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China a debate

4Asia celebra esta semana su segundo debate tras el realizado el pasado diciembre sobre Corea del Norte. En aquella ocasión vivíamos en medio de la posibilidad de un enfrentamiento militar, ahora, con algunas dudas, el escenario previsible es una mesa de debate.

En esta ocasión, 4Asia ha convocado a colaboradores y expertos para analizar el protagonismo de China en la escena internacional, sus orígenes, su evolución, su futuro y cómo va a condicionar este escenario. Sin renunciar al comunismo, antes bien reafirmándolo, sin abandonar sino reforzando su estructura estatal autoritaria y su sistema de toma de decisiones, China ha desregulado su mercado interior, ha desempolvado un discurso de libre comercio y hace décadas está en un proceso de crecimiento económico, con contradicciones, pero sostenido, que está permitiendo un aumento del bienestar interno y una presencia exterior creciente incluida la compra de deuda de los principales países occidentales.

Paralelamente a esto, China está modernizando y reforzando su capacidad militar, remodelando sus alianzas regionales, actuando como padrino-intermediario en el conflicto coreano y asomando su influencia en Oriente Próximo.

No reconocer el creciente protagonismo chino y no incorporarlo a la toma de decisiones a escala internacional sería irresponsable y nosotros tenemos la obligación y la necesidad de analizarlo. Por eso invitamos a nuestros lectores a acompañarnos este viernes en Madrid para hablar de todo esto y analizarlo juntos. Allí nos veremos.

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INTERREGNUM. Declaración de hostilidad—por duplicado. Fernando Delage

“Es mucho peor que un crimen; es una estupidez”. Resulta inevitable evocar la célebre frase de Talleyrand, con la que describió la ejecución de un duque borbónico por Napoleón, al comentar el doble error cometido la semana pasada por el presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump.

El abandono del pacto nuclear con Irán coloca a Estados Unidos en compañía de Israel y Arabia Saudí—singulares compañeros de cama los dos últimos en este caso—, y en contra de sus aliados europeos y del resto de la comunidad internacional. Es probable que Trump no sepa quién fue Mossadeq, ni conozca el papel de la CIA en su derrocamiento en 1951; un incidente fundacional del nacionalismo iraní contemporáneo. Pero también parece ignorar las consecuencias de despreciar los principios del realismo político, como ocurrió con la más reciente e irresponsable invasión de Irak en 2003. Si lo que se pretende es facilitar el camino a una guerra en Oriente Próximo, y propiciar así el cambio del régimen iraní—objetivo ilusorio—, sabremos quién desencadenó los acontecimientos.

De momento, Trump ha hecho añicos la credibilidad norteamericana, ya dañada por su discurso antimultilateralista, su retirada del acuerdo sobre cambio climático de París y su irracional marcha atrás con respecto al Acuerdo Transpacífico (TPP). Su declaración de hostilidad a Teherán no sólo no contribuirá a prevenir una mayor influencia de Irán en el equilibrio de poder regional, sino que aumenta el riesgo de proliferación nuclear, y crea una grave ruptura estratégica con el Viejo Continente. A efectos de esta columna, hay que preguntarse por lo demás si es así como Trump espera convencer a Kim Jong-un de que abandone sus capacidades nucleares.

Por si el anuncio del presidente no fuera suficiente para dañar la estabilidad internacional, además de declarar la guerra diplomática a Irán, Estados Unidos se ha planteado asimismo declarar la guerra comercial a China. Washington exige a Pekín que reduzca su superávit bilateral en 100.000 millones de dólares antes del 1 de junio de 2019, y otros 100.000 millones antes de la misma fecha de 2020. No sólo resulta ridículo pensar que el gobierno chino pueda conseguir ese resultado, sino que, por sus efectos para países terceros, los daños pueden ser considerables para la economía mundial. Estados Unidos no sólo violaría normas multilaterales—es conocida la opinión de Trump sobre la OMC—sino abriría paso a una peligrosa dinámica política, por no hablar del impacto para sus propios intereses económicos de las medidas de represalia que adoptará Pekín. ¿Es humillando a China, otro país profundamente nacionalista como Irán, como la Casa Blanca cree que va a defender sus objetivos nacionales?

Mayo de 2018 podrá pasar a la historia como el momento que confirmó un cambio radical en la relación de Estados Unidos con el mundo exterior; la fecha en que se quebró Occidente como comunidad política y se aceleró el proceso de redistribución del poder global. Enfrentarse a un mismo tiempo a Irán, a China y a las democracias europeas no parece tener mucho sentido estratégico. Es cierto que en 2020 o—en el peor de los casos—en 2024, Trump desaparecerá de la escena política. Será tarde quizá para que su sucesor pueda recomponer los platos rotos. (Foto: Kodi Archer, Flickr)

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INTERREGNUM. Doble cumbre, doble triunfo para Pekín. Fernando Delage

El pasado viernes, por primera vez desde la división de la península, un líder norcoreano pisó el suelo de Corea del Sur. Aunque sin salir de la irónicamente denominada Zona Desmilitarizada, Kim Jong-un reiteró ante el presidente surcoreano, Moon Jae-in, su objetivo de desnuclearización, sin exigir—según se ha dicho— la retirada de las tropas norteamericanas del Sur. La firma de un tratado de paz que sustituya al mero armisticio de 1953 también está encima de la mesa.

Como es lógico, el encuentro intercoreano ha creado grandes expectativas. Pero convendría mantener cierto escepticismo. Propuestas similares ya fueron objeto de dos cumbres anteriores (en 2000 y 2007), cuyos nulos resultados parecen haberse olvidado. Además de las dificultades de verificación de todo acuerdo de desarme—cuestión sobre la que no se ha acordado nada específico—, son bien conocidas las tácticas norcoreanas destinadas a ganar tiempo mientras consolida sus capacidades. En el fondo, seguimos desconociendo las intenciones que persigue Pyongyang con su apertura diplomática. Puede ser un señuelo para lograr la ayuda económica que necesita, pero también resulta plausible pensar—en un objetivo compartido con Pekín—que intenta debilitar la alianza de Seúl con Washington.

En uno de esos llamativos guiños de la historia, mientras Kim y Moon se veían en Panmunjom, el presidente chino, Xi Jinping, recibía al primer ministro indio, Narendra Modi, en Wuhan. Todo ha sido inusual con respecto a su encuentro: que se haya celebrado fuera de Pekín, que Modi viaje dos veces a China con pocas semanas de diferencia (asistirá a la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai en Qingdao en junio), y su singular formato: los dos líderes se han visto a solas, sin asesores, sin agenda previa, y sin declaración final.

No resulta difícil identificar algunos de los posibles objetivos de ambas partes. De cara a su reelección en las elecciones del próximo año, Modi no puede permitirse un estado de tensión con Pekín como el del verano pasado en Doklam. Delhi necesita atraer capital extranjero y conocer de primera mano las prioridades chinas en Pakistán. Quizá Modi haya concluido que la hostilidad de su gobierno hacia la República Popular no ha producido los resultados esperados. O mantiene crecientes dudas sobre la administración Trump, que—sospecha—puede hacer de India un próximo objetivo de su política comercial proteccionista. China tiene por su parte un mismo interés en minimizar las diferencias con Delhi. India es una variable fundamental para el éxito de la Nueva Ruta de la Seda, y evitar que se comprometa con el Cuarteto (la potencial alianza antichina con Estados Unidos, Japón y Australia que Trump quiere impulsar) es un claro propósito de Pekín.

Las dos cumbres celebradas los mismos días en distintos puntos de Asia tienen así curiosos puntos de coincidencia. Ambas pueden beneficiar de manera directa a China. Y reducir el peso de otro actor, ausente físicamente en los dos encuentros, pero factor central en las intenciones de unos y otros: Estados Unidos. No hace mucho era Washington quien movía las piezas del tablero asiático. Ahora es su presidente quien se verá obligado a reaccionar a estos movimientos de quienes han dejado de ser peones para definir los términos del juego mayor. (Foto: Flickr, Don)

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INTERREGNUM. Abe vuelve a Florida. Fernando Delage

Catorce meses después de su primer encuentro en Mar-a-Lago, el club de golf de Trump en Florida, el presidente norteamericano volvió a recibir la semana pasada, en el mismo lugar, al primer ministro de Japón, Shinzo Abe. La supuesta sintonía personal entre ambos líderes, que también se vieron en Tokio en noviembre, no se ha traducido sin embargo en resultados positivos para Abe. Quizá Trump no ha abandonado su hostilidad antijaponesa de los años ochenta; quizá no entienda la importancia de Tokio como aliado.

La próxima reunión de Trump con Kim Jong-un y su política comercial han complicado en gran manera la agenda bilateral. En ambos temas, Abe parece volver con las manos vacías. El anuncio de un encuentro con Kim sorprendió al gobierno japonés: no sólo no se le consultó con carácter previo, sino que la naturaleza impredecible del presidente norteamericano crea la lógica inquietud sobre los términos de la negociación. A petición de Abe, Trump se comprometió a tratar con Kim la cuestión de los nacionales japoneses secuestrados por los servicios de inteligencia norcoreanos. Pero las dudas permanecen sobre las cuestiones de fondo: a Washington le preocupan los misiles intercontinentales de Pyongyang; no los de corto y medio alcance, es decir, los que amenazan de manera directa a Japón. Aceptar con condiciones el estatus nuclear de Corea del Norte—la suspensión de pruebas no es sinónimo de desnuclearización—, podrá empujar a Tokio a considerar su propia opción nuclear. Cualquiera de estos escenarios causará un importante daño a la alianza, obligando a Japón a seguir un camino de mayor independencia estratégica.

Abe esperaba conseguir, por otro lado, una exención a las tarifas al aluminio impuestas por Trump, al igual que otros aliados de Estados Unidos (Canadá, México y Corea del Sur). No lo ha logrado. Según algunas interpretaciones, Washington querría así presionar a Tokio para avanzar en un acuerdo comercial bilateral. Pero no parece que Japón vaya a ceder: su preferencia es un régimen multilateral, como el que ha reconfigurado bajo su liderazgo en forma del Acuerdo Trans-Pacífico a 11. Sólo días antes de su encuentro con Abe, Trump declaró estar dispuesto a considerar su regreso al TPP, pero, minutos después de su primera conversación con el primer ministro japonés en Florida, rechazó por tuit tal posibilidad. Sus formas no ayudarán a obtener la complicidad de su aliado japonés.

Ambas cuestiones, Corea del Norte y comercio, conducen por lo demás a China. La República Popular es el verdadero objetivo de la política comercial de Trump, como es también la clave del equilibrio estratégico del noreste asiático. Que, delante de Abe, el presidente de Estados Unidos elogiara a su homólogo chino, Xi Jinping, fue otro gesto probablemente innecesario. Se desconoce si Trump ha medido las consecuencias de sus actos, pero el abandono de lo que han sido líneas maestras de la política exterior norteamericana durante décadas abre un terreno desconocido: si pierde la confianza de un socio tan estrecho como Japón, los intereses norteamericanos—y no sólo la estabilidad asiática—se verán gravemente perjudicados. (Foto: Stéphane Neckebrock, Flickr)

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¿Xi Jinping Vuelve a ganarle a Trump? Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El encuentro que tuvo lugar en Beijing entre Xi Jinping y Kim Jong-un ha dejado muchas fotografías para la historia, pero también la prueba de que ambos líderes no están distanciados, como se había especulado. Y llama la atención aún más la discreción con la que China manejó la reunión, mientras que desplegó todos los honores que le rinden a un Jefe de Estado de primer mundo, con primeras damas incluidas y toda la comitiva presidencial.

La primera salida del dirigente norcoreano desde que tomó posesión en el 2011 tiene un gran simbolismo y viene a romper con años de aislacionismo y hermetismo. Sin embargo, cabría otra lectura que podría ser que la visita sea la demostración de que Corea del Norte necesita ayuda y/o apoyo de occidente, como parte del efecto de las múltiples sanciones impuestas al régimen. Kim Jong-un es un estratega, sus movimientos están bien calculados y un cambio de dirección de esta naturaleza tiene una razón de ser, que trasciende sus fuertes lazos con China.

El primer movimiento de apertura de Corea del Norte fue su participación en los juegos olímpicos de invierno, que propició Moon Jae-in, presidente de Corea del Sur, quién no ha escatimado esfuerzos diplomáticos en intentar calmar el ambiente, con el propósito de retornar a una relativa calma. Y que además ha servido de catalizador a los enfrentamientos verbales entre Trump y Kim. Moon también manifestó su disposición de visitar Corea del Norte y su propuesta fue acogida con agrado por el régimen de Pyongyang y, al mismo tiempo, consiguió que Trump aceptara reunirse con Kim Jong-un.

Si miramos atrás, tan sólo a principios del año se temía que misiles norcoreanos impactaran la costa oeste de los Estados Unidos, y hoy estamos hablando de encuentros diplomáticos, lo que es muy positivo, aunque no necesariamente una prueba de que se neutralizará este conflicto, de larga data.

Los análisis que se hacen están basados en la información proporcionada por los medios oficiales; tanto de China, Xinhua, como de Corea del Norte, KCNA, por lo que siempre van a estar con la línea de ambos regímenes y en el hipotético caso de algún desacuerdo entre los líderes, la posibilidad de que esa información se filtre es nula. Partiendo de esta realidad, se debe decir que el mero hecho de que Kim Jong-un saliera de su madriguera, y que lo hiciera de la misma manera como lo hizo su abuelo y su padre, en un tren blindado, con los colores militares que representan al régimen, y que además se hospedaran en el mismo lugar que sus antecesores no es casual. Por un lado, da una imagen de continuismo y de relativa austeridad, aunque al ver a su mujer, que asistió con indumentaria perfectamente en línea con las tendencias actuales de las grandes firmas, la austeridad se difumina para dar paso a la opuesta realidad en que viven los favorecidos del régimen versus la población civil norcoreana.

El despliegue de medios puesto en escena por China son la clara muestra que a Xi Jinping le interesa mantener a Corea del Norte como la oveja negra de Asia que tiene en vilo al mundo. Eso fortalece a Xi y le da más protagonismo en la escena internacional, sin mencionar que se adelantó a los líderes democráticos en encontrarse con Kim (Moon y Trump) y no sólo reunirse, sino hacerlo ir a su territorio, lo que es otra muestra de que Xi es quién marca el son al que baila esta relación bilateral. Como si todo esto fuera poco, durante el banquete formal ofrecido en honor a la pareja de Pyongyang, que valga decir parecía una boda real europea en cuanto al lujo y el número de asistentes, China proyectó videos con imágenes de las relaciones entre ambas naciones desde la división de Corea, dejando una vez más por sentado, que estos vínculos son antiguos y de mutuo interés.

Estos aliados históricos se necesitan mutuamente. China necesita que Corea del Norte sea un enemigo de Estados Unidos para mantener el balance en la región de Asia Pacífico, pero tampoco hay que olvidar que Beijing y Pyongyang son aliados económicos, y la razón de la supervivencia del régimen de Corea del Norte con el envío de mercancías, incluido petróleo, que le ha permitido seguir desarrollando su capacidad nuclear. Por su parte Kim Jong-un está suavizando su imagen de dictador intransigente a mediador. Mientras todo esto tuvo lugar, Trump ignorante del encuentro, fue puesto al tanto por Xi una vez que los visitantes partieron a casa, pero con la buena nueva que Kim está dispuesto a negociar sus avances nucleares.

De lo dicho a lo hecho hay un gran trecho… y nunca una frase es tan oportuna. Pyongyang jamás negociará o retrocederá en su capacidad nuclear, pues esa es precisamente la razón por el régimen sigue vivo y se encuentre a día de hoy negociando. (Foto: Even Lundefaret, Flickr)

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INTERREGNUM: Oportunidades europeas. Fernando Delage

Las ambiciosas iniciativas financieras, comerciales y de infraestructuras chinas—del Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras a la Ruta de la Seda—y la política proteccionista de la administración Trump constituyen un notable desafío al orden internacional liberal creado por Estados Unidos y los países europeos tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Sin pretender desmantelar en su totalidad dicho orden, Pekín busca su reforma para reorientarlo a su favor. Washington sí defiende el abandono del sistema económico multilateral—no el de seguridad—pero sin proponer más alternativa que la defensa de sus intereses nacionales bajo el discurso de “America First”.

Ambos factores han obligado a reaccionar a aquellos otros actores—como la Unión Europea y Japón—que defienden el libre comercio y un orden basado en reglas como claves de la prosperidad y la estabilidad global. En defensa de esos principios, Bruselas y Tokio han encontrado por fin la oportunidad de sustituir las declaraciones retóricas de cooperación de tantos años y la colaboración puntual en distintos asuntos de la agenda mundial y regional, por una relación estratégica con verdadero contenido.

La elección de Trump, el Brexit, y la creciente preocupación compartida por ambos sobre las implicaciones de la creciente proyeccion china explican, en efecto, que, tras años de negociaciones, el pasado mes de diciembre la UE y Japón concluyeran dos acuerdos paralelos—de libre comercio y de asociación estratégica—que pueden elevar sus relaciones a un nuevo nivel. Sus intereses y valores políticos comunes reclamaban este acercamiento en unas circunstancias de incertidumbre internacional. Este último contexto exige, no obstante, que Europa—como ya está haciendo Japón—desarrolle una mayor ambición geopolítica y geoeconómica. Es una demanda que deriva asimismo de un tercer actor—Rusia—, pero que le acerca igualmente a otro protagonista en Asia con el que Tokio ya está construyendo una relación de gran potencial: India.

La reciente visita a Delhi del presidente francés, Emmanuel Macron, ha pasado prácticamente inadvertida en nuestros medios. El interés de París por el gigante de Asia meridional es revelador, sin embargo, del papel económico y estratégico en ascenso de este último. La firma de 14 acuerdos y de contratos por valor de 16.000 millones de dólares—incluyendo la venta de 36 cazas Rafale y seis submarinos de la clase Scorpene—, revela las ambiciones diplomáticas de Macron—así como la acelerada pérdida de influencia británica—pero también supone un reconocimiento de lo que, como mayor democracia de Asia, India puede aportar a los europeos. La negociación de un acuerdo de libre comercio entre Bruselas y Delhi avanza con dificultad, y las autoridades indias no terminan de comprender la complejidad de la estructura institucional comunitaria, de ahí que prefieran dialogar bilateralmente con los grandes Estados miembros de la UE.

Lo relevante, en cualquier caso, son las oportunidades que se abren a Europa para multiplicar sus opciones y socios estratégicos en esta era de redistribución de poder. ¿Cobrará forma en el futuro un triángulo Bruselas-Delhi-Tokio que, de un extremo a otro de Eurasia, equilibre un espacio chino-ruso? En buena medida dependerá de la estrategia que adopte un Washington post-Trumpiano, pero la defensa de los intereses y valores europeos no puede limitarse a esperar. (Foto: Steve De Jongh, Flickr)

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Seis preguntas y respuestas sobre la cumbre entre Trump y Kim. Miguel Ors Villarejo

¿No ha habido antes otras negociaciones? Desde el armisticio de 1953, la relación entre Corea del Norte y Estados Unidos se ha ajustado a un patrón familiar: tras un largo periodo de estancamiento, una de las dos partes (generalmente Pyongyang) propone un diálogo que fracasa cuando una de las dos partes (generalmente Pyongyang) incumple sus compromisos. Así sucedió con el Acuerdo Marco (Agreed Framework) que impulsó en 1994 Bill Clinton y que Kim Jong-il liquidó con un lanzamiento de misiles en 1998, o con la negociación a seis bandas (además de las dos Coreas y Estados Unidos, Japón, China y Rusia), que arruinó un ensayo nuclear en 2006. “Las sucesivas administraciones americanas”, escribe The Economist, “han invertido años en una cauta y concienzuda diplomacia […], respaldada por una juiciosa mezcla de palo y zanahoria. Después de cada firma, los norcoreanos se embolsaban las ayudas, rompían su palabra y reanudaban su programa atómico. En el mejor de los casos, todo el esfuerzo servía para retrasarlo unos años”.

¿Por qué ahora? Los enviados de Corea del Sur que transmitieron a la Casa Blanca el deseo de Kim Jong-un de reunirse lo antes posible atribuyen la iniciativa al “contundente planteamiento” de Donald Trump, cuya “máxima presión” ha forzado a Pyongyang a considerar una “desnuclearización completa” de la península. Pero la oferta no es ninguna novedad. “Corea del Norte lleva 20 años deseando celebrar una cumbre con un presidente estadounidense”, explicaba en Twitter Jeffrey Lewis, del Instituto de Estudios Internacionales de Middlesbury. “Ha sido una prioridad de Pyongyang desde que Kim Jong-il invitó a Bill Clinton [sin éxito]”.

¿Tienen algo que ver las sanciones? No está nada claro. Aparte de los diplomáticos surcoreanos, que son ardorosos partidarios de que la cumbre tenga lugar y se cuidaron de envolver la propuesta en todo tipo de elogiosas consideraciones hacia la persona de Trump y “su maravilloso equipo de seguridad”, el único que ha calificado de severo el daño que el bloqueo está infligiendo es el secretario de Estado Rex Tillerson, cuyo nivel de información tampoco debe de ser alto, porque se enteró de la invitación de Kim (y de su aceptación por Trump) mientras estaba de gira por África. The Economist dice que “China sigue suministrando energía y alimentos” a su vecino. Por su parte, Bryan Harris afirmaba hace unos meses en el Financial Times que Corea del Norte no está tan mal. “Ha pasado de un socialismo férreamente controlado a un modelo básicamente de mercado” y, aunque las estadísticas disponibles son poco fiables, los expertos que viajan con frecuencia al país coinciden en que “el cambio salta a la vista”. Ha surgido una clase adinerada llamada donju que exhibe su poderío en los cada vez más numerosos restaurantes y comercios. “Según una encuesta entre más de 1.000 desertores”, dice Harris, “el 85% de la población se abastece ahora de alimentos en los mercados y únicamente un 6% depende ya de las cartillas de racionamiento”.

¿Estamos ante otra añagaza de los Kim? Es posible, pero si Corea del Norte busca un crecimiento sostenible como el que han experimentado otros tigres asiáticos, necesita captar masivamente capitales y exportar aún más masivamente, y difícilmente lo logrará tirando bombas. No le viene mal rebajar la tensión. Además, debe de pensar que el desarrollo de un cohete continental, capaz de alcanzar territorio americano, le permite afrontar un diálogo con la Casa Blanca desde una posición más firme. Finalmente, un antiguo asesor de George Bush hijo, Christopher Hill, observa que Pyongyang nunca había planteado una desnuclearización total y “hay que explorar esa vía”, con las debidas cautelas. Como advierten otros dos asesores presidenciales, Michael Green (Bush hijo) y Evan Medeiros (Barack Obama), Pyongyang “únicamente pretende detener las sanciones” y “jamás renunciará a su arsenal atómico”.

¿Por qué se ha echado Trump al ruedo tan deprisa? Es un desafío a la altura de lo que considera que es su principal talento: la capacidad negociadora. Como deja claro en Nunca tires la toalla, ha llegado a acuerdos donde otros habían fracasado. La mayor dificultad de sus edificios emblemáticos (el hotel del Soho, la torre que lleva su nombre) nunca fue técnica, sino política: resistencia vecinal, barreras burocráticas, etc. Y una vez entablado el diálogo, sabe ser desconcertantemente creativo. “Cuando la otra parte espere un duelo, ofrécele una alianza”, dice a propósito del campo de golf escocés de Menie Estate. Allí debió hacer frente a una gran oposición medioambiental y se metamorfoseó en Donald, el Amigo de los Animales: estabilizó dunas, construyó madrigueras artificiales para las nutrias y cajas nido para los murciélagos, financió iniciativas para preservar el tejón, el tritón palmeado y la gaviota cabecinegra… “La gente esperaba un duelo y, en lugar de eso, ofrecimos una alianza”.

¿Será esa su estrategia con Kim Jong-un? No hay que descartar nada, aunque ahora se juega algo más que el dinero de un puñado de socios.

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INTERREGNUM: Infraestructuras alternativas. Fernando Delage

Hace un par de semanas, un anónimo alto funcionario norteamericano declaró a la Australian Financial Review que Estados Unidos, junto a Japón, India y Australia, estaba dando forma a un plan conjunto de inversiones en infraestructuras como alternativa a la Ruta de la Seda china. No se mencionaba ningún plazo: sólo que estaba en estudio, pero no suficientemente elaborado como para que el primer ministro australiano, Malcolm Turnbull, pudiera tratarlo con el presidente Trump en su reciente visita a Washington.

La cooperación entre los cuatro países mencionados ha adquirido un nuevo impulso, como se sabe. En noviembre, sus ministros de Asuntos Exteriores se reunieron en Manila para resucitar el “Quad”, el Diálogo de Seguridad Cuatrilateral propuesto originalmente por el primer ministro japonés, Shinzo Abe, en 2007. Era cuestión de tiempo que, frente a una China más ambiciosa y con mayores capacidades, las grandes democracias de la región combinaran sus esfuerzos a favor del mantenimiento del statu quo. La reciente Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, hecha pública en diciembre, y la posterior Estrategia de Defensa del Pentágono, denominan de manera explícita a la República Popular como una “potencia revisionista” que recurre a la Ruta de la Seda como instrumento preferente para conseguir sus objetivos de reconfiguración del orden regional. También describen oficialmente la región como “Indo-Pacífico”, haciendo así hincapié en la interconexión entre ambos océanos y en el creciente papel de India.

No había constancia, sin embargo, de que el diálogo entre los cuatro gobiernos en materia de seguridad estuviera acompañado por una discusión similar en el terreno de las infraestructuras. En mayo de 2015, Japón ya anunció la puesta en marcha de una “Partnership for Quality Infrastructure”; un programa dotado con 110.000 millones de dólares para apoyar la financiación de proyectos en función de su rentabilidad a largo plazo, creación de empleo y sostenibilidad medioambiental. Dos años más tarde, en una iniciativa conjunta con India, Tokio presentó el “Corredor de Crecimiento Asia-África”, dotado con otros 200.000 millones de dólares. Pero que Australia y, sobre todo, Estados Unidos, reconozcan la prioridad de jugar las mismas cartas que Pekín con respecto a las redes de infraestructuras de Eurasia es toda una novedad.

Como cabía esperar, Pekín ha denunciado la iniciativa, al interpretarla—acertadamente—como dirigida a contrarrestar su creciente influencia en la región. Analistas y expertos chinos son escépticos, sin embargo, sobre la viabilidad de estos planes. La dinámica política interna en Japón, India y Australia limita las posibilidades de una estrategia de confrontación con China, mientras que se duda de que Estados Unidos esté dispuesto a dedicar al proyecto los recursos financieros que requiere. En cualquier caso, aunque aún faltan muchos detalles por conocer, una respuesta multilateral a la Ruta de la Seda china comienza a tomar forma. La ironía es que la integración económica del espacio euroasiático puede ser un interés perfectamente compartido por todas las partes.

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Negociación en puertas

Ivanka Trump parece haberse convertido en la cara amable de la Casa Blanca. Amable, sin la zafiedad de su padre, menos atolondrada, algo más culta, pero no menos dura. Ha llegado a Corea del Sur, ha escuchado al presidente Moon, ha aceptado la posibilidad de un encuentro con enviados de Corea del Norte y ha explicado y defendido las tesis del presidente de Estados Unidos, su padre, de que la posibilidad de un encuentro nace de las posiciones duras de EEUU y ha anunciado la aplicación de nuevas sanciones para ablandar el camino.
Y, ciertamente, Corea del Norte ha reaccionado condenando las nuevas sanciones, pero admitiendo la posibilidad de un acercamiento. La visita al Sur del general Kim Yong-Col, emblemático ex jefe de los servicios de inteligencia norcoreanos y considerado por Seúl como criminal de guerra son el mejor ejemplo del nuevo escenario. Ivanka y Yong-Col no se han encontrado pero que hayan estado cerca es un signo evidente.
Todo parece pues allanado para que las dos Coreas se encuentren en primer lugar, con China y Estados Unidos a la expectativa para, probablemente, abrir paso a una mesa a cuatro a medio plazo. El encuentro bilateral, si se produce, servirá en sí mismo, incluso en el caso de que no se produzca ningún avance para disminuir la tensión ganar calma y, con ella, espacio para acuerdos. ¿Qué le puede ofrecer Corea del Sur al Norte? Probablemente poco más que algunos acuerdos económicos y comerciales, que no podrán ir muy lejos dada la total ausencia de libertar de la economía norcoreana y disminuir el número de maniobras militares con Estados Unidos si los norcoreanos bajan el ritmo de sus pruebas nucleares y de misiles porque la desaparición total de estas pruebas es imposible mientras no haya un reconocimiento oficial de de Corea del Norte como potencia nuclear efectiva.
Ese es el marco, que demuestra que Corea del Norte ha sabido manejar los tiempos y, a la vez, la presión de Estados Unidos, dejando claro que la época de Clinton y Obama de llegar a acuerdos rápidos con dinero encima de la mesa ha acabado, ha puesto su grano de arena. Pero de hecho, de alguna menara Corea del Norte obtendrá ventajas.
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En el terreno que Kim quiere

La afirmación de Mike Pence de que Estados Unidos está dispuesto a negociar con Corea del Norte revela la falsedad de algunas afirmaciones que se hacen sobre la crisis y también cómo Kim Jong-un ha jugado hábilmente con los elementos sobre el terreno, es decir, sus propias amenazas, los temores de los aliados de Estados Unidos, el cálculo de China de hasta dónde debe llegar su intermediación y la opinión pública mundial que desconfía a veces más de Trump que de Corea del Norte, para colocar el balón donde quiere y jugar el partido en su terreno y con ventaja.
Corea del Norte lleva años utilizando su capacidad nuclear, o sus planes para desarrollarla, como instrumento de chantaje. Hasta la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, los episodios de crisis cuidadosamente creados por Pyongyang se traducían en concesiones de EEUU y medio mundo en forma de ayudas financieras, paliativos a las amenazas o facilidades para que no se derrumbara un sistema ruinoso que aplasta a sus ciudadanos.
Ha sido precisamente la negativa de Trump a seguir en ese juego lo que ha llevado la tensión más lejos, porque Kim conoce la debilidad internacional y cómo el miedo contamina las posibles soluciones. Trump, en su proverbial torpeza y prepotencia no ha entendido que la gente prefiere un mal acuerdo a sus pesadillas y, como ha demostrado la historia con frecuencia, los malos acuerdos han llevado a que las pesadillas se hagan realidad.
Pero así están las cosas. China sólo puede presionar hasta un punto que no haga caer el régimen; Japón juega al apaciguamiento mientras busca caminos para mejorar sus capacidades militares y Corea del Sur, el país más amenazado directamente, tiene ahora un gobierno que quiere buscar acuerdos. Es decir, que Donald Trump se ha quedado solo en su plan de llevar la presión hasta un punto de casi no retorno para que las negociaciones le fueran favorables. Ahora, aparentemente, va a tener que sentarse a hablar, cosa en principio positiva pero que hay que ver paso a paso, en un clima en el que cualquier desplante o presión añadida hará aparecer a EE.UU. como el malo de la película una vez más. (Foto: Michael Dusenne, Flickr)