El 11 de agosto, Corea del Norte lanzó un misil balístico cuyo recorrido –de unos 700 kilómetros– concluyó en aguas situadas entre la península y Japón. Esta segunda prueba de un misil norcoreano en menos de una semana se produjo en vísperas de los ejercicios militares que, desde 1976, Estados Unidos y Corea del Sur realizan anualmente en la región, y de manera coincidente con el aumento de las críticas de Pyongyang a Tokio por su “remilitarización”. El ensayo tampoco podía desvincularse, claro está, de los crecientes intercambios en defensa entre Corea del Norte y Rusia ni del impacto que ese acercamiento está teniendo sobre sus relaciones con China.
A esos factores se sumó por sorpresa otra variable: el anuncio por el presidente de Estados Unidos el 17 de agosto, solo horas antes del comienzo de las maniobras de Washington y Seúl, que estas se reducirían al mínimo dado su coste y su carácter hostil hacia el régimen de Kim Jong-un. Trump citó su buena relación con este último mientras criticaba al presidente surcoreano, Lee Jae-myung, por no haberle apoyado en la guerra contra Irán. De este modo, a las ventajas diplomáticas que Pyongyang está obteniendo de su juego de equilibrios entre Pekín y Moscú se suma la inesperada decisión de la Casa Blanca, que ha proporcionado a Corea del Norte un apoyo externo adicional que neutraliza los incentivos a favor de su desnuclearización.
El líder norcoreano ha redoblado su alianza militar y estratégica con Rusia. El flujo de armamento y tropas desde Corea del Norte hacia Ucrania sigue en aumento (con otros 30.000 soldados según reveló el presidente Zelenski a finales de julio), así como un creciente suministro de mano de obra norcoreana para cubrir los vacíos ocasionados en la economía rusa por el conflicto. Aunque Pekín sigue siendo el socio económico más importante de Pyongyang, Moscú le ha proporcionado un importante apoyo y un instrumento de negociación que están reconfigurando los vínculos con Pekín en forma de una nueva aproximación. La República Popular, en efecto, le ha prestado una atención al más alto nivel (Corea del Norte fue, en junio, el destino del primer viaje al extranjero de Xi Jinping en 2026), subrayando la cooperación bilateral en distintos terrenos –del comercio a la agricultura, del transporte a la salud–, y minimizando la posición tradicional china a favor de la desnuclearización de la península.
Corea del Norte ha demostrado pues su capacidad para equilibrar a ambas potencias, extrayendo recursos económicos y reconocimiento político de las dos, evitando el riesgo de una excesiva dependencia de solo una de ellas. Si estas circunstancias ya complicaban la diplomacia regional y los esfuerzos para presionar a Kim por su programa nuclear, la decisión norteamericana de reducir su participación en los ejercicios con Corea del Sur, su aliado de más de siete décadas, y la simultánea retirada del único portaaviones activo en el Pacífico para desplazarlo a Oriente Próximo, han supuesto otra victoria para Kim Jong-un, aunque el precio haya sido el de poner en duda la credibilidad de los compromisos de seguridad de Washington.
La alarma que ha causado el anuncio de Trump, en Seúl y en Tokio en particular, es fácilmente descriptible. Podrá especularse sobre sus motivos (¿busca, quizá, una cumbre con Kim para intentar contrarrestar el fracaso de la guerra contra Irán?), pero el resultado no ha sido otro que el de agravar el escenario estratégico del noreste asiático, abriendo un vacío del que China será el gran beneficiario. Sus aliados en la región –también los europeos– han tomado nota.




