El Océano Índico, ¿Un tablero de ajedrez? Ángel Enríquez de Salamanca Ortíz

El Océano Índico es el tercer océano más grande del mundo, y se extiende desde el este de África hasta la costa oeste de Australia, incluye el Mar Rojo y el Golfo Pérsico y conecta más de 30 países como Sudáfrica, Singapur, Egipto, Timor Oriental o Indonesia. Un océano por el que circulan dos tercios del comercio mundial y que da acceso al estrecho de Malaca, uno de los estrecho mas importantes del mundo por conectar la región de Asia-Pacifico con Oriente Medio y África.

Pero este océano no solo da acceso al estrecho de Malaca, también da acceso al estrecho de Ormuz, al estrecho de Bad-El-Mandeb y al Canal de Suez, es decir, 4 de los 7 estrechos más importantes del mundo se encuentran en el océano Índico, a excepción del Canal de Panamá, el estrecho de Daneses y el de Turquía. Por poner algún ejemplo, solo por el estrecho de Ormuz ya circula el 20% del crudo mundial; las consecuencias del Evergiven, encallado en el Canal de Suez en el 2021, fueron devastadoras para la logística mundial y para las pequeñas y grandes empresas en todo el mundo; o solo por el estrecho de Ormuz y Malaca circula casi dos tercios del crudo mundial. Un océano que ha ganado importancia a nivel mundial, sobre todo, desde el ascenso de China como potencia mundial.

Uno de los proyectos más ambiciosos del mundo, la Ruta de la Seda de China, unirá el país asiático con África y Europa, y lo hará por tierra y por mar, por el Océano Índico. India, potencia emergente, está creciendo a ritmos acelerados y muy posiblemente se convierta en una potencia mundial en las próximas décadas, y reclamará su dominio en la región y, por lo tanto, en el Océano Índico.

Este océano es reclamado por los países de la zona al igual que Estados Unidos, potencia militar mundial, dispone de bases militares en el Pacifico, en Guam o en el Atolón de Midway con el objetivo, primero disuasorio, y segundo proteger las rutas marítimas que van hasta sus costas, y para frenar a contrabandistas o piratas que intentan bloquear el comercio marítimo mundial.

El “collar de perlas” es un conjunto de bases militares de China en el Índico, que conecta al país con África y Oriente Medio, dos regiones desde las que China importa la mayor parte de sus recursos, unas bases militares con el objetivo de dar estabilidad a estas rutas marítimas por las que circulan las importaciones del gigante asiático: bienes de consumo o petroleo, entre otros, tan necesarios para mantener su crecimiento económico.

 

Fuente: https://dossiergeopolitico.com

Este “collar de perlas” esta formado por un conjunto de bases militares en el Océano Índico que garantizarían la seguridad de sus buques y aumentaría la influencia en la zona, puertos como por ejemplo el de Gwadar o el de Yibuti.

Con la base de Yibuti, primera base militar china en el extranjero, el país asiático incrementaría su importancia estratégica y militar en la zona , una región donde China invierte millones de dólares en los países del litoral índico. En la base de Gwadar (Pakistán) China también ha invertido grandes cantidades de dinero con el fin de asegurar el corredor económico China-Pakistán (CPEC) que conecta por vía terrestre a China con el Océano Índico, lo que garantiza una conexión con la Ruta de la Seda. Un puerto crucial para el gigante asiático que puede convertirse en un centro comercial de primer nivel que conecte Asia y Oriente Medio. Además, Pakistán esta involucrado en un conflicto con la India por la región de Cachemira, un conflicto iniciado en 1947, pos-colonial, que ha generado 3 guerras y que, a día de hoy, sigue abierto entre otras cosas, por uno de los recursos más valiosos del planeta: el agua.

El Puerto de Hambantota (Sri Lanka) también es un punto clave, no solo por poder garantizar las seguridad en las rutas marítimas hacia China, sino porque también puede controlar los movimientos de la India y tener un refuerzo militar en caso de conflicto directo. Un país endeudado con China que, en 2015, se vio obligado a ofrecer el puerto de 60 km² por un periodo de 99 años.

Bangladés, en la región de Chittagong se encuentra el puerto más grande del país, un puerto, también, en manos chinas.

India, por su lado, está en posesión de las Islas de Andaban y Nicobar, unas islas en el Océano Índico que podrían bloquear los cargueros con destino a China, lo que podría provocar el colapso del gigante asiático al quedarse sin recursos provenientes de África y Oriente Medio. Además, India, ve con temor el collar de perlas por considerarlo un cerco a su región pudiendo causar bloqueos comerciales o ataques directos y próximos a sus costas. A pesar de que China ha manifestado que el Collar de Perlas tiene el único fin de garantizar la seguridad de sus buques, India, que también aspira a convertirse en líder de la región, ha incrementado su presupuesto militar y ha realizado acuerdos con países como Irán para establecer, también, puertos marítimos en posiciones estratégicas cercanas a las de chinas o en regiones como Omán o Seychelles.

El océano Índico se ha convertido en otro campo de batalla entre China y la India, un terreno de juego crucial para asegurar el suministro y controlar las rutas marítimas más importantes del mundo. Un posible conflicto en esta zona o un bloqueo por parte de una de las dos potencias podría desencadenar consecuencias devastadoras para toda la región de Asia-Pacifico, África, Oriente Medio y Oceanía. Un conflicto por este basto océano que se añade al ya existente entre las dos potencias más pobladas del mundo en la “Linea de Control Actual”, la frontera en discordia, de más de 4.000 kilómetros entre ambos países desde hace más de 60 años. El océano Índico será la región que determinará quien tendrá la hegemonía en Asia en las próximos décadas, y para ello, las alianzas económicas, políticas o militares con los países colindantes será clave para el dominio de este basto océano, una partida de ajedrez entre las dos potencias nucleares para controlar las rutas marítimas más importantes del mundo que dan sustento al comercio mundial de bienes y servicios.

Ángel Enríquez de Salamanca Ortíz es Doctor en Economía por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Relaciones Internacionales en la Universidad San Pablo CEU de Madrid

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@angelenriquezs

INTERREGNUM:  India: ¿intereses o principios? Fernando Delage  

Como mayor democracia del planeta y como país que sufrió de manera directa la experiencia del imperialismo, la posición de India con respecto a la guerra de Ucrania sigue llamando la atención. Las razones de su neutralidad (que indirectamente viene a traducirse en una posición a favor de Moscú) son conocidas, y entre ellas destaca la dependencia de los suministros militares rusos para la modernización de las fuerzas armadas indias. Pero se trata de una aproximación arriesgada, pues Delhi parece querer ignorar el peligroso precedente que supone la violación por Rusia de todas las normas existentes. En último término, su actitud no ha hecho sino exponer su vulnerabilidad geopolítica.

Preguntado la semana pasada en un foro en Bratislava por qué Delhi rechaza condenar la invasión de Ucrania, el ministro de Asuntos Exteriores, Subrahmanyam Jaishankar, criticó la premisa europea de que otros países deban compartir su opinión sobre el conflicto. “Europa, dijo, debe abandonar esa mentalidad conforme a la cual los problemas de Europa son los problemas del mundo, pero los problemas del mundo no son los problemas de Europa”. India, añadió el ministro, hará exactamente lo que hacen los países occidentales: evaluar una situación a la luz de sus propios intereses. Y son esos intereses los que justificarían la posición de su gobierno sobre la guerra.

Al no aceptar que India tenga que alinearse con una de las partes, Jaishankar quiso reafirmar la autonomía estratégica de su país en un contexto de creciente multipolaridad. Dada su lejanía geográfica, Rusia—es cierto—, no representa una amenaza directa a la seguridad nacional india, mientras que el aislamiento diplomático de Moscú puede producir consecuencias que no desea, como una más estrecha alianza de China con Rusia. La República Popular es el verdadero desafío que afronta Delhi, y es un problema para el que India necesita contar tanto con Washington como con Moscú.

Ahora bien, ¿cómo puede gestionarse el hecho de que India mantenga diferentes percepciones de las de sus socios de Occidente con respecto a Ucrania, pero similares o idénticas sobre los riesgos a la inestabilidad en el Indo-Pacífico? ¿Por qué India no quiere ver la estrecha interacción que existe entre ambos escenarios? ¿Puede confiar en la ayuda de las democracias occidentales si un día tiene dificultades en Asia, manteniéndose al margen de lo que ocurre en Europa?

Es un dilema que enturbia la relación entre intereses y valores, pero que debería hacer evidente a los estrategas indios la extraordinaria transformación que se ha producido en el terreno de juego. Tradicionalmente han defendido un orden multipolar, convencidos de que es así como India contaría con un mayor margen de maniobra. La nueva estructura multipolar parece crear, sin embargo, nuevos condicionantes a su independencia estratégica, y no todos ellos relacionados con el equilibrio de intereses en política exterior.

Así se puso de manifiesto poco después de las críticas de Jaishankar a los europeos. Apenas habían sido reproducidas sus palabras con grandes elogios en los medios del mundo no occidental, cuando las declaraciones de dos antiguos portavoces del actual partido gobernante (el hinduista Janata Party) insultando a Mahoma han provocado una grave crisis en las relaciones con los países islámicos. No es necesario recordar la importancia del Golfo Pérsico en particular para los intereses indios: de los recursos energéticos que recibe, a las remesas de los ocho millones de indios residentes. La polarización de la dinámica política interna se ha convertido pues en otra nueva variable que afecta a la proyección exterior del gigante asiático.

Una cultura estratégica no se cambia de un día para otro; menos aún una milenaria como la india. Pero frente a la segunda Guerra Fría que parece estar empezando, la pregunta (que no la respuesta) es sencilla: ¿qué promoverá en mayor grado la autonomía india? ¿Defender un orden basado en reglas, o formar parte del bloque de quienes—explícita o tácitamente—no denuncian a una Rusia agresora? ¿Los principios son realmente antitéticos a los intereses?

INTERREGNUM: Japón, India y Europa. Fernando Delage

Aunque la guerra de Ucrania conducirá a una reorganización de la arquitectura de seguridad europea, con la incertidumbre de cómo saldrá Rusia del conflicto, es evidente que sus implicaciones van más allá del Viejo Continente. No sólo porque está en juego el mantenimiento de un orden internacional basado en reglas, sino también porque la ausencia de condena por parte de China a la agresión de Putin ha puesto de manifiesto la realidad de un desafío autoritario a la estabilidad global.

A la advertencia por la ministra británica de Asuntos Exteriores hace unos días de que también China debe cumplir las reglas, Pekín no tardó en responder con el argumento de que la OTAN y los europeos tratan de agitar conflictos en Asia. Es toda una novedad que China haya comenzado a referirse a la Alianza Atlántica, ajena desde su nacimiento a la seguridad asiática, anticipando quizá la próxima mención que hará a la República Popular en la actualización de su concepto estratégico. Pero Pekín no tendrá más remedio que adaptarse a las nuevas circunstancias provocadas por su socio en el Kremlin. Y, en ese contexto, adquieren especial significado los movimientos de sus dos principales vecinos: Japón e India.

Desde que Rusia invadió Ucrania, la diplomacia japonesa no sólo se ha alineado estrechamente con el G-7, sumándose a cuantas sanciones se han acordado, sino que ha reforzado la coordinación con la OTAN y los Estados europeos. El ministro de Asuntos Exteriores, Yoshimasa Hayashi, participó por primera vez como “socio” en la reunión con sus homólogos de la OTAN el pasado 7 de abril, y el primer ministro, Fumio Kishida, ha sido invitado igualmente a la cumbre que los líderes de la Alianza Atlántica celebrarán en Madrid en junio. Se ha dado así un considerable avance desde que, en abril de 2013, la OTAN y Japón concluyeran un acuerdo para profundizar en su asociación estratégica, centrada desde entonces en cuestiones como la seguridad marítima, la ciberseguridad y la no proliferación, entre otras. Japón ha sido uno de los países que de manera más explícita han subrayado la vinculación entre Ucrania y la seguridad en el Indo-Pacífico. Del mismo modo que Tokio apoya los esfuerzos contra Moscú en Europa, está sentando las bases para la solidaridad del Viejo Continente—y de la Alianza Atlántica—en el caso de que se produzca un conflicto en Asia.

La posición de India ha sido, como se sabe, muy diferente. Pero su dependencia militar y energética de Rusia no modifica, sin embargo, su percepción del desafío chino. Y es el comportamiento de la República Popular el que ha dado un motivo para reactivar el acercamiento mutuo de Delhi y la Unión Europea. Aunque fue en el año 2000 cuando se celebró la primera cumbre bilateral, y en 2004 cuando se estableció una “asociación estratégica”, hubo que esperar a 2020 para que ambas partes acordaran una agenda orientada a la búsqueda de resultados tangibles. Entre ellos, en 2021 se reanudaron las negociaciones—bloqueadas desde 2013—sobre un acuerdo de libre comercio, y se puso en marcha un diálogo sobre seguridad marítima. La UE lanzó asimismo una iniciativa de interconectividad—similar a la lanzada con Japón en 2019—para impulsar las inversiones en energía, transporte, e infraestructuras digitales.

Tras la visita a Delhi la semana pasada de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, se espera que tanto el acuerdo de libre comercio como un acuerdo bilateral de inversiones estén concluidos antes de 2024. India y la UE anunciaron, además, la creación de una Comisión sobre Comercio y Tecnología—similar a la que ya mantiene Bruselas con Estados Unidos—con el fin de coordinar posiciones al más alto nivel. Este salto cualitativo en las relaciones bilaterales muestra un potencial que va más allá de la dimensión económica, y hace hincapié en los objetivos de cooperación estratégica de ambas partes con respecto a un transformado escenario asiático.

INTERREGNUM: India y la guerra en Ucrania. Fernando Delage

Hace 30 años, el fin de la Guerra Fría y la implosión de la URSS dejaron a India desorientada y sola en el mundo. Al desaparecer la Unión Soviética perdió a su principal socio diplomático, económico y militar, mientras tenía que hacer frente a un Pakistán hostil y a una China en ascenso. La guerra del Golfo puso además en peligro sus importaciones de petróleo—la mitad procedía de Irak y Kuwait—, así como las remesas de las decenas de miles de trabajadores indios en la región. La doble crisis diplomática y económica con que se encontró condujo a un giro histórico (de calado no muy diferente del realizado por Alemania estos días): por un lado abandonó la autarquía para abrirse al exterior, y—por otro—decidió acercarse a las economías en crecimiento de Asia oriental y convertirse en una potencia nuclear.

Tres décadas más tarde, la invasión rusa de Ucrania sitúa a Delhi ante una encrucijada que podría motivar una nueva reorientación estratégica. La guerra ha colocado a India en una incómoda posición, al verse obligada a elegir entre Washington o Moscú. Para sorpresa de muchos, la opción de la mayor democracia del mundo ha consistido en abstenerse—en tres ocasiones hasta la fecha—en el Consejo de Seguridad, y en no apoyar las sanciones. La historia explica en parte ese comportamiento, pero también los dilemas geopolíticos que se abren para el gobierno de Narendra Modi como consecuencia de la agresión de Putin.

India no protestó contra la invasión rusa de Hungría en 1956 ni la de Checoslovaquia en 1968; tampoco contra la anexión de Crimea en 2014. Moscú siempre apoyó por su parte a Delhi en sus conflictos con China y con Pakistán. Aunque desde mediados de los años noventa, Estados Unidos e India han construido una relación cada vez más estrecha, ésta no puede llegar en ningún caso a convertirse en una alianza formal: por diversos motivos, además de por sus vínculos históricos, India no puede permitirse romper abiertamente con Moscú.

Una razón es el hecho de que más de la mitad del equipamiento militar indio procede de Rusia. Su mantenimiento se traduce en una subordinación a esta última por sus necesidades de seguridad. El sistema de defensa aérea S-400 que le proporciona Moscú, decisivo para su estrategia de disuasión frente a China y Pakistán, carece de equivalente entre otros suministradores. El programa de submarinos nucleares indio tampoco existiría sin la ayuda rusa.

Por su tradición y cultura estratégica, India no puede aparecer como completamente alineada con Estados Unidos y Occidente: es defensora, ante todo, de un orden multipolar. Pero sus malabarismos dialécticos de las dos últimas semanas—ni apoyar la invasión ni adoptar una posición antirrusa—derivan igualmente de sus imperativos estratégicos. Tras la retirada norteamericana de Afganistán, Washington ha dejado de ser un actor relevante en Eurasia, lo que deja a Rusia como la única esperanza india de que China no se consolide como potencia hegemónica en Asia.

Los efectos de la guerra pueden hacer más evidentes, sin embargo, los inconvenientes de su asociación con Moscú. En primer lugar, el conflicto puede hacer a Rusia más dependiente de China, neutralizando su valor como elemento de contraequilibrio. India observa también con inquietud el acercamiento ruso a Pakistán: Imran Khan se encontraba en Moscú—en la primera visita de un jefe de gobierno paquistaní en 23 años—la víspera de la invasión de Ucrania (visita aparentemente promovida por Pekín). Tampoco tranquilizan a Delhi los encuentros que Rusia mantiene con los talibán (con frecuencia junto a China y Pakistán), ni el apoyo militar que Moscú está prestando a los generales birmanos, complicando así el desafío de los grupos insurgentes en sus provincias del noreste fronterizas con Myanmar. La reticencia a romper vínculos con Rusia puede, por último, obstaculizar el desarrollo de la asociación estratégica con Estados Unidos y sus aliados (India es uno de los miembros del QUAD), cuyas capacidades necesita frente a China.

Las contradicciones de su posición harán difícil mantenerla durante mucho tiempo. Tras la agresión a Ucrania, India podrá concluir que, lejos de contribuir a aumentar su autonomía estratégica, Putin ha limitado más bien sus opciones, creándose una situación de dependencia que ahora conviene corregir.

INTERREGNUM: La amistad indo-rusa. Fernando Delage

Mientras democracias y sistemas autoritarios se consolidan en dos grandes bloques geopolíticos (Estados Unidos y sus aliados vs. China y Rusia), división reiterada esta misma semana por la cumbre de las democracias convocada por el presidente norteamericano, algunos países juegan a dos cartas en su política exterior. Entre ellos, pocos tan relevantes como India, que esta semana ha celebrado su cumbre anual con Rusia después de que se cancelara la del pasado año por primera vez en dos décadas.

La reunión de Narendra Modi y Vladimir Putin del 6 de diciembre supone el vigésimo encuentro entre ambos desde 2014, confirmando la estabilidad de una relación que parece ajena a los cambios regionales y globales. Rusia nunca ha dejado de apoyar a India en los foros internacionales, mientras que India no se sumó a las críticas a Moscú por el conflicto de Ucrania, un hecho que no le resulta incompatible con su creciente alineamiento con Washington frente a China. Fue Rusia quien presionó para incorporar a India a la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), mientras que Delhi ha proporcionado a Moscú el estatus de socio en la Asociación de la Cuenca del Océano Índico (IORA en sus siglas en inglés) el pasado 17 de noviembre, dándole así entrada en los asuntos del subcontinente. Sus dos gobiernos coordinan asimismo sus respectivas acciones en Afganistán.

La realidad de su acercamiento se ve ratificada por la puesta en marcha el 6 de diciembre de un proceso 2+2, es decir, encuentros conjuntos de los ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa, y por la próxima recepción por India de sistemas de misiles rusos S-400 y rifles de asalto AK-203, pese a la obvia inquietud de Estados Unidos (es un acuerdo que podría incumplir las sanciones impuestas por Washington a Moscú). La compraventa de armamento ha sido un pilar tradicional de las relaciones bilaterales—se estima que en torno al 65 por cien de los equipos de armamento de las fuerzas armadas indias tienen origen ruso—y se espera la firma de un acuerdo de 10 años sobre transferencia de tecnología militar.

Salvo por este capítulo, los intercambios económicos constituyen el elemento más débil de la relación. El comercio bilateral apenas superó en 2019-20 los 10.000 millones de dólares (muy por debajo de los 100.000 millones de dólares que representan los intercambios indios con China y con Estados Unidos), aunque se ha fijado el objetivo de alcanzar los 30.000 millones de dólares en 2025. No son economías complementarias, ni hay verdadero interés empresarial por ninguna de las partes.

El principal dilema de Delhi es diplomático. Contentar a la vez a Washington y a Moscú no va a ser fácil, especialmente en un contexto en el que se agravan las tensiones entre estos dos últimos. Tampoco lo será para Rusia conjugar su relación triangular con Pekín y Delhi. Pero de la misma manera que la independencia estratégica es la principal seña de identidad de la política exterior india, Moscú necesita a Delhi para hacer realidad sus proyectos euroasiáticos. Como escribe Dimitri Trenin, analista del Carnegie Endowment, ya que Rusia no cuenta con las capacidades para dominar Eurasia, sí podría desempeñar en cambio un papel clave en el mantenimiento del equilibrio continental, objetivo que dependería de la consecución de un entendimiento Rusia-India-China (y obligaría por tanto a Moscú a mediar para mejorar la relación entre Delhi y Pekín).

El entorno geopolítico se transforma a gran velocidad, pero Rusia e India siguen teniendo pues, como se ve, una considerable relevancia para el otro en sus respectivos cálculos estratégicos.

China-India, vuelve a subir la tensión

En las últimas semanas, India está reforzando sus posiciones militares en la frontera con China, desplegando más unidades y exhibiendo armas de fabricación estadounidense en medio del parón en las negociaciones entre ambos países sobre la crisis fronteriza en el Himalaya.

Varios factores llevan a esta confrontación, pero la raíz es la rivalidad entre ambos por sus objetivos estratégicos. India y China comparten una frontera de más de 3.440 kilómetros y tienen reclamaciones territoriales superpuestas. Desde los años 50, China se ha negado a reconocer las fronteras diseñadas durante la era colonial británica.

En 1962, eso llevó a una breve pero brutal guerra entre ambos países, que acabó con la humillante derrota militar de India.

Desde el conflicto bélico, las dos naciones asiáticas se han acusado mutuamente de ocupar su territorio. India asegura que China está ocupando 38.000 kilómetros cuadrados de su territorio, que tiene que ver con el área donde ocurrió la actual confrontación. China, por su parte, reclama la soberanía de todo el estado indio de Arunachal Pradesh, al que llama Tíbet del sur. También hay otros sectores donde ambos países tienen diferentes visiones sobre dónde se sitúa la frontera, como por ejemplo en la inflamable frontera de Cachemira donde confluyen límites de China, India y Pakistán, en la que estos dos países, dotados de armas nucleares, están en guerra, de baja o de gran intensidad según los tiempos, por el control de la región.

Tras  los sucesos de junio de 2020, en los que murieron 21 soldados indios sin que China haya dado datos de bajas propias, se constituyó un comité chino-indio de distensión para poner orden en las disputas fronterizas que no ha avanzado nada en sus propósitos. Entretanto India ha seguido profundizando su acercamiento a Estados Unidos y Europa enfriando un tanto sus tradicionales lazos con Rusia.

Según fuentes rusas, el suministro de helicópteros estadounidenses Chinook, obuses ultraligeros y fusiles, así como misiles de crucero y sistemas de vigilancia de fabricación nacional, se centra en la meseta de Tawang, en el noreste de la India, una zona reclamada por China y controlada por la India que es colindante con Bután y el Tíbet.

Las armas de producción estadounidense fueron adquiridas en los últimos años en el marco de una cooperación militar entre EE.UU. y la India que se ha profundizado ante el aumento de presencia militar de China en la región asiática.

La semana pasada, los militares indios mostraron su capacidad ofensiva a un grupo de periodistas en esa zona, ubicada en el estado de Arunachal Pradesh. “El Cuerpo de Ataque Alpino se encuentra completamente operativo. Todas las unidades, incluidas las de combate y de apoyo, están completamente preparadas y equipadas”, dijo el teniente general Manoj Pande, comandante del Ejército Oriental de India, a la agencia Bloomberg.

Decididamente, avanza la recomposición estratégica en la gran región Asia Pacífico, con repercusiones planetarias, a la que Estados Unidos va a dedicar esfuerzos prioritarios en la próxima década y en la que Europa, una vez más, va a ser en todo caso un actor secundario.

INTERREGNUM: India y Europa: ¿vidas paralelas? Fernando Delage

Tras la retirada norteamericana de Kabul, para China resulta prioritario integrar a Afganistán en el orden euroasiático que aspira a crear. Siendo consciente de que el país puede convertirse en una ratonera estratégica, es improbable que recurra a sus capacidades militares: sus instrumentos de preferencia serán económicos. El hecho de que los Estados vecinos compartan el mismo interés de Pekín por la estabilidad de Asia central supone una ventaja añadida para China, que no puede permitirse un Afganistán aislado si quiere hacer de su primacía en Eurasia una de las claves de su desafío al poder global de Estados Unidos.

Estas circunstancias en principio favorables no eliminan, sin embargo, los obstáculos con que puede encontrarse la República Popular. El ataque del que fueron objeto nacionales chinos en Gwadar—punto de destino del Corredor Económico China-Pakistán—por parte de unidades del Ejército de Liberación de Baluchistán el pasado 20 de agosto (cuarto atentado contra intereses chinos en Pakistán en lo que va de año), es un ejemplo del tipo de conflictos en los que puede verse atrapada. Por otra parte, si el abandono norteamericano tiene como motivación reforzar su estrategia marítima en el Pacífico occidental y hacer realidad el “pivot” de Obama que nunca se materializó del todo, China tiene nuevas razones para preocuparse.

Con todo, entre las múltiples ramificaciones de los sucesos en Afganistán, dos actores especialmente expuestos son India y Europa. Al contrario que Estados Unidos, la cercanía geográfica de ambos les hará sufrir en mayor grado el problema de refugiados que se avecina, así como el riesgo del terrorismo. Pero aunque compartan unos mismos problemas, los efectos pueden ser diferentes: quizá Delhi opte por acercarse aún más a Washington, mientras que los europeos no podrán dilatar por mucho más tiempo el imperativo de su autonomía estratégica.

Para India, el contexto de seguridad se ha complicado enormemente. Pakistán es el gran protector de los talibán, como lo es también de los grupos separatistas que en Cachemira luchan contra India. A la interacción estructural entre las dos disputas se suma el hecho de que China tendrá ahora que profundizar en sus contactos con la inteligencia paquistaní para estar al tanto de la situación en Afganistán. Pekín se encuentra así con una oportunidad para incrementar la presión sobre India, agravando el temor del gobierno de Narendra Modi a verse “rodeado” en sus fronteras terrestres.

Para Europa se exacerban, por su parte, los dilemas derivados de la erosión del orden internacional liberal. El desastre afgano ha puesto de relieve su déficit de capacidades si no puede contar con Estados Unidos, mientras se acerca en los próximos meses una probable ola de refugiados que, de manera inevitable, provocará nuevas tensiones con Turquía e Irán, a la vez que obligará a Bruselas a algún tipo de acercamiento a Islamabad.

La necesidad de aprender a pensar estratégicamente obliga por lo demás a la reconfiguración del proyecto europeo, pero los ciclos electorales internos, el temor a la opinion pública y las presiones presupuestarias se imponen sobre las prioridades geopolíticas. Aunque la Comisión Europea parece tenerlo claro, la voluntad de buena parte de los gobiernos de los Estados miembros sigue ausente, como se puso de manifiesto en la reunión de ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa la semana pasada. Los líderes nacionales pueden, con excepciones, seguir metiendo la cabeza en la arena, pero el orden que surgió tras la implosión de la Unión Soviética ha muerto definitivamente. Y, en el que se avecina, India tiene un considerable potencial como socio europeo.

INTERREGNUM: India en Asia. Fernando Delage

El estatus diplomático de India no puede ser hoy más diferente del que tenía al acceder a la independencia en 1947, pero—como entonces—la evolución de su política exterior continúa sujeta a las sucesivas transformaciones del orden asiático. Presionada a la vez por Estados Unidos y por China, Delhi afronta en la actualidad una nueva transición que obliga a reconsiderar su papel estratégico y a adoptar la estrategia más eficaz posible en defensa de sus prioridades. Subrayar esa continuidad histórica, y proponer los pilares de una política exterior para el futuro constituyen el objeto de India and Asian Geopolitics: The Past, Present (Brookings Institution Press, 2021), libro de reciente publicación de uno de los más respetados analistas indios, Shivshankar Menon.

Diplomático de carrera, exministro de Asuntos Exteriores, y antiguo asesor de seguridad nacional del primer ministro entre 2010 y 2014, Menon examina el encaje de India en el complejo mundo de la geopolítica asiática a lo largo de las décadas. Las condiciones al nacer la República no fueron desde luego las más propicias. Después de 200 años de colonialismo, la que había sido una de las sociedades más ricas y avanzadas del planeta se había convertido en una de las más pobre y retrasadas. La esperanza de vida en 1947 era de 26 años, y en la primera mitad del siglo XX la economía sólo había crecido un 0,005%. La pobreza y el analfabetismo eran endémicos. India necesitaba ante todo concentrarse en su desarrollo.

Al mismo tiempo, sin embargo, la independencia de India marcaba para Nehru el ascenso de Asia y, en marzo de 1947, organizó en Delhi la Conferencia de Relaciones Asiáticas, invitando a todos los Estados asiáticos así como aquellos otros aún colonizados. Era mediante la formación de una “comunidad de paz” como Nehru esperaba reforzar los vínculos de solidaridad que permitirían a Asia superar su déficit de capacidades y avanzar hacia la prosperidad y seguridad del continente. Su activismo diplomático le condujo asimismo a mediar en los conflictos en Corea e Indochina. La Conferencia de Bandung de 1955 sería el punto culminante de sus esfuerzos destinados a reorientar la geopolítica regional, pronto eclipsados por la Guerra Fría y las dos superpotencias.

La consolidación del bipolarismo en Asia en la segunda mitad de los años cincuenta redujo el espacio para India. Estados Unidos dio forma a una red de alianzas contra el comunismo, que incluyó la SEATO (1954) y la CENTO (en 1955), ambas con la participación de Pakistán, mientras que una Unión Soviética más aislada se acercó a aquellos países que por ser neutrales no eran explícitamente enemigos, como India o Indonesia. La posterior ruptura chino-soviética y la guerra de 1962 entre India y China supuso el fin de la influencia de Nehru, aunque no de su filosofía de no alineamiento. Con todo, el sistema de la Guerra Fría dividió a Asia en varias subregiones, sujetas de manera separada a la confrontación entre Washington y Moscú.

Más bien al margen de la dinámica general asiática durante los años setenta, fue la implosión de la Unión Soviética, seguida por las reformas chinas, la que permitieron a India—o, más bien, obligaron por sus circunstancias económicas—a reintegrarse con sus vecinos, lo que hizo a partir de 1992 mediante la denominada “Look East policy”.  El resultado fue un periodo de crecimiento aún en marcha que permitió sacar a varios cientos de millones de personas de la pobreza, y convertirse gradualmente en un elemento del equilibrio de poder asiático.

China es el gran protagonista de la segunda mitad del libro. En 1988, Deng Xiaoping dijo al entonces primer ministro Rajiv Gandhi, que el siglo XXI no sería el siglo de Asia a menos que India y China se desarrollaran juntos. Sus caminos han sido diferentes, sin embargo, desde entonces. Pekín intenta reconfigurar económica y geopolíticamente el continente euroasiático mediante su integración en torno a China; India actúa de manera defensiva para proteger sus intereses y su autonomía estratégica. Menon encuentra tres grandes razones para el optimismo de cara al futuro. En primer lugar, India ha mostrado una notable capacidad para aprender de la experiencia y superar sus sucesivos fracasos, especialmente en la economía. Además de ser la mayor democracia del planeta, ha cultivado en segundo lugar una cultura estratégica acostumbrada a la multipolaridad. Posee, por último, una larga tradición de dar forma a intereses compartidos mediante el diálogo con otros. El potencial es ciertamente innegable; corresponde a los demás reconocerlo mediante un mayor acercamiento a Delhi.

India y Estados Unidos estrechan relaciones

Ante un escenario en el que las tensiones entre Estados Unidos y China van a mantenerse e incluso a agravarse, la Administración Biden acelera el estrechamiento de lazos con países del Indo Pacífico, unas relaciones que el presidente Trump descuidó.

En ese contexto se inscribe el encuentro hace unas semanas entre el secretario estadounidense de Defensa, Lloyd Austin, y el primer ministro indio, Narendra Modi, que apostaron por la creciente cooperación bilateral y el liderazgo del país asiático, especialmente en el contexto de desafíos estratégicos en la región del Indo-Pacífico, en clara alusión a China. 

Esta visita se produce tras la tensa cumbre de Alaska entre China y Estados Unidos y la posterior visita del secretario de Estado Antony Blinken y el propio Austin  a Japón y Corea del Sur en la que analizaron el papel de China y la necesidad de coordinas más la política regional con Estados Unidos.

Austin “elogió el liderazgo ejercido por India en la región y su creciente compromiso con socios que tienen los mismos puntos de vista en la zona para defender objetivos comunes”, declaró el portavoz del Pentágono, John Kirby. “Las dos partes reafirmaron su compromiso en defender un orden regional honesto y libre. Ambas presentaron sus perspectivas ante los desafíos comunes en la región y se comprometieron a reforzar su vasta y robusta cooperación en materia de defensa”, agregó.

El jefe del Pentágono dijo a los periodistas que India es un “pilar central” en la política de Estados Unidos en la zona y resaltó que los dos países “comparten valores e intereses clave”. Después de reunirse también con el ministro de Defensa indio, Rajnath Singh, explicó que discutieron el impulso de la cooperación en nuevas áreas como el intercambio de información, la logística y la inteligencia artificial.

A pesar de que el golpe militar y la desestabilización en Birmania han puesto al descubierto la debilidad de India como potencia regional, los apoyos de China y Rusia, que busca un espacio en la región, como explica nuestro colaborador Fernando Delage, Estados Unidos no tiene más remedio que estrechar lazos con Nueva Delhi, que a su vez tiene problemas fronterizos con China y con el islamismo en Cachemira, y una potencia económica y militar clave en la región.

La colaboración en materia de defensa entre India y Estados Unidos han ido en aumento en los últimos años, incluyendo importantes contratos de armamento por valor de más de 20.000 millones de dólares en importaciones de material estadounidense. Actualmente están negociando una posible compra de treinta drones militares con un valor estimado de 3.000 millones.

INTERREGNUM: Biden y la democracia india. Fernando Delage

Restaurar la relación con los aliados tradicionales es una de las prioridades de la política exterior del presidente de Estados Unidos. Así volvió a reiterarlo Biden a una audiencia europea en su intervención por video en la Conferencia de Seguridad de Munich el pasado fin de semana, como ha hecho igualmente en sus conversaciones con los socios asiáticos. Entre estos últimos, India es uno de los que cuentan con mayores expectativas: Biden, uno de los artífices del acuerdo nuclear civil firmado con Delhi en 2008, se comprometió durante la campaña electoral a estrechar las relaciones bilaterales, y en su administración hay cerca de una veintena de altos cargos de descendencia india (incluyendo la vicepresidenta, Kamala Harris).

La asociación estratégica con India se apoya en un amplio consenso mantenido en Washington desde hace casi dos décadas, por lo que no cabría esperar grandes cambios al haber un nuevo ocupante en la Casa Blanca. India se encuentra en el centro de la arquitectura que Estados Unidos desea para la región (le da incluso su nombre: Indo-Pacífico), y la cooperación en el terreno de la seguridad continuó avanzando bajo la presidencia de Trump. Pese a los iniciales titubeos indios con respecto a un alineamiento explícito con Washington, la transformación de la dinámica geopolítica regional causada por el ascenso de China ha conducido al gobierno de Narendra Modi—con el margen de maniobra que le proporciona una mayoría absoluta en el Parlamento—a calificar a Estados Unidos como un socio “indispensable”. Dicho eso, la dinámica interna de ambas potencias hará inevitables algunos reajustes.

La relación económica es crucial para India, cuyo PIB se redujo un 24 por cien en el primer semestre del año fiscal 2020-21 como consecuencia de la pandemia, la mayor caída en décadas (y una de las más graves registradas en el planeta). Delhi confía en que Biden elimine las sanciones comerciales impuestas por Trump, pero la Casa Blanca exigirá que se supriman las barreras que obstaculizan el acceso de las empresas norteamericanas al mercado indio.

 Mayor dificultad representa para Biden la regresión democrática que atraviesa India. La supresión de la autonomía de Cachemira, el constante asalto a las libertades civiles y las amenazas a la minoría islámica desde la reelección de Modi en 2019 fueron respondidas por Trump con el más absoluto silencio; una actitud que no puede compartir Biden, quien ha hecho de la defensa de la democracia uno de los pilares de su diplomacia. La relevancia geopolítica de India como socio impedirá, no obstante, condenar las violaciones de derechos humanos de la misma manera que lo hará cuando se trate de China o de Rusia, variables que también pueden afectar al desarrollo de las relaciones bilaterales.

Como Trump, Biden considera a China como un competidor estratégico. Al contrario que su antecesor, sin embargo, espera poder cooperar al mismo tiempo con Pekín en relación con problemas globales como el cambio climático o la proliferación nuclear. Un acercamiento entre ambos puede resultar una complicación para Delhi, cuya percepción de la República Popular vive el momento más bajo en décadas, y ha adoptado medidas dirigidas a reducir la interdependencia entre las dos economías. Rusia puede plantear un dilema aún más grave: mientras Biden endurecerá la posición de Estados Unidos hacia Moscú, la tradicional amistad entre este último e India—manifestada en particular en la compraventa de armamento—puede ser fuente de tensiones.

Pese a estos condicionantes externos, lo cierto es que la relación Estados Unidos-India nunca ha sido más fuerte: el contexto asiático y global apuntan a una creciente profundización, con independencia de quién sea presidente de Estados Unidos. Biden ofrece a Delhi una oportunidad para superar las dificultades comerciales y elevar la cooperación en defensa. Al mismo tiempo, sin embargo, el deterioro de la democracia india puede perjudicar de manera aún incierta esa trayectoria positiva.