sobre esas bases, la pretensión de Xi de que él y Putin podrían reconfigurar el orden internacional, según le dijo a las puertas del Kremlin hace sólo tres meses, parece cada vez más alejada de la realidad. El debilitamiento del socio imprescindible en su enfrentamiento con Occidente obliga a Pekín a asumir una posición mucho más prudente. La opción pragmática consistiría en intentar reducir las tensiones con Washington y la Unión Europea, pero las convicciones ideológicas de Xi y los tiempos que se ha marcado para avanzar en sus objetivos, pueden conducir en realidad a una desconfianza aún mayor en las democracias liberales.

La vinculación con Moscú no va a desaparecer. Cualquier otro dictador ruso seguirá necesitando a Pekín. Eso sí, ni podrá tener el tipo de relación que Xi ha mantenido con Putin—al que llamó su “mejor y más íntimo amigo”—, ni estará dispuesto a depender en tan alto grado de la República Popular como precio para continuar la guerra en Ucrania. Y China, que ya tiene suficientes problemas en su periferia marítima, tendrá que volver a prestar atención a un espacio que había desaparecido como preocupación de seguridad tras su normalización y desmilitarización a finales de los años noventa—los 4.200 kilómetros de frontera continental con Rusia—, por no hablar del control del arsenal nuclear ruso.

INTERREGNUM: Blinken en Pekín, Modi en Washington. Fernando Delage

Llamar dictador a Xi Jinping como hizo el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, sólo un día después de que el secretario de Estado, Antony Blinken, se reuniera con el presidente chino, no parece la mejor manera de encauzar las relaciones bilaterales. Quizá Biden sólo tenía in mente a los votantes y legisladores republicanos, y no esperaba mayores consecuencias de sus palabras: sabe—como le transmitiría Blinken—que también Pekín necesita un cierto grado de estabilidad en las relaciones con Washington. La reciente visita del primer ministro indio, Narendra Modi, a Estados Unidos ha sido la indicación más reciente de los límites a la capacidad de maniobra de la República Popular.

El ministro de Asuntos Exteriores, Qin Gang, el jefe de la diplomacia china, Wang Yi, y el presidente Xi atendieron sucesivamente a Blinken. Pese al reparto de tareas y de tiempo (un importante número de horas los dos primeros y apenas 30 minutos Xi), los líderes chinos mostraron su disposición a restaurar la normalidad en los contactos. Una voluntad que podría parecer contradictoria, sin embargo, con el repetido mensaje de que ha sido Estados Unidos el culpable del deterioro en las relaciones al rechazar una “actitud racional y pragmática” hacia China. Las dos partes acordaron “continuar las discusiones acerca de los principios que deben guiar la relación”, si bien Pekín rechazó la posibilidad de un diálogo entre las fuerzas armadas de ambos países.

Si no hubo resultados sustanciales de la visita de Blinken, quedó claro al menos el interés compartido en prevenir un conflicto. Los dos gobiernos son conscientes de la naturaleza estructural de sus divergencias, por lo que se trata de minimizar riesgos y evitar choques accidentales. Si Xi asiste en noviembre a la cumbre de APEC en San Francisco, habrá una oportunidad para seguir avanzando en esta dirección, aunque la proximidad de las elecciones presidenciales de 2024 no propiciarán una posición menos polarizada por parte norteamericana hacia China.

La reanudación de los contactos diplomáticos al más alto nivel no implica por lo demás un cambio de estrategia. Justo antes del viaje de Blinken a Pekín, el asesor de seguridad nacional, Jake Sullivan, visitó Japón e India con el fin de coordinar posiciones con respecto al “desafío chino”, mientras que la visita de Estado de Modi a Washington confirma la consolidación de una asociación estratégica que inquieta a la República Popular y será una de las variables clave en la reconfiguración del orden asiático y global.

Aunque hace ya dos décadas que comenzó el acercamiento entre Estados Unidos e India, en los últimos años ha adquirido un impulso sin precedente. Si cuatro sucesivos presidentes norteamericanos han visto el valor de India como socio económico y estratégico, dos gobiernos de distintos partidos en Delhi han concluido igualmente que Washington es un factor imprescindible para su prosperidad y seguridad. Las dos mayores democracias del planeta deberían ser socios “naturales”, pero en realidad es la coincidencia de sus intereses más que sus valores lo que orienta su aproximación. La administración Biden prefiere, de hecho, ignorar el deterioro de la democracia india bajo Modi ante las ventajas que puede ofrecerle en su estrategia hacia China.

Frente al imperativo de corregir la dependencia de las cadenas de valor chinas, India puede convertirse no en un sustituto pero sí en una de las principales alternativas, por lo que Washington le ofrecerá capital y tecnología, además de coordinar sus políticas industriales (de manera destacada en la producción de semiconductores). Especial atención se prestará al terreno militar, lo que permitirá a India minimizar a su vez su dependencia del armamento ruso. Mientras Estados Unidos avanza en su política de diversificación con respecto a China y de aislamiento de Rusia, India podrá desarrollar su sector tecnológico y competir globalmente con la República Popular, además de jugar sus propias cartas ante el eje Pekín-Moscú.

Afrontar el desafío geopolítico chino y garantizar la estabilidad del Indo-Pacífico es, en efecto, la segunda motivación por la que Delhi y Washington se complementan. Sin tener que convertirse en su aliado (posibilidad que sería contraria a su cultura estratégica), India verá reforzada su autonomía mientras continúa construyendo su ascenso como gran potencia económica (tendrá el tercer mayor PIB del planeta antes de que termine está década) y diplomática (compitiendo con Pekín por el liderazgo de los países del Sur Global).

EE.UU.: gestos de distensión con China

La visita de Antony Blinken, secretario de Estado de EE.UU., a China, y su encuentro con Xi Jinping revelan un esfuerzo norteamericano por contener la tensión con China, objetivar los puntos de máxima tensión y reforzar los canales de contacto que deben funcionar antes de que un choque o un desencuentro deriven en un conflicto de mayor envergadura.

Aunque, según se ha sabido tras las reuniones, la mayor parte de la conversaciones han tratado de buscar soluciones para encauzar las diferencias comerciales y la necesidad de respetar las reglas del libre comercio internacional, que China ignora en su mayor parte, es importante la reafirmación por parte de EE.UU. de que no van a apoyar una declaración unilateral y formal de independencia por parte de Taiwán.

Como es sabido, Taiwán, como sistema político diferenciado de la China continental, nace de la instalación en el territorio insular de los derrotados por el asalto al poder en 1949 por parte de los comunistas chinos liderados por Mao Tse Tung. Tras etapas de autoritarismo, Taiwán ha devenido un en una democracia de éxito, político y comercial, homologable a los países mas desarrollados. Pero, hasta hace poco, Taiwán se ha considerado China, democrática pero china, y ha aspirado a una reunificación bajo un régimen democrático. Desde Pekín se pretende, y se amenaza, restaurar la unidad, si hace falta con la fuerza bajo su sistema autoritario.

Mientras, en Taiwán ha ido apareciendo fuerzas, y no precisamente minoritarias, que plantean dejar de obsesionarse con lograr una reunificación democrática y proclamar la independencia sin excluir una unidad a más largo plazo. Y ese proyecto, que sería más propagandístico y simbólico que otra cosa, es inadmisible para una China que teme que encuentre apoyos occidentales. EE.UU. nunca ha abonado esa idea, aunque mantiene excelentes y cada vez más estrechas relaciones con la isla.

El crecimiento del independentismo taiwanés, unido a los choques comerciales chino-estadounidenses y el descenso del ritmo de crecimiento en China, han hecho aumentar las presiones de Pekín sobre la isla, en realidad sobre todo el mar de la China meridional, con incursiones militares, problemas para el tráfico marítimo y declaraciones altisonantes que han sido respondidas con un aumento de unidades militares estadounidenses en la región, un fortalecimiento de la alianza regional de Australia, Reino Unido y EE.UU. con Japón, Filipinas y Corea del Sur. Este escenario cada vez más explosivo necesitaba alguna iniciativa de distensión y eso es lo que ha intentado e intenta Antony Blinken. China necesita tiempo para rearmarse más y EE.UU. necesita reevaluar la situación y enfriarla. La situación es proclive a un enfriamiento pero no a una distensión duradera, que requeriría al menos una admisión por parte de China de que una acción militar en Taiwán no es factible, no sólo por razones éticas y de legalidad internacional sino porque puede no obtener los objetivos que busca. Una desescalada es un avance, pero como el conflicto de Ucrania demuestra cuando los Estados autoritarios creen que sus conceptos geoestratégicos están por encima de todo, suelen general tragedias aunque, a la larga, su propia derrota.

Blinken finalmente visitó Beijing. Nieves C. Pérez Rodríguez

El esperado y pospuesto viaje del secretario de Estado, Antony Blinken, a China, se llevó a cabo entre el pasado domingo y el lunes en una intensa jornada de reuniones de alto nivel que incluyó un encuentro con el líder supremo de la nación. Blinken tenía previsto hacer una visita oficial a principios de este año a China que la Administración Biden se vio obligada a suspender debido al incidente del globo espía chino que sobrevoló los Estados Unidos de costa a costa.

El esperado encuentro de alto nivel entre las dos potencias adversarias era considerado clave para conseguir un efecto neutralizador de las altísimas tensiones que hemos vivido en lo que va de año. Que vale la pena apuntar que no es una tirantez exclusiva de la Administración actual; por el contrario, la mayor escalada de tensiones entre Washington y Beijing se produjo durante los años en los que Trump ocupó la Casa Blanca con la llamada guerra comercial o guerra tarifaria.

Para los estadounidenses, China no sólo es un competidor comercial sino un actor internacional de altísimo perfil que no sigue las reglas internacionales de convivencia; por lo tanto se ha convertido en un dolor de cabeza y un peligro inminente. Pero, en busca de un acercamiento que pudiera bajar la tensión y reanudar el diálogo, el secretario de Estado visitó Beijing con la esperanza de frenar el deterioro de las relaciones y, de paso, quizás conseguir un acercamiento en temas como Ucrania, las provocaciones en el mar del sur de China o un intento en bajar la temperatura en el estrecho de Taiwán.

En palabras del propio Blinken “el viaje a China tuvo como propósito fortalecer los desafíos de comunicación de alto nivel, aclarar nuestras posiciones e intenciones en áreas de desacuerdo y explorar áreas en las que podríamos trabajar juntos cuando nuestros intereses se alineen con desafíos transnacionales compartidos”.

Una vista de este nivel no ocurría desde hace casi cinco años y curiosamente parece que uno de sus logros es que ambas partes reconocieron la necesidad de estabilizar las relaciones y ese podría definirse prácticamente como el gran avance. Sin embargo, si se hace un análisis de lo que se sabe la conclusión quizá no es tan positiva.

En primer lugar, fueron los estadounidenses los que fueron a China. Cruzaron el planeta para expresarles su preocupación por su negación al diálogo bilateral. Aun cuando esta preocupación ha sido trasladada en público por distintas vías.

El encuentro entre Blinken y Xi sólo tuvo una duración de 35 minutos, lo que es realmente corto considerando que se hacen traducciones simultaneas. En conclusión, cada uno tuvo unos 10 minutos para exponer su posición y unos cinco minutos para intercambiar opiniones. Pero desde el punto de vista de propaganda o liderazgo, los que más se benefician son los chinos que consiguen que la primera potencia y a la que China debe en parte su crecimiento y mayor número de exportaciones les visite en casa a pesar de que les humillaron con la presencia del globo espía en territorio estadounidense.

Igualmente, la visita de Blinken dejó la promesa de una serie de visitas de otras autoridades americanos como la secretaria del Tesoro, Janet Yellen, la secretaria de Comercio, Gina Raimondo, o el enviado especial para el cambio climático John Kerry. Mientras que China acordó que Qin Gang, el canciller chino visite Washington pronto.

El Partido Comunista Chino había venido presionado fuertemente para que Washington enviara a estos altos cargos previamente a la visita del secretario de Estado y acertadamente no se les había concedido. La realidad es que ambas economías están realmente interconectadas, pero China necesita venderle a su principal comprador, y la arrogancia con la ahora China gestiona sus relaciones debe ser más ecuánime.

Bonnie Glaser, una de las más respetadas expertas en Washington sobre China, tuiteó su lectura de la reunión entre Blinken y Xi en la que comienza por exponer que la ha dejado con gran preocupación que Xi haya dicho que la competencia entre las principales potencias no se ajusta a la tendencia de los tiempos. Mientras que por su parte la Administración Biden ha venido trabajando en convencer a los chinos de que acepten la competencia como pilar de la relación y reconozcan que es esencial trabajar juntos para gestionar la competencia y evitar que la competencia se convierta en conflicto.

Glaser dice encontrar decepcionante que el encuentro no haya arrojado un auténtico avance, aun cuando ambas partes afirmaron que acordaron estabilizar sus relaciones.

Y aunque parezca una pregunta retórica cabe hacerla, ¿valió la pena de que el secretario de Estado le hiciera una visita a su principal socio y competidor comercial? Y aunque el diálogo siempre es fundamental y la clave para evitar escaladas en los conflictos también es cierto que parece que a los estadounidenses se les ha olvidado que, especialmente cuando se puede y se tiene razón, se debe mantener una posición un poquito menos condescendiente para así enviar mensajes más claros que no puedan ser distorsionados o mal empleados…

 

Viena, sede para conversaciones entre Washington y Beijing. Nieves C. Pérez Rodríguez

Después de unas largas semanas de distancia y especulación, de reuniones suspendidas por el hallazgo del globo espía sobrevolando territorio estadounidense y de dimes y diretes a mediados de la semana pasada, finalmente se reuneron en Austria  Jake Sullivan, el asesor de seguridad nacional de la Casa Blanca, y Wang Yi, el ex canciller de Relaciones Exteriores de China y muy alto rango en las filas del Partido Comunista chino y ahora es director de la Oficina de Relaciones Exteriores del partido.

Aunque poco se ha dicho de los dos largos días de trabajo sostenidos en Viena, el simple hecho de que se materializara la reunión es positivo y puede interpretarse como un pequeño avance en dejar atrás la hostilidad e inactividad en la comunicación de ambas naciones. Han pasado tres meses en los que las comunicaciones en la práctica no han existido y los mensajes se han enviado de manera pública y a través de portavoces oficiales en ruedas de prensa o comunicados y en un tono defensivo y que podría complicar aún más la actual situación internacional en medio de la guerra de Ucrania.

La aparición del globo sucedió en un momento de fuertes asperezas y gran tensión diplomático entre ambas naciones, debido a otros casos de espionaje chino, además de una recesión económica internacional, y en efecto una economía china golpeada como consecuencia de la pandemia. Sumado a los efectos que ha generado la guerra de Ucrania en el coste y distribución de combustible y cereales.

La Administración Biden se vió forzada por la presión interna a mostrar un tajante rechazo a China, aunque ciertamente no suele ser su estilo. Tuvo que hacerlo ante el desconcierto y los duros comentarios del partido de oposición y la prensa informando sin parar durante días sobre la violación territorial que significó el globo y su carácter de espía mientras China por su parte se mostraba ofendida por el derribo del artilugio. A razón de ese episodio, el secretario de Estado, Antony Blinken, suspendió su viaje a China y se enfriaron casi todos los canales de comunicación durante un tiempo. Pero la reunión en Viena puede ser un acercamiento previo al G7 que tendrá lugar en Japón el 19 de mayo. Aunque, ciertamente, Blinken conversó brevemente con Wang a pocos días del incidente del globo en Múnich, en el marco de la Conferencia de Seguridad Nacional, pero sin conseguir avances.

A principio del mes de mayo China extendió una invitación a John Kerry, el encargado especial para el cambia climático, pero sin haberse dado fecha públicamente. Se especula que Kerry es cercano a los chinos por los intereses económicos y negocios de su esposa en China. Por lo que, claramente, para Beijing Kerry es mucho más afable y próximo a ellos que otros funcionarios de la Administración.

Así mismo se informó de que el embajador americano en China conversó con el canciller chino el pasado 9 de mayo. Probablemente parte de esa conversación hizo que la reunión de Viena se llevara a cabo aderezada además por los positivos comentarios públicos expresados por la secretaria del Tesoro sobre la necesidad de mantener un diálogo respetuoso entre ambos países a finales de marzo.

Mientras tanto, el Pentágono ha intentado mantener un canal de comunicación abierto con el Ministerio de Defensa chino, pero dado que Li Shangfu, el ministro de defensa, fue sancionado por Washington la Administración no se ha conseguido ningún avance por esa vía.

Algunos analistas estadounidenses creen que la Casa Blanca estaba en conversaciones para conseguir la liberación de algunos presos americanos en China, que valga decir ha sido una de las políticas más consistentes de la Administración Biden desde que tomó el poder. Sin embargo, justo el lunes de esta semana se hacía público que un preso estadounidense de 78 años fue sentenciado de por vida por espionaje. Sentencia que podría volver a poner en jaque las relaciones bilaterales.

Claramente, Beijing está jugando una carta interesante. Sé sabe que los representantes de la Casa Blanca van por el mundo intentando conseguir la liberación de sus presos al precio que sea. Lo han hecho ya en distintos momentos, al régimen de Maduro le liberaron los sobrinos de la mujer de Maduro que estaban presos por narcotráfico, un delito muy grave en este país. a cambio de un par de empresarios estadounidenses apresados en Caracas para poder conseguir el trueque. Lo hicieron con la baloncestista estadounidense, Brittney Griner, apresada por Putin  y también liberada. Y hoy seguro que están negociando la liberación de Evan Gershkovich, el periodista del Wall Street Journal retenido.

El Partido Comunista chino está presionando para conseguir algo más de Biden o simplemente tener más a su favor a la hora de exigirle algo. Lo increíble es que Biden se deja manipular y juega bajo las reglas de los autócratas para conseguir que sus ciudadanos regresen a casa.

Necesitamos más conversaciones y relaciones distendidas, sin duda alguna, pero también necesitamos que Estados Unidos se mantenga firma y exija que se mantenga el cumplimiento de las reglas internacionales y que el estado de derecho internacional sea respetado y no abusado por los tiranos.

China y Venezuela se acercan. Nieves C. Pérez Rodríguez

hina se acerca nuevamente a Venezuela después de que el reconcomiendo internacional del gobierno interino de Guaidó y la pandemia enfriara las relaciones bilaterales a pesar de que se habían prometido apoyo desde el comienzo del chavismo en la nación suramericana. Nuevamente Beijing se acerca al régimen de Maduro y mantienen conversaciones que en algunos casos se toman la molestia de dar a conocer públicamente.

Está claro que con el acercamiento de la Administración Biden, el levantamiento de algunas sanciones al régimen y su interés en el petróleo venezolano desde que Rusia invadió a Ucrania ha hecho que China no necesite ser discreto en sus contactos, ni siquiera guardar las formas como intentaron hacer durante la época en la que Guaidó fue reconocido por más de sesenta naciones del mundo.

China, por su parte, ha retomado intensamente su agenda internacional a raíz del levantamiento de la estricta política del “Cero-Covid” y ha vuelto a su dinámica de invitaciones y sus visitas, recibiendo delegaciones y jefes de Estado, así como enviando altos funcionarios al exterior. Xi Jinping, por su parte, está claramente aprovechando la guerra en Ucrania para ganar protagonismo, voz internacional y convertirse en el mediador “imparcial” ante la presión de Occidente a Rusia para acabar la guerra.

A mediados de marzo, Beijing organizó un encuentro internacional de partidos y organizaciones políticas de varios países en el que Xi, como líder internacional y secretario del Partido Comunista chino, aprovechó el escenario para hablar de “la necesidad de la tolerancia, la convivencia, los intercambios y cómo el aprendizaje mutuo entre diferentes civilizaciones juegan un papel único en el avance del proceso de modernización de la humanidad”. Bajo el lema Por el camino de la modernización y la responsabilidad de los partidos políticos fueron los organizadores y anfitriones del encuentro.

En este encuentro virtual Maduro también aprovechó para afirmar que “se acabaron los tiempos de los imperios, que nadie ponga en duda que ha llegado la hora de la articulación de un nuevo mundo multipolar” con el propósito de apoyar la idea de la caída de los Estados Unidos mientras respaldaba la propuesta de Xi quien a su vez llamaba al “trabajo conjunto para proteger las reformas del sistema de gobernanza global e impulsar un orden internacional más justo y razonable”.

Mostrando su liderazgo, el líder chino invitó a los políticos a ser audaces en su proceder y explicó la necesidad de romper los paradigmas de pensamientos establecidos.

Además de Venezuela, Bolivia, líderes como el secretario de la asociación islámica de Pakistán, El Partido islámico unido de Irán, el Partido Comunista de Cuba, el Partido Revolucionario del pueblo de Laos y el Partido Progresista del Pueblo Trabajador de Chipre, entre otros, participaron en el evento y mostraron su apoyo a los fundamentos que sirvieron de inspiración para el encuentro.

China ahora tiene problemas económicos propios, aunque ha conseguido recuperarse ligeramente en el último trimestre. Pero ciertamente se enfrenta a grandes retos domésticos y el cobro de los préstamos internacionales que concedieron y cómo gestionar el cobro de los mismo y, aunque como acreedor puede legalmente reclamar los pagos, el problema radica en la forma como los créditos fueron concedidos, a quienes fueron otorgados e incluso las garantías que les dieron y ciertamente esta situación no es exclusiva ni de Venezuela, ni de América Latina y el Caribe tal y como sostiene Margaret Myers, experta del Think Thank estadounidense The Dialogue.

El mayor número de créditos se concedieron a partir del 2007 de manera interrumpida hasta el 2019 en países estratégicos por sus recursos. Venezuela, Brasil, Ecuador y Argentina fueron los mayores receptores. La tendencia cambia ligeramente a partir del 2020 y los créditos no sólo se reducen considerablemente sino que también se conceden a empresas chinas para desarrollarlos en los países receptores en vez de los gobiernos.

El 60% del total de los créditos que China otorgó en Latinoamérica y el Caribe se dirigieron a Venezuela en ese periodo de tiempo, directamente a entidades gubernamentales de acuerdo con Ann Lee -reconocida internacionalmente como una autoridad en las relaciones económicas chinas- egresada de la escuela de negocios de Harvard.

Sin duda que la razón por la que ha habido una caída considerable de los préstamos concedidos por el Banco de Desarrollo de China, el Banco de exportación e importación de China se debe a que Beijing está priorizando sus objetivos internos en China y buscar salidas a los problemas económicos internos, como la crisis de bienes raíces que seguro es uno de los mayores dolores de cabeza del PC chino y lo será por un largo tiempo.

Inicialmente, China concedió muchos de sus créditos en Latinoamérica con el respaldo del petróleo y dentro del plan de desarrollo de la Iniciativa de la Ruta de la Seda. El problema fue que los precios del petróleo se desplomaron y eso generó otra crisis de pagos como sucedió con Ecuador y Venezuela. Hoy vemos una tendencia distinta. China ahora concede mucho menos créditos y más pequeños y se centran en sectores que tengan intereses en el desarrollo de la economía china más intrínsecamente.

Aunque es importante hacer notar que la información suministrada por China y/o Venezuela no suele conocerse en profundidad, por lo que el monitoreo de los acuerdos, la evaluación de riesgos, y el éxito de estos en la mayoría de los casos es verdaderamente difícil de llevarse a cabo. En efecto, parte de los desastrosos créditos concedidos por China se han hecho públicos cuando el proyecto para el que se aprobó el crédito dejo atrapado al país en una deuda impagable, lo puede llevar a la quiebra al propio Estado receptor, como es el caso de Sri Lanka, o el innumerable derrumbe de infraestructura construidas por China en muchas naciones, o incluso los tremendos daños ecológicos de muchos de los proyectos que han sido denunciados por diversas organizaciones.

Durante los primero 19 años del siglo XXI China se dedicó a conceder créditos de exportación, subvenciones, acuerdos de restauración de deuda, asistencia técnica y becas, años en que la economía china crecía a una velocidad espectacular. Hoy la realidad es otra por lo que Beijing está seleccionando más perspicazmente en cuales sectores invertir y que a su vez sean críticos para su recuperación económica.

Venezuela, por su parte, es el mayor acreedor de la deuda china en distintos sectores, por lo que Beijing no dejará zafarse a Maduro y menos ahora que poco a poco ha recuperado cierta legitimidad y que de cara a la galería la economía del país da señales de mejora. Y aunque todo es un efecto de espejismo que concentra no más que el 2% de la población.

En este sentido, altos funcionarios chinos viajaron a Caracas el mes pasado para asistir a reuniones con sus homólogos venezolanos para discutir la reestructuración de los créditos concedidos a Venezuela. De acuerdo con fuentes oficiales, en las reuniones se habló de potenciar las relaciones en el plano de telecomunicaciones y petróleo, aunque la información del encuentro fue reportada por los medios oficiales con pocos detalles de los acuerdos se hicieron públicos.

Antes de esas reuniones y oportunamente, Maduro condecoró con honores al embajador chino en Caracas, Li Baorong, el pasado mes de marzo como una señal de amistad y lazos profundos entre las naciones e hizo un show mediático para no dejar pasar el momento desapercibido.

China tiene ya ganado al presidente brasileño, Lula da Silva, quien incluso afirmó públicamente estar a favor de la idea de Xi de crear un sistema financiero paralelo al establecido. Rusia y China están usando ya ese sistema para poder continuar sus intercambios en los que ambos se benefician, China porque prácticamente define el precio del petróleo ruso y Rusia porque no se queda atrapada en las sanciones de Occidente.

Es muy posible que a Maduro ya lo estén convenciendo de entrar en el sistema financiero paralelo para materializar parte de los pagos, aunque ciertamente que no han cumplido previamente, o estén presionándolo para pagar con otro tipo de recursos que posee la nación suramericana que necesita el gigante asiático. Pero un sistema de intercambios de divisas propio podría convertirse en un mecanismo muy peligroso para cubrir una larguísima lista de actividades ilícitas.

La relajación de las sanciones de manos de la Administración Biden a Venezuela pasará un alto precio a la región, a sus problemas migratorios, de narcotráfico, de seguridad, de libertades, pues ha sido un mensaje verdaderamente confuso para las democracias y ni que decir para los dictadores. China como suele suceder aprovecha la situación para sacar partido y beneficio propio.

INTERREGNUM: Lula en China. Fernando Delage

Un efecto de la virtual suspensión de los contactos al más alto nivel entre China y Estados Unidos es que Pekín se ha volcado en su atención a dirigentes de otros paises. A la sucesión de visitantes europeos y asiáticos se han sumado asimismo en tiempos recientes un considerable número de líderes de África, Oriente Próximo y América Latina, dando una clave sobre cómo la República Popular está respondiendo a las tensiones con Washington. La semana pasada fue el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, uno de los principales representantes del Sur Global, quien visitó a Xi Jinping.

Desde su regreso a la presidencia, Lula ha dado un nuevo impulso a la política exterior brasileña, persiguiendo tanto objetivos políticos como económicos. Aspira a que el gigante del subcontinente juegue en la liga de los grandes y a promover la atracción de inversiones y comercio, dejando atrás el periodo de relativo aislamiento internacional causado por su antecesor, Jair Bolsonaro. China es uno de los principales socios que puede ofrecerle lo que busca, mientras Brasilia contribuye a su vez a las pretensiones exteriores de Pekín. Ambos países defienden un orden multipolar y unas estructuras multilaterales que no estén lideradas por Occidente.

“Queremos elevar el nivel de la asociación estratégica entre nuestros países, expandir los intercambios económicos y, junto con China, equilibrar la geopolítica global”, dijo Lula durante su visita. Los dos gobiernos firmaron más de una docena de acuerdos por valor de 10.000 millones de dólares, destinados a las inversiones en infraestructuras; al fomento del comercio (que el pasado año superó los 150.000 millones de dólares: China atrajo el 27 por cien de las exportaciones brasileñas); o a la construcción de satélites, entre otras áreas. Lula también visitó la sede de Huawei, la conocida empresa de telecomunicaciones sujeta a sanciones norteamericanas. La pertenencia compartida al grupo de los BRICS—junto a India, Rusia y Suráfrica—también explica varios de sus mensajes. En un discurso pronunciado en Shanghai, sede del Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS (que por cierto estará dirigido durante los próximos años por la expresidenta brasileña Dilma Rousseff), Lula hizo hincapié en la necesidad de sustituir al dólar como principal divisa de referencia.

Las palabras del líder brasileño a favor de una nueva dinámica geopolítica que permita transformar las reglas e instituciones de la gobernanza global coinciden con la reorientación de la diplomacia china hacia el mundo emergente. Considerando que la globalización de corte occidental está llegando a su fin, y que sus intereses y ambiciones nacionales demandan la prioridad de los objetivos políticos y de seguridad sobre los económicos, Pekín intenta avanzar en la construcción de un orden global paralelo, libre de toda interferencia de las democracias liberales.

Brasil no puede permitirse, sin embargo, una posición hostil hacia Estados Unidos. Tampoco puede obviar las consecuencias de la creciente presencia china en América Latina. De manera no muy diferente a cómo la República Popular tensiona las relaciones entre Estados Unidos y Europa, también complica, en efecto, las relaciones entre Brasil y sus vecinos, así como el desarrollo de la integración suramericana, una de las preferencias estratégicas de Lula. El aumento de los intercambios entre China y los Estados latinoamericanos se ha traducido en una caída del comercio intrarregional, una tendencia que afecta igualmente a los intereses europeos. Si Bruselas no avanza en la firma de un acuerdo con Mercosur, el grupo al que pertenecen las principales economías suramericanas y con el que se negocia un pacto comercial desde hace 23 años, la región quedará sujeta a una aún mayor influencia china, desplazando a las empresas europeas.

 

Y finalmente Lula visitó a Xi en casa. Nieves C. Pérez Rodriguez

El presidente Lula parece estar tomando muy en serio su oportunidad de convertirse en un destacado líder internacional. Así lo prueba su visita a China para firmar una serie de acuerdos bilaterales, encontrarse con Xi Jinping y apoyar, tal y como el mismo Lula al cierre de su viaje afirmó, una “mediación conjunta para la guerra de Ucrania entre China, los Emiratos Árabes Unidos, China y Brasil”, mientras acusó a Estados Unidos y Europa de prolongar el conflicto.

Se produjo así la materialización de la visita programada para mediados de marzo y pospuesta de acuerdo con la versión oficial debido al estado de salud del mandatario brasileño. Sin embargo, fuentes no oficiales afirmaron que Lula necesitaba estar en Brasil en el momento en que el ex presidente Bolsonaro regresaba de Florida, donde pasó varios meses supuestamente porque se estaba sometiendo a un tratamiento médico. Y aunque a ambos líderes se les conoce que tienen considerables vulnerabilidades de salud, en ninguno de los casos la versión dado por ellos parece coincidir con la verdad.

Lo que sí parece ser cierto es que Lula decidió hacer esperar a Xi Jinping unas semanas y se quedó en casa para dar aires de normalidad y estar presente en caso de que se presentara otra situación irregular del corte de un intento de golpe de Estado.

Aunque posterior a lo agendado, China lució su ritual de recibimiento de visitas de Estado para acoger al presidente Lula. La planificación de cada momento y el extenso repertorio de protocolos que ensalzan los símbolos del Partido Comunista chino como la obligada parada en la Plaza de Tiananmen donde las imágenes de video y las fotos glorifican la suntuosidad de la dimensión de la plaza, el Gran Salón del Pueblo de fondo al ritmo de centenares de soldados chinos marchando fueron sólo una parte del cuidado ceremonial que se desplegó durante los cuatro días que duró la visita.

En ese idílico ambiente creado por el PC chino Lula desafiaba informando que quería una relación más profunda con China, que trascendiera del comercio, que se traduce en profundizar las relaciones existentes al plano social, cultural, científico e ideológico.

China es el principal socio comercial de Brasil. En efecto, la balanza comercial favorece a Brasil con un superávit de 62.000 millones de dólares en su favor debido a exportaciones en los sectores agrícola, minero y petrolero. Por su parte una larga lista de empresas chinas tiene participación y presencia en Brasil, como en el sector de telecomunicaciones. Huawei, desde la década del 2000, opera en Brasil y actualmente está construyendo centros de datos y es uno de los principales proveedores de tecnología en el desarrollo del 5G en el territorio brasileño.

En un tono desafiante, Lula aprovechó la ocasión para mencionar en un discurso que visitó la sede de Huawei y aseguró que no tienen sesgos en su relación con China y que “nadie puede impedirle a Brasil mejorar sus relaciones con el gigante asiático”.

Otro punto clave de la visita para Lula fue remarcar la importancia del BRICS como grupo económico que incluye a China, Brasil, Rusia, India y Sudáfrica y las alternativas que ofrece. En ese sentido volvió hacer referencia a lo importante de un sistema paralelo al dólar para los intercambios internacionales. Sistema que Xi entiende como clave para continuar el camino de la independencia de Estados Unidos pues automáticamente previene la alineación con EEUU.

Lula aboga por la creación de un club de paz también como una alternativa básicamente a lo existente desde el fin de la II Guerra mundial. Razón por la que propone una “mediación conjunta en la guerra de Ucrania, lo que parece ser música para los oídos de Beijing, porque, aunque China ciertamente no ha públicamente apoyado a Putin en su cruel invasión, está claramente alineado con el Kremlin para ayudarles a ganar tiempo, no dejarlos caer económicamente y beneficiarse incluso de los productos que ya no le compran los que están en contra de su guerra.

No es casual que el ministro de exteriores ruso, Sergei Lavrov, llegará a Brasilia y tendrá un encuentro con su homólogo brasileño, Mauro Vieira. Mientras que, en el otro lado del mundo, durante el fin de semana el ministro de Defensa chino, Li Shangfu, llegó al Kremlin para reunirse con el mismo Putin en una visita de cuatro días que deja ver la importancia que China da a Moscú. Una triangulación más que fortuita y provechosa para las partes.

Lula está priorizando “recuperar la reputación internacional de Brasil”, lo que viene a decir, dejar atrás la época de Bolsonaro y dar aires de renovación en un intento cargado de pragmatismo. Así lo prueba la discreta visita a Moscú hecha por Celso Amorim, un veterano político brasileño, quien ha tenido diferentes posiciones en el alto gobierno desde los años ochenta y quién es hoy el asesor en materia de política exterior de más alto nivel de Lula.

En una entrevista concedida al Global Times. Amorin afirmó que la visita de Lula a China es muy importante porque es la primera visita fuera del continente a tan sólo tres meses de haber tomado posesión del cargo presidencial. Así mismo afirmó que ambos países tienen un importante rol, el de construir un mundo más multipolar en donde el poder no se encuentre centralizado, y no prevalezcan las hegemonías.

Brasil es el mayor comprador de fertilizante de Rusia, por transacciones de cerca de 2 mil millones de dólares en 2019. Y aunque Rusia está sancionada en estás áreas, y en efecto los europeos han dejado de comprarle no sólo fertilizantes, sino productos químicos, petróleo y gas, los intercambios han sido compensado con la compra de estos rubros por China e India de acuerdo con Keith Bradsher periodista del New York Times.

La visita es un reflejo de la importante relación comercial y política entre Brasil y China y el pragmatismo de Lula de potenciar esas relaciones y darles un carácter más estratégico. A la vez, Brasil necesita de los fertilizantes rusos para poder mantener su producción agrícola por lo que cargado de pragmatismo Lula prefiere jugar a crear un “club de paz” que le permita mantenerse fuera de la alineación con Washington para así poder justificar que siga comprándole a Rusia lo que necesita.

Mientras, a Occidente parece costarle cada vez más continuar aumentando apoyos para Ucrania, titulares como el de CNN “líderes mundiales hacen filas para reunirse con Xi Jinping” , parece explicar bien la nueva situación internacional.