INTERREGNUM: Qué hacer con China. Fernando Delage

Siete años después de que la Unión Europa describiera a China a un mismo tiempo como “socio estratégico, competidor económico y rival sistémico”, Bruselas sigue sin poder articular una política común frente a un desafío que se ha agravado desde entonces. Parecía que la erosión del sector industrial del Viejo Continente que está causando el denominado “China Shock 2.0” había conducido por fin a un consenso de los Estados miembros sobre la necesidad de adoptar de manera urgente una nueva estrategia hacia Pekín. Las divisiones internas y el temor a las represalias chinas siguen bloqueando, no obstante, una solución.

Aunque la reciente cumbre del G7 en Evian-les-Bains (15-17 de junio) ya tenía una intensa agenda, de Ucrania a Irán, resultó imposible ignorar a China. En primer lugar, por su propia ausencia del bloque que representa a las principales economías industrializadas. La economía china es mayor que la de todos los miembros, salvo Estados Unidos y, aunque es cierto que no puede pertenecer al no ser una democracia, esa ausencia obliga a preguntarse por la utilidad de un grupo que hoy sólo representa el 44 por cien del PIB global (en 1980 era más del 60 por cien).

En segundo lugar, por el pulso que Pekín mantiene con Occidente en diversos terrenos: su superávit comercial, su control sobre minerales críticos, y la competición sobre las nuevas fronteras tecnológicas. Como presidente de turno del G7, Emmanuel Macron quiso que los desequilibrios de la economía global fueran un tema central de discusión. Las empresas chinas predominan hoy en sectores antes dominados por los europeos –del automóvil a las energías limpias–, y el desequilibrio comercial ha alcanzado cifras preocupantes (el déficit bilateral de la UE superó los 360.000 millones de euros en 2025). Coincidiendo todos los líderes en que China es un problema, Macron confiaba en poder coordinar una respuesta más firme con respecto a la República Popular.

Pero en el marco del G7, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dejó clara su preferencia por un enfoque individual, complicando las posibilidades de un único frente. Es más, las propias medidas defensivas norteamericanas son una de las causas del desvío de las exportaciones chinas hacia otros mercados, en particular hacia el europeo, mientras que la actitud conciliadora de Trump hacia Pekín –demostrada en su reciente encuentro con Xi Jinping– tampoco favorece a sus aliados. La conclusión es obvia: ante la falta de unidad occidental, la UE tendrá que tomar la iniciativa por sí misma.

Ese fue precisamente uno los temas del Consejo Europeo celebrado el 18 y 19 de junio. Con el apoyo de la mayor parte de los Estados miembros, la Comisión, cuya presidenta ya había advertido a las autoridades chinas hace un año que las relaciones bilaterales habían alcanzado “un punto de inflexión”, esperaba obtener el apoyo político necesario para desarrollar una estrategia coherente hacia China. Incluso Alemania, tradicionalmente reacia a enfrentarse a Pekín, estaba dispuesta a cambiar de enfoque dada la rápida pérdida de empleos en su industria.

Una vez más, la UE optó, sin embargo, por el diálogo con Pekín antes de adoptar nuevos mecanismos de defensa en política comercial, como aranceles y cuotas, y diversificar los suministradores de materiales estratégicos. La presidenta Ursula von der Leyen, el canciller alemán, Friedrich Merz, y diez líderes más firmaron un documento demandando que la Unión ponga fin a “la ingenuidad sobre las ambiciones a largo plazo de China”, mientras que el presidente del gobierno español declaraba que China “es un potencial aliado”. La reorientación estratégica europea sigue pues pendiente.

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