INTERREGNUM: La era Takaichi. Fernando Delage  

Hace apenas cinco meses, Sanae Takaichi heredó un partido en crisis y sin mayoría parlamentaria. Las elecciones anticipadas que convocó el 8 de febrero no sólo proporcionaron al Partido Liberal Democrático (PLD) la victoria, sino los mejores resultados en sus setenta años de historia. Al ganar 316 de los 465 escaños de la Cámara de Representantes (118 más de los obtenidos en las elecciones anteriores de 2024), Takaichi, confirmada como primera ministra el 18 de febrero, se encuentra con un mandato sin precedente para sacar a Japón de un largo período de parálisis política. No parece exagerado afirmar que se abre una nueva era, tanto para el PLD —en una renovada posición hegemónica durante los próximos años—, como para el estatus internacional del país.

El vuelco electoral representa ante todo una victoria personal de Takaichi. Primera mujer al frente del partido, sus modestos orígenes y formación han marcado una ruptura con las prácticas tradicionales de ascenso al poder en la organización, una de las causas de su popularidad. Su estrategia de campaña logró, por otra parte, transformar con éxito la imagen del PLD —de fuerza anticuada a moderna—, y transmitir la superación de las divisiones ideológicas internas. El PLD fue la opción más popular para los votantes entre 18 y 39 años, incluso entre los que se identificaban como de centro izquierda, confirmando que el perfil conservador y nacionalista de Takaichi no ha sido un obstáculo ante la amplia demanda social de cambio. Así lo ratifica igualmente una participación al alza de un 56 por cien.

Su capacidad para movilizar el voto joven e independiente también explica en consecuencia el fracaso del principal grupo de la oposición, la Alianza de Reforma Centrista, formada poco antes de las elecciones por el Partido Democrático de Japón —que gobernó el país entre 2009 y 2012— y Komeito (socio que fue del PLD durante 26 años): de los 123 diputados que tenía antes de la convocatoria electoral, pasó a 49. Sus pésimos resultados se traducen en el abandono de la vida política de toda una generación de líderes que quisieron convertirse en alternativa a los liberales.

La cuestión a partir de ahora es cómo va a utilizar Takaichi su notable margen de maniobra para gestionar los desafíos presupuestarios y estratégicos que afronta Japón, y poder hacer realidad las expectativas que ha creado. Las promesas de inversiones públicas y de aumento del gasto en defensa, y de recortes impositivos al mismo tiempo, chocan con una gigantesca deuda (240 por cien del PIB) y un debilitado yen. En política exterior, las amenazas de China, Corea del Norte y Rusia obligan a Japón a reforzar la coordinación con Estados Unidos, pero en un contexto transformado por la nueva estrategia de seguridad del presidente Trump. En su encuentro con este último en Washington el 19 de marzo, Takaichi contará con el capital político para acelerar la ejecución del compromiso japonés de invertir medio billón de dólares en Estados Unidos. La primera ministra tratará así de influir en la posición norteamericana hacia China de cara al viaje que realizará Trump a Pekín dos semanas más tarde.

El temor de Tokio a un pacto Estados Unidos-China que perjudique a sus intereses (ha sido Trump quien ha hablado de un G2), y la declarada prioridad de la Casa Blanca por el hemisferio occidental —y su menor interés por tanto por el Indo-Pacífico—, empujarán, no obstante, a Takaichi a avanzar hacia una mayor independencia estratégica. Mientras Washington presiona para que el archipiélago desarrolle sus capacidades de defensa, Tokio debe simultáneamente negociar con la República Popular para garantizar la estabilidad regional. Un doble esfuerzo que pondrá a prueba las dotes negociadoras de una primera ministra defensora de modificar la Constitución (objetivo que quizá se le escape dados los requisitos exigidos), y con la que Japón comienza en todo caso una nueva etapa como actor geopolítico en un transformado escenario global.

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