INTERREGNUM: Trump-Xi: un juego asimétrico. Fernando Delage

En agosto del pasado año, el presidente Trump afirmó que Estados Unidos tiene “mayores y mejores cartas” que China, y que Washington podría “destruir” a Pekín jugando con ellas. En octubre, tras su reunión con el presidente Xi Jinping en Busan (Corea del Sur), Trump vino a reconocer a China como igual, después de que la amenaza de la República Popular de suspender la exportación de tierras raras llevara a la Casa Blanca a anular los aranceles impuestos a Pekín. El nuevo encuentro entre ambos líderes ha vuelto a confirmar el contraste entre el cortoplacismo de la administración norteamericana y la paciencia estratégica del gobierno chino, entre las prioridades económicas de la primera y las geopolíticas del segundo.

Las expectativas eran reducidas, y la cumbre de la semana pasada no fue, en efecto, el “evento monumental” que había anticipado Trump. En el terreno comercial ni siquiera han quedado claros los detalles de lo acordado, aunque se mantiene la tregua pactada en otoño. Xi no se declaró dispuesto, por otra parte, a presionar a Irán para abrir el estrecho de Ormuz —la más urgente preocupación de Trump—, aunque coincide en el mismo objetivo. Y en su vuelo de regreso a Estados Unidos, Trump dio a entender que, a petición de Xi, estaba reconsiderando la venta de armamento a Taiwán. (El presidente chino indicó que una errónea gestión del problema podría provocar “enfrentamientos e incluso conflictos, poniendo la entera relación [con Estados Unidos] en gran peligro”).

Las dos partes buscan la estabilidad que les permita ganar tiempo y atender sus respectivas dificultades económicas internas. Pero con independencia de los resultados concretos de la cumbre, mayor relevancia tenían las señales que pudiera revelar sobre el futuro de una rivalidad que afecta al liderazgo tecnológico mundial y al equilibrio de poder en Asia. La lectura que cabe hacer tras el encuentro es que Washington y Pekín compiten a diferentes niveles y en distintos terrenos de juego. Mientras Trump recurre a la amenaza de tarifas para conseguir oportunidades de negocio, Xi aspira a imponerse en la competición estratégica global con Estados Unidos.

Las circunstancias parecen favorables a priori para la República Popular. La dependencia norteamericana de los minerales críticos de esta última, el abandono por Washington de las restricciones a las exportaciones tecnológicas, su incapacidad para poner fin a la guerra en Irán, su pérdida de credibilidad entre aliados y socios, y la ambigüedad con respecto a Taiwán, son todos ellos factores que debilitan el margen de maniobra de la Casa Blanca. Aun siendo también evidentes las vulnerabilidades que afronta China —el conflicto en Oriente Próximo complica sus expectativas de crecimiento—, Xi sabe mejor cómo explotar las de su adversario (en no pequeña medida, gracias a la ayuda de este mismo).

Así parecen confirmarlo cuatro principales conclusiones. Trump demostró, en primer lugar, que carece de una aproximación coherente y a largo plazo sobre China. Las cuestiones geopolíticas son para él secundarias, y cree que sus instintos personales tienen mayor valor que las consideraciones del departamento de Estado o del Pentágono. Un segundo triunfo logrado por Pekín han sido los comentarios de Trump sobre Taiwán, al dar a entender su escasa inclinación a proporcionar apoyo a la isla en caso de un ataque chino y expresar sus dudas sobre un nuevo acuerdo de armamento. China ha logrado, en tercer lugar, otro de sus objetivos tradicionales, erosionar las alianzas de Estados Unidos, sin tener que intervenir. Socios y aliados de Washington se encuentran abandonados por la Casa Blanca y traicionados por el discurso de Trump sobre un eventual condominio de los dos gigantes para gestionar los asuntos globales.

Tampoco ha faltado, por último, un revelador marco conceptual a través del cual China actúa en consonancia con su poder. Al proponer Xi, en sus palabras de apertura de la cumbre, el desarrollo de “una relación constructiva de estabilidad estratégica” para evitar “la trampa de Tucídides”, se estaba pronunciando sobre el inexorable ascenso de la República Popular, y el consiguiente declive norteamericano, desafiando a Trump a gestionar sus diferencias para prevenir un conflicto.

En este contexto de un Pekín más confiado en sus capacidades, los términos de la relación entre los dos gobiernos seguirán perfilándose en la visita de Xi a Estados Unidos en septiembre, y en las dos cumbres que reunirán a ambos dirigentes: la de APEC en Shenzhen, en noviembre, y la del G20 en Miami, en diciembre.

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