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Detrás del escenario

La mayoría de las grandes decisiones políticas se cocinan, se preparan, se organizan y se comienzan a poner en ejecución detrás de los escenarios mientras en esto se presentan, se embellecen, se encubren y se justifican. Y así está pasando en todo el escenario del Pacífico para desplegar todo lo que implicó la cumbre de Singapur.

Una vez alcanzado el compromiso, ambiguo pero importante, de avanzar hacia la desnuclearización de la península coreana hay que dar pasos, y esto es mucho más difícil. Por una parte, Corea del Norte, que ha alcanzado su estatus actual sobre la base de sus amenazas y su despliegue de misiles no puede ir tan rápido como quiere EEUU por problemas técnicos y por la necesidad política de no parecer la parte derrotada en la negociación y endurece las condiciones de medidas recíprocas. Y, por otra, Estados Unidos no puede ceder en esas medidas para no dejar a Corea del Sur con una sensación de inseguridad y a Japón con mayores incertidumbres. De ahí los viajes de Pompeu y las polémicas y el rumor de que los norcoreanos estarían modernizando una instalación de misiles.

Pero mientras tanto, los otros actores de este drama también se mueven tras el escenario. China, el gran padrino, mueve piezas en Latinoamérica y no sólo económicas, una vez relajado algo el panorama frente a sus costas. Ha anunciado la apertura de una gran base de observación espacial y del radio espacio, es decir, con capacidad de intercepción y conocimiento de comunicaciones, en Argentina; y se ha filtrado información sobre una avanzada negociación con El Salvador para establecer una base de operaciones navales, sin excluir la presencia de barcos de la Armada china, en el Golfo de Fonseca.

Ambas noticias, que indican la profundidad de los cambios que están ocurriendo y, a la vez, la escasa atención que, aparentemente, dedica a Administración Trump al sur de sus fronteras, no deja de aumentar la incertidumbre. EEUU y Europa enredados en una disputa comercial repleta de hipocresía; Rusia fortaleciendo su posición y su influencia en Oriente Medio y el mundo navegado en claves populista sin ingredientes que pueden estropear cualquier digestión. (Foto: Georgi Gavrilenko, Flicker.com)

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Trump en Europa. Nieves C. Pérez Rodríguez

 “Los países europeos tienen que pagar más por su defensa”, es lo que ha afirmado Trump desde el principio de su legislatura. Y aunque esta afirmación es sensata, lo que debería discutirse es sobre las maneras en que se han dicho las cosas. En diplomacia las formas, los gestos y las palabras tienen mucho peso. Y de eso poco parece conocer Trump, quien no quiso esperar ni tan siquiera a un segundo encuentro para reclamarle a sus socios de la OTAN el aumento de sus cuotas. De acuerdo con Robert E. Litan y Roger Noll (expertos del Brookings Institute) Alemania, Canadá, Italia y España tendrían que aumentar su aportación en unos 10 mil millones de dólares. Pero incluso aumentando esas cuotas, Washington ahorraría tan sólo 16,6% de su presupuesto actual de defensa. Lo que lo situaría en el 3% de su PIB, por lo que continuaría siendo el mayor socio de la alianza Atlántica.

La solicitud de Washington de que cada miembro de la OTAN aporte un 2% de su PIB no es descabezada -es más, ya había sido acordada previamente-, así como no lo es tampoco el planteamiento del término, pues entraría en vigor en el 2024, con lo cual, los países tendrían tiempo para recalibrar sus presupuestos y afinar cuentas.

Pero las torpezas de Trump y sus burdas formas pueden pasarle factura. Como el grave error que cometió al atacar las políticas de Theresa May, quien lidera el país más cercano y gran aliado de Estados Unidos en Europa y en el mundo.

Que Trump tenga su opinión acerca de las políticas domésticas inglesas no es de extrañar, pero que exprese públicamente sus opiniones en forma de críticas en una visita oficial a ese país puede ser considerado una injerencia en los asuntos domésticos, además de un gran desatino diplomático.

La OTAN es la organización militar más poderosa del mundo. Se creó en un momento histórico en el que Europa necesitaba a gritos de intervención extranjera para equilibrar dictadores y movimientos políticos hiper radicales que se había cobrado la vida de muchos millones de ciudadanos.  Claramente, las circunstancias de hoy no son las de hace 70 años, pero su compromiso sigue intacto en garantizar la paz y la libertad a través de la resolución pacífica. Esta alianza, a través de los años, se ha convertido en garante de la seguridad del mundo, traspasando las fronteras de sus miembros. Y Asia no escapa de este compromiso. Así lo ha afirmado el emisario especial de la OTAN el mes pasado, James Appathurai, asegurando que Asia Central fue catalogada como una región estratégica, incluso antes de la guerra de Afganistán.

Estados Unidos ya ha intentado en varias ocasiones incorporar socios asiáticos a la Alianza, como los países miembros de la ASEAN. Con los ojos puestos en el titánico crecimiento de China y su desarrollo militar, junto con sus pretensiones expansionistas, que la OTAN tuviera más presencia en el Pacífico ayudaría a equilibrar fuerzas en la región y frenaría un poco a Beijing. Además de neutralizar el gran dolor de cabeza, Corea del Norte, que ha mantenido la región y más recientemente una amenaza para el propio territorio estadounidense, una vez que Pyongyang demostró el otoño pasado que tiene capacidad de lanzar misiles de largo alcance.

Sobre todo, después del encuentro en Singapur, y del desastroso viaje de Mike Pompeo a Pyongyang la semana pasada, Trump debería estar aglutinando aliados que lo apoyen en la resolución del conflicto que su administración considera el mayor problema a resolver, con el que se enfrentan.

Algo tan frágil como la seguridad europea debería estar en manos de sus propios miembros. El hecho de que Estados Unidos haya sido el mayor financiero de la OTAN obedeció a un momento histórico que ha cambiado. Los líderes europeos deberían entender que la seguridad es clave para proteger sus territorios, sus valores y a sus ciudadanos de cualquier amenaza, aunque no dé votos en las urnas electorales como las políticas de izquierdas (beneficios, pensiones, seguridad social, etc.). La petición de Trump no es equívoca, pedir más compromiso económico es legítimo, el problema es cómo lo ha pedido. La falta de tacto político está poniendo a Trump en una situación de aislacionismo, en vez de cultivar aliados va por ahí diciendo sandeces en foros de cooperación y entendimiento. Al final, el problema no sólo es lo que dice sino cómo lo dice. (Foto: Flickr, Ruperto Miller)

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INTERREGNUM: Trump y Kim en Singapur: ¿algo más que una foto? Fernando Delage

En la era de la imagen y el espectáculo, parece como si una foto pudiera por sí sola resolver un conflicto de 70 años. Asombra que tantos medios hablen de un “acuerdo” para la desnuclearización de Corea del Norte y la firma de un tratado de paz, cuando nada de ello aparece definido en el breve documento firmado por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el líder norcoreano, Kim Jung-un, durante su breve encuentro en Singapur.

Conviene recordar que, para Pyongyang, “desnuclearización” implica a la península en su conjunto, lo que significa que también Estados Unidos debe dejar de proteger con su paraguas nuclear a Corea del Sur y a Japón. Si Trump diera tal paso, habrá dado a China el mayor de los regalos (y ya le ha hecho varios). Pese a lo impredecible del personaje, no resulta muy plausible que pueda llegar—por sus consecuencias para el orden regional—a una decisión de ese tipo. Por otra parte, después de lo ocurrido con Libia, primero, y—más recientemente—con la retirada norteamericana del acuerdo con Irán, es igualmente difícil de imaginar que Corea del Norte vaya a renunciar sin más a su capacidad nuclear. Los dilemas que afrontan ambos líderes explican la vaguedad de los términos empleados en el documento: un mero “compromiso” para trabajar hacia la desnuclearización—muchos periodistas han preferido ignorar la preposición—y  para ofrecer una garantía de seguridad a Pyongyang (que queda sin determinar).

La premeditada brevedad del encuentro es una conveniente justificación para decir que no se ha podido entrar en los detalles. Pero no puede negarse que la cumbre es histórica, y ha quebrado la espiral de tensión que amenazaba con conducir a un conflicto violento en el centro de gravedad de la economía mundial. Y quizá, como empresario que es, Trump haya seducido a Kim con las oportunidades económicas que pueden surgir para su país, si opta por un camino de integración internacional. No obstante, el único acuerdo al que de verdad se ha llegado es a seguir dialogando. Comienza ahora un proceso en el que ambas administraciones intentarán hacer realidad sus intenciones.

De momento Kim ha logrado algunas de las suyas. Ha aparecido como un igual del presidente de Estados Unidos y, al tener la iniciativa, ha sido éste quien ha tenido que responder a su oferta. Ha logrado, además, que Trump renuncie a realizar las próximas maniobras militares previstas en la zona—tradicional objetivo de Corea del Norte (y de China)—, sin que el presidente norteamericano haya recibido nada a cambio. Por su parte, de cara a sus votantes, Trump refuerza su imagen de estadista innovador. Quizá le sirva en las elecciones al Congreso de noviembre; no tanto para tranquilizar a sus aliados asiáticos.

El problema norcoreano no es cosa de dos. Trump podrá intentar resolver su preocupación de seguridad más inmediata—los misiles intercontinentales norcoreanos—mientras se embarca en un proceso de negociación sobre la desnuclearización que puede durar años. Mientras Kim Jong-un consolida su legitimidad interna, crea la apariencia de una negociación que—es posible—, no habrá acabado cuando Trump deje la Casa Blanca. Entre tanto, la desconfianza de Japón, Corea del Sur, Australia, India incluso, puede terminar creando una dinámica geopolítica que acabará de manera completa, verificable e irreversible no con el armamento nuclear de Corea del Norte, sino con el liderazgo de Estados Unidos en Asia.

Es momento de concederle el beneficio de la duda a un presidente que quiere demostrar lo acertado de su intuición, frente a la falta de resultados de sus antecesores. Cuando 48 horas después de insultar al primer ministro de Canadá, elogia al líder de Corea del Norte—una avanzada democracia, como es sabido—, es difícil abandonar el escepticismo. Pero quizá Trump esté inventado un nuevo método diplomático.

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Una cumbre, dos egos y un camino por recorrer. Nieves C. Pérez Rodríguez

El 12 de junio del 2018 pasará a la historia como el gran momento en que un presidente estadounidense se encontró con un líder norcoreano. Un éxito diplomático que, a priori, ha sido posible por el carácter irreverente e impredecible de Trump, así como por el hecho de que Pyongyang ha desarrollado su programa nuclear en un 95%, lo que le ha permitido sentarse a hablar prácticamente de tú a tú con la nación que a lo largo de estos tensos 70 años de aislamiento los ha tenido presionados.

Se ha pasado de una hostilidad nunca antes vista a una mesa de negociación que terminó con la firma de un acuerdo de desnuclearización. La Administración Trump ha concentrado todos sus esfuerzos en hacer historia como la única que realmente ha querido poner fin a este intrincado conflicto. El Secretario de Estado, Mike Pompeo, ha dedicado casi cada minuto de su tiempo a este esfuerzo y, lo prueban los viajes que ha hecho a Pyongyang y lo rápido que se produjo el encuentro.

Pompeo conoce en profundidad la situación norcoreana, como director de la CIA tuvo acceso a todo tipo de datos y el mismo ha dicho públicamente en varias ocasiones que Trump ha sido informado de cada detalle casi diariamente, desde que aquel tomó posesión del Departamento de Estado.

La imagen de Corea del Norte ha cambiado radicalmente. Hemos visto un líder paseando por Singapur, haciéndose selfies con el primer ministro de este país y visitando los sitios icónicos de esta ciudad Estado. Se ha humanizado su imagen, se ha convertido en un líder del mundo, en vez de ser el férreo dictador que lleva las riendas de una prisión abierta, tal y como ha sido denominada por las ONGs, por el nivel de represión al que se somete a la población.

La televisión pública norcoreana ha transmitido imágenes en tiempo real del gran apretón de manos de ambos líderes, conversando y firmando el documento, cosa que para occidente es parte fundamental del rol de los medios de comunicación, pero inédito en una sociedad tan hermética como la norcoreana. Es una gran excentricidad que el régimen esté usando todo esto como campaña de reafirmación de su liderazgo y fortalecimiento de su imagen.

Una gran curiosidad de la cumbre fue el vídeo que la Casa Blanca preparó para Kim Jong-un. Comenzando por el nombre de lo que se supone es la productora que lo hizo “Producciones imágenes del destino” (ó Destiny Pictures Production, titulaba en inglés) y que tuvo una duración de 4 minutos en las que se mostraban imágenes acompañadas por una voz que relataba el número de personas en el planeta y el pequeñísimo porcentaje de esa población que dejará un impacto en la tierra, y aquellos que tomarán decisiones que renovarán su nación. Todo ello mientras se explicaba que la Historia tiene la tendencia a repetirse, con imágenes de fondo desoladoras de los límites de Corea del Norte custodiados por militares y de los momentos de mayor tensión que se han vivido. Mostraban la imagen de Kim y de Trump como quienes podrían cambiar esta historia y hacer de Corea del Norte un lugar económicamente floreciente, donde llegue el desarrollo y la modernidad. Después de la oscuridad llega la luz, una historia de oportunidades, un nuevo comienzo, dos líderes y un nuevo destino. Al puro estilo hollywoodiense terminaba diciendo “la Historia espera para ser escrita”.

El mensaje no pudo ser más directo. Washington le dijo a Pyongyang si te subes a nuestro barco te lo damos todo: prosperidad, dinero, salud, desarrollo y, lo más importante, le garantizó la seguridad a Kim y su país.

Cada momento de la cumbre fue impactante. Las largas alfombras rojas por las que cada líder camino desde direcciones opuestas hasta llegar al centro, cuyo fondo lo decoraban las banderas estadounidenses y las norcoreanas. El punto exacto del encuentro fue el mismo centro para darse la mano cordialmente, mientras Trump ponía su mano izquierda en el brazo derecho de su homólogo, como un gesto de cercanía. Kim lo miró con una medio sonrisa y correspondiendo a las palabras de Trump, pero al momento de girar a las cámaras para la foto asume una seriedad arrogante, mientras que el estadounidense se dejaba ver cómodo y confiado de que era su gran momento y que conseguiría lo que había ido a buscar.

Las palabras del inquilino de la Casa Blanca fueron, tal y como se había pronosticado en ésta misma página, una clave para leer entre líneas junto con su lenguaje corporal. Dijo que fue un gran encuentro y Kim está dispuesto a desnuclearizar a Corea del Norte. Admitió que no es un proceso corto, ni fácil, pero que la disposición abre una nueva etapa.

No cabe duda que hay mucho por hacer, esto es sólo un primer paso, pero en diplomacia un primer paso es un gran paso. La situación en la que se ha estado durante más de 70 años no ha enderezado las cosas; por el contrario, ha hecho que Pyongyang cuente hoy con la capacidad de enviar misiles hasta el otro lado del planeta. Por lo que intentar otro camino podría ser positivo para la estabilidad mundial.

Corea del Norte podría repetir lo que ha hecho en otra ocasión, sin duda, pero al menos este intento podría servir para ayudar a muchos de los ciudadanos de a pie que luchan por sobrevivir en un país que apenas tiene alimentos y cuya economía está devastada.

Son muchas los puntos en la agenda que están pendientes. El más importante, los derechos humanos de los norcoreanos. Pero tal y como lo interpreta la Administración Trump, una vez conseguida esta primera etapa, que es la base en la que construirán la relación, podrán empezar a exigir o poner condiciones.

De momento, en EEUU se sienten complacidos porque saben que pasarán a la historia como la única Administración que fue capaz de arriesgarse y sentarse a conversar con un enemigo histórico a cambio de poder acabar con la gran amenaza nuclear que ha tenido al planeta en vilo.

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INTERREGNUM: Pakistán como problema. Fernando Delage

Suele decirse que todos los Estados tienen fuerzas armadas, salvo Pakistán, donde es el ejército quien tiene un Estado. La vuelta, hace unos años, a la normalidad electoral e institucional no ha quebrado del todo este axioma. Los militares continúan al mando de la estrategia exterior: controlan el arsenal nuclear, mantienen viva la hostilidad hacia India, y—cuestión inseparable de la anterior—obstaculizan una solución en Afganistán.

“Nada cambiará al menos que lleguemos a un pacto con Pakistán—o paremos a Pakistán”. “Pakistán sabe lo que quiere. Nosotros no. No tenemos ni una estrategia hacia Pakistán, ni una estrategia de reconciliación [de los afganos]. Sólo tenemos palabras y burocracia”]. La primera frase, es del presidente Karzai; la segunda, de la secretaria de Estado Hillary Clinton. Estas dos esclarecedoras reflexiones resumen, en su brevedad, qué ha fallado en Afganistán. Pero el lector encontrará una explicación más extensa y detallada en el libro que los cita: “Directorate S: The C.I.A. and America’s Secret Wars in Afghanistan and Pakistan” (Penguin Press, 2018). Su autor, Steve Coll, escritor del New Yorker, decano de la escuela de periodismo de la universidad de Columbia, y ganador del Pulitzer por otro trabajo anterior sobre el origen de Al Qaeda y el 11-S (“Ghost Wars”, 2004), ha dedicado 10 años y centenares de entrevistas para contar una historia que, más allá de un conflicto concreto, describe importantes claves de la actual inestabilidad internacional.

Afganistán ha demostrado, entre otras cosas, los límites del poder de Estados Unidos. Es una historia del desinterés de Washington por el desarrollo económico y la seguridad interna de Afganistán tras la derrota de los talibán: la atención y los recursos se concentraron en Irak, con los resultados bien conocidos. Es una historia de cómo la CIA, el Pentágono y la OTAN, y sus alianzas con los señores de la guerra en el país, están en el origen de buena parte de la corrupción afgana (así lo reconoce en el libro el exsecretario de Defensa Robert Gates). Es una historia de rivalidad entre distintas agencias de la administración norteamericana, cada una de las cuales ha perseguido su propia agenda, con la tolerancia de la Casa Blanca y la marginación del departamento de Estado, aun sabiéndose que no podía haber solución militar a un conflicto político.

Pero Afganistán es, sobre todo, la historia de un fracaso estratégico derivado de la misteriosa incapacidad de Estados Unidos para detener la interferencia de la inteligencia militar paquistaní, Inter-Services Intelligence (ISI). ¿Por qué dos administraciones dirigidas por presidentes de distintos partidos permitieron el apoyo de ISI a los talibán aunque de manera directa atentaban contra los intereses de Estados Unidos? Las maniobras de la agencia, en particular a través de su división de operaciones especiales (la Dirección S que da título al libro), quedan expuestas de manera tanto magistral como inquietante.

Coll retrata con especial perspicacia a decenas de personajes cruciales en el conflicto—líderes políticos, diplomáticos y militares—e identifica los elementos esenciales para entender la tortuosa relación entre Estados Unidos y Pakistán. Es también un demoledor análisis de la autoconfianza que produce contar con el mayor poder militar del planeta, y de la inercia burocrática. Trump quiere aumentar el primero y corregir la segunda; pero también pretende diezmar del todo los recursos diplomáticos. Este libro, sobre la guerra en que más tiempo ha estado involucrado Estados Unidos en toda su historia, explica como pocos lo erróneo de su planteamiento.

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Las claves detrás de la Cumbre de Singapur. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Nos acercamos al gran día, al día del encuentro que ninguno de los protagonistas daba por posible tan sólo unos meses atrás, dada la tensa situación histórica que ha caracterizado las relaciones bilaterales entre Corea del Norte y Estados Unidos. Aún más, agravadas por las ofensas y amenazas de Trump y los lanzamientos de misiles de Kim Jong-un. Pero, contra todo pronóstico, el gran encuentro tendrá lugar en Singapur bajo la mirada expectante de todo el planeta.

El Secretario de Estado Mike Pompeo explicaba en rueda de prensa, que el presidente Trump está yendo al encuentro con esperanza, pero también cauto, y no aceptará un acuerdo que no sea beneficioso para los Estados Unidos. La desnuclearización total de la península coreana es el objetivo final. Así mismo, afirmaba que durante meses el líder estadounidense ha recibido diariamente briefing de expertos sobre la situación norcoreana, sus antecedentes históricos y su capacidad militar, por lo que confía que el encuentro irá bien, pues Trump está preparado para ello. El mismo Trump afirmó en el marco de la visita del primer ministro japonés a Washington, que su Administración hará lo que ninguna anterior hizo en este respecto, mientras que le dejaba saber a Kim que estaría invitado a la Casa Blanca de portarse bien con él.

Mientras tanto, Abe enfatizaba que Japón está dispuesto a establecer relaciones con Corea del Norte en alineamiento total con Estados Unidos, como quien intenta salvar su vulnerabilidad y posible soledad en la región.

Ahora bien, ¿cuáles son los posibles escenarios de esta cumbre? Lo más importante, a priori, la foto. La actitud corporal de ambos líderes en la foto será clave para leer entre líneas hacia donde iremos. Si solo hay un apretón de manos protocolar con caras serias, significará que la reunión no fue tan bien como Trump esperaba, y en cuyo caso la posibilidad de llegar a un acuerdo es casi nula. La segunda posible foto, en la que se intercambie algún gesto amistoso, como un abrazo, indicará un potencial acuerdo, o al menos que hay disposición en ambos líderes de llegar a un arreglo que acabe en una hoja de ruta a la salida. Y la tercera pose sería entre risas, que demostraría la empatía entre ambos líderes y el deseo de encontrar una solución a la crisis coreana.

Las palabras de Trump post-meeting. Otra lectura esencial de la cumbre. Si Trump aparece circunspecto y con un vocabulario más formal, el gran ganador del encuentro habría sido Kim, quien habría conseguido sentarse con un presidente estadounidense a conversar y su liderazgo habrá cambiado por completo, mientras que Trump sería el perdedor, el que puso todo en el asador a cambio de nada. No obstante, él le daría la vuelta y lo vendería como que fue él el primer presidente que realmente ha tenido el deseo de resolver el conflicto. Si, en cambio, las palabras de Trump son más bien cordiales, indicando que Kim amablemente está dispuesto a negociar el desarme nuclear, estaremos algunos encaminados a trabajar por algo. Pero si sus palabras son más bien de un maravilloso encuentro, o gran encuentro, muy en su tónica, la lectura es que entre ambos líderes hubo gran empatía, que conociendo la trayectoria de los personajes, sería muy positivo para poder alcanzar alguna especie de fórmula de no agresión y congelamiento del arsenal nuclear y misilístico norcoreano.

En cualquier escenario, el gran ganador de la cumbre antes de llevarse a cabo es  Kim Jong-un. Su status político ha cambiado radicalmente y ahora son muchos los líderes internacionales que quieren encontrarse con él. Asimismo, el deseo político de imponer sanciones a Pyongyang está prácticamente desaparecido por ahora. China, por ejemplo, no está imponiendo ahora mismo las sanciones; de hecho, hay indicadores de que marisco norcoreano está llegando a puertos chinos y que buques chinos están despachando combustible a Corea del Norte. Desde Washington, los ejercicios militares que estaban pautados han sido retrasados para complacer a Kim. El mismo Trump ha reconocido que no están imponiendo la presión máxima a Pyongyang como gesto diplomático previo al encuentro. Y Washington ha dejado claro que no tiene interés en el modelo de Libia. Kim ha ganado aceptación internacional y legitimado su liderazgo. Es muy posible que después del encuentro Kim Jong-un sea invitado a la Asamblea General de Naciones Unidas en otoño. Así como es muy probable que, de ir bien, Trump le invite a la Casa Blanca.

Trump no ha conseguido nada políticamente, su determinación de imponer aranceles a los aliados lo ha puesto en una posición un tanto solitaria en el mundo. Por lo que Corea del Norte es clave, su disposición de solucionar la gran amenaza del Pacífico le ha favorecido políticamente y le ha dado una especie de salvoconducto frente a occidente y sus aliados históricos, quienes se han sentido realmente golpeados por las duras acusaciones de Trump y la desolada manera de comprender el mundo. (Foto: Cooperholoweski, Flickr)

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La incierta cumbre entre Trump y Kim. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Trump no deja de sorprender ni al público en general ni a su propio equipo. Su impulsiva manera de actuar ha pillado hasta al mismo Kim Jon-un desconcertado. Todo empezó con insultos al hombre cohete y al gordito que terminó en una abierta invitación a un encuentro. Invitación que llega en un oportuno momento de aislamiento y acentuada crisis económica, producto de las duras sanciones que le ha impuesto Washington desde que Trump tomó posesión de la presidencia.

El presidente chino -Xi Jinping- no quiso quedarse fuera, por lo que invitó al líder coreano dos veces a su país, la primera visita muy protocolaria, trasmitida al mundo para enviar un mensaje claro de cercanía entre ambas naciones; y la segunda, mucho más discreta, de la que expertos afirman que se llevó a cabo con el propósito de que Kim sepa y entienda cuáles son las prioridades chinas y que las tenga en cuenta al momento del gran encuentro con Trump.

Después de la ambigua carta que Trump publicó el 24 de mayo, en la que cancelaba el encuentro por temor a que fuera cancelado in situ, y con ello el ridículo de tal desplante, justo ahora todo indica que el acuerdo se llevará a cabo.  Pero, ¿cómo se está organizando? ¿Y que hay detrás de todo?

4Asia tuvo acceso a una tertulia en el Centro Estratégico y de Estudios Internaciones (CSIS por sus siglas en inglés) en el que se discutió a fondo la cumbre. El experto que lideró el grupo fue Victor Cha, profesor de Georgetown y director de asuntos asiáticos en el Consejo de Seguridad Nacional en la Casa Blanca entre 2004 y 2007, además de haber participado en las conversaciones del “Grupo de los Seis”, un grupo establecido para la negociación y resolución del desarrollo nuclear de Corea del Norte, compuesto por las dos Coreas, China, Japón, Rusia y Estados Unidos. Cha, que, valga acortar, se pensó que sería el nombrado por Trump embajador en Seúl, pero quien discrepaba profundamente con el presidente sobre “la política de la nariz sangrante”, que no es más que confrontación que pueda acabar en un conflicto bélico. Discrepancia que destruyó la posibilidad de que Cha fuera enviado a Corea del Sur.

Victor Cha hizo un interesante análisis de la situación general. Primero explicó que la carta con la que Trump cancelaba la cumbre es un excelente ejemplo de cómo se maneja la Administración. Primero le llama “Excelencia” a un dictador, mientras en una demostración de soberbia le deja claro que no quiera Dios que tenga que llegar a usar el gran arsenal estadounidense en su contra. Mientras, le plantea la posibilidad de un encuentro en el futuro. Todas esas ambigüedades expresan que la carta fue redactaba por el mismo Trump, y que no pasó ninguno de los filtros de los asesores del Consejo de Seguridad.

Otro ejemplo de lo inusual de la situación es que la preparación de estos encuentros se realiza durante muchos meses, en un proceso en el que se discuten detalles como los puntos a tratar, lo que es sensible y no se puede conversar, y todo el protocolo normal que encierran las visitas o cumbres de estado. Para este encuentro, sin tiempo suficiente para organizarse, no se han afinado detalles. Y la prueba son muchos de los tweets de Trump que nos informan de detalles que por lo general no se revelan al público. Incluso el lugar, Singapur y el día, 12 de junio fueron anunciados simultáneamente, incluso antes de las predicciones.

Un elemento que fue resaltado en la tertulia es que Trump ha intentado centrar la atención en Corea del Norte, aún más después de haberse salido del acuerdo con Irán; cambiando así la atención a esta Cumbre que de por sí es una excentricidad en sí misma.

 De acuerdo con Cha, el presidente Trump debería ir a la reunión con un par de peticiones claras, la más importante es que Pyongyang renuncie a sus mísiles balísticos que son la peor amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos.

Pero realmente los altos funcionarios de la Administración Trump no se ponen de acuerdo en el momento de abordar el tema. Cada uno dice algo distinto. Cuando la prensa les pregunta, lo que repiten es que quieren la desnuclearización de la Península coreana, pero no saben ni cómo ni cuándo.

Mientras Corea del Norte ha esperado mucho por encontrarse con un presidente estadounidense, su status internacional ha cambiado completamente, pues con este encuentro se le está situando a un nivel de iguales, lo que les beneficia mucho. Les ayuda con su orgullo nacional, que es algo fundamental para este tipo de regímenes. Todo parece indicar que están buscando una salida a la hostilidad en la que han estado tantos años, y parece que este encuentro abre esa opción.

Trump tienen una extraordinaria confianza en su capacidad negociadora para conseguir lo que quiere; a ello está se está dedicando con este encuentro. Ha dicho claramente que Kim tendrá garantizada por completo su seguridad y espera que en una conversación directa con él puedan llegar a un acuerdo que nadie ha sido capaz de alcanzar en tantas décadas.

Pero la situación es realmente compleja, pues si se llegara a acordar una especie de paz, todo cambiaría. Por un lado, Estados Unidos tendría que cambiar el status de guerra en el que está con Corea del Norte. Pyongyang pediría la salida de militares estadounidenses de Corea del Sur y de Japón, lo que es realmente complejo, ya que hay bases militares funcionando y operando 24 horas al día cada día del año. El numero de empleados es astronómico. La cantidad de ciudadanos estadounidenses residentes permanentemente en esta parte del mundo es muy considerable.

Habría que parar los ejercicios militares que regularmente se llevan a cabo; y con ello Estados Unidos perdería casi toda su influencia en esta región. (Foto: Scott Eckert)

CHINA Horizontal

China a debate

4Asia celebra esta semana su segundo debate tras el realizado el pasado diciembre sobre Corea del Norte. En aquella ocasión vivíamos en medio de la posibilidad de un enfrentamiento militar, ahora, con algunas dudas, el escenario previsible es una mesa de debate.

En esta ocasión, 4Asia ha convocado a colaboradores y expertos para analizar el protagonismo de China en la escena internacional, sus orígenes, su evolución, su futuro y cómo va a condicionar este escenario. Sin renunciar al comunismo, antes bien reafirmándolo, sin abandonar sino reforzando su estructura estatal autoritaria y su sistema de toma de decisiones, China ha desregulado su mercado interior, ha desempolvado un discurso de libre comercio y hace décadas está en un proceso de crecimiento económico, con contradicciones, pero sostenido, que está permitiendo un aumento del bienestar interno y una presencia exterior creciente incluida la compra de deuda de los principales países occidentales.

Paralelamente a esto, China está modernizando y reforzando su capacidad militar, remodelando sus alianzas regionales, actuando como padrino-intermediario en el conflicto coreano y asomando su influencia en Oriente Próximo.

No reconocer el creciente protagonismo chino y no incorporarlo a la toma de decisiones a escala internacional sería irresponsable y nosotros tenemos la obligación y la necesidad de analizarlo. Por eso invitamos a nuestros lectores a acompañarnos este viernes en Madrid para hablar de todo esto y analizarlo juntos. Allí nos veremos.

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INTERREGNUM. Declaración de hostilidad—por duplicado. Fernando Delage

“Es mucho peor que un crimen; es una estupidez”. Resulta inevitable evocar la célebre frase de Talleyrand, con la que describió la ejecución de un duque borbónico por Napoleón, al comentar el doble error cometido la semana pasada por el presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump.

El abandono del pacto nuclear con Irán coloca a Estados Unidos en compañía de Israel y Arabia Saudí—singulares compañeros de cama los dos últimos en este caso—, y en contra de sus aliados europeos y del resto de la comunidad internacional. Es probable que Trump no sepa quién fue Mossadeq, ni conozca el papel de la CIA en su derrocamiento en 1951; un incidente fundacional del nacionalismo iraní contemporáneo. Pero también parece ignorar las consecuencias de despreciar los principios del realismo político, como ocurrió con la más reciente e irresponsable invasión de Irak en 2003. Si lo que se pretende es facilitar el camino a una guerra en Oriente Próximo, y propiciar así el cambio del régimen iraní—objetivo ilusorio—, sabremos quién desencadenó los acontecimientos.

De momento, Trump ha hecho añicos la credibilidad norteamericana, ya dañada por su discurso antimultilateralista, su retirada del acuerdo sobre cambio climático de París y su irracional marcha atrás con respecto al Acuerdo Transpacífico (TPP). Su declaración de hostilidad a Teherán no sólo no contribuirá a prevenir una mayor influencia de Irán en el equilibrio de poder regional, sino que aumenta el riesgo de proliferación nuclear, y crea una grave ruptura estratégica con el Viejo Continente. A efectos de esta columna, hay que preguntarse por lo demás si es así como Trump espera convencer a Kim Jong-un de que abandone sus capacidades nucleares.

Por si el anuncio del presidente no fuera suficiente para dañar la estabilidad internacional, además de declarar la guerra diplomática a Irán, Estados Unidos se ha planteado asimismo declarar la guerra comercial a China. Washington exige a Pekín que reduzca su superávit bilateral en 100.000 millones de dólares antes del 1 de junio de 2019, y otros 100.000 millones antes de la misma fecha de 2020. No sólo resulta ridículo pensar que el gobierno chino pueda conseguir ese resultado, sino que, por sus efectos para países terceros, los daños pueden ser considerables para la economía mundial. Estados Unidos no sólo violaría normas multilaterales—es conocida la opinión de Trump sobre la OMC—sino abriría paso a una peligrosa dinámica política, por no hablar del impacto para sus propios intereses económicos de las medidas de represalia que adoptará Pekín. ¿Es humillando a China, otro país profundamente nacionalista como Irán, como la Casa Blanca cree que va a defender sus objetivos nacionales?

Mayo de 2018 podrá pasar a la historia como el momento que confirmó un cambio radical en la relación de Estados Unidos con el mundo exterior; la fecha en que se quebró Occidente como comunidad política y se aceleró el proceso de redistribución del poder global. Enfrentarse a un mismo tiempo a Irán, a China y a las democracias europeas no parece tener mucho sentido estratégico. Es cierto que en 2020 o—en el peor de los casos—en 2024, Trump desaparecerá de la escena política. Será tarde quizá para que su sucesor pueda recomponer los platos rotos. (Foto: Kodi Archer, Flickr)

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INTERREGNUM. Doble cumbre, doble triunfo para Pekín. Fernando Delage

El pasado viernes, por primera vez desde la división de la península, un líder norcoreano pisó el suelo de Corea del Sur. Aunque sin salir de la irónicamente denominada Zona Desmilitarizada, Kim Jong-un reiteró ante el presidente surcoreano, Moon Jae-in, su objetivo de desnuclearización, sin exigir—según se ha dicho— la retirada de las tropas norteamericanas del Sur. La firma de un tratado de paz que sustituya al mero armisticio de 1953 también está encima de la mesa.

Como es lógico, el encuentro intercoreano ha creado grandes expectativas. Pero convendría mantener cierto escepticismo. Propuestas similares ya fueron objeto de dos cumbres anteriores (en 2000 y 2007), cuyos nulos resultados parecen haberse olvidado. Además de las dificultades de verificación de todo acuerdo de desarme—cuestión sobre la que no se ha acordado nada específico—, son bien conocidas las tácticas norcoreanas destinadas a ganar tiempo mientras consolida sus capacidades. En el fondo, seguimos desconociendo las intenciones que persigue Pyongyang con su apertura diplomática. Puede ser un señuelo para lograr la ayuda económica que necesita, pero también resulta plausible pensar—en un objetivo compartido con Pekín—que intenta debilitar la alianza de Seúl con Washington.

En uno de esos llamativos guiños de la historia, mientras Kim y Moon se veían en Panmunjom, el presidente chino, Xi Jinping, recibía al primer ministro indio, Narendra Modi, en Wuhan. Todo ha sido inusual con respecto a su encuentro: que se haya celebrado fuera de Pekín, que Modi viaje dos veces a China con pocas semanas de diferencia (asistirá a la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai en Qingdao en junio), y su singular formato: los dos líderes se han visto a solas, sin asesores, sin agenda previa, y sin declaración final.

No resulta difícil identificar algunos de los posibles objetivos de ambas partes. De cara a su reelección en las elecciones del próximo año, Modi no puede permitirse un estado de tensión con Pekín como el del verano pasado en Doklam. Delhi necesita atraer capital extranjero y conocer de primera mano las prioridades chinas en Pakistán. Quizá Modi haya concluido que la hostilidad de su gobierno hacia la República Popular no ha producido los resultados esperados. O mantiene crecientes dudas sobre la administración Trump, que—sospecha—puede hacer de India un próximo objetivo de su política comercial proteccionista. China tiene por su parte un mismo interés en minimizar las diferencias con Delhi. India es una variable fundamental para el éxito de la Nueva Ruta de la Seda, y evitar que se comprometa con el Cuarteto (la potencial alianza antichina con Estados Unidos, Japón y Australia que Trump quiere impulsar) es un claro propósito de Pekín.

Las dos cumbres celebradas los mismos días en distintos puntos de Asia tienen así curiosos puntos de coincidencia. Ambas pueden beneficiar de manera directa a China. Y reducir el peso de otro actor, ausente físicamente en los dos encuentros, pero factor central en las intenciones de unos y otros: Estados Unidos. No hace mucho era Washington quien movía las piezas del tablero asiático. Ahora es su presidente quien se verá obligado a reaccionar a estos movimientos de quienes han dejado de ser peones para definir los términos del juego mayor. (Foto: Flickr, Don)