Dos semanas antes de la visita a Pekín del presidente de Estados Unidos, prevista del 31 de marzo al 2 de abril, y primera de las cuatro reuniones contempladas con su homólogo Xi Jinping en 2026, Trump ha sugerido posponerla un mes. Aunque la intervención norteamericana en Venezuela y la guerra en Irán —países socios de China— podían haber justificado la cancelación del viaje, el gobierno chino optó por mantenerlo. Es evidente, en cualquier caso, cuánto ha cambiado el contexto desde el encuentro anterior entre ambos líderes en Busan (Corea del Sur) el pasado octubre. En aquella ocasión, Trump y Xi acordaron una tregua comercial de un año, en respuesta al interés compartido por ganar tiempo y prevenir un agravamiento de la competición entre las dos potencias. La agenda ha cambiado desde entonces y, con ella, la expectativa sobre un pacto bilateral de gran alcance.
Para la actual Casa Blanca, China es ante todo un problema de orden económico, como se desprende de dos documentos sucesivos. La Estrategia de Seguridad Nacional, publicada en diciembre, abandonó la descripción de la República Popular como rival (término empleado durante el primer mandato de Trump). La Estrategia de Defensa Nacional, anunciada en enero, ni siquiera mencionó a Taiwán, la cuestión más relevante en las relaciones bilaterales, como reiteró hace unos días el ministro chino de Asuntos Exteriores, Wang Yi. Mientras en su discurso Trump minimiza las críticas para buscar un entendimiento global con Pekín (de ahí sus guiños sobre un G2), sus acciones revelan la intención de reducir la dependencia de las tierras raras de la República Popular y —en términos más generales—, de minimizar la influencia económica y diplomática china.
Los esfuerzos de los líderes chinos se orientan por su parte a evitar sorpresas a largo plazo, según se desprende de la reunión anual de la Asamblea Popular Nacional, concluida el pasado miércoles. Con la aprobación formal del XV Plan Quinquenal (2026-2030), el mensaje que transmiten es claro: el fortalecimiento de la economía interna y de la autosuficiencia tecnológica es una decisión estratégica, motivada por razones de seguridad nacional. Conscientes desde hace años de la vulnerabilidad causada por la dependencia de recursos y mercados del exterior, el conflicto en el Golfo Pérsico no ha hecho sino confirmar la urgencia de sus prioridades. Asegurar las cadenas de suministro e impulsar el consumo interno y las industrias avanzadas, incluyendo semiconductores e inteligencia artificial (la “Iniciativa IA Plus”, por ejemplo, prevé integrar la IA en el 90 por cien de la economía nacional hacia 2030), son objetivos que permitirán un entorno favorable a un crecimiento “de alta calidad”, además de contrarrestar sanciones y posibles medidas ofensivas norteamericanas. El Plan contempla un aumento anual del siete por cien de la inversión en I+D durante el próximo lustro, y que el consumo energético procedente de fuentes renovables se incremente al 25 por cien (en 2025 fue del 21,7 por cien).
Tanto Trump como Xi acudirán debilitados a su encuentro cuando se produzca. El Tribunal Supremo de Estados Unidos ha desautorizado la política arancelaria del primero, a la vez que la agresión contra Irán ha sembrado el caos en Oriente Próximo y en los mercados mundiales sin que quepa identificar una estrategia favorable a los intereses norteamericanos. Por su parte, Xi reconocerá las desventajas que ha provocado su acercamiento a determinados adversarios de Washington, pero necesita petróleo y rutas marítimas abiertas. Los dos desean llegar a algún tipo de acuerdo antes de que la guerra y las tensiones comerciales les creen aún mayores problemas económicos. Pekín posee al menos algo de lo que esta Casa Blanca carece: paciencia y pragmatismo.




