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40 años de relaciones entre China y Estados Unidos. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El año de 1979 marca un antes y un después en las relaciones bilaterales entre Beijing y Washington. La visita del presidente Richard Nixon a Mao Tse-Tung, a principios de los setenta, abrió un nuevo camino a estas relaciones, y disipó tensiones de décadas anteriores. Aunque no fue hasta 1979 que el presidente Jimmy Carter concedió reconocimiento diplomático total a China.

A finales de la semana pasada la embajada china en Washington aprovechó la fecha del nuevo año chino para celebrar estas cuatro décadas de relaciones bilaterales con Estados Unidos, en un encuentro en el que se resaltó el rol clave que ha tenido China en la estabilidad regional de Asia en cooperación con los Estados Unidos.

El encuentro se centró en la importancia de potenciar las relaciones entre ambas naciones en todos los ámbitos. “El intercambio diario comercial entre ambos países supera los 1.5 mil millones de dólares, y más de 14.000 personas vuelan diariamente entre las dos naciones”, resaltó el embajador Cui Tianki, apuntando que las relaciones bilaterales para ambas partes son extraordinariamente beneficiosas, y que los ciudadanos en ambos lados del Pacífico han sido testigos de esas ventajas.

El Estado chino hace alrededor de setenta años que fue creado, pero tan sólo cuarenta de haberse reformado y abierto. La apertura económica ha dado resultados espectaculares, sobre todo en los últimos 20 años, en los que se ha visto como la economía china ha crecido exponencialmente, convirtiéndose en la segunda del mundo, por detrás de Estados Unidos. No cabe duda de que la entrada de China en la Organización Mundial del Comercio en el año 2001 fue el gran impulso a su integración global en el mercado.

La innovación es la brújula que guía a Beijing, de acuerdo con documentos oficiales. Sin embargo, en conversaciones informales que 4Asia pudo sostener durante el evento, percibimos que lejos de estar preocupados por la tensa situación con la Administración Trump, el Partido Comunista Chino entiende que Estados Unidos presione para que se juegue a través de las reglas del comercio internacional. Son conscientes de la importancia de los derechos de la propiedad intelectual para mantener intercambios justos, aunque preferirían no tener que aceptarlo, obviamente. Mientras, seguirán intentando negociar mejores tarifas.

La guerra comercial que ha declarado la Administración Trump a Beijing en una primera etapa desconcertó a China. Y como es de esperar su respuesta fue altas tarifas e intentar nuevas negociaciones. Pues para el arte de la diplomacia los chinos parecen ser mucho más acertados que los estadounidenses. Sin embargo, con la política hostil que ha mantenido la Casa Blanca desde la llegado de los republicanos, el gobierno chino parece haber tenido el tiempo de prepararse a afrontar las nuevas demandas.

Xi Jinping tiene como prioridad que su economía continúe creciendo. A pesar de que todo parece indicar que sufrirán un estancamiento en ese crecimiento este año. Seguir creciendo como hasta ahora, según los expertos no es sostenible, pues la economía china aún no está anclada sobre pilares tan sólidos. Lo que es bastante posible, es que tal y como nos dijo un oficial chino durante la celebración del año nuevo, de cada crisis China aprende y sale fortalecida.

En el fondo el pensamiento de Confucio sigue formando parte intrínseca de la sociedad y cultura china, resumido en una de sus frases: “Nuestra mayor gloria no está en no caer jamás, sino en levantarnos cada vez que caigamos”. (Foto: Vlasta Juricek)

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La UE, ante el temor de un acuerdo cerrado entre China y Estados Unidos

La Unión Europea teme que China y Estados Unidos, que van comenzar a negociar cómo gestionar la amenaza de guerra comercial entre sistemas proteccionistas, llegue a un acuerdo de reparto de cuotas que deje fuera a empresas europeas. No es que la UE sea menos proteccionista, sino que teme quedarse sin su ración de tarta.

“Estamos a favor de un comercio global justo basado en reglas, pero las reglas deben ser las mismas para todos”, añadió al ser preguntado por el efecto que podría tener para la UE un potencial acuerdo entre China y EEUU, dijo al respecto el vicepresidente de la Comisión Europea para Empleo, Crecimiento, Inversión y Competitividad, Jyrki Katainen, tras la primera reunión, hace un mes, entre la UE y China desde que el presidente Xi Jinping y el de Estados Unidos, Donald Trump, acordaron una tregua de 90 días.

La UE puede jugar un papel importante si tiene en cuenta que China la necesita como contrapeso a Estados Unidos y juega con su potencia económica que, aunque con crisis, no es tan poco importante como a veces se dice.

Pero Europa tiene una vulnerabilidad. Sigue careciendo de una política exterior acordada entre sus miembros, sigue sin ganar protagonismo político, y mucho menos militar, y sigue poniendo al mismo nivel, (Trump aparte) sus críticas a Estados Unidos  y a China. Aunque hay que recordar que en esto una cosa son los posicionamientos de la Comisión Europea y otra la opinión concreta de los países que marcan el rumbo de la Unión, Francia y Alemania.

Pero el hecho de una ausencia de criterios comunes (porque la ausencia de una estrategia acordada nace de una falta unidad de criterios, ya que, en el fondo, no hay una identificación de intereses nacionales) hace más difícil el protagonismo europeo; y las iniciativas de Francia, Alemania y otros (España entre ellos) para conseguir inversiones y áreas de negocio revelan la debilidad del proyecto comunitario.

Así pues, probablemente es el momento de dejar de lamentar la falta de esa estrategia unitaria y tratar de localizar y asumir el mínimo común denominador entre los intereses nacionales de los Estados miembros para tomar algunas medidas que deberían estar más orientadas al libre comercio que a levantar barreras proteccionistas del mercado europeo. No es fácil, pero ese es el reto.

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INTERREGNUM. Dilemas nucleares en Asia. Fernando Delage

A principios de mes, Estados Unidos anunció de manera oficial su retirada del Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Medio (INF en sus siglas en inglés). Firmado por Ronald Reagan y Mijail Gorbachov en 1987, fue uno de los elementos centrales del régimen de desarme nuclear desde la Guerra fría, y el primer pacto que prohibió una categoría completa de armamento.

Según Washington, el tratado ha dejado de ser operativo una vez que Rusia, al desarrollar un nuevo tipo de misil crucero, ha violado sus compromisos. Para Moscú, el culpable es Estados Unidos, y lo es desde que se retirara del Acuerdo de Misiles Antibalísticos en 2001. El abandono del INF—sumado al rápido avance de nuevas tecnologías (que permiten ataques cibernéticos a sistemas de mando y control nuclear, por ejemplo), y a la modernización de sus respectivas fuerzas por todas las potencias nucleares—, anticipa en cualquier caso una nueva era de inestabilidad en este terreno.

Agrave el dilema el hecho de que—más que Rusia—ha sido China el factor que en mayor medida ha conducido a la retirada norteamericana del INF. Al no ser firmante del tratado, la República Popular no ha encontrado limitaciones al despliegue en su costa—y, de manera creciente, en las islas que controla en el mar de China Meridional—de armamento de estas características, adquiriendo así una notable ventaja asimétrica con respecto a Estados Unidos en el Pacífico occidental. No suele mencionarse, sin embargo, que los negociadores norteamericanos del INF lograron la exclusión del acuerdo de los misiles basados en el mar (buques y submarinos) y en aeronaves. Sus aliados—tampoco partes del tratado—pueden asimismo desplegar misiles de este alcance en su territorio. Las justificaciones de Washington plantean por tanto muchas dudas, además de poder agravar una espiral de inseguridad.

Los líderes chinos consideran que la expansión de un sistema de misiles liderado por Estados Unidos en Asia no solo limitará sus propias capacidades en el caso de una contingencia en su periferia marítima, sino que obligará a redefinir su doctrina nuclear, basada hasta la fecha en el mantenimiento del arsenal mínimo necesario para poder responder a un ataque. El reforzamiento de sus capacidades adquirirá prioridad frente al desarme. Pekín verá por otra parte legitimados sus argumentos—recogidos en el Libro Blanco sobre Seguridad en Asia de 2017—sobre Estados Unidos como fuente de inestabilidad estratégica en la región. Por no hablar de las nuevas oportunidades que se le presentan para dividir a Washington de sus aliados.

La presión sobre Corea del Sur después de que ésta permitiera a Estados Unidos desplegar el sistema THAAD en su suelo hace un par de años es un buen ejemplo de lo que cabe esperar. Tras el rápido deterioro de las relaciones entre Pekín y Seúl, el pasado mes de diciembre ambas partes acordaron “un nuevo comienzo”. Según fuentes chinas, el presidente Moon Jae-in se comprometió a no sumarse a la red de misiles de Estados Unidos, ni a formar una alianza trilateral con Washington y Tokio, ni a desplegar más baterías THAAD. Washington incrementará su presión sobre un gobierno, el surcoreano, ya rehén de las amenazas de nuevas represalias económicas por parte de China, su principal socio comercial y financiero.

Las reservas, si no abierta oposición, por parte de sus aliados—en esto coinciden los asiáticos y los europeos—obliga a preguntarse por el sentido de la decisión de la Casa Blanca. ¿Propiciar una nueva carrera armamentística con China—a la vez que con Rusia—se traducirá en una mayor seguridad para Estados Unidos? ¿En una mayor estabilidad en Asia y en Europa? (Foto: Steve Jurvetson)

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Erótica del muro. Miguel Ors Villarejo

Aunque Donald Trump ha acaparado todos los focos, la construcción del muro con México no ha sido una ocurrencia suya. De hecho, de los casi 3.000 kilómetros de frontera, unos 1.000 ya están fortificados por un parapeto concebido por George W. Bush y levantado básicamente durante el mandato de Barack Obama.

Y no es solo Estados Unidos. Con todo lo que se nos llena la boca hablando de globalización, desde el final de la Guerra Fría estas barreras internacionales han pasado de 15 a 70. Vivimos en un mundo claramente más pacífico, como refleja el Human Security Report. ¿A qué obedece esta obsesión por encerrarnos?

David Carter y Paul Poast, dos profesores de Princeton y Chicago, analizan en el Journal of Conflict Resolution 62 muros fronterizos y su conclusión es que el móvil fundamental es económico. “Los límites que separan países con distintos niveles de desarrollo”, dicen, “tienden a ser inestables”. Los ciudadanos del lado más acomodado se quejan de que sus negocios y sus salarios se ven afectados por el tráfico de bienes y personas y votan a los políticos para que lo repriman. ¿Y qué mejor modo de lograrlo que un muro de 10 metros coronado por unos rollos de afilada concertina?

El problema es que no se trata de una solución barata. No basta con plantar el entramado de barras de hierro corrugado, colocar el encofrado y verter el hormigón. Una estructura así sería un mero obstáculo de equitación. Hay que instalar cámaras y sensores de calor y movimiento, apostar garitas y centros de control, montar patrullas y soltar drones. “En 2009”, escribe Elisabeth Vallet, directora del Centro de Estudios Geopolíticos de la Universidad de Québec, “la Oficina General de Contabilidad de Estados Unidos calculó que el coste de hacer una simple valla en California oscilaba entre uno y 6,4 millones de dólares por kilómetro. Y en un terreno más hostil geológica y jurisdiccionalmente como Texas, la factura podía elevarse hasta los 21 millones”.

Además, como cualquier otra inversión, los muros están sujetos a rendimientos decrecientes. Un informe de la Universidad de Cornell para el Congreso observaba en 2012 que la impermeabilidad absoluta no era “un objetivo realista”, porque cada nuevo tramo “será más caro de construir y mantener y tendrá un efecto disuasorio menor”. El documento sugería que los recursos para combatir la inmigración ilegal estarían mejor gastados en vigilar los puertos y los aeropuertos del país, por donde se cuelan el doble de ilegales. Por ello, con buen criterio, Obama abandonó el proyecto de blindar toda la frontera con México.

¿Por qué lo ha recuperado Trump? No por su resultado. A la semana de llegar a la Casa Blanca, en una conversación telefónica privada (y posteriormente filtrada), el presidente manifestaba a su homólogo Enrique Peña Nieto que la importancia de la iniciativa era sobre todo “psicológica” y que, “desde un punto de vista económico, es el asunto menos relevante que vamos a abordar”. Tenía toda la razón. Los investigadores Treb Allen, Melanie Morten y Cauê de Castro han evaluado la eficacia del muro que ya hay en pie y estiman en 80.000 la reducción de entradas irregulares. Esta menor presión migratoria moderó la competencia que sufrían los empleados estadounidenses menos cualificados y alivió su situación, pero no significativamente: su renta per cápita apenas aumentó en 36 céntimos.

No parece un éxito resonante, pero es que además Allen, Morten y Castro conjeturan en su artículo el impacto de una política alternativa. Si en lugar de encarecer el coste de cruzar la frontera levantando un muro se hubiera facilitado el transporte de mercancías entre los dos países, muchas más empresas se habrían localizado en el norte de México, para explotar la ventaja estratégica que suponen una mano de obra barata y la cercanía del mercado estadounidense. Esta mayor actividad habría retenido en su suelo a más mexicanos y disminuido en 110.000 personas el flujo de ilegales.

Se trata, como ven, de una opción no solo más efectiva, sino infinitamente más barata. ¿Cuál es su pega? La invisibilidad. Un muro es enorme. Para construirlo hay que movilizar ejércitos de obreros, hormigoneras, grúas. Y en vísperas de las elecciones, los políticos pueden fotografiarse delante mientras cortan una cinta o descubren una placa.

No hay color, no me digan.

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Venezuela: un test para las inversiones asiáticas

América, desde el Río Bravo hasta la Antártida se ha venido configurando como una región estratégica, política, pero sobre todo económica, para las inversiones de China y Japón, atentos a unas economías tan frágiles como necesitadas y tan dependientes como desconfiadas del gigante del norte: Estados Unidos. Del éxito de esa estrategia económica dependen no sólo los beneficios sino la propia y deseada influencia política.

Pero el escenario político latinoamericano ha cambiado. El estrepitoso fracaso de las políticas populista de gasto público desmesurado y de intervencionismo estatal no sólo han situado la corrupción y el narcopoder en situación de crear estados fallidos, sino que, a la vez, han vaciado de contenido las democracias, que en aquella región han sido históricamente frágiles.

En este nuevo escenario, la solución de la crisis venezolana y si de ella se deriva una recuperación de la democracia y una economía abierta o una salida autoritaria va a tener una importancia enorme. Por eso, China, pragmática y nacionalista, es menos entusiasta en apoyar a Maduro y se abre a explorar relaciones con el presidente constitucional Guaidó.

Para Japón la situación es más fácil. Sus inversiones están menos orientadas a Venezuela y más a la costa del Pacífico y los países de aquella zona se han alineado contra el proyecto totalitario de Maduro. Pero eso no quiere decir que no deba estar atento a la evolución de la situación general.

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INTERREGNUM: Trump, Kim y los aliados. Fernando Delage

A finales de este mes, posiblemente en Vietnam, el presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump, y el líder norcoreano, Kim Jong-un, celebrarán un segundo encuentro. Una nueva reunión a este nivel puede servir, como la reunión de junio en Singapur, para crear una aparente dinámica de estabilidad entre ambas naciones, y por tanto en la región. Sin embargo, ni resolverá el problema de fondo—Kim no va a renunciar a sus capacidades nucleares—ni tranquilizará a los aliados de Estados Unidos, con cuyos intereses Washington no parece contar.

Así ocurre con Corea del Sur estos últimos días. El 31 de diciembre venció el acuerdo entre ambos socios sobre la financiación de la alianza; unas condiciones que se han actualizado cada cinco años desde 1991. Según diversas fuentes, la Casa Blanca exige a Seúl un aumento de su contribución del orden del 50 por cien, una demanda que ningún gobierno surcoreano—menos aún uno de izquierdas como el actual—podría aceptar. A medida que pasen las semanas sin un entendimiento, aumentan las posibilidades—se temen numerosos analistas—de que Trump pueda ofrecer a Kim alguna concesión con respecto a la alianza. Quizá no fue casualidad que la dimisión de James Mattis como secretario de Defensa se anunciara tras concluir la última ronda de conversaciones con Corea del Sur, como tampoco lo es que Trump haya vuelto al ataque en Twitter sobre cómo la seguridad de sus prósperos aliados está subvencionada por los contribuyentes norteamericanos. La retirada de Siria y Afganistán indica que la hostilidad del presidente hacia las alianzas no es mera retórica.

Dividir a Estados Unidos y Corea del Sur es por supuesto un elemento central de la estrategia de Pyongyang. Y es un objetivo detrás del precio que Kim puede pedir—en forma de retirada de los soldados norteamericanos del Sur de la península—para ofrecer a la Casa Blanca no el abandono de sus instalaciones nucleares, pero sí el fin del desarrollo de misiles intercontinentales, la prioridad más inmediata para la administración Trump. Las recientes declaraciones del secretario de Estado, Mike Pompeo, a Fox News, en el sentido de que lo primero es la seguridad del territorio de Estados Unidos han sido por ello un jarro de agua fría para Seúl, y un motivo de satisfacción para Corea del Norte.

Es mucho en consecuencia lo que está en juego en este segundo encuentro. Trump busca el mayor triunfo en política exterior de su presidencia, para poder utilizarlo de cara a su reelección. Pero puede poner también en marcha un desastre estratégico a largo plazo para la seguridad de Corea del Sur, para la de otros aliados—como Japón—y en realidad para los propios Estados Unidos. Si Washington pierde Seúl, perderá la península y el noreste asiático en su conjunto. Kim habrá ganado una partida, pero no final: quizá Corea del Sur tendrá que plantearse su nuclearización, aunque el juego quedará en buena medida en manos de China, que observa con deleite cómo esta Casa Blanca deshace sistemáticamente los pilares del poder norteamericano en Asia. (Foto: Matt Brown)

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INTERREGNUM: El sureste asiático en 2019. Fernando Delage

Ante el juego mayor de las grandes potencias, suelen perderse de vista los movimientos de las restantes naciones. Los medios prestan atención a China, a su rivalidad con Estados Unidos, a la creciente proyección de India y al nuevo activismo diplomático de Japón, pero tienden a olvidarse de una subregión que, como bloque, se equipara demográficamente a la Unión Europea y está llamada a convertirse en uno de los grandes actores económicos del futuro: el sureste asiático. Convocatorias políticas internas, las negociaciones finales de la Asociación Económica Regional Integral (RCEP), y el impacto en la zona de las tensiones entre Washington y Pekín, harán de 2019 un año especialmente significativo.

En la tercera democracia más poblada del planeta, Indonesia, unas buenas cifras de crecimiento, y la superación de las críticas a sus credenciales islámicas, favorecen a priori la reelección de Jokowi como presidente cuando se cumplen veinte años de la democratización del país tras la larga dictadura de Suharto. En la segunda gran economía de la ASEAN, Tailandia, la democracia se ha visto interrumpida, por el contrario, en dos ocasiones en la última década. Cinco años después del último golpe de Estado, mucho más tarde por tanto de lo prometido en su día por los generales, se volverá a un gobierno civil.

Las elecciones se celebrarán en marzo, unas semanas antes de la entronización formal del nuevo rey, Maha Vajiralongkorn, prevista para principios de mayo. Pero hay que mantener cierto escepticismo: el voto se producirá bajo una Constitución reescrita para reservar una notable cuota de poder para los militares: éstos, junto a sus partidos aliados, controlarán la Cámara Alta. El bloqueo político que cabe prever como resultado será fuente de inestabilidad social, a la vez que complicará la recuperación de la economía y el liderazgo diplomático de Tailandia, justamente cuando asume la presidencia rotatoria anual de la ASEAN.

En Filipinas, las elecciones parciales de mayo permitirán comprobar el grado de apoyo popular a Duterte y a sus políticas de lucha contra la drogadicción, de represión de la sociedad civil, y de acercamiento a China. Esta última también continuará siendo una variable política en Malasia, donde, tras su derrota del pasado año, se disuelve gradualmente la tradicional coalición mayoritaria (UMNO) y todos los ojos se dirigirán a si el sorprendente triunfador en las últimas elecciones, Mahathir, cumple su promesa de dejar la jefatura del gobierno a su antiguo rival, y ahora aliado, Anwar Ibrahim. La paralizada transición política de Birmania y el drama de los Rohingya, agravarán, por último, el creciente aislamiento del país—y de su consejera de Estado, Aung San Suu Kyi—por la comunidad internacional.

En el frente económico regional, 2019 debería ser el año en que concluyen las negociaciones del RCEP. El retraso se debe sobre todo a una potencia extra-regional, India, siempre reticente a una agenda de liberalización comercial. Pero la dinámica multilateral no se detiene: la reciente entrada en vigor del CPTPP (es decir, del TPP a 11, sin Estados Unidos), al que ya pertenecen Singapur y Vietnam, al que se sumarán en unos meses Brunei y Malasia, y al que también Tailandia e Indonesia han dicho que se quieren sumar—mientras Filipinas se lo piensa—, representa un nuevo paso adelante en la reconfiguración de la arquitectura económica regional.

El sureste asiático tampoco permanecerá ajeno, por lo demás, a la guerra comercial entre Estados Unidos y China. Su impacto comenzará a sentirse este año, cuando firmas multinacionales decidan desplazar sus cadenas de producción de China a la subregión. Pese a ese previsible aumento de las inversiones extranjeras debe tenerse en cuenta, no obstante, que también caerá la demanda de la República Popular, economía de la que los miembros de la ASEAN se han vuelto dependientes en gran medida. Por otra parte, si, como se cree, es Vietnam quien atrae buena parte de esa inversión antes dirigida a China, la competitividad de otros Estados miembros, como Indonesia o Filipinas, puede verse gravemente afectada. (Foto: Gergely Takács, flickr)

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Asia 2019: un pronóstico. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Los comienzos de años son un buen momento para analizar el panorama internacional y evaluar los posibles escenarios que se presentarán. Los analistas hacen sus planteamientos y predicciones mientras que los asesores políticos tratan de sacar el mayor provecho tanto económico como estratégico de las situaciones.

En este sentido el CSIS -Centro para estudios internacionales y estratégico- tuvo su conferencia anual en Washington la semana pasada en la que pronosticaron los escenarios del 2019 para Asia. 4asia tuvo ocasión de participar y seguir los vaticinios hechos por los especialistas en cuanto a la geopolítica en Asia y el Pacífico, al liderazgo regional y hacia donde irán las alianzas políticas y los factores económicos.

Amy Searight, que cuenta con una larga experiencia en asuntos asiáticos y fue subsecretaria de Defensa de EEUU, considera que uno de los grandes riesgos para éste año es que China tome la iniciativa de reclamar territorio taiwanés o filipino y qué rol desempeñaría Estados Unidos ante esta posible situación.

En el caso de Filipinas, Washington debería responder y defender al país con quien ha mantenido relaciones diplomáticas durante tantos años, además de los muy cercanos vínculos militares actuales que comenzaron en la Administración de George Bush. Estados Unidos debería dejarle claro a Beijing no van a tolerar tendencia expansionista en la región. Sin embargo, la situación en Manila con el presidente Duterte es impredecible, y en las últimas semanas ha habido cuestionamientos de su alianza con los estadounidenses.

En cuanto al liderazgo en Asia, se discutió que, a diferencia del año pasado cuyo protagonismo estuvo centrado en Xi Jinping, para el 2019 estará compartido entre Xi y el primer ministro japonés Shinzo Abe. Se remarcó el hecho que Japón se encuentra en un momento privilegiado por el crecimiento económico que ha tenido, y que continuará creciendo. Especialmente si se compara con la economía china, que, por unanimidad entre los expertos, está entrando en un momento de estancamiento económico.

“China ha sufrido un crecimiento espectacular en los últimos diez años, y entre otros factores se debe a que la población ha aumentado exponencialmente su gasto a costa de endeudarse, pero que ese crecimiento es insostenible”, explica Stephanie Segal, economista que trabajó para el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos y el Fondo Monetario Internacional. Afirma que “si Beijing no cambia su modelo no podrán seguir creciendo”.

En cuanto a la relación de Estados Unidos y China, hubo unanimidad de opinión en los paneles. La presión que la Casa Blanca ha estado ejerciendo sobre Beijing desde que tomó el control Trump está funcionando. La economía de china se ha debilitado y podría debilitarse aún más. Por lo que es muy probable que intenten renegociar los aranceles. Mientras que los intercambios entre Estados Unidos y Japón se presentan como positivos y cómo los más cómodos para la Administración Trump con entrada en vigor en un año y medio aproximadamente.

El debate tecnológico está despertando un gran interés en Washington. “La protección de las nuevas tecnologías centra este debate y tendrá que regularse a través de leyes que deberán que ser aprobadas por el Congreso estadounidense”, afirma Scott Kennedy, quien es considerado una autoridad en políticas chinas, dedicando más de 30 años de estudios a la evolución industrial, económica, política, de negocio y tecnológica.

La seguridad ocupó un lugar privilegiado de la discusión, como era de esperar. Corea del Norte sigue siendo el dolor de cabeza de la región. Se platearon dos posibles escenarios ante un segundo encuentro entre el presidente Trump y Kim Jong-un. El más positivo sería que Pyongyang acuerde abrirse y permitir las inspecciones que den fe que su carrera nuclear está suspendida, lo que es muy poco probable. Y el segundo escenario podría ser que no se llegue a ningún acuerdo real entre los líderes, y por lo que Kim acabe presionando al presidente Moon, y Corea del Sur empiece hacer lobby internacional para el levantamiento de sanciones a Pyongyang, vaticina Sue Mi Terry -una de las expertas más respetadas en el tema coreano.

Mi Terry afirma que hay una creciente tensión entre Seúl y Washington que podría complicarse si Trump sigue presionándoles con doblar el pago del acuerdo bilateral para mantener tropas estadounidenses en territorio surcoreano. A día de hoy, no hay un acuerdo entre las partes, pues Trump insiste en que Seúl pague anualmente el doble de lo que ha venido pagando, o sea 1.6 mil millones de dólares (en vez de los 830 millones de dólares que pagaron hasta el año pasado) y por su parte el gobierno de Moon insiste en que eso no es parte del arreglo preestablecido.

La política proteccionista de Trump está dando resultados positivos para la economía de Estados Unidos, al menos de momento. Habrá que ver si la cumbre con el líder norcoreano da algún fruto real, De no darlo, Victor Cha -la autoridad número uno en este tema- afirma que será visto como un gran fracaso de Trump. Y estos dos elementos, resumen básicamente las principales políticas en las que ha centrado su gobierno. (Foto: Andrea Glasser, Flickr.com)

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Un ejemplo para no imitar. Miguel Ors Villarejo

“Mientras Trump lidera la estrategia de desregulación y rebajas fiscales”, escribe Michael Schuman en el New York Times, “otra gran economía ha adoptado un enfoque diferente”. Su nuevo presidente ha decidido poner coto a la desigualdad y al deterioro del bienestar que, en su opinión, ha provocado el recetario neoliberal. Los anteriores Gobiernos, argumenta, únicamente se preocuparon por dar facilidades a los inversores y cree que ha llegado el momento de impulsar la actividad desde el lado de la demanda, mejorando los salarios, acabando con los abusos en materia de horarios y potenciando el gasto social. ¿Y cómo pretende financiar este programa? Subiendo los impuestos a los más ricos y a las grandes empresas.

Les suena, ¿verdad? Pero no, no hablo de Pedro Sánchez. Me refiero a Moon Jae-In, el mandatario surcoreano que desbancó en mayo de 2017 al conservador Partido Libertad, asediado por los casos de corrupción (hasta ahí llega el parecido razonable). Corea del Sur tiene una renta per cápita “aproximadamente equivalente a las de Italia y España”, explica Schuman, “y sus 51 millones de habitantes se enfrentan a los desafíos propios de las naciones desarrolladas, como la desaceleración, una población envejecida [por la caída de la natalidad] y la pujante competencia de China”. Moon lleva ya algún tiempo al frente del país y se dan, por tanto, las condiciones de espacio y tiempo para que, desde este rincón de Europa, saquemos conclusiones sobre la viabilidad del nuevo evangelio de la izquierda internacional. ¿Cuál está siendo el resultado?

No muy halagüeño. Schuman cuenta que “el crecimiento se ha ralentizado, el paro ha aumentado y los gerentes de pymes como Moon Seung no dejan de lamentarse”. Moon Seung es el fundador de Dasung, una fábrica de componentes para automóviles de las afueras de Seúl, cuyos costes laborales se incrementaron un 3% el año pasado, después de que entrara en vigor el nuevo salario mínimo (SMI). Este se ha encarecido el 11%, que no es ni la mitad de lo que ha anunciado aquí Sánchez, pero ha bastado para comerse los estrechos márgenes de Dasung y frenar en seco cualquier contratación. “Los perjuicios no los están sufriendo solo los empleadores”, advierte Moon Seung.

“El principal problema”, prosigue Schumann, “es la presión [competitiva] sobre los negocios pequeños, que son a menudo incapaces de trasladar los mayores costes a sus clientes. Una encuesta realizada por la patronal de las pymes Kbiz en 2017 revelaba que el 42% de sus asociados se verían forzados a destruir empleo por culpa del alza del SMI.

Song Minji, la fundadora de una modesta compañía de publicidad, también cuenta al diario que no ha podido sustituir a dos trabajadores cuyos contratos expiraban y que sus tareas las ha repartido entre el resto de la plantilla.

Menos actividad, más paro y mayor carga laboral para quienes tienen la fortuna de conservar el puesto: no parece un balance brillante y, de hecho, la popularidad de Moon se ha desplomado desde el 84% de mediados de 2017 al 45% del último sondeo. Algunos economistas creen que es pronto para extraer enseñanzas. “Necesita tiempo”, dice el decano de una escuela de negocios de Seúl. Y el responsable del servicio de estudios de HSBC atribuye la falta de vigor de Corea del Sur no tanto a las medidas de Moon como a la desaceleración mundial.

Sea como fuere, el presidente no tiene intención de enmendar el rumbo y para 2019 ha presentado los presupuestos más expansivos de la última década y una subida del SMI de otro 11%. Está convencido de que su remedio es acertado y que lo que falla es la dosis.

Mientras, en la otra orilla del Pacífico, Estados Unidos creció el 3,4% en el tercer trimestre, el paro se encuentra en los niveles más bajos desde 1969 y los salarios se recuperan a ritmos superiores al 4% sin que se aprecien signos de recalentamiento. (Foto: Robert Borden)

Kim Yong Chol

La mano derecha de Kim Jong-un visita Washington. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Tal y como anunciamos en esta columna la semana pasada, los pasos al segundo encuentro entre Kim Jong-un y el presidente Trump están avanzando. Kim Yong Chol, el elegido por el líder norcoreano para negociar con Washington, llegó a la capital el pasado jueves por la noche y el encargado especial para Corea del Norte del Departamento de Estado, Stephen Biegun, lo recibió en el aeropuerto y lo acompañó hasta el hotel. El viernes se reunió con el Secretario de Estado y luego se dirigió a la Casa Blanca donde pasó una hora y media en compañía de Trump. En este encuentro se acordó que la segunda cumbre se efectuará a finales de febrero, de acuerdo a palabras de la portavoz de prensa de la Oficina Oval.

Con pocos detalles desvelados, ahora la incertidumbre recae en el lugar del encuentro. The Wall Street Journal afirmaba que fuentes cercanas a las partes habían dicho que se están valorando Vietnam o Suecia. Mientras las reuniones tenían lugar en la capital estadounidense, Choe Son-hui, viceministro de Relaciones Exteriores de Corea del Norte, aterrizaba en Suecia, para participar en una conferencia organizado por el primer ministro del país, que consiste en pequeños grupos de trabajo con expertos internacionales. Evento en el que Stephen Biegun también participaba. Y a pesar de que no ha habido confirmaciones oficiales, se esperaba que Choe y Biegun se reunieran para acordar más detalles de la segunda cumbre entre Trump y Kim.

La Administración Trump se muestra muy positiva ante la los avances que pueden conseguir en un segundo encuentro y la disposición de Pyongyang a negociar. El mismo Pompeo admitió que a pesar de que Kim Yong Chol no respondió preguntas de periodistas, si posó con una sonrisa para la foto, lo que podría ser interpretado como un cambio o al menos una ligera apertura.

Sin embargo, es importante destacar que no se ha podido verificar ningún progreso real de desnuclearización de Corea del Norte. Es más, muchos expertos afirman que el régimen de Kim no ha tomado ninguna medida para desnuclearizarse, por el contrario, afirman que han seguido avanzando en su programa nuclear desde junio, momento de la primera cumbre en Singapur.

El mismo vicepresidente estadounidense, Mike Pence, admitió en un evento en el Departamento de Estado la semana pasada que “hay una falta de progreso”, mientras ponía el énfasis en que el diálogo entre Trump y Kim es prometedor. Sin embargo, remarcó que la Administración Trump sigue a la espera de pasos concretos por parte de Corea del Norte, como “el desmantelamiento de arsenal nuclear que representa un riesgo para nuestra gente y nuestros aliados”.

El mismo Trump ha asegurado que un segundo encuentro entre él y el líder norcoreano podría permitir que se suavicen las grandes diferencias y se mejoren las relaciones entre ambos líderes que han estado marcadas por décadas de desconfianza. Sin embargo, los hechos demuestran que después de Singapur no ha habido ningún progreso real en la demanda principal de Estados Unidos: “la desnuclearización de la Península Coreana”. Por lo contrario, en un conato fallido de reuniones entre ambas partes el pasado otoño en Naciones Unidas, las reuniones ni siquiera pudieron llegar a organizarse. Y el mismo Stephen Biegun no ha podido dar resultados concretos, pues los norcoreanos han exigido que las reuniones sean con el mismo Pompeo. Todo apunta a que Pyongyang es quien están controlando la situación.

En el terreno diplomático, la Administración Trump está acabando sus cartuchos. Trump ha hecho brillar a un dictador opresor en la escena internacional, le ha otorgado estatus de líder que merece un tratamiento de Jefe de Estado de país libre y, a cambio, no ha conseguido más que promesas. Este segundo encuentro tiene que dar resultados reales. Tiene que fijarse una agenda de inspecciones nucleares que permitan verificar, tal y como Pyongyang afirma, que estén desnuclearizándose realmente; determinar una hoja de ruta, que contenga los pasos a seguir y que puedan ser correspondidos con algún tipo de levantamiento, pero progresivo, de sanciones en las que el régimen norcoreano pueda percibir algo de  desahogo económico interno a cambio de su real disposición a desnuclearizarse y siempre sujeto a regresar al punto inicial de haber un cambio de actitud.

Trump tiene muchos problemas internos en su país ahora mismo, a pesar de que la economía va bien. Por lo tanto, necesita una cumbre que alimente su ego y lo ayude a mejorar sus índices de popularidad. Este encuentro internacional es la plataforma perfecta para ello y le va a permitir cambiar la atención de problemas a algo positivo, al menos durante los apretones de manos y las fotos.