THE ASIAN DOOR: Reinventando el sector salud con Ping An y Tencent. Águeda Parra

El envejecimiento de la población de China ha pasado de ser una preocupación para el gobierno chino a convertirse en una cuestión de máxima prioridad. El sueño del presidente Xi Jinping de alcanzar el “rejuvenecimiento de la nación china” tiene como objetivo un incremento demográfico que evite el colapso del desarrollo económico del país. Pero entre los grandes desafíos que plantea el envejecimiento de la población también figura la presión que ejerce para la sanidad un número creciente de personas mayores.

Entre las principales economías mundiales, el sector de la salud de China es el que más rápido crece, pasando de representar un 4% del PIB en 2007 al 6% en 2018, aunque todavía se sitúa por detrás de otras grandes potencias como Estados Unidos, que dedica un 17%, y el 9% del Reino Unido. Pero las previsiones indican que crecerá un 12% anual hasta alcanzar el billón de dólares en 2020, pudiendo alcanzar los 2,3 billones de dólares en 2030, según un informe de McKinsey & Company.

Protagonistas de primer nivel de la revolución tecnológica que vive China, las startups chinas están surgiendo como los mejores aliados del gobierno para impulsar el sector de la salud del país. Los avances en inteligencia artificial, big data y cloud computing que están aportando los BAT (Baidu, Alibaba y Tencent) forman parte de la capacidad de innovación tecnológica que está alcanzando el gigante asiático con el impulso del Made in China 2025. Gracias a la incorporación de los grandes titanes tecnológicos se estima que el mercado de salud online de China alcance los 2.610 millones de dólares en 2019, lo que representa un crecimiento interanual del 17,2% respecto al año anterior, según datos de iResearch. De esta forma, China podría mejorar los servicios de salud del país incorporando las nuevas tecnologías aunque todavía sufra de una importante escasez de médicos en comparación con los países desarrollados. En el caso de las economías de la OCDE, la asistencia sanitaria contempla 3,19 médicos por cada 1.000 personas, mientras que en China la proporción desciende hasta los 2,22 médicos por cada 1.000.

Una de las grandes apuestas es Tencent Trusted Doctor, que después de conseguir 250 millones de dólares en una ronda de financiación, ha situado el valor de la compañía en más de 1.000 millones de dólares. Actualmente cuenta con 440.000 médicos que atienden a más de 10 millones de pacientes online a los que ofrecen el servicio de reconocimiento médico en línea, la posibilidad de realizar envíos de medicamentos gracias a las compras online que permite la aplicación e incluso la opción de solicitar consultas médicas en hospitales físicos. Estos servicios se encuentran disponible a través Tencent Health, una aplicación accesible desde WeChat, el emblema de Tencent en el complejo ecosistema tecnológico de China.

La apuesta de Ping An, empresa de seguros del grupo Alibaba, compite en el sector de la salud en China con Good Doctor, una iniciativa que conjuga perfectamente la estrategia omnicanal que tan buenos resultados está aportando al titán tecnológico. En esta apuesta por la diferenciación, las más de 1.000 cabinas de 3 metros cuadrados conocidas como “clínicas de un minuto” realizan un diagnóstico a los más de 228 millones de usuarios registrados, equivalente a toda la población de Canadá, Estados Unidos y México. En el millar de unidades disponibles en 8 provincias, los médicos virtuales ofrecen el diagnóstico sobre 2.000 enfermedades comunes en base a los beneficios que aporta la inteligencia artificial y los datos de más de 300 millones de consultas previas, al que después le sigue la interacción con un médico real por videoconferencia. La facilidad de conseguir el medicamento offline desde la propia cabina completa el servicio que ya proporcionaba Ping An de realizar las compras de medicamentos online en farmacias.

Los avances en los servicios de salud en China también abarcan al dinámico mercado del equipamiento médico, el segundo más grande del mundo que alcanzó un valor de 75.900 millones de dólares en 2017, lo que representa el 18,8% del total mundial, según los últimos datos oficiales. En este ámbito también destacan los grandes titanes tecnológicos como Baidu, Tencent y Huawei, especialmente por los acuerdos suscritos con otras empresas internacionales especializadas en este mercado. En el caso de Tencent, destaca la colaboración estratégica suscrita con Philips para cooperar en la investigación y desarrollo de dispositivos médicos inteligentes. Un acuerdo al que hay que sumar el alcanzado con la multinacional farmacéutica Novartis con el que se pretende crear una plataforma de redes sociales donde reunir a personas con enfermedades crónicas. En el caso de Huawei, destaca la intención de la compañía china de añadir los dispositivos médicos a sus áreas de negocio, mientras que el último movimiento de Baidu en este sector ha sido la inversión en la empresa Neusoft, un fabricante de equipamiento médico de alta calidad.

Existen ciertos factores que están animando las inversiones en el sector de la salud en China. De una parte, el gobierno debe afrontar un envejecimiento de la población que va a requerir más medios y servicios por parte del sector público. Sin embargo, la inversión privada está saliendo al rescate de una mayor presión sobre el presupuesto gubernamental. Una creciente clase media china con mayor disposición de ingresos, que cada vez tiene una mayor consciencia sobre la importancia de la salud y la calidad de vida, resulta ser el elemento dinamizador más determinante de una nueva era en la sanidad china. Una oportunidad que las empresas extranjeras deberían aprovechar ante las buenas previsiones de crecimiento que plantea el sector en los próximos años y ante los retos tan desafiantes que plantea el sector de la salud en China. (Foto: Davide Simonelli)

Otro éxito de la ingeniería social. Miguel Ors Villarejo

La población china alcanzará en 2029 los 1.440 millones, para entrar a partir de entonces en un declive “imparable”, según la Academia de Ciencias Sociales. Hacia 2065, esta era de contracción habrá devuelto el censo a los niveles de los 90.

No se trata de un fenómeno aislado. Dentro de 20 años, apenas África registrará aumentos demográficos. De España a Noruega, de Chile a Canadá, de Australia a Japón las mujeres dan cada vez menos a luz. Son los gajes del progreso. En las economías primitivas, donde hay que acometer infinidad de pequeñas tareas, los hijos son bienvenidos porque aportan manos con que ejecutarlas. Además, las malas condiciones sanitarias ocasionan una elevada mortalidad infantil y hacen falta muchos partos para sacar adelante un adulto. Disponer de una larga prole tiene mucho sentido.

Este sistema de incentivos se invierte en las sociedades modernas. Por un lado, los adelantos médicos permiten que sobreviva la mayoría de los nacidos. Por otro, el trabajo se sofistica y requiere una formación previa: si en una granja del XVIII estabas listo para ordeñar vacas y echar grano a las gallinas prácticamente desde el momento en que podías andar, ahora no puedes incorporarte al mercado laboral sin pasar antes por el colegio, el instituto y la universidad. Este proceso es lento y costoso, y por eso las parejas optan por un número corto de hijos (tan corto a menudo como uno).

La transición demográfica, que es como se conoce en sociología este fenómeno, es generalmente consecuencia del progreso material, pero en China ha sido fruto de una decisión deliberada: la política del hijo único impulsada en 1980, cuando la progresía mundial concluyó que el modo más rápido de mejorar la renta per cápita no era aumentar la renta, sino reducir la cápita. El resultado es que “el país se hará viejo antes de volverse rico”, escriben Charlie Campbell y Hainan Island en Time.

Esto es un problema. Los mayores ganan poco y, por tanto, consumen menos, lo que ralentiza el crecimiento. Pero, además, esos ingresos no los generan ellos, sino que son transferencias que perciben del resto de la sociedad. Occidente ha desarrollado un gigantesco sistema de previsión, lleno de goteras, es verdad, pero más o menos funcional. En China no han tenido tiempo. Apenas hay pensiones públicas, de modo que la presión recae sobre la descendencia. Cada ciudadano activo debe echarse sobre los hombros a dos padres y cuatro abuelos. Mantener en equilibrio esta pirámide invertida exige mucha productividad y, aunque el Gobierno ha lanzado una campaña para “tener hijos para el país”, las familias están haciendo todo lo contrario: concentrar los recursos en uno solo, con la esperanza de que se convierta en su Seguridad Social particular. Time cuenta la historia de San Tianyi, una niña de tres años que va a clase de ocho a cinco entre semana y los sábados y domingos es sometida a “una vertiginosa dieta de actividades extraescolares: natación, pintura, música, inglés”. Sus padres, un cocinero y una camarera que viven en un piso de dos dormitorios, calculan que llevan gastados 22.000 dólares en la criatura (¡y tiene tres años!). “Confío en que nos cuide cuando envejezcamos”, dice la madre.

El perfil de mujer que empieza a emerger de esta estresante coyuntura no es halagüeño. Una profesora de medicina cuenta que sus colegas y alumnas chinas le dicen a menudo refiriéndose a sus pretendientes masculinos: “Me encanta, pero es demasiado pobre y no creo que pueda casarme con él”.

Es lo que les faltaba a los solteros locales. La combinación de la política del hijo único y una preferencia cultural por el varón hizo que durante décadas se practicara el aborto selectivo y ahora hay un déficit de mujeres que se estima en unos 24 millones. “Imagine”, dice Time, “que toda la población masculina de Nueva York y Texas viviera sola, deprimida y sexualmente insatisfecha”.

Una China angustiada por la vejez, con la infancia consumida en una frenética competencia, cada vez más clasista y con millones de mozos suspirando. El panorama tiene poco que ver con la Arcadia comunista que los ingenieros sociales imaginaron en 1980. (Foto: Matthias Buehler)

La ceguera maltusiana. Miguel Ors Villarejo

Desde que Thomas Malthus argumentara en su Ensayo sobre el principio de la población (1798) que nunca erradicaríamos el hambre, porque la humanidad crecía más deprisa que los alimentos, la natalidad no ha gozado de buena fama. Todavía en 1968 el entomólogo Paul Ehrlich sacudía la opinión pública con La explosión demográfica, un bestseller en el que auguraba la inminente muerte por inanición de millones de personas si no se adoptaban medidas inmediatas y, en 1979, Pekín decretaba la política del hijo único en medio de la aprobación general: dado que el comunismo no lograba mejorar la renta, Mao reducía el per cápita y así le salía una ratio más presentable en las estadísticas.

Las tesis antinatalistas se veían reforzadas por las imágenes de aglomeraciones que nos llegaban de Asia. Al ver los trenes masificados de la India y las riadas de ciclistas chinos pensábamos: ¿cómo van a salir nunca de la miseria si no dejan de reproducirse como conejos? En nuestras cabezas, la realidad estaba compuesta, de una parte, por un planeta de recursos menguantes y, de otra, por una especie de necesidades crecientes. El resultado solo podía ser la explosión de la que hablaba Ehrlich.

Sin embargo, las investigaciones más recientes y, en particular, las del último Nobel Paul Romer ven las cosas de un modo diferente. La realidad no está formada por recursos y necesidades, sino por objetos e ideas. Los recursos surgen de combinar las ideas con los objetos y, aunque estos son limitados, las ideas no lo son y, por tanto, los recursos tampoco. Podemos quedarnos sin carbón (el objeto), pero no sin carburante (el recurso), porque sustituimos las máquinas de vapor por motores de explosión (la idea) que funcionan con gasolina.

Kenneth Boulding publicó en 1966 un ensayo en el que hablaba de “la nave espacial Tierra”, para enfatizar los límites del planeta en el que viajamos, pero estos son más elásticos de lo que su metáfora sugiere, como puso de manifiesto la apuesta que planteó Julian Simon a Ehrlich. “Si son ciertos sus negros augurios”, le vino a decir al autor de La explosión demográfica, “los precios de las materias primas no dejarán de subir. ¿Por qué no coge usted las cinco que quiera y vemos qué ha pasado con su cotización dentro de 10 años?” Dicho y hecho. Asesorado por John Paul Holdren (físico, profesor de Harvard y futuro consejero científico de Barack Obama), Ehrlich eligió el cobre, el cromo, el níquel, el estaño y el tungsteno y, en 1980, suscribió un contrato con Simon.

A lo largo de la siguiente década, la población siguió aumentando y las reservas de metales se mantuvieron estables. “Ehrlich se frotaba las manos”, cuenta en su blog David Ruyet. Pero llegó octubre de 1990 y “para espanto de uno y carcajadas del otro”, se comprobó que las cinco commodities se habían abaratado. El descubrimiento de nuevos yacimientos, la finalización del monopolio del níquel canadiense, las mejoras en la extracción del cromo, la aparición de sustitutivos como cerámicas y plásticos y, en suma, el ingenio del hombre habían conjurado el apocalipsis de Ehrlich.

Esto no significa que vaya a ser siempre así. De hecho, desde comienzos de siglo la tendencia de las materias primas se ha invertido. “No hay ninguna ley de la naturaleza”, observa Ruyet, “por la que los precios de los productos básicos deban bajar inexorablemente”. Pero en cuanto se encarecen más de la cuenta, la gente se busca la vida, lo que reduce la presión alcista. Como comentó en cierta ocasión Don Huberts, un directivo de Royal Dutch/Shell, “la edad de piedra no se acabó porque nos quedáramos sin piedras”. El desarrollo tecnológico nos ha permitido sortear las escaseces antes incluso de que se materializaran.

En esa capacidad para combinar objetos e ideas radica el origen de la riqueza de las naciones y, en principio, más gente debería significar más ideas. ¿Por qué se da la paradoja de que naciones densamente pobladas como China y la India sean más pobres? Se trata de “una anomalía”, dice Alex Tabarrok. “Ni China ni la India fueron pobres en el pasado y tampoco lo serán en el futuro”. Su atraso relativo ha sido consecuencia de su tardía adopción de las instituciones que hicieron posible el despegue de Occidente.

Pero una vez asimiladas las reglas del capitalismo, los investigadores Klaus Desmet, David Krisztian y Esteban Rossi-Hansberg creen que no tardarán en recuperar el liderazgo mundial. “Dos fuerzas impulsan este proceso”, escriben en un artículo ganador del Premio Robert Lucas. “Primero, la gente se muda a las áreas más productivas y, segundo, las concentraciones más densas se vuelven más productivas con el tiempo, porque resulta más rentable invertir allí [donde hay más clientes]”.

El único modo de que Europa y Estados Unidos eviten verse desbancados es liberalizar la inmigración, pero seguimos presos de viejos prejuicios maltusianos que consideran a cada recién llegado otro estómago que alimentar, en lugar de la mente que alumbrará las futuras soluciones.