INTERREGNUM: AUKUS y el dilema asiático de Rusia. Fernando Delage

AUKUS, el pacto de defensa anunciado por Australia, Reino Unido y Estados Unidos el pasado 15 de septiembre, es una indicación de que el modelo de alianzas del siglo XX no es quizá el más adecuado para los desafíos de seguridad de nuestro tiempo. Estructuras como la OTAN—cuyo papel en la estrategia norteamericana cabe prever se reducirá—serán sustituidas (o acompañadas) por alternativas más flexibles, como la formada por los países de la angloesfera. Es una fórmula que permitirá que otras naciones puedan sumarse más adelante al grupo, como Canadá, Nueva Zelanda, Corea del Sur o—por qué no—Vietnam, además naturalmente de la estrecha vinculación que ya se mantiene con los otros dos miembros del Quad, Japón e India. Es una perspectiva que complica el margen de maniobra de China, de cuyas acciones dependerá en gran medida a su vez la evolución futura de la iniciativa, pero tampoco tranquiliza a Rusia.

Aunque la primera reacción de Moscú fue la de expresar su preocupación por una nueva carrera de armamentos en la región y por la posible erosión del tratado de No Proliferación Nuclear, lo cierto es que expertos rusos no han dudado en ver en AUKUS un precedente que debería permitirles promover su propia tecnología de submarinos nucleares. La preocupación mayor, sin embargo, es que, en un par de décadas, la capacidad de los nuevos submarinos australianos les permitiría operar en el Pacífico noroccidental, o incluso atravesar el estrecho de Bering hasta el océano Ártico. Sus misiles y sistemas de armamento podrían alcanzar por tanto Siberia y partes de las provincias del Extremo Oriente ruso.

No es una perspectiva muy plausible de momento, pues esas aguas septentrionales no resultan prioritarias para Australia. No obstante, si llegara a ver en AUKUS una amenaza militar directa a sus intereses, Rusia se vería obligada a dar un salto cualitativo en el desarrollo de sus propias capacidades (ya cuenta con una decena de submarinos nucleares); podría extender las operaciones de su flota al mar de China Meridional y al Índico; y, de ser necesario, coordinaría sus actividades navales con las de China, consolidando dos bloques opuestos en la región. No es un escenario de preferencia para un país de proyección básicamente continental, que ni desea encontrarse en el centro de la rivalidad marítima entre Washington y Pekín, ni depender en exceso de la República Popular. AUKUS plantea así el tipo de dilema con que Rusia se ha encontrado tradicionalmente con respecto a su presencia en Asia.

De manera recurrente a lo largo de la historia, Rusia ha oscilado entre sus dos polos de atracción, Europa y Asia. Repentinos impulsos de optimismo hacia este último continente solían terminar disipados por obstáculos logísticos, desacuerdos internos o derrotas militares. Como escribe Chris Miller en su excelente historia sobre esta relación (We Shall Be Masters: Russian Pivots to East Asia from Peter the Great to Putin, Harvard University Press, 2021), las ambiciones rusas han estado siempre por encima de sus capacidades. Con el núcleo de la nación concentrado cerca de la frontera con Europa, los pioneros de la aventura asiática recordados por Miller nunca consiguieron mantener vivo por mucho tiempo el interés de la opinión pública y de las elites políticas. En uno de esos nuevos impulsos en dirección oriental, el Kremlin hace hoy hincapié en la importancia de la “asociación estratégica” con China, un acercamiento que Biden no va a poder erosionar. No obstante, la reconfiguración del escenario estratégico del Indo-Pacífico que anticipa AUKUS sí puede condicionar de manera no prevista el renovado sueño asiático de Moscú.

INTERREGNUM: Bloques euroasiáticos. Fernando Delage

La asistencia de representantes de seis países —Pakistán, China, Rusia, Qatar, Turquía e Irán— a la formación del gobierno talibán en Kabul es quizá la más clara ilustración de los cambios que se están produciendo en la dinámica geopolítica euroasiática, así como de sus implicaciones globales. Si el fin de la presencia occidental en Afganistán tiene especial trascendencia es por producirse en un contexto de redistribución de poder, marcado por el aumento de la influencia china y por la creciente coordinación entre Pekín y Moscú de sus acciones en este espacio continental.

Una de las primeras respuestas de China y Rusia a la inminente caída del gobierno de Ashraf Ghani —anunciaron la decisión el 12 de agosto— fue la de dar a Irán el estatus de miembro de pleno derecho en la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), institución en la que era observador desde 2005. Las reservas de las repúblicas centroasiáticas, que ya se opusieron a su adhesión en 2006 y 2015, no han bastado para impedir esta vez su incorporación: la cumbre que la organización celebra en Dushanbe esta semana —a la que acudirá el presidente iraní, Ebrahim Raisi, en su primer viaje al exterior— pondrá formalmente en marcha el proceso de adhesión.

Tras firmar sucesivos acuerdos bilterales con China y Rusia, las autoridades iraníes parecen haber optado por reforzar su orientación estratégica eurosiática, en la que también hay que incluir su interés por India. Mediante su participación activa en las instituciones económicas y de seguridad de la región, Teherán confía en mitigar la presión de las sanciones occidentales, contar con nuevos incentivos para el desarrollo de su economía, y ampliar el alcance de un bloque cuya principal seña de identidad es precisamente su oposición a Occidente.

Aunque internamente se discuten los beneficios de formar parte de una organización que incluye —tras la incorporación de India y Pakistán en 2017— a cuatro potencias nucleares con agendas y objetivos de seguridad diferentes de los de Teherán (cuyo escenario estratégico prioritario es Oriente Próximo), sus motivaciones de prestigio diplomático proporcionan en cualquier caso nuevas ventajas a Moscú y Pekín. Irán, en efecto, entra a formar parte de la arquitectura que estas dos potencias quieren construir en Eurasia, apoyándose en su interés común por contener a los grupos islamistas radicales y debilitar a Occidente. Los estrategas que, en Washington, piensan cómo erosionar la relación entre Pekín y Moscú —como hizo Nixon en 1972— lo tienen por tanto muy difícil.

Afganistán ha puesto de nuevo de manifiesto que el orden surgido tras la implosión de la Unión Soviética hace tres décadas ha llegado a su fin. Mientras la OTAN ha sufrido un notable fracaso, chinos y rusos—en compañía de Irán y Pakistán, entre otros— reconfiguran un espacio ignorado durante mucho tiempo por Occidente. Estados Unidos ha decidido concentrar sus cartas en la rivalidad (básicamente marítima) con China, pero ¿y los europeos? Mientras Pekín y Moscú acercan sus respectivos proyectos geopolíticos —la Ruta de la Seda, y la Unión Económica Euroasiática, respectivamente— con el fin de proteger sus esferas de influencia en un orden multipolar, los europeos no pueden limitarse a seguir a los norteamericanos. Bruselas anuncia esta semana su estrategia hacia el Indo-Pacífico, pero necesita igualmente una aproximación geopolítica hacia Eurasia que vaya más allá de las redes de infraestructuras y de los principios normativos. La competición entre las grandes potencias marítimas y continentales será uno de los elementos determinantes del sistema internacional en transición.

 

 

 

INTERREGNUM: El ‘pivot’ de Putin no funciona. Fernando Delage

La sucesión de recientes reuniones en las que China ha sido uno de los principales protagonistas (G7, OTAN y cumbre Estados Unidos-Unión Europea), y el posterior encuentro de Biden y Putin en Ginebra, han desviado la atención de las dificultades rusas en el Indo-Pacífico. Cuando se acerca el décimo aniversario del anuncio informal por Vladimir Putin de su “giro” hacia Asia, los resultados conseguidos distan mucho de lo esperado. Al mismo tiempo, Rusia se inquieta por unos movimientos diplomáticos hacia esta parte del mundo que pueden acrecentar su aislamiento.

Después de que Biden convocara, a mediados de marzo, la primera reunión a nivel de jefes de Estado y de gobierno del QUAD, Moscú no tardó en reaccionar, enviando al ministro de Asuntos Exteriores, Sergey Lavrov, a China, Corea del Sur, India y Pakistán. En enero, Lavrov ya había descalificado la estrategia norteamericana del Indo-Pacífico por su “potencial destructivo”. “Su objetivo, indicó, es el de dividir a los Estados de la región en ‘grupos de intereses’, debilitando de este modo el sistema regional con el fin de afirmar su preeminencia”. Durante su visita a Delhi, Labrov hizo especial hincapié en las críticas al QUAD, que definió como un intento por parte de Washington de involucrar a India en “juegos anti-chinos” y erosionar las relaciones indo-rusas.

El QUAD es lógicamente percibido por Moscú como un instrumento que afecta a su posición en Asia, un continente al que se vio obligada a prestar mayor atención como consecuencia del conflicto de Ucrania y su alejamiento de europeos y norteamericanos. La absoluta prioridad rusa es China, pero pese a la retórica de complicidad entre ambos—la coincidencia de no pocos de sus intereses es innegable—, la asimetría de poder entre las dos potencias se traduce en una relación pragmática y de conveniencia, en la que Moscú ocupa la posición subordinada.

Los hechos confirman, por otra parte, que la reorientación hacia China no está cumpliendo las expectativas económicas previstas. Lejos de aumentar su presencia, los inversores chinos se están retirando del país. Sólo entre el primer y tercer trimestre del año, la inversión directa china cayó casi un 52 por cien (de 3.700 millones de dólares a 1.800 millones de dólares), aunque es una tendencia observable durante los últimos seis años. Tampoco en los grandes proyectos de infraestructuras, cuya modernización es determinante para el futuro de la economía rusa, se ha producido la esperada entrada de capital chino. Moscú teme incluso una significativa caída de las importaciones chinas de petróleo (en abril se redujeron en un 15,3 por cien), ante el notable aumento de las inversiones chinas en Irán e Irak.

Para diversificar riesgos, Rusia ha tratado de complementar sus vínculos con China mediante el reforzamiento de sus relaciones con otros Estados asiáticos (India, Japón y los países de la ASEAN) y de su presencia en las instituciones regionales (como APEC y la Cumbre de Asia Oriental). Su acercamiento a Asia es también una de las motivaciones centrales del proyecto de la Gran Eurasia promovido por Putin, algunos de cuyos pilares son la Unión Económica Euroasiática (UEE) y la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS). Moscú aspira a establecer una mayor colaboración entre la UEE y la ASEAN, y a que la primera de ellas obtenga estatus de observador en APEC. También confía en poder maximizar su posición geográfica como nodo de conectividad entre Asia y Europa.

Son objetivos todos ellos que pueden verse afectados por la consolidación del Indo-Pacífico como concepto estratégico. El QUAD complicará los intentos de estrechar su relación con otras potencias asiáticas, India en particular. De ampliarse el grupo a nuevos miembros, como Corea del Sur o Vietnam, no sólo se reducirá aún más su margen de maniobra, sino que se incrementará una dependencia de Pekín que quiere evitar. En último término pues, mientras que desde 2012 China ha conseguido todo lo que esperaba de Moscú, Rusia ve por el contrario cómo se agravan los dilemas de su estrategia asiática.

INTERREGNUM: Pekín, Moscú y Teherán mueven ficha. Fernando Delage

La intención de la administración Biden de restaurar la relación con los aliados, y el simultáneo interés europeo por restablecer los lazos transatlánticos, tienen como principal objetivo la gestión del desafío chino. Así se ha puesto de manifiesto en las sanciones impuestas conjuntamente por ambos actores—además de Reino Unido y Canadá—por los abusos cometidos en Xinjiang, y en el anuncio—realizado durante la visita del secretario de Estado, Antony Blinken, a Bruselas—de reactivación del foro de diálogo Estados Unidos-Unión Europea sobre la República Popular. La medida representa un nuevo paso adelante en la voluntad de la Casa Blanca de articular una respuesta unificada al ascenso de China, si bien la reacción de Pekín—que ha impuesto sanciones por su parte a parlamentarios y académico europeos—puede poner riesgo el acuerdo de inversiones firmado con la UE en diciembre.

China no se ha limitado sin embargo a elevar el tono y a responder con rapidez a las sanciones de que ha sido objeto. Sus movimientos diplomáticos tampoco se han hecho esperar. Apenas tres días después del encuentro de Alaska entre representantes chinos y norteamericanos, el 19 de marzo, el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Sergey Lavrov, llegó a Pekín, donde los dos gobiernos acordaron mantenerse unidos frente a Occidente. “Ambos, dijo Lavrov, creemos que Estados Unidos desempeña un papel de desestabilización. Se apoya en las alianzas militares de la guerra fría y trata de crear nuevas alianzas con el fin de erosionar el orden internacional”. Con una preocupación aparentemente menor por las sanciones, las dos potencias estrecharán su cooperación en áreas de interés compartido y desarrollarán alternativas comerciales y financieras que no les haga depender de las estructuras y prácticas dominadas por las democracias occidentales.

Tras este nuevo gesto de aproximación entre Pekín y Moscú, el ministro chino de Asuntos Exteriores, Wang Yi, aterrizó en Teherán el 26 de marzo. Durante su breve estancia, ambas naciones firmaron un acuerdo de cooperación estratégica por un periodo de 25 años, haciendo así realidad la propuesta sugerida por el presidente Xi Jinping con ocasión de su visita a Irán en enero de 2016. Aunque los detalles del acuerdo no se han dado a conocer, abarca sectores diversos, el militar incluido, y se traducirá en una significativa inversión china en el sector energético y en infraestructuras. La República Popular es el primer socio comercial de Irán y uno de los principales destinos de sus exportaciones de crudo, sujetas como se sabe a sanciones norteamericanas.

Ninguno de estos movimientos es mera coincidencia. El deterioro de la relación de Washington con Moscú tras llamar Biden asesino a Putin, y con Pekín tras adoptarse medidas concretas contra la violación de derechos humanos en Xinjiang, han ofrecido una nueva oportunidad para el acercamiento chino-ruso. Desde el asedio del Capitolio el pasado mes de enero, los dos gobiernos se consideran más legitimados que nunca para denunciar la disfuncionalidad de las democracias liberales y la falsa universalidad de sus valores. Al incluir a Irán en la ecuación, Pekín no sólo refuerza su presencia en relación con la dinámica regional de Oriente Próximo—de la que también es prueba su declarada oferta de mediar entre israelíes y palestinos—sino que ha lanzado otro claro mensaje a la administración Biden: tanto para presionar económicamente a Teherán como para rehacer el pacto nuclear de 2015 necesitará contar con China. Las piezas se siguen moviendo en el tablero geopolítico.

INTERREGNUM: Eurasia marítima. Fernando Delage

En la era de la geoeconomía, el poder marítimo ha adquirido una nueva relevancia, como demuestran los movimientos de las grandes potencias asiáticas. Poco más de un siglo después de que el almirante Alfred Mahan, uno de los padres fundadores de la geopolítica, escribiera El problema de Asia (1900), tanto China como India siguen sus lecciones y dedican una especial atención a la dimensión naval de su ascenso. No se trata tan sólo de contar con la armada que requieren sus ambiciones de proyección de poder: su comercio e inversiones, la logística y cadenas de distribución de sus empresas, el imperativo del acceso a recursos naturales y la protección de las líneas de comunicación, son elementos indispensables de su seguridad marítima.

Ese esfuerzo de ambas, como de Rusia, es el objeto de un libro de reciente publicación del profesor de la Universidad Nacional de Defensa de Estados Unidos, Geoffrey F. Gresh (To Rule Eurasia’s Waves: The New Great Power Competition at Sea, Yale University Press, 2020). Cada una de estas potencias, escribe Gresh, aspira a lograr un mayor estatus internacional y a expandir su influencia más allá de su periferia marítima. Es una competición que desafía el orden liderado por Estados Unidos desde la segunda postguerra mundial, y que marca el comienzo de la era de las potencias marítimas euroasiáticas.

De manera detallada, el libro examina el aumento de capacidades navales de cada una de estas potencias, así como sus movimientos en sus respectivos mares locales (del Báltico al mar de China Meridional, del Mediterráneo al Índico). Gresh identifica por otra parte las características esenciales de las aguas que rodean Eurasia, incluidos los cuellos de botella estratégicos y las líneas de navegación. Sus fuentes confirman la determinación de estos gobiernos de adquirir un mayor protagonismo global mediante el juego económico que despliegan en el terreno marítimo. El autor identifica el particular el océano Ártico como la próxima frontera de esa competición global. Como consecuencia del deshielo del Ártico, Eurasia ha dejado de ser rehén de la geografía y, aquí, es Rusia quien tiene ventaja.

No obstante, desde una perspectiva más amplia, es China quien parece haber desarrollado la estrategia mejor adaptada a la nueva rivalidad. Mediante la iniciativa de la Ruta de la Seda, Pekín ha utilizado su poder económico y financiero para invertir en puertos e infraestructuras marítimas, desde el Mediterráneo hasta Asia oriental. Rusia—además del Ártico, concentrada en el mar Negro y en el Báltico—es para la República Popular un socio más que un competidor, lo que representa un nuevo bloque que debe afrontar Estados Unidos como ya hizo en la década de los cincuenta y sesenta del siglo pasado. En cuanto a India, su tardío reconocimiento de la presencia china en el océano Índico le ha obligado a reforzar su estrategia naval y a acercarse tanto a Estados Unidos como a Japón.

La preocupación del autor es que esta competición marítima en torno a Eurasia conduzca a posibles choques accidentales. Frente a la “retirada” relativa de Estados Unidos, Rusia y China se encuentran cada vez mejor situadas para unificar y controlar las líneas marítimas estratégicas que rodean Eurasia. Para evitarlo, recomienda a la administración norteamericana competir con las inversiones chinas en el exterior, desplegar mayores recursos navales en el Indo-Pacífico, prestar mayor atención a la apertura del Ártico y, sobre todo, no desatender a sus aliados, especialmente a Japón, India y Australia. Buena parte de sus sugerencias han sido seguidas tanto por la administración Obama como por la de Trump. Pero en el enfoque de este último se han echado en falta tanto las prioridades económicas como el acercamiento a socios y aliados. Si algo ha enseñado la historia de Eurasia ha sido la imposibilidad de su control por una única potencia. Puede que Rusia y China no mantengan eternamente su actual proximidad, ni resulta plausible que Estados Unidos ceda a medio plazo su estatus de principal actor naval. Pero, por primera vez en la historia del continente, las fuerzas continentales y marítimas coinciden en una misma dinámica de transformación, como resultado de que una misma nación—China—intenta centralizar ese doble orden, continental y marítimo. Washington ya está respondiendo a esta nueva realidad; la Unión Europea aún debe incorporar a sus planes estratégicos la dimensión marítima. (Foto: Flickr, Rojs Rozentâls)

Entre Ereván y Bakú: Stepanakert. Ángel Enriquez de Salamanca Ortiz

El Cáucaso es la región situada entre Europa del Este y Asia Occidental. En esta región se encuentran Armenia, Azerbaiyán y Georgia. Tras el acuerdo de Belavezha en diciembre de 1991, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) llegó a su fin. La catástrofe nuclear de Chernóbil, la perdida de hegemonía durante la Guerra Fría y el colapso económico provocado por la Perestroika, aceleraron el derrumbe de la URSS. Tras la disolución, las antiguas repúblicas se dividieron formando nuevos Estados independientes, tales como Rusia, los países Bálticos, Kazajistán, Uzbekistán, Tayikistán, Bielorrusia, Ucrania, Armenia o Georgia entre otros. Además, a día de hoy existen seis Estados autodeclarados que no han sido reconocidos por ningún miembro de las Naciones Unidas, tales como Abjasia, Osetia del Sur, Chechenia, Crimea y Nagorno Karabaj.

Armenia es un país mayoritariamente cristiano y fue el primer país de la historia en adoptar, oficinalmente, el cristianismo. De sus más de 3 millones de habitantes, más del 90% se declara cristiano. Azerbaiyán, que cuenta con 10 millones de habitantes, por el contrario es laico pero la mayoría de sus  población practica el islam chií.

El origen del conflicto no es religioso, sino que se remonta más de un siglo atrás. El Imperio Otomano llegó a dominar esta región, provocando tensiones entre turcos y armenios. Durante la primera guerra mundial (1914 – 1918) el Imperio Otomano y el Imperio Ruso se disputaban la región del Cáucaso. Tras la derrota de del Imperio Otomano, estos acusaron a los armenios de apoyar a los rusos, lo que provocó el enfado turco que les llevó a gestar uno de los mayores genocidios de la historia, donde más de 2.000.000 armenios fueron asesinados a manos los turcos. El no reconocimiento del genocidio por parte de Ankara es la cuestión principal que corta las relaciones entre ambos países en la actualidad.

Tras la disolución del Imperio Ruso las repúblicas del Cáucaso se separaron y formaron su propio Estado, pero poco después la URSS anexionó la región y formo la República Democrática Federal Transcaucásica formada por Armenia, Georgia y Azerbaiyán, pero esta unión duró poco debido a las tensiones étnicas, por lo que en 1936 se disolvió la federación del Transcáucaso y las repúblicas se integraron por separado en la URSS. La región de Alto Karabaj formada casi en su totalidad por armenios, fue cedida a Azerbaiyán.

Durante la existencia de la URSS, Armenia solicitó unificar esta región a su territorio, lo que provocó un enfrentamiento entre armenios y azeríes en Stepanakert,  actual capital de Nagorno-Karabaj. Los choques violentos entre ambas regiones por dominar el territorio terminó con la guerra del Alto Karabaj que comenzó en 1988 y se prolongó hasta 1994, desde entonces la región del Nagorno Karabaj está dominada por armenios aunque oficialmente pertenece a Azerbaiyán. Ambos países se disputan la región desde hace más de 30 años y han llegado a tener conflictos ocasionalmente, como el ocurrido en abril del 2016, una guerra de solo 4 días que acabo con más de 300.000 muertos. En septiembre de 2020 también hubo enfrentamientos por esta región y, aunque no es oficial, según fuentes armenias se han perdido más de 6.600 vidas:

[Fuente: https://armenpress.am/eng/news/1032650.html]

Azerbaiyán cuenta con una gran industria de petróleo y gas y es clave para el suministro europeo desde el Mar Caspio gracias a los proyectos BTC (oleoductos desde Bakú hasta el Mediterráneo en Turquía) y TAP y TANAP (Oleoducto hasta Europa en Italia). El mar Caspio cuenta con unas reservas estimadas de 50.000 millones de barriles y 8,4 billones de metros cúbicos de gas natural.

Las relaciones en el Cáucaso han evolucionado hasta formar 2 bloques: uno formado por Turquía, Azerbaiyán, Georgia e Israel; y otro compuesto por Rusia, Irán y Armenia. La Unión Europea es más próxima a Azerbaiyán, ya que, como hemos visto, es un territorio clave para el trasporte de Gas Natural desde el mar Caspio a Europa. Además, el proyecto TRACECA busca reducir costes en el comercio terrestre entre Asia y Europa, por lo que sería vital la no enemistad de los países en esta región y la cooperación intra-regional para la fluidez del comercio internacional.

El presidente de Azerbaiyán, Ilham Aliyev, exigió un calendario para la retirada de las tropas armenias después del ataque en Septiembre, un calendario que el presidente exigió fuera aprobado por el Grupo de Minsk, grupo de países que buscan medios para resolver el conflicto del Nagorno Karabaj, países miembros como Rusia, EEUU, Alemania, entre otros.          

Turquía ha ejercido una influencia bastante intensa en favor de los azeríes, como el suministro armamentístico, una ayuda que agrava el conflicto en la zona, aun así el presidente azerí llegó a confirmar que estaba dispuesto al diálogo para solucionar el conflicto, un dialogo que lleva abierto desde 1992.

El primer ministro armenio, Nikol Pashinyan, busca la independencia de la región a pesar de que la lengua o la divisa son de armenia, de facto pertenece a este país y está controlado por él. Con esto Pashinyan afirma que hay grupos terroristas azeríes interesados en el conflicto y reclutados por Turquía y que, Azerbaiyán, solo busca la limpieza étnica en la región, una limpieza étnica, afirma el presidente, que daría el control absoluto azerí en el Alto Karabaj.

Otro actor es China, que también tiene intereses en la región, ya que la petrolera China National Petroleum Coorporation (CNPC) tiene el oleoducto desde la costa de Kazajistán, en el mar Caspio, hasta la República Popular.

Asia Occidental sigue siendo el escenario principal para la hegemonía entre las grandes potencias mundiales: Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia y China. Dos alternativas muy bien definidas: por un lado EEUU y la UE, y en el otro lado China y Rusia, ¿Qué camino tomarán los países de la región del Cáucaso? Parte de los intereses geoestratégicos de Europa, Asia central y China se juegan en este escenario.

[Fuente: Ecured.com]

La comunidad internacional ha solicitado en repetidas ocasiones la paz en esta zona y, tras los avances de las tropas azaréis sobre asentamientos en el Nagorno-Karabaj, y tras tomar la segunda ciudad más importante, Shusha, el presidente armenio ha firmado un acuerdo de paz con Bakú y Moscú sobre este territorio. Una paz controlada por Rusia y Turquía, un acuerdo que no deja satisfecha a la población armenia, que sigue considerando ese territorio como propio y exigen la dimisión del presidente Pashinyan por reconocer y ceder   los últimos avances azeríes. Aun así, una paz que da estabilidad y seguridad a los ciudadanos de las tres regiones: Armenia, Azerbaiyán y Nagorno-Karabaj.

Nagorno-Karabaj y su capital Stepanakert, se ha convertido en un territorio en guerra entre armenios y azeríes desde hace casi un siglo por la asignación, con base política, en tiempos de Joseph Stalin al ver los conflictos entre los pueblos de Armenia, Turquía  y Azerbaiyán. Ahora y a pesar de las manifestaciones en Ereván, armenios y azeríes están en paz, pero ¿Hasta cuándo durará la paz?

Ángel Enriquez de Salamanca Ortiz es Doctor en Economía por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Relaciones Internacionales en la Universidad San Pablo CEU de Madrid

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@angelenriquezs

La última frontera. Ángel Enriquez de Salamanca Ortiz

La carrera espacial, por dominar el espacio exterior, se ha convertido, desde el fin de la II Guerra Mundial, en uno de los objetivos más ambiciosos de todas las potencias.

Después de la II Guerra Mundial, durante la Guerra Fría, la URSS consiguió tomar ventaja frente a EEUU, poniendo el primer objeto en el espacio, con el Sputnik-1. También llevaron al espacio al primer ser vivo terrestre, la perra Laika, con el Sputnik-2, y, posteriormente, al primer ser humano, Yuri Gagarin, en 1961. Pero en 1969, EEUU dio un golpe sobre la mesa, llevando, con el Apolo XI, a los primeros hombres sobre el suelo lunar. La Guerra Fría termino en 1989, con la caída del Muro de Berlín, y el capitalismo se estableció en prácticamente el mundo entero frente al comunismo.

El rápido crecimiento de China en las últimas décadas, ha llevado al gigante asiático a ocupar ese espacio dejado por la desaparecida URSS desde la caída de muro.

La República Popular China llegó tarde a la carrera espacial, en 1970 logró enviar el primer satélite artificial al espacio, el “Dong  Fang Hong 1”, pero no fue hasta más de 30 años después, en 2003, cuando consiguieron enviar al primer taikonauta al espacio a bordo de la nave “Shenzhou-V”. Este día, 15 de octubre de 2003, China se convirtió en el tercer país en enviar un hombre al espacio, tras EE.UU y Rusia. Diez años después, el 14 de diciembre de 2013, “Chang‘e – 3” consiguió aterrizar suavemente sobre suelo lunar, convirtiendo a China en un rival a tener en cuenta en la carrera espacial por parte de la Casa Blanca y el Kremlin.

Hoy en día, China es el segundo país con más satélites en el espacio, más de 300, por detrás de Estados Unidos.

A pesar de su tardía entrada en la carrera espacial y, de no haber formado parte de la Estación Espacial Internacional (ISS), China tiene, con su programa “Tiāngōng”, el objetivo de colocar una estación espacial completa y permanente para finales del año 2022; una base, habitable, que podría servir de catapulta para futuras expediciones a nuestro satélite, a Marte, o exploraciones del Sistema Solar. El gigante asiático, además, ha sido el único país que ha logrado aterrizar una nave en la cara oculta de la Luna, el 3 de Enero de 2019 y, tienen como objetivo, enviar una misión tripulada para el año 2024 y establecer una base lunar para el año 2030.

Pero con su programa espacial, los objetivos de China también son terrenales; con el fin de estrechar lazos políticos y económicos, en los años 2007 y 2008, China lanzó con éxito los primeros satélites de comunicaciones para Nigeria y Venezuela, una transferencia de tecnología e inversión de décadas a países en vías de desarrollo, así como cooperaciones y otras ayudas a gran parte de países de América Latina o con la SNSB sueca. Así mismo, el programa espacial chino no quiere depender de otros países y, ya están listos para poner en marcha su propio sistema de localización, Beidou, un sistema independiente al GPS americano o al sistema Galileo de Europa.

En junio de este año, China logró pulverizar el record de comunicación cuántica desde el espacio, un mensaje cifrado que es imposible de hackear y que tiene implicación geoestratégicas y de ciberseguridad. Otro gran avance independiente chino, ha sido el de su radiotelescopio FAST, uno de los más grandes del mundo que tiene como objetivo el descubrimiento de púlsares, el origen del Universo y avances en la Teoría General de la Relatividad. Pero no hace falta irse al espacio, la aerolínea china COMAC, tiene el objetivo de competir directamente con la americana Boeing y la europea Airbus.

El lanzamiento, el pasado 30 de mayo, del SpaceX, puso de manifiesto que, a pesar de los avances de China en las últimas décadas, EE.UU no va a quedarse atrás, de hecho, con su proyecto “Artemisa” tiene el objetivo de volver a la Luna para el año 2024 y, con el proyecto “Insight”, el objetivo de explorar el suelo de Marte para un futuro viaje. Su proyecto homólogo chino, la misión “Tianwen-1” tiene, también, como objetivo llevar al planeta rojo un rover y un orbitador; una nave que llegará a principios del año 2021.

China está empeñada en demostrar los avances de su tecnología convirtiéndose en el segundo país en pisar la Luna, y ser el primero en llegar al resto de planetas del Sistema Solar, pero China también tiene proyectos más allá de los confines de nuestro Sistema Solar; para el año 2049, cuando se cumplan los 100 años del nacimiento de la RPCh, esperan haber lanzado una sonda parecida a las “Voyager” que hayan llegado a los 100 UA (100 veces la distancia media entre el Sol y la Tierra), es decir, más allá de nuestro Sistema Solar.

La Luna está llena de minerales como el Hierro, Magnesio o Aluminio, el planeta rojo tiene sales, minerales y posiblemente agua, vital para la vida. El Universo está lleno de Nitrógeno, Carbono, Hidrógeno y, sobretodo, fuentes de energía inagotables como la posibilidad de que haya materia oscura, o la energía de las estrellas, no solo el Sol.

Una carrera espacial entre las grandes potencias del mundo por descubrir los secretos y misterios del Universo, una carrera por los posibles recursos y oportunidades que brinda el espacio exterior. Dominar y descubrir el espacio exterior será el último y más absoluto territorio que domine la humanidad.

Ángel Enriquez de Salamanca Ortiz es Doctor en Economía por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Relaciones Internacionales en la Universidad San Pablo CEU de Madrid

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INTERREGNUM: No es sólo Irán. Fernando Delage

En 2016, Donald Trump se presentó como candidato a la presidencia de Estados Unidos prometiendo que sacaría al país de las guerras de Oriente Próximo. Instalado en la Casa Blanca, no tardó en abandonar el acuerdo nuclear con Irán, e imponer a este último duras sanciones económicas. Trump intentó reducir la presencia norteamericana en la región haciendo de Israel y de Arabia Saudí—coincidentes ambos en su hostilidad hacia Teherán—los instrumentos centrales de defensa de sus intereses. Lo inviable de dicha política acaba de ponerse de manifiesto: con el asesinato del general Qassem Suleimani en Bagdad la semana pasada, Washington abre un nuevo escenario de conflicto, cuyas implicaciones no se limitan sin embargo a esta parte del mundo.

Los analistas especulan sobre las posibles represalias del régimen iraní. Pero quizá tenga mayor interés examinar el margen de maniobra con que cuenta Estados Unidos para responder, a su vez, a las reacciones de Teherán. Irán actuará de manera gradual, asimétrica y con un claro objetivo a largo plazo: la completa expulsión de Washington de Siria e Irak. La influencia adquirida por Teherán en la zona—una de las consecuencias de la invasión norteamericana de Irak en 2003—permite a sus autoridades dictar el ritmo, alcance y localización de toda escalada de manera precisa. Irán puede navegar los vericuetos de Oriente Próximo con una considerable libertad de acción, mientras que Estados Unidos parece haber perdido la que tuvo durante décadas. Pues no se trata de capacidades militares—terreno en el que nadie puede competir con Washington—sino de un juego que se desarrolla en un tablero más amplio, y en el que participan otras grandes potencias.

Mientras Trump ha abierto el camino que puede conducir a una nueva guerra en Oriente Próximo, Kim Jong-un puede reanudar sus ensayos nucleares y continuar ampliando su arsenal. China y Rusia, por su parte, observan con satisfacción este intento de demostración por Washington de su poder como lo que es en realidad: una prueba de desorientación estratégica que continúa minando su posición geopolítica. Motivado por la prioridad de su reelección, Trump intenta crear las circunstancias que le sirvan de apoyo en el caso de una confrontación directa con Irán. Pero 2019 terminó con la realización en el golfo de Omán, del 27 al 31 de diciembre, de los primeros ejercicios navales conjuntos en la historia de Irán, Rusia y China; una iniciativa que lanza a Washington el claro mensaje de que Teherán no está solo y cuenta con poderosos socios. Irán se afirma como potencia regional, Rusia confirma su regreso como actor relevante en Oriente Próximo, y China revela las capacidades navales que sustentan la ampliación de sus intereses geoeconómicos.

La advertencia de que una guerra con Irán implicaría a China y Rusia—haciendo de la muerte de Suleimani un nuevo Sarajevo—puede resultar un tanto exagerada. Pero no lo es el hecho de que, sumando a su enfrentamiento con Pekín y Moscú, un choque con Teherán, Washington está propiciando la formación de la Eurasia menos conveniente para sus intereses. En el contexto de vulnerabilidad política propio de un año electoral, una “alianza” China-Rusia-Irán no sólo puede hacer inviable una política norteamericana de embargo de recursos energéticos, sino acelerar la construcción de un espacio euroasiático integrado en el que Estados Unidos puede quedarse fuera de juego.

INTERREGNUM: Entre EE UU y China: dilemas europeos. Fernando Delage

Durante la era bipolar, Europa tuvo que acostumbrarse a vivir entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Aunque se trataba de una rivalidad ideológica y geopolítica que se extendía a todo el planeta, era el Viejo Continente—dividido durante algo más de cuatro décadas—, el que se encontraba en el centro de su competencia. En el siglo XXI, Europa no está dividida en dos bloques, pero tampoco se encuentra en el centro de las relaciones internacionales. Y es la relación entre Estados Unidos y China la que determinará en gran medida su posición en el mundo.

Esta reconfiguración de los equilibrios de poder crea en consecuencia nuevos dilemas a los europeos. ¿Puede la UE afrontar los desafíos a su seguridad—como los creados por una Rusia revisionista, por ejemplo—sin Estados Unidos? ¿Se ha llegado al fin de una era en las relaciones transatlánticas, o podrán éstas recuperarse tras la marcha de Trump de la Casa Blanca? ¿Coinciden la percepción e intereses europeos con respecto a China con los de Washington? Aunque parece haber más preguntas que respuestas, Europa tiene que articular una estrategia que le permita defender sus valores y prioridades en este contexto de transformación mundial.

El primer esfuerzo tiene que ser, por tanto, de análisis y reflexión sobre el impacto del ascenso de China sobre las relaciones entre Europa y Estados Unidos. El segundo consiste en proponer ideas si se concluye que China es una variable que obliga a reconstituir las relaciones transatlánticas, cuando el liderazgo tecnológico se ha convertido en el principal campo de batalla de la competencia global.

Ambos aspectos han dado estructura a la investigación realizada por uno de nuestros más brillantes diplomáticos, Fidel Sendagorta, durante su estancia en el Belfer Center de la Universidad de Harvard. En un exhaustivo trabajo (“The Triangle in the Long Game: Rethinking Relations Between China, Europe, and the United States in the New Era of Strategic Competition”, Harvard Kennedy School, 2019), Sendagorta examina con detenimiento los cambios producidos durante los últimos años en las relaciones bilaterales Estados Unidos-China y Unión Europea-China, pero presta especial atención a aquellos asuntos de impacto “triangular” que sitúan a los europeos ante una difícil encrucijada, entre los que destacan las inversiones chinas en sectores estratégicos, la telefonía 5G o la defensa de los valores democráticos ante las evidencias de una creciente interferencia china en partidos y organizaciones políticas, sistemas educativos y medios de comunicación occidentales.

Una de las principales aportaciones de este estudio es, con todo, la realización de propuestas concretas, que van más allá de los análisis habituales sobre estos temas. Sendagorta propone la creación de una Alianza en Ciberseguridad (abierta, además de los miembros de la OTAN y la UE, a aquellas otras democracias que quieran sumarse), y de un Fondo Digital que ofrezca a países de todos los continentes una alternativa a la Ruta de la Seda Digital impulsada por China. Otras dos líneas de acción planteadas, aunque según el autor de más difícil realización, son: la recuperación del TPP, y su fusión con un remodelado acuerdo transatlántico en comercio e inversiones; y la prevención de un más estrecho acercamiento entre China y Rusia. Un trabajo, por resumir, de referencia obligada para entender las claves del nuevo escenario internacional que afronta la Unión Europea.

El trabajo referido en el artículo se encuentra en este link:

https://www.belfercenter.org/sites/default/files/TriangleLongGame-FidelSendagorta.pdf

INTERREGNUM. Kim maniobra. Fernando Delage

Casi un año después de su primera cumbre con el presidente norteamericano, el líder norcoreano, Kim Jong-un, lanzó el pasado sábado sus primeros misiles de corto alcance desde noviembre de 2017. Los analistas coinciden en que la prueba supone un intento de aumentar la presión sobre el presidente Trump para reanudar las negociaciones, después del fallido segundo encuentro entre ambos, en Hanoi en febrero.

La reunión en Vietnam concluyó de manera abrupta al rechazar Trump la propuesta de Kim de eliminar las sanciones económicas impuestas a Corea del Norte a cambio del desmantelamiento sólo parcial de su programa nuclear. Kim anunció con posterioridad que esperaba una nueva propuesta de Washington antes de terminar el año. Sin incumplir su renuncia a los ensayos de armas nucleares y misiles intercontinentales—que Trump anunció en su día como un gran triunfo para Estados Unidos—, este lanzamiento de cohetes de corto alcance podría ser el preludio del fin de dicha suspensión. Kim desafía así al presidente norteamericano cuando éste encara en pocos meses el comienzo de la carrera para su reelección en 2020.

Con este último ensayo, el líder norcoreano revela su frustración con la ausencia de avances en las conversaciones. Pero es también revelador que la prueba se haya producido sólo días después de su primer viaje a Rusia. El “productivo” encuentro mantenido con el presidente Vladimir Putin en Vladivostok, lanza una señal a Washington de que cuenta con otros socios internacionales—desmintiendo de este modo el supuesto aislamiento diplomático de Pyongyang—, mientras que permite a Moscú asegurarse un papel en el complejo tablero diplomático intercoreano.

Los instrumentos a disposición de Rusia son limitados en comparación con los de Estados Unidos o China. Pero si se llega a una solución sobre la desnuclearización de la península, sobre la que tendrá que pronunciarse el Consejo de Seguridad de la ONU, será necesario contar con el apoyo de Moscú, por lo que deberán tenerse en cuenta por tanto los intereses del Kremlin. Más relevante es, con todo, la evolución del contexto estratégico de la crisis norcoreana: la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China y el abandono por Washington del tratado de armas nucleares de alcance medio (INF) requiere evitar un agravamiento de los problemas de seguridad en la región mediante una nueva carrera de armamentos, otro objetivo que resulta imposible sin Moscú. De manera más general, sin una conversación entre las potencias—entre las que hay que incluir a Japón y Corea del Sur—sobre la estructura de seguridad del noreste asiático, una solución al problema norcoreano resulta poco probable, si no imposible. Entretanto, Pyongyang demuestra su habilidad al repartir las cartas de la baraja, enfrentando a sus socios y enemigos mientras continúa ganando tiempo y reforzando sus intereses.