El encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping no va a ser, como es obvio, exclusivamente un repaso a los problemas bilaterales. La guerra en Irán y la reordenación de las alianzas y la geopolítica en Oriente Medio que está contaminando el panorama político, militar y de comunicación en el mundo entero va a estar sobre la mesa y esto puede tener efector secundarios muy relevantes.
EEUU aspira a que China, por vías propias y a través de su influencia en Pakistán, ayude a convencer a Irán de que acepte un acuerdo para reabrir sin más enfrentamientos en Estrecho de Ormuz, renuncie al desarrollo militar con armas nucleares y contenga las agresiones de Hizbullah en Líbano. Recordemos que China es uno de los padrinos económicos de Pakistán, mantiene un acuerdo con Irán y tienes relaciones con otros países de la región, incluido Israel.
Pero China, como no lo haría ningún país, no va a ceder a esa pretensión por un precio bajo. Además de inscribir esta sugerencia de EEUU en la negociación de sus relaciones económicas y arancelarias, Pekín quiere un incentivo mayor y su gran aspiración es que Washington afloje sus lazos con Taiwán, acepte un horizonte con la integración de la isla a la autoridad de Pekín y no obstaculice en unas negociaciones futuras la presión de la China continental. Estados Unidos es un aliado de Taiwán y un garante de la defensa de la isla.
En realidad Trump tiene prisa. Por las elecciones de mitad de mandato de noviembre en EEUU y por la necesidad de ofrecer avances públicos en la crisis de Irán. Y tanto en Pekín como en Teherán el concepto de los plazos temporales es distinto. Sin opiniones públicas que los presionen y una historia milenaria de negociaciones comerciales y políticas, los gobiernos chino e iraní saben que el cortoplacismo y las urgencias occidentales constituyen puntos débiles y como tal los tratan. Y así, Taiwán puede resultar sufriendo un grave efecto secundario de la pugna entre la teocracia criminal de Irán y la política exterior de Donald Trump.




