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INTERREGNUM: A vueltas con Eurasia. Fernando Delage

(Foto: Dimitrii Efremenkov, Flickr) La restauración de Eurasia como concepto geopolítico, acompañada de la integración económica de este mismo espacio a través de la Nueva Ruta de la Seda que impulsa Pekín, ha sido una referencia constante en esta columna a lo largo de su primer año de vida. En un contexto de redistribución de poder, las acciones chinas durante los últimos años revelan que sus estrategas, buenos estudiosos de los padres fundadores de la geopolítica, intentan aplicar a un mismo tiempo las lecciones de Sir Halford Mackinder sobre el poder continental y las del almirante Alfred Thayer Mahan sobre el poder marítimo.

Una consecuencia de la transformación global en curso es la superación de la división que ha existido entre Europa y Asia a lo largo de la Historia. Pero si esa división—que no era geográfica—desaparece como resultado de la propia modernización de Asia, la pregunta inevitable es: ¿qué reglas del juego definirán en el siglo XXI las interacciones entre las grandes potencias en la mayor extensión terrestre del planeta? China quiere recuperar su posición central fomentando la integración de los Estados vecinos en su órbita económica. Rusia, consciente de su debilidad comercial y financiera, recurre a la disrupción para restaurar su estatus internacional. ¿Y Europa? ¿Sabe lo que quiere? ¿Cuenta con la estrategia necesaria para defender sus intereses y sus valores en este nuevo escenario? Son estos tres actores principales—a los que a no tardar mucho se sumará India—los que definirán la dinámica euroasiática. Y las posibilidades de un consenso no son muy elevadas.

De estos asuntos se ocupa el portugués Bruno Maçães en un fascinante libro de reciente publicación: The Dawn of Eurasia: On the Trail of the New World Order (Allen Lane, 2018). Pocos trabajos describen el espíritu y los grandes dilemas políticos de nuestra época como éste. El autor, exsecretario de Estado de Asuntos Europeos del anterior gobierno de Portugal, y doctorado en Harvard, combina una excepcional capacidad analítica con una brillante pluma. Si algunos capítulos responden a lo que cabe esperar de un riguroso estudio académico, otros describen los viajes del autor por oscuros lugares del Cáucaso o de Asia central, donde investiga de primera mano la irrupción de un único escenario euroasiático. Es un libro luminoso, que atrapa al lector y le obliga a considerar nuevas perspectivas sobre viejas variables.

Es demasiado obvio concluir que el mundo no será el mismo que hemos conocido durante los dos últimos siglos. Pero Europa debe dejar de engañarse a sí misma pensando que el desarrollo y la prosperidad llevará a los demás a parecerse a ella. Diferentes concepciones del orden político tendrán que coexistir en un mismo espacio. “Hemos entrado, escribe Maçães, en la segunda era de la globalización, en la que las fronteras son cada vez más difusas, pero las diferencias culturales y de civilización no, dando paso a un complejo inestable de elementos heterogéneos”. El orden mundial europeo es historia. Bienvenida sea la era de Eurasia.

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INTERREGNUM: Asia en 2018. Fernando Delage

El final de un año y comienzo de otro es momento de recapitulación, pero también de pronósticos sobre el futuro inmediato. Mirando hacia atrás, cinco grandes asuntos han sido objeto de esta columna a lo largo de 2017, y continuarán atrayendo la atención durante el nuevo año.

Corea del Norte es, en primer lugar, la más inmediata amenaza a la estabilidad regional y, por ende, del planeta. La tensión en la península ha ido en aumento como consecuencia de las ambiciones nucleares de Pyongyang, a las que no cabe esperar renuncie. La necesidad de legitimidad interna del régimen —una dinastía comunista en un Estado cuasifallido—, y la transformación del equilibrio entre las grandes potencias crean un escenario de enorme complejidad en el que se multiplican los riesgos de conflicto.

La retórica hostil del presidente de Estados Unidos no ha contribuido a una solución diplomática, como tampoco parecen haber funcionado las esperanzas puestas por Trump en la ayuda de Pekín para encauzar el problema. China, como es lógico, juega sus propias cartas en defensa de sus intereses. Al no sentirse amenazada por Corea del Norte, avanza en su estrategia de ascenso dirigida a reconfigurar a su favor el orden regional. Es una cuestión que no puede entenderse por tanto al margen de su iniciativa de la Ruta de la Seda, segundo gran tema del año.

La presencia en Pekín, en mayo, de representantes de más de 130 países, incluyendo 30 jefes de Estado, en el primer foro sobre la Ruta de la Seda, confirmó el atractivo global de los incentivos económicos chinos, en una muestra de liderazgo internacional que contrastaba con el creciente aislamiento de Estados Unidos, puesto de manifiesto por el abandono del Acuerdo Transpacífico (TPP), firmado por la administración anterior. Los discursos del presidente chino, Xi Jinping, en Davos en enero, y en Pekín, en octubre, con ocasión del XIX Congreso del Partido Comunista Chino, lanzaron el mensaje de una “nueva era” en la relación de la República Popular con el mundo exterior.

La atracción que despierta China no debe ocultar, sin embargo, un tercer asunto—el ascenso de India—del que también se ha dado cuenta en esta columna. La transformación del contexto regional sitúa a la mayor democracia asiática ante el reto de un profundo reajuste estratégico, coincidente con un primer ministro —Narendra Modi— dispuesto a corregir viejas inercias y situar a su país entre los grandes, vinculando su estrategia geoeconómica a los imperativos de la seguridad nacional.

India corrige, por otro lado, la percepción de la debilidad de la democracia en Asia. En el noreste asiático, Shinzo Abe volvió a revalidar su mayoría en unas nuevas elecciones anticipadas, mientras en Corea del Sur la destitución por corrupción de la presidenta Park Geun-hye y el posterior proceso electoral sirvieron para reforzar las instituciones. Es en el sureste asiático, no obstante, donde se está produciendo una preocupante regresión del pluralismo político, cuarto de los temas en que se ha hecho hincapié a lo largo del año. Al mantenimiento de un régimen militar en Tailandia, la constante persecución de sus opositores por el gobierno camboyano, y el escepticismo sobre la apertura de Myanmar—agravado por el drama de los rohingya—, se suman el peculiar estilo de gobierno de Rodrigo Duterte en Filipinas y los riesgos de islamización en Indonesia. Las elecciones en Malasia el próximo verano reafirmarán este fenómeno de líderes electos pero autoritarios.

Una consecuencia de este escenario es que el sureste asiático —aliados y socios de Estados Unidos incluidos— ha girado de manera creciente hacia China. La subregión es indicación pues de cómo en 2017 comenzó a percibirse —último asunto, aunque afecta a todos los demás— un cambio en la jerarquía del poder asiático. La resurrección del Diálogo de Seguridad Cuatrilateral (“Quad”) entre Estados Unidos, Japón, India y Australia a finales de año es una primera respuesta formal al ascenso de China, cuestión que seguirá definiendo por excelencia la evolución del panorama regional en 2018.

Fotografía: Kevin Farrell

Meccano

INTERREGNUM: Movimientos euroasiáticos. Fernando Delage

Con una atención occidental concentrada en otros asuntos, quizá más inmediatos pero menos relevantes para el mundo del futuro, las potencias emergentes de Asia continúan realizando movimientos en un tablero geopolítico cuya complejidad se acelera por días.

El 1 de diciembre se celebró en Sochi, Rusia, la cumbre anual de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS); la primera con la participación de India y Pakistán tras su adhesión formal hace unos meses. El 11 de diciembre, Rusia, India y China celebran en Delhi su encuentro trilateral anual a nivel de ministros de Asuntos Exteriores. Entre ambas fechas, en Irán—próximo candidato a la incorporación a la OCS—, el presidente Hassan Rouhani inauguró, el 4 de diciembre, la primera fase del puerto de Chabahar en la costa suroriental del país. ¿Hechos inconexos? En absoluto. Todos ellos son reflejo de una dinámica de competencia subregional que está reconfigurando la geografía económica y política de la mayor masa continental del planeta.

A unos 80 kilómetros de Gwadar—el puerto pakistaní que está desarrollando Pekín como elemento central de su Corredor Económico con Islamabad—, Chabahar se ha convertido en pieza clave de la estrategia euroasiática de Delhi. India ha invertido 500 millones de dólares en sus infraestructuras, y otros 1.600 millones de dólares para su conexión ferroviaria hasta Afganistán. Además de formar parte del Corredor Internacional Norte-Sur hacia Rusia, Chabahar ofrece a India una alternativa de interconexión continental que permite esquivar a su vecino Pakistán, de la misma manera que también Afganistán y las repúblicas de Asia central podrán contrarrestar su dependencia de Pakistán para su acceso marítimo. El interés indio por acercar el océano Índico a Eurasia central tiene, con todo, motivaciones de más largo alcance, relacionadas con sus temores sobre las ambiciones de Pekín.

Iniciativas chinas como la Nueva Ruta de la Seda están conectando el Pacífico y el Índico e integrando Eurasia, ampliando así su influencia política en espacios que estuvieron dominados, en otras épocas, por Occidente o por Rusia. El creciente liderazgo chino, parejo a la percepción regional de “retirada” de Estados Unidos, obliga a los actores locales a maximizar sus opciones. Tokio ha anunciado esta misma semana su “visto bueno” a la participación de empresas japonesas en la Ruta de la Seda, pero ve al mismo tiempo con sastisfacción cómo el concepto del “Indo-Pacífico”, cuyo origen puede atribuirse al primer ministro Shinzo Abe, se consolida para convertirse en la denominación que utiliza la administración Trump en sustitución del término anterior del “Asia-Pacífico”. También Delhi se ha sumado con entusiasmo a una definición de Asia que supone un reconocimiento de su peso estratégico, así como de la prioridad de sus intereses marítimos. Mayores dudas ha mantenido India tradicionalmente en relación con la Eurasia continental, pero Chabahar es, como se ha señalado, algo más que un incipiente paso para corregir ese desequilibrio.

La interdependencia al alza entre sus distintas subregiones hacen de Asia un escenario estratégico unificado. Al mismo tiempo, también hay indicios, sin embargo, de un claro riesgo de polarización económica y militar. No parece plausible que India permita a otra gran potencia negarle lo que considera como su dominio natural de Asia meridional y el océano Índico, como tampoco China va a renunciar al objetivo de su primacía en Asia oriental y el Pacífico occidental. Las piezas se desplazan con rapidez en la mesa de juego, mientras el actual ocupante de la Casa Blanca continúa tomándose su tiempo para mover ficha. (Foto: Gary Higgins, Flickr)

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INTERREGNUM: ¿Cambio de testigo en Asia? Fernando Delage

¿Será noviembre de 2017 la fecha en que se certificó la sustitución de Estados Unidos por China en el liderazgo asiático? La sucesión de encuentros mantenidos en la región la semana pasada así parece apuntarlo. La cumbre de APEC en Vietnam, en particular, enfrentó de nuevo dos retóricas opuestas—la de Pekín y la de Washington—con una rotunda mayoría a favor de la primera.

No se trata de seguir el modelo chino. Pero es Xi Jinping quien abandera la defensa de la globalización y de una economía abierta, y quien impulsa una renovación de las fórmulas multilaterales. La República Popular es, por resumir, la gran potencia comprometida con los principios e instrumentos que necesitan las economías asiáticas para continuar creciendo. El discurso unilateralista de Trump, además de su innecesario tono hostil, no podía granjearle nuevos amigos. Como desde un principio resultaba previsible, “America first” sólo podía significar “America alone”. Estados Unidos ha decidido aislarse de los intereses que comparten los países de la región, con independencia de sus diferentes regímenes políticos o niveles de desarrollo. El acuerdo de principio logrado en Vietnam para rehacer el Acuerdo Transpacífico (TPP) a 11, es decir, sin Washington, es la más clara expresión del camino sin salida emprendido por Trump en su política comercial. China, por su parte, ha vuelto a demostrar su habilidad para utilizar foros como APEC para avanzar en la construcción de un nuevo orden regional, con ella en el centro.

Tampoco ofreció Trump la formulación de una política asiática que esperaban los observadores, más allá del mero concepto de un “Indo-Pacífico libre y abierto”. Quizá de vuelta en casa su administración ofrezca mayores detalles, incluyendo—se cree—un paquete de medidas dirigido a corregir el gigantesco déficit bilateral con Pekín. También podría resucitarse la fórmula del “Quad”, el cuadrilátero de democracias que ya propuso el primer ministro japonés, Shinzo Abe, hace diez años como elemento de equilibrio de una China en ascenso. Ha sido de nuevo Tokio, esta vez por boca de su ministro de Asuntos Exteriores, Taro Kono, quien en una entrevista a “Nikkei Asian Review” a principios de mes, propuso el establecimiento de un diálogo estratégico formal al más alto nivel entre Japón, Estados Unidos, India y Australia, con dos objetivos principales: asegurar la estabilidad del espacio marítimo regional, y articular una respuesta alternativa a la Ruta de la Seda china.

Washington parece haber “comprado” la idea japonesa. El escepticismo de Delhi y el rechazo de Australia por temer provocar a China, abortaron hace una década la iniciativa. Esta vez, India se ha mostrado a favor de cooperar “sobre todas aquellas cuestiones que favorecen sus intereses”, y también la ministra australiana de Asuntos Exteriores, Julie Bishop, ve con buenos ojos la propuesta. Pero, ahora como entonces, quedan algunas cuestiones por resolver. ¿Por qué está ausente otra importante democracia de la región, Corea del Sur? Y, sobre todo, ¿cómo se equilibra el hecho de que China se convierta en la principal variable del futuro económico de la mayor parte de los países de la región, y que algunos pretendan sumarse al mismo tiempo a una coalición diplomática contra Pekín? El polarizado debate que se está produciendo en Australia entre la comunidad diplomática y estratégica—escéptica sobre un mayor acercamiento a Pekín—y la económica y empresarial—defensora de lo contrario—es buen ejemplo de una dinámica que, al menos de momento, continúa favoreciendo a China y a sus esfuerzos por consolidar una esfera de influencia cada vez más amplia.

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El nuevo libro de las maravillas. Miguel Ors

La Ruta de la Seda es lo que en marketing se conoce como una supermarca. Es una idea clara (casi todo el mundo sabe a qué se refiere) y notoria (¿quién no ha oído hablar de ella?), que abriga una poderosa carga emocional: su mención evoca el lejano y misterioso Oriente, la sofisticación, la aventura… Finalmente, asociamos su existencia con una era de paz y prosperidad.

Sin embargo, como sucede a menudo, la realidad subyacente no está a la altura de su reputación. “Pocos asuntos históricos han suscitado tanta literatura a partir de tan escasa sustancia”, escribe el veterano corresponsal del Financial Times Philip Bowring en la New York Review of Books. Y cita la descripción que hace de ella la académica de Yale Valerie Hansen en La Ruta de la Seda: Una nueva historia: “una serie de senderos cambiantes y sin marcar, en medio de una vasta extensión de desiertos y montañas”.

“El viaje entre China y Samarcanda, el principal enclave de Asia central”, sigue Bowring, “era lento y azaroso, y el tráfico de productos modesto”. De hecho, el traslado por mar resultaba mucho más barato (siete veces, según los romanos) y estaba menos expuesto a las inconveniencias de las guerras o al capricho de las autoridades aduaneras.

En el último siglo y medio, el desarrollo de los motores de vapor y de explosión y la construcción de una extensa red ferroviaria en las repúblicas asiáticas de la URSS mejoraron la competitividad del transporte terrestre, pero para cualquier movimiento “desde el interior de China a Turquía o Irán, y no digamos ya a Europa, el tren es una alternativa pobre en comparación con el bajo coste del barco y la rapidez del avión”.

¿Por qué lanza Pekín una nueva Ruta de la Seda, compuesta por seis corredores que costarán una barbaridad? En la región faltan indudablemente infraestructuras y su construcción generará actividad. Es la magia de los multiplicadores keynesianos: si el sector público empieza a hacer caminos, canales y puertos, el privado deberá facilitarle cemento, palas y hormigoneras, lo que tirará de la inversión y el empleo. Pero esta lógica funciona cuando existe capacidad ociosa, como durante una crisis. En los Estados Unidos de los años 30 tenía mucho sentido abrir zanjas para cerrarlas luego, porque el país estaba lleno de empresarios paralizados por la incertidumbre.

Pero ese no es el problema de China. Si el Estado se mete a licitar grandes obras no creará oportunidades para sus ingenieros y sus albañiles. Estos simplemente dejarán de levantar torres de apartamentos para hacer autopistas o estaciones o lo que sea. Lo único que aumentará será la deuda soberana.

Así y todo, es posible que merezca la pena hipotecarse a cambio de impulsar la productividad de la economía, pero prever el retorno de las infraestructuras dista mucho de ser una ciencia exacta. En un artículo de 2005, Bent Flyvbjerg, Mette K. Skamris Holm y Søren L. Buhl analizaron 210 proyectos de 14 países y se encontraron con importantes desvíos respecto de la demanda prevista, que en el caso de dos ferrocarriles alemanes alcanzaban el 150%. Y eran alemanes…

Estos precedentes deberían invitar a la cautela, pero lo que mueve la política no es la estadística, sino la ambición. En una conferencia pronunciada en mayo, Xi Jinping jaleó las gestas de Zheng He, el almirante del siglo XV cuya flota propagó la influencia de la dinastía Ming por las costas de Indonesia, India, Somalia y Kenia. “Una vez más”, apunta Bowring, “Pekín se posiciona a sí mismo como el gobernante benévolo, al que rinden tributo sus vecinos menores a cambio de protección y amistad”.

Muchos chinos de buena voluntad quizás compren este ingenuo relato, pero la historia revela que los vecinos, por menores que sean, no reciben amistosamente a las potencias en expansión, aunque lo hagan bajo la misteriosa y sofisticada advocación de la Ruta de la Seda.

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Desmontando a Harry. Juan José Heras.

Dice el refranero popular que “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”. Y ese parece ser el caso con muchas de las consignas propagandísticas que lanza el Gobierno chino de forma periódica. Así, cada vez está más arraigada la creencia popular de que China va industrializar África y América Latina, al tiempo que vertebra Asia Central con las infraestructuras previstas en la nueva Ruta de la Seda.

En esta misma línea, parece haber calado la idea de que China ha modernizado su ejército hasta el punto de rivalizar militarmente con EE.UU., o que sus ingentes inversiones en tecnología e investigación la convertirán en la nueva cuna de la innovación mundial.

Sin embargo, los datos parecen contar una historia bien distinta, mostrando que tanto África como América Latina continúan siendo meros suministradores de materias primas. La aportación china en estos continentes se centra en la construcción de infraestructuras y no en la creación de zonas industriales, como publicita Pekín. Además, los numerosos MOU que firma con estos países, en la mayoría de los casos, no se traducen luego en proyectos concretos.

En este sentido, son los países del sudeste asiático los mejor posicionados para la pretendida deslocalización industrial China, gracias a su proximidad geográfica y su relevancia en asuntos regionales como por ejemplo el Mar Meridional.

Por otro lado, la nueva Ruta de la Seda, que promete corregir el déficit de infraestructuras en Asia Central, solo avanza de manera significativa en los trazados que tienen una consideración geoestratégica para Pekín. Y por mucho que aparezca en la prensa especializada, tampoco parece que esta iniciativa vaya a soluciona los problemas de sobrecapacidad del gigante asiático.

Respecto al ejército, es cierto que la modernización que se está llevando a cabo es impresionante, tanto en sus capacidades militares como en la organización de sus estructuras. Sin embargo, todavía están a años luz de EE.UU. tecnológicamente y carecen de personal capacitado para operar los últimos avances tecnológicos que incorporan los nuevos aviones de combate, buques de guerra o sistemas de comunicación.

En lo que se refiere a tecnología e innovación existe todavía una brecha importante entre China y occidente, que Pekín trata de reducir con sus inversiones en Europa y EE.UU. Conviene recordar que China se ha hecho “rica” gracias al comercio y a la aplicación de unos estándares laborales y medioambientales inaceptables para occidente, pero innovar requiere una buena dosis de iniciativa e imaginación que, cuanto menos, son cuestionables en un régimen Estado-Partido como el chino.

En la otra cara de la moneda están los que piensan que la enorme deuda que acumula China hundirá al país en una crisis económica, que estallará la burbuja inmobiliaria, y que no serán capaces de llevar a cabo el cambio de modelo económico en el que están inmersos.

Pero tampoco parece que esta línea catastrofista tenga visos de realidad, puesto que en una economía controlada como es la china, la deuda del Gobierno es con los bancos estatales, controlados  también por Pekín. Esto les brinda un margen considerable para contemporizar la aplicación de las reformas necesarias para convertirse en una economía de mercado “con características chinas” (lo que hace que ya no sea una economía de mercado), con una reducción gradual de la inversión que evite el desempleo y por tanto el descontento popular.

Y por terminar este artículo como empezó, con la sabiduría popular del refranero español, utilizaré uno que describe bastante bien a las promesas vacías a las que nos están acostumbrando los chinos: “No es oro todo lo que reluce”.

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INTERREGNUM: Asia y la crisis de Qatar. Fernando Delage

La ruptura de relaciones diplomáticas con Qatar por parte de Arabia Saudí, Emiratos, Egipto, Bahrain y Yemen puede rehacer el mapa del Golfo Pérsico, con importantes consecuencias económicas y políticas más allá de Oriente Próximo. En el caso de Asia, países de población musulmana como Malasia, Indonesia o Pakistán, tendrán que esforzarse para no verse atrapados en la lucha de poder en la región. Mayores implicaciones puede tener la crisis para China, dado el volumen de su comercio e inversiones con las dos partes partes enfrentadas, así como su creciente proyección diplomática en la zona.

A priori el impacto parece más político que económico. El aislamiento diplomático de Qatar empuja a éste hacia Irán, Turquía y Rusia, agravando la polarización regional y debilitando el Consejo de Cooperación del Golfo (al que pertenecen las seis monarquías locales: Arabia Saudí, Emiratos, Qatar, Kuwait, Omán y Bahrain). Décadas de infiltración y de apoyo financiero saudí en el mundo islámico hacen más difícil para muchos Estados mantenerse al margen de la disputa. Para algunos, el momento no puede ser más desafortunado: el ministro de Asuntos Exteriores de Malasia, por ejemplo, visitó Qatar hace sólo unas semanas con la intención de reforzar las relaciones bilaterales.

Para Pakistán el dilema es aún mayor. En 2015, para sorpresa de Riad, el Parlamento rechazó la petición saudí de participar en la operación en curso en Yemen. Cuando, dos años más tarde, los saudíes solicitaron a Pakistán que el exjefe de las fuerzas armadas, el general Raheel Sharif, asumiera el mando de la alianza liderada por Riad, Islamabad no pudo negarse. El gobierno paquistaní se justificó indicando que Sharif utilizaría su posición para mediar entre Arabia Saudí e Irán, pero sus relaciones con Teherán se han agravado con rapidez y la violencia se ha incrementado en la frontera con la República Islámica. La visita a Riad del primer ministro Nawaz Sharif hace quince días es un reflejo de su difícil posición: el número de trabajadores paquistaníes en Arabia Saudí y Emiratos supera los tres millones, y sus remesas suponen 8.000 millones de dólares al año (las cifras son apenas significativas en el caso de Qatar), pero Islamabad no puede permitirse un enfrentamiento con Teherán y Ankara incorporándose a una “cuasi-alianza” Washington-Riad.

La crisis en el Golfo puede, por otra parte, complicar la ejecución de la Nueva Ruta de la Seda propuesta por China. Además de que otros países puedan sumarse al boicot impuesto por Arabia Saudí, Pekín teme que, para desestabilizar Irán, Riad extienda sus movimientos a Baluchistán, provincia paquistaní clave para la iniciativa china. El alineamiento de Washington con Arabia Saudí y Emiratos puede, por lo demás, crear nuevas presiones diplomáticas sobre la República Popular. China es el mayor socio comercial de Qatar y se encontraba negociando un acuerdo de libre comercio con el Consejo de Cooperación del Golfo antes de que estallara la crisis. Qatar es el segundo suministrador de gas natural a China, y Arabia Saudí su tercer suministrador de petróleo. A partir de de 2010, China sustituyó a Estados Unidos como mayor exportador a Oriente Próximo, y primer importador de recursos energéticos de la región.

Durante la reciente visita a Pekín del rey Salman de Arabia Saudí, ambos gobiernos acordaron una “asociación estratégica” bilateral. Además de contratos por valor de 65.000 millones de dólares, los dos países firmaron un acuerdo en materia de seguridad por cinco años, que incluye la lucha contra el terrorismo y maniobras militares. Nada de ello parece incompatible con la privilegiada relación que China mantiene con Irán. Durante su visita a Teherán en enero del año pasado, el presidente chino, Xi Jinping, y su homólogo Hasan Rouhani fijaron el objetivo de que el comercio bilateral alcance nada menos que 600.000 millones de dólares en el plazo de una década, la mayor parte en relación con la Ruta de la Seda. Desde 2016, ambos países intercambian mercancías a través de una línea ferroviaria directa que cruza Asia central, y que en pocos años se transformará en una conexión de alta velocidad que llegará hasta Turquía. Tanto Teherán como Ankara—ya se mencionó—, apoyan a Qatar. Como China empieza a descubrir, el avispero de Oriente Próximo puede condicionar los planes de las grandes potencias.

laberinto

Show me the Money. Juan José Heras.

China lleva desde 2013 publicitando la vertebración de buena parte del planeta a través del desarrollo de Infraestructuras y Corredores Económicos enmarcados dentro de la nueva Ruta de la Seda (BRI), cuyo objetivo principal sería conectar comercialmente Europa y Asia.

Pese a que existen otras iniciativas internacionales para la integración comercial y el desarrollo de infraestructuras (INSTC, TAPI, UEE), la BRI acapara casi toda la atención al estar respaldada por la gran capacidad de financiación china y tener un alcance global que incluye a más de 60 países.

Sin embargo, las cuentas no salen, ya que la cantidad de inversión necesaria para llevar a cabo esta iniciativa excede ampliamente las capacidades financieras de Pekín, que se ha visto obligado a lanzar una campaña publicitaria sin precedentes en busca de capital privado y el apoyo de otros gobiernos. Pero estos inversores son reticentes a participar en proyectos con un retorno dudoso y a muy largo plazo, debido principalmente a la escasa actividad comercial y la falta de seguridad de muchos de los países comprendidos en la BRI. Asimismo, haciendo números se llega a la conclusión de que la BRI tampoco va a solucionar, como se dice habitualmente, los problemas de sobrecapacidad industrial que afronta China y que requieren un cambio de modelo económico.

Por ello, los avances más significativos en BRI se observan en aquellos corredores donde China está financiando directamente la ejecución de los proyectos que más afectan a sus intereses. En este sentido, destacan el Corredor Económico ente China y Pakistán (CPEC), la integración regional del Sureste Asiático y la Ruta Marítima de la Seda (RMS).

El CPEC tiene una consideración estratégica al garantizar la seguridad energética china mediante vías alternativas a las actuales rutas marítimas. Asimismo ofrece una salida al mar a la conflictiva región de Xinjiang que Pekín espera que contribuya a su desarrollo económico y con ello a reducir el sentimiento independentista de esta provincia.

Por su parte, el desarrollo de las infraestructuras de los países del Sureste Asiático favorecerá sus relaciones comerciales con las empobrecidas provincias del sur de China, como por ejemplo Yunán, que aspiran a convertirse en centros industriales y exportadores de la región. Esto enlaza con la deslocalización industrial que Pekín está llevando a cabo en estos países como parte de sus reformas estructurales para convertirse en una economía moderna.

Por último, la Ruta de la Seda Marítima incluye el establecimiento de una serie de puertos a lo largo del Índico que podrían tener  fines mas allá de lo estrictamente comercial, contribuyendo a la mejora de sus capacidades marítimas militares que permitan a China situarse como una potencia a nivel mundial. Esto preocupa EE.UU. que vigila de cerca el desarrollo de estos proyectos.

Por tanto, parece que la BRI, esa hermosa iniciativa que según el folleto publicitario busca eliminar las barreras comerciales y estrechar los lazos entre los pueblos, solo se está concretando en aquellos casos que tienen un interés estratégico por su proximidad geográfica, su seguridad energética o su ascenso como potencia militar.

Sin embargo, Pekín no renuncia a poner el sello de “Ruta de la Seda” como garantía de autenticidad a cualquier proyecto financiado por otros gobiernos o empresas privadas que contribuya alimentar la grandeza de esta iniciativa y a consolidar la marca BRI.

Give way

China pide paso

China está consumando estos días un paso más en su estrategia de ocupar un lugar cada  vez más importante en la escena mundial y convertirse en un imprescindible actor político, económico y cultural. El mapa geopolítico mundial, incluso el que se diseña desde Occidente, no volverá a ser el mismo de hace unos pocos años y deberá tener a China en un lugar determinante.

La recuperación de la idea de la Ruta de la Seda como proyecto de impulso de China a escala global prevé una inversión de 900.000 millones de euros para resucitar y construir (o modernizar) las infraestructuras que unen Europa, Asia y África. Detrás de este proyecto hay muchas cosas y no es la menos importante la de concurrir en escenarios estratégicos más allá de la cuenca del Pacífico y la afirmación de soberanía en aquellas zonas. Todo apunta a que las repúblicas centro asiáticas verán una cada vez mayor presencia china y que las inversiones en África se verán más fortalecidas y protegidas desde el punto de vista de los intereses nacionales chinos. La presentación oficial en sociedad del proyecto con la presencia de los máximos dirigentes de una treintena de países muestra la importancia que el Gobierno de Pekín concede a esta estrategia.
España, como muchos países europeos, aspira a recibir contratos de construcción de infraestructuras y ese ha sido el eje de los discursos pronunciados por el presidente Mariano Rajoy en el marco de la puesta de largo del plan chino. No se sabe si eso llevará a España a dotarse de una estrategia asiática que hasta ahora ha estado ausente más allá de algunas líneas de actuación aisladas. Todo un reto para el Ministerio de Asuntos Exteriores obligado,  por una parte, a integrar en su estrategia general el papel ascendente de China y, paralelamente, a impulsar, proteger y facilitar el creciente interés de España y sus empresas en participar en economías al alza.
trafico obor

INTERREGNUM: El sueño asiático de China

Desde hace ya unos años, sinólogos del mundo entero dedican buena parte de su atención a intentar desentrañar las intenciones de Pekín tras el proyecto de la Nueva Ruta de la Seda, anunciado por el presidente Xi Jinping en el otoño de 2013. Mientras para unos la “Belt and Road Initiative” (BRI en sus siglas en inglés) responde a las necesidades de la economía china, para otros se trata de un plan orientado a consolidar a la República Popular como potencia central en el continente asiático. Los primeros apuntan al imperativo de buscar un nuevo motor de crecimiento y dar salida al exceso de capacidad industrial y financiera. Los segundos hacen hincapié en la voluntad china de reconfigurar la dinámica geopolítica de la región y minimizar la posición ocupada por Estados Unidos desde el fin de la segunda guerra mundial.

Las implicaciones estratégicas de la iniciativa son negadas por Pekín, aunque serían una consecuencia inevitable de su realización. Pero con independencia de sus propósitos iniciales, BRI aparece básicamente como un concepto en el que coinciden a un mismo tiempo la diplomacia económica china y sus intereses de seguridad. La ambición y sofisticación de la propuesta tiende, no obstante, a ocultar los considerables riesgos y obstáculos a su ejecución.

El tipo de problemas a los que Pekín comienza a encontrarse aparecen bien descritos en el fascinante libro del periodista y analista económico Tom Miller, “China’s Asian Dream: Empire Building along the New Silk Road” (Zed Books, 2017). Resultado de su investigación sobre el terreno a lo largo de varios años, su libro combina su talento como reportero, con docenas de entrevistas y un análisis sistemático, país por país, de las acciones chinas y de la reacción que están provocando sus inversiones.

En Asia central, en el Océano Índico y en el sureste asiático, un mismo patrón se repite: países en desarrollo que quieren—y necesitan—el capital chino para corregir un déficit en infraestructuras que limita sus oportunidades de crecimiento, temen a la vez las consecuencias de una excesiva dependencia de Pekín. La preferencia china por sus empresas públicas y trabajadores, su desinterés por las cuestiones medioambientales, y el grado de control que exige sobre sus proyectos, se han convertido en una variable de la dinámica política local. De Kazajstán a Laos, de Camboya a Bangladesh, pasando por Sri Lanka y Myanmar, India, Pakistán y Vietnam, Miller nos acerca a una región en plena transformación con un extraordinario nivel de detalle, confirmando algunas conclusiones a las que sería díficil llegar mediante el examen de un único país. Aunque centrado en la Ruta de la Seda, Miller ha escrito un estupendo retrato del Asia de nuestro tiempo, y un poderoso correctivo a la frecuente sobrevaloración de las capacidades chinas.