INTERREGNUM: Xi visita Washington. Fernando Delage

Un año después de su encuentro en Busan (Corea del Sur), donde pactaron una tregua en sus disputas comerciales,  y cuatro meses después de la cumbre de Pekín, en la que Donald Trump aceptó el concepto propuesto por Xi Jinping de una “relación constructiva de estabilidad estratégica”, ambos líderes se reúnen esta semana en Washington, en lo que será una nueva prueba de la transformación del equilibrio de poder entre las dos mayores economías del planeta.

En su primera visita de Estado a Estados Unidos desde 2016, Xi llegará a la Casa Blanca el 24 de septiembre tras una intensa gira diplomática previa que le ha llevado a Asia central, Oriente Próximo e India. Mientras Pekín continúa extendiendo su influencia en el Sur Global y defiende la causa del diálogo, el multilateralismo y la cooperación económica, la administración Trump impone aranceles a sus socios, desdeña a sus aliados, y no encuentra salida a una guerra –contra Irán– que ha dañado gravemente la credibilidad de su país, así como la economía mundial.

En su segundo encuentro bilateral de 2026, Trump y Xi podrían extender la tregua de Busan, negociar sobre sus respectivas restricciones comerciales y tecnológicas, y discutir sobre la gobernanza de la IA. Pero el problema es estructural. Aunque Washington no dejará de acusar a Pekín de su exceso de capacidad industrial y de subsidiar sus exportaciones, la República Popular cuenta con un poderoso instrumento de presión a través de su control de las cadenas de valor y de las tierras raras. Podría facilitarle las cosas a Estados Unidos si la administración Trump reduce a cambio su apoyo a Taiwán, un asunto que una vez más estará en el centro de las conversaciones.

Se trata de una relación competitiva, en la que cada uno trata de explotar las vulnerabilidades del otro. Y si China teme que todo compromiso por su parte pueda interpretarse como debilidad, Trump es rehén de sus contradicciones y de su desconfianza en los expertos. Las cumbres de ambos presidentes tienden en consecuencia a transmitir una voluntad compartida de minimizar las tensiones, lo que no significa que los resultados se distribuyan sobre bases iguales.

El choque comercial de 2025 hizo evidente la interdependencia entre las dos economías y la necesidad de actuar con prudencia para evitar una confrontación y no perjudicar sus respectivas dificultades internas de crecimiento. Como potencias nucleares, tampoco pueden permitirse un deterioro en su relación que aumente el riesgo de un conflicto militar. Pero después de rechazar durante una década la idea misma de que exista una competición estratégica, China actúa hoy desde una posición de mayor confianza, convencida de que ha adquirido un estatus de igualdad con Estados Unidos y de que éste ya no puede obstaculizar su ascenso. La hostilidad de Trump hacia sus aliados, su desgaste militar en Oriente Próximo –con la consiguiente pérdida de atención en Asia–, y su aparente voluntad de cambiar la dirección de la estrategia a seguir con respecto a la República Popular, amplían asimismo el espacio a favor de Pekín.

Es en este contexto en el que hay que considerar el distinto significado de “estabilidad estratégica” para cada actor. Para Washington, permite prevenir un escenario bélico, preservar la libertad de navegación y evitar cambios unilaterales por la fuerza en el orden regional. Pero las ventajas van más allá para China, pues le ofrece una oportunidad para limitar la presión norteamericana sin dejar de avanzar simultáneamente en la alteración económica y política de su entorno exterior. Más que el anuncio de acuerdo concretos, es esa asimetría de beneficios lo que determinará en último término la valoración de la cumbre de esta semana, como bien examinarán los gobiernos aliados de Estados Unidos, en Asia y en Europa.

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