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INTERREGNUM. Pekín en los Balcanes. Fernando Delage

El pasado 7 de julio, el primer ministro chino, Li Keqiang, se reunió en Sofía con sus 16 socios de Europa central y oriental (PECOS) para su séptima cumbre anual. Desde su formación en 2012, el grupo (conocido como “16+1”) se ha convertido en un instrumento para la penetración china en Europa, a través de los Estados menos desarrollados del Viejo Continente, así como de los todavía candidatos a la adhesión. Hay analistas que consideran el formato como un medio para dividir a la Unión Europea, creando una especie de dependencia de China para los PECOS. Los hechos no dan motivos para tal conclusión, aunque no deben perderse de vista algunos de sus efectos políticos.

De la alarma externa por el nacimiento del grupo se ha dado paso en la actualidad a un creciente escepticismo entre los propios participantes europeos. Las “inversiones” que esperaban son más bien préstamos de la banca pública china, que habrá que devolver —con sus intereses— pese a la discutible rentabilidad de muchos de los proyectos planificados. El temor al endeudamiento y las dudas sobre la fiabilidad técnica de varios de esos proyectos, están en el origen de una cierta decepción que se ha hecho visible en el encuentro en la capital búlgara. El desfase entre la retórica de reuniones anteriores y la realidad que parece asumirse hoy no deja de ser, sin embargo, una consecuencia de la falta de transparencia sobre los objetivos del grupo.

Aunque se trata de una fórmula multilateral, es una estructura bajo la cual Pekín persigue sus intereses de manera bilateral, en particular con aquellos países con marcos regulatorios más débiles —o directamente opacos— para la inversión exterior. Esto explica quizá que los cinco miembros que aún no pertenecen a la UE (Albania, Bosnia, Macedonia, Montenegro y Serbia) reciban la mitad de las inversiones chinas en infraestructuras del total de los 16. Pekín habrá consolidado su presencia en ellos una vez que se produzca su incorporación a la Unión.

Con todo, si los PECOS —a los que China dirige apenas el 10 por cien del total de sus inversiones en el continente— tienen importancia para la República Popular es porque ocupan el espacio a través del cual la Ruta de la Seda llega a Europa occidental. Es en esta última donde se encuentran los mercados de alto nivel adquisitivo y las empresas tecnológicas prioritarias para Pekín. Su control del puerto de El Pireo, o su apoyo al tren Belgrado-Budapest, entre otros esfuerzos, responden a esa lógica de interconexión que contribuirá a facilitar los intercambios comerciales y financieros entre la República Popular y la UE.

Con todo, más allá de los intereses económicos, deben tenerse asimismo en cuenta las implicaciones políticas del acercamiento chino. Hace ahora dos años, Hungría, Croacia y Grecia obligaron a “dulcificar” el lenguaje de la declaración comunitaria sobre el fallo del Tribunal Permanente de Arbitraje que negó los argumentos de Pekín sobre su soberanía sobre las islas del mar de China Meridional. Más recientemente, ya se trate de derechos humanos, de la supervisión de las inversiones chinas, o de las dificultades de acceso a su mercado, varios de estos Estados miembros —Hungría normalmente al frente— suelen bloquear toda posición europea crítica con Pekín.

Pero de nada sirve preocuparse por la influencia china si la República Popular ofrece a los PECOS lo que éstos no parecen encontrar en otros socios o instituciones. La próxima cumbre bilateral de la UE con China, y el documento estratégico sobre interconexión en Eurasia —que se espera adopte el Consejo Europeo en octubre— deberían permitir avanzar en un enfoque de conjunto, que identifique en mayor detalle los intereses del Viejo Continente en su relación con Pekín y —casi más importante— proporcione los instrumentos y las estrategias para defenderlos. (Foto: Flickr, Lola Aguilera)

OBOR

THE ASIAN DOOR: La nueva Ruta de la Seda incorpora a las Tech chinas. Águeda Parra

 

Si tuviéramos que elegir aquel proyecto que está ayudando más a que China se posicione en un lugar destacado en la esfera global ése sería la nueva Ruta de la Seda. Concebida como una iniciativa global e integradora de la que participan actualmente 68 países, responde a la visión holística del gigante asiático de conseguir un entorno de prosperidad, de despliegue de nuevos mercados de exportación y de avances tecnológicos que ayudarán a que China se convierta en una potencial global.

La Ruta se conoce más comúnmente como la iniciativa OBOR (One Belt One Road) y es la muestra más clara de cómo Xi Jinping está adoptando un perfil alto en las cuestiones geopolíticas y geoestratégicas que atañen a China, a diferencia de anteriores dirigentes chinos como Deng Xiaoping que preferían mantener un perfil bajo en cuestiones de política exterior. Como parte del “sueño chino”, la iniciativa forma parte del XIII Plan Quinquenal (2016-2020), además de haberse incluido una referencia del colosal proyecto de infraestructura en la constitución del Partido.

Conocida como la iniciativa del siglo, OBOR pretende unir China con Europa a través de seis corredores terrestres denominados Silk Road Economic Belt (Cinturón Económico de la Ruta de la Seda), y una ruta marítima, conocida como 21st-Century Maritime Silk Road (Ruta de la Seda Marítima del siglo XXI). El objetivo de China no es sólo aumentar su influencia política en los países por donde discurre la Ruta y mantener la estabilidad en sus fronteras oeste y sur, sino mejorar la calidad de vida de las personas que viven en esas regiones y abrir nuevos mercados de exportación para los productos chinos.

Los 68 países que agrupa la nueva Ruta de la Seda representan una población de 4.400 millones de personas, el 70% de la población mundial, y un tercio de la producción económica mundial. Después de los primeros cinco años desde que Xi anunciara la iniciativa, el aumento del volumen de los flujos comerciales ya es apreciable en ambos sentidos, registrando un incremento del 19,4% en el primer trimestre de 2018 respecto al mismo período del año pasado, alcanzando los 287.300 millones de dólares.

En esta primera fase del proyecto, están empezando a estar operativas varias infraestructuras emblemáticas, como el puerto de Gwadar en Pakistán y el puerto de El Pireo en Grecia, a la que se suman muchas otras obras de ingeniería por toda Asia Central donde destaca la voluntad de China de invertir en fuentes renovables. Mientras muchos otros proyectos se suman a la iniciativa en esta fase, principalmente centrada en mejorar el transporte y las comunicaciones, comienza una segunda etapa donde será clave el desarrollo de los sectores del e-commerce, salud, educación y servicios financieros, en un ciclo donde se van sucediendo estas dos etapas a medida que se incluyen nuevos proyectos hasta que la iniciativa finalice en 2050.

En esta segunda fase de OBOR es cuando entran en escenas las otras grandes iniciativas lanzadas por China, como el Made in China 2025, Healthy China 2030 y el desarrollo de las FinTech como parte del proceso de globalización de China. En este ámbito es donde las grandes tecnológicas chinas están jugando un papel muy importante participando activamente con los países OBOR en el fomento del sector privado. De la mano de los colosos tecnológicos Alibaba, Tencent y JD.com, principalmente, está llegando la revolución digital a países con bajos Índices de Desarrollo Humano. Es el caso de la adquisición por parte de Alibaba de Daraz, empresa de e-commerce de Pakistán, propietaria de plataformas marketplace online por toda Asia del Sur. En Bangladesh, otro de los países OBOR, Alibaba adquiría a través de Ant Financial, matriz de Alipay y la mayor FinTech del mundo, el 10% del proveedor de servicios financieros móviles bKash, mientras que en Pakistán se hacía con el 45% del Banco Telenor Microfinance, que a su vez es propietario de Easypaisa, la mayor plataforma de servicios financieros digitales en Pakistán.

De los corredores que contempla OBOR, el Nuevo Puente Terrestre Euroasiático que conecta China con Europa por vía férrea es la opción elegida por JD.com para repartir los productos que se cargan en el puerto de Hamburgo, Alemania, entre los minoristas online que quieren vender en China. Tras un recorrido de 10.000 kilómetros, el China Railway Express llega a la provincia de Shaanxi utilizando una ruta un 80% más barata que la opción de transporte aéreo, y 35 días más rápida que si utilizara las rutas marítimas.

La economía digital forma parte de la nueva Ruta de la Seda, y China cuenta con los beneficios que reportarán tanto las obras de infraestructuras contempladas en la iniciativa como las que procedan de los sectores tecnológicos para profundizar en el proceso de globalización del país. Todavía no se conoce en detalle los beneficios de esta nueva visión de la Ruta, pero cuando se conozcan, serán tan colosales como las cifras que se manejan en el despliegue de infraestructuras de OBOR.

seda espana

Evento: Presentación del Instituto Seda España. Gema Sánchez.

El 19 de junio se presentó en Madrid el Instituto Seda España (ISE), una entidad privada que nace con el propósito de estrechar los lazos entre el medio centenar de países por donde transcurren los trazados marítimos y terrestres de la histórica y de la Nueva Ruta de la Seda. Este acercamiento puede abrir múltiples oportunidades, entre otras, el desarrollo del turismo cultural que, en el caso de España, cuenta con Valencia como ciudad de destino del mítico recorrido.

El evento estuvo presidido por Federico Mayor Zaragoza, en su calidad presidente de honor, al que acompañaron José María Chiquillo, responsable de la Plataforma On Line Ruta de la Seda Unesco y Francesc Colomer, secretario de Turismo de la Generalitat Valenciana. La presentación oficial del ISE corrió a cargo de su presidente, Fernando Molina, responsable del Silk Spain Travel, y como vicepresidente Enrique Gaspar, que a su vez dirige la Asociación Nexos-Alianza.

Al acto asistieron varios representantes del cuerpo diplomático de países de la Ruta de la Seda, el Presidente de Segittur, Fernando de Pablo Martín, la Embajadora para la Alianza de Civilizaciones, Belén Alfaro y el Embajador de España para Asia Central del Ministerio de Asuntos Exteriores, Manuel Larrotcha.

El nuevo Instituto busca equilibrar los intereses públicos y privados y favorecer el intercambio de ideas y contenidos  en el entorno del mundo de la seda. Fernando Molina desglosó las áreas de actividad en las que centran su esfuerzo, de las que señaló la importancia de las nuevas tecnologías, la inteligencia turística, la ruta inteligente, la transversalidad de las propuestas y la relación público-privada del ISE.

Enrique Gaspar, responsable de contenidos, comunicación y relaciones culturales del ISE, señaló una serie de proyectos concretos como una serie para televisión sobre la Nueva Ruta de la Seda, coproducciones cinematográficas (por ejemplo una película entre Kazajistán y España), conciertos con Eduardo Paniagua y orquestas de la Comunidad Valenciana, exposiciones, intercambio de estudiantes con sistemas de becas entre universidades de las regiones sederas de España, ciencia e investigación, etc. También se anunció la próxima presentación del nuevo Instituto en la Comisión Europea en Bruselas y en el Foro Global de Alianza de Civilizaciones, en noviembre, en la sede de Naciones Unidas en Nueva York.

Valencia tuvo un especial protagonismo en la presentación, dada su condición de Ciudad de la Seda, tal y como recordó en su intervención el secretario de Turismo de la Generalitat Valenciana, Francesc Colomer, que aludió al valor patrimonial de la Lonja, el Colegio Mayor de la Seda, así como los beneficios que esto conlleva para el prestigio, la imagen y el turismo de la ciudad de Valencia y por extensión del resto de la Comunidad. La Ruta de la Seda favoreció los intercambios comerciales y culturales entre distintas civilizaciones y no se puede olvidar que Valencia tiene entre sus iconos más representativos productos que vinieron del extremo Oriente, como el arroz o la propia seda con la que se confeccionan los trajes tradicionales.

Durante la sesión, se proyectaron unos vídeos promocionales con imágenes de la diversidad y riqueza de las civilizaciones unidas por la ruta, subrayando el patrimonio histórico y cultural de Valencia. El acto también sirvió para la entrega de premios al reconocimiento de la labor profesional de quienes habían contribuido al impulso del Instituto desde diversas perspectivas.

Emperadorrr

Érase una vez… Juan José Heras

Érase una vez un gran líder chino que decidió cargar sobre sus espaldas la titánica tarea de convertir a su país en una potencia mundial. Para ello, les pidió a sus conciudadanos confianza plena en sus decisiones, que implicaban sacrificios como la aceptación de un mayor control sobre internet, sus viajes, sus compras, sus empresas y en general, sus propias vidas. Pero es que él, y solo el, sabía lo que realmente era bueno para ellos.

Sus súbditos, unos más convencidos que otros, obedecieron, ya que para ellos era más importante mejorar su condiciones de vida que estrenar unas libertades desconocidas y que, según decían algunos, podrían sumir en el caos a un país habituado a la tutela de sus gobernantes.

Entonces, el gran líder habló con los pequeños líderes de los países vecinos para explicarles cómo debían gestionar algunos asuntos que en el pasado habían enfrentado a sus pueblos. Les “convenció” de que lo mejor era que China se encargase de controlar los mares adyacentes y las cadenas de islas cercanas, ya que todo eso había pertenecido desde siempre a su país. Además, les prometió carreteras, puentes y centrales energéticas para desarrollar sus países y poder así comprar los productos chinos. Por último les mostró que ese amigo lejano (EE.UU.), que en otro tiempo les había prometido protección, ya no era de fiar, y que no vendría en su auxilio si, por cualquier motivo incomprensible para la razón humana, desafiaban la autoridad del emperador.

Para “ayudar” a los pueblos bárbaros más alejados del imperio, China puso en marcha la iniciativa de la “nueva ruta de la seda” con la que pretendía conectar Europa y Asia comercialmente. Prestó mucho dinero a estos países a cambio de que lo utilizasen en contratar a las empresas del emperador para construir autopistas, puentes, líneas ferroviarias, centrales energéticas y polos industriales. Pero la mayoría de ellos no pudieron hacer frente a sus préstamos y el imperio tuvo que asumir su tutela política y económica para impulsar el desarrollo en el continente.

Mucho más lejos de la civilización se encontraban los europeos, que en un pasado reciente habían tenido la fortuna de descubrir magias de guerra muy poderosas que les permitieron humillar al Imperio del Medio durante 100 años. El nuevo emperador sabía que todavía  necesitaba hacerse con esa magia para volver a ser el único interlocutor reconocido bajo el cielo. Por eso elaboró un plan para atraer a China a los hechiceros europeos. Primero les ofreció la posibilidad de utilizar la abundante mano de obra barata del imperio para fabricar sus hechizos más baratos. Posteriormente, cuando los súbditos chinos tuvieron dinero para comprarlos, el emperador ofreció a los magos extranjeros acceso a su mercado interno a cambio de la fórmula secreta de algunos de ellos. Pero los europeos todavía guardaron para ellos la magia más vanguardista y poderosa.

Durante décadas, el astuto emperador aguardó agazapado bajo eternas promesas de liberalización del mercado y avances en el respeto de los derechos humanos, dando la impresión de que su imperio se desarrollaría de acuerdo al modelo occidental. Hasta que un día, los frágiles sistemas de gobierno democrático de estos pueblos bárbaros comenzaron a resquebrajarse con independentismos, corrupción no planificada y la reivindicación de libertades utópicas envenenadas por la ignorancia que florece en las sociedades acomodadas. Entonces el emperador, aprovechando las sucesivas crisis económicas que asolaron el viejo continente, consiguió hacerse con esa magia puntera que hasta ese momento marcaba la diferencia entre ellos.

Con el paso del tiempo China fue acumulando influencia política gracias a su capacidad económica, consiguió mejorar la mejor de las magias europeas y multiplicó su potencial bélico, que, construido durante varias décadas, se convirtió en su mejor garantía ante el incumplimiento de las viejas promesas, que ya solo respetaría para aquellos países que demostrasen su condición de buenos vasallos.

Hasta aquí la historia de cómo China recuperó en el siglo XXI el lugar que le correspondía, esto es, el centro del mundo. Y al igual que en su momento parecía imposible que EE.UU. perdiera su hegemonía mundial, ahora es impensable que se derrumbe el imperio asiático.

Sin embargo, en todos los imperios (y en todas las empresas), los peores enemigos están dentro. Y quien sabe si las nuevas generaciones, que ya no tengan necesidad de mejorar sus condiciones de vida, comenzarán a exigir libertades y derechos que, llevados al extremo resucitarán los fantasmas del independentismo, la corrupción no planificada, y la desafección hacia las clases políticas que, en otro tiempo provocaron la caída de la vieja Europa. Eso sí, en este caso, todo será con “características chinas”.

CHINA Horizontal

China a debate

4Asia celebra esta semana su segundo debate tras el realizado el pasado diciembre sobre Corea del Norte. En aquella ocasión vivíamos en medio de la posibilidad de un enfrentamiento militar, ahora, con algunas dudas, el escenario previsible es una mesa de debate.

En esta ocasión, 4Asia ha convocado a colaboradores y expertos para analizar el protagonismo de China en la escena internacional, sus orígenes, su evolución, su futuro y cómo va a condicionar este escenario. Sin renunciar al comunismo, antes bien reafirmándolo, sin abandonar sino reforzando su estructura estatal autoritaria y su sistema de toma de decisiones, China ha desregulado su mercado interior, ha desempolvado un discurso de libre comercio y hace décadas está en un proceso de crecimiento económico, con contradicciones, pero sostenido, que está permitiendo un aumento del bienestar interno y una presencia exterior creciente incluida la compra de deuda de los principales países occidentales.

Paralelamente a esto, China está modernizando y reforzando su capacidad militar, remodelando sus alianzas regionales, actuando como padrino-intermediario en el conflicto coreano y asomando su influencia en Oriente Próximo.

No reconocer el creciente protagonismo chino y no incorporarlo a la toma de decisiones a escala internacional sería irresponsable y nosotros tenemos la obligación y la necesidad de analizarlo. Por eso invitamos a nuestros lectores a acompañarnos este viernes en Madrid para hablar de todo esto y analizarlo juntos. Allí nos veremos.

20180102 2018 Delage

INTERREGNUM: Asia en 2018. Fernando Delage

El final de un año y comienzo de otro es momento de recapitulación, pero también de pronósticos sobre el futuro inmediato. Mirando hacia atrás, cinco grandes asuntos han sido objeto de esta columna a lo largo de 2017, y continuarán atrayendo la atención durante el nuevo año.

Corea del Norte es, en primer lugar, la más inmediata amenaza a la estabilidad regional y, por ende, del planeta. La tensión en la península ha ido en aumento como consecuencia de las ambiciones nucleares de Pyongyang, a las que no cabe esperar renuncie. La necesidad de legitimidad interna del régimen —una dinastía comunista en un Estado cuasifallido—, y la transformación del equilibrio entre las grandes potencias crean un escenario de enorme complejidad en el que se multiplican los riesgos de conflicto.

La retórica hostil del presidente de Estados Unidos no ha contribuido a una solución diplomática, como tampoco parecen haber funcionado las esperanzas puestas por Trump en la ayuda de Pekín para encauzar el problema. China, como es lógico, juega sus propias cartas en defensa de sus intereses. Al no sentirse amenazada por Corea del Norte, avanza en su estrategia de ascenso dirigida a reconfigurar a su favor el orden regional. Es una cuestión que no puede entenderse por tanto al margen de su iniciativa de la Ruta de la Seda, segundo gran tema del año.

La presencia en Pekín, en mayo, de representantes de más de 130 países, incluyendo 30 jefes de Estado, en el primer foro sobre la Ruta de la Seda, confirmó el atractivo global de los incentivos económicos chinos, en una muestra de liderazgo internacional que contrastaba con el creciente aislamiento de Estados Unidos, puesto de manifiesto por el abandono del Acuerdo Transpacífico (TPP), firmado por la administración anterior. Los discursos del presidente chino, Xi Jinping, en Davos en enero, y en Pekín, en octubre, con ocasión del XIX Congreso del Partido Comunista Chino, lanzaron el mensaje de una “nueva era” en la relación de la República Popular con el mundo exterior.

La atracción que despierta China no debe ocultar, sin embargo, un tercer asunto—el ascenso de India—del que también se ha dado cuenta en esta columna. La transformación del contexto regional sitúa a la mayor democracia asiática ante el reto de un profundo reajuste estratégico, coincidente con un primer ministro —Narendra Modi— dispuesto a corregir viejas inercias y situar a su país entre los grandes, vinculando su estrategia geoeconómica a los imperativos de la seguridad nacional.

India corrige, por otro lado, la percepción de la debilidad de la democracia en Asia. En el noreste asiático, Shinzo Abe volvió a revalidar su mayoría en unas nuevas elecciones anticipadas, mientras en Corea del Sur la destitución por corrupción de la presidenta Park Geun-hye y el posterior proceso electoral sirvieron para reforzar las instituciones. Es en el sureste asiático, no obstante, donde se está produciendo una preocupante regresión del pluralismo político, cuarto de los temas en que se ha hecho hincapié a lo largo del año. Al mantenimiento de un régimen militar en Tailandia, la constante persecución de sus opositores por el gobierno camboyano, y el escepticismo sobre la apertura de Myanmar—agravado por el drama de los rohingya—, se suman el peculiar estilo de gobierno de Rodrigo Duterte en Filipinas y los riesgos de islamización en Indonesia. Las elecciones en Malasia el próximo verano reafirmarán este fenómeno de líderes electos pero autoritarios.

Una consecuencia de este escenario es que el sureste asiático —aliados y socios de Estados Unidos incluidos— ha girado de manera creciente hacia China. La subregión es indicación pues de cómo en 2017 comenzó a percibirse —último asunto, aunque afecta a todos los demás— un cambio en la jerarquía del poder asiático. La resurrección del Diálogo de Seguridad Cuatrilateral (“Quad”) entre Estados Unidos, Japón, India y Australia a finales de año es una primera respuesta formal al ascenso de China, cuestión que seguirá definiendo por excelencia la evolución del panorama regional en 2018.

Fotografía: Kevin Farrell

Meccano

INTERREGNUM: Movimientos euroasiáticos. Fernando Delage

Con una atención occidental concentrada en otros asuntos, quizá más inmediatos pero menos relevantes para el mundo del futuro, las potencias emergentes de Asia continúan realizando movimientos en un tablero geopolítico cuya complejidad se acelera por días.

El 1 de diciembre se celebró en Sochi, Rusia, la cumbre anual de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS); la primera con la participación de India y Pakistán tras su adhesión formal hace unos meses. El 11 de diciembre, Rusia, India y China celebran en Delhi su encuentro trilateral anual a nivel de ministros de Asuntos Exteriores. Entre ambas fechas, en Irán—próximo candidato a la incorporación a la OCS—, el presidente Hassan Rouhani inauguró, el 4 de diciembre, la primera fase del puerto de Chabahar en la costa suroriental del país. ¿Hechos inconexos? En absoluto. Todos ellos son reflejo de una dinámica de competencia subregional que está reconfigurando la geografía económica y política de la mayor masa continental del planeta.

A unos 80 kilómetros de Gwadar—el puerto pakistaní que está desarrollando Pekín como elemento central de su Corredor Económico con Islamabad—, Chabahar se ha convertido en pieza clave de la estrategia euroasiática de Delhi. India ha invertido 500 millones de dólares en sus infraestructuras, y otros 1.600 millones de dólares para su conexión ferroviaria hasta Afganistán. Además de formar parte del Corredor Internacional Norte-Sur hacia Rusia, Chabahar ofrece a India una alternativa de interconexión continental que permite esquivar a su vecino Pakistán, de la misma manera que también Afganistán y las repúblicas de Asia central podrán contrarrestar su dependencia de Pakistán para su acceso marítimo. El interés indio por acercar el océano Índico a Eurasia central tiene, con todo, motivaciones de más largo alcance, relacionadas con sus temores sobre las ambiciones de Pekín.

Iniciativas chinas como la Nueva Ruta de la Seda están conectando el Pacífico y el Índico e integrando Eurasia, ampliando así su influencia política en espacios que estuvieron dominados, en otras épocas, por Occidente o por Rusia. El creciente liderazgo chino, parejo a la percepción regional de “retirada” de Estados Unidos, obliga a los actores locales a maximizar sus opciones. Tokio ha anunciado esta misma semana su “visto bueno” a la participación de empresas japonesas en la Ruta de la Seda, pero ve al mismo tiempo con sastisfacción cómo el concepto del “Indo-Pacífico”, cuyo origen puede atribuirse al primer ministro Shinzo Abe, se consolida para convertirse en la denominación que utiliza la administración Trump en sustitución del término anterior del “Asia-Pacífico”. También Delhi se ha sumado con entusiasmo a una definición de Asia que supone un reconocimiento de su peso estratégico, así como de la prioridad de sus intereses marítimos. Mayores dudas ha mantenido India tradicionalmente en relación con la Eurasia continental, pero Chabahar es, como se ha señalado, algo más que un incipiente paso para corregir ese desequilibrio.

La interdependencia al alza entre sus distintas subregiones hacen de Asia un escenario estratégico unificado. Al mismo tiempo, también hay indicios, sin embargo, de un claro riesgo de polarización económica y militar. No parece plausible que India permita a otra gran potencia negarle lo que considera como su dominio natural de Asia meridional y el océano Índico, como tampoco China va a renunciar al objetivo de su primacía en Asia oriental y el Pacífico occidental. Las piezas se desplazan con rapidez en la mesa de juego, mientras el actual ocupante de la Casa Blanca continúa tomándose su tiempo para mover ficha. (Foto: Gary Higgins, Flickr)

testigo

INTERREGNUM: ¿Cambio de testigo en Asia? Fernando Delage

¿Será noviembre de 2017 la fecha en que se certificó la sustitución de Estados Unidos por China en el liderazgo asiático? La sucesión de encuentros mantenidos en la región la semana pasada así parece apuntarlo. La cumbre de APEC en Vietnam, en particular, enfrentó de nuevo dos retóricas opuestas—la de Pekín y la de Washington—con una rotunda mayoría a favor de la primera.

No se trata de seguir el modelo chino. Pero es Xi Jinping quien abandera la defensa de la globalización y de una economía abierta, y quien impulsa una renovación de las fórmulas multilaterales. La República Popular es, por resumir, la gran potencia comprometida con los principios e instrumentos que necesitan las economías asiáticas para continuar creciendo. El discurso unilateralista de Trump, además de su innecesario tono hostil, no podía granjearle nuevos amigos. Como desde un principio resultaba previsible, “America first” sólo podía significar “America alone”. Estados Unidos ha decidido aislarse de los intereses que comparten los países de la región, con independencia de sus diferentes regímenes políticos o niveles de desarrollo. El acuerdo de principio logrado en Vietnam para rehacer el Acuerdo Transpacífico (TPP) a 11, es decir, sin Washington, es la más clara expresión del camino sin salida emprendido por Trump en su política comercial. China, por su parte, ha vuelto a demostrar su habilidad para utilizar foros como APEC para avanzar en la construcción de un nuevo orden regional, con ella en el centro.

Tampoco ofreció Trump la formulación de una política asiática que esperaban los observadores, más allá del mero concepto de un “Indo-Pacífico libre y abierto”. Quizá de vuelta en casa su administración ofrezca mayores detalles, incluyendo—se cree—un paquete de medidas dirigido a corregir el gigantesco déficit bilateral con Pekín. También podría resucitarse la fórmula del “Quad”, el cuadrilátero de democracias que ya propuso el primer ministro japonés, Shinzo Abe, hace diez años como elemento de equilibrio de una China en ascenso. Ha sido de nuevo Tokio, esta vez por boca de su ministro de Asuntos Exteriores, Taro Kono, quien en una entrevista a “Nikkei Asian Review” a principios de mes, propuso el establecimiento de un diálogo estratégico formal al más alto nivel entre Japón, Estados Unidos, India y Australia, con dos objetivos principales: asegurar la estabilidad del espacio marítimo regional, y articular una respuesta alternativa a la Ruta de la Seda china.

Washington parece haber “comprado” la idea japonesa. El escepticismo de Delhi y el rechazo de Australia por temer provocar a China, abortaron hace una década la iniciativa. Esta vez, India se ha mostrado a favor de cooperar “sobre todas aquellas cuestiones que favorecen sus intereses”, y también la ministra australiana de Asuntos Exteriores, Julie Bishop, ve con buenos ojos la propuesta. Pero, ahora como entonces, quedan algunas cuestiones por resolver. ¿Por qué está ausente otra importante democracia de la región, Corea del Sur? Y, sobre todo, ¿cómo se equilibra el hecho de que China se convierta en la principal variable del futuro económico de la mayor parte de los países de la región, y que algunos pretendan sumarse al mismo tiempo a una coalición diplomática contra Pekín? El polarizado debate que se está produciendo en Australia entre la comunidad diplomática y estratégica—escéptica sobre un mayor acercamiento a Pekín—y la económica y empresarial—defensora de lo contrario—es buen ejemplo de una dinámica que, al menos de momento, continúa favoreciendo a China y a sus esfuerzos por consolidar una esfera de influencia cada vez más amplia.

Samarcanda

El nuevo libro de las maravillas. Miguel Ors

La Ruta de la Seda es lo que en marketing se conoce como una supermarca. Es una idea clara (casi todo el mundo sabe a qué se refiere) y notoria (¿quién no ha oído hablar de ella?), que abriga una poderosa carga emocional: su mención evoca el lejano y misterioso Oriente, la sofisticación, la aventura… Finalmente, asociamos su existencia con una era de paz y prosperidad.

Sin embargo, como sucede a menudo, la realidad subyacente no está a la altura de su reputación. “Pocos asuntos históricos han suscitado tanta literatura a partir de tan escasa sustancia”, escribe el veterano corresponsal del Financial Times Philip Bowring en la New York Review of Books. Y cita la descripción que hace de ella la académica de Yale Valerie Hansen en La Ruta de la Seda: Una nueva historia: “una serie de senderos cambiantes y sin marcar, en medio de una vasta extensión de desiertos y montañas”.

“El viaje entre China y Samarcanda, el principal enclave de Asia central”, sigue Bowring, “era lento y azaroso, y el tráfico de productos modesto”. De hecho, el traslado por mar resultaba mucho más barato (siete veces, según los romanos) y estaba menos expuesto a las inconveniencias de las guerras o al capricho de las autoridades aduaneras.

En el último siglo y medio, el desarrollo de los motores de vapor y de explosión y la construcción de una extensa red ferroviaria en las repúblicas asiáticas de la URSS mejoraron la competitividad del transporte terrestre, pero para cualquier movimiento “desde el interior de China a Turquía o Irán, y no digamos ya a Europa, el tren es una alternativa pobre en comparación con el bajo coste del barco y la rapidez del avión”.

¿Por qué lanza Pekín una nueva Ruta de la Seda, compuesta por seis corredores que costarán una barbaridad? En la región faltan indudablemente infraestructuras y su construcción generará actividad. Es la magia de los multiplicadores keynesianos: si el sector público empieza a hacer caminos, canales y puertos, el privado deberá facilitarle cemento, palas y hormigoneras, lo que tirará de la inversión y el empleo. Pero esta lógica funciona cuando existe capacidad ociosa, como durante una crisis. En los Estados Unidos de los años 30 tenía mucho sentido abrir zanjas para cerrarlas luego, porque el país estaba lleno de empresarios paralizados por la incertidumbre.

Pero ese no es el problema de China. Si el Estado se mete a licitar grandes obras no creará oportunidades para sus ingenieros y sus albañiles. Estos simplemente dejarán de levantar torres de apartamentos para hacer autopistas o estaciones o lo que sea. Lo único que aumentará será la deuda soberana.

Así y todo, es posible que merezca la pena hipotecarse a cambio de impulsar la productividad de la economía, pero prever el retorno de las infraestructuras dista mucho de ser una ciencia exacta. En un artículo de 2005, Bent Flyvbjerg, Mette K. Skamris Holm y Søren L. Buhl analizaron 210 proyectos de 14 países y se encontraron con importantes desvíos respecto de la demanda prevista, que en el caso de dos ferrocarriles alemanes alcanzaban el 150%. Y eran alemanes…

Estos precedentes deberían invitar a la cautela, pero lo que mueve la política no es la estadística, sino la ambición. En una conferencia pronunciada en mayo, Xi Jinping jaleó las gestas de Zheng He, el almirante del siglo XV cuya flota propagó la influencia de la dinastía Ming por las costas de Indonesia, India, Somalia y Kenia. “Una vez más”, apunta Bowring, “Pekín se posiciona a sí mismo como el gobernante benévolo, al que rinden tributo sus vecinos menores a cambio de protección y amistad”.

Muchos chinos de buena voluntad quizás compren este ingenuo relato, pero la historia revela que los vecinos, por menores que sean, no reciben amistosamente a las potencias en expansión, aunque lo hagan bajo la misteriosa y sofisticada advocación de la Ruta de la Seda.

ejercito chino 3

Desmontando a Harry. Juan José Heras.

Dice el refranero popular que “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”. Y ese parece ser el caso con muchas de las consignas propagandísticas que lanza el Gobierno chino de forma periódica. Así, cada vez está más arraigada la creencia popular de que China va industrializar África y América Latina, al tiempo que vertebra Asia Central con las infraestructuras previstas en la nueva Ruta de la Seda.

En esta misma línea, parece haber calado la idea de que China ha modernizado su ejército hasta el punto de rivalizar militarmente con EE.UU., o que sus ingentes inversiones en tecnología e investigación la convertirán en la nueva cuna de la innovación mundial.

Sin embargo, los datos parecen contar una historia bien distinta, mostrando que tanto África como América Latina continúan siendo meros suministradores de materias primas. La aportación china en estos continentes se centra en la construcción de infraestructuras y no en la creación de zonas industriales, como publicita Pekín. Además, los numerosos MOU que firma con estos países, en la mayoría de los casos, no se traducen luego en proyectos concretos.

En este sentido, son los países del sudeste asiático los mejor posicionados para la pretendida deslocalización industrial China, gracias a su proximidad geográfica y su relevancia en asuntos regionales como por ejemplo el Mar Meridional.

Por otro lado, la nueva Ruta de la Seda, que promete corregir el déficit de infraestructuras en Asia Central, solo avanza de manera significativa en los trazados que tienen una consideración geoestratégica para Pekín. Y por mucho que aparezca en la prensa especializada, tampoco parece que esta iniciativa vaya a soluciona los problemas de sobrecapacidad del gigante asiático.

Respecto al ejército, es cierto que la modernización que se está llevando a cabo es impresionante, tanto en sus capacidades militares como en la organización de sus estructuras. Sin embargo, todavía están a años luz de EE.UU. tecnológicamente y carecen de personal capacitado para operar los últimos avances tecnológicos que incorporan los nuevos aviones de combate, buques de guerra o sistemas de comunicación.

En lo que se refiere a tecnología e innovación existe todavía una brecha importante entre China y occidente, que Pekín trata de reducir con sus inversiones en Europa y EE.UU. Conviene recordar que China se ha hecho “rica” gracias al comercio y a la aplicación de unos estándares laborales y medioambientales inaceptables para occidente, pero innovar requiere una buena dosis de iniciativa e imaginación que, cuanto menos, son cuestionables en un régimen Estado-Partido como el chino.

En la otra cara de la moneda están los que piensan que la enorme deuda que acumula China hundirá al país en una crisis económica, que estallará la burbuja inmobiliaria, y que no serán capaces de llevar a cabo el cambio de modelo económico en el que están inmersos.

Pero tampoco parece que esta línea catastrofista tenga visos de realidad, puesto que en una economía controlada como es la china, la deuda del Gobierno es con los bancos estatales, controlados  también por Pekín. Esto les brinda un margen considerable para contemporizar la aplicación de las reformas necesarias para convertirse en una economía de mercado “con características chinas” (lo que hace que ya no sea una economía de mercado), con una reducción gradual de la inversión que evite el desempleo y por tanto el descontento popular.

Y por terminar este artículo como empezó, con la sabiduría popular del refranero español, utilizaré uno que describe bastante bien a las promesas vacías a las que nos están acostumbrando los chinos: “No es oro todo lo que reluce”.