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INTERREGNUM: Ruta de la Seda 2.0. Fernando Delage

Se celebra esta semana en Pekín la segunda cumbre de la Ruta de la Seda (BRI en sus siglas en inglés). Dos años después del primer encuentro, cuatro después de la presentación del Plan de Acción de la iniciativa, y casi seis después de su anuncio por el presidente chino, el proyecto avanza en su desarrollo, desafiando a los escépticos. Las críticas sobre la falta de transparencia del programa, los riesgos medioambientales y laborales que está ocasionando, o la sostenibilidad de la deuda en que incurren los países participantes son probablemente acertadas, pero es innegable que China ha aprendido en este tiempo de sus errores.

En su intervención ante una cumbre que marcará una nueva etapa en la iniciativa, Xi Jinping intentará despejar los temores de quienes se oponen a la misma y anunciará posibles reajustes en una idea que si se caracteriza por algo es por su flexibilidad. La mejor manera de valorar BRI consiste por tanto en analizar cada proyecto concreto sobre la base de sus propios méritos. Algunos responden a claras motivaciones estratégicas y carecen de toda lógica económica; en otros prevalece en cambio la búsqueda de rentabilidad comercial e inversora a medio-largo plazo. Pero en todos ellos Pekín cuenta con el margen de maniobra que le proporciona su método de funcionamiento: pese a la retórica multilateral que le acompaña, BRI es en realidad una red de acuerdos bilaterales.

Lo que guía a los dirigentes chinos es el imperativo del crecimiento económico que asegure la estabilidad social y política interna. Tras 40 años de rápido desarrollo, su mantenimiento es un objetivo que requiere reorganizar Asia—mediante la integración del espacio euroasiático—e, incluso, la economía global. De ahí la preocupación de las grandes potencias por las implicaciones estratégicas de BRI, como ha vuelto a ponerse de relieve con ocasión de la segunda cumbre.

Estados Unidos, India, Japón y Australia han intentado dar forma a una estrategia “Indo-Pacífico” como modelo alternativo a la Ruta de la Seda y al acercamiento entre Moscú y Pekín, pero la divergencia de enfoques entre sus miembros complica su realización. Washington, que no enviará a ningún alto cargo a Pekín, ha impulsado nuevos instrumentos—como la BUILD Act y un nuevo fondo de financiación de infraestructuras dotado con 60.000 millones de dólares—cuya operatividad es aún discutible. Su aproximación unilateral no conduce por lo demás sino a profundizar en su aislamiento diplomático. India no asistió a la primera cumbre y tampoco lo hará a ésta, reiterando así su oposición a una iniciativa que en buena medida depende de ella. Por su tamaño y ubicación—India es el elemento fundamental que une los dos ejes de BRI, el continental y el marítimo—Pekín es consciente de que la hostilidad de Delhi puede hacer inviable el proyecto.

Sin sumarse tampoco a la Ruta de la Seda de manera oficial, pero permitiendo la participación de su sector privado, Japón es quizá quien ha articulado la estrategia más eficaz. En cuantos foros multilaterales participa—G7, G20, APEC o la Cumbre de Asia Oriental—Tokio está promoviendo el concepto de “infraestructuras de calidad”, con el fin de establecer unos principios comunes—transparencia, límites al volumen de deuda, impacto social y medioambiental, y coherencia con la estrategia de desarrollo de los países receptores, entre otros—que ponen en evidencia la debilidad de las prácticas chinas. Al mismo tiempo, Japón se está asociando con otros países, China incluida, para promover la financiación de infraestructuras en el mundo en desarrollo. Su no participación en BRI, no significa que Tokio no quiera dialogar con Pekín al respecto.

Sin abandonar su inquietud por el ascenso de China, los movimientos de Japón suponen un reconocimiento del sinsentido de pretender quitarle a un gigante como la República Popular su espacio, en unas circunstancias en que aumentan además las dudas sobre la posición de Estados Unidos en la región. A ningún país asiático beneficia un continente dividido en dos, ni en Eurasia ni en el Indo-Pacífico. Tampoco a ese tercero—la Unión Europea—cuyo futuro está también sujeto a la evolución del tablero económico y geopolítico asiático. (Foto: Kostas Mylonas)

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THE ASIAN DOOR: Jaque doble de la nueva Ruta de la Seda a Europa. Águeda Parra.

Decir que China abandera la mayor iniciativa de infraestructuras mundial con la construcción de corredores terrestres y el establecimiento de nuevas rutas marítimas, significa que la nueva Ruta de la Seda supone para China volver a ser el centro de una amplia red de conexiones global, revolucionando el esquema del comercio y la geopolítica mundial.

Desde que Xi Jinping anunciara en 2013 el lanzamiento de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, o Belt and Road Initiative, como se conoce en inglés, la nueva diplomacia china de la nueva Ruta de la Seda ha ido generando una serie de movimientos geopolíticos en gran medida circunscritos a la zona del Indo-Pacífico. Visto con la suficiente distancia con la que se observan los acontecimientos cuando no forman parte de nuestro ámbito más cercano, la extensión de la nueva Ruta de la Seda no ha recibido la atención suficiente hasta que ha alcanzado el corazón de Europa. Con el desembarco primero en el puerto griego de El Pireo, y con inversiones en curso en varios países de Europa Oriental y en los puertos europeos del norte después, no ha sido hasta la adhesión a la nueva Ruta de la Seda de Portugal y, posteriormente, de Italia, que la Comisión Europea ha considerado a China de socio estratégico y de rival sistémico.

El cambio en la balanza de apoyos que está recibiendo China con la extensión de la iniciativa configura el juego geopolítico de la nueva Ruta de la Seda en Asia, y más concretamente en el Indo-Pacífico. El despliegue de puertos en enclaves estratégicos por el océano Índico, por donde circula el 75% del suministro de energía de China, incluido el 75% de su petróleo, configura la cadena del conocido como “Collar de Perlas” que está haciendo confluir la geopolítica y la geoeconomía de la región a favor de China. La necesidad del gigante asiático de buscar una alternativa al estratégico Estrecho de Malaca, por donde además circulan dos tercios del suministro energético de Corea del Sur y hasta el 60% del abastecimiento energético de Japón, ha configurado el despliegue de toda una red de nuevos puertos en el Índico como parte de la Ruta Marítima. Enclaves que son parte de la diplomacia que utiliza la iniciativa y con la que China ofrece el desarrollo de importantes proyectos de infraestructuras, consiguiendo a cambio adherir hacia su liderazgo regional a los países donde se realizan estas ingentes inversiones.

Con la extensión de la nueva Ruta de la Seda, el creciente protagonismo de China en la región mantiene tensionadas las relaciones con India, que se encuentra cercada por el despliegue de los puertos en Myanmar, Sri Lanka y Pakistán. Tampoco es del agrado de Japón, la potencia asiática más importante de la zona que ve con recelo cómo crece la influencia de China a nivel militar y comercial en la región en su ambición por convertirse en una potencia de orden global. El cambio de estrategia de Washington hacia la región desde el Pivot to Asia, que caracterizó la política exterior de la Administración Obama, al actual enfoque proteccionista del gobierno de Trump, donde prevalece el “America First”, ha hecho que muchos países de la región consideren un mayor acercamiento hacia China que les garantice su seguridad ante la ausencia del apoyo que venía prestando Estados Unidos en la zona.

Los puertos de Kyaukpyu, en Myanmar, Hambantota, en Sri Lanka, Gwadar, en Pakistán y la primera base militar fuera de territorio chino construida en Yibuti, son los cuatro grandes puertos del “Collar de Perlas” que están cambiando la balanza de apoyos de China en el Indo-Pacífico. Con el despliegue de las instalaciones, China no solamente persigue encontrar nuevos mercados para sus productos, sino que existe una componente de carácter geoestratégica por la que el gigante asiático está consiguiendo el favor de estos países hacia el reconocimiento de China como potencia regional más allá de sus fronteras.

En su extensión hacia el Este, hace tiempo que la nueva Ruta de la Seda llegó al corazón de Europa. La primera de las aproximaciones al mercado europeo también se produjo con una inversión en puertos. Como en el caso de los puertos del Indo-Pacífico, esta estrategia responde a la necesidad de China de abrir nuevos mercados a los productos chinos, reducir los tiempos de transporte de mercancías y, lo que es más importante, disponer de un punto de atraque para la flota china en caso de necesidad. En aquella primera ocasión fue el puerto de El Pireo, en Grecia, el que comenzó a recibir el importante nivel de inversión en infraestructura que siempre está asociado a todos los proyectos que se encuentran dentro de la iniciativa. El segundo país en adherirse a la nueva Ruta de la Seda fue Portugal, en noviembre del año pasado en un acuerdo que también contempla la explotación de recursos marítimos, mientras que la más reciente adhesión de Italia hace unos días ha sorprendido por tratarse del primer país europeo perteneciente al G7 que se une a la iniciativa.

En esta ocasión, vuelven a ser los puertos el principal foco de atención de la inversión china. En el acuerdo firmado entre Italia y China, son las instalaciones marítimas en Trieste, Génova y Palermo las que más interés han despertado, por la conexión que ofrecen hacia el interior de Europa, además de por su cercanía a las infraestructuras de capital chino en el puerto griego de El Pireo. A las reticencias por considerar las inversiones de la nueva Ruta de la Seda un posible Caballo de Troya se suman en esta ocasión los posibles casos de “trampas de deudas” que pueden generar entre los países europeos la financiación que ofrece el gigante asiático, una situación que en el caso de Sri Lanka ha conllevado la cesión de la gestión del puerto de Hambantota a manos chinas. Sin embargo, ninguna de estas dos advertencias parece haber empañado la decisión de Portugal e Italia de adherirse a la iniciativa, mientras se pone de manifiesto que los países europeos deben encontrar la fórmula que les permita presentarse ante China como una sola voz para evitar así que se produzca un jaque doble a Europa. (Foto: Dave Wild)

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INTERREGNUM: El siglo de Asia empieza en 2020. Fernando Delage

Por primera vez desde el siglo XIX, indicaba el Financial Times la semana pasada, las economías asiáticas sumarán un PIB mayor que el del resto del planeta en 2020. El próximo año comenzaría así, según el diario londinense, el “siglo de Asia”.

Aunque es ésta una idea que comenzó en realidad a debatirse a finales de los años ochenta, la aceleración del proceso no deja de ser llamativa. En el año 2000, Asia representaba sólo un tercio de la economía global. En la actualidad, la economía china es mayor que la de Estados Unidos en términos de paridad de poder adquisitivo, y equivale al 19 por cien del PIB mundial. India es la tercera mayor economía, y dobla el tamaño de la de Alemania o Japón. A estos dos gigantes hay que sumar, además, un número no pequeño de otros países de la región. Indonesia, por ejemplo, será la séptima mayor economía en 2020 (de nuevo en términos de paridad de poder adquisitivo), y la sexta en 2030. Asia regresa así a la que fue su posición hasta la Revolución Industrial, pues fue el continente que dominó la economía mundial hasta el primer tercio del siglo XIX.

Los fríos datos estadísticos de un informe no transmiten, sin embargo, el significado histórico que supone esta transformación para un mundo—el de los últimos 200 años—creado y liderado por Occidente. Pero sí lo hace una foto, también de la semana pasada: la del presidente chino, Xi Jinping, en el Elíseo, junto a su homólogo francés, Emmanuel Macron, la canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker. El encuentro marca el definitivo reconocimiento por las autoridades europeas de la realidad del nuevo poder chino, y su inquietud por las implicaciones económicas y estratégicas del ascenso de la República Popular, tanto para los intereses del Viejo Continente como para el sistema internacional en su conjunto. No sólo es reveladora la ausencia de Estados Unidos de la foto, sino que el desmantelamiento del orden multilateral de postguerra por la Casa Blanca de Trump es una de las principales causas de esta reunión chino-europea.

Días después de haber aprobado la Unión Europea un documento que declara a China “rival sistémico” que quiere “imponer un modelo alternativo de gobernanza”, y pese a la presión de Washington para obstaculizar la nueva Ruta de la Seda (BRI), Merkel declaró que quiere desempeñar un papel activo en la iniciativa (por supuesto, sobre unas bases de reciprocidad). Los empresarios alemanes no van a renunciar a este motor de dinamismo para el crecimiento mundial. Macron indicó por su parte que “la Unión Europa ha abandonado su ingenuidad con respecto a China”. Pero no criticará el encargo por Xi de 300 aviones a Airbus, mientras Boeing intenta gestionar la crisis del 737. ¿Hasta qué punto son por tanto creíbles las críticas a Italia, cuyo gobierno populista ha roto la cohesión europea al firmar un memorándum sobre BRI durante la reciente visita del presidente chino?

La preocupación en Washington por los movimientos de Xi en Europa parece irrelevante para los líderes del Viejo Continente. Pero Pekín ha vuelto a demostrar su capacidad para dividir a los europeos. Macron, Merkel y Juncker entienden el desafío que representa China, pero los dos últimos desaparecerán pronto de la escena política. Aunque es una cuestión que no estará presente en la campaña de las próximas elecciones europeas, China—la ilustración más evidente del nuevo siglo de Asia—puede bien convertirse en una de las variables clave del futuro del proyecto de integración.

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THE ASIAN DOOR: China y Estados Unidos, dos estrategias para África. Águeda Parra

Las estrategias de Estados Unidos y China en África están lejos de coincidir. Difiere el enfoque, apostando Washington por la seguridad militar para combatir la amenaza del terrorismo, mientras que Beijing fomenta estrechar lazos comerciales y dotar al continente de financiación para abordar proyectos energéticos y de infraestructuras. Un enfoque que también difiere en la puesta en escena. Mientras China organiza el Foro de Cooperación China-África (FOCAC, en inglés) cada tres años, Estados Unidos condensa su nueva estrategia para África en un documento, publicado el pasado 13 de diciembre.

Siendo las necesidades del continente africano todavía considerables, tanto el enfoque de seguridad militar que aporta Trump, como el fomento del desarrollo económico con inversión en infraestructuras y energía que promueve Xi, cubren ampliamente dos ámbitos de cooperación muy bienvenidos para la región. La cuestión reside, sin embargo, en que mientras la estrategia de Estados Unidos algunos la catalogan como de retirada de la primera potencia mundial de África, China está encontrando en el continente africano su tabla de salvación para mitigar las posibles réplicas que generará la guerra comercial que está lastrando el desarrollo económico del país.

Tres meses después del exitoso evento diplomático que reunía en Beijing a 53 de los 54 países africanos en torno a la celebración trianual del FOCAC, con la excepción de Suazilandia, único país del continente que mantiene el reconocimiento a Taiwán, Washington desvelaba su estrategia en África centrada en tres ejes estratégicos. El primero, orientado a combatir el creciente poder de potencias como China y Rusia, siendo el gigante asiático el principal competidor de Estados Unidos, principalmente por la posición de China en Djibouti, primera base militar desplegada fuera del país. El segundo eje responde a la amenaza del terrorismo radical islámico, mientras el tercero está orientado a asegurar el buen uso de la asistencia económica estadounidense en el continente.

Frente a la propuesta de defensa y seguridad de Estados Unidos, Djibouti solamente es una parte de la estrategia de China en la región que, además de la componente militar, incluye afianzar los lazos diplomáticos y la financiación económica para impulsar la inversión de proyectos de infraestructuras y energía asociados a la Belt and Road Initiative (BRI), como se conoce en inglés a la iniciativa de la nueva Ruta de la Seda. La apuesta por la región mantiene una financiación de 60.000 millones de dólares, misma cifra que la comprometida en el foro celebrado en 2015, acabándose así con la tendencia de eventos anteriores de aumentar la financiación, creciendo desde los 5.000 millones de dólares en 2006, a 10.000 millones en 2009 y 20.000 millones en 2012. Una financiación que en esta edición se encuadra en ocho campos de actuación, desde promoción industrial, mejora de las conexiones, promoción del comercio, desarrollo sostenible, creación de capacidad, salud e higiene, intercambios culturales, y paz y seguridad.

En esta ocasión, la incertidumbre económica motivada por la guerra comercial ha obligado a mantener el compromiso financiero en la misma cuantía que en 2015, aunque variando la composición. La primera novedad supone reducir la cantidad asignada para ayudas, préstamos a interés cero, préstamos en condiciones favorables y líneas de crédito, pasando de los 40.000 millones de dólares de 2015 a 35.000 millones de dólares, buscando de esta forma asegurar el retorno de la inversión y la viabilidad comercial. Como segunda novedad, las empresas chinas se incorporan al modelo de financiación con África, responsables de aportar en tres años al menos 10.000 millones de dólares del total comprometido.

Con todo, África sigue siendo de las regiones hacia donde fluye menos inversión china, en comparación con otras regiones. El stock de inversión extranjera directa de 100.000 millones de dólares a finales de 2017 supone la mitad de los 200.000 millones de dólares que acumulan regiones como América Latina en el mismo período. Pero, aunque de menor cuantía, la inversión china consiguió generar tres veces más empleo que Estados Unidos en 2017, según un informe de Ernst & Young.

Más allá de la financiación, China también persigue en África asegurar su abastecimiento de recursos energéticos. El objetivo se centra en mitigar los efectos de la guerra comercial, reduciendo la dependencia del 40% del crudo que importa China de Oriente Medio, y aumentar la importación procedente de África, que representa el 20% del total, una tendencia que ya se ha consolidado durante 2018. Pero, además de asegurar sus reservas de crudo, China tiene ante sí un mercado de tamaño similar al suyo, formado por cerca de 1.200 millones de personas, a los que ofrecer toda una amplia gama de productos.

Dos visiones bastantes dispares de las dos potencias mundiales más importantes que parecen reproducir el esquema seguido en otras latitudes como en el Indo-Pacífico, donde el apoyo para el desarrollo económico corre a cargo de China mientras Estados Unidos sigue siendo el garante de la seguridad mundial. Sin embargo, para China la cooperación sur-sur, está resultando ser especialmente fructífera con África, un refugio donde asegurar en los próximos años la viabilidad económica de sus proyectos económicos y militares. (Foto: Thomas Retterath)

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THE ASIAN DOOR: Estos sectores sí interesan a la inversión china en España. Águeda Parra

Cuando en el año 2000 España se situaba en el puesto 11 en la clasificación de principales economías mundiales en función del Producto Interior Bruto (PIB), China todavía no era un rival directo de Estados Unidos y ocupaba el sexto puesto. Casi dos décadas que le han servido al gigante asiático para ascender posiciones entre las principales economías y situarse, por primera vez, como segundo mayor inversor mundial en 2016, según datos de la UNCTAD. Un año en el que los flujos de inversión exterior de China superaron incluso a los de Estados Unidos, medido en porcentaje respecto al PIB, alcanzando China el 1,75% frente al 1,50% de la inversión norteamericana.

Un ascenso de China que también se ha producido como nuevo protagonista del orden mundial y que, sin embargo, no ha ido acompañado de un fortalecimiento en la misma medida de las relaciones de inversión entre España y China. En la última década, el atractivo de nuestro país para el gigante asiático se ha caracterizado más por determinadas apuestas, eso sí, muy significativas en su cuantía, que han hecho crecer ostensiblemente los flujos de capital chino en un determinado momento y que han marcado una tendencia de inversión en nuestro país a modo de diente de sierra. Unas operaciones que, sin despertar el atractivo que ofrecen otros destinos en Europa, han servido para posicionar a España en el puesto 10 de países europeos con mayor recepción de inversión china entre 2000-2017, según Rhodium Group.

La inversión china en España no puede considerarse significativa, aunque ha tenido un progreso ciertamente importante desde los 10 millones de euros que alcanzaba en 2012 a los 1.600 millones de euros de 2016. Un año especialmente importante en las operaciones de capital chino que consiguieron casi cuadruplicar la cifra del ejercicio 2015 hasta los 1.708 millones de euros, situándose España ese año como séptimo país europeo receptor de la inversión china, según Rhodium Group. Entre las adquisiciones más destacadas en esa fecha figuran la compra de Urbaser por la empresa china Jiangsu Tianying por unos 1.400 millones de euros; la compra de Conservas Albo por Shanghai Kaichuang por 61 millones de dólares; y la del RCD Espanyol por Rastar Group por unos 200 millones de euros. La expansión de la nueva Ruta de la Seda también ha tenido cabida en las adquisiciones chinas en España, destacando la compra del 51% de Noatum Ports, que incluye la terminal de contenedores de Valencia y Bilbao y las terminales ferroviarias de Madrid y Zaragoza por 203 millones de euros.

En este ámbito, la oportunidad perdida de España de suscribirse a la nueva Ruta de la Seda durante la reciente visita de Estado del presidente Xi Jinping ha cerrado las puertas a un mayor abanico de inversión, más continuada y homogénea en el tiempo, que pusiera de manifiesto las buenas relaciones existentes entre España y China, no solamente en lo diplomático sino también en cuestión de inversión. De la expectativa de triplicar el capital chino en nuestro país, se pasaba a la firma de una veintena de acuerdos económicos y culturales que no reflejan el atractivo de posibles operaciones de inversión en los ámbitos de mayor interés de la nueva Ruta de la Seda como son las infraestructuras, el turismo y las telecomunicaciones, principalmente.

No obstante, 2018 se puede considerar un buen año para la inversión china en España a pesar de que la irrupción de la guerra comercial ha provocado una caída de los flujos de capital chino hasta los 30.000 millones de dólares desde los 111.000 millones de dólares de 2017, afectando principalmente a Estados Unidos, con una desinversión del 83%, pero que también ha afectado a Europa, que ha registrado un descenso del 72% respecto a 2017. Sin embargo, España conseguía disparar la inversión china un 162% en 2018 hasta alcanzar los 1.020 millones de euros, según Rhodium Group pero, de nuevo, gracias a una única operación importante. En este caso, el protagonista era la adquisición de Imagina Media por parte de Orient Hontai Capital por 885 millones de euros, la quinta operación china de mayor tamaño en Europa que le permitía a España volver a recuperar la sexta posición entre los países europeos con mayor atractivo por detrás de Reino Unido, Suecia, Alemania y Luxemburgo.

En general preocupa la reticencia generalizada a la inversión extranjera china, de la que España no es ninguna excepción. Es uno de los motivos para que no terminen de materializarse ciertas operaciones en los principales sectores de interés para la inversión china en España, como el turístico-hotelero, el inmobiliario, alimentación y bebidas, el industrial y el de la salud, entornos donde muchas de nuestras empresas son además referentes internacionales. A ello hay que sumarle que la creciente clase media china, con una mayor renta per cápita, está demandando consumir determinados productos y servicios por los que está dispuesto a pagar un precio adicional, un aspecto que no debería pasar desapercibido para el tejido empresarial español. De hecho, el conocimiento de las renovables españolas es mucho mayor para el capital chino que otras áreas de actividad nacionales, favoreciendo que las empresas nacionales lleven años invirtiendo en China. Pero también a la inversa, despertando el interés del capital chino por el sector de las renovables español, favoreciendo la participación del macroconsorcio estatal chino AVIC en Alizarsunde para promover proyectos de generación solar.

Pequeños ejemplos de inyección de capital chino en el tejido empresarial español que no deberían considerarse adquisiciones y proyectos de colaboración aislados, sino que deberían coger la inercia necesaria para mantener de forma continuada la inversión china en España. Una apuesta que también funcionaría a la inversa, facilitando la apertura a nuevas oportunidades de inversión para las empresas españolas en el complicado mercado chino, una vez que ya conocen, y reconocen, la marca España de nuestros sectores más vanguardistas. (Foto: Shannon Kokosca, flickr)

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INTERREGNUM: Europa y Asia en 2019. Fernando Delage

El creciente poder económico de China, sus rápidos avances tecnológicos y la acelerada modernización de sus capacidades militares ponen a prueba el entorno en el que se ha desarrollado el proceso de integración europea hasta la fecha. La incertidumbre sobre las intenciones de la administración Trump y el paso de ésta a la ofensiva contra Pekín, agravan el dilema europeo.

Washington necesita a sus aliados para evitar que la República Popular recurra a ellos como solución indirecta para evitar los aranceles norteamericanos, y también para compartir información sobre los movimientos chinos en relación con la adquisición de nuevas tecnologías. Estados Unidos intenta, por ejemplo, que se vete a las grandes empresas de telecomunicaciones chinas en los próximos concursos públicos para el desarrollo de las redes 5G. Las preferencias de los gobiernos europeos—y sus percepciones de China—no son siempre coincidentes, sin embargo, con las norteamericanas.

Sin el eje transatlántico, indicó Henry Kissinger hace unos meses, Europa corre el riesgo de convertirse en un mero apéndice de Eurasia, sujeto a los objetivos de Pekín. Pero ¿pueden Bruselas y los gobiernos de los Estados miembros confiar en una Casa Blanca que da a entender que, después de China, la Unión Europea puede ser el próximo objeto de atención de su política de sanciones comerciales?

El debate está pues encima de la mesa. Lo que indican los hechos es que, sólo en los primeros seis meses de 2018, las inversiones chinas en la UE multiplicaron por nueve las dirigidas a Estados Unidos. El total anual alcanzó los 60.400 millones de dólares, un 82 por cien más que en 2017, lo que supuso casi el 56 por cien de la inversión extranjera directa china en su conjunto. Por otra parte, los intentos liderados por Alemania y Francia por reforzar la supervisión de las compras chinas en las industrias estratégicas del Viejo Continente no avanzan lo suficiente por la oposición de algunos gobiernos, con Italia a la cabeza. En este contexto, el mes pasado China anunció un nuevo Libro Blanco sobre la Unión Europea; el tercero tras los de 2003 y 2014. Al cumplirse el 15 aniversario del establecimiento de la Asociación Estratégica Integral entre ambos, el documento enumera las distintas áreas bilaterales de cooperación, retoma la idea de negociar un acuerdo de libre comercio—al que Bruselas se opone—y sugiere que deben cooperar juntos contra el “unilateralismo” (de Estados Unidos, se entiende).

Una de las más inteligentes respuestas europeas a la política proteccionista de Estados Unidos y a las ambiciones chinas reflejadas en la iniciativa de la Ruta de la Seda, ha sido la firma del doble acuerdo de asociación económica y estratégica con Japón, en vigor a partir de 2019. Bruselas ha ido con todo más allá, al aprobar el Consejo, también en diciembre, la estrategia de la Unión hacia India. Las dos grandes democracias asiáticas se suman así a los europeos en la defensa de un orden multilateral y basado en reglas, a la vez que acuerdan coordinar sus posiciones con respecto a los desafíos y problemas comunes de la agenda global.

El discurso multilateral no es suficiente, sin embargo, para gestionar los intereses a largo plazo del Viejo Continente ante la rápida transformación del equilibrio de poder internacional. Algunas piezas, como la asociación con Japón e India o la estrategia de interconexión Europa-Asia—ya mencionada anteriormente en esta columna—han tomado forma, pero se sigue echando en falta una mayor ambición estratégica. Esperemos que las elecciones al Parlamento Europeo y la renovación de la Comisión no interrumpan el necesario ajuste a un mundo en el que la Unión se juega su futuro.

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THE ASIAN DOOR: Las carreras por el liderazgo que plantea 2019. Águeda Parra

La nueva era de Xi Jinping ha coincidido con el despunte de la nueva era tecnológica, donde la red de quinta generación (5G) será la mejor aliada de China para hacer posible la modernización de su industria. En 2019 veremos el despliegue de los estándares internacionales de la red 5G, previo al despliegue masivo en 2020, lo que servirá para mantener viva la competencia entre Washington y Beijing en la carrera por quién será el primero en conseguir una ventaja tecnológica diferencial, lo que algunos han pasado a considerar como un nuevo Pearl Harbor. Y es que, liderar esta carrera supondría asegurarse un desarrollo económico diferencial, ya que el 5G no solamente se aplicará a la telefonía, a la industria, y al sector automovilístico, sino que será la gran revolución tecnológica que dominará casi cualquier dispositivo en nuestras vidas.

China ha situado al frente de la modernización de su industria a la iniciativa Made in China 2025, cuya estrategia y alcance sufrirá ciertos ajustes durante 2019 por el efecto negativo generado por la guerra comercial con Estados Unidos. Con el nuevo año se reanudarán las conversaciones para avanzar en el conflicto, donde la no confrontación y el pragmatismo serán el soft power aplicado por el gigante asiático para acordar una nueva hoja de ruta que reporte beneficios para ambas partes. El proteccionismo de la administración Trump seguirá dominando las relaciones bilaterales entre ambas potencias, mientras la tregua en la guerra comercial puede que sea sólo una parada de avituallamiento para seguir luchando por el liderazgo tecnológico con fuerzas renovadas.

El desarrollo del e-commerce seguirá copando los titulares del sector tecnológico y, aunque Estados Unidos seguirá presentando batalla, el nivel de desarrollo que ha alcanzado China en las compras digitales le hacen líder indiscutible en esta carrera. La novedad en 2019 procederá, sin embargo, de las compras transfronterizas, las que comúnmente se conocen en China como “Daigou” y que hacen referencia a la “compra en nombre de otras personas”. Se trata de productos adquiridos en el extranjero a menor coste y sin impuestos de importación que, con el cambio de normativa a partir del 1 de enero, pasarán a regirse por la nueva ley e-commerce. Supondrá aumentar el límite de las compras anuales con exención de impuestos de 2.900 dólares a 3.780 dólares, unos bienes que gozarán además de un descuento del 30% en el IVA para motivar el consumo de los productos de lujo en territorio nacional, principal mercado de las compras daigou.

Algo más reñida estará la competición entre los titanes tecnológicos. Un lustro ha servido para ceder el dominio casi en solitario de las compañías americanas a un universo tecnológico binario entre Estados Unidos y China, del que han quedado descolgadas Japón, Rusia y Corea del Sur, y a Europa ni se la espera en el grupo de startups globales. Sin embargo, la alta demanda que generan los productos europeos entre los consumidores chinos ha sido el motivo que ha llevado a Alibaba a cerrar un acuerdo con el gobierno belga para establecer a partir del próximo año un hub logístico en la ciudad de Lieja. Una vez que la montaña no ha ido a Mahoma, la llegada de Alibaba al corazón de Europa permitirá crear el entorno digital necesario para fomentar el e-commerce transfronterizo.

En términos económicos, ciertas estimaciones apuntan a que China será la potencia que más aportará al crecimiento mundial entre 2015-2025, hasta un 21%, más del doble de la contribución de Estados Unidos, que alcanzará un 10%. Unos datos contemplados antes de declararse la guerra comercial entre ambos países, cuyo efecto negativo sobre el gigante asiático producirá la ralentización de su economía hasta situarla en el 6,2% según las previsiones, el menor ritmo de crecimiento en 29 años en la historia de China.

El combate contra la polución debería ser la carrera que toda nación debería querer ganar. En esta carrera, China consiguió dar un salto de gigante mejorando significativamente la calidad del aire a principios del invierno pasado gracias al cierre de un buen número de fábricas de carbón. Un espejismo en la lucha contra el cambio climático que no ha podido soportar el envite de una guerra comercial con Estados Unido que está trastocando sensiblemente los planes de desarrollo de China. Los niveles de polución han aumentado un 10% respecto al año pasado, y la expectativa de un aire más limpio no es mejor tras la reforma lanzada durante verano que incluye medidas menos exigentes a las actuales.

Mantener el “status-quo” del orden mundial seguirá siendo uno de los grandes protagonistas durante 2019, abanderando el despliegue de la nueva Ruta de la Seda la ambición de China por ocupar un lugar destacado en la gobernanza mundial. Apenas quedarán dos años antes de que en 2021 se celebre el centenario de la constitución del Partido Comunista Chino, una fecha en la que China espera haber ganado varias carreras. (Foto: None none, flickr.com)

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THE ASIAN DOOR: Huawei en el meridiano 0. Águeda Parra

Siglos después de que el Imperio de China haya perdido esa posición de supremacía de la que gozaba cuando sus vecinos se organizaban como Estados vasallos entregando tributos al país del centro, 中国, de ahí su nombre en chino, China aspira de nuevo a recuperar un lugar que considera suyo por derecho propio. Una posición ocupada desde hace décadas por otras potencias occidentales que encuentran en el gigante asiático un rival complejo, diferente, y fuera de su órbita de influencia. Sin embargo, en un mundo globalizado, la geoestrategia y la geopolítica se ponen al servicio de las grandes potencias para establecer juegos de equilibrio de poder, situando en esta ocasión a Huawei en el meridiano 0, donde el grupo de élite de grandes potencias deben posicionarse a favor o en contra del veto ejercido por Estados Unidos a la tecnológica china.

China no solamente es el país del centro, sino que se ha convertido en el centro de las reticencias del resto de grandes potencias que miran con recelo el gran milagro de la recuperación económica que ha logrado el país en cuatro décadas, un hecho sin precedentes en la historia mundial. Las luchas cuerpo a cuerpo ya son historias del pasado, y las guerras se libran ahora en los mercados bursátiles como golpes en la línea de flotación del sustento económico de los países. De ahí que, en un intento por reproducir los antiguos Estados vasallos de China, la administración Trump haya iniciado una guerra comercial con el gigante asiático imponiendo una primera fase de aranceles que tuvieron una respuesta inmediata por parte de China. Una medida que por sí sola ha resultado poco operativa para reducir el déficit comercial existente entre ambos países, lo que ha motivado que la ofensiva pasara primero de la presión sobre ZTE, que supuso casi la quiebra de la compañía china muy dependiente del abastecimiento de componentes americanos para la fabricación de sus dispositivos, a centrarse en el imperio de Huawei. La sospecha se centra en que el Partido Comunista Chino tenga acceso a la inmensa cantidad de datos que pasan por el equipamiento de Huawei en las redes 5G y que gracias a la potencialidad de la inteligencia artificial genere un estado policial que afecte a la seguridad nacional de las grandes potencias.

Considerada uno de los grandes titanes tecnológicos chinos al frente de la iniciativa Made in China 2025, Huawei ha pasado en una década de ser un pequeño fabricante de precios bajos a tener una cuota mayor que Ericsson, Nokia, ZTE y Samsung en el mercado de infraestructuras de redes móviles, mientras que como fabricante de móviles, ha conseguido situarse como segundo mayor fabricante de móviles del mundo al superar en ventas a la americana Apple. La amenaza tecnológica se intensifica.

Cuestionada la hegemonía tecnológica de Estados Unidos, y después de décadas de promover la globalización, el siguiente paso de la administración Trump ha sido promover un enfoque nacionalista y conseguir que bajo la sospecha de incidentes relacionados con la ciberseguridad se vete la participación de Huawei en el despliegue de la red 5G entre los países aliados que forman el grupo denominado “Five Eyes” del que, además de Estados Unidos, forman parte Australia, Nueva Zelanda, Reino Unido y Canadá. Las reacciones no se han hecho esperar por parte de los consumidores chinos que han iniciado un boicot a los productos canadienses como contraofensiva a la detención en Vancouver de la hija del magnate de Huawei, Meng Wanzhou, acusada de violar las sanciones de Estados Unidos contra Irán. Una guerra que se cierne sobre Huawei cuando, según parece, muchas otras empresas extranjeras, incluso estadounidenses, han violado anteriormente estas sanciones, pagando cuantiosas multas sin que por ello hayan sido arrestados en un aeropuerto y puestos bajo custodia policial.

Difícilmente las guerras se ganan en una única batalla. Por una parte, Washington ha ampliado su advertencia a aquellos estados occidentales que cuentan con bases militares americanas, de los que Japón ya ha anunciado el veto a Huawei, mientras Alemania mantiene su confianza con restricciones a ciertas inversiones en 5G. Otras potencias como India, siguiendo el juego de equilibrios de poder que está marcando el desarrollo de la nueva Ruta de la Seda por el Indo-Pacífico, también se ha sumado a las consideraciones de Estados Unidos de excluir a Huawei en el despliegue de la red 5G, mientras Papúa Nueva Guinea y Portugal forman parte del grupo de contrapeso que favorece las inversiones.

Sin embargo, China sigue siendo el principal mercado de Huawei, obteniendo un cuarto de sus ingresos de Europa, Oriente Medio y África, según la compañía, donde la marca china está ganando cuota de mercado y reputación positiva, además de situarse entre las marcas de móviles más vendidas, lo que hace esperar que esta ofensiva no tenga demasiado efecto sobre los resultados operativos de la compañía. A esto hay que añadir la problemática de cambiar de proveedor para el despliegue del 5G cuando el fabricante de las redes 2G, 3G y 4G es Huawei que hace buena la recomendación del presidente de la compañía china, Ren Zhengfei, a sus empleados: “Algunas veces, es mejor encontrar un sitio seguro y esperar a que pase la tormenta”. Y, mientras tanto, Huawei ha anunciado la inversión de 2.000 millones de dólares en proyectos de I+D para reforzar la ciberseguridad, acallando así las sospechas que le han situado en el punto de mira. (Foto: Edmond Lai, flickr.com)

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THE ASIAN DOOR: ¿Cuál es el talón de Aquiles de China? Águeda Parra

Cabría pensar que 1.380 millones de personas es una cantidad más que suficiente, e incluso se podría hablar de superpoblación. Sin embargo, dependiendo del tipo de objetivo que queramos cumplir y atendiendo al tipo de composición de esa población, puede que resulte una cantidad insuficiente. Éste es el caso de China, el país más poblado del mundo donde vive el 18% de la población mundial y que, sin embargo, no dispone de una masa de personas suficiente como para poder abordar con garantías el reto de seguir manteniendo los ritmos de crecimiento económicos que permitan a la segunda potencia mundial convertirse en una economía avanzada.

La superpoblación de China en 1978 era el principal obstáculo que Deng Xiaoping tenía que superar para impulsar con éxito una etapa de reformas económicas y de apertura al exterior, de ahí que implantara a partir de 1979 la política del hijo único con el propósito de reducir los elevados niveles de población. Sin embargo, esta medida, que en su momento fue clave para iniciar una etapa de crecimiento económico del país, puede resultar ser la pieza que acabe con el crecimiento económico que ha alcanzado el país en las últimas décadas. Ante esta perspectiva, el principal reto en la era de Xi Jinping se ha convertido en el “rejuvenecimiento de la nación”, como así lo ha establecido el presidente chino en el ideario de su legado.

La política del hijo único se considera el mayor experimento social de la historia donde las mujeres se convirtieron en el instrumento del partido para implantar el modelo de planificación familiar que mejor sirviera a los objetivos de desarrollo del país. Durante los últimos 20 años anteriores a 1979, fecha en la que se implantó la política del hijo único, la población china había crecido un 45%, la superpoblación suponía una de las mayores limitaciones hacia el progreso. Sin embargo, tras 39 años de aplicación del modelo de planificación familiar, los resultados fueron evidentes, y la población crecía a menor ritmo, solamente un 13% durante las dos últimas décadas antes de que su eliminación.

El efecto positivo se cumplía, pero a costa de un lastre social cuyos efectos se pueden prolongar en el tiempo más de lo que la sociedad china puede permitirse para seguir creciendo. El primero de ellos ha sido la tasa de fertilidad, que ha pasado de 6,38 hijos por mujer en 1993 a situarse en la actualidad en 1,6 hijos por mujer, por debajo de la tasa mínima de reemplazo. Si esto no fuera suficiente, la preferencia del hombre frente a la mujer, por una cuestión social de quién se queda en casa para cuidar de la familia, ha provocado un desequilibrio de 33 millones de hombres más que de mujeres. De esta forma, la política del hijo único se ha convertido en uno de los mayores lastres para el desarrollo del país, ya que no sólo se reduce la pirámide poblacional al no haber tantos nacimientos, sino que los hombres se encuentran ante la problemática de no encontrar suficientes mujeres con las que casarse.

Ante la perspectiva de una sociedad envejecida, y que envejece rápidamente, Xi Jinping eliminó la política del hijo único dos años después de convertirse en presidente de China. Pero el modelo de familia de “uno es suficiente” implantado durante casi cuatro décadas ha generado personas individualistas, consideradas como “pequeños emperadores” por haber recibido toda la atención de su entorno. Una generación que en los próximos años debe asumir no pocos retos, entre ellos el de adaptar el modelo generacional 4-2-1, de cuatro abuelos, dos padres y un hijo, al esquema de gasto 1-2-4, donde una única persona tiene que cubrir las necesidades de salud y vejez de dos padres y cuatro abuelos. Una situación que se complica si las parejas deciden aumentar la familia, ya que supondría duplicar el gasto de 2.500 € que implica criar a un hijo, y que en las grandes ciudades puede alcanzar los 4.000 €.

Sin un importante incremento de nuevos nacimientos, se pone en peligro la transición de China hacia una economía avanzada. De ahí que el gobierno haya tomado medidas urgentes para revertir esta situación eliminando cualquier tipo de referencia a la “planificación familiar” en el borrador del nuevo código civil que está previsto entre en vigor en 2020. Con ello se pretende evitar las previsiones que indican que en 2030 la población mayor de 65 años será más numerosa que los jóvenes menores de 14 años, lo que conllevaría a que la tasa de dependencia actual de 7 trabajadores por jubilado podría situarse en 2050 en un ratio de 2 a 1, haciendo insostenible el crecimiento del país.

En la era de Xi Jinping, China está asumiendo numerosos retos para conseguir situar al país como potencia global a la altura del resto de economías desarrolladas. La apuesta por la innovación y la modernización a través del uso de las nuevas tecnologías y el impulso de la iniciativa Made in China 2025 están centrando los esfuerzos del gobierno en cuestión de política interna, mientras que la nueva Ruta de la Seda es el proyecto estrella de la política exterior orientado a asegurar que China alcanza un rol destacado en la geopolítica global a la altura del resto de economías mundiales. Medidas que podrían encontrar en la imposibilidad del “gran rejuvenecimiento de la nación china” el talón de Aquiles para que China finalmente se convierta en una economía avanzada en las próximas dos décadas. Una situación mucho más perjudicial para el futuro de China que las actuales consecuencias de la ralentización del crecimiento de la economía motivadas por la guerra comercial entre Estados Unidos y China que se prolonga ya casi medio año. (Foto: Ercan Cetin, flickr.com)

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THE ASIAN DOOR: A río revuelto, ganancia entre los países asiáticos. Águeda Parra

Si por algo se ha caracterizado la Cumbre del G20 en Argentina ha sido por la tregua alcanzada entre Estados Unidos y China después de 150 días de guerra comercial. El período de gracia, establecido en 90 días para ahondar en conversaciones que acerquen posturas, supone además que Trump paralice la aplicación del incremento previsto de los aranceles del 25% sobre más de 200.000 millones de dólares de productos chinos a partir del 1 de enero de 2019. Sin embargo, por parte de la delegación china, la comunicación de los acuerdos alcanzados durante la cena que mantuvieron en la Cumbre con Estados Unidos se hará esperar. Está pendiente que Xi Jinping vuelva a China tras aprovechar su viaje de regreso para iniciar relaciones bilaterales con Panamá, después de que el país dejara de reconocer a Taiwán, y para profundizar en las relaciones comerciales con Portugal en el contexto de la nueva Ruta de la Seda.

Tras Argentina, ambas partes se muestran como vencedores. Ante su electorado y la opinión pública, Trump exhibe positivamente el logro de conseguir comprometer a China en la importación de más productos estadounidenses, mientras que Xi Jinping, sin ese tipo de presión, da muestras de una mayor apertura y promoción de reformas. Sin embargo, la cuestión de fondo sigue siendo la dificultad de Trump para fomentar el proteccionismo de la economía norteamericana manteniendo una guerra comercial con China que no le está resultando fácil ganar.

En esta situación de lucha de ambas potencias por el poder global, el encarecimiento que aplica China a la importación de automóviles, o el gravamen a la exportación de ciertos productos agrícolas que establece Estados Unidos, principalmente sobre la soja, podría generar a la larga cambios en los flujos comerciales hacia otros países proveedores más baratos. El vecino México podría sustituiría a China en la importación de componentes de automóvil en el marco del acuerdo entre Estados Unidos-México-Canadá, mientras que Europa podría convertirse en el proveedor de productos agrícolas de China en sustitución de unos productos americanos más caros por efecto de la guerra comercial. Sin embargo, a río revuelto, ganancia entre los países asiáticos, según concluye el estudio realizado por The Economist Intelligence Unit sobre los beneficiarios de la guerra comercial entre Estados Unidos y China aplicado a tres grandes ámbitos.

De los tres grandes campos de la guerra comercial que analiza el estudio, una de las categorías que mayor impacto tiene en la balanza comercial entre ambos países es la de productos electrónicos y componentes, que supuso 150.000 millones de dólares de los 526.000 millones de dólares del total de importaciones de Estados Unidos desde China en 2017. Objetivo prioritario de la guerra comercial, representa además la estrategia de Trump de impedir los avances que China persigue en el ámbito de la innovación a través de la iniciativa Made in China 2025. De modo que, de mantenerse en el tiempo la guerra comercial, muchas empresas podrían tomar la decisión de transferir la producción de ciertos componentes intermedios y de productos de consumo, como los teléfono móviles y portátiles, a las plantas de producción en ubicaciones más económicas, como Vietnam y Malasia, principalmente, que además cuentan con una buena red de infraestructuras que facilita la logística y la distribución.

El sector automotriz es otra parte destacada de las disputas en la guerra comercial. Dejando a un lado la producción de China, especialmente destinada a satisfacer la demanda local, el enfrentamiento con Estados Unidos surge por ser el principal cliente de las exportaciones chinas de componentes de automóvil, de ahí la presión de Estados Unidos para que China elimine estos aranceles. Situación de la que también se beneficiaría Alemania, ya que parte de los coches que destina al mercado chino salen de las fábricas en Estados Unidos, lo que indirectamente implica una penalizando a su producción. Sin embargo, lo más importante en este ámbito es que el sector de componentes de automóvil de China representa el 8% del volumen global en 2017, lo que convierte al gigante asiático en una seria amenaza para el dominio mundial de Alemania (16,1%), Estados Unidos (11,6%) y Japón (8,9%) como los tres grandes de la industria. En este escenario, Malasia, y sobre todo Tailandia, sería la gran beneficiaria, una vez que es uno de los principales centros regionales de fabricación de componentes del automóvil.

Finalmente, el estudio completa una tercera categoría, la de textiles y prendas de vestir, de las que Estados Unidos importa 38.700 millones de dólares de los 257.000 millones de dólares que exportó China durante 2017. En este ámbito, y de mantenerse la guerra comercial, el compromiso de China por priorizar productos de alto valor podría repercutir en que países como Bangladesh, Vietnam e India se beneficien de una deslocalización, una vez que ya forman parte de las cadenas de producción de varias empresas internacionales, aunque no puedan competir con el volumen de fabricación que ofrece China.

Un río revuelto producido por una guerra comercial que, de prolongarse en el tiempo, supondría trasladar las ganancias hacia Vietnam, Malasia, Tailandia e India, principalmente, aunque para ello todavía sería necesario que pasaran entre dos y tres años para que las cadenas de producción se pudieran adaptar a esta nueva situación. Todo dependerá de cuánto y cómo quiera alargar Estados Unidos la escenificación de la trampa de Tucídides, donde ante la amenaza de la potencia emergente, China, la potencia dominante decide prolongar e incrementar los efectos de la guerra comercial. (Foto: Cameron Baxter, flickr.com)