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INTERREGNUM: La sorpresa malasia. Fernando Delage

El pasado 9 de mayo, la coalición gobernante en Malasia desde la independencia en 1957, Barisan Nasional (BN), sufrió una contundente derrota. Se trata de un giro histórico, que además de revelar el rechazo de una manera de gobernar, puede tener significativas implicaciones para el sureste asiático en su conjunto y complicar la influencia de China en la subregión.

La discriminación de la oposición, unos distritos electorales diseñados para favorecerla, y el control de los medios de comunicación no han servido a BN para mantener el poder. Lo que da idea de la frustración de los votantes con los escándalos de corrupción que rodean al hasta ahora primer ministro, Najib Razak, quien se habría apropiado de hasta 700 millones de dólares del fondo soberano del país (1MDB). No ha sido el único motivo, sin embargo. Las promesas de mejora del nivel de vida y de reducción de impuestos hechas por Najib en las elecciones anteriores no se han cumplido. Pero si algo reflejan los resultados es, sobre todo, la existencia de una joven y dinámica sociedad civil—hasta ahora mayoría silenciosa—que ha decidido enfrentarse a la manipulación electoral, la censura y la supresión de las libertades civiles que han caracterizado al gobierno malasio de manera creciente.

Más revelador aún es que se haya dado la victoria a una candidatura multirracial, Pakatan Harapan (Alianza de la Esperanza), apoyada por las minorías china e india, que defiende un nuevo nacionalismo inclusivo, frente a un BN que ha articulado la política nacional sobre la base de una discriminación positiva a favor de la población malaya. ¿Dejarán de ser la raza y la religión los factores decisivos de la dinámica partidista?

Hay razones para el escepticismo. La segunda sorpresa es que el líder de la coalición ganadora es nada menos que Mahathir Mohamed, durante 22 años (1981-2003) primer ministro al frente de BN. ¿Es creíble que Mahathir vaya a desmontar el sistema que él mismo creó? Asegura, además, que en un año o dos dejará el puesto a Anwar Ibrahim, su antiguo delfín, al que destituyó en 1998 y que terminó en prisión bajo falsas acusaciones de sodomía, y cuya mujer, Wan Azizah es la actual viceprimera ministra. La pregunta se impone: ¿hablamos de un mandato popular para hacer de Malasia un país gobernado por leyes e instituciones imparciales, o se trata de una batalla entre elites tradicionales? Habrá que esperar unos meses para poder responder. Pero que Mahathir, representante por excelencia del nacionalismo malasio, encabezara la oposición, eliminó cuando menos el temor de los votantes a los riesgos de inestabilidad.

Las elecciones marcan por lo demás una corrección de la regresión democrática que ha experimentado el sureste asiático en la última década. Quizá los tailandeses reclamen a la junta militar la convocatoria de los comicios que prometió tras el último golpe de Estado. Es posible que los filipinos terminen reaccionando a las arbitrariedades de Duterte, quien la semana pasada destituyó a la presidenta del Tribunal Supremo. Al gobierno camboyano le resultará más difícil mantener su política de persecución de los opositores. Los obstáculos estructurales al liberalismo no van a desaparecer de un día para otro, pero nadie esperaba lo ocurrido en Malasia. Los líderes autoritarios de la región han recibido un serio aviso.

También China. Najib hizo de las oportunidades económicas derivadas de su estrecha relación con Pekín una de las claves de su gobierno. Mahathir no ha dudado en manifestar sus reservas sobre las inversiones chinas en sectores estratégicos de la nación, y en pronunciarse en contra de sus acciones coercitivas en el mar de China Meridional. Como uno de los líderes centrales de la ASEAN durante dos décadas, Mahathir puede fortalecer la cohesión de la organización, y propiciar la formulación de una estrategia más firme y coherente con respecto a la República Popular. (Foto: Mr_Tariq, Flickr)

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INTERREGNUM. Declaración de hostilidad—por duplicado. Fernando Delage

“Es mucho peor que un crimen; es una estupidez”. Resulta inevitable evocar la célebre frase de Talleyrand, con la que describió la ejecución de un duque borbónico por Napoleón, al comentar el doble error cometido la semana pasada por el presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump.

El abandono del pacto nuclear con Irán coloca a Estados Unidos en compañía de Israel y Arabia Saudí—singulares compañeros de cama los dos últimos en este caso—, y en contra de sus aliados europeos y del resto de la comunidad internacional. Es probable que Trump no sepa quién fue Mossadeq, ni conozca el papel de la CIA en su derrocamiento en 1951; un incidente fundacional del nacionalismo iraní contemporáneo. Pero también parece ignorar las consecuencias de despreciar los principios del realismo político, como ocurrió con la más reciente e irresponsable invasión de Irak en 2003. Si lo que se pretende es facilitar el camino a una guerra en Oriente Próximo, y propiciar así el cambio del régimen iraní—objetivo ilusorio—, sabremos quién desencadenó los acontecimientos.

De momento, Trump ha hecho añicos la credibilidad norteamericana, ya dañada por su discurso antimultilateralista, su retirada del acuerdo sobre cambio climático de París y su irracional marcha atrás con respecto al Acuerdo Transpacífico (TPP). Su declaración de hostilidad a Teherán no sólo no contribuirá a prevenir una mayor influencia de Irán en el equilibrio de poder regional, sino que aumenta el riesgo de proliferación nuclear, y crea una grave ruptura estratégica con el Viejo Continente. A efectos de esta columna, hay que preguntarse por lo demás si es así como Trump espera convencer a Kim Jong-un de que abandone sus capacidades nucleares.

Por si el anuncio del presidente no fuera suficiente para dañar la estabilidad internacional, además de declarar la guerra diplomática a Irán, Estados Unidos se ha planteado asimismo declarar la guerra comercial a China. Washington exige a Pekín que reduzca su superávit bilateral en 100.000 millones de dólares antes del 1 de junio de 2019, y otros 100.000 millones antes de la misma fecha de 2020. No sólo resulta ridículo pensar que el gobierno chino pueda conseguir ese resultado, sino que, por sus efectos para países terceros, los daños pueden ser considerables para la economía mundial. Estados Unidos no sólo violaría normas multilaterales—es conocida la opinión de Trump sobre la OMC—sino abriría paso a una peligrosa dinámica política, por no hablar del impacto para sus propios intereses económicos de las medidas de represalia que adoptará Pekín. ¿Es humillando a China, otro país profundamente nacionalista como Irán, como la Casa Blanca cree que va a defender sus objetivos nacionales?

Mayo de 2018 podrá pasar a la historia como el momento que confirmó un cambio radical en la relación de Estados Unidos con el mundo exterior; la fecha en que se quebró Occidente como comunidad política y se aceleró el proceso de redistribución del poder global. Enfrentarse a un mismo tiempo a Irán, a China y a las democracias europeas no parece tener mucho sentido estratégico. Es cierto que en 2020 o—en el peor de los casos—en 2024, Trump desaparecerá de la escena política. Será tarde quizá para que su sucesor pueda recomponer los platos rotos. (Foto: Kodi Archer, Flickr)

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INTERREGNUM: Macron marca el camino. Fernando Delage

En enero fue Pekín, en marzo Delhi y, la semana pasada, Canberra. Los franceses no votaron a Emmanuel Macron para hacerle viajar. Pero el presidente tiene claro que, además de revitalizar las instituciones y la economía desde lo que denomina el “centro radical”, la política exterior es una variable central de su agenda. Lo es de forma natural por el concepto que Francia tiene de sí misma. Lo es también—y es lo que importa a nuestros efectos—porque los condicionantes alemanes y el suicidio británico hacen de Macron el único líder posible hoy de Europa. Y pocas cuestiones serán tan determinantes del futuro del Viejo Continente como su respuesta al ascenso de Asia y, en particular, a la irrupción del gigante chino.

El desafío es, a un mismo tiempo, económico, geopolítico e ideológico. Sólo con respecto a la primera dimensión es innegable el papel de la Unión Europea. Mayor bloque económico del mundo, la UE cuenta en este terreno con los instrumentos para articular y ejecutar una posición común. La suma de acuerdos de libre comercio que se han firmado con socios asiáticos—Corea del Sur (2011), Singapur (2012), Vietnam (2015) y, el más importante de todos, Japón (2017)—revela una decidida estrategia hacia una región a la que destina el 35 por cien de sus exportaciones y en la que es uno de los mayores inversores.

China plantea, no obstante, problemas singulares. Las dificultades de acceso a su mercado y las implicaciones de la Nueva Ruta de la Seda explican el gesto sin precedente de que todos los embajadores europeos en Pekín—salvo uno—hayan firmado un escrito denunciado la falta de reciprocidad y la opacidad de las iniciativas de la República Popular. Si lo han hecho es porque no se trata de un simple problema económico: las inversiones chinas en Europa y las implicaciones de la Ruta de la Seda también plantean un dilema estratégico. Y no puede hablarse aquí de una práctica de posiciones compartidas: ante la elección entre oportunidades de negocio y riesgos de seguridad, hay gobiernos que no han dudado en pronunciarse por lo primero, obstaculizando el desarrollo de un mecanismo comunitario de supervisión de las inversiones chinas. De manera parecida, cuando se trata de denunciar acciones chinas contrarias al Derecho internacional, como su comportamiento con respecto a las islas Spratly, o su política de derechos humanos, siempre habrá quien haga inviable una decisión. En un área de acción comunitaria que sigue siendo intergubernamental, Estados miembros como Hungría y Grecia dificultan la formulación de una estrategia de la UE hacia el que es hoy—junto a Rusia—uno de sus mayores retos.

Ante este déficit de la UE, en un contexto global en el que se agrava la pérdida de peso de Europa, Macron ha asumido las riendas. En el terreno geopolítico no ha ocultado sus reservas sobre las ambiciones chinas dirigidas a reconfigurar el espacio euroasiático y, en Australia, acaba de sumarse a la idea de un “Indo-Pacífico Libre y Abierto”; concepto diseñado por las grandes democracias asiáticas—y Estados Unidos—para equilibrar la creciente influencia china. Macron manda así la señal europea que Federica Mogherini, la Alta Representante de la Unión Europea, no puede transmitir, aunque la comparta.

No menos articulado ha sido el presidente francés en la batalla a más largo plazo por las ideas y valores políticos. Entre sus viajes a India y Australia, también visitó Washington y el Parlamento Europeo. Sus palabras en Estrasburgo recogen como pocos documentos recientes los imperativos del proyecto europeo, en unas circunstancias en que éste afronta la doble amenaza interna de populistas y neonacionalistas, y externa de grandes potencias enemigas de la democracia. En la semana que celebramos el Día de Europa, reconozcamos que el Derecho y la retórica multilateralista no son suficientes para sostener una influencia global. La rivalidad geopolítica y la competencia entre distintos modelos de orden político definirán el sistema internacional del siglo XXI. Un político francés de 40 años está marcando el camino. Confiemos en que haya un número suficiente de gobiernos europeos dispuestos a seguirle. (Ilustración: Shinichi Imanaka, Flickr)

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INTERREGNUM. Doble cumbre, doble triunfo para Pekín. Fernando Delage

El pasado viernes, por primera vez desde la división de la península, un líder norcoreano pisó el suelo de Corea del Sur. Aunque sin salir de la irónicamente denominada Zona Desmilitarizada, Kim Jong-un reiteró ante el presidente surcoreano, Moon Jae-in, su objetivo de desnuclearización, sin exigir—según se ha dicho— la retirada de las tropas norteamericanas del Sur. La firma de un tratado de paz que sustituya al mero armisticio de 1953 también está encima de la mesa.

Como es lógico, el encuentro intercoreano ha creado grandes expectativas. Pero convendría mantener cierto escepticismo. Propuestas similares ya fueron objeto de dos cumbres anteriores (en 2000 y 2007), cuyos nulos resultados parecen haberse olvidado. Además de las dificultades de verificación de todo acuerdo de desarme—cuestión sobre la que no se ha acordado nada específico—, son bien conocidas las tácticas norcoreanas destinadas a ganar tiempo mientras consolida sus capacidades. En el fondo, seguimos desconociendo las intenciones que persigue Pyongyang con su apertura diplomática. Puede ser un señuelo para lograr la ayuda económica que necesita, pero también resulta plausible pensar—en un objetivo compartido con Pekín—que intenta debilitar la alianza de Seúl con Washington.

En uno de esos llamativos guiños de la historia, mientras Kim y Moon se veían en Panmunjom, el presidente chino, Xi Jinping, recibía al primer ministro indio, Narendra Modi, en Wuhan. Todo ha sido inusual con respecto a su encuentro: que se haya celebrado fuera de Pekín, que Modi viaje dos veces a China con pocas semanas de diferencia (asistirá a la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai en Qingdao en junio), y su singular formato: los dos líderes se han visto a solas, sin asesores, sin agenda previa, y sin declaración final.

No resulta difícil identificar algunos de los posibles objetivos de ambas partes. De cara a su reelección en las elecciones del próximo año, Modi no puede permitirse un estado de tensión con Pekín como el del verano pasado en Doklam. Delhi necesita atraer capital extranjero y conocer de primera mano las prioridades chinas en Pakistán. Quizá Modi haya concluido que la hostilidad de su gobierno hacia la República Popular no ha producido los resultados esperados. O mantiene crecientes dudas sobre la administración Trump, que—sospecha—puede hacer de India un próximo objetivo de su política comercial proteccionista. China tiene por su parte un mismo interés en minimizar las diferencias con Delhi. India es una variable fundamental para el éxito de la Nueva Ruta de la Seda, y evitar que se comprometa con el Cuarteto (la potencial alianza antichina con Estados Unidos, Japón y Australia que Trump quiere impulsar) es un claro propósito de Pekín.

Las dos cumbres celebradas los mismos días en distintos puntos de Asia tienen así curiosos puntos de coincidencia. Ambas pueden beneficiar de manera directa a China. Y reducir el peso de otro actor, ausente físicamente en los dos encuentros, pero factor central en las intenciones de unos y otros: Estados Unidos. No hace mucho era Washington quien movía las piezas del tablero asiático. Ahora es su presidente quien se verá obligado a reaccionar a estos movimientos de quienes han dejado de ser peones para definir los términos del juego mayor. (Foto: Flickr, Don)

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INTERREGNUM. Abe vuelve a Florida. Fernando Delage

Catorce meses después de su primer encuentro en Mar-a-Lago, el club de golf de Trump en Florida, el presidente norteamericano volvió a recibir la semana pasada, en el mismo lugar, al primer ministro de Japón, Shinzo Abe. La supuesta sintonía personal entre ambos líderes, que también se vieron en Tokio en noviembre, no se ha traducido sin embargo en resultados positivos para Abe. Quizá Trump no ha abandonado su hostilidad antijaponesa de los años ochenta; quizá no entienda la importancia de Tokio como aliado.

La próxima reunión de Trump con Kim Jong-un y su política comercial han complicado en gran manera la agenda bilateral. En ambos temas, Abe parece volver con las manos vacías. El anuncio de un encuentro con Kim sorprendió al gobierno japonés: no sólo no se le consultó con carácter previo, sino que la naturaleza impredecible del presidente norteamericano crea la lógica inquietud sobre los términos de la negociación. A petición de Abe, Trump se comprometió a tratar con Kim la cuestión de los nacionales japoneses secuestrados por los servicios de inteligencia norcoreanos. Pero las dudas permanecen sobre las cuestiones de fondo: a Washington le preocupan los misiles intercontinentales de Pyongyang; no los de corto y medio alcance, es decir, los que amenazan de manera directa a Japón. Aceptar con condiciones el estatus nuclear de Corea del Norte—la suspensión de pruebas no es sinónimo de desnuclearización—, podrá empujar a Tokio a considerar su propia opción nuclear. Cualquiera de estos escenarios causará un importante daño a la alianza, obligando a Japón a seguir un camino de mayor independencia estratégica.

Abe esperaba conseguir, por otro lado, una exención a las tarifas al aluminio impuestas por Trump, al igual que otros aliados de Estados Unidos (Canadá, México y Corea del Sur). No lo ha logrado. Según algunas interpretaciones, Washington querría así presionar a Tokio para avanzar en un acuerdo comercial bilateral. Pero no parece que Japón vaya a ceder: su preferencia es un régimen multilateral, como el que ha reconfigurado bajo su liderazgo en forma del Acuerdo Trans-Pacífico a 11. Sólo días antes de su encuentro con Abe, Trump declaró estar dispuesto a considerar su regreso al TPP, pero, minutos después de su primera conversación con el primer ministro japonés en Florida, rechazó por tuit tal posibilidad. Sus formas no ayudarán a obtener la complicidad de su aliado japonés.

Ambas cuestiones, Corea del Norte y comercio, conducen por lo demás a China. La República Popular es el verdadero objetivo de la política comercial de Trump, como es también la clave del equilibrio estratégico del noreste asiático. Que, delante de Abe, el presidente de Estados Unidos elogiara a su homólogo chino, Xi Jinping, fue otro gesto probablemente innecesario. Se desconoce si Trump ha medido las consecuencias de sus actos, pero el abandono de lo que han sido líneas maestras de la política exterior norteamericana durante décadas abre un terreno desconocido: si pierde la confianza de un socio tan estrecho como Japón, los intereses norteamericanos—y no sólo la estabilidad asiática—se verán gravemente perjudicados. (Foto: Stéphane Neckebrock, Flickr)

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INTERREGNUM: Mercados y submarinos chinos. Fernando Delage

No hay mejor reflejo del poder chino que el hecho de que no haya una semana en la que su presidente no ocupe la primera página de los grandes medios internacionales. Y, en coherencia con las ambiciones de Pekín, las noticias no son sólo de cuestiones empresariales. Es ya imposible hablar del futuro de la economía global, pero también del equilibrio militar de poder, sin tener en cuenta a la República Popular.

El martes 10 de abril, en una intervención ante el Boao Forum—reunión que se celebra anualmente en la isla de Hainan, y es conocida como el “Davos asiático”—Xi Jinping asumió una vez más su ya conocido papel de principal defensor del libre comercio y la globalización. Xi recurrió a los mismos mensajes en los que ha hecho hincapié en el Foro Económico Mundial en enero de 2017, o en distintas ocasiones multilaterales, como las cumbres de APEC (la última de ellas en Vietnam el pasado noviembre). Pekín ha sabido ocupar el vacío creado por el nacionalismo económico de Trump, con una retórica que calma a los mercados internacionales sin abandonar al mismo tiempo la defensa de sus intereses nacionales.

Ambos objetivos coinciden en el anuncio realizado por Xi en el mismo discurso: prometió reducir las barreras a la inversión extranjera en la industria del automóvil y el sector financiero, disminuir los aranceles a las importaciones de vehículos de motor, y mejorar la protección de los derechos de propiedad intelectual. Su compromiso sobre estos asuntos centrales en las actuales disputas comerciales con Washington, y el tono conciliador empleado por Xi, han mitigado la preocupación por una inminente guerra comercial. La administración Trump se ha atribuido con celeridad la victoria, al interpretar la declaración del presidente chino como una concesión a sus presiones. Pero China aún tendrá que concretar su retórica en hechos. De momento, se ha garantizado la estabilidad que necesita su crecimiento—objetivo interno prioritario—, mientras—de cara al exterior—es la República Popular quien refuerza su imagen como país respetuoso de las normas multilaterales.

China, por resumir, ha vuelto a dar otro ejemplo de habilidad en su diplomacia económica. A lo que hay que sumar la demostración militar realizada sólo dos días más tarde. El despliegue de más de 10.000 soldados, 48 buques y submarinos de la armada y 76 cazas de la fuerza aérea carece de precedente. A bordo del destructor Changsha, el presidente chino pasó revista a siete grupos de batalla, y por primera vez hicieron aparición pública los submarinos nucleares 094A, dotados cada uno de ellos con 12 misiles intercontinentales (de un alcance estimado de 7.400 kilómetros). Las comparaciones históricas, siempre presentes en el imaginario nacional, llevó a algunos medios a describir la ocasión como la mayor concentración de buques chinos en 600 años, es decir, desde las famosas expediciones del almirante Zheng He. Como mínimo, sí revela la extraordinaria y acelerada modernización de las capacidades navales chinas desde la llegada de Xi Jinping al poder a finales de 2012; un poderío que puede poner fin—así lo reconoce el propio Pentágono—a la supremacía de Estados Unidos en las aguas del Pacífico occidental.

Como no habrá escapado a la atención de los observadores, los ejercicios también se han desarrollado en la isla de Hainan, plataforma central de proyección en el mar de China Meridional—la totalidad de cuyas islas Pekín reclama—, y punto de partida de la Ruta de la Seda Marítima. El mismo día que Xi se dirigió a sus tropas, también se anunció la realización de maniobras navales en el estrecho de Taiwán el 18 de abril. (Foto: Gerry Pink, Flickr)

tambores

INTERREGNUM: Tambores de guerra (comercial). Fernando Delage

El pasado 3 de abril, Washington anunció la imposición de tarifas a las importaciones de distintos productos chinos por un total de 50.000 millones de dólares. Un día más tarde, China desveló su propia lista de importaciones procedentes de Estados Unidos a las que impondrá aranceles por una misma cuantía. Al día siguiente, el presidente Trump dio instrucciones a su administración para preparar un plan adicional de sanciones por otros 100.000 millones de dólares. Tras condenar las amenazas norteamericanas, Pekín declaró que no dudará en darles una rápida respuesta: “China no quiere una guerra comercial—indicó el viceministro de Comercio—, pero no la tememos si hay que declararla”.

Aunque las medidas acordadas hasta la fecha ascienden a una misma cifra, su impacto es muy diferente. Las compras norteamericanas a China sumaron 505.000 millones de dólares en 2017, lo que significa que las tarifas impuestas por Washington sólo afectarán al 10 por cien de las mismas. Las importaciones chinas de Estados Unidos fueron de 130.000 millones de dólares, por lo que los aranceles de Pekín alcanzarán a más de un tercio de las ventas norteamericanas. Pero la asimetría no es sólo económica: también lo son las consecuencias políticas.

Trump dice actuar contra un supuesto “robo” chino de la propiedad intelectual de su país, y—sin decirlo—pretende obstaculizar la estrategia de innovación tecnológica de Pekín, formulada bajo la etiqueta de “Made in China 2025”. El gobierno chino se ha concentrado, por su parte en las exportaciones agrícolas de Estados Unidos—soja, maíz y tabaco, en particular—que representan casi el 20 por cien del total de las exportaciones norteamericanas a China. El mensaje político es claro: Pekín se ha dirigido al corazón de las áreas de influencia republicana; a los votantes de Trump en las zonas rurales. El presidente se encontrará así con la oposición de sus propios electores a las medidas que ha adoptado contra China, al resultarles perjudiciales para sus intereses económicos. La República Popular depende en mayor medida del comercio exterior que Estados Unidos; sin embargo, dado el control por el Estado de la economía, su margen de maniobra para adaptarse al impacto de las sanciones es mucho mayor que el de Washington. Los líderes chinos no tienen que preocuparse, como Trump, por las elecciones al Congreso de noviembre, o por su reelección en 2020.

Más relevante quizá que la dinámica interna de ambos países, es lo que el enfrentamiento revela sobre el cambio en su respectiva posición internacional. Las medidas de Trump no deben sorprender a nadie, dadas sus preferencias proteccionistas. Pero la convicción de que sus amenazas obligarán a China a ceder y a ofrecer concesiones significativas puede resultar errónea. El problema de la estrategia de Trump—si se le puede denominar como tal—es que su objetivo no es en último término China (o Corea del Sur, o México, entre otros países a los que también ha leído la cartilla) sino el sistema multilateral, cuyas reglas está violando con sus medidas. Sin duda China juega con cartas marcadas, como revelan las crecientes dificultades de  las empresas extranjeras para acceder a su mercado. Sin embargo, cuando es un Estado comunista quien demanda a Estados Unidos ante la Organización Mundial de Comercio—uno de los pilares del orden internacional creado por Washington tras la segunda posguerra mundial y que ahora Trump quiere deshacer—, los términos del envite van mucho más lejos.

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INTERREGNUM: Kim en la Ciudad Prohibida. Fernando Delage

La visita sorpresa del líder norcoreano, Kim Jong-un, a Pekín la semana pasada ha revelado con toda claridad las reglas del juego geopolítico en el noreste asiático y, en consecuencia, las limitaciones que encontrará el presidente norteamericano, Donald Trump, en su intención de llegar a un acuerdo directo con Pyongyang.

Pocos detalles se conocen de este primer viaje al exterior de Kim desde su llegada al poder en 2011. Se ha producido, no obstante, en un contexto de notable deterioro de las relaciones entre Corea del Norte y China. Las tensiones acumuladas desde la muerte de su padre, Kim Jong-il—en buena medida como consecuencia de los ensayos nucleares y pruebas de misiles—, agravaron la desconfianza mutua entre ambos aliados. Pyongyang nunca perdonó a Pekín el reconocimiento diplomático de Corea del Sur en 1992, que calificó como una “traición”, ni que, más recientemente, se sumara a Estados Unidos en la adopción de las sanciones acordadas por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. La espiral de tensión creada por la crisis nuclear, la retórica norteamericana sobre una intervención preventiva, y la propuesta norcoreana de un encuentro con Trump, aceptada de manera inmediata por este último, han precipitado sin embargo los acontecimientos.

Numerosos analistas indican como motivo de la presencia de Kim en Pekín el hecho de que China no podía permitirse quedar al margen de este proceso diplomático. Pero ese es un riesgo que en realidad nunca existió. Si algo confirma la visita de Kim es el extraordinario grado de influencia que posee China sobre cualquier factor que pueda alterar el equilibrio regional. El líder norcoreano no podía verse con Trump en mayo, ni con el presidente surcoreano, Moon Jae-in, a finales de abril, sin hacerlo primero con Xi Jinping y obtener el apoyo de este último. Kim ha optado por una arriesgada apertura a Washington que podría agravar aún más su aislamiento—estratégico y económico—de no cubrirse antes las espaldas mediante una “reconciliación” con los líderes chinos.

Los imperativos que condicionan el margen de maniobra de Kim se convierten de este modo en un nuevo triunfo para Pekín. Por una parte, China recupera el liderazgo de todo proceso relacionado con el futuro de la península coreana, cuestión inseparable del problema nuclear, y que ya mantuvo entre 2003 y 2007. De manera más inmediata, Pekín respira con alivio al desaparecer de momento la posibilidad de un ataque militar de Estados Unidos. También verá reducirse la presión de Washington a favor de nuevas sanciones a Corea del Norte. China gana incluso la capacidad de presionar a Trump para que abandone las medidas de política comercial dirigidas contra ella. Y, para rematar sus logros, el escenario creado hace inviable cualquier propuesta radical que pudiera tener en la cabeza el recién nombrado asesor de seguridad nacional, John Bolton. El presidente que lo nombró no puede ahora seguirle por ese camino.

El viaje de Kim a Pekín da a entender, por concluir, que la cumbre con Trump casi con toda seguridad se celebrará, pero no en los términos que esperaba el presidente norteamericano. Si éste albergaba la intención de negociar una solución sin contar con China, Pekín ha abortado su jugada. Mientras Corea del Norte y Estados Unidos tratarán de imponer su respectivo punto de vista, el principal ganador será la República Popular. De los tres, China es la mejor situada para orientar los hechos a su favor: mientras  garantiza que no habrá una guerra en sus fronteras—la estabilidad es su absoluta prioridad—, mantendrá a Washington “atrapado” en un problema que le facilita la consolidación de su ascenso como potencia central en Asia.

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INTERREGNUM: Oportunidades europeas. Fernando Delage

Las ambiciosas iniciativas financieras, comerciales y de infraestructuras chinas—del Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras a la Ruta de la Seda—y la política proteccionista de la administración Trump constituyen un notable desafío al orden internacional liberal creado por Estados Unidos y los países europeos tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Sin pretender desmantelar en su totalidad dicho orden, Pekín busca su reforma para reorientarlo a su favor. Washington sí defiende el abandono del sistema económico multilateral—no el de seguridad—pero sin proponer más alternativa que la defensa de sus intereses nacionales bajo el discurso de “America First”.

Ambos factores han obligado a reaccionar a aquellos otros actores—como la Unión Europea y Japón—que defienden el libre comercio y un orden basado en reglas como claves de la prosperidad y la estabilidad global. En defensa de esos principios, Bruselas y Tokio han encontrado por fin la oportunidad de sustituir las declaraciones retóricas de cooperación de tantos años y la colaboración puntual en distintos asuntos de la agenda mundial y regional, por una relación estratégica con verdadero contenido.

La elección de Trump, el Brexit, y la creciente preocupación compartida por ambos sobre las implicaciones de la creciente proyeccion china explican, en efecto, que, tras años de negociaciones, el pasado mes de diciembre la UE y Japón concluyeran dos acuerdos paralelos—de libre comercio y de asociación estratégica—que pueden elevar sus relaciones a un nuevo nivel. Sus intereses y valores políticos comunes reclamaban este acercamiento en unas circunstancias de incertidumbre internacional. Este último contexto exige, no obstante, que Europa—como ya está haciendo Japón—desarrolle una mayor ambición geopolítica y geoeconómica. Es una demanda que deriva asimismo de un tercer actor—Rusia—, pero que le acerca igualmente a otro protagonista en Asia con el que Tokio ya está construyendo una relación de gran potencial: India.

La reciente visita a Delhi del presidente francés, Emmanuel Macron, ha pasado prácticamente inadvertida en nuestros medios. El interés de París por el gigante de Asia meridional es revelador, sin embargo, del papel económico y estratégico en ascenso de este último. La firma de 14 acuerdos y de contratos por valor de 16.000 millones de dólares—incluyendo la venta de 36 cazas Rafale y seis submarinos de la clase Scorpene—, revela las ambiciones diplomáticas de Macron—así como la acelerada pérdida de influencia británica—pero también supone un reconocimiento de lo que, como mayor democracia de Asia, India puede aportar a los europeos. La negociación de un acuerdo de libre comercio entre Bruselas y Delhi avanza con dificultad, y las autoridades indias no terminan de comprender la complejidad de la estructura institucional comunitaria, de ahí que prefieran dialogar bilateralmente con los grandes Estados miembros de la UE.

Lo relevante, en cualquier caso, son las oportunidades que se abren a Europa para multiplicar sus opciones y socios estratégicos en esta era de redistribución de poder. ¿Cobrará forma en el futuro un triángulo Bruselas-Delhi-Tokio que, de un extremo a otro de Eurasia, equilibre un espacio chino-ruso? En buena medida dependerá de la estrategia que adopte un Washington post-Trumpiano, pero la defensa de los intereses y valores europeos no puede limitarse a esperar. (Foto: Steve De Jongh, Flickr)

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INTERREGNUM: Trump-Kim: ¿Cumbre Trampa? Fernando Delage

La aceptación por parte del presidente Trump de la propuesta del líder norcoreano, Kim Jong-un, transmitida por un emisario de Seúl, de un encuentro personal entre ambos ha sido recibida con gran expectación, pero también con considerable escepticismo. Sin descartar que la cumbre no llegue a celebrarse, las dudas tienen que ver con el formato y con los términos de la negociación, sin olvidar las consecuencias que tendrá para uno y otro líder no llegar a ningún acuerdo.

Una primera reserva tiene que ver, en efecto, con el visto bueno a una reunión al más alto nivel, cuando la práctica diplomática dicta la conveniencia de un encuentro de este tipo cuando se trata de formalizar un pacto negociado entre sus respectivas administraciones con carácter previo. La manera impulsiva en que Trump aceptó la propuesta puede volverse contra él si—de celebrarse la cumbre—vuelve de ella con las manos vacías, enquistando el conflicto. A quien beneficia el efecto propagandístico es de momento a Kim, como promotor de la iniciativa.

Lo relevante, con todo, es el contenido de la discusión. ¿Realmente está Corea del Norte dispuesta a renunciar a su armamento nuclear? Si lo está, ¿qué quiere a cambio? ¿Puede Washington dárselo? Una declaración de no agresión parece factible, pero ¿lo considerará Pyongyang suficiente como precio de la desnuclearización? Si Corea del Norte exigiera a cambio la retirada militar norteamericana de Corea del Sur, ¿podría Estados Unidos ceder? Plantear preguntas como éstas en la actual Casa Blanca tiene un coste, como bien prueba la destitución de Rex Tillerson como secretario de Estado.

No debe olvidarse, por lo demás, el contexto regional. Todo apunta a que el gobierno surcoreano ha desempeñado un importante papel en la gestión del encuentro, que parece confirmar a priori la apuesta del primer ministro Moon Jae-in por reanudar el acercamiento diplomático a Pyongyang interrumpido por la administración anterior. Los movimientos chinos son, por otra parte, la variable quizá más interesante—y desconocida hasta la fecha—de este desenlace. La sorpresa de Japón por la aceptación de Trump puede acrecentarse aún más en las próximas semanas. El presidente norteamericano, que se define ante todo como un “deal-maker”, quiere resolver un problema. Pero quizá no sea del todo consciente de que no todas las claves de la solución se encuentran en Pyongyang. Tampoco de que Corea del Norte no constituye el centro de los intereses de Estados Unidos en una Asia que, casi a espaldas de Washington, está construyendo un nuevo orden. (Foto: Travis Vadon, Flickr)