INTERREGNUM: La destrucción de un orden. Fernando Delage

Mientras los europeos intentan recuperarse del “electroshock” (Macron dixit) recibido la semana pasada desde Washington y desde Múnich,  es hora de empezar a asumir sus consecuencias y pasar a la acción. El desdén del presidente norteamericano hacia las reglas más básicas del Derecho internacional, así como hacia socios y aliados, se suma a un grado de irresponsabilidad difícil de imaginar. Al traicionar a Ucrania ha revelado lo que significa para él la soberanía de un Estado-nación. Al marginar al Viejo Continente del proceso de negociación que pone en marcha con Moscú no sólo quiebra una alianza defensiva de 80 años, sino también una comunidad política cuyos valores (construidos en torno a la democracia liberal) le permitieron imponerse sobre los regímenes totalitarios del siglo XX. Al situarse del lado del Kremlin, Trump complica las posibilidades de disuasión de aquellas potencias revisionistas que, de nuevo, desafían la paz y la estabilidad internacional.

¿Cómo puede explicarse el comportamiento disruptivo de Trump? ¿Por qué está dispuesto a recompensar al agresor y darle a Putin lo que quiere? ¿Qué gana Estados Unidos? A la espera de que los próximos meses nos proporcionen mayores claves para comprender la posición de la Casa Blanca, los discursos de estos días revelan la interacción de un instinto imperial con el deseo de prevenir la formación de un equilibrio global que reduzca su estatus internacional. En otras palabras, historia y ambiciones de futuro se combinan en un giro estratégico que, sin embargo, podría volverse contra Estados Unidos a medio plazo. Pero Trump ya no estará en el poder.

La historia norteamericana del siglo XIX se encuentra reflejada en un presidente en el que resultan reconocibles el populismo de Andrew Jackson y el expansionismo de William McKinley (del que Trump se ha declarado admirador). Sus pretensiones sobre Canadá y el canal de Panamá retoman igualmente la doctrina Monroe. Con todo, al contrario de lo que a veces se afirma, Trump no es un aislacionista: aspira a un poder imperial. Así, ha hecho saber a los europeos que no pueden seguir dependiendo de Estados Unidos para su seguridad, pero pretende que sean ellos quienes se ocupen de la paz y la reconstrucción de Ucrania,  mientras Washington se beneficiaría de los recursos y materias primas del país agredido (y de la venta de armamento a todos ellos). Retirada militar sí, pero sin perder liderazgo económico y político.

Ucrania debe ser un problema europeo, no transatlántico, porque las prioridades de seguridad norteamericanas son hoy otras. Y el mundo puede ser multipolar, como reconoce abiertamente el nuevo secretario de Estado, pero eso no significa que Washington renuncie a una posición de primacía. La voluntad de control del hemisferio occidental responde a la necesidad de frenar una mayor influencia china en los países latinoamericanos, como la urgencia por abandonar la garantía de defensa ofrecida a Europa deriva del imperativo central de concentrar atención estratégica y capacidades militares en el Indo-Pacífico. Desde esta perspectiva, el acercamiento a Putin puede interpretarse como un esfuerzo por intentar romper la solidaridad entre Moscú y Pekín.

Es un momento crítico para Europa, cuyo negacionismo durante años hace a sus líderes también responsables de un escenario hacia el que ya apuntaban no pocos factores estructurales. Sin negar la obviedad de que corresponde en primer lugar a los europeos ocuparse de su defensa, son aliados que han multiplicado, no obstante, la influencia de Estados Unidos, proporcionándole un pie en Eurasia, el espacio que ha determinado la evolución geopolítica del siglo XX. Trump y sus asesores pueden equivocarse si creen que su papel como potencia marítima en el Pacífico occidental bastará para asegurar el mantenimiento de su preeminencia. La paz que parece proponerse en Ucrania fortalecerá a Putin y desestabilizará Europa, a la vez que ampliará—no reducirá—el margen de maniobra chino. El interregnum que da título a esta columna no se ha cerrado, pero entra en una nueva fase.

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