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Nobel metalwork embedded in floor. Nobel Museum. Stockholm, Sweden. (c) Allan LEONARD @MrUlster

Cómo la obsesión de Trump por ganar el Nobel lo aleja de la paz. Miguel Ors Villarejo

“Poco después de que el éxito de El arte de la negociación (1987) lo convirtiera en un supuesto experto en acuerdos”, escribe la investigadora del Fondo Carnegie para la Paz Internacional Jessica T. Mathews, “Donald Trump presionó a la Administración de George Bush [padre] para que le encomendara el diálogo con la Unión Soviética para la reducción del arsenal nuclear. Al final, el cargo recayó en Richard Burt, un veterano diplomático especializado en control de armamento. Cuando ambos coincidieron en un evento social en Nueva York, Trump cogió a Burt en un aparte y lo aleccionó sobre lo que él habría hecho (y Burt debería haber hecho) para arrancar la conversación. Recibe a los soviéticos afectuosamente, le dijo. Deja que las delegaciones tomen asiento y desplieguen sus papeles. En ese momento, levántate, apoya los nudillos en la mesa, echa el cuerpo adelante, diles: ‘¡Jodeos!’ y sal de la habitación”.

“Trump”, sostiene Mathews, “piensa que [en una negociación] lo que funciona es lo inesperado. Desconcertar al interlocutor es lo que, en su opinión, permite que acabes saliéndote con la tuya”.

No he leído El arte de la negociación, pero sí Nunca tires la toalla y varias de las operaciones inmobiliarias que Trump describe confirman la impresión de Mathews. El presidente es un hombre de acción. Ha venido al mundo a hacer grandes cosas, como la Torre Trump de Chicago o el Trump Soho Hotel, y trabaja frenéticamente desde las cinco de la mañana. Pero aquí y allá tropieza con hombrecillos que le oponen resistencia por ignorancia o por pura maldad. Su estrategia consiste en diferenciar cuáles de ellos son sensibles al halago y cuáles a la intimidación, y obrar en consecuencia. A veces te envía una legión de abogados, pero a veces te sorprende con su “conciencia ética”, como cuando se empeñó en levantar un campo de golf en Escocia y, para congraciarse con los ecologistas, creó madrigueras artificiales para las nutrias, instaló cajas refugio para los murciélagos y recolectó semillas para preservar las especies autóctonas. “La gente esperaba un duelo y, en lugar de eso, brindamos una alianza”.

No es difícil identificar este patrón en su relación con Kim Jong-un. En agosto de 2017 Trump prometió sepultarlo bajo una tormenta de “fuego e ira”, pero después de que el Amado Líder filtrara su disposición a estudiar la “desnuclearización completa de la península coreana”, el presidente cambió radicalmente su registro y declaró que Kim y él estaban “enamorados”.

Parece que Trump estableció una conexión prematura entre sus amenazas y el anuncio de Kim, incluso sugirió al Gobierno japonés que presentara su candidatura al Nobel de la Paz. Pero la desnuclearización completa de la península coreana es algo que los Kim llevan planteando desde hace 25 años. “Al referirse a la península coreana y no a Corea del Norte”, explica Mathews, “Pyongyang da a entender que se desnuclearizará cuando Estados Unidos firme un tratado de paz que dé por finalizada la guerra de Corea, disuelva su alianza militar con Seúl, repliegue sus fuerzas y desactive el escudo nuclear que protege a Corea del Sur y Japón”. O sea, una retirada general.

Aunque Trump llegó a afirmar que “Corea del Norte no supone ya ninguna amenaza”, la realidad no tardó en salir a la luz. Pyongyang se ha negado reiteradamente a facilitar una lista de los silos donde aloja sus misiles y, cuando tres meses después de la cumbre de Singapur el secretario de Estado Mike Pompeo viajó a Corea del Norte para reclamarla, Kim ni siquiera lo recibió.

Ante semejantes muestras de deslealtad, el encuentro de febrero solo podía ser un fracaso y Mathews se pregunta cuál es el siguiente paso. Por las malas ya hemos visto que no se saca nada de los Kim, pero por las buenas tampoco: después de que en 1994 se comprometieran a interrumpir la producción de plutonio, en 2002 se descubrió una instalación en la que no estaban efectivamente enriqueciendo plutonio, sino uranio.

“Corea del Norte no va a renunciar nunca a la disuasión nuclear, salvo quizás en un futuro lejano”, argumenta Mathews. Kim ha visto cómo terminaron Sadam Husein o Muamar el Gadafi y es consciente de que habrían corrido una suerte muy diferente si hubieran contado con la bomba atómica. Además, la historia enseña que, si perseveras como India o Paquistán, Washington acaba por resignarse y te deja conservar tu arsenal.

Hasta ahora, Estados Unidos ha instado a los norcoreanos a que entreguen las armas si quieren apoyo económico. “Dejen de ser una amenaza”, les dice, “y nosotros les ayudaremos a prosperar”. Pero igual hay que recorrer el camino inverso: ayudarles a prosperar para que dejen de ser una amenaza. A Kim Jong-un le preocupa el bienestar de su pueblo más que a su padre o a su abuelo, y necesita desesperadamente capitales. A cambio del levantamiento de sanciones, podría considerar concesiones más asumibles que la desnuclearización total, como dejar de realizar ensayos o congelar la fabricación de combustible atómico.

Se trata, sin embargo, de pasos modestos y poco espectaculares, por los que es poco probable que le den a nadie el Nobel. (Foto: Allan Leonard)

shogun

Japón, un estado de antigua data. Nieves C. Pérez Rodríguez

Con este artículo, iniciamos una serie sobre Japón en vísperas de la ceremonia de traspaso del trono del emperador Akihito al príncipe heredero Naruhito, ceremonia en la que 4Asia estará presente.

Japón -日本- que significa literalmente el país del sol naciente, es una de las naciones más pobladas de Asia, con 127 millones de habitantes y con una geografía realmente compleja. Su territorio se compone básicamente de islas. El 97 por ciento de la superficie del país lo conforman cuatro islas principales: Honshū, Hokkaidō, Kyūshū y Shikoku, y el resto, otras pequeñas 6848 islas adyacentes. Se tienen registros que las islas japonesas fueron habitadas desde la Edad de Piedra.

Cuenta la leyenda japonesa que Japón se fundó en el siglo VII a.C. por el Emperador Jinmu. Los emperadores han sido siempre una figura central en la cultura del país nipón y han ejercido como los gobernadores oficiales, aunque el poder real estuvo en manos de cortesanos, nobles o shogunes hasta la época más contemporánea. Los shogunes eran señores feudales que tenían sus propios ejércitos y sus títulos eran concedidos por el mismo Emperador quien, al otorgarlos, daba con ellos el poder de las decisiones de la nación.

En 1549 llegó a Japón a través de las rutas comerciales portuguesas el español jesuita Francisco Javier para predicar el cristianismo. Lo que con el paso de los años, despertó inquietud en el Shogunato, pues creían que eran parte de una invasión o conquista militar, por lo que decidieron cerrar las fronteras japonesas al exterior. Ese hermetismo se mantuvo más de 250 años, cuando finalmente el oficial de la Armada de Estados Unidos, Matthew Perry, a través del tratado de Kanagawa de 1854 consiguió romper el aislamiento.

Inicialmente, Perry se negó a negociar con los shogunes pues entendía que debía hacerlo con la cabeza del país, o sea el Emperador. Y después de intentarlo fallidamente comprendió que la figura del soberano estaba en una posición superior, un tanto mitificada, y que no lo lograría. El Shogunato no concebía que un extranjero y además un común se reuniera con el Emperador.  Lo que si consiguió Perry  fue que Japón abriera sus puertos al comercio con Estados Unidos a partir de ese momento.

Esa apertura a occidente incorporó cambios sociales en Japón que incomodaron a la sociedad nipona y que acabó en conflicto entre las facciones del Shogunato, desencadenado una corta rebelión civil conocida como la “guerra de Boshin”, entre 1868 a 1869, que resultó en el fin del Shogunato o corte y el retorno de todos los poderes a las manos del Emperador.

El Emperador aprovechó el momento para modernizar el Estado japonés, eliminando el sistema feudal existente hasta entonces e incorporando instituciones de corte más occidental y reformas sociales, económicas y hasta legales. Todos esos cambios impulsaron el desarrollo de Japón hacia una potencia mundial mediana de la época.

Tras el éxito de la guerra de Japón con China (1894) básicamente por controlar más territorio en el Pacífico, incluida Corea, el dominio de Asia pasó de manos chinas a japonesas por primera vez. Japón se hizo con la isla de Taiwán y el control de Corea. Y posteriormente la guerra ruso-japonesa (1904-1905), que tuvo lugar por el desacuerdo sobre quién contralaría la península coreana ya que mientras que el Imperio japonés reclamaba el control de la península, el Imperio ruso estaba en busca de un puerto que no sufriera congelamiento durante el invierno.

La victoria de Japón sobre Rusia fue un hito histórico, pues era fue la primera vez que un pueblo no caucásico ganaba a un pueblo europeo. Japón se consagró como potencia mundial en el siglo XX.

Un elemento constante en la historia japonesa desde la antigüedad hasta la primera mitad siglo XX es la existencia de emperadores, así como del componente militar. La civilización nipona ha mantenido sus costumbres y tradiciones a través de los siglos precisamente por haber sido una sociedad cerrada, a pesar de que su territorio está compuesto por islas, lo que naturalmente les obliga a salir en busca de recursos o del comercio. La lucha y las batallas se entendían como necesarias y entrenaban para estar listos cuando fuera necesario. Tal y como dice un antiguo proverbio japonés: “Ningún mar en calma hizo un experto marinero”.

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INTERREGNUM: Ruta de la Seda 2.0. Fernando Delage

Se celebra esta semana en Pekín la segunda cumbre de la Ruta de la Seda (BRI en sus siglas en inglés). Dos años después del primer encuentro, cuatro después de la presentación del Plan de Acción de la iniciativa, y casi seis después de su anuncio por el presidente chino, el proyecto avanza en su desarrollo, desafiando a los escépticos. Las críticas sobre la falta de transparencia del programa, los riesgos medioambientales y laborales que está ocasionando, o la sostenibilidad de la deuda en que incurren los países participantes son probablemente acertadas, pero es innegable que China ha aprendido en este tiempo de sus errores.

En su intervención ante una cumbre que marcará una nueva etapa en la iniciativa, Xi Jinping intentará despejar los temores de quienes se oponen a la misma y anunciará posibles reajustes en una idea que si se caracteriza por algo es por su flexibilidad. La mejor manera de valorar BRI consiste por tanto en analizar cada proyecto concreto sobre la base de sus propios méritos. Algunos responden a claras motivaciones estratégicas y carecen de toda lógica económica; en otros prevalece en cambio la búsqueda de rentabilidad comercial e inversora a medio-largo plazo. Pero en todos ellos Pekín cuenta con el margen de maniobra que le proporciona su método de funcionamiento: pese a la retórica multilateral que le acompaña, BRI es en realidad una red de acuerdos bilaterales.

Lo que guía a los dirigentes chinos es el imperativo del crecimiento económico que asegure la estabilidad social y política interna. Tras 40 años de rápido desarrollo, su mantenimiento es un objetivo que requiere reorganizar Asia—mediante la integración del espacio euroasiático—e, incluso, la economía global. De ahí la preocupación de las grandes potencias por las implicaciones estratégicas de BRI, como ha vuelto a ponerse de relieve con ocasión de la segunda cumbre.

Estados Unidos, India, Japón y Australia han intentado dar forma a una estrategia “Indo-Pacífico” como modelo alternativo a la Ruta de la Seda y al acercamiento entre Moscú y Pekín, pero la divergencia de enfoques entre sus miembros complica su realización. Washington, que no enviará a ningún alto cargo a Pekín, ha impulsado nuevos instrumentos—como la BUILD Act y un nuevo fondo de financiación de infraestructuras dotado con 60.000 millones de dólares—cuya operatividad es aún discutible. Su aproximación unilateral no conduce por lo demás sino a profundizar en su aislamiento diplomático. India no asistió a la primera cumbre y tampoco lo hará a ésta, reiterando así su oposición a una iniciativa que en buena medida depende de ella. Por su tamaño y ubicación—India es el elemento fundamental que une los dos ejes de BRI, el continental y el marítimo—Pekín es consciente de que la hostilidad de Delhi puede hacer inviable el proyecto.

Sin sumarse tampoco a la Ruta de la Seda de manera oficial, pero permitiendo la participación de su sector privado, Japón es quizá quien ha articulado la estrategia más eficaz. En cuantos foros multilaterales participa—G7, G20, APEC o la Cumbre de Asia Oriental—Tokio está promoviendo el concepto de “infraestructuras de calidad”, con el fin de establecer unos principios comunes—transparencia, límites al volumen de deuda, impacto social y medioambiental, y coherencia con la estrategia de desarrollo de los países receptores, entre otros—que ponen en evidencia la debilidad de las prácticas chinas. Al mismo tiempo, Japón se está asociando con otros países, China incluida, para promover la financiación de infraestructuras en el mundo en desarrollo. Su no participación en BRI, no significa que Tokio no quiera dialogar con Pekín al respecto.

Sin abandonar su inquietud por el ascenso de China, los movimientos de Japón suponen un reconocimiento del sinsentido de pretender quitarle a un gigante como la República Popular su espacio, en unas circunstancias en que aumentan además las dudas sobre la posición de Estados Unidos en la región. A ningún país asiático beneficia un continente dividido en dos, ni en Eurasia ni en el Indo-Pacífico. Tampoco a ese tercero—la Unión Europea—cuyo futuro está también sujeto a la evolución del tablero económico y geopolítico asiático. (Foto: Kostas Mylonas)

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Israel-Trump: cierta tensión con China al fondo

Hay tensión, de nivel bajo de momento, entre Jerusalén y Washington, aunque está pasando desapercibida. Y esta situación tiene que ver con el acercamiento entre Israel y China desde el pasado año. En octubre de 2018, Netanyahu y el vicepresidente de China, Wang Qishan, fueron los anfitriones de una conferencia de comercio e innovación de alto perfil en Jerusalén. Netanyahu anunció en ese momento que los dos países concluirían un acuerdo de libre comercio en 2019, y que China planea invertir fuertemente en infraestructura israelí, incluidos nuevos puertos y un tren ligero.

Este hecho ya llamó la atención de las autoridades estadounidenses que ven con preocupación el establecimiento de puertos directamente chinos o gestionados por empresas chinas a lo largo de la ruta de acceso del transporte occidental entre el Pacífico y el Atlántico. Puertos chinos en Pakistán; una base militar en Yibuti a las puertas del Mar Rojo; el proyecto de un nuevo puerto construido por China en Haifa, en la costa norte de Israel; la gestión del puerto de Nápoles, y las conversaciones para que empresas chinas entren en la administración de los puertos de Barcelona y Valencia son jalones en una estrategia que EEUU observa con precaución.
El mes pasado, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, advirtió al primer ministro Benjamin Netanyahu que, si Israel no frena sus vínculos con China, su relación de seguridad con Estados Unidos podría sufrir. Se informó que mensajes similares han sido retransmitidos en los últimos meses por altos funcionarios de la administración de Trump, incluidos el Asesor de Seguridad Nacional John Bolton y el Secretario de Estado Mike Pompeo.
Porque además del puerto de Haifa hay una pretensión china de entrar en las telecomunicaciones en Israel, de momento frenada tras un informe del servicio interior de inteligencia, el Shin Bet, por temor a la penetración de inteligencia china a través de su tecnología. Hay que recordar que en Israel hay instalaciones conjuntas de EEUU e Israel para control del espacio radioeléctrico, entre otras cosas. Donald Trump reestableció una relación con Netanyahu, que se había deteriorado en tiempos de Obama. El primer ministro israelí y el anterior presidente discrepaban en numerosos asuntos, aunque entre las dos administraciones los lazos siempre han sido sólidos.
Pero la situación es nueva. China quiere estar en todos los países que pueda y llega con dinero y proyectos generosos, esa es su forma de entrar. Pero en Israel, como en Europa, las tecnologías informáticas chinas han encendido alarmas y planteado la duda sobre la bondad de algunos contratos y alianzas. Además, en aquella región, con presión terrorista sobre Israel y Rusia fortaleciendo posiciones a pocos metros de la frontera israelí con Siria e Irán como aliados, cualquier movimiento de este tipo puede ser un tsunami. China sigue ganando protagonismo con su estrategia pragmática y cada vez es menos prescindible en cualquier zona del planeta. Ese es el dato. (Foto: Zsolt Varga)
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La alianza Hanoi – Washington, un modelo en alza. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Después de más de cuatro décadas del final de la Guerra de Vietnam, y en contra de lo que suele suceder entre países que han peleado en bandos opuestos, las relaciones de Estados Unidos y Vietnam han evolucionado sorpresivamente. Hoy son aliados en la región del Pacífico, con una amplia cooperación en materia de seguridad que no ha hecho más que crecer y fortalecerse en los últimos años.

La historia de Vietnam está marcada por sus etapas coloniales. Fueron parte de la China imperial hasta 939 donde crearon su propio estado. Luego, los franceses, en la mitad del siglo XIX, colonizaron la península Indochina hasta 1954. Los japoneses también intentaron colonizar a los vietnamitas para evitar la incursión de los Estados Unidos, durante la II Guerra Mundial. Todo ello dejó a Vietnam dividida políticamente en dos estados rivales, lo que acabo en la guerra que ganó el norte, y que unificó al país bajo un régimen comunista que permaneció cerrado hasta 1986, momento en que se iniciaron reformas políticas y económicas.

Las favorables reformas dieron como resultado el empuje económico de Vietnam, que ha venido ocupando un lugar muy positivo de crecimiento económico desde el 2010 y que lo sitúa entre los más alto del mundo. En 2007 el país ingresó en la Organización Mundial del Comercial.

Las relaciones entre Washington y Hanoi se normalizaron formalmente en 1995. Y desde entonces se han basado en el respeto profundo. Vietnam y su peculiar sistema comunista, que gracias a su apertura le ha permitido convertirse en una nación con un notable desarrollo económico en la región. Y Estados Unidos ha invertido millones de dólares por su parte, para mitigar el cambio climático allí, por su alto nivel de vulnerabilidad.

Randall G. Schiver -subsecretario de Defensa para asuntos de Seguridad en el Indo-Pacífico-, apunta que la importancia de Vietnam para los Estados Unidos queda clara con las visitas de oficiales de la Administración Trump. Trump ha estado dos veces desde que tomó la presidencia. El secretario de la Defensa Mattis visitó Vietnam dos veces durante el mismo año -2018-, lo que es prueba la solidez de las relaciones en materia de defensa entre ambas naciones.

“Las relaciones están basadas en un interés común que compartimos” remarcó Schiver en un foro sobre las relaciones bilaterales a mediados de la semana pasada en Washington. Creemos que cada nación en la región debe determinar el camino que desean seguir, incluso los países más pequeños tienen el derecho de decidir su futuro sin la influencia de los países poderosos, es decir, su soberanía, libertad y prosperidad”. Subrayó el peligro que representa China para el sureste asiático, con especial énfasis en el mar del sur de China, donde se han cometido atrocidades ambientales para reclamar soberanía, entre otras muchas irregularidades.

Así mismo, el embajador vietnamita en Washington -HA Kim Ngoc- en este mismo foro, afirmó que las relaciones entre ambas naciones son realmente amplias, partiendo del mantenimiento de la paz en la región, que es una prioridad. Pero también lo es la navegación libre por el Pacífico. O el rol de la ASEAN, o la desnuclearización de la península coreana. Afirmó que, a pesar de no compartir ni historia, ni ideología, han podido elevar la cooperación a un punto de alianza estratégica.

El protagonismo de Vietnam ha ido también aumentando progresivamente. Lo prueba el hecho de que fue el lugar elegido por la Casa Blanca para la segunda cumbre entre Trump y Kim Jong-un. En ese encuentro, Vietnam aprovechó para mostrar su desarrollo, su apertura y disposición para servir de mediadores internacionales. Especialmente con Corea del Norte, con el que comparten un sistema comunista similar. En este momento, Hanoi está promoviendo activamente el encuentro de la ASEAN 2020, que se llevará a cabo en Vietnam y en el que además asumirá la presidencia. Otro elemento clave para la región, pues ASEAN tiene un rol predominante en la zona.

Mientras que Estados Unidos representa el modelo capitalista más dinámico y poderoso, han podido establecer una relación bilateral con Vietnam en la que el apoyo es mutuo y el respeto es la clave. No se cuestionan las diferencias ideológicas, a pesar de ser profundas. Es un gran ejemplo a seguir para muchas otras naciones, en el que la cooperación debe ser estratégica sin pretensiones autoritarias.

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La conquista china de los “Social Media”. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- China no es sólo el país más poblado del planeta o la segunda economía del mundo, sino que ahora también domina el mundo de “social media” que hasta hace poco estaba liderado por Facebook, Twitter, YouTube o Instagram. A ésta última le salió competidor chino, una aplicación que a día de hoy cuenta con más de 500 millones de usuarios en el mundo.

Tik Tok es el nombre de la aplicación, o “Douyin” que es como más comúnmente se le conoce en China.  El dueño de esta aplicación que está arrasando con sus competidores es ByteDance Technology, una empresa asentada en Beijing de tecnología digital que opera varias plataformas habilitadas para el aprendizaje automático de equipos. En otras palabras, ByteDance se especializa en conectar personas a través de inteligencia artificial y basado en los datos que los propios usuarios proporcionan.

ByteDance fue creada a principios del 2012 y hoy su valor supera los 20 mil millones de dólares. La empresa china de servicios digitales ha experimentado un crecimiento tan espectacular que hoy ocupa el primer lugar en el gigante asiático. Si se establece una comparación con las redes más usadas y visitadas, Twitter por ejemplo, cuenta con 321 millones de usuarios, o Snapchat, una aplicación de 300 millones de usuarios comprendidos entre los 13 y 25 años de edad -según la agencia Omnicor-. Tik Tok sólo es superada por Instagram, que es la aplicación usada mayoritariamente por los milenialls y los adolescentes y que cuenta con 1000 millones de usuarios -de acuerdo a Brandwatch-.

Algunos expertos en plataformas digitales coinciden en que el éxito de Tik Tok consiste en que no tiene mucha publicidad y no hay contenido político. Para abrir un perfil en esta aplicación, los usuarios deben compartir información personal como: una dirección de correo electrónico, número de teléfono, nombre de usuario, nombre y apellido, una breve biografía y una foto de perfil. Tik Tok sirve para crear videos de corta duración, a los que se puede agregar efectos, doblar canciones y, ya que la idea es que sean divertidos, al punto de hacer el tonto.

Además de crear y compartir videos, la aplicación permite a los usuarios interactuar con otros usuarios comentando sus videos y tiene la opción de enviar mensajes directos. Las cuentas son públicas de forma predeterminada, lo que deja la biografía del perfil abierta y el nombre del usuario, la imagen y los vídeos, incluso de niños, pueden ser vistos por otros usuarios. La aplicación se concibió para permitír el envío de mensajes directos, lo que ocasionó que adultos interactuaran con niños, lo que acabó en denuncias de padres estadounidenses. La institución de protección al consumidor estadounidense (Federal Trade Commission, FTC por sus siglas en inglés) basándose en la ley de protección de la privacidad de niños (Children´s Online Privacy Protection) llevó el caso al Departamento de Justicia, y la operadora de videos china acordó a pagar 5.7 millones de dólares, la pena civil más alta por haber violado la privacidad de menores hasta el momento. Además del pago millonario acordado el pasado febrero, Tik Tok está obligada a respetar la ley de protección de la privacidad de niños y, por lo tanto, ha tenido que retirar vídeos de menores de 13 años para poder seguir operando en territorio estadounidense, donde cuentan con 6 millones de usuarios.

Tik Tok, antes llamado Musical, entiende la dimensión del mercado estadounidense y la necesidad de seguir las reglas para poder continuar accediendo a esta generosa audiencia. Acordaron el pago millonario y además cambiar sus ajustes iniciales de no privacidad. Esto representa un buen ejemplo de lo que las empresas chinas están dispuestas a sacrificar por no quedarse fuera del lucrativo mercado estadounidense, pero también es un buen ejemplo de la manera sobre cómo las democracias puede combatir los abusos de las corporaciones extranjeras. En el fondo, Washington no sólo está en guerra de aranceles con China. Desde Washington se está intentado erradicar las prácticas irregulares de los chinos, que han sido en gran medida parte del éxito económico que han experimentado en los últimos años. En otras palabras, el crecimiento de la economía china no es el problema, lo que incomoda a Estados Unidos es que se abuse el sistema para hacerse con más beneficios. (Foto: Luc Legay)

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INTERREGNUM: China: demografía e innovación. Fernando Delage

Entre esos datos estadísticos que no suelen aparecer en los titulares de los medios de comunicación, la semana pasada se dio a conocer la cifra de nuevos nacimientos en China en 2018: 15,2 millones. Es decir, dos millones menos que el año anterior, y segundo año consecutivo, por tanto, de caída de la natalidad desde que, en 2015, se aboliera formalmente la política del hijo único. En términos porcentuales, la población china creció un 0,38 por cien, un incremento comparable al de los países de Europa occidental. Lo significativo es que se trata del crecimiento más bajo desde 1961, año en que la República Popular afrontaba la pérdida de hasta 40 millones de personas como consecuencia de las hambrunas causadas por el Gran Salto Adelante maoísta.

La demografía, como vienen advirtiendo numerosos economistas desde hace años, es uno de los principales obstáculos al crecimiento sostenido de China. El tamaño de la población activa—y la ventaja competitiva de unos bajos salarios—fue uno de los factores decisivos del despegue económico desde la década de los ochenta. La política del hijo único—impuesta por la presión que suponía una población de esas dimensiones sobre un Estado con limitados recursos—ha tenido, sin embargo, un impacto difícil de corregir. El censo de 2010 ya reveló un crecimiento anual de la población del 0,57 por cien en la primera década del siglo XXI frente al 1,07 de los años noventa, un dato muy por debajo de lo que se esperaba.

La consecuencia es que el número de chinos en edad de trabajar ha comenzado a contraerse: si entre 1990 y 2010 seis millones de trabajadores se incorporaban anualmente al mercado laboral, durante las próximas dos décadas la población activa se reducirá en unos 6,7 millones de trabajadores cada año. De 940 millones en 2012, se pasará así a 700 millones en 2050, fecha en la que uno de cada tres chinos tendrá más de 65 años. (La población total comenzará a disminuir tras alcanzar un máximo de 1.440 millones en 2029).

El envejecimiento de la población —en un país con una reducida red de seguridad social—, y la reducción de la población activa se traducirán en una disminución gradual del ahorro (y por tanto de la inversión), y empujarán al alza de manera significativa los costes salariales, afectando a la competitividad y al empuje de la economía. Es un desafío que explica la prioridad de los dirigentes chinos por promover un aumento de la productividad apoyado en la innovación y la tecnología. Lo que, a su vez, está en el origen de las actuales tensiones económicas con Estados Unidos y, en parte también, con la Unión Europea.

La aceleración del envejecimiento de una sociedad con una renta per cápita aún baja—al contrario de lo que ocurre en Japón o Corea del Sur, países que también atraviesan un complejo declive demográfico—puede complicar en gran medida las ambiciones chinas y alterar la dinámica política interna. Pero también pone de relieve—justamente cuando la Comisión Europea acaba de adoptar unas nuevas orientaciones estratégicas hacia China que el Consejo Europeo discutirá en su reunión de esta semana—, que la competencia internacional no es tan sólo geopolítica o comercial. La variable demográfica es una de las razones que explica por qué es en relación con la política industrial, y con el sector tecnológico en particular, donde se juega la pertenencia a la primera división mundial del futuro.

Estados Unidos lo tiene claro, aunque quizá no haya formulado una estrategia hacia China coherente y sostenible a largo plazo. Es ahora el turno de los líderes europeos de ser consecuentes con el mundo que se avecina. La demografía condiciona la superación por China de la trampa de los ingresos medios, pero formular una política sobre la base de un escenario de no sostenibilidad de su crecimiento a largo plazo significa desconocer la determinación de Pekín de ocupar una posición de liderazgo en la economía global del siglo XXI. (Foto: Eric Hevesy)

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5G el debate más allá de lo tecnológico. Nieves C. Pérez Rodríguez

El desarrollo de la tecnología 5G y su necesaria aplicación despertó un gran debate en el que inicialmente se subestimó la capacidad de China de ir a la velocidad que impone la tecnología y se cuestionó el hecho de que pudiera jugar dentro de las reglas del juego del comercio internacional, así como la injerencia del Estado chino en sus empresas privadas.

Beijing aprendió del gran fracaso a finales de los 90 y principios del 2000, cuando intentaron sin éxito desarrollar la red 3G y perdieron enormes cantidades de dinero. Pero esos diez años los preparó para el momento en que tocó hacerlo la red 5G, de la mano de Huawei -la gigantesca empresa de telecomunicaciones china-.Y, en efecto, pudo conseguirlo gracias al enorme capital que el Estado chino dedicó a tal propósito. Lo que a su vez se traduce en una injusta competencia frente a otros proveedores internacionales de telecomunicaciones, cuya supervivencia es producto de la calidad del servicio que ofrezcan, así como de los beneficios económicos que consigan.

La relación del Estado chino con sus empresas y el Partido Comunista Chino, así como la legislación china que contempla la obligación de estas compañías de facilitar información al Estado de ser solicitada, incomoda mucho a occidente. Durante años, oficiales estadounidenses han insistido en que Huawei puede ser usada por Beijing para espiar o interrumpir comunicaciones, de acuerdo a su conveniencia, lo que es percibido como un grave riesgo para la seguridad nacional de Estados Unidos.

Otra cosa que preocupa a Washington es la penetración y creciente mercado de objetos cotidianos conectados a internet (IoT devices, por su nombre en inglés), que cada día aumentan su demanda, cosas tan comunes como el timbre de casa que está conectado a internet y que al sonar activa la cámara y emite una señal al móvil del propietario de la vivienda en el que aparece un video en tiempo real de quién está en la puerta. O los hornos programables conectados a la red, o los refrigeradores, los sistemas de calefacción o aire acondicionado. La teoría que cuenta con apoyo del Senado estadounidense consiste en que China, como actor estatal, podría aprovechar el acceso a través de equipos, para estar investigando, rastreando todo tipo de actividades.

El gobierno estadounidense ha intentado advertir a sus aliados sobre esta posibilidad y ganar apoyos. De hecho, el grupo de “Five eyes” ha estudiado de cerca la preocupación, pues si algunos de ellos usaran la red 5G de Huawei existiría el riesgo de que la información militar que intercambien pueda ser vista por Beijing. Por lo que Australia se mantiene alineada con Washington. Aunque en las investigaciones hechas por Gran Bretaña, en sus primeras conclusiones preliminares, no encontraron rastro de que en efecto hayan dejado una brecha abierta, mientras  Alemania se mantiene alerta, aunque no cerrada. Y Canadá posiblemente se decante por seguir a Estados Unidos, mientras Nueva Zelanda ha expresado su preocupación de que Huawei y el Estado chino estén colaborando.

Esta inquietud no es exclusiva de la Administración Trump. El intentar encontrar mecanismos que permitan un blindaje contra el espionaje y los ciberataques no es algo que comenzó con la Administración Trump, pues ya Obama sancionó a empresas chinas en respuesta a esta inquietud.

Huawei a todo esto respondía la semana pasada con una demanda contra el gobierno de los Estados Unidos, basada en que los argumentos usados para bloquearlos socavan la competencia en el mercado y no se base en hechos reales. Son precisamente estos argumentos los que han intentado pelear corporaciones estadounidenses en tribunales chinos, en diversas ocasiones, sin ningún éxito. Hasta el punto de que han sido llevados hasta el Congreso estadounidense en busca de mediación, también sin ningún éxito.

Otro elemento que preocupa al gobierno de los Estados Unidos es que “China está en el negocio de exportar autoritarismo”. Pues para nadie es un secreto que la libertad es restringida para sus ciudadanos hasta para la navegación a Internet. Según el Think tank Freedom House, China es el país más agresor de la libertad de internet. Y su modelo empieza a ser exportado, según el reporte anual “Freedom of the net 2018” conducido por el mismo centro de pensamiento.  Tan sólo el año pasado China adiestró funcionarios de 36 países de África, América Latina, Europa del Este y Medio Oriente en tecnología autoritaria para sus respectivos gobiernos, exigiendo que las empresas internacionales acaten sus normas de contenido incluso fuera de China. Lo que se traduce en una nueva forma de propagación de su modelo, asegurándose la fidelidad de esos gobiernos replicando lo que el Partido Comunista Chino ha ido perfeccionando.

Por lo tanto, el negocio del 5G a través de Huawei y ZTE con sus equipos podría garantizar a Beijing el acceso a información de cualquier tipo, en cualquier parte donde estos proveedores tengan presencia. Mientras, el Partido Comunista Chino aprovecha sus relaciones políticas para vender su modelo autoritario a otros líderes que tengan la intención de perpetuarse en el poder, lo que termina siendo el negocio más fructífero para los chinos, ganar a través de la venta de equipos, proveer las redes y entrenar hasta a los políticos. ¿Quiénes  son los que están colonizando el mundo con una discreción exquisita? (Foto: RDGS, Flickr)

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INTERREGNUM: Cómo China responde a Trump. Fernando Delage

Al concluir la sesión anual de la Asamblea Popular Nacional, y comenzar formalmente el segundo mandato de Xi Jinping como presidente de la República Popular China, se multiplican las señales sobre un escenario económico y diplomático incierto. El reforzamiento del control del Partido Comunista—elemento central del modelo implantado por Xi desde su llegada al poder—ha contribuido a la desaceleración en curso, al obligar a los gobiernos locales a financiar proyectos de infraestructuras no rentables, al incrementar la deuda de las empresas estatales, al privar de capital al sector privado, o al provocar la desconfianza de los inversores internacionales en el marco regulatorio chino.

El giro de la política de Estados Unidos hacia la República Popular no ha hecho sino agravar los dilemas que afronta Pekín. Las sanciones arancelarias de la administración Trump han debilitado la confianza de los consumidores chinos, y obligado a las empresas multinacionales a considerar el traslado de sus industrias en China a otros países. La denuncia norteamericana de la estrategia de innovación china y, de manera más amplia, el discurso de rivalidad empleado por Washington es un obstáculo añadido a la realización de las ambiciones internacionales de Pekín. Xi Jinping necesita reducir la tensión, para lo que resulta necesario un encuentro personal con el presidente norteamericano. Pero la “singular” reunión de Trump y Kim Jong-un en Hanoi, y las dudas de los líderes chinos sobre la fiabilidad de un compromiso con la actual Casa Blanca, no permiten asegurar de momento que la cumbre del 31 de marzo en Florida vaya a celebrarse.

Naturalmente, Pekín no supedita su estrategia a esta circunstancia. La preocupación es sincera, como reflejan, por ejemplo, los sutiles cambios en el lenguaje. En discursos y documentos oficiales, los líderes chinos ya no describen la situación internacional como un “periodo de oportunidad estratégica”, sino como un “periodo de oportunidad histórica”. La razón cabe atribuirla, según señaló Xi en un discurso ante la Comisión Central Militar el pasado mes de enero, a que “están emergiendo nuevos riesgos, tanto predecibles como impredecibles”. Este ajuste en la percepción de la dinámica internacional ha ido acompañado de un debate interno sobre cómo responder a la transformación de la política china de Estados Unidos.

En los movimientos de Pekín cabe distinguir entre su posición global y la reorientación de su política hacia distintas áreas regionales. Con respecto a la primera, y en contraste con la actitud de Trump hacia los procesos multilaterales, Xi ha redoblado su compromiso con una economía mundial abierta y con la reforma de las instituciones de la gobernanza global. En el frente diplomático regional, Pekín ha hecho un significativo esfuerzo desde hace un año por mejorar sus relaciones con sus vecinos asiáticos—Japón, India y la ASEAN en particular—, así como con Rusia y con la Unión Europea.

El estrechamiento de las relaciones entre Pekín y Moscú, en el terreno militar en especial, se debe en parte, sin duda, a la actitud norteamericana de confrontación hacia la República Popular. Tanto Putin como Xi se sienten cómodos creando una percepción externa de cuasi-alianza entre ambos. El giro de Washington ha acabado con las reticencias chinas a un acercamiento explícito a Moscú. Como también ha motivado un cambio sustancial en su diplomacia hacia Europa. De manera llamativa, en la última cumbre bilateral—julio de 2018—, China renunció a su tradicional exigencia de reconocimiento como economía de mercado y, por primera vez desde 2015, se pudo acordar un comunicado conjunto. Que Pekín haya propuesto adelantar la próxima cumbre anual a abril, es decir, sólo nueve meses después de la anterior, es otra señal del interés de Pekín por hacer fuerza común con Bruselas contra las políticas proteccionistas de Trump. Se espera que Xi visite asimismo París y Roma, en un momento decisivo del debate sobre el futuro de la UE.

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INTERREGNUM. La espiral indo-paquistaní. Fernando Delage

Poco cabía esperar del segundo encuentro del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el líder norcoreano, Kim Jong-un. Al calificar Trump a este último como “un gran líder” que puede proporcionar a su nación “un tremendo futuro”, hay que preguntarse si Washington no ha venido a reconocer de manera tácita el estatus nuclear de Corea del Norte. Las conversaciones han contribuido al menos a rebajar de manera notable la tensión en la península, con la imprevista paradoja de que la Línea de Control que separa, en Cachemira, a dos Estados nucleares—India y Pakistán—ha sustituido a la Zona Desmilitarizada entre las dos Coreas como la frontera más peligrosa de Asia.

Después de que, el 14 de febrero, un terrorista asesinara a más de 40 militares indios en Cachemira, Delhi respondió doce días más tarde con la primera incursión aérea en territorio paquistaní desde la guerra de Bangladesh en 1971. Aunque definió la operación como una “acción preventiva no militar”—su objetivo fue el grupo terrorista Jaish-e-Mohammed—, Pakistán reaccionó de manera inmediata con el envío de sus propios aviones sobre el espacio aéreo indio. ¿Podrá evitarse una nueva escalada? Enemistados desde su independencia, los dos países afrontan la peor crisis en medio siglo, en una espiral que puede escapar con rapidez al control de ambas partes.

Las circunstancias del momento no ayudan a enfriar la hostilidad. India celebra semanas elecciones generales en pocas semanas, y aunque el primer ministro, Narendra Modi, se encuentra con una oportunidad para asegurarse la reelección mediante una línea de firmeza, puede verse asimismo involucrado en un conflicto de consecuencias inciertas. Su homólogo paquistaní, Imran Khan, carece por su parte del poder para determinar las decisiones de las fuerzas armadas. Precisamente por su incapacidad para competir con India con medios convencionales, Pakistán nunca renunció al primer uso de su armamento nuclear, de la misma manera que tampoco abandonará el recurso al terrorismo transfronterizo como “instrumento estratégico” para debilitar a su vecino.

Esta política paquistaní condujo al gobierno de Modi a suspender los canales oficiales de comunicación con Islamabad, y las autoridades de ambos países se encuentran ahora presionados por sus respectivas opiniones públicas para actuar contra el otro. Para complicar las cosas, el margen de actuación de Estados Unidos se ha reducido de manera notable. En choques anteriores—durante la guerra de Kargil en 1999, tras el atentado contra el Parlamento indio en 2001, o en Bombay en 2008, entre otras ocasiones—Washington intervino de manera directa para evitar un conflicto mayor. Estados Unidos reconoce la amenaza terrorista que afronta India desde Pakistán, pero su capacidad de presión sobre éste ha disminuido—en parte por su acercamiento geopolítico a Delhi—, al tiempo que necesita contar con Islamabad como elemento determinante del futuro de Afganistán.

Más eficaces pueden resultar las maniobras chinas.  Su inversión económica y estratégica en Pakistán hará que Pekín se esfuerce por evitar cualquier acción de fuerza contra el país, a la vez que puede dejar de bloquear—como ha hecho a petición de Islamabad—decisiones del Consejo de Seguridad de la ONU contra los grupos terroristas que cobijan sus generales. China tiene un interés prioritario en evitar un conflicto armado y la desestabilización de Asia meridional. De todo ello discutieron la semana pasada en Yuequing los ministros de Asuntos Exteriores de Rusia—Sergey Lavrov—, China—Wang Yi—e India—Sushma Swaraj—, en uno de sus habituales encuentros trilaterales. Aunque la reunión ha puesto en evidencia la rápida pérdida de influencia diplomática de Occidente en esta parte del mundo, tampoco servirá, sin embargo, para resolver ese problema estructural llamado Cachemira.