La nueva geopolítica de los chips: China acelera, Taiwán sigue siendo clave. Alejandro Hita

Semiconductores, IA y geopolítica: la carrera que está reordenando el poder tecnológico global

Cada consulta a ChatGPT, cada imagen generada por inteligencia artificial y cada vehículo conectado dependen de una industria que se ha convertido en uno de los principales campos de competencia geopolítica del siglo XXI: los semiconductores, los chips que permiten procesar información, almacenar datos y ejecutar instrucciones a gran velocidad.

 

Durante años, esta industria fue vista como un asunto técnico, reservado a ingenieros, fabricantes y grandes empresas tecnológicas. Ya no. Los semiconductores se han convertido en una de las principales fronteras de la competencia global. En ellos se cruzan la inteligencia artificial, la seguridad económica, la innovación industrial y la rivalidad entre grandes potencias.

 

El tablero tiene varios protagonistas. China quiere reducir su dependencia exterior y desarrollar una industria propia capaz de sostener su ambición tecnológica. Taiwán sigue siendo el centro de la fabricación más avanzada. Estados Unidos utiliza controles de exportación para limitar el acceso chino a determinadas tecnologías. Y Europa, aunque a menudo aparece en segundo plano, conserva una pieza decisiva: ASML, la empresa neerlandesa que fabrica algunas de las máquinas más importantes del mundo para producir chips.

 

La historia no es sencilla. China no está paralizada, pero tampoco ha alcanzado la plena autosuficiencia. Taiwán no es solo un punto de tensión geopolítica, sino un nodo industrial imprescindible. Y la inteligencia artificial ha acelerado una carrera que ya no se mide únicamente en innovación, sino también en capacidad de producción, acceso a maquinaria, talento y control de cadenas de suministro.

 

Qué es un chip y por qué importa tanto

Un semiconductor es un material que permite controlar el paso de la electricidad. En la práctica, cuando hablamos de chips hablamos de pequeños circuitos integrados capaces de realizar millones o miles de millones de operaciones. Están presentes en teléfonos, ordenadores, coches, satélites, electrodomésticos, centros de datos, equipos médicos y sistemas de defensa.

 

No todos los chips son iguales. Algunos son relativamente sencillos y se utilizan en productos cotidianos. Otros son extraordinariamente complejos y permiten entrenar modelos de inteligencia artificial, procesar enormes volúmenes de datos o hacer funcionar los dispositivos más avanzados. La diferencia está en el diseño, la capacidad de cálculo, el consumo energético y, sobre todo, en la dificultad de fabricarlos.

 

La inteligencia artificial ha cambiado la escala del problema. Los modelos más avanzados necesitan enormes cantidades de potencia de cálculo. Esa demanda ha disparado la importancia de los chips especializados, de los centros de datos y de la capacidad para producir componentes cada vez más pequeños y eficientes. ASML, proveedor clave de maquinaria para la industria, señaló en su informe de 2025 que la demanda vinculada a IA estaba impulsando inversiones de capacidad en una base cada vez más amplia de clientes y que esa tendencia continuaría en 2026 y más allá.

 

Taiwán: la isla que fabrica una parte esencial del mundo digital

Para entender la dependencia global de Taiwán hay que explicar primero qué es Taiwan Semiconductor Manufacturing Company, más conocida como TSMC. Es una empresa taiwanesa que fabrica chips para muchas de las grandes compañías tecnológicas del mundo. Apple, Nvidia, AMD o Qualcomm pueden diseñar procesadores muy avanzados, pero necesitan que alguien los fabrique con precisión extrema y a gran escala. Ahí entra TSMC. Su importancia es difícil de exagerar. Según TrendForce, en el cuarto trimestre de 2025 TSMC mantuvo una cuota del 70% en el mercado mundial de fabricación de chips por contrato. Esto significa que, entre las empresas que producen chips diseñados por terceros, TSMC ocupa una posición dominante.

 

El problema es que esta concentración crea una vulnerabilidad. La economía digital global depende de una cadena muy internacionalizada, pero algunos eslabones están concentrados en muy pocos lugares. Taiwán es uno de ellos. No hace falta convertir la cuestión en un relato alarmista para entender el riesgo: una interrupción grave en la producción taiwanesa afectaría a industrias enteras, desde los centros de datos hasta la automoción.

 

China: avanzar bajo presión

Pekín lleva años intentando reducir su dependencia tecnológica, pero las restricciones impuestas por Estados Unidos han convertido esa prioridad en una cuestión aún más urgente. Washington ha limitado el acceso chino a determinados chips avanzados, maquinaria de fabricación y tecnologías vinculadas a la inteligencia artificial. Estas medidas pueden dificultar el acceso a la tecnología más sofisticada, pero también han tenido un efecto indirecto: acelerar el impulso chino hacia el desarrollo de alternativas nacionales. En otras palabras, las restricciones no solo buscan frenar avances; también están incentivando una mayor inversión en capacidades propias y una reorganización de las cadenas de suministro en torno a proveedores domésticos.

 

Huawei resume bien esa dinámica. La compañía, conocida durante años por sus redes de telecomunicaciones y teléfonos móviles, se ha convertido en uno de los principales símbolos de la resiliencia tecnológica china. No porque haya alcanzado a Nvidia —que sigue dominando buena parte del mercado mundial de chips para inteligencia artificial gracias a su ventaja en rendimiento, software y ecosistema de desarrolladores—, sino porque demuestra hasta qué punto China está tratando de construir alternativas propias bajo presión externa. El creciente interés de grandes tecnológicas chinas por soluciones nacionales apunta precisamente en esa dirección: la consolidación de un mercado interno cada vez más favorable a proveedores domésticos.

 

La batalla no está solo en el chip, sino en las máquinas que lo fabrican

Una de las claves menos visibles de esta industria está en la maquinaria. Para fabricar chips avanzados no basta con tener fábricas, dinero y buenos ingenieros. Hacen falta máquinas capaces de imprimir circuitos microscópicos sobre obleas de silicio con una precisión extraordinaria. Ahí entra ASML. Es una empresa neerlandesa que fabrica sistemas de litografía, es decir, máquinas que permiten “dibujar” los patrones de los circuitos sobre el material del chip. Sus equipos más avanzados, conocidos como EUV —litografía ultravioleta extrema—, son esenciales para producir los chips de última generación. También son importantes sus máquinas DUV, una tecnología anterior pero todavía clave para muchos procesos de fabricación.

 

ASML no es una empresa conocida por el gran público, pero es una de las piezas más estratégicas de la economía mundial. Reuters informó en abril de 2026 de que la compañía elevó sus previsiones de ingresos para 2026 por la fuerte demanda vinculada a la inteligencia artificial. Su consejero delegado señaló que la demanda de chips superaba a la oferta y que los clientes estaban acelerando sus planes de expansión de capacidad.

 

Para China, este es uno de los grandes cuellos de botella. Puede invertir cantidades enormes en su industria nacional, pero reproducir décadas de conocimiento acumulado en litografía avanzada no es inmediato. Además, las restricciones a la exportación de maquinaria y servicios dificultan su acceso a algunas herramientas críticas.

 

SMIC, Hua Hong y el avance de la fabricación china

China no parte de cero en la carrera de los semiconductores. Cuenta con fabricantes relevantes como Semiconductor Manufacturing International Corporation (SMIC), el principal productor chino de chips por contrato, y Hua Hong, otro actor destacado del sector. Aunque siguen lejos de los líderes mundiales en los segmentos más avanzados, ambas compañías son piezas centrales en la estrategia china para reducir dependencias tecnológicas y reforzar su capacidad industrial propia.

 

Los avances recientes apuntan en esa dirección. Reuters informó en marzo de 2026 de que Hua Hong preparaba capacidades de fabricación más sofisticadas en Shanghái, un indicio del esfuerzo chino por escalar posiciones en una industria especialmente compleja. La reacción no se hizo esperar: semanas después, Estados Unidos ordenó a varias empresas de equipamiento detener determinados envíos a Hua Hong por la preocupación de que sus instalaciones pudieran utilizarse para fabricar chips más avanzados.

 

La secuencia ilustra bien la lógica actual del sector. Cada avance chino tiende a generar nuevas restricciones; cada restricción, a su vez, refuerza el incentivo para acelerar la sustitución de proveedores extranjeros y desarrollar capacidades nacionales. El resultado no apunta a una desconexión total entre China y el resto del mundo, sino a una fragmentación progresiva de la industria: cadenas de suministro más duplicadas, mayores costes y un ecosistema tecnológico cada vez más dividido.

 

IA: el acelerador de la carrera

La inteligencia artificial es el factor que está acelerando todo. China necesita capacidad de cálculo para entrenar y ejecutar modelos, sostener servicios digitales, desarrollar robótica, mejorar aplicaciones industriales y competir en sectores estratégicos. Esa capacidad depende de chips. Por eso no basta con hablar de fábricas. La cuestión es si China puede construir un ecosistema completo: chips propios, software compatible, centros de datos, clientes nacionales, modelos de IA y aplicaciones comerciales. El giro hacia proveedores domésticos no responde solo a una preferencia industrial, sino también a una necesidad estratégica.

 

Reuters informó en noviembre de 2025 de que China había introducido orientaciones para que los centros de datos financiados por el Estado utilizaran chips de IA producidos localmente, una medida que afectaría a proveedores extranjeros como Nvidia, AMD e Intel y beneficiaría a fabricantes chinos. Aun así, la sustitución no es automática. Cambiar de Nvidia a chips chinos implica costes técnicos, adaptación de software y posibles pérdidas de rendimiento. En IA, el hardware importa, pero también importa el ecosistema que lo rodea. Nvidia no domina solo por sus chips, sino por las herramientas, bibliotecas y comunidad de desarrolladores que se han construido alrededor de ellos.

 

La pregunta para China, por tanto, no es si puede producir el mejor chip del mundo mañana. La cuestión más práctica es si puede fabricar chips suficientemente buenos para una parte creciente de sus necesidades internas. Si lo consigue, reducirá vulnerabilidades, aunque siga dependiendo de tecnologías extranjeras en los segmentos más avanzados.

 

Europa: menos secundaria de lo que parece

Europa no ocupa la posición de Taiwán en la fabricación de chips más avanzados ni la de Estados Unidos en el diseño de procesadores para inteligencia artificial. Pero sería un error considerarla un actor marginal. La presencia de ASML convierte a Países Bajos en una pieza imprescindible de la cadena global de semiconductores, y el continente mantiene fortalezas relevantes en ámbitos como los chips industriales, la automoción, los sensores, los materiales avanzados, la investigación y el equipamiento tecnológico.

 

Consciente de esa vulnerabilidad, la Unión Europea ha intentado reforzar su posición con el European Chips Act, una estrategia orientada a fortalecer su ecosistema industrial, reducir dependencias externas y mejorar la resiliencia de las cadenas de suministro. Más allá de las cifras y los objetivos políticos, el mensaje de fondo es claro: Europa ha asumido que los semiconductores ya no son solo una cuestión industrial, sino también un elemento central de su autonomía tecnológica y competitividad económica.

 

¿Puede China independizarse?

La respuesta más honesta es: parcialmente sí, plenamente no a corto plazo. Pekín puede avanzar en chips menos avanzados pero muy importantes para industrias como automoción, electrónica, energía o manufactura. Puede ganar cuota en su propio mercado de chips de IA. Puede reducir la dependencia de Nvidia en proyectos estatales. Puede impulsar fabricantes nacionales como SMIC, Hua Hong o Huawei. Y puede utilizar su enorme mercado interno para acelerar la adopción de alternativas domésticas. Pero la autosuficiencia total es mucho más difícil. La industria de semiconductores es una de las más interdependientes del planeta. Combina diseño estadounidense, fabricación taiwanesa, maquinaria neerlandesa, óptica alemana, materiales japoneses, memoria surcoreana, talento global y clientes de todo el mundo. Ningún país controla por completo toda la cadena.

El verdadero cambio no es que China haya alcanzado ya la independencia tecnológica. El cambio es que está reduciendo algunas vulnerabilidades y aprendiendo a avanzar bajo presión. Eso puede no bastar para liderar el mercado mundial, pero sí para transformar el equilibrio del mercado chino y aumentar el coste estratégico de las restricciones externas.

 

Una carrera larga, no un desenlace inmediato

La disputa tecnológica de los chips no tendrá un final rápido. No se resolverá con una sola sanción, una sola fábrica ni un solo avance tecnológico. Será una carrera larga, cara y desigual, marcada por innovación, controles de exportación, subsidios públicos y decisiones empresariales. Taiwán seguirá siendo esencial. ASML seguirá siendo un cuello de botella global. Estados Unidos seguirá utilizando su posición en diseño, software y regulación tecnológica. Pekín seguirá intentando fabricar más partes de su futuro tecnológico dentro de sus propias fronteras. Y Europa tendrá que decidir si quiere ser solo un mercado dependiente o una pieza activa de la cadena global.

Todo esto puede parecer lejano. No lo es. Afecta al precio de los dispositivos, a la disponibilidad de coches, a la velocidad de la inteligencia artificial, a la seguridad de las infraestructuras digitales y al equilibrio de poder entre economías. China aún no ha ganado la carrera de los semiconductores. Pero tampoco está detenida. Avanza con límites, con costes y con obstáculos reales. Esa es precisamente la clave: en la nueva economía tecnológica, no siempre gana quien llega primero, sino quien consigue depender menos de los puntos críticos que no controla.

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