Los acuerdos de seguridad que numerosas potencias medias están concluyendo en nuestros días son una indicación de la pérdida de confianza en el papel de Estados Unidos como garante de la estabilidad global, y una de las fuerzas, por tanto, que están reconfigurando el sistema internacional. Quienes durante décadas se han apoyado en la arquitectura liderada por Washington buscan nuevas alternativas o, al menos, fórmulas complementarias. El ejemplo más reciente es el pacto firmado en La Meca el 7 de agosto por Arabia Saudí, Turquía y Pakistán.
Estos países suníes (un antiguo aliado de Estados Unidos, un miembro de la OTAN –que dispone del segundo mayor ejército de la Alianza–, y un mediador entre Washington y Teherán en la guerra en curso –y único país islámico con armamento nuclear–, respectivamente) acordaron que “un ataque armado contra cualquiera de los tres Estados será considerado como un ataque contra todos ellos”. Pese a la similitud con el artículo 5 del tratado por el que se creó la Alianza Atlántica, nada se ha establecido, sin embargo, con respecto a los mecanismos de coordinación o sobre su integración militar. Se trata más bien de una respuesta política frente a la escalada de tensión en el Golfo Pérsico, la inestabilidad en el estrecho de Ormuz, y las dudas que plantea la errática política de la Casa Blanca. Aunque los tres gobiernos insistan, por otra parte, en que el pacto no se dirige contra ningún país concreto, es innegable que representa una reformulación del mapa estratégico de la región y marca un punto de inflexión en el acercamiento de Oriente Próximo y Asia meridional.
Pakistán es una de las principales variables que explica ese resultado. Su alineamiento con Arabia Saudí y Turquía le permite poner en valor su identidad religiosa como instrumento de proyección exterior, adquiriendo una posición de relevancia en un orden musulmán históricamente dominado por los países árabes. El acuerdo supone un nuevo paso en la integración de Islamabad en la estructura de seguridad de Oriente Próximo tras el tratado de defensa mutua firmado con Arabia Saudí en septiembre de 2025, y mientras negocia una mayor cooperación en el mismo terreno con otras naciones, como Egipto y Jordania.
A un mismo tiempo, Pakistán se libera de una política exterior que ha estado limitada durante años al subcontinente indio y obtiene un contrapeso con respecto a Delhi. La cuasi-alianza que Islamabad mantiene con Pekín y las buenas relaciones que ha desarrollado con la administración Trump son otros dos factores que le proporcionan un estatus diplomático que nunca había tenido, aunque las dificultades económicas y la inestabilidad política continúen definiendo su escenario interno.
Con independencia de las ventajas individuales para cada uno de los tres Estados, el pacto de La Meca es en todo caso una señal de que los actores de la región se están organizando entre ellos para defender sus intereses, creando un nuevo eje político que amplía el espacio de “Oriente Próximo”. Es un efecto que también deriva del acercamiento simultáneo entre India, Israel y Emiratos Árabes Unidos, cuyos gobiernos han ampliado las áreas de cooperación durante la última década. Cobra así sentido recuperar la noción de “Asia occidental”, empleada por la diplomacia británica en la segunda mitad del siglo XIX, cuando la seguridad de lo que se conocía como “Oriente Medio” se consideraba estrechamente conectada con la del subcontinente indio.
Las implicaciones van hoy, incluso, más allá pues el eje Pakistán-Turquía, que ahora incluye a los saudíes, cuenta con la aprobación tácita de China –siempre favorable a los avances hacia un mundo multipolar–, mientras que Estados Unidos, de manera indirecta, apoya el grupo informal integrado por India, Israel y Emiratos. De ahí el mensaje que, en último término, lanza el acuerdo de La Meca: la irrupción de una nueva dinámica geopolítica en la que se están reconsiderando las alianzas tradicionales y el concepto mismo de Oriente Próximo. La permanente volatilidad de la región obliga, no obstante, a mantener cierta prudencia sobre su posible evolución.




